|
|
|
“Traicioné, pero
lo haría de nuevo”
Entrevista a Silvio Mattoni, por Osvaldo Aguirre
En el conjunto de los nuevos traductores, Silvio Mattoni (Córdoba,
1969) aparece como uno de los más conscientes de su oficio.
Entre otras obras, ha traducido Métodos de Francis
Ponge, Antología poética de Henri Michaux
y La luna y las fogatas de Cesare Pavese (editados por
Adriana Hidalgo en 2000, 2002 y 2003 respectivamente). Además
publicó El Bizantino (poesía, 1994), Tres
poemas dramáticos (poesía, 1995), Sagitario
(poesía, 1998), Koré (ensayos, 2000), Canéforas
(poesía, 2000), El país de las larvas (poesía,
2001) e Hilos (poesía, 2002).
Osvaldo Aguirre: Has traducido ensayo, narrativa y poesía.
¿Cuáles son los problemas específicos de la
traducción de poesía?
Silvio Mattoni: Ensayo, narrativa y poesía tienen
una dificultad creciente de traducción. Supongo que del mismo
modo que tienen una relación diferente con la lengua. El
ensayo, en general, procura formular ciertos conceptos, aun cuando
utilice imágenes, figuras. Y el concepto es ese lugar común
más allá de los idiomas que en cada cultura se construye
a partir de frases hechas. Todo allí parece destinado a algún
tipo de transmisión, conservación o discusión.
La narrativa imita la percepción del mundo y del tiempo,
sometiendo en general su lenguaje a los avatares de un desarrollo,
trama, ambiente. Incluso el tono es allí algo que se obtiene
de los objetos y los sujetos que se describen, antes que por la
sonoridad de sus frases. Por supuesto, los mejores ensayos y las
mejores novelas, según creo, tienen algo de poesía.
Es decir, un elemento de atención al ritmo, una escansión
de la lengua. Y esa es la dificultad específica, el único
e irresoluble problema de la traducción de poesía,
y de lo poético en los demás géneros: que una
idea, una imagen o una sensación no sean sólo su contenido,
sino también la palabra que los instaura, una particular
cantidad o calidad de sonidos con una música que se oye en
una lengua determinada. Lo difícil, cuando se traduce un
poema, es encontrar un poco más que la mera transcripción
literal de sus términos, descubrir de nuevo la cantidad y
calidad musical de al menos algunas palabras cruciales del poema
original en el poema o esbozo de poema traducido.
O.A.: ¿Qué ocurre con la lengua materna,
cuando se lee y reescribe en otras lenguas, como es tu caso?
S.M.: Diría que pasan dos cosas. Por un lado, el
idioma propio, el único que no podemos poseer porque nos
hizo ser, se acerca peligrosamente a convertirse en un instrumento
de expresión. Uno tiende a manejarlo con la solvencia profesional
de quien opta entre dos o tres construcciones, formas adverbiales,
sinónimos aparentes, para decir lo que venga al caso. Me
ocurre sobre todo en el ensayo, un género donde es fácil
y hasta beneficioso contaminarse de traducciones, adaptaciones,
extranjerismos. Alguien me dijo hace poco que mis ensayos tenían
muchos galicismos, quizá sea cierto. Yo, con la más
sincera inmodestia, contesté: “pero mirá a Sarmiento...”
Bromas aparte, la incidencia del trabajo de traducir en la poesía
quizá sea más secreta, y más inquietante.
