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Roberto Raschella: "Es
necesaria una cierta inspiración para traducir"
Reportaje por Osvaldo Aguirre
Para Roberto Raschella (Buenos Aires, 1930) traducir pertenece al
orden de la escritura. Y lo inverso también es válido,
en su caso. En 1967 comenzó a escribir en italiano los poemas
que integrarían su primer libro, Malditos los gallos
(1974). “Esos poemas –dijo en un reportaje publicado
por Diario de Poesía- tienen una sustancia narrativa
que es la memoria del pueblo de mis viejos. Es una memoria persistente
a través de mi experiencia cotidiana en la adolescencia,
a través del dialecto. Porque es cierto que hablaban constantemente
del pueblo, porque es cierto que venían los paisanos a sentarse
en la mesa de sastre de mi padre los domingos y hablaban del pueblo
entre risas y carcajadas continuas. Es ahí donde aparece
esa sustancia narrativa que me lleva a escribir en italiano. Ya
un italiano deteriorado, dialectizado también”. Un
lenguaje contaminado, para utilizar un término recurrente,
con el que define su poética.
Raschella publicó otros dos libros de poemas: Poemas
del exterminio (1978) y Tímida hierba de agosto
(2002), y luego de una estadía en Italia dos novelas: Diálogos
en los patios rojos (1994) y Si hubiéramos vivido
aquí (1998). Acaba de traducir la Vita Nuova,
de Dante Alighieri, para Losada. También ha publicado traducciones
de obras de Pier Paolo Pasolini, Italo Svevo, Gabriele D´Annunzio,
Nicolás Maquiavelo, Giovanni Verga, Galvano Della Volpe,
Luigi Pirandello y Aldo Zargani.
El diálogo que sigue tuvo como escenario el bar de una librería
de Buenos Aires, a fines de junio de 2004. Las palabras entre paréntesis
son agregados del editor.
Osvaldo Aguirre: ... A propósito de tu
trabajo como traductor has planteado fórmulas que parecen
paradójicas: “Mi aspiración, al traducir a Pasolini,
es trasladarlo al castellano como si estuviera escrito en italiano
(...). Yo busco un principio de contaminación entre las dos
lenguas”. Al mismo tiempo ahí se lee una poética
común con tus novelas, con tus poemas, que están precisamente
escritos en una lengua propia, una lengua contaminada.
Roberto Raschela: Pienso que traducir es escribir.
La traducción es un acto de escritura y no puede estar separada
conscientemente –y con mayor seguridad, inconscientemente–
de la escritura personal. Aunque yo quisiera no contaminar, al traducir
contamino. (Traducir es para mí) tomar conciencia de una
contaminación ineludible. Ahora, contaminación no
es fusión ni superposición. Lo que hay en la obra
original de muchos escritores es esa utilización de términos
entre comillas o en bastardilla que no corresponden a una determinada
lengua. Es decir, el problema de la traducción plantea seriamente
la relación entre la lengua de partida y la lengua de llegada.
Pero no como un problema meramente literario, técnico, sino
como un problema yo diría histórico, de estructura,
de ética. Por ejemplo: ¿por qué la traducción
española de Cátedra de Pasolini es un verdadero atentado
al buen gusto? Porque está traducido al madrileño.
Eso implica un extremo localismo que al mismo tiempo es un acto
de imperialismo cultural. Cualquier lector de habla española
se ve obligado a leer en madrileño el libro de Pasolini.
Yo creo que todo se puede traducir. Hay una escritora italiana que
está tratando de traducir mis novelas. Pero yo veo que hay
un límite en ella, al ver sus libros, porque ella no contamina
en su escritura. Hace lo que justamente yo creo que no se debe hacer,
que es como salpicar un texto de términos de la lengua de
partida o de llegada, según el caso. La posibilidad de que
se me traduzca a mí a otra lengua me plantea muy seriamente
el problema mío como traductor. Hasta el momento no he encontrado
la manera de traducirme a mí mismo al italiano. El problema
de la traducción implica un problema histórico: ¿por
qué las traducciones caducan? ¿por qué hay
traducciones ejemplares que no se pueden mejorar? Es lo que pasa
con la literatura.
