mayo-junio 2017, AÑO XI, Nº 61

logo.png

Editora

Ana Porrúa

Consejo editor

Osvaldo Aguirre  /  Irina Garbatzky
Matías Moscardi  /  Carlos Ríos
Alfonso Mallo

Columnistas

Paulo Ricci
/  Ezequiel Alemian

Nora Avaro
/  Juan José Becerra

Gustavo Bombini
/  Miguel Dalmaroni

Yanko González
/  Alfonso Mallo

Marcelo Díaz
/  Jorge Wolff

Aníbal Cristobo
/  Carlos Ríos

Rafael Arce
/  Ana Porrúa

Antonio Carlos Santos
/  Mario Ortiz

José Miccio
/  Adriana Astutti

Esteban López Brusa
/  Osvaldo Aguirre

Federico Leguizamón
/  David Wapner

Julio Schvartzman

Colaboran en este número

Matías Moscardi
/  Mario Ortiz

Carlos Ríos
/  Rosalía Baltar

Adriana Kanzepolsky
/  Ulises Cremonte

Javier Gasparri
/  Alejandra Laera

Mario Cámara
/  Esteban Prado

Elizabeth Collingwood-Selby

Curador de Galerías

Daniel García

Diseño

Mario Ortiz

Tiempo de morir
Died, de Ezequiel Alemian, Buenos Aires, N Correcciones, 2016.

Died no es un libro en el sentido convencional del término, es decir, un mero soporte donde leer la producción textual de determinado escritor, sino más bien un experimento visual y verbal que podríamos pensar desde el arte conceptual. Su estructura es bien simple y transparente: se trata de una colección de avisos fúnebres en inglés que pertenecen a alguna publicación británica o norteamericana. Entiéndase que simpleza no quiere decir facilidad o sencillez, sino economía de recursos. Se trata de una pobreza deliberada que, como el cuadrado negro de Malevitch o los objects trouvés de Duchamp, es inversamente proporcional a la riqueza de lecturas y sentidos que habilita.  

Cada aviso es un recorte hecho con tijera (se ven los bordes un tanto irregulares) y reproducido en forma facsimilar. Muchos de ellos son cuadraditos aislados en el centro de la página. Hay algunas páginas en blanco y otras donde se distribuyen dos o más avisos. El efecto es el de estar recorriendo las hojas de un archivo o álbum que arma un coleccionista muy peculiar y un tanto obsesivo (aquí abro un paréntesis para permitirme una digresión personal pero que puede servir para el análisis. Conozco a alguien que colecciona avisos fúnebres que le parecen relevantes y que son publicados en nuestro diario bahiense La nueva provincia. A partir de ellos traza vínculos de parentesco entre los difuntos, cruza datos y arma en su cabeza las relaciones entre la Bahía Blanca de los vivos y la de los muertos; entre la metrópolis y su necrópolis. Cierro paréntesis).

Georges Didi-Huberman afirma que un archivo se constituye ahí donde una serie de objetos son retirados de sus contextos originales para ser reunidos y convertidos en testimonio. Pero lo propio de un archivo es su «ser horadado», los huecos y lagunas, la censuras y destrucciones operadas en forma inconsciente o deliberada. Por lo tanto, el trabajo de lectura está atravesado por la pregunta que formula Hubeman: ¿cómo orientarse en esos fragmentos? ¿Cuál es el sentido del archivo que está montando Alemian y cómo, a su vez, podemos abordarlo y montar nuestro propio recorrido?

Lo primero que nos llama la atención es el recuadro relativamente pequeño ubicado en el centro de una página en blanco de gran tamaño. Es una presencia textual rodeada por una ostensible ausencia o vacío. ¿Qué es lo que aparece y lo que se oculta o se omite? Esto nos conduce a plantearnos quiénes son los muertos visibles y quiénes los invisibles o los que no cuentan. Si avanzamos hasta las la última página nos encontramos con un recorte muy significativo que informa la procedencia de este material: la prestigiosa revista estadounidense TIME. Entonces, volviendo hacia atrás, podemos repreguntarnos ahora: ¿quiénes son los muertos que cuentan para los editores del semanario?

