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Osvaldo Aguirre
La palabra única
Sobre: "A otro hablar", Jorge Leonidas
Escudero, Ediciones en Danza,
Buenos Aires, 2001, 125 páginas.
A otro hablar" propone dos lecturas de la obra de Jorge Leonidas
Escudero: una antología personal del propio autor y una selección
de textos realizada por el editor. En total el volumen reúne
noventa y tres textos, procedentes de los trece libros publicados
por el escritor, de "La raíz en la roca" (1970)
a "Senderear" (2001). Las direcciones que sigue esta poesía
aparecen demarcadas con precisión, por lo que ambos recorridos,
en definitiva, suponen dos rumbos distintos para encontrarse, una
y otra vez, en un mismo punto: uno de los más altos en la
poesía argentina contemporánea.
Nacido en 1920 en San Juan, donde reside, Escudero suele ser visto
como un autor singular por ciertas peripecias de su historia personal:
abandonó estudios universitarios para dedicarse al trabajo
de minero y al juego en la ruleta, comenzó a publicar a edad
avanzada y se ha mantenido distante de los centros culturales del
país. Las características de su escritura, por supuesto,
no se explican en base a tales anécdotas sino por un trabajo
cuya clave consiste en haber sido realizado según reglas
propias, al margen de cualquier convención, y que durante
largo tiempo permaneció en secreto (comenzó a escribir,
ha declarado, "en el año cuarenta y tantos"). En
un reportaje publicado en 1996 confesó ignorar las obras
de poetas como Juan Gelman, Enrique Molina o Joaquín Giannuzzi,
y tampoco manifestó demasiado interés en reparar tal
desconocimiento. Esa declaración señala el lugar distante
y aislado en que se ha situado y que acaso aspira a validarse más
en la tradición oral que en la escrita.
Sin embargo, el camino para llegar a ese sitio casi desconocido
de la literatura nacional puede seguirse sin dificultades. Una serie
reducida de temas constituyen el núcleo de experiencia en
torno al que se trata de construir un decir nuevo: el mundo perdido
de los mineros, las penas de amor, los juegos de azar. La reiteración
de estos tópicos, su persistencia en el decurso de la obra,
significa en primera instancia que la escritura poética desconoce
aquí palabras definitivas. Escudero ha definido su empresa
como "una trayectoria hacia el silencio", que sin embargo
no puede articularse sino con palabras y precisamente con palabras
que faltan en el lenguaje y que es necesario descubrir. Los sucesos
e impresiones referidas son de lo más comunes, por lo que
imponen al sujeto el desafío suplementario de producir una
declaración personal. En este marco cobra importancia una
reelaboración del lenguaje basada en la transcripción
del lenguaje oral tal como se lo habla, en la alteración
radical de la sintaxis y en la transformación de ciertas
palabras, de manera tal que se obtiene un orden desconocido.
El punto de relación de los temas de Escudero se produce
por el hecho de estar atravesados por una circunstancia básicamente
idéntica: la de la pérdida y de la búsqueda
sin resultado. Esta situación resulta sobre todo visible
en el caso de los mineros, los que han pasado su vida en los cerros
en busca del oro que sólo existía en las leyendas
y en los relatos tradicionales. Escudero se ocupa menos de la partida
que del regreso de estos trabajadores. Es decir, de cuando están
en el final y han envejecido sin obtener nada a cambio, aunque la
ficción resplandece intacta. La contraposición puede
verse en "Minero Riquelme", donde se alude a un hombre
que "vive a cuerpo de sombra/ mientras arriba/ el oro claveteado
aflora en primavera". En "Sobre la ruta del oro"
se sigue el camino de un minero que vivió en medio de ilusiones
de riqueza y murió pobre; en "Muerte de la quimera",
el de un viejo compañero arruinado en el sentido más
completo. "Finalmente lo alcancé al buscador;/ pero
estaba muerto y con las manos vacías", se lee en otro
poema revelador. En el final del camino está el principio,
aunque modificado por el recorrido. Improductiva en términos
económicos, esa actividad ha debido ser provechosa en otros
aspectos. Por eso la nostalgia que embarga al sujeto cuando reencuentra
a los antiguos compañeros de ruta; el que habla en los poemas,
se dice también, vive en la ciudad pero tiene la vista puesta
en los cerros, el lugar que lo atrajo con una promesa deslumbrante
y lo hizo parte del paisaje.