O.A.: Walter Benjamin, en "La tarea del traductor",
sostiene que la traducción está destinada a perderse
en el desarrollo de la propia lengua a que se traduce. Es decir,
cada época necesita sus traducciones.
R.R.: Es así, fatalmente, aunque no se
quiera. Aunque no se quiera.
O.A.: ¿La contaminación, en tu caso,
tiene que ver también con una cuestión biográfica,
con la fuerte impronta de tu ascendencia italiana?
R.R.: Claro. La contaminación es sintáctica
y no solamente semántica. No (se restringe) al ámbito
de la palabra. Esto es un problema: en mis cosas propias suelo decir
que violo el régimen de preposiciones del castellano sistemáticamente.
En una traducción, dentro de mi precario conocimiento del
régimen de preposiciones, trato de no hacerlo. Lo que tiene
de interesante la traducción es que podés hacer sentir
la lengua de partida de una manera muy fuerte, pero sin cometer
italianismos. Esta es la clave, para mí. Supone que debe
haber un criterio para toda la traducción de contaminación
general: no el salpicado. Me ha pasado, con ciertos textos de Pasolini
que yo había leído de preguntarme: ¿Cómo
hago para traducir? Hay un texto muy hermoso en que, partiendo de
la imagen de dos trolebuses que chocan en una esquina y producen
una chispa, se va elevando a una visión épica de la
ciudad de Roma. Ahora, ¿cómo conseguís eso?
Es una aventura. Ciertas traducciones son aventuras. Cuando me dijeron
de traducir El príncipe, de Maquiavelo, me asusté.
En una primera lectura no entendía nada del texto, lo digo
con toda claridad. Pero el trabajo de traducir, para mí,
implica una investigación indispensable. No hay traducción
sin investigación, especialmente cuando se trata de libros
con cierta historia. Por ejemplo: le labbra, en italiano,
son los labios. Pero en el italiano del siglo XIII, en la Vita
Nuova, de Dante, es el rostro. Otro caso: la palabra parsimonia,
en Maquiavelo. Todos los traductores la entienden como tal, pero
en el italiano de los siglos XV-XVI es generosidad. Yo creo que
debe haber una cierta inspiración para traducir, lo cual
implica una simpatía por el texto original, un ensimismamiento.
Es decir, lo ideal sería que uno nunca tradujera nada, ningún
texto que no ama. Me acuerdo que Attilio Dabini, gran traductor
de Pratolini, de Moravia, no lo quería a Pasolini por razones
obvias. Cuando él traduce Una vita violenta al castellano
la traducción es ilegible. Había como una pantalla
que le impedía traducir ciertas cosas, no era un problema
de conocimiento o desconocimiento. El conocimiento, la necesidad
de investigación, debe acompañar ese principio de
ensimismamiento, de amor por el texto original. ¿Por qué
traduje a Maquiavelo? Bueno, mis primeras traducciones son políticas
también: Della Volpe, los discursos de Lumumba, todo del
italiano. Y textos de cine, también.
O.A.: ¿Esa simpatía es una afinidad
de tipo ideológico, estética?
R.R.: Sí, o lingüística. Lingüística,
quizás. Yo con D´Annunzio, por ejemplo, no tengo ninguna
afinidad ideológica, pero lo he traducido. La simpatía
es lingüística y, si me permitís la expresión,
climática. Como que de alguna manera uno comparte determinado
clima. Esa cosa decadentista constante que hay en D´Annunzio,
yo personalmente, a pesar de mi origen político, etcétera,
la comparto. Esa cosa medio brumosa, más que erótica
un poco obscena. Por algo Visconti hizo El inocente, que
es lo que yo traduje. Ahí hubo también (de parte mía)
una afinidad con el mundo viscontiano.
O.A.: ¿Cómo es posible traducir
a escritores tan distantes en el tiempo, tan ligados a épocas
históricas y culturales diferentes, como Dante y Pasolini?
R.R.: Pasolini y Dante son hermanos. Fijate que
dentro de la literatura italiana de alguna manera hay dos grandes
vertientes: los descendientes de Dante y los descendientes de Petrarca.
