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Adriana Kanzepolsky.
“Signos y motivos de una memoria”
Sobre: Perla Suez, Trilogía de Entre Ríos,
Buenos Aires, Ed. Norma 2006, 275 páginas. Prólogo
de Guillermo Saccomanno.
Desde el título, Trilogía de Entre Ríos
propone una lectura conjunta de Letargo, El arresto
y Complot, tres nouvelles que Perla Suez publicó
de forma independiente en los años 2000, 2001 y 2004. Y es,
sobre todo, el topónimo Entre Ríos, esa “unidad
de lugar” que en la trilogía se traduce en los nombres
de pueblos como Basavilbaso, Colonia Clara y Colón, pero
también remite a un espacio más amorfo y dilatado
que son los campos de la zona al borde de esas poblaciones, aquello
que confiere ilación a tres relatos que en rigor, y sólo
en rigor, no retoman ni personajes, ni situaciones.
Si Entre Ríos es el espacio elegido para una narración
que por momentos migra a Buenos Aires, hacia donde van o de donde
vienen los personajes, y Europa es el origen común a casi
todos ellos, Perla Suez recorta también una unidad de tiempo,
iniciada a fines del siglo XIX, cuando llega el primer contingente
inmigratorio judío organizado, y que alcanza los primeros
años de la década del 30. Un recorte temporal que,
sin embargo, no minimiza el papel que en los primeros dos relatos
le cabe al presente, en tanto su condición de posibilidad.
Letargo y El arresto aluden de forma
explícita al trabajo de la memoria sobre los restos del pasado,
ya sea por intermedio de una narradora que vuelve a la casa de infancia
e, instada por el marido, decide “hacer algo” con una
carta dirigida a su abuela que encuentra allí y no logra
olvidar, como sucede en el primero de ellos, o en la transcripción
que cierra el segundo. En cursiva, la letra que más se acerca
a la escritura manuscrita y, en consecuencia, íntima, Suez
transcribe: “‘Mi padre, Lucien Finz, trabajó
como médico rural cerca de Villa Clara, donde transcurrió
su vida de niño. Iba a escribir sus memorias, pero no llegó
a concretarlas’”. La nota al pie informa: “Del
manuscrito que lleva la firma de Leonora Finz, encontrado recientemente
en la biblioteca popular Lucienville, Basavilbaso, Entre Ríos,
29 de julio de 2001”.
La unidad de tiempo tampoco obtura las remisiones al pasado europeo.
A despecho de haber motivado la emigración de los personajes
en las tres nouvelles, los vínculos de los mismos
con los familiares que permanecieron en Europa continúan
actuando sobre el presente y, en consecuencia, pautan sus conductas
y determinan cambios en la andadura de los relatos. Esta conexión
es particularmente notable en el caso de Bruno Edels, uno de los
protagonistas de Complot, quien luego de la noticia del asesinato
de sus hermanas en un “confuso incidente” percibe lo
inútil de la espera, el cansancio que siente desde el momento
en que se separó de ellas y, de allí en más,
se convierte en un hombre mujeriego que corre con descaro atrás
de las jovencitas; actitud que, más tarde, sumada a una serie
de detalles mínimos, en apariencia intrascendentes da lugar
a su trágica muerte.
Una zona y un tiempo, entonces, pero también una pasión,
la violencia social y/o familiar, y una estrategia narrativa, el
trabajo con la memoria propia y la memoria de otros familiares o
extraños son los elementos que dan cohesión a tres
nouvelles, cuyos portagonistas son judíos, condición,
ésta, que adquiere sentidos, estatutos y gravitaciones diversas
de un relato a otro.
Presente en la superficie de la lengua en Letargo, a través
de la incorporación de algunas palabras en idisch que
nombran el universo doméstico, los hábitos alimenticios
y dicen el insulto, en la primera nouvelle el judaísmo
de los personajes determina las relaciones familiares y es el trazo
que delinea la separación entre el espacio público
y el privado, en el que la abuela -referida siempre como la bobe-
preserva la ley y la tradición, enfrentándose al yerno,
también judío pero laico y comunista.
