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Marina Yuszczuk
“Improntas críticas sobre el testimonio: lo
real y la metáfora”
Sobre: Tamara Kamenszain, La boca del testimonio, Buenos
Aires, Norma, 2007.
La relación entre la poesía y lo real es un problema
del que la crítica del género se ocupó desde
diversas perspectivas en los últimos años. Si por
un lado hay toda una vertiente que incluyó a la poesía
de los noventa, especialmente la escrita por varones, dentro de
la categoría tradicional de “realismo”, por otra
parte se trató de pensar esta vinculación poniendo
el foco sobre el lenguaje y considerándolo, desde una perspectiva
marxista, como parte constituyente de la producción material
y de la realidad. En su último libro de ensayos Tamara Kamenszain
busca una manera alternativa de pensar esta relación, siempre
problemática, en los casos de dos poetas muy leídos
por la crítica como son César Vallejo y Alejandra
Pizarnik y de tres poetas argentinos contemporáneos.
La idea de testimonio es central en el libro porque en estos ensayos
lo propio de la poesía es un trabajo con la lengua que le
permite escapar de la lógica dualista y “tocar lo real”,
aquello que es indecible por definición y de lo que no pueden
dar cuenta los saberes y la retórica. Por eso, de la producción
de Vallejo, Kamenszain elige España, aparte de mí
este cáliz, ese libro donde lo humano se pone en crisis
y el que habla necesita pedirle a otro que lo diga, convirtiendo
al libro en un llamado. En el capítulo sobre Pizarnik, a
su vez, se pone el foco sobre sus prosas, escritas a partir de la
imposibilidad de escribir una novela por carecer del necesario dominio
de la lengua. Esa “falta” en cuanto a la retórica
convierte a La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa
y Los perturbados entre lilas en textos “mal escritos”
donde puede por fin irrumpir la verdad. El capítulo final
del libro recorre prácticamente toda la producción
de Washington Cucurto, Martín Gambarotta y Roberta Iannamico
para ver de qué manera estos poetas realizan lo que para
Agamben es la tarea política de las nuevas generaciones:
la profanación de lo improfanable, de aquellos sectores de
la vida que en la sociedad del espectáculo gozan de un nuevo
tipo de sacralidad que los saca de la esfera del uso para volverlos
al ámbito de la contemplación. Lo que se lee en cada
caso es cómo, por medio de distintas torsiones, estas poéticas
llevan la lengua a un punto en el que puede, ya no representar la
realidad, sino “tocar lo real”.
I.
Kamenszain ingresa a la obra de Vallejo por el primer verso de
Los heraldos negros, que considera fundante (“Hay
golpes en la vida tan fuertes…¡Yo no sé!”).
De ese verso retoma más que nada los puntos suspensivos,
porque dan cuenta de un no saber y aparecen entonces como un “agujero
en el sentido” que representaría el lugar de la vida
y de la experiencia de la verdad (Badiou). Es esa falta en el terreno
de lo simbólico y lo imaginario, condensada en los puntos
suspensivos, la que convierte al escritor en un “gran vividor”.
Lo que se testimonia entonces en la poesía de Vallejo es
ese encuentro entre la letra y la vida que halla su forma verbal
en el oxímoron, porque esta figura constituye precisamente
el lugar en el que el lenguaje logra zafarse de los dualismos y
las significaciones establecidas y llevar a un punto de crisis a
la lengua. Esta cuestión atraviesa de algún modo todo
el libro: para que la poesía se ponga del lado de lo real
y de la vida es necesario primero que salga del ámbito de
la literatura y la cultura, donde se encuentra encerrada tanto como
los sujetos se encuentran encerrados en la lengua. La relación
con lo real no pasaría entonces por re-presentar una esfera
desde otra cualitativamente diferente sino por un encuentro, no
institucionalizado y un poco misterioso, tal vez, entre la lengua
y la vida, que es lo indecible.
