mayo-junio 2017, AÑO XI, Nº 61

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Colaboran en este número

Matías Moscardi
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Diseño

Adriana Kanzepolsky

Detener el tiempo en el fragmento
Por breve herida, de Margo Glantz, México, Literatura UNAM / Sexto piso, 2016.

En alguna de las páginas iniciales de Por breve herida, Margo Glantz cuenta que lleva quince años escribiendo este libro, lapso durante el cual fue publicando fragmentos, «como si al publicarlos, uno tras otro, me arrancaran un premolar, un muela del juicio o un colmillo […]» –escribe–. Años en los que ensaya un comienzo que en la versión «definitiva» descarta o, mejor dicho, transforma en uno de los múltiples fragmentos que narran la génesis o la cocina o la poética del texto, una de las líneas centrales sobre las que se articula este libro que trabaja con los restos –¿con el desperdicio?– impulsado justamente por el deseo de no desperdiciar nada. En apariencia, entonces, y según sus propias palabras, se trata de un proyecto dominado por la «procrastinación», esa acción o falta de acción de la que se acusa insistentemente de un libro a otro; algo así como el trabajo constante para que el final del texto no llegue o para que el tiempo no avance. Porque si el libro construye un elogio del fragmento, en su calidad de procedimiento encomiable que dejaría en manos del lector la posibilidad de encontrar y reconstruir la unidad o la de considerar cada uno de ellos en su aislamiento, ya que son autónomos, y llegan inclusive a la pulverización en forma de lista de palabras, la publicación de algunos es vivida como una mutilación. Una imagen que se reitera cuando, en uno de los pasajes, en «diálogo» con Francis Bacon, define el arte como «carnicería», «disección», «fragmentación», «matadero» y finalmente como algo comparable a «una nube roja como la sangre coagulada».

                Ahora, si la escritura de este último libro se demora y se anuncia a lo largo de años en los que corre el rumor acerca de que Glantz está escribiendo una novela sobre los dientes y durante los cuales también circulan sus posibles títulos (El parto de los montes como uno de ellos), durante esos mismos años la escritora publica, entre otros, una nueva versión de Las genealogías, Apariciones, Saña, La polca de los osos, Coronada de moscas, Yo también me acuerdo y fundamentalmente Zona de derrumbe, Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador y El rastro. Es decir, son los años en que nace Nora García, ese personaje que lleva casi sus mismas iniciales –un anagrama de su nombre, según comenta últimamente–, comparte sus gustos, obsesiones, profesión y también su ascendencia. Un personaje cuyo nombre no menciona en Por breve herida, pero sí el de Federica y Corina, sus hijas, y en el que hay constantes remisiones a Historia de una mujer…, tanto en lo que se refiere a los famosos zapatos verdes fatiga de tacón mediano, que Nora García necesita para sentarse a escribir y que aquí la «Autora» (así se nombra en ocasiones como homenaje y remisión a David Markson, escritor que «aniquila por completo las convenciones del género novelístico e impone nuevas») usa para las constantes y repetitivas visitas al dentista, como una salvaguarda contra el sentimiento de irrealidad de esos largos momentos pasados en el sillón del consultorio, como también en su calidad de antídoto contra la angustia.

                Se trata de una serie de libros que, como se sabe, burilan una poética organizada alrededor del fragmento, la repetición, la apropiación, la cita, la autocita, el plagio, el vaivén entre la ficción, la memoria y el ensayo. Un proyecto de escritura en cuyo centro están la lectura y la relectura, tanto de la obra de otros escritores como de la suya propia y en la que, tal como ella misma señala a propósito del Levrero de El discurso vacío, lo nimio sirve para ir poblando el texto y conjurar el vacío en un relato sin jerarquías. Nos referimos ya al registro reiterado de sus lecturas: Poe, ahora, o Simenon o Perec o Sor Juana, o Barthes o Nabokov –la lista es irreproducible– en libros anteriores, o a las múltiples remisiones a las pinturas de Bacon, en esta oportunidad, y sobre todo, al universo de los dientes y las visitas al dentista, narradas de forma casi idéntica. Visitas, estas, que lo estructuran a nivel de la mínima trama, haciendo que simultáneamente avance y se detenga, y que en su calculada repetición constriñen y posibilitan la escritura. Y si los dientes y el dentista son centrales en este nuevo libro, en el que aprendemos una serie de términos sobre su anatomía y su tratamiento, ellos ocupaban ya un lugar insoslayable en Las genealogías (el de dentista fue uno de los múltiples oficios de su padre y el consultorio, lugar de juego) y en un cuento como «Jarabe de pico» de Historia de una mujer…, donde Nora García se babea y no puede mantener la pintura de labios en su sitio, pintura roja que aquí mancha prolijamente los baberos de papel que recibe de una asistente en cada reinicio del tratamiento odontológico.

