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Héctor A. Piccoli: una
morada en la inclemencia por Osvaldo Aguirre
“Cuando traduzco un poema –escribe Héctor A.
Piccoli (Rosario, 1951), me pregunto en primer lugar: ¿qué
debo hacer?, en segundo lugar: ¿qué puedo hacer? En
el momento en que no puedo, esta última pregunta, sobre todo
en poemas sujetos a un patrón métrico y rítmico,
se transforma de inmediato en la siguiente disyunción: ¿no
puedo o es que se realmente no se puede? La institución,
la devoción, la calculada desesperación de erigir
una morada en la inclemencia y para quien no ha de ser jamás
que un huésped en su casa, ese ejercicio de ardimiento, en
fin, del que resulta en definitiva la incidencia del texto en la
otra lengua, me recuerda en algo las tácticas de los jugadores
de ajedrez”.
La traducción (del alemán al español, pero
también del español al alemán) es uno de los
ejes del apasionado trabajo de Piccoli. Autor de la única
versión española íntegra del Peregrino
querubínico de Angelus Silesius, ha traducido obras
de los barrocos alemanes, Rainer Maria Rilke, Friedrich Hölderlin
y Paul Celan, entre otros. También ha llevado a Juan L. Ortiz
al alemán (en versiones conjuntas con Helena G. Quinteros).
Una muestra de su trabajo como traductor se puede encontrar en http://www.bibliele.com/CILHT/idxalem.html
Piccoli publicó además los libros de poesía
Permutaciones (con Enrique M. Olivay, 1975), Si no a enhestar
el oro oído (a partir del cual comenzó a publicar
poemas propios en alemán, 1983), Filiación del
rumor (1993) y Fractales (2002). Desde 1995 dirige
Biblioteca eLe, editorial del Libro electrónico (www.bibiele.com),
donde ha publicado sus versiones de Rilke y un diccionario etimológico
de términos para una edición de las obras completas
de Sigmund Freud, entre otras obras. Es profesor de alemán
en la Escuela de Idiomas y de literatura alemana en la Escuela de
Letras de la Universidad Nacional de Rosario, y dirige el Instituto
Georg Trakl, también en Rosario.
–¿Qué significa ser un germanista, como
te presentás?
–Bueno, el término suena tal vez algo ampuloso pero
designa, sencillamente y en sentido amplio, a alguien que se dedica
al estudio de la lengua y la literatura alemanas. Ése es
mi trabajo académico, mi trabajo profesional; no soy empero
un germanista en el sentido más específico de especialista
en filología histórica del alemán.
–En tu ensayo “Poesía del barroco alemán”
hablás de la traducción de poesía como una
“artesanía ígnea”. Y la patria de los
artesanos, agregás, no es necesariamente la lengua materna
sino Heliópolis, “allí donde Fénix ha
de renacer”.¿Podrías desarrollar esa idea?
–Sí. La metafóra es una sola: el Ave Fénix,
además de símbolo de resurrección e inmortalidad,
de resurgimiento cíclico, es símbolo de permanencia
a través del cambio. Estaba en el antiguo Egipto asociada
a las revoluciones solares y por tal motivo, a la ciudad de Heliópolis,
aunque según algunos el nombre alude a la Baalbek de la Siria
antigua. Pero lo esencial es que el Fénix se consume y renace
de sus cenizas. Bueno, lo mismo ocurre con un poema traducido (bien
traducido): ha de consumirse, agotarse de alguna manera en el original
–que la consunción no sea exhaustiva es aquí
secundario– y reconstruirse («renacer»)
en una lengua extraña: así consuma el poema traducido
su peculiar identidad. Lo de Heliópolis como ‹patria›
única de los artesanos-traductores es una alusión
crítica al tan esquemático como equivocado concepto
de que sólo ha de traducirse lírica a la lengua materna:
un prejuicio hijo de la lingüística contemporánea.
–¿Cuál es tu ámbito preferido como
traductor?
–Naturalmente, el de la lírica. Creo que es lógico
en el caso de alguien que sólo escribe poesía. Pienso
incluso en determinada lírica. ¿Cómo traducir
poemas con formas ‹clásicas›, canónicas?
Por ejemplo, ¿cómo traducir un soneto? Es una cuestión
histórica: porque así como hay una historia de la
literatura hay una historia de la traducción. De momento
parece ser un trabajo casi anacrónico y sin ninguna duda
diría que es un trabajo que ninguna editorial paga. La pregunta
aparece también en la práctica docente. A veces, en
las mesas de examen de literatura en otros idiomas que no son mi
especialidad, les pregunto a los chicos qué versiones de
los poemas tratados les parecen mejores, y significativamente no
son en general las traducciones que cuidan el metro y la rima las
que prefieren. Un hecho notable: si vos, cincuenta años atrás,
hubieras pensado traducir un soneto que no tuviera rima y que tal
vez aun no tuviera metro, te hubieran mandado al psiquiatra. A nadie
se le iba a ocurrir. Hoy parece que es al revés, el respeto
de la forma suena ‹artificioso›; y frente a las versiones
‹libres› uno se pregunta dónde ha quedado el
soneto…
–En el caso del barroco alemán, señalás
que mantener el metro y la rima es “mantener el momento, los
medios de cohesión fundamentales del poema”. Volviendo
a una cuestión del principio, parece como si la artesanía
del texto original reclamara una cierta artesanía del traductor.
–Por supuesto que la reclama: eso fue siempre así y
no veo razón por la que pudiera dejar de serlo. La literatura
universal muestra una plétora de citas del tipo «sólo
un poeta puede traducir a un poeta», que, al margen de su
discutibilidad, aluden al mismo problema que vos planteás,
mucho más acertadamente, por cierto, en términos de
«artesanía». No necesito aclarar que esos medios
de cohesión fundamentales del poema (metro y rima) en modo
alguno se limitan al barroco alemán. Son válidos,
naturalmente, para cualquier poema de forma canónica, en
alemán o en cualquier otra lengua con iguales o semejantes
principios de versificación.
–Por otra parte, si la traducción es, como has
dicho, ante todo una lectura del texto, ¿habría que
pensar que un texto tiene posibilidades ilimitadas de ser dicho
en otras lenguas?
–«Ilimitado» no me parece un término adecuado,
ni para la traducción ni para la poesía en general.
A partir de la idea de polisemia como mecanismo básico de
la poesía, se oyen constantemente frases sobre la supuesta
‹infinitud› de los sentidos poéticos. Y el poema
no tiene ‹infinitos› sentidos; tiene, a lo sumo, varios.
Del mismo modo que no tiene ‹infinitas› lecturas, porque
si tuviera infinitas lecturas podría significar cualquier
cosa; y es aquí –como dijo Trotsky refiriéndose
a Majakowski a propósito de la hipérbole– donde
«interviene la inexorable dialéctica»: si pudiera
significar cualquier cosa, no signicaría nada.
–¿Cuál es la dificultad específica de
traducir lírica?
–En principio, la misma que la de traducir cualquier texto
en el que predomine lo que Jakobson llamó «función
poética del lenguaje»: los retruécanos de la
comedia de Büchner o el trabajo de deconstrucción /
reconstrucción operadas sobre el alemán en gran parte
de la obra de Heidegger plantean dificultades muy semejantes a las
de la lírica. En ésta, naturalmente, las asonancias,
la modulación vocálica, todo aquello que los alemanes
llaman »Lautsymbolik« tiene una importancia