Es lo segundo que quería sugerir. Para eso voy a contar un
episodio casi íntimo, pero que fue la manera más concreta
en que se me reveló cómo lo traducido se convertía
en lo escrito. Durante unos meses de verano, milagrosamente ociosos,
me puse a traducir metódicamente un poema por día
de un heterodoxo francés que se llama Robert Marteau. Era
como un diario en verso, cada poema estaba fechado y describía
la contemplación del paisaje o la situación que traía
la jornada. Aunque no tenían rima, estaban en el verso de
Racine, ese regular péndulo de doce sílabas siempre
partido al medio y que a nosotros, por la terminación aguda
de los dos hemistiquios, nos suena como un alejandrino – así
se llama también en francés. Pero a su vez, eran tales
las anomalías de las cesuras, tan radicales los encabalgamientos,
que no hubiese sido muy fiel traducir todo en alejandrinos de catorce,
demasiado modernistas, preciosistas para nosotros. Así que
opté por cierta variación, entre doce y quince sílabas
por verso, intentando formar hemistiquios y cláusulas sintácticas
donde resonara ese clasicismo sincopado del original, por llamarlo
de algún modo. Traduje unos setenta poemas así, que
describían medio año del diario de sensaciones de
ese gran poeta, tan enloquecedoramente metódico. Y por negocios,
negado el ocio, tuve que parar. Pero a los pocos días encontré
los minutos para empezar a escribir, con una vaga idea de poema
largo, caminado, glosado de percepciones y reflexiones sobre la
banalidad y su redención posible, etc. De pronto, ese ritmo
de mi traducción se impuso, y me llevaba rápidamente
a la concreción más precisa del sentido que en un
comienzo no era nada, casi un estado de ánimo. Era como si
me hubiesen prestado un caballo muy ágil y muy bien entrenado
y sólo tuviera que llevarlo a dar una vuelta, que era el
poema terminado. Por supuesto, es un caso excepcional. Muchas veces
traduje a poetas inconmensurables, difíciles de adoptar en
alguna forma personal, que más bien me alejaron del deseo
de escribir poesía, arrojándome al pantano del ensayo
donde pensaba, hundiéndome, ¿para qué sirve
todo esto?
O.A.: ¿Qué es lo inquietante de la incidencia
de la traducción en la poesía? Por otra parte, tal
vez haya algo inquietante en la traducción en sí misma,
si traducir es dar voz a otro, es ser otro. ¿Alguna vez te
viste, como dice J. B. Pontalis (“Otro oficio imposible”),
como un ser en suspenso (en souffrance), alguien que ha
perdido su lengua sin ganar otra?
S.M.: La inquietud de traducir está en que todo
parece controlado, ahí tenemos el texto del otro, su idioma,
su estructura, para confirmar cada paso. Pero al final aparecen
ciertos factores involuntarios, y a menudo se imponen. Igual en
la poesía, y el ritmo, justamente, es la marca de algo involuntario
que sella todo poema. Es imposible escribir bien, es decir, intensamente,
quizá verdaderamente, sólo con la idea del trabajo:
la insistencia y el esfuerzo no alcanzan. ¿Lo inquietante,
me decís? Antes le decían “inspiración”.
O antes aún, “entusiasmo”, estar poseído
por un dios, escuchar el dictado de una mujer inmortal, hija de
la memoria.
En cuanto al suspenso, incluso sin traducir, el mero hecho de escribir
es una carencia, es un idioma que no se tiene, para decir cosas
que se desconocen y en una forma que nunca se alcanza.
O.A.:¿Se traduce contra otros traductores? Lo digo pensando
en tus versiones de Henri Michaux, donde tenías el precedente
de traducciones españolas y argentinas. ¿Incidieron
esas traducciones previas en tu selección de textos?
S.M.: No tengo nada contra los traductores españoles,
salvo que a veces me resultan más incómodos de leer
que los mexicanos, colombianos y, por supuesto, argentinos –sobre
todo en la narrativa.
No quise prevenirme revisando las antologías previas de Michaux,
que había leído casi en la infancia, y además
era tanto lo que no estaba traducido, lo nuevo incluso porque se
publicó después de aquellas versiones, que el mundo-Michaux
me exigía una contemplación ingenua, de todo. Confieso
sí que desde un principio era imprescindible incluir el texto
“Nosotros dos aún”, que Michaux dedica a su mujer
muerta en un incendio, y que tanto impacto había causado
y seguía causando a los poetas viejos y jóvenes en
la buena traducción de Galtier. Y sí confronté
mis impresiones con esa versión, pero no cambié mis
decisiones por la comparación. Aunque a menudo una palabra,
como diría Hölderlin, salta desde la oscuridad y resplandece
en esa noche que separa las lenguas. Se trata de la palabra exacta
para traducir otra, y cuando la vemos en otro traductor en seguida
la adoptamos. Después, con el tiempo, creemos haberla descubierto
solos, y se yergue esa pobre vindicta que es la vanidad del traductor.