Estamos, por lo tanto, ante una poética que al tiempo que se enuncia como precaria, es decir, conformada por textos no definitivos y siempre a la espera de la reescritura, reenvía en cada nueva versión a la totalidad de su obra. Es decir, una poética que establece o postula un juego y/o una tensión entre la totalidad y el fragmento, entre el fragmento y la summa. En ese sentido, Por breve herida actualiza los presupuestos que articulan esa poética, es más, diría que traza una línea de continuidad casi estricta con Yo también me acuerdo, un libro cuyo principio constructivo, o cuyo “procedimiento madre”, es la anáfora, «el me acuerdo» que abre cada uno de los fragmentos o las entradas. Mientras ese es el ábrete sésamo que está en el origen y el desarrollo de la escritura en el libro de 2014, la visitas al dentista, la actividad desplegada en ese momento de cesura que es la estancia en la sala de espera previa a las consultas, la descripción de diversos tratamientos y una constelación de anécdotas y términos vinculados con los dientes que puntúan la narración son los episodios que, como un estribillo, estructuran y organizan este nuevo libro, donde las marcas de la poética que acabamos de describir vuelven a extremarse y repetirse.

Aunque los dientes ocupan el primer plano de la mínima trama –los propios, los de los animales («tuks»), los de otros escritores, los de Inocencio X en las pinturas de Francis Bacon, los de Drácula, los de «Berenice», o la metonimia del horror de la boca abierta o la fascinación por la sangre y por lo términos médicos, etc.–, pienso que, en realidad, la pregunta que recorre de manera obsesiva el libro es otra. Una pregunta que se articula alrededor del tiempo, un tiempo al que se quiere detener en el espacio acotado del fragmento y en la recurrencia a la repetición como un procedimiento «machacón» contra el olvido, que sabe inevitable. Un tiempo que, como dice varias veces refutando a Proust, no se recupera.

Preocupación o curiosidad que retorna de modos diversos, ya sea en la reiteración de anécdotas, en la reaparición de objetos, en el registro repetido de su no transcurso en la antesala del dentista, espera que no es la de la angustia sino la de la cesura, la de la suspensión de la vida cotidiana, que da forma a otro modo de la rutina.

La inquietud en relación con el paso del tiempo aparece asociada también al elogio de la lectura como posibilidad de pasear por el tiempo de otros, o al tiempo condensado del cine que se acelera o se torna moroso. Pero tal vez, sobre todo, la pregunta que más inquieta sea la que indaga por la relación del tiempo de la escritura con el tiempo de la vida, es decir, una pregunta acerca de qué se dice cuando se dice hoy en la literatura. Pregunta que enseguida relativiza en un qué importa de qué hoy o de qué ayer se trate. Escribe: «Ayer, un ayer lejano o quizá cercano, ¿qué importa si fue un ayer, un ayer cualquiera en este tiempo infinito en que se ha convertido mi otra vida, la de la cesura, la de mis visitas al dentista?». (Imposible no recordar en este punto el inicio de Glosa de Saer, y el «qué más da» con el que cierra la disquisición acerca del día en que comienza la caminata de Leto y el Matemático).

 Y si ese hoy es relativizado, si el ayer de las visitas al dentista se pierde en el tiempo moroso de la repetición, la narradora parece encontrar su punto de anclaje en una escena de infancia que reúne tangos, lectura y chocolate: «Quizás mi amor por el tango se haya exacerbado a lo largo de esto últimos años. Primero, porque me he reblandecido: Fui, soy, seré esa pasta de chocolate remojada en aguardiente, abrillantada por el rojo pelonástico de la cereza que, ineludible, se asocia a mi niñez y a cualquier tango, sobre todo si la voz del (la) cantante preserva el tono metálico y la gangosidad primigenias».

 Recuerdo, este, que ya estaba en Las genealogías, donde el tiempo que prima en en la reconstrucción de la biografía parental es el de la ingesta de comida entendida como un rito que se repite y en la repetición reactualiza los vínculos con el pasado, una concepción que Yerushalmi entiende como propia del judaísmo.

 

(Actualización mayo – junio / BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646