Pasolini es dantesco. Gadda es dantesco, también. Otros,
por ejemplo Dino Campana, quizá sean petrarquescos. Eso no
es peyorativo. Ahora, yo tengo una afinidad evidente por lo dantesco,
esa cosa que podríamos llamar trágica y de constante
contaminación. No es casual que Pasolini haya escrito un
librito que se llama La divina mímesis, una fuerte
reescritura de un canto de la Divina Comedia. Hay que aclarar:
la visión académica de Dante siempre ha sido poco
feliz. En el caso argentino han hecho daño ciertas traducciones
como la de Battistessa y las cosas que decía Borges, que
no podía interpretarlo sino a su modo. Dante era un escritor
hasta rufianesco, popular, con continuas contaminaciones de los
dialectos de los barrios florentinos. Y acá está la
relación con escritores como Pasolini o Gadda: son escritores
terroristas de la lengua.
O.A.: ¿Ese aspecto se pierde en la traducciones,
podríamos decir en las reescrituras, de Dante?
R.R.: Yo creo que sí. En principio por
querer respetar la métrica y la rima, que es absolutamente
absurdo. Ese principio famoso de musicalidad, que nunca se sabe
bien de qué se trata en literatura, en poesía es muy
complejo. Una comparación con historia de la música:
a mí me aburren profundamente las interpretaciones historicistas
del barroco, que se hacen actualmente, prefiero no el Bach provinciano
sino el Bach trágico, puro, que es el verdadero. Y en la
traducción pasa algo parecido. Querer remedar (es absurdo).
Es decir, no puede haber una buena traducción que no tenga
algo de moderna, en el buen sentido. No en el sentido de la modernización
exterior. Vuelvo a la música: a mí me gusta mucho
la ópera, pero hay ciertas régies operísticas
que confunden, que no actúan por transparencia, que creen
que puede violentarse todo el mundo dramático musical original
adosándole un vestuario, una escenografía de hechos
de nuestra época. La traducción implica un principio
muy sólido, una necesidad de conocimiento de la época.
Es una aventura que implica inspiración –uno tiene
que estar tan inspirado para traducir como para escribir un poema,
que a veces sale, ¿no?– y también transpirar
para investigar. Y acá hay un elemento fundamental que es
la sospecha. La sospecha tiene que ver con el contexto. A mí
me ha jugado alguna mala pasada, después de traducir un libro
de repente, al tiempo, descubrí que en alguna cosa, en algún
giro, me equivoqué. El que delata, el espía, es el
contexto. Yo dudo, pregunto, ¿de qué se trata?, ¿por
qué no entiendo? Un amigo habló el otro día
sobre lo que puede ser la traducción. Bien, pero decía
algo que yo no comparto: él criticaba lo que llamaba el principio
de transparencia. No sé qué quería decir. La
traducción puede ser transparente, no transparente, de acuerdo
al original. Yo puedo traducir, qué sé yo, Finnegans
Wake, que es un caso límite y muy particular. Pero no
se puede hacer teoría de la traducción partiendo de
los problemas que ofrece para traducir el Finnegans Wake.
Así como es tan deliberado, tan genial, tan arbitrario, etcétera,
en ese caso específico quizá requiera una versión.
Yo soy enemigo de las versiones. No me atrevería a modificar
a Montale, por ejemplo. No me atrevería. Acá hay una
cuestión de buena voluntad o de mala voluntad. Sin dar nombres,
porque no interesa, siempre recuerdo el caso de una traducción
muy poco feliz de Pavese, hecha en Argentina, donde Pavese dice,
en Lavorare stanca, refiriéndose a una mujer “il
bambino giá lo portava dentro”. Literalmente sería
“ya llevaba dentro al niño”, “al niño
ya lo llevaba adentro”, y esta persona traduce “estaba
embarazada”. No quiso entender. Ahí hay algo del mundo
afectivo de Pavese que él no comparte y pretendió
criticarlo. No lo comparto, aunque un traductor también es
un crítico. Si no sería absolutamente mecánica
la traducción, podríamos traducir con un programa
de computadora.
