marzo-abril 2017, AÑO XI, Nº 60

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Del agua y el tiempo
Trenzas, de Susana Szwarc, Buenos Aires, Entropía, 2016.

La imagen nunca es una realidad sencilla

                                                                                                                  Jacques Rancière

 

Surge una pregunta: si siempre el maridaje entre la razón y la belleza es bienvenido, si interpelar desde el sentido a la poesía no es un gesto hereje y si es posible no hacerlo cuando hay que hablar de obras como Trenzas.

            Voy a intentar, sin embargo, trazar algunos hilos sobre posibles lecturas de esta nouvelle escrita por Susana Szwarc y publicada por la Editorial Entropía. La pertenencia al género es propuesta por la editorial en la portada del libro y podría leerse como una provocación. Szwarc lleva los límites de la narración al máximo de su tensión disruptiva, rompiendo la cronología, cambiando de voces, invitando a la confusión de personajes, jugando con la melodía de los párrafos. En palabras de Luis Chitarroni, que escribe la contratapa, constituye: “un acercamiento sin el pretexto de una intriga o una anécdota”.

Trenzas es una novela corta pero morosa. Lenta. Que debe ser rumiada, no por naturaleza de quien mastica, sino de la que es masticada; que obliga al lector a volverse, a releer, a paladear. Si tuviera que pensarla gráficamente, imagino un cuadro en el que el tiempo ha borrado casi todo, y sobreviven las pinceladas de textura más gruesa, que sugieren más que dejan ver qué las unía, cuál era la imagen matriz que las contenía a todas.

Así, la trama de esta nouvelle se sugiere en el dibujo narrativo que une las microescenas, los diálogos sin personajes, las cartas, las descripciones. Voy a detenerme en algunos de esos trazos.

La lluvia. Atraviesa los distintos momentos de la historia del regreso de la mujer a su pueblo natal adonde vive su madre, y muere su padre. La lluvia y el agua, los charcos, el aljibe. “Había dejado de llover pero olvidé decirlo”

            El padre. El hombre. Escenas de la infancia con su padre, sus lecturas y cuentos, un cumpleaños y su muerte, hasta el final del entierro. Y el hombre, que le saca la bombacha pequeña, que le corta las trenzas y las tira en el barro.

            La madre y sus cartas. La mujer confunde a sus hijas entre sí, les escribe, las espera y las repele:

Mi madre ha venido a visitarme.

Le he escrito tantas veces, cada año, que se acercara a conocernos. Cada vez ha  encontrado excusas pero se acerca ahora, sin mi pedido.

Quiere sentirme expirar. Y no quiero darle el gusto. Así que hablamos.”

           

El pueblo, al que llega al comienzo de la novela y desde donde mira su historia y también la ciudad. El pueblo que se muestra bajo los efectos de la sequía o de la tormenta. El lugar de donde es, pero en el que no se reconoce (ni la reconocen) cuando vuelve:

           

Cada vez que el tren ‘Oro blanco’ atraviesa el pueblo la mujer corre. Aunque   

            llueva, corre. Espera que alguna de sus hijas descienda del tren.

            Sin embargo cuando después de tanta espera alguna de ellas llega al pueblo,

            la mujer se siente llena de odio.

 –Ninguna de ellas se parece a la niña de mis ensueños –repite bajito mientras llora en el patio.

            Los días se hacen densos y tristes.

La mujer solo pretende que esas otras mujeres, casi desconocidas, regresen a la ciudad.

            Y poder esperar otra vez.

 

El tiempo y la vejez, en los cuerpos y también en el pueblo y las cosas.

La enfermedad y la muerte.

El mate, el vestido a flores, y las trenzas cortadas, como objetos a los que el relato vuelve una vez tras otra.

            Todos estos puntos se pueden pensar reunidos en el relato del regreso, que concentra en sí la partida y la ausencia. Recorrer viejos lugares, notar su deterioro, recordar el pasado (la infancia) e interpretarlo en aras de lo que finalmente fue, y de lo que no. ¿Trenzas es una historia sobre el desarraigo, sobre la imposibilidad de recuperar lo que era? Puede ser.

            Pero el trazo más texturado, más destacable, tiene que ver con el decir, con la puesta visual del lenguaje que a lo largo del texto construye y a la vez cautiva. Toda la nouvelle tiene un ritmo que, como dije al principio, marca la cadencia de la lectura. Cada escena se divide de la siguiente por un blanco tipográfico que acelera o detiene el correr del lector. La puntuación estricta, las oraciones cortas, también trabajan en ese sentido. Algunas frases, de tono rimbombante, tienen el peso de sentencias o grandes verdades (esas que el lector marca para usar en algún texto propio, o para publicar en las redes sociales); otras, tienen la belleza propia del lenguaje coloquial cotidiano, en el que es fácil reconocerse. Las reiteraciones (palabras a las que se vuelve una y otra vez), las imágenes narradas, sutiles giros que diferencian a los personajes, las marcas que sostienen las elipsis sobre la que se apoya la historia.

            Una vez desarmada para analizar, si tuviéramos que recomponer la obra en un todo diríamos que es una nouvelle sobre la belleza, o que la nouvelle es la belleza. Ya sé que esta es una de esas definiciones que casi nunca pueden explicarse, porque siempre hay un ejemplo que las desdice. Certezas caprichosas. Necedades, pero no por eso menos ciertas si tenemos que explicarnos y explicar nuestras lecturas. Trenzas es la “bella arte”: es virtuosa y profunda y a la vez simple y mundana. Construye un mundo habitable que se nos vuelve propio en el armado del dibujo que sostiene la historia. Una corriente poderosa, por la que dejarse arrastrar.

 

 

(Actualización marzo - abril 2017/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646