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Daniel Samoilovich: “Hace
falta un arte y unas virtudes compositivas”
por Osvaldo Aguirre
Daniel Samoilovich (Buenos Aires, 1949) es traductor de latín
e inglés. Entre otros, ha traducido a Horacio (XX Odas
del Libro III, Hiperión, 1998, en colaboración
con Antonio Tursi) y a William Shakespeare (Enrique IV,
Norma, Bogotá, 2000, en colaboración con Mirta Rosenberg).
En Diario de Poesía, publicación que dirige
desde 1986, ha publicado versiones de Joao Guimaraes Rosa, Dorothy
Parker, D. H. Lawrence, James Fenton y Ted Hughes, entre diversos
autores. A su vez poemas suyos han sido traducido al inglés
(Hidrografías / Hidrographies, por Julian Cooper)
y al francés (La nuit avant de monter à bord,
por Jean Portant).
Su obra poética se integra con los libros Párpado
(1973), El mago (1984), La ansiedad perfecta
(1991), Agosto (1995), Superficies iluminadas
(1997), El carrito de Eneas (2003), Las encantadas
(2003) y El despertar de Samoilo (teatro en verso, 2004).
Junto con este reportaje usted puede leer también
un texto de Samoilovich sobre traducción poética.
-James Fenton, en una versión tuya y de Mirta Rosenberg,
dice: “Lo que se necesita para la poesía es un cuerpo
y una voz”. ¿Qué se necesita para la traducción
de poesía?
- Mi primera tentación es aceptar un paralelismo con la
cita de Fenton, decir que para traducir se necesitan las mismas
cosas que Fenton dice, un cuerpo y una voz, sólo que al traducir
el cuerpo no es el cuerpo propio, el cuerpo de las propias obsesiones
y manías y ritmos y sueños y reflexiones, sino el
“corpus” que constituyen el poema o poemas a traducir
y las circunstancias y la lengua en que fue escrito; la voz, en
cambio sigue siendo la propia, puesta al servicio de ese cuerpo
que es el poema escrito por otro en otra lengua. Para traducir hace
falta un arte y unas virtudes compositivas exactamente iguales a
las que hacen falta para escribir un poema propio; hay un punto
de partida distinto, y un método semejante. Pensándolo
todavía un poco más, quizás habría que
reconocer que el cuerpo propio está involucrado, pues sino,
¿de dónde saldría la voz? Y la voz del autor
original no está ausente, porque es también, y principalmente,
con su voz con la que uno trata de establecer una conexión.
Así llegamos a una posible respuesta diferente: para traducir
hace falta una sintonía del propio cuerpo y la propia voz
con un poema que ya está escrito, en otra lengua.
-¿Cómo es posible trabajar con otro traductor?
Supongo que con Mirta Rosenberg, dado que hace tiempo que trabajan
juntos, tendrán un método definido. ¿Cómo
se desarrolló la experiencia de traducir a Horacio con Antonio
Tursi?
-Con Mirta trabajamos normalmente repartiéndonos la tarea,
de modo que si tenemos varios poemas para traducir, uno hace las
primeras versiones de algunos y el otro una suerte de revisión,
y viceversa con otros. Cuando algo resulta flojo, no funciona, y
la solución satisfactoria no aparece conversando, nos quedamos
juntos escribiendo cada uno en silencio una alternativa. La interacción
es tal que a veces queda medio verso de uno y medio verso de otro.
Con Tursi trabajamos juntos durante meses una versión en
prosa de un conjunto de odas, después yo hice las versiones
en verso y las fui discutiendo verso a verso con él. También
decidimos juntos cuáles eran las formas métricas y
estróficas más adecuadas para cada metro latino, quiero
decir, nos fabricamos un sistema de equivalencias, a veces buscando
mimar la música de la sucesión de sílabas largas
y breves, otras veces con un ojo especialmente puesto en la alternancia
de versos más largos y más cortos en la estrofa, tratando,
en suma, de atrapar algo de la enorme variedad métrica de
Horacio.
-En la traducción de poesía, has dicho, se trata
de acertar, no hay fórmulas fijas. Supongo que no será
una cuestión enteramente librada a la suerte. ¿Las
traducciones anteriores funcionan como referencia? ¿Se traduce
contra otras traducciones?