O.A.: Pero, ¿quién asegura que determinada palabra
es la palabra exacta? Situar una palabra exacta, ¿no supone
el peligro de desconocer el movimiento que constituye al lenguaje?
El concepto de palabra exacta, ¿no pertenece más bien
a la religión, o al cansancio? Por otra parte, hay traductores
que dicen que cada época debe tener sus propias traducciones.
S.M.: Se trata, claro, de la palabra exacta para mí
en ese momento, que acaso coincida o no con la traducción
que necesita la época, el mundo. Y te ofrecería otro
aforismo, del cual me arrepentiré en el futuro con toda seguridad:
hacer poesía es desconocer el movimiento que constituye al
lenguaje. Traducir también. No creo que se pueda emprender
nada pensando en la mutación constante de las lenguas. Eso
inmoviliza. Terminaríamos como Cratilo, el sofista, que según
Aristóteles llegó a la conclusión de que nada
podía decirse con suficiente fijeza y certidumbre, y entonces,
al final de su vida, no dijo más nada, no hablaba, y únicamente
se comunicaba moviendo un dedo.
O.A.: Dice Nicanor Parra, a propósito de su versión
de El Rey Lear: “En el texto poético lo que cuenta
es la palabra y la ubicación de cada palabra en la frase”.
¿Estás de acuerdo?
S.M.: Es probable. Pero diría que importa también
el ritmo general, cuyo efecto termina siendo la ubicación
de las palabras. Desconozco las traducciones de Shakespeare de Nicanor
Parra, pero es obvio que en su poesía, atravesada por la
constante variación del inagotable endecasílabo, lo
que cuenta es el ritmo, y la risa.
O.A.: Yves Bonnefoy dice que al traducir un poema “uno
debe saber revivir el acto que a la vez lo produjo y lo estanca
allí” y desprender “la intención, la intuición
primeras”. ¿No propone algo imposible? ¿No se
trataría, en todo caso, de lo que el traductor-escritor reconstruye
o inventa al respecto?
S.M.: Tu segunda pregunta ofrece una respuesta a la primera
que de alguna manera la disminuye. Bonnefoy se propone, efectivamente,
algo imposible. Es la utopía del traductor: revivir el acto
que originó el poema, desprender de allí la intuición
que nos daría a su vez nuestro poema, traducido. Quizás
está planteando una idea de la escritura en general. ¿De
dónde se traduce ese poema que escribimos o soñamos
escribir con nuestro nombre? Dudo mucho de que se trate de inventar
o reconstruir, acaso sería más bien escuchar y pronunciar,
escuchar voces y rezar, como una santa.
O.A.: Según una idea bastante divulgada la traducción
es un acto de creación como la propia escritura. ¿Cuál
es tu opinión?
S.M.: Precisamente la inversa. La escritura es una traducción
y la traducción, una escritura, aunque también son
ambas otra cosa. Escribir es traducir de un original que perdimos
y del que sólo recordamos partes, casi fragmentos. Traducir,
en su sentido propio, es más fácil, se parece a la
lectura, y puede llegar a ser igualmente un noble vicio. En todo
caso, no creo que ni la escritura ni la traducción sean un
acto de creación, ¿no te parece mejor pensarlas como
un acto de fe?
O.A.: Tal vez un acto de fe en que algo imposible acontezca.
Aunque te confieso que no me gusta la palabra “fe”,
por sus resonancias religiosas (que también arrastra la palabra
“creación”, claro): cada vez que alguien afirma
una fe empiezo a tener dudas. Por otra parte: la escritura constituye
a ese original perdido y no se valida sino por referencia a sí
misma, ¿no? La situación del texto traducido parece
diferente. Las ediciones bilingües quizás signifiquen
que un texto traducido no puede ser publicado, existir, sin su otro.
S.M.: Llamálo, si querés, un acto de fidelidad.
Siempre se dice que un traductor debe ser fiel, pero ¿a qué?