En cualquier texto de poesía es como indispensable cierto
principio de transparencia, de síntesis; en la traducción,
también. Esto implica, volviendo un poco a Dante, la necesidad
de alterar, es decir, privilegiar algo. ¿Qué se privilegia?
El sentido. Y si privilegiás bien el sentido privilegiás
la llamada música sin necesidad de rima. De alguna manera
se va a producir una determinada cadencia –no me gusta emplear
la palabra ritmo, que me parece equívoca-, la cadencia del
texto original, que también va a ser, fatalmente, tu propia
cadencia. Yo creo en el traductor-autor. El buen traductor es autor
de la traducción no es un simple copista, lo que no implica
la infidelidad. No la versión, insisto: no alejarse, no hacerle
decir otra cosa. Hay casos a veces terribles, que parten del desconocimiento
de una lengua, cosa que, bueno, no es fácil, no es fácil,
desde ya, pero hay cosas muy gruesas. En un famoso poema de Montale,
que se llama "La pena di vivire" o "Il male di vivire",
la última estrofa empieza diciendo “Bene non seppi”
que textualmente sería “Bien no supe” o “Bien
no conocí” o “Bien no me di cuenta”, pero
alguien traduce “Bienes, no conocí”: convierte
un adverbio en un sustantivo. Terrible. Toda traducción implica
un acto de ideología, esto es claro como el agua. Al comenzar
"En el océano", que no traduje sino que escribí
el prólogo, De Amicis, un escritor malamente conocido, malamente
menospreciado, utiliza el dialecto, hay algo medio babélico,
un xeneixe, un siciliano, cosas sueltas que se dicen en el barco
de emigrantes. Un comentarista del libro habla entonces del color
local, dice que el dialecto da el color local. Es decir que no entendió
a De Amicis para nada, y no entendió la literatura italiana,
porque si hay una literatura tocada por los dialectos es la italiana,
hasta el toscano, que es la lengua madre, está tocada por
los dialectos.
O.A.: El momento en que escribe Dante es, justamente,
el momento del origen de esa lengua.
R.R.: Claro. Además hay otra cosa. Yo no
había leído el Convivio. Al leer el Convivio
te das cuenta realmente qué poco ingenuo era Dante al escribir
la Vita Nuova. Dante en el Convivio llega a decir
cosas increíbles para el siglo XIII: llega a decir, por ejemplo,
una de las cosas que recuerdo, que el material del escritor son
las palabras, que la materia del escritor son las palabras. Hay
muchos escritores y muchos traductores que hoy no lo entienden.
Yo creo que en una buena traducción se debe sentir el peso
de las cosas, así como me lo propongo como escritor. Aunque
no tengas un sistema o al narrar no seas muy feliz en las tramas,
de alguna manera hay que contar algo en una novela. Pero lo que
cuentan son las palabras, no los personajes.
O.A.: ¿Hay algún problema específico
de la traducción de poesía?
R.R.: Sí, pero no tanto. Discrepo en cuanto
te digo que al tener que privilegiar algo en un poema tenés
que sacrificar algo. Por lo tanto es casi como si tradujeras prosa.
Lo que pasa es que hay principios que unen a la llamada prosa con
la llamada poesía, distinciones que en la literatura contemporánea
están desapareciendo, no nos engañemos: en Pavese,
Gadda y muchos otros es como que ya no sabés de qué
se trata. Ojo: siempre hay narración. El propio caso de Pavese
lo demuestra. Lo que podríamos llamar el principio de poesía
en la narración es un problema muy complejo, que no se puede
teorizar, es una cuestión de gustos y de que se dé.
Si no se da tenés que tirar el texto a la basura.
O.A.: En esa investigación que hacés
antes de traducir...
R.R.: (Interrumpe) Antes y durante, ¿no?
Te digo algo con respecto a la especialización: yo no podría
traducir psicoanálisis. No puedo traducir psicoanálisis.
