|
|
|
RUBEN RECHES: “ERAN POEMAS
QUE REALMENTE SALIAN DE MI”
Entrevista de Osvaldo Aguirre
Rubén Reches es autor de la mejor versión de la poesía
de François Villon en español. Se publicó en
el Centro Editor de América Latina, en Buenos Aires, en 1984,
y ahora es de difícil hallazgo. Testamentos,
el título de la edición, apareció en la colección
Biblioteca Básica Universal e incluyó el “Legado”,
el “Testamento” (Reches rechazó la nominación
de “Pequeño testamento” y “Gran testamento”,
difundida entre la generalidad de los traductores) y otros dos poemas
sueltos del gran poeta medieval francés. Lo extraordinario
de sus versiones consiste en que, como explica en esta entrevista,
asumiendo márgenes de libertad abiertos por el carácter
de los propios textos logró acercarse como ningún
otro traductor al espíritu y a la poética de Villon.
En 1997 editó el CD Rubén Reches canta a Georges Brassens
en sus versiones al castellano, en que tradujo e interpretó
doce canciones del juglar francés. Nacido en Buenos Aires
en 1949, Reches es autor además de un libro de poemas, Arrabal
de esferas (1984) y ha traducido textos de Chrétien
de Troyes, fabliaux, poesía francesa del siglo XVII
y de Victor Hugo, entre otros. Actualmente prepara una edición
de Obras completas de Villon.
-¿Cómo se dio la ocasión de traducir a
François Villon?
-Lo hice a pedido. Villon no era un poeta que me hubiese robado
el corazón hasta ese momento, hasta los 34, 35 años,
que fue cuando hice la traducción. Pero antes, yo viví
en Francia desde el 76 hasta el 80 y el último libro que
me compré fue una edición de Honoré Champion
(François Villon, Oeuvres, con abundantes
notas de André Lanly) que era una editorial y librería
en donde aparecía casi toda la obra de Villon traducida al
francés moderno, explicada, muy explicada con opiniones de
villoneanos conocidos. Tenía eso para poder leer un día
a Villon. Entonces me llama Jorge Lafforgue. Yo le había
propuesto traducir algo, quería empezar a traducir. Y él
me dijo “bueno, traducí a Villon”. ¡Ah!
(golpea la mesa) ¿Como le iba a decir que no a la persona
a la que le estaba pidiendo por primera vez traducir algo? Yo sabía
que tenía de casualidad ese libro... Esa guitarra que suena
(señala otra habitación) es de mi hijo mayor, Ricardo
Reches. Creo que al libro lo compré con él, que nació
en Francia, yo lo llevaba en el canguro. Compraba libros de bolsillo,
siempre, y ése fue el único libro caro que me compré
en tres años y medio de vivir en Francia. Era una librería
de literatura medieval. Me salvó; no sé, de no haberlo
tenido, cómo hubiera hecho para traducirlo.
-¿Y cómo se hizo posible la traducción?
-Poco a poco me metí, y me metí mucho. Ayudado por
la poesía en castellano y en francés en que me había
formado, la poesía que yo había leído hasta
ese momento. Pero también por el tango, no porque esté
de moda ahora, el tango que yo conocía desde 1964, por ahí,
cuando empecé a escucharlo, en la adolescencia. O Brassens,
que me acercaba por una cierta presencia de Villon en su obra –una
presencia menor de la que asegura el cliché-. Y mi vida.
Mi vida personal, mi historia. Por ejemplo, cuando él habla,
cuando va puteando y se queja de por qué habrá dejado
el estudio, por qué dejó de ser clérigo pasándose
probablemente a la mafia de los coquillards, “pero
yo le huía al colegio/ como hace el que es de entraña
vago”, dice en un momento en mi traducción. No me fue
muy difícil ser muy fiel, estrofa tras estrofa, a Villon.