La búsqueda del minero constituye además una imagen
de la búsqueda del poeta. Así como el oro se sustrae
entre las piedras, lo que aquí se persigue todavía
no ha sido escrito y, como Escudero alienta cierto pesimismo, cabe
sospechar que nunca podrá ser alcanzado: "¿A
qué insistir si nunca llegará?/ Pero él desconoce
otra forma de ser", se dice en uno de los poemas donde el sujeto
habla de sí como de otro. Los procedimientos del escritor
evocan asimismo a los del minero en los cerros, en procura de abrirse
paso por un terreno poco transitado. Pero el articulador central
del discurso aparece dado por las múltiples alusiones al
juego. Una de las características menos observadas en la
poesía de Escudero es cierto arte de lo indirecto, por el
cual el visor del poema se fija no en una acción sino en
sus consecuencias. En "Guanaco relincho" puede observarse
un ejemplo nítido de esa práctica: el poema comienza
por mostrar al animal, el momento en que es herido, y acto seguido,
en vez de relatar la muerte, se concentra en el entorno, en la irradiación
de esa pérdida en el paisaje. En "Amor que le debía",
evocación de una mujer extraviada en la miseria, elude la
misma circunstancia y produce una especie de kenningar: "un
invierno -dice- la noche actuó en ella". De esta manera,
tampoco se apunta a referir los avatares de una partida de juego
sino de captar al jugador en su circunstancia definitoria, que es
la pérdida pura y constante: en "31", por caso,
se presenta a un hombre que ha quedado literalmente en la calle
después de una noche de apuestas y que, sujetado por la ilusión
del desquite, sólo se preocupa por volver al ruedo. El cero,
el equivalente del vacío y la falta, lo que está al
margen del orden, es el número que los jugadores deberían
llevar grabados en la frente, dice Escudero. En "26" el
juego y el amor, para nombrar otra experiencia crucial, se enlazan
en la historia de un hombre que no sólo fracasa en su ambición
de hacer fortuna sino que por eso mismo pierde a una mujer. "Sin
juego" relaciona simultáneamente la frustración
amorosa, el juego y la experiencia del lenguaje: "la carta/
que espero no llega (...) es decir/ no juego porque estoy trabado
en la comunicación". Así como no hay triunfos
en el juego tampoco aparecen episodios de amor cumplido. En este
marco se elude la retórica del discurso amoroso para concentrarse
en lo que Escudero llama "el concepto ético del dolor";
lo que importa es la consideración de las penas, sobre todo
en el ámbito de los mineros y desde la perspectiva de los
propios personajes. Es decir, algo que merece la observación
respetuosa y discreta, tanto que a veces se omite decir de qué
se trata ("para qué si se ve en el aire"), y sin
embargo no excluye el recurso del humor y la burla del que cultiva
el sufrimiento "por la belleza,/ por la alta dignidad que implica".
Esta desposesión que induce el juego resulta a la vez determinante,
y en consecuencia indisociable, del valor máximo otorgado
a la existencia humana: "déjame que te explique, sobrepasar
los límites,/ viajar en cada apuesta,/ el riesgo es la sustancia",
dice el narrador de "26". La idea retorna en otro texto:
los apostadores "resumen lo más hondo del hombre:/ sobrepasar
sus límites, pura búsqueda y nada". El juego
es intercambiable con la vida; entre las expresiones con que se
nombra a la muerte, la de "rechazar juego" es una de las
privilegiadas. Por eso no hay reproche sino gratitud hacia la diosa
Fortuna ("Agradecimiento a osté"), porque ha permitido,
en vez de las ilusiones, cierto aprendizaje.
La actitud del jugador viene a describir la actitud del poeta.
"En el juego yo tengo que adivinar -dijo Escudero en el reportaje
citado, publicado en La Danza del Ratón- y, para adivinar,
¿qué hay que hacer? Hay que esperar. Yo no puedo adivinar
porque a mí se me ocurre"; se requiere "una posición
de espera para ver cuándo me llega un dato de afuera que
pueda captarlo como válido". O también, de acuerdo
a los términos de la propia poesía, el poeta está
en trance de "acechar": se mueve en el territorio indicado,
aunque no sabe con certeza dónde podría producirse
la revelación. Las dificultades y los procedimientos de la
escritura poética constituyen con frecuencia el centro de
los textos de Escudero, que acude asimismo a imágenes y términos
de la minería: hay que excavar en busca de la palabra, "recogerla
desde abajo/ y presentarla arriba de otro modo". Es "la
palabra única", y en su persecución la propia
lengua se encuentra "trabada" y descubre que, para desatarse,
debe comenzar por alejarse de la poesía conocida. Escudero
critica a los espejismos que se presentan o son divulgados como
poesía y en esa reacción exacerba sus sentimientos
hostiles hacia las manías o las consagraciones de la cultura
letrada (cierta experiencia amorosa, dice, desmiente un verso de
Hölderlin). La búsqueda exige un replanteo a nivel del
lenguaje, ya que aquello que falta no puede ser manifestado a través
del decir cotidiano. Pero esto no refiere a las incapacidades del
lenguaje corriente sino precisamente a lo contrario, a la necesidad
de reinventar el discurso poético, de abrir el propio camino
con lo que se sabe ("decir lo mío profundamente").
El resultado es un lenguaje en el cual las palabras reciben nuevas
funciones y sentidos para revelar un mundo de experiencia desconocido.
Resulta notable la singularidad de las imágenes ("está
Riquelme apretado/ y afuera el río lo llora"), los pasajes
narrativos que resumen una vida ("cuando acaso lograba unos
vinos/ reía e inmediatamente llanto./ Venía de floridos
años, de hombre a hombre,/ y cayó al pozo"),
las comparaciones que desestructuran las perspectivas habituales
(el enamoramiento es descripto en términos de un accidente
de tránsito).
"Esta antología, a mi juicio, es todavía insuficiente
para reparar la indiferencia, el olvido y el descuido a los que
se sometió a un poeta ya ubicado entre los grandes autores
conocidos", señala Javier Cófreces en el prólogo.
Pero la edición supone un paso insoslayable.
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