Otro aspecto central en la lectura de Vallejo es que la falta de
saber y de palabras propias reclama para el poeta el testimonio
de un otro que lo nombre, por eso en Vallejo el testimonio adopta
la forma del llamado. Y cuando ese llamado, que deviene grito, logra
salirse de la “cárcel de la lengua”, delimita
un territorio para lo humano que es un más allá de
la lengua donde “todos entienden” cuando se los convoca
como “hombres”. A este territorio lo denomina Kamenszain
una “patria”: se trata de la vida en común que
excede al hombre, una patria constituida por una lengua que no pertenece
a nadie. Cuando se pone a funcionar este mismo aparato conceptual
para leer los poemas de España, aparte de mí este
cáliz, el resultado es curioso porque en este caso el
héroe de la guerra civil aparece homologado con otros “héroes”
de la poesía de Vallejo –hombre, indio, camarada, voluntario-
que se definen como tales, a partir de Lacan, por ser aquellos que
no ceden en su deseo. La guerra entonces será el enfrentamiento
vida-muerte y su héroe, el voluntario de la vida. El que
Vallejo llamaba “voluntario de España” en el
“Himno a los voluntarios de la República” ya
no lucha por un proyecto político concreto sino por algo
más abstracto. Y es que la guerra, también, se vuelve
abstracta, se deshistoriza, y sus héroes devienen una instancia
entre otras de un concepto lacaniano, perdiendo de vista la particularidad
y especificidad históricas. Lo que este héroe da al
poeta es un “himno en contra […] que, como aquel silbo
vulnerado del indio, alude entre dientes a una patria en común
(“República”) que peligra”. La República
entonces deviene metáfora, un espacio simbólico indiferenciado,
lo cual es problemático si se tiene en cuenta que Kamenszain
está pensando los poemas de Vallejo desde la idea de Badiou
del ultrapoema, una clase de texto que “aspira a compartir
un pensamiento menos sumido en la unicidad metafórica”.
La unicidad metafórica, sin embargo, se cuela en el aparato
postestructuralista para hacer de la lengua y de la patria, precisamente,
unicidades metafóricas.
II.
El caso Pizarnik se aborda desde la oposición poesía/prosa
que ella misma establece en sus diarios al manifestar el deseo de
escribir una novela y al mismo tiempo la imposibilidad de hacerlo.
El proyecto de escribir una novela, que para Pizarnik demandaba
ciertos conocimientos de la lengua –gramática, tiempos
verbales, etc.- hubiera representado la posibilidad de participar
de la lengua de todos, de pertenecer y de comprimir al mundo en
un libro. Kamenszain toma esta idea para pensar la poesía
de Pizarnik como escrita “sin lengua”, a partir de una
relación de extranjería con la lengua de los argentinos,
y desde esa perspectiva revisa la relación de Pizarnik con
el idioma nacional. La propuesta de Kamenszain es pensar el rechazo
de esa lengua en la poesía de Pizarnik como una operación
crítica que se vuelve explícita cuando la autora comienza
a escribir prosa, porque entonces el humor y los usos paródicos
del lenguaje literario y oral argentinos aparecen como un golpe
de estado anarquizante en el centro de la lengua nacional. De esta
manera Los perturbados entre lilas y La bucanera de
Pernambuco o Hilda la polígrafa son textos
que profanan críticamente el lenguaje argentino.
Al mismo tiempo, así como Vallejo escribía a partir
de una falta de saber, la falta de lengua en Pizarnik la hace volverse
hacia lo que Lacan denomina “lalengua”, esa lengua materna
que es asunto de cada quien y que sería previa a toda habla
articulada. En este punto la lengua ya no se piensa, por supuesto,
ni como instrumento de la comunicación ni como producto o
proceso social, sino como un lugar de resistencia individual (decididamente
abstracto y paradójicamente colectivo, en la medida en que
también se recurre a las concepciones de Deleuze) frente
a la homogeneidad lingüística impuesta por el Estado
y por los otros. El uso de la obscenidad y del absurdo en Pizarnik
formaría parte de su voluntad de escribir “mal”,
de profanar la lengua y poner la boca del testimonio, ahora, en
la entrepierna. Pero de escribir “mal” al deseo de no
escribir más hay sólo un paso, que Kamenszain no lee
como detención del proceso de escritura sino como una operación
que instala a los textos en el “entre” (ni poesía
ni prosa), suicidando la lógica de los contrarios. En el
caso de Pizarnik, y esto constituye un giro interesante, el suicido
puede pensarse no como interrupción del proceso –lo
que, desde Deleuze, sería enfermedad- sino como una “inmolación
de cara a la productividad”, es decir, a la vida.