En esos momentos ese poeta medieval era yo mismo, no había
diferencia entre él y yo. Y soñaba... Digamos que
después de todo a los treinta y cuatro años a uno
todavía le faltan cosas por aprender, y tal vez –ya
no puedo saberlo- ahí pude reflexionar por primera vez que
la indumentaria y el paisaje urbano o campestre o marino o selvático
por el que uno ande y viva no puede hacer que la percepción
de la propia vida que tiene cada ser humano se diferencie notablemente
de la que tiene otro ser humano de su propia vida. Otra cosa que
me parece importante señalar es que Villon me fue impuesto,
yo jamás hubiera hecho esa traducción. Creía
que era muy difícil y después, bueno, eran poemas
que realmente salían de mí. Hay momentos maravillosos
de la poesía de Villon como el de la vieja madama que le
habla a las putas, la vieja que es una puta muerta de hambre por
la pérdida de la frescura y la belleza, que junto con otras
viejas prostitutas les dicen a las otras pobres que aprovechen la
juventud. Allí, yo creo que allí hay algo del tango
“Tiempos viejos”, ése de la rubia Mireya y el
guapo Rivera. Me acerqué mucho a cosas del tango, y además
si te acercás con la prudencia de no tomar nada que denuncie
la presencia de algo que no puede ser Villon, te acercás
a mundos que son ya familiares de manera, para decirlo rápido,
inconsciente al lector, llegás a sus honduras más
rápido, desde Villon, aunque hayas pasado en el camino por
otro lado, pero nadie lo tiene que saber y nadie lo va a saber.
-¿Con qué soñabas, como decías?
¿Con la traducción, con Villon?
-No te lo puedo decir con mucha verdad. Yo de a ratos me veía,
me sentía Villon. Creo que hubo un sueño con un despertar
en que o sufría de esa posesión de mi vida por otra
o simplemente, sin sufrir, me veía, despertando, desprendiéndome
del otro y volviendo al que soy. No es que me veía como un
poeta medieval, en absoluto. No, no, yo me veía Villon cuando
recordaba mi vida, mi adolescencia: yo dejé el colegio, dejé
el Industrial a los 16 años, después tardé
mucho en dar las equivalencias del Nacional y lo sufrí. Y
bueno, estaba leyendo a alguien que hablaba de eso con el mismo
sufrimiento. En sus poemas está la madre, y yo -esta casa
donde hablamos es la casa de mis viejos-, yo tenía que mentirle
a mi vieja sobre el resultado de mis exámenes o la cantidad
de materias que había preparado cuando daba equivalencias.
Y decenas de otras cosas. Yo pasaba de Villon, sin que nadie pueda
jamás advertirlo –porque esto se producía en
el marco del respeto por la literalidad del original, así
es, o así casi es, aunque no parezca posible-, por algunos
elementos de mi biografía o de la poesía que fuera
patrimonio común del lector y mía para lograr que
esa cercanía actuara en él con la mayor intensidad.
Villon, que me parecía a veces, cuando lo leí en la
primera edición, sin explicaciones, advertí entonces,
pero esta vez por mí mismo -porque muchos ya lo habían
hecho antes que yo, entre otros, el autor de la contratapa del primer
libro de Villon que tuve-, un poeta distinto del resto de los poetas
medievales porque jugaba su persona, porque su historia, su tragedia
o su comedia íntimas estaban muy exhibidas allí. Eso
fue algo que me ayudó mucho en la traducción.
-Es notable porque se trata de un poeta de hace cinco siglos.
¿Esa distancia en el tiempo no existía?
-Villon era un tipo del presente para mí. Además se
había mandado boludeces parecidas a las mías.
-Las tuyas no habrán sido tan graves, me imagino.
-No, yo no maté ni robé (risas).
-¿Qué tiempo te llevó de trabajo?
-No tanto. Tres meses. Ahora estoy haciendo las obras completas
de Villon. De las Poesías diversas terminé
todas las que faltaban. Y prácticamente están terminadas
las Baladas en jerga, cuya autoría en algún
momento se discutió, en algún momento aparecieron
en un museo en Suecia y parece que se dijo que eran fraguadas, es
decir que un tipo para hacer una broma las escribió a lo
Villon. En principio no se entiende nada. Absolutamente nada. Están
hechas en la jerga de la banda de la Coquille, una especie de mafia
que actuaba en toda Francia. Son baladas hechas para que sólo
las comprendan los miembros de la Coquille. Es decir, para que sus
contemporáneos no las entiendan. A nosotros nos cuesta ya
entender el francés de los contemporáneos de Villon
y Villon hace unas baladas de tal modo que sus contemporáneos
no puedan comprenderlas. Bueno, en Francia se hizo todo un trabajo
interesante de desciframiento, pero que te permite una gran libertad,
porque la verdad es que ese desciframiento es de lo menos seguro.