No creo en los tipos que traducen todo, así como no creo
en los tipos que opinan sobre todas las cosas. Hay un principio
de especialización que tiene que ver con la historia personal
de uno, con la historia política, con la historia cultural
de uno. Ahora, hay un problema que tiene que ver un poco con lo
que es hoy el ambiente de la poesía en Argentina y con la
relación de los editores con la poesía. Un problema
de otro orden, que podríamos llamar político-cultural,
de sectas. ¿Qué joven ha leído a Quasimodo,
un enorme poeta, en Argentina? ¿Quién leyó
a Machado? Otro enorme poeta, dicen que demodé.
Bueno...
O.A.: ¿Esa investigación, antes
y durante la traducción, incluye la lectura de otras traducciones?
R.R.: Para cotejar, nada más. Un par (de
traducciones), no más.
O.A.: ¿Te interesa discutir con otros traductores,
a través de tu traducción?
R.R.: No, no. La traducción de Maquiavelo
en Alianza –la mía se publicó en Losada- es
buena. Pero creo que no se han dado cuenta, lo que yo interpreté,
es que en primer lugar Maquiavelo era un gran escritor. Narraba,
era un gran narrador. Entonces muchos amigos me dicen que yo traduje
El Príncipe como si fuera una novela. Y efectivamente,
fue lo que me propuse.
O.A.: En el caso de Dante las traducciones forman
todo un corpus, ¿no?
R.R.: Yo le tuve miedo a Dante. Te aclaro una
cosa: la Vita Nuova es un libro que yo siempre quise traducir,
que me acompaña desde muchos años. Lo leí hace
muchísimos años. Tengo una disputa sobre la Vita
Nuova, una obra que se podría decir si es romántica
o no, pero siempre muy dada a la posibilidad e imposibilidad del
amor. Por ahí viene la cosa. Así como por otro lado,
en la poesía argentina, hay cosas que no me interesan. Por
ejemplo, Alejandra Pizarnik no me interesa. No sé si por
razones generacionales, por razones ideológicas, no sé
por qué. Es un límite mío, seguramente. Es
algo que tiene ver con el gusto. En este sentido la traducción
es también como la literatura. El ejercicio de la traducción
fundamentalmente es un ejercicio del gusto, pero la palabra gusto
es una palabra muy compleja. Uno de los libros olvidados, muy importante
en la discusión estética del siglo XX, se llamaba
justamente Crítica del gusto, de Galvano Della Volpe.
El gusto implica la historia, implica la cultura. No es “me
gustó” o “no me gustó”.
Cuando se dio de traducir toda la Vita Nuova me asusté
un poco, pero bueno, qué va a ser. Pienso que salió
bastante bien, aun respetando algunas cosas. En un momento Dante
empieza tres frases seguidas con las mismas palabras: supongamos,
en primer lugar, en un lugar, en un lugar. Las traducciones corrientes
lo suprimen, o lo cambian. Pero el número 3 significa algo.
Ahora, te decía que en la traducción hay que privilegiar
algo, hay que sacrificar algo. Todos sabemos que ciertos números
en Dante son importantes, pero si los tenés que sacrificar,
los tenés que sacrificar en razón del sentido que
vos considerás más profundo, que aquí es el
de la vida nueva. Es decir, es imposible traducir poesía
sin sacrificar algo. Esta sería la diferencia con la prosa.
O.A.: ¿Cómo se decide aquello que
hay que sacrificar?
R.R.: Es un problema fundamentalmente de oído.
Insisto en la comparación entre la música y la literatura,
que está pobremente planteada en general. En principio, el
ritmo no agota la musicalidad. En historia de la música,
(se dice que) en ciertos autores hay una preponderancia del ritmo,
no: la misma Consagración de la primavera, que es
la apoteosis del ritmo, no es sólo ritmo. Depende de cada
autor. Cada autor te plantea un método distinto, que va surgiendo
a medida que vas profundizando el texto. Es lo mismo que pasa con
los libros propios. Yo tengo dos novelas publicadas, tres libros
de poesía y estoy trabajando varios textos. Cada novela,
cada libro de poesía, plantea un método distinto que
va surgiendo de adentro. Partís de una hipótesis de
narración, o de una hipótesis de personaje, pero no
sabés qué pasa después porque las imágenes
que se van acumulando te van modificando de adentro hacia fuera...