-Desde luego, ese “acertar” del que hablo no depende
enteramente de la suerte, sino de la propia capacidad para decidir,
creativamente, en cada caso, qué se va a privilegiar y qué
se va a sacrificar. Mi ideal sigue siendo el viejo y manido y discutido
ideal de la fidelidad al texto que voy a traducir; pero no se puede
ser fiel a todo, porque sino simplemente habría que copiar
el original. Un ejemplo, de una traducción reciente que hice
de Mallarmé, unas respuestas a encuestas, a veces muy breves,
donde Mallarmé construye muchas veces las frases de un modo
anómalo incluso en francés: en una primera versión
que hice, sin quererlo me había deslizado a una suerte de
normalización; buscando cierta fluidez de expresión
en castellano, y seguramente empujado también por el esfuerzo
de entender lo que Mallarmé quería decir, había
“corregido”, o más bien glosado en partes el
original; pero en una segunda lectura, mientras trataba aún
de aclararme algún asunto con la ayuda de mi amiga María
Teresa Gramuglio, me di cuenta que de ninguna manera se podía
perder lo anómalo, que era central en esos textos. Ya más
seguro de que, más allá de sus apartamientos de la
gramática usual, yo lo había entendido, pude reponer
las rarezas; o sea, una vez resuelto me parece obvio que había
que sacrificar algo de fluidez en la prosa castellana, y hasta de
claridad, para mantener ciertos “enredos”, cierto ritmo
entrecortado que Mallarmé logra a fuerza de una sobreabundancia
de comas, hipérbaton, interpolaciones. Cuando me sentí
bastante seguro de haberme acercado a esa manera, sin ser más
oscuro que el original, creí haber “acertado”
con una traducción satisfactoria.
En cuanto a las traducciones previas: cuando las hay, no puedo resistir
la tentación de leerlas; en el caso del Enrique IV, ya casi
era una colección de traducciones y versiones anotadas en
inglés la que tenía. No siempre las miro antes, a
veces las miro después de tener una primera versión
mía, para contrastar con lo que otro hizo; pero a veces sí
las miro antes de trabajar. ¿Se trabaja contra ellas? A veces
sí, especialmente cuando a uno le gusta una versión
anterior, cuando ha llegado incluso a amarla, como me pasaba con
algunas odas de Horacio traducidas para el Centro Editor de América
Latina, en 1970 por una mujer que hoy creo que vive en España,
Ana Goldar. Esas versiones, en prosa, habían sido para mí
el descubrimiento de Horacio y una compañía constante
a través de los años. Cuando empezamos a traducir
con Tursi, le pedí que evitáramos meternos con esas
odas. Sólo cuando ya había afirmado con otras un método
de trabajo, pude volver a traducir algunas de las odas que Ana Goldar
había traducido, y encontré que tenía mis diferencias
con su lectura, que a veces su versión era muy bella pero
no me parecía exacta, otras sí lo era, pero la exigencia
de la métrica me llevaba a mí a otro lado. En cualquier
caso, me parece significativo que no haya querido o podido empezar
por las odas que ella ya había traducido.
Otro es el caso con las traducciones que a uno no le gustan nada;
igual son interesantes, y a veces en medio de algo que a uno le
parece farragoso e inadecuado en muchos sentidos, se encuentra,
por ejemplo, una palabra feliz y utilizable: ya es mucho.
-A propósito de su traducción de Shakespeare,
Boris Pasternak dice: “La suprema poesía tiene siempre,
en las obras maestras, la simplicidad y la frescura de la prosa”.
¿Cuál es tu opinión al respecto? Por otra parte,
¿cómo es posible acercarse y comprender a un escritor
que, al margen de hablar otra lengua, está situado en otro
tiempo y otro sistema de pensamiento?
-Creo entender que lo que Pasternak quiere decir es que la poesía
no es ornato y vaguedad, sino el modo más directo, posiblemente
el único, de decir una cosa, aunque esa cosa sea muy complicada.
En cualquier caso, a esa simplicidad y frescura se llega, es un
Himalaya a conquistar, no un campamento base.