Hay tres consideraciones entre los eruditos. La primera, que es
la que yo tomo, es que Villon está diciéndoles a los
de la banda “ojo, no se pasen en el tipo de robo que hacen,
metan la mano en una cartera pero no hagan cosas peores porque está
la horca”, y de una y otra manera recuerda a la horca y al
verdugo en todas las baladas, salvo en las dos finales. Hubo un
tipo de la banda que cayó y obviamente una de las cosas fundamentales
para la justicia en ese momento era entender ese lenguaje. Y el
tipo declaró algunas claves, dijo directamente qué
querían decir ciertas palabras. Sobre la base de esas claves
y de algún personaje conocido del París de entonces
porque figura en los registros judiciales con su “profesión”
–si trabajaba con la ganzúa, si sabía abrir
cerraduras, si sabía hacer moldes para llaves, etcétera-,
por una parte; de algunas palabras del francés medieval comprensibles
aún hoy por la otra y después con la ayuda de la lógica
de la sintaxis, a partir del postulado de que su ausencia es imposible,
que es imposible que un discurso racional se construya sin ningún
tipo de articuladores, o que eluda totalmente al sujeto, al predicado
o a los objetos cuando tienen que estar presentes; sobre esas bases,
más el conocimiento de la obra de Villon, se hace una traducción
posible, reconociendo a cada rato que hay muchos términos
o expresiones sobre las que no tenemos la menor idea de lo que significan.
Por eso el desciframiento te da mucha libertad: es decir, en los
espacios en los que el poema original en jerga resulta incoherente
después de la primera traducción al francés
moderno, el traductor tiene una indispensable libertad. Otra consideración
es la de un traductor al francés moderno que dice que las
Baladas son un registro pornográfico de relaciones homosexuales.
No se le puede decir que no de manera absoluta, pero yo creo que
es una exageración.
-Nos queda pendiente la tercera posición con respecto
a esa lengua cifrada.
-Es muy interesante. Hay un autor, Eric Hicks, en quien más
me baso para las Baladas, que dice que en realidad es absurdo
pensar que alguien haga baladas moralizantes para su propia banda
o que todo el tiempo esté hablándole a la banda a
la que pertenece diciéndole “cuidado con la horca”.
Lo que propone es que Villon tenía un conocimiento real de
los personajes a los que se refieren las baladas –de esto
no cabe duda, esos personajes eran reales también, puesto
que cuando hay un nombre aparece en algún documento, por
ejemplo en los archivos de la justicia-, pero él mismo no
podía ser -por esa función moralizante de las baladas,
por su dominio de formas poéticas exigentes y por estrategias
de orden estético en su escritura- un delincuente más,
sino un empleado de la justicia y poeta que inventó los poemas
a partir de legajos judiciales. Y que Villon, o por lo menos esas
baladas -de ninguna manera el del resto de la obra, el del resto
de la obra es sin duda alguien que, desde su escritura, conmueve
lo suficientemente con su propia historia como para que se lo considere
el padre de la poesía moderna-, son un camelo, en que el
mito de Villon fue construido por un poeta que tuvo acceso a la
delincuencia porque pertenecía a la justicia. Esa es una
hipótesis de ningún modo desechable, aunque no es
lo que yo tomo, porque debilita la leyenda de Villon. En la Argentina,
en el mundo hispánico, uno no tiene derecho a eso. Eso lo
deben hacer los franceses y especialistas de otras nacionalidades
que tienen todos los documentos a mano.
-Elegís entonces la primera hipótesis...
-Porque es la hipótesis de los biógrafos y los eruditos
de Villon, la idea general que se tiene de Villon como poeta, ladrón
y asesino, joven desclasado que se escapó con una compañía
de juglares. Es el Villon de Marcel Schwob, por ejemplo. Y es la
visión que da el texto.
-¿Cómo procedés en la traducción
de las Baladas?
-Yo no renuncio al uso verbal normal, no el de la Edad Media, porque
no es normal para un lector de lengua española en la Argentina
leer un texto medieval puro. Lo más normal, el indicio necesario
para que una poesía en castellano muestre que fue escrita
hacia los principios de la lengua es la gramática de Lope
de Vega, de Góngora, de Quevedo. Esa es la sintaxis y el
léxico que uso yo parcialmente, los voy dispersando, los
voy sembrando por aquí, por allá -con la precaución
de no abrumar-, para dar una idea indefinida de “poesía
de hace siglos”. Con esto alcanza. Después de haber
convertido yo mi mesa de trabajo en un gimnasio donde las pesas
son diccionarios, es justo que le ahorre ese trabajo al lector.
A menos que quiera levantar diccionarios por prescripción
médica él mismo.
-¿Antes de Villon habías hecho traducciones de
poesía medieval?
-No. Había traducido poesía francesa del siglo XVII.