Por su parte, en El arresto, un relato familiar pero menos
intimista que Letargo, la condición judía
no es central para el entramado de las relaciones entre sus miembros
sino que se presenta como aquello que origina la violencia sufrida
por Lucien Finz, el protagonista, durante la Semana Trágica
de 1919, cuando es encarcelado y torturado. Momento en el que el
relato establece un continuum entre ese episodio y los
progoms que, en Rusia, causaron la muerte de sus abuelos
y bisabuelos paternos.
En Complot, el tratamiento de esta condición cambia
de signo, como si el judaísmo de Bruno Edels -quien intenta
encubrirlo al negarse a hablar de su pasado- del que nos enteramos
por un pasaje escueto y seco del narrador que, en pocas líneas,
resume la serie de muertes que determinaron la huida del personaje
a Entre Ríos, saliese del primer plano y se manifestase de
un modo sutil pero punzante en pequeños detalles: un insulto
del que es objeto, o su posición de inferioridad e impotencia
ante un inglés a cuyo mando es asesinado y quien termina
por quedarse con su mujer y sus campos.
Antecedidas por epígrafes, que dictan el tono de la narración
y prefiguran su contenido, en el pasaje de una nouvelle
a otra disminuye el carácter fragmentario, al mismo tiempo
en que se consolida la arquitectura narrativa, y la memoria propia
cede espacio a una memoria más impersonal, que se hace una
con la historia argentina; movimientos que Perla Suez lleva a cabo
en una prosa que va despojándose de vacilaciones y repeticiones
hasta alcanzar una enunciación lacónica, en la que
sin temor recurre a la ficción.
Letargo se cierra con la reproducción de una charla
entre la narradora, fotógrafa profesional, y el taxista que
la lleva al cementerio La Capilla, ahora Ingeniro Sajaroff,
escenario inicial para la filmación de una película
sobre la inmigración judía. Si el pasaje que describe
con algún detalle los tópicos que la proyectada película
abordará resulta un tanto incómodo por lo previsible,
su función parece ser, sin embargo, ponerle límites
o márgenes a un relato confuso y fragmentario enunciado por
una niña que sólo ve y escucha lo que sucede a su
alrededor; y aquello que escucha son únicamente tonterías
porque lo importante se dice en idisch, una lengua que
no comprende. Entonces, este relato íntimo, cuyo núcleo
es la locura de una madre por la muerte de un bebé de meses
y la violenta relación entre el padre y su abuela materna,
se ancla en lo entrevisto y lo entreoído por esa niña,
los dos sentidos que la narración privilegia, mientras sitúa
el recuerdo en el presente de la percepción. Ahora, si éste
es el procedimiento que Suez prioriza, hay momentos, los menos felices
por recurrentes en los relatos memorialísticos de los últimos
años, en que la narradora reflexiona sobre la continuidad
y discontinuidad entre “la niña que era yo” (en
una fórmula que remite a La madriguera de Tununa
Mercado) y la adulta actual, quien enfrenta la difícil tarea
de reconstruir el pasado.
El arresto, relato que alterna un narrador de tercera persona
y fragmentos enunciados por Lucien Finz que aparecen entre comillas,
se abre con un dato histórico, el arribo de Vasili y Ana
Finz -los padres del protagonista- a Villa Clara “con los
inmigrantes que trajo el Barón Hirsch, a fines del siglo
diecinueve”. El dato es significativo porque, desde un comienzo,
sitúa a los personajes en la trama de la historia nacional
y pauta la dirección del relato. Estamos ante judíos
que trabajan la tierra -cultivan el arroz- y viven en el interior;
son extranjeros
-“ocupantes” y no “habitantes”, en palabras
de Lucien- y provincianos.
