marzo-abril 2017, AÑO XI, Nº 60

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¿Qué es lo soberano?
Rolan Barthes y el Soberano Bien. Música, epifanía y muerte en La cámara lúcida, de David Fiel, Rosario, Ediciones Nube Negra, Colección Paradoxa, 2016

 

Como se desprende de su título, el libro de David Fiel es un largo comentario a otro libro, La cámara lúcida de Roland Barthes. Sin embargo, sitúa su análisis en una encrucijada, o más bien en una trama, que no se deduce de su objeto. La música, sobre todo, podríamos decir que está casi ausente en los temas de ese escrito penúltimo de Barthes, que versa sobre la fotografía y el duelo, su duelo. Así, los capítulos de Fiel llevan subtítulos musicales, como Leggiero, Allegretto dramatico, Scherzando, etc., pero la música no sólo cumple ese papel de marcación de tonos o de tiempos, no es sólo una huella de la forma que podría cerrar el libro en la sonata de un tema que se introduce, se varía, se acelera y se ralenta para concluirse, sino que también y sobre todo sirve de contraste para juzgar la última escritura de Barthes. No es el menor de los méritos del libro su racconto de la historia musical de Occidente desde el romanticismo hasta Ligeti pasando por los vieneses, el serialismo o Cage; un relato donde encuentra un sentido, una progresiva disgregación de la voz del sujeto moderno, su queja, su expresión, su silencio, su hieratismo, su espontaneísmo, la que sólo habría encontrado su fin, el principio de otra vía, en las microtonalidades de György Ligeti, en su friso de texturas sonoras donde se produciría el acontecimiento de un más allá del sujeto, al que Fiel denomina “sujeto-textural”, en una metáfora de tono barthesiano.

Recientemente, con motivo de un aniversario, aparecieron libros, se realizaron encuentros, se promovieron charlas en homenaje a Barthes, en esa monotonía de la fama que se parece demasiado al olvido. Y podría decirse que este libro sobre un “Soberano Bien”, que elige resaltar esta intempestiva denominación como objeto de una crítica aguda, no está en esa sintonía del homenaje, pero sólo si se lo toma literalmente. En cierta medida, Fiel pone a trabajar un Barthes del fragmento, de las texturas, de los compuestos, que a su vez incluye el desmontaje del sujeto como centro de sentimientos o pensamientos, contra el último Barthes, el que intenta captar su propia subjetividad irrepetible a partir de la experiencia de la pérdida. Barthes había puesto en práctica, en escritura, un sujeto efectuado por el fragmento, pero resulta que ahora, al final, quería volver a la persona, al sujeto romántico del duelo ante la muerte del ser querido. De ahí que Fiel reitere esas reservas ante lo personal de Barthes en duelo, el esencialismo de una imagen que sólo vale para alguien y que constituye su Soberano Bien. El estereotipo romántico, la lamentación y la consolación del canto subjetivo, desarmados en fragmentos y desmontajes previos, vuelven con el duelo y fundamentan la voz clara de un sujeto en persona.

Que estos retornos del romanticismo sean un problema –para Fiel, ya que para Barthes se trataba más bien de una voluntad, acaso la última– deriva de dos discursos tan modernos –y por ende románticos– como el de la subjetividad irreemplazable: la historia de la música y la historia de la filosofía. Que Ligeti (o Cage, cuya potencia antimusical tal vez se subestime en el libro) sea una salida del lirismo, de los lieder, por ejemplo, y por tanto que habría alguna suerte de línea temporal en las obras, que dice: “ya no es posible la forma expresiva o la forma sonata o el canto sentimental”, constituye un error que los críticos del hegelianismo y del modernismo denunciaron desde un principio. Con mucha mayor razón se puede decir que la perspectiva de un sujeto descentrado, un lugar de vida, una forma dividida de vivir, una vida desnuda, un cuerpo sin sujeto, no implica ningún paso más allá del yo enfático ni una ganancia en la resistencia política a la opresión. En todo caso, la salida de la metafísica, que es el fin del sujeto, no implica teleología alguna, porque eso sería la esencia de la metafísica. Así, Barthes puede rearmar su persona romántica, entonar sus lieder, que prefería a cualquier música del siglo XX –se conoce su desprecio por Satie y su desinterés por el dodecafonismo y otros ismos–, puede también escribir sus Memorias de ultratumba, porque lo que necesita entonces es la promesa de un placer y no el sacrificio de un goce.

