mayo-junio 2017, AÑO XI, Nº 61

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Jajajajajajajajajajajajajá
Dios lo bendiga, Sr. Rosewater o Margaritas a los chanchos, de Kurt Vonnegut, Buenos Aires, La bestia equilátera, 2017. Traducción de Carlos Gardini.



«Un monto de dinero es uno de los protagonistas de este relato sobre la gente, así como un tarro de miel podría ser el protagonista de un relato sobre las abejas». Así empieza Dios lo bendiga, señor Rosewater (1965), la sátira más graciosa de Kurt Vonnegut, publicada recientemente por La bestia equilátera.

 

Las novelas de tesis, como aquellas que escribió Sartre, me resultan sumamente aburridas. La literatura panfletaria también. En estos géneros, el sentido es como una tela sin arrugas: no hay contradicciones y, por lo tanto, no hay –no puede haber– humor.

Algunas de las preguntas ontológicas que atravesaron el siglo XX como un tractor de siembra se miraban el ombligo de las disciplinas: «¿Qué es el arte?», «¿Qué es la literatura?», «¿Qué es la filosofía?», «¿Qué es el psicoanálisis?». Dios lo bendiga, señor Rosewater, en cambio, está atravesada por una pregunta que levanta la cabeza para enfrentar la mirada del mundo: ¿Qué es el dinero?

Eliot Rosewater, como el negativo fotográfico de un alegórico Rockefeller delirante y humanitario, hereda una fortuna infinita del imperio económico que su familia y sus antepasados construyeron a lo largo de la historia. Pero Eliot está completamente loco, es decir, demasiado cuerdo para su estirpe de empresarios endogámicos: entonces comienza a regalar el dinero, a despilfarrarlo entre los que menos tienen, a entregárselo a mansalva a quien más lo necesita.

Lo extraordinario de las novelas de Vonnegut, lo que no deja de llamarme la atención cada vez que lo leo, es que su escritura revela precisamente esa potencia teórica de la literatura pero sin perder ni relegar el estatuto de su imaginación. El corazón que bombea sangre a sus textos es, de manera invariable, una ficción a la que se le zafa la cadena. Por eso, el humor de Vonnegut nunca parece premeditado, jamás es el producto de la mesura, ni de la elegancia, ni del a prolijidad: procede por traqueteos espontáneos, desbarajustes, dislates, desatinos. Como el bufón de las comedias shakesperianas, o como los personajes extravagantes que Lewis Carroll pone en el camino de las aventuras de Alicia, Vonnegut ubica en los héroes más lunáticos todo el poder de verdad del que es capaz un discurso. En sus novelas, los tontos y los insensatos son los únicos inteligentes en un mundo minado de cretinos.

Un personaje de Los siete samuráis, de Akira Kurosawa, me hizo acordar mucho a Eliot Rosewater: me refiero al samurái que siempre está borracho; sin embargo, cuando cruza el umbral de una taberna y, del otro lado, un enemigo agazapado intenta sorprenderlo y lo ataca súbitamente, el samurái borracho reacciona con la celeridad lúcida y precisa de quien jamás ha bajado la guardia, ni por un solo segundo.

En efecto, durante toda la novela, Eliot tiene alcohol en las venas: «Por mucho que bebiera, parecía que nunca se emborrachaba». Sus acciones están teñidas de un excentricismo millonario: tiene un solo traje, interviene en una convención de escritores de ciencia ficción con un fervoroso discurso reivindicatorio del género que al día siguiente desdice de inmediato, invita tragos a todos en un bar, durante un año de diván sólo habla de la historia de los Estados Unidos y así encuentra la cura, es fanático de los bomberos voluntarios y le paga a los suicidas para que no se suiciden.

Margaritas a los chanchos es la segunda acepción del título: Eliot es la encarnación de una caridad absoluta, programática, anárquica. Por eso, el lector comprueba, con cada acción de insólita beneficencia, que el dinero es demencial: comprar un chicle o un rollo de papel film o una cajita de ganchos para la abrochadora es participar de la esquizofrenia que nos separa tajantemente del mundo.

Por eso, la novela tiene momentos de carcajadas luminosas, como esas risas extensas que escribimos por Facebook o por WhatsApp con un tecleo maníaco: porque nos muestra, a partir de una distancia hiperbólica, la ridícula enajenación que a diario polinizamos como abejitas para producir la miel que los campeones untarán en sus tostadas de desayuno.

 

 

(Actualización mayo - junio 2017/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646