Creo que la mejor traducción que hice en mi vida fue un poema
de Victor Hugo, “Booz dormido”. Apareció en una
revista, Clepsidra, hacia el 84 u 85, que no sale hace
mucho; una revista de poesía que circulaba por suscripción.
Después salió en una revista de la Alianza Francesa
para difusión interna en esa institución. Antes de
fenecer voy a conseguir algún lugar que me la publique porque
es una traducción que vale la pena. Por más que yo
no crea en las coincidencias significativas, de tanto en tanto estoy
atento cuando en la realidad se producen situaciones que parecen
milagros. Hice esa traducción a razón de una estrofa
por día, y son 36 estrofas, o sea que me llevó un
mes y medio, dos meses, y una hora y media, más o menos,
cada estrofa. Estaba en mi casa traduciendo “Booz dormido”
y de repente en el balcón aparece una paloma mensajera. La
paloma entra y se me pone en el hombro. Se queda allí y,
de tanto en tanto, baja a dar saltitos por la mesa y en el papel
donde estaba traduciendo a Victor Hugo y vuelve a mi hombro. Obviamente,
lo que hubiese querido que estuviese ocurriendo, y lo que me imaginé,
es que Victor Hugo, convertido en paloma, había venido a
ayudarme. A autorizarme en forma de milagro, ya que él, según
las leyes del derecho de autor, ya no tenía derechos legales
como para tener que autorizarme la traducción por escrito.
Recuerdo que fue ese día, cuando ya a la noche llevamos la
paloma a la Sociedad Colombófila, que mi hijo menor, Miguel
Reches, que ahora estudia Letras y tiene entre sus autores de cabecera
a Julio Herrera y Reissig y a Victor Hugo, dijo por primera vez
la palabra “colombófila”, y que lo festejamos
mucho porque era muy chiquito... “Booz dormido” es un
poema del que se dijo que era el mejor de Víctor Hugo. “En
Booz dormido hay más poesía que en todas Las flores
del mal juntas”, dijo Proust. Después hay algún
poema de Juana de Ibarbourou sobre Booz, también Booz es
mencionado por José Pedroni en algún poema. Booz es
un personaje bíblico. En 1982, en Villa Gesell, Borges dio
una conferencia a la que fui. En un momento, pidió que se
le dijeran versos que parecieran contener poesía para buscar
donde residía la poesía en esos versos. Yo le insinué
que iba a proponer un verso de Hugo. Borges se me adelantó
y me dijo uno, de “Booz dormido”, que no era el que
yo quería mencionarle. Entonces dijo otro y era el que yo
quería decir.
-En la versión de Villon, a diferencia de la mayoría
de los traductores al español, abandonás la distinción
entre “Pequeño testamento” y “Gran testamento”
y hablás por un lado de “Legado” y por otro de
“Testamento”.
-Porque en realidad el primero es un legado. Se dejaba un legado
cuando uno se iba de viaje por si no volvía, pero pensaba
volver y recuperar lo que legó. En cambio un testamento es
algo que se deja en previsión de la muerte.
-¿Tuviste en cuenta otras traducciones de Villon?
-No. No tiene sentido. Casi siempre perjudica el trabajo de
uno. ¿Para qué leer otra traducción? ¿Para
sentirse tranquilo diciéndose “si no consigo nada para
este verso está este otro, pongo un agradecimiento al otro
traductor y chau”? Hacer eso es peligroso. Es contribuir a
la flaqueza del propio ánimo. En cambio, no intenté
traducir para la edición del Centro Editor de las obras de
Villon la famosa “Balada de los Ahorcados”, porque está
la versión de (Luis) Gregorich que es muy buena y ésa
sí ya la conocía de antes. Ahora la tuve que hacer,
para la edición de las Obras completas, y no pude superar
una dificultad que Gregorich sorteó y es la palabra nosotros
por la palabra nous. Si querés hacerlo respetando el metro
tenés que eliminar algo porque son tres sílabas contra
una. Y es una palabra fundamental. Es una de las pocas veces que
perdí como traductor de poesía. En general, ningún
traductor empeñoso y responsable pierde nunca. En todo caso,
bajo ese supuesto hay que entregarse al trabajo.
-Es muy importante el cuerpo de notas en la edición
del Ceal.
-¿Te pareció bueno, en serio?
-Claro. En el prólogo decís que el traductor
tiene que jugarse por una posibilidad de lectura y sugerir las demás
en las notas.
-Te agradezco lo que me decís, porque ahora también
tengo que hacer un cuerpo de notas para las poesías completas.