Fiel, por cierto, se entrega al goce de analizar los estereotipos del sujeto esencialista, dolido, autoindulgente, en los que abreva Barthes para empezar a escribir lo que creía que le estaba vedado. Y eso es justamente la literatura, encontrar la música del ser único, con las notas remanidas de la unicidad. Tal vez la literatura misma sea un error, hecha de romanticismo, de duelos, de sujetos esencializados. Por momentos, el libro se arriesga a denunciar el duelo, su ostentación o su ocultamiento, que exaspera la intensidad del luto inexpresado, como causa eficiente del sujeto moderno. La salida de esto, el sujeto-textura, que se apaga de pronto, fragmento, chispazo, ritmo y blanco, debería ser entonces una cultura sin duelo, lo que antropológicamente resulta casi un contrasentido. Cito la frase final de un párrafo, un poco al azar de los blancos: “Sólo una vez que sepa enterrar a sus muertos sin memoria ni deseo, el sujeto habrá hecho sobre sí la única revolución que importe”. Sin memoria ni deseo, sin palabras.

No obstante, lo que debería inquietar en esta frase no sería tanto la profecía de un sujeto que tomase la muerte ajena, la única que se experimenta en realidad, como si fuese un hecho natural, un arranque del mundo, la nada misma, sino la insistencia de alguna “revolución”. Si algo enseña la literatura, porque no quiere dar mensaje alguno, es que no hay avances. La filosofía, en cambio, por momentos imagina que puede salir de la metafísica, abandonar el sujeto, ser el pensamiento de lo que hay; aun cuando Nietzsche dictaminara que se trataba de un gesto imposible, una vez abolido el lenguaje. Fiel denuncia esta aporía filosófica, ontología negativa que también estaría presente en Barthes, en frases como ésta: “Haciendo del discurso la patria ‘natural’ del neutro de su deseo de verdad, la extirpación cometida, es decir su filosofar en hipótesis de absolución discursiva, incluso si provisoria, fue lo que hizo del instrumento de cognición un símbolo negativo”. Más allá de la dudosa comprensibilidad de la frase, ¿acaso no oculta, tras la denuncia de las pretensiones de una filosofía más allá del sujeto que la profiere, la renuncia al estilo? Porque si algo distingue a Barthes, como a Chateaubriand, ¿por qué no?, de cualquier otro paso regresivo en la ideología romántica, son sus frases. Siempre se negó a promover una “revolución que importe”, si implicaba el abandono de lo singular, del estilo, o sea un sujeto, quizás fraguado, quizás ya no enfático ni crédulamente expresivo, pero un sujeto no sustituible, para el cual y por el cual valía la pena sostener “la ciencia imposible del ser único”, antes, mucho antes de la época del duelo.

Pero el libro, lúcido, erudito, interesantemente digresivo, tal vez fue llevado a asumir su tono crítico, su distancia del Bien de Barthes, por esas premisas de pensamiento anti-esencialista a las que ya aludimos, aunque al fin y al cabo, se admite, tampoco era posible escribir sobre el duelo de otro modo, porque acaso eso que la música romántica sigue diciendo no sea extirpable y sólo otro tipo de sujeto pueda atravesar la memoria y el deseo constitutivos del sujeto dolido, de su lucha contra el tiempo. Así, Fiel expresa su “pena” en el último apartado del último capítulo, y no puede dejar de citarse esta observación sobre su propio criticismo: “Pese a las restricciones, no detracciones, que la presente especulación contiene en cuanto a Barthes y en particular a La cámara lúcida, Diario de duelo y La preparación de la novela, cabe decir en favor de este autor que la conversión del duelo en un proyecto de Soberano Bien […] constituye la única ´analítica de la muerte´ a la que un sujeto de estructura negativa puede legítimamente aspirar”. Vale decir, en el deseo de literatura no era posible otro duelo, fuera de lo que una muerte puede ser “para mí”, fuera de la trasposición de la memoria en escritura, como en Proust, máximo modelo, quizás, de un sujeto de estructura negativa.

La “analítica” de Fiel desea otro libro y lo dice: unos Fragmentos de un discurso de duelo, donde el yo se fragüe, se arme a partir de una dispersión de tópicos, pero, ¿no es una lectura errada, formalista, pensar que el yo de los fragmentos amorosos, mezcla de Werther y arias de ópera y aventuras biográficas, no es también el sujeto del amor a la madre? Tal vez los principales puntos de interés, que son varios, en muchos momentos rapsódicos del libro, se encuentren en esta clase de preguntas inesperadas, que todo el tiempo asaltan a un lector que necesariamente debe compartir una asidua frecuentación –memoria y olvido, deseo y desencanto– de los libros firmados por Roland Barthes. Leemos pues un ensayo donde se captura, se caza, según una metáfora del libro, cierto deseo de infinitud, cierta atemporalidad ilusoria y disimulada, por medio del acto finito de escritura. Luego habría que ver si la moral de una subjetividad plural, de acontecimientos súbitos y conscientemente finitos, tiene algunas ventajas sobre la moral de la estetización de la pérdida. Pero éstas serías cuestiones de estoicismo o de epicureísmo, indiferentes para la ocurrencia de la literatura, memoria inconclusa de fragmentos finitos: imágenes, ritmos, antes que conceptos o posiciones.

 

(Actualización marzo – abril 2017/ BazarAmericano)

 

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646