Sería inútil buscar la confirmación de esa
fidelidad en el original, porque quien puede hacerlo no necesita
la traducción, no se trajo algo del extranjero para él,
que puede conseguirlo solo. ¿Fidelidad a su propio idioma,
que enriquece o enrarece o empobrece? En absoluto. Ese tipo de fidelidad
se bastaría sola, sin el otro. Imagino que un traductor,
que por otro lado no imagino ser, es fiel a la lengua única,
que participa de todos los idiomas pero no está en ninguno,
y que habría existido sólo en el mito, en Babel, antes
de la dispersión. Por un momento, entre una lengua y otra,
el traductor siente en el cielo nocturno, tácitamente, que
las estrellas titilan y él no las ve, pero hablan la lengua
que hace que todo pueda traducirse. Por la misma razón que
un escritor puede traducir su vida, la única e irrepetible
duración de su tiempo, en esos precarios objetos sin volumen
que llamamos palabras.
Y quizás tengas razón sobre la diferencia entre escritura
“original” y traducción. Y con el término
de “original” seguimos en el plano de la religión,
cosa que no temo ni lamento. Descreo de las actividades que en algún
punto no puedan pensarse en términos religiosos o incluso
como sustitutos de la religión que nos falta. Por ejemplo,
los trabajos y los días del capitalismo. Pero te repito,
decís exactamente el reflejo invertido de lo que creo: la
escritura no se valida a sí misma. Escribir: buscar el original
perdido.
Y las ediciones bilingües no hacen más que acentuar
el abismo entre los textos que se enfrentan, sin quitarle arbitrariedad
y capricho a lo traducido. En el caso de que la traducción
esté bien, ni miraremos ese otro idioma que desconocemos
y que nunca podremos aprender. Allí se oculta la lengua del
origen que sirvió de molde, en lo inmemorial, para nuestra
lengua materna.
O.A.: En el prólogo, definís la antología
de Michaux como "un libro que el autor no hizo". ¿Se
podría extender esa frase? ¿Decir, por ejemplo: estos
son poemas que el autor no escribió?
S.M.: Claro, hay unos poemas que no son de Michaux, y
no sólo porque estén escritos en mi manera de usar
el español, sino también porque están cortados
a mi gusto. En ciertos libros de fragmentos sin título, separados
por blancos o por un asterisco y que no cabían enteros, elegí
una serie, un collage que ordena los fulgores de Michaux en otro
horizonte. Pero en la frase del prólogo me refería
más bien a la culpa que engendra toda antología, esa
arbitrariedad de ofrecer muestras, parcelas de un todo que no podría
reconstruirse a partir de ellas.
O.A.: "Sólo parafraseo, dubitativamente, la intensidad
que recibo de estos escritos", se lee en tu introducción
a la traducción de Métodos, de Francis Ponge.
Me recuerda al tópico antiguo en que el traductor o cronista
o poeta comienza anunciando la imposibilidad de la empresa que va
a acometer. ¿Cómo irradió esa intensidad hacia
la traducción y hacia tu trabajo poético?
S.M.: Touché. Estaba abriendo el paraguas, como
suele decirse. Pero en el caso particular de Ponge, hubiera necesitado
un refugio antiaéreo para cubrirme de todas las imposibilidades
a las que me enfrentaba, que llovían en cada párrafo.
El uso etimológico, los juegos de palabras, las descomposiciones
de términos que hay en Ponge son justamente lo poético
de sus prosas, que él mismo llamaría “prosemas”,
con un neologismo que en francés condensaría a la
vez la idea de un proemio a la poesía, un poema y una prosa.
Porque “prosa”, del latín proversus, ya que estamos
en Ponge, quiere decir que algo va hacia delante, siguiendo el sentido.
Y Ponge, al abandonar casi absolutamente el verso, que implicaría
ir hacia atrás siguiendo el ritmo, la unidad sonora, impone
el freno poético a su dicción a través del
enrarecimiento, haciendo que cada palabra hable de su pasado, sus
prefijos y sufijos, sus fonemas. Sin mencionar la intervención
casi duchampiana que realiza con los refranes y frases hechas, eso
que los franceses llaman un poncif. Así que procuré
meditar mi traducción desde esa intensidad terminológica,
de música antirrítmica, hecha de timbres y alturas.
