julio-agosto 2017, AÑO XI, Nº 62

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Matías Moscardi

La divinidad inalámbrica
La humanidad aumentada. La administración digital del mundo, de Éric Sadin, Buenos Aires, Caja Negra, 2017. Traducción de Javier Blanco y Cecilia Paccazochi.

Science fiction

science fiction

 

en su cuarto tablero de ajedrez

con una mosca

el jugador

absorto

ajeno

se dedica

a crear el robot

que ha de vencerlo

 
Leónidas Lamborghini, El solicitante descolocado, 1971.

 

 

Parecía una locura pensar, en 1972 –fecha de publicación de El Anti-Edipo–, que, inmerso en el capitalismo, el ser humano fuera literalmente una máquina desconectada de lo real e interconectada a otras semejantes para formar el mismísimo flujo de corte que, en tanto lo mantuviera sujeto al sistema de producción, a la vez lo alejara cada vez más de lo real. La humanidad aumentada. La administración digital del mundo, de Éric Sadin   –publicado recientemente en la colección «Futuros próximos», de Caja Negra– reactiva una tradición del pensamiento sobre la historia de la técnica: Marshall McLuhan, Willem Flusser, George Simondon y Lewis Mumford, entre otros. En el libro de Sadin, la técnica vuelve a latir, como una necesidad contemporánea, en el corazón de la filosofía.

 Sadin parte de la famosa escena de 2001: Odisea en el espacio, de Kurbrick, donde vemos a un astronauta corriendo por la nave con forma de rueda de hámster, comandada por una computadora inteligente de nombre Hal. Inmediatamente, cuando empezamos a leer, comenzarán a resonar otras escenas y películas, como intensificación de las sugerencias analíticas que se adelantan en esas imágenes y cuadros narrativos: de Metropolis a Terminator, de Blade Runner a Ghost in the Shell, de Her a Ex Machina, de Robocop a la reciente Alien: Covenant, y su escena final donde suena «La entrada de los dioses al Valhalla», de Wagner, mientras un robot antropomorfo se adueña del futuro de la especie. Dicho de otro modo: esa humanidad híbrida con la que soñaban las películas de ciencia ficción, incluso la radical autonomía misma de la máquina, hoy es un hecho a un paso de concretarse. De esto habla La humanidad aumentada, de Éric Sadin.

 La máquina como divinidad inalámbrica y pequeño genio: hay un estatuto mágico de la tecnología que reenvía, dice Sadin, a la antigua dimensión mitológica de la techné, «considerada en sus orígenes prometeicos un don milagroso sustraído indebidamente a los dioses para paliar la debilidad inherente a la naturaleza humana». En el contexto de este nuevo culto maquínico, Sadin habla de una antrobología –nótese la desaparición de la «i» en el morfema «bio»–: «una nueva condición humana aún más secundada o duplicada por robots inteligentes. Es la última etapa antes de la infiltración generalizada de chips en el interior de los tejidos biológicos».

 La técnica adquiere su valor de uso en el campo de la vida cotidiana: ya no implica ninguna forma de emancipación pero tampoco ninguna de servidumbre, sino que, en palabras de Sadin, produce otro tipo de tensión «entre enriquecimiento o dependencia». De ahí se deducen el creciente apego y los vínculos compulsivos con el celular o las relaciones adictivas a Internet. Un tipo de devoción totémica sostenida por la búsqueda constante de información confidencial, difusión de rumores que se vuelven verdades indiscutibles a la velocidad del sonido, una cotidianeidad «jalonada de sorpresas y encantos, y episódicamente escandida por algunos dramas mayores» que suelen ser ocasión de homenajes fúnebre íntimos o de celebridades. Todos tenemos, seguramente, al menos un contacto de Facebook o Twitter que se dirige a sus muertos, como Catulo, en el canto 101, ante la tumba del hermano, que se descubre a sí mismo «hablando en vano a las mudas cenizas». Como si la red nos mantuviera, precisamente, enredados ahí, ante la tumba: como si afuera de la máquina no pasara absolutamente nada, ni siquiera la muerte.

 El libro de Sadin gira en torno de los roles sensibles que la técnica comienza a ocupar en la cultura informática, ya no como una prótesis del cuerpo, sino como una parte integral de él. Almacenamiento y análisis de datos, velocidades de procesamiento inimaginablemente rápidas, algoritmos que buscan y reconocen información en cuestión de milésimas de segundo, el mundo es cada vez más parecido a la red de código verde que aparece en Matrix.

 La inteligencia de la máquina es frankensteiniana, dice Sadin: «puesto que se trata de un híbrido entre nuestra inteligencia y otra inteligencia no exógena o venida de afuera, sino surgida de la nuestra». Estamos ante la emergencia de una humanidad no sólo interconectada e hipermóvil sino fundamentalmente hibridada con sistemas que muchas veces deciden por nosotros. La pregunta latente en el libro de Sadin es, en definitiva, la del ajedrecista del poema de Leónidas Lamborghini: ¿podrá la creación vencer al creador?

 

(Actualización julio – agosto 2017/ BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646