En cuanto a la posibilidad de acercarse a un escritor ubicado en
otra lengua y tiempo: empecemos por reconocer que ya leer es salirse
de sí, es entrar en otra esfera; si leemos a alguien que
no es contemporáneo, es también entrar en otro tiempo,
leer algo que no ha sido escrito para uno, lo cual tiene el enorme
mérito de obligarte a no ser vos mismo, o, dicho de otro
modo, a cambiar, ensanchar lo que sos para escuchar eso que está
escrito para otro. Pero esa es la gracia de la literatura: imagináte
qué miseria sería estar escuchando todo el tiempo
mensajes diseñados para lo que uno es, o lo que los otros
infieren que uno es a partir de las estadísticas o de lo
que sea. Así que ya leer es salirse de uno: traducir extrema
esa operación, porque hay que entrar lo más profundamente
posible en el sistema de otro autor para poder hacer, en la lengua
de uno, una versión. A veces pienso que la única obra
de Shakespeare que he leído verdaderamente es Enrique IV,
y que si quisiera leer así otra obra, tendría que
traducirla; no porque no haya traducciones buenas, ni porque sea
totalmente incapaz de leerlo en inglés, sino porque traducir
te obliga a leer más profundamente.
-En el prólogo a la traducción de Horacio
señalan con Tursi tres momentos en el tránsito de
la lectura del original a la traducción: el momento en que
se experimenta la extrañeza ante el otro, la conciencia de
que el otro nunca podrá ser el mismo en una traducción
y por último la revelación de una traducción
posible. Quisiera detenerme en el segundo momento: parece una definición
demasiado pesimista de la traducción. Pero, ¿cómo
es que se visualiza esa imposibilidad de decir al otro?
-Sería una definición demasiado pesimista si fuera
el único momento, pero fijate que yo lo ubico dentro de un
triple movimiento. Pero sí, ese momento existe, el momento
en que uno entiende un pasaje y “entiende” quiere decir
se da cuenta con qué riqueza y concisión está
construido, se da cuenta de que el asunto no está en el asunto,
no está en el tema, no está en un mensaje sino en
una forma que es perfecta así como es, en el idioma y con
las palabras en que está escrita.
-¿Y cómo es que “empieza a aparecer
como posible fabricar un artefacto que funcione de un modo paralelo
al original”? El término “artefacto”, por
otra parte, connota la traducción como artificio. Y aquí
recuerdo lo que decían los formalistas rusos, del arte como
artificio, procedimiento. Aunque no sé si lo pensabas en
esa dirección.
-Después de ese momento ciego, ese momento de imposibilidad,
uno piensa y piensa aproximaciones, hay un tiempo en que estás
descartando las peores, luego, quizás, llega otro, feliz,
en que estás eligiendo entre las mejores.
La traducción es artificio porque el arte es artificio, así
es. De todos modos, este no es un descubrimiento del formalismo,
ya la palabra latina “ars” tiene esa connotación:
no sólo sirve para nombrar el arte, sino también una
habilidad, técnica u oficio; en latín, “ars”
se opone incluso a veces a la sinceridad o buena fe, hasta tal punto
el acento de esta palabra está puesto en la habilidad, o,
sí, como diríamos más modernamente, en el procedimiento.
-Tanto a propósito de la traducción de Enrique
IV como de las Odas, sostenés que traducir es inventar
una lengua. Esa sería, tal vez, la coincidencia de fondo
con la propia creación poética, ya que al escribir
poesía se trata, también, de crear una lengua, ¿no?
-Así es. Mis lecturas más persistentes de los últimos
años van en esa dirección, me interesan particularmente
los autores capaces de crear lenguas irreales pero activas: Joyce,
Gadda, Guimarães Rosa, y, entre los nuestros, Lihn, Murena,
Calveyra, Lamborghini. Estos son casos extremos, pero se podría
decir que en rigor todo gran poeta es un inventor de cadencias,
gramática, léxico; claro que no puede tratarse de
una invención por la invención en sí. Volviendo
al “ars”, en el Renacimiento se pensaba en una gran
obra como el encuentro de un “ars” y un “furor”,
un arte o habilidad y una furia o impulso; sin “furor”
la obra sería vacua, sin “ars”... bueno, sin
“ars” no sería arte.
-¿Se le presenta al traductor de poesía la
tentación de inventar en el sentido de hacer decir algo que
el texto, fuera de duda, no dice? Inventar, ¿no sería
continuar un impulso que está en la base misma de la traducción?