En mi poesía, por otro lado, creo que recibí una serie
de lecciones, la idea de buscar métodos. Aunque Ponge hizo
una obra de sus métodos, y los míos, siempre débiles
y ligados a momentos intuitivos, apenas si me alcanzan para hacer
un libro y en seguida se derrumban.
O.A.: La traducción de Ponge presenta una serie
de notas que llevan al lector a otros textos, a diccionarios. ¿Cómo
se sucedieron esas otras lecturas? ¿Cuánto hay del
autor y cuánto del traductor en esas “alusiones”
explicitadas?
S.M.: Bueno. Ponge es un escritor amigo de los diccionarios.
Podría pensarse que toda su obra es un descomunal diccionario
poético, con abundantes instrucciones de uso y aventuras
etimológicas. Por momentos, al traducir sus textos, lo seguía,
iba a los diccionarios franceses a tratar de ver el abanico de una
palabra que él usaba en su totalidad, abriendo las acepciones
vivazmente como un arco iris y no como opciones excluyentes. En
la desconfianza de la misma versión que estaba haciendo,
ponía esas notas para dar fe de la amplitud perdida. De todas
formas, el libro Métodos es uno de los más
traducibles de Ponge, ya que podría decirse que son casi
ensayos o diarios del proceso de escritura. Y él mismo va
contando las maneras en que encuentra una expresión, un refrán,
una palabra que aciertan, dan en el blanco, por su sonoridad, su
sentido, por las evocaciones de su origen, etc. Así que sólo
agregué algún relato al pie sobre el nacimiento de
esos pequeños héroes que campean por sus textos. Durante
cierto tiempo, entonces, me sentí bastante “Ponge”
y absorbí sus actitudes y sus ideas sobre la poesía
con todos mis poros mentales. Pero sobre todo en los ensayos que
pergeñaba, no así, hélas, en mi poesía,
cuyas necesidades autobiográficas, por así decir,
la alejaban bastante de la objetividad y la lucidez de Ponge.
O.A.: ¿Alguna vez te trataron de traidor?
S.M.: Sí, dos veces, que yo sepa, de manera siempre
tangencial, mediada, como si me estuvieran golpeando suavemente
con una vara muy larga y flexible. Hablando de la traducción
de Ponge, justamente, cuando se presentó en España
el sello que la publicó, Adriana Hidalgo, según me
contó uno de los editores argentinos que viajaron, se acercó
un conocido editor español de poesía, de cuyo nombre
no quiero acordarme, y le mostró una lista de palabras. Eran
los argentinismos intolerables que abundaban en mi traducción,
que habían arruinado su lectura de Ponge. Le pregunté
a mi informante cuáles eran esos argentinismos, porque no
había tenido intenciones de hacer una versión gauchesca
de Métodos. Pero el español no le había
dado su lista de términos. Sólo se acordaba de uno:
“machimbre”. E imitó al indignado castizo: “Pues,
¿qué coño quiere decir ‘machimbre’?”
Y los dos nos quedamos preguntándonos cómo le dirían
en España a ese revestimiento de madera que cubre una pared.
El otro caso es también, como siempre, fruto del malentendido.
Y como siempre que alguien denuncia la traición de su autor
predilecto, hay algo de excesivo, un punto de honor que parece fuera
de lugar como en los moralistas de Molière. Fue una reseña
de mi traducción de La luna y las fogatas de Pavese,
en la que puse la mejor prosa que tenía a mano para traducir
una novela tan rememorativa, para lograr una precisión y
un tono adecuados. La reseña, en un gran diario argentino,
lamentaba que yo no hubiese respetado la variedad de los tiempos
verbales del italiano de Pavese. Y en efecto, había tomado
esa decisión. Sucede que en italiano, incluso en la lengua
oral, se usan más los tiempos compuestos, y abunda por eso
el pluscuamperfecto que no es tan usual en español. Así
que cambié fidelidad por eficacia. Traicioné, pero
lo haría de nuevo. Mejor un traidor activo que un fiel silencioso.
Sueño que algún lector futuro lea mi traducción
de Pavese y se entusiasme a pesar de sus defectos, aprenda luego
un poco de esa lengua tan cercana y familiar, y descubra allí
la belleza plena, pueda decirme traidor y darme así las gracias.
|