La Vita Nuova es un libro que podría definirse como
un instante. Y ahí está la gran musicalidad del texto.
O.A.: ¿El instante de la visión
de Beatriz?
R.R.: No, (me refiero a que) son esos textos (que
se conforman) como una gran obra musical, que casi están
fuera del tiempo, como que idealmente tendrías que poder
decirla en un segundo. Todo lo contrario a lo que se llama obra
abierta. Personalmente soy enemigo a muerte del concepto de obra
abierta, que ya sabemos de quién viene y que implica la posibilidad
de buscar sin contaminación. La diferencia entre Eco y Pasolini
es esa. En Eco no hay contaminación; en Eco hay zapping,
que no es lo mismo; en Eco no hay lenguaje.
O.A.: ¿Después de traducir a Dante
sentiste que habías cumplido con algo?
R.R.: He traducido pocos libros que no me interesaran.
Y pienso que ciertos editores me buscan para traducir ciertas cosas.
Es difícil que me llamen para traducir un best-seller. Yo
no soy traductor de best-sellers. Seguramente sería muy malo
como traductor de best-sellers. Yo traduje Pirandello, Maquiavelo,
D´Annunzio, Pasolini, Dante, Svevo, Giovanni Verga, que es
una de mis grandes broncas. Yo traduje una antología de cuentos
de Verga que no se publicó y se perdió la traducción.
Aunque conservo una parte. El problema de Verga, fundamentalmente,
es la forma proverbial continua. Y yo, no sé por qué,
en mis propias cosas también lo hago. Es decir, los proverbios
oídos o los proverbios inventados, la forma proverbial, que
no es lo mismo que repetir el proverbio. Este es un elemento interesante
respecto a cómo traducís una frase hecha. Mucho
ruido y pocas nueces, de Shakespeare, está mal traducido;
en realidad, me dice Pablo Ingberg, debería ser Mucho
ruido por nada, pero se impuso aquel y punto. ¿Cómo
traducís un proverbio? ¿Buscando una forma semejante
en castellano o conservando la forma original? Yo creo que hay conservar
la forma original, porque además introduce una cosa enigmática,
fundamental en la buena literatura. Cuando hablo bien de la transparencia
es porque el principio de la transparencia no excluye el enigma.
Y traducir un proverbio tal como es en el original implica un enigma,
una dificultad. El gran problema de la literatura actual, en las
traducciones, es que está todo normalizado para facilitar
una lectura rápida, una lectura no poética de los
textos. Si hay una diferencia entre la buena poesía y una
novela es que a la poesía la tenés que releer. Entonces
yo quiero hacer lo mismo con cualquier texto, pero no (como algo)
deliberado, no (quiero) oscurecerlo. Debe haber novedad pero no
novedad tal que implique no entender qué estás leyendo.
Y esto tiene que ver mucho con la música, también.
¿Por qué escuchás todos los días la
Quinta Sinfonía, la Novena Sinfonía de Beethoven,
la Tercera de Mahler y siempre descubrís algo? ¿Por
qué? Porque hay sentido. El gran traductor tiene que traducir
esos sentidos. La traducción no debe simplificar, no debe
achatar, tiene que enriquecer las posibilidades de lectura.
En los Discursos sobre la primera década de Tito Livio
cambié la puntuación. Porque los italianos, por
ejemplo, más en el italiano de esa época, si decís
de un texto “que” –no ponen la coma– “de
acuerdo a tal cosa” y ahí puse coma, ahí sí
lo llevé al castellano nuestro e hice respirar al texto.
Esto es fundamental: hacer respirar al texto. Poder leerlo en voz
alta. Es la clave de cualquier texto literario. A veces leo algunas
cosas, en lecturas de poemas, como una prueba de ver qué
pasa, no por la reacción del público porque nunca
sabés, por ahí decís “el mundo es una
porquería” y te aplauden, no entendieron nada (risas).
Pero tu propio oído te dice “esto se cae, esto suena
hueco, esto no respira”. Ahí está el ritmo,
en la respiración...
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