  Ser tapa de esta revista o figurar entre las personalidades del año es acceder a una suerte de panteón de celebridades. Correlativamente, quienes figuran en estos avisos se han destacado en algún aspecto. Como cada necrológica cuenta con un texto que traza una brevísima síntesis de su vida y obra, asistimos a la conformación de un cementerio exclusivo, la Recoleta pero escala internacional. Al mismo tiempo, la sucesión de esos textos va tramando ante nuestros ojos una narración, una muy curiosa novela argentina escrita en inglés entre cuyos personajes hay algunos muy conocidos dentro del ámbito artístico, deportivo y político como Jaco Pastorius, Andy Gibb o Rose Kennedy y otros quizá no tan renombrados en la Argentina, pero que cumplieron algún rol destacado en la Segunda Guerra y la Guerra Fría: Kermit Beahan, el que arrojó la bomba atómica sobre Nagasaki; Richard Bissell, espía de la CIA vinculado con la operación Bahía de Cochinos contra la revolución cubana; Donald Bailey, ingeniero británico que inventó un famoso sistema de puentes prefabricados que sirvieron para el transporte de las tropas aliadas, tanques y armas sobre los ríos de Europa. Percibimos que la revista TIME traza un recorte muy preciso en el mundo de sus muertos: no solo notables sino pertenecientes a lo que en otra época se llamaba «el bloque occidental» y «el mundo libre», o aquellos que han tenido dificultades con las autoridades soviéticas como el premio nobel de física Pyotr Kapitsa o Lengina Shevchenko, cuyo único mérito pareciera reducirse a que fue esposa de un diplomático disidente de la URSS. Es cierto que aparece el obituario de Haydée Santamaría, la líder revolucionaria cubana, estrecha colaboradora de Fidel; pero el insidioso redactor agrega como al pasar que murió «by her own hand» para que el lector occidental de TIME especule por qué se suicidó.  

  Por supuesto, una publicación que se precia de su seriedad y nivel periodístico no puede dejar afuera a los intelectuales, pero están los muy reconocidos y hasta taquilleros, como el caso de Ernst Gombrich, el autor de una Historia del Arte que «sold more tan 6 million copies and was translated into 23 languages». La lucha contra el «peligro rojo» se libra en todos los frentes, hasta en el seno mismo del lenguaje y la soledad del gabinete: ahí está el recuerdo de Max Heyward, traductor de Boris Pasternak y otros escritores soviéticos censurados o sospechados por el régimen.

  Los que figuran y los que no están, decíamos más arriba; podemos agregar: los que acceden al privilegio de la palabra, a ser nombrados, y los que se eliden en la superficie blanca de un desierto silencioso de papel que a veces puede abarcar dos páginas completas. Luego de este recorrido, el último recorte donde se presenta la propia revista y explicita sus propósitos sólo puede ser leído desde una distancia crítica y desmitificadora. La publicación pretende brindar algo más que simples noticias ya que «TIME clarifies the complex and explains the significance of what is elsewhere merely reported». Podemos cuestionarnos si, a partir del recorte y el silencio, la revista clarifica lo complejo o lo simplifica y aplana; y también podemos cuestionarnos cuál es el significado de los hechos y para quiénes.

  Pero hay más. La publicación se instala en un lugar enunciativo de pretensiones universales; según sus palabras, a ella acuden en busca de explicaciones confiables veintiséis millones de lectores bien informados a lo largo y ancho del «free world». El imperialismo de esta voz se plasma en el slogan donde se arroga para sí misma el Tiempo (TIME) y el Espacio Mundial («The Weekly Newsmagazine of the World»). Entonces podemos asentar una última hipótesis: en el libro de Alemian el tiempo y espacio homogéneo de la hegemonía imperialista se fractura y estalla por la distribución errática de textos y silencios; llanuras de vacío y zonas con aglomeración de recortes que se superponen; selección y montaje que obedecen a otra lógica y dejan al descubierto los bordes, las costuras y pliegues de aquello que se pretendía claro y uniforme. Volviendo al inicio de esta reseña, podríamos decir que lo simple del procedimiento de Alemian pone en cuestión aquella pretendida claridad.

  

(Actualización mayo – junio / BazarAmericano)

 

   




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646