Aunque esta nouvelle se organiza sobre una historia familiar en
la que se repite la fuerte presencia de un padre, la muerte de la
madre y de Max, el hijo mayor, y un conflicto entre Lucien y su
otro hermano -en buena medida, el detonante de la mudanza del primero
a Buenos Aires para estudiar medicina-, podría decirse que
aquello que prima en el relato es la compleja relación de
estos inmigrantes con el nuevo país, traducida en las dificultades
que enfrentan en el trabajo con la tierra (las tormentas, la falta
o el exceso de agua, la langosta, la lagarta militar que acaba con
el arroz) y en el conflicto entre el interior del país, la
provincia, y la capital. Un conflicto que Suez presenta a la luz
de la inversión de la clásica dicotomía civilización/barbarie,
enunciada por Lucien, quien la ha aprendido en la escuela y la explicita:
“La historia que aprendí en la escuela decía
que la barbarie está en el campo y la civilización
en la ciudad. Lo que sucedió esta semana aquí, me
hace ver a Buenos Aires como un mar de barbarie (...)”, anota
el personaje. Si, en algún sentido, la inversión de
la dicotomía puede resultar obvia, Arresto gana
la partida en el relato del vínculo de estos colonos con
la tierra, en el que sin trazo de color local ni de idealización
se equilibran el apego a la misma y la dureza del trabajo en el
campo. Y esto se vuelve particularmente relevante cuando recordamos
que la misma zona del litoral argentino y los mismos personajes
ya habían sido narrativizados de forma antitética
en Los gauchos judíos de Alberto Gerchunoff. Afuera
quedaron ahora la integración idílica con el medio
natural y humano; estamos simplemente ante labradores sujetos a
las inclemencias del tiempo, los insectos y las desavenencias familiares.
Complot empieza y termina puntualmente el 24 de mayo de
1932 con el asesinato de Bruno Edels. Entre el registro repetido
de esas dos fechas, la nouvelle cuenta en una prosa tensa,
en la que se alternan la primera y la tercera persona, la biografía
de ese judío que llega a Colón a comienzos de siglo
y con el transcurso de las décadas se hace estanciero. El
relato se concentra en los últimos meses de la vida de Edels,
cuando la suma de resentimientos, codicia y malentendidos contribuyen
a la articulación del “complot” que termina en
su muerte. Es así que el odio de Mora, una adolescente hija
del capataz de la estancia que lleva a cabo el asesinato, y amiga
de infancia de Eli Edels, víctima de los maltratos paternos,
se entrelaza con los planes de “mister Broker”, un inglés
al servicio de la Entre Ríos Central Railways, cuyo anhelo
es apoderarse de los campos de Edels, próximos beneficiarios
de un ramal de ferrocarril que uniría la mesopotamia a Buenos
Aires.
Señalé antes que el odio es la pasión que recorre
los tres relatos. En Complot el mismo se astilla en pequeños
resentimientos -personales y de clase- y se confunde con la avidez
por el dinero, los dos motivos que propician la celada en la que
el personaje muere. Si “el inglés” que, a diferencia
de Edels, planea sobre la realidad argentina sin establecer ningún
tipo de ligazón con la misma, resulta el beneficiario absoluto,
los demás personajes son simultáneamente víctimas
y victimarios. Bruno Edels burla la ley para aumentar su fortuna
y es burlado por “mister Broker”, su representante inmediato;
Mora, la niña criolla, es, a un tiempo, víctima del
inglés y su cómplice cuando dejar entrever que “el
patrón”, y no aquél, es responsable por su embarazo.
En contraposición a los protagonistas de Letargo y
El arresto, cuyo judaísmo determina las relaciones
familiares, o define claramente el lugar social, desde el comienzo
Complot liga la vida de Bruno Edels a la perspectiva que
Mora -el único personaje con voz propia en el relato- tiene
sobre ésta. El judaísmo no está presente en
la textura de la lengua, ni tampoco le cabe la función de
favorecer u obstaculizar vínculos sociales y laborales; en
apariencia es un trazo que quedó atrás. El personaje
no sólo se apropia de hábitos y mitos nacionales -el
mate, la creencia en la “luz mala” como indicio de un
“entierro”, la precisión de un detalle histórico-,
que lo muestran enraizado al país sino que ha hecho de la
cría y la faena del ganado -trabajo constitutivo de la vida
económica y del imaginario argentinos- la sustancia y el
sentido de su vida en Entre Ríos. Sin embargo, el pasado
europeo y judío lo sigue a través de los ecos de muertes
familiares y es esa condición de inmigrante no deseado aquello
que favorece el éxito del complot urdido por “el inglés”,
ese extranjero, respaldado por el “Banco de Londres y América
del Sud” que hace de un Edels temeroso y ávido el señuelo
perfecto para llevar a cabo sus planes.
Son, entonces, los motivos difusos que conducen al crimen y la imposibilidad
de percibir claramente la ética y/o la culpabilidad de los
personajes, aliados al tratamiento ambiguo que recibe la condición
judía en esta nouvelle, los motivos que contribuyen
a su eficacia.
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