-Sí lo sería. Sin embargo, yo no he trabajado, por
lo menos hasta hoy, haciendo recreaciones en el sentido de los Tales
from Ovid de Ted Hugues. Sí he metido traducciones bastante
deformadas, cortadas, re-hechas, de Darwin adentro de Las Encantadas;
no se trataba empero, ni siquiera allí, de hacerle decir
a Darwin algo que no dice, sino de extremar cosas que sí
dice, cortar, empalmar fragmentos, deshacer la continuidad de las
frases, acercarme desde textos terminados como el Diario del
Viaje del Beagle a otros estados previos de su escritura, los
de notas, apuntes, y todo esto sometido a métricas y estrofas
fijas. Pero esto fue una utilización, bastante desvergonzada
por cierto, de un texto ajeno dentro de un libro más amplio,
algo que tiene más que ver con el collage que con la traducción.
Es un trabajo, ya digo, algo distinto del de Hugues, que realmente
está a mitad de camino entre la obra propia y la traducción
de Ovidio.
-¿Te condicionó traducir para una editorial
española? Me refiero a la traducción de Horacio para
Hiperión.
-No. Para empezar, no era un trabajo de encargo, de hecho estuvimos
cuatro o cinco años para traducir un puñadito de odas.
Luego, cuando estuvieron listas, las presenté a Hiperión;
Munárriz, que es un muy buen editor, hizo unas pocas observaciones,
la mayoría muy atinadas y no relacionadas con las diferentes
modalidades de uso del español aquí y allí;
creo que apenas algún comentario tenía que ver con
ese asunto, y bastó que le explicara que alguna expresión
que no le sonaba no era incorrecta, sino simplemente eso, una expresión
argentina, y él lo aceptó. Por otra parte, me asombró
mucho un comentario suyo: parece que tenía, al mismo tiempo
que la nuestra, un par de propuestas de traducción hechas
en España, y eligió la nuestra porque estaba escrita
en un castellano más actual; “porque se entiende”,
creo que fue textualmente lo que dijo, y realmente a mí,
que ponía el mayor mérito de nuestra versión
en las formas métricas que habíamos inventado, me
dejó muy asombrado el comentario, no había sido ese
un asunto sobre el que hubiéramos debatido gran cosa con
Tursi, no había aparecido como problema o cuestión.
En todo caso, ese comentario termina de confirmar que el tema de
los diferentes castellanos no fue un condicionante ni un problema,
por lo menos en ese caso. También es cierto que, con cierta
naturalidad, habíamos adoptado el “tú”
como tratamiento, cosa que no suelo hacer al traducir poesía
contemporánea del inglés, por ejemplo. En una revista
colombiana levantaron una vez las traducciones que habíamos
hecho con Mirta de algunos poemas de Birthday Letters,
de Hugues, en Diario de Poesía, y sin pedir permiso
pasaron del “vos” al “tú” unos cuantos
versos. Más allá de lo abusivo de meter mano sin permiso,
me pareció absurdo, aunque más no sea porque en casi
media Colombia se usa el “vos”; pero su uso literario,
ciertamente, está muy restringido, está en retroceso,
expulsado cada vez más, yo creo que en buena parte por culpa
de los propios escritores, de lo que se llama, de un modo que tiene
su chiste, la norma culta.
-La traducción
–has dicho- es también un sitio donde el poeta va modelando
su propia poética. ¿Señalarías alguna
traducción que haya sido particularmente importante en tu
formación como poeta? ¿Por qué?
-Sin duda, las dos partes de Enrique IV; fueron dos obras
largas, fue mucho tiempo y fueron muchos versos, y desde luego Shakespeare
es un monstruo; como dije antes, fue una espléndida oportunidad
de leerlo a fondo, y en compañía de una poeta que
tanto admiro como Mirta Rosenberg. Si no fuera demasiado pretencioso,
me gustaría pensar que El despertar de Samoilo le debe algo
a ese trabajo; pero bueno, sin algo de pretensiones y hasta de prepotencia
no se hace nada, ¿no? Para librarnos de culpa por las pretensiones,
allí está Lamborghini con su genial adagio: “Las
pretensiones son enormes, los resultados, deformes”.
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