En las Baladas lo que va a pasar es lo siguiente: son poemas
imposibles tal como los traduje, porque uso formas arcaizantes del
castellano, el lunfardo, un salpicón, algunas notas para
las palabras muy en lunfardo. Y me tomo la libertad en algún
momento de inventar un poco, sobre la base de dar coherencia al
texto. Yo, frente a tantas discusiones inevitables sobre el sentido
de cada una de las palabras de las Baladas, doy la máxima
importancia a un hecho indiscutible: Villon no podía imaginar
escribir sin que hubiese en sus poemas una lógica interior
intachable. Al menos en esas baladas, por razones en las que no
me voy a extender -digo “al menos en esas baladas” porque
hay algunos pocos poemas suyos en los Poemas diversos donde hay
sucesiones de versos reunidos de un modo que parece caprichoso-.
Desatendiendo algunas de las fidelidades reclamadas, con sólo
la imposición de coherencia al poema, todo se vuelve comprensible.
-¿Coherencia en qué sentido?
-Coherencia lógica. Una estructura de la frase que se complete
de algún modo, que haya sujeto, verbo, complemento eventualmente,
que la escena que resulte respete las reglas de la lógica
formal y las de la narrativa tradicional. Si había de golpe,
qué sé yo, si aparecen “los giles” y “los
chorros” y se traban en algún tipo de relación,
algo tiene que pasar entre los giles y los chorros al final. En
algunas traducciones que se intentan guiar con mayor exclusividad
por el sentido hace poco tiempo descifrado de algunas palabras y
expresiones ves que hay una desaparición de algún
personaje del que ya no vas a saber para qué estuvo cuando
estuvo ni qué función cumplía en la totalidad
de la balada, esto lo podría hacer alguien del nouveau roman
pero no lo haría Villon en la Edad Media. Y eso me obliga
a tomarme ciertas libertades, pero no son excesivas. Además,
nadie dejó de tomarse libertades con las Baladas en
jerga.
-Otra parte importante de tu trabajo son las versiones e interpretaciones
de Brassens.
-Además del disco con doce canciones de Brassens (Rubén
Reches canta a Georges Brassens en sus versiones al castellano),
grabó mi hijo Ricardo Reches en su CD (Llega el tren)
una milonga con una letra que traduje... ¡de Victor Hugo!
Desde entonces hay una milonga de Victor Hugo. Aquel disco con las
traducciones de Brassens me llevó a Francia, a su ciudad
natal. Viajé con el CD una primera vez y la segunda con el
CD y con un demo de tangos en francés que hice yo también
con mi hijo mayor, que le puso la música, y traduje al francés
tres tangos conocidos. En un libro tenés la posibilidad de
reflexionar, de volver atrás en la lectura, te podés
distraer; la canción tiene que impactar inmediatamente. También
allí en la canción hay siempre, para el traductor,
la intención de poner en contacto dos culturas además
del contacto entre dos idiomas, contactos a la vez respetuosos del
autor de la canción en el idioma original con algún
constituyente de la cultura del público al que están
dirigidas las canciones traducidas. También la apuesta por
integrar al fondo de la poesía a la que uno pertenece -la
poesía en castellano, la poesía argentina-, la apuesta
por integrar algunas cosas que no aparecieron jamás en la
poesía argentina ni en la española y aparecen en Brassens.
-Al respecto, en un artículo aparecido en Diario
de Poesía, observás que “encontrar
poesía en los límites permite dar mayor claridad a
la sensación de estar frente a sus rasgos esenciales”.
¿La canción es uno de esos límites?
-Sí, es una de las exigencias de la canción. Brassens
impacta inmediatamente, es como un tipo que estuviera hablando pero
resulta que es un gran poeta y que rima mientras habla. Al mismo
tiempo ves que la gente se ríe, digamos, el efecto es inmediato.
Un poeta que no escribió una letra y a cuyo poema le pusieron
música a su poema y lo están cantando, resulta casi
siempre el equivalente de alguien que cuenta mal un chiste que es
muy bueno y entonces la gente, que a lo mejor se ríe un poquito
al principio, después se sincera y le dice “a ver,
explicámelo, la verdad es que no lo entendí”.