III.
La última parte de La boca del testimonio se dedica
a pensar tres escrituras actuales –las de Washington Cucurto,
Martín Gambarotta y Roberta Iannamico- a partir de un planteo
necesario: ya no sirve pensar la literatura desde el realismo porque
hoy el realismo está en el espectáculo, en el reality
show, que sacraliza aspectos nuevos de la realidad y los pasa de
la esfera del uso a la del consumo. La tarea política de
las futuras generaciones sería entonces profanar esa nueva
sacralidad. La segunda idea que opera en esta parte del libro es
de Deleuze y corresponde al intento que Kamenszain lee en estos
poetas de despegar a la escritura de la metáfora para tocar
“lo real”, aquello que se resiste a ser simbolizado
e imaginado. Lo que Kamenszain lee en Cucurto es entonces un uso
profanatorio de la tradición que la saca de la biblioteca
para devolverla al uso, a la circulación, y una apropiación
de lo real a través de una “máquina de vida”
que asegura para la literatura argentina la circulación de
objetos y también de las lenguas.
De los libros de Gambarotta se dice, una vez más, que en
lugar de unir imaginario y simbólico contra lo real están
construidos de manera que lo real irrumpa y exista en ellos, alcance
la utopía de hacerse real (Hal Foster). Por eso la lectura
de Gambarotta pasa por ver sus cortes de verso no como recursos
literarios sino como cortes “guerreros” que tienen “implicancias
reales e irreversibles”. Teniendo en cuenta lo anterior resulta
extraño que esos cortes de verso reales pasen a leerse en
las páginas siguientes en términos metafóricos
cuando se los homologa, por ejemplo, al corte de la programación
televisiva, o cuando Gambarotta dice “el machete no es para
cortar pomelos/ es para cortar cabezas” y Kamenszain lee ese
“cortar cabezas” como un más allá de los
saberes. Este carácter metafórico atraviesa toda la
lectura de Angola porque en este caso “en la guerra el corte
de verso, la escansión que corta la cabeza del sentido, es
también corte de luz”, entonces la función de
la cuadrilla que viene a reponer los cortes será la de cortar
la luz que ilumina a la ficción y a la vez iluminar lo real.
La función de la cuadrilla se vuelve metafórica, así
como también la guerra, la luz y los cortes –los de
la luz y también los de los versos. Lo mismo pasa cuando
se trabaja a Roberta Iannamico, la tercera de los poetas que “testimonian
sin metáfora”, porque al leer el poema que dice “Estreno
un camisón lavanda/ la misma seda del lirio/ de un lado la
piel/ floja sobre la carne hinchada/ del otro lado el espejo/ del
baño del hospital” Kamenszain lo interpreta como una
representación del “realismo desnudo” que la
poeta trae a la escena literaria.
Hay evidentemente una dificultad para leer lo real que Kamenszain
encuentra en los poemas de Gambarotta y Iannamico, sin metaforizarlo.
Por otra parte, parece que todo el tiempo se instalan nuevas dicotomías
en este libro que pretende mostrar de qué manera las poéticas
analizadas ponen en entredicho la lógica de los dualismos,
como sucede con las oposiciones entre el lenguaje y lo real, entre
los recursos literarios (por extensión, la literatura misma)
y lo real, entre ficción y realidad. Tal vez habría
que pensar que el lenguaje y la literatura siempre fueron reales,
o que en todo caso mantienen con lo real una relación más
dialéctica que opositiva, y que lo que hace falta es una
crítica que pueda dar cuenta de esa pertenencia sin metáforas,
porque la máquina postestructuralista funciona mejor –aunque
la dicotomía no se admita- cuando se circunscribe a la lectura
de operaciones sobre la lengua, como sucede en el capítulo
sobre Pizarnik, que cuando pretende avanzar sobre lo real o la historia.
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