En cambio, Brassens –y todos los letristas de oficio también,
lo de que Brassens es un gran poeta es lo que hace que nos interese
en particular a nosotros- es alguien que lo cuenta muy bien, y la
gente se ríe inmediatamente. No hay frase, no hay verso en
Brassens que no tenga la presencia de la poesía –lo
cual no es más que la definición de un verdadero poema-;
pero escribe letras, con todas las imposiciones que el género
implica y, en esa medida, se desprende de buena parte de lo que
en poesía es género. Porque la poesía es también
un género y al poeta que está escribiendo solitario
le hacen compañía y le soplan algo los poetas que
lo precedieron, aunque le soplen muy bajito. Aunque disimulen. Aunque
le soplen no más que: “¡Catorce versos! ¡Rima
consonante! ¡No, dos versos aislados al final no, que no estás
en Inglaterra!”. ¿Pero qué sabían Rilke,
Saint-John Perse o Valéry de lo que es estar frente a un
público de mil personas que, si bosteza, intimida de inmediato
al artista que tiene que hacerlos reír, quizá lagrimear
o pucherear, aplaudir y que entiendan todo lo que está diciendo
en el momento en que lo dice? Por supuesto que Brassens está
bien plantado en la tradición francesa que viene de los retóricos
como La Fontaine o los juglares medievales. Si decae la poesía
en Brassens, la gente no se ríe, la gente se aburre. Pero
no pasa en él. Brassens es el gran poeta francés del
siglo XX. No soy el único en sostener esto. Pero, perdón,
no deja de pasar en él porque sea un gran poeta, sino porque
es un gran poeta que es al mismo tiempo un inmejorable letrista.
-Lo más significativo, insisto, parece la afirmación
de que en los límites están los rasgos esenciales
de la poesía.
-¿Por qué digo que la poesía se observa mejor
en los límites? Porque si hacés un soneto, por ejemplo,
todo lo que viene de esa forma, de su tradición, de su historia,
de la belleza de una forma perfecta y como anterior a los rumbos
en quién sabe qué medida azarosos con que se fue haciendo
la poesía (esa forma que da la impresión de que habría
sido descubierta inevitablemente, cuando de otras esto puede ponerse
en duda), desaparece en gran medida, o en total medida, si le ponés
música y lo cantás en un lugar con centenares o miles
de personas. O en un disco, es lo mismo. Recuerdo uno de los mejores
versos de la lengua castellana, de Garcilaso de la Vega, "...
¡dulces y alegres cuando Dios quería!". Ponéle
la mejor música y desaparece todo lo que hay allí.
Pero lo que queda, si queda algo, ese algo es poesía como
“en estado puro”. Y en Brassens sigue habiéndola,
a pesar de que en vez de poemas escribió letras. En los límites,
entonces, porque el letrista que es a la vez un poeta legítimo
tiene que dejar de lado muchas posibilidades poéticas (muchas
ventajas poéticas), y, si hace un uso extraordinario de las
que le quedan, le quedan las canciones de, entre otros, Manzi, Discépolo,
Yupanqui y Brassens, que fueron los que mencioné en aquel
artículo.
-¿Cómo fue traducir tangos al francés?
-Era en la época de la crisis con De la Rúa. Me senté
muy dolido y conmocionado a escribir en francés para abstraerme
un rato, empecé a hacer la prueba y me salía bien,
me salían formas buenas, letras que tenían por lo
menos esa virtud de impregnar de sentido inmediatamente al que está
escuchando, de que te entiendan frase tras frase, la letra está
diciendo esto que los otros entienden. Ya tenía algunas cosas
hechas, incluso me había grabado alguna cantante muy conocida
en Francia, entonces me dije “lo voy a terminar y voy a hacer
un disco”. Grabamos un demo en un estudio muy barato, un tango
por día, empecé a mandarlo a algunos lugares en Francia
y construí un viaje. Con una serie de tangos que contaban
la crisis o, en otros momentos o simultáneamente, intentando
hacer que el mundo del tango ingrese en el idioma francés.
Siendo menos yo mismo y sintiéndome más parte de una
cultura que se transmite en otro idioma, es decir, poniendo cosas
que yo no pondría en un poema mío, pero que las hago
presentes porque estoy representando el tango en otro idioma.
-¿Y el lunfardo del tango cómo aparece en la
versión francesa?
-Poniendo alguna palabra en argot de tanto en tanto en tangos
que llevan argot. No tengo muchos tangos en francés, son
once o doce. En tangos tipo Manzi, de los años 40 o 50, cuando
se prohibió el lunfardo, no hay ninguna palabra en argot.
Pero en tangos más jodones, o no, siembro palabras en argot
para que se sepa que en el tango hay lunfardo.
28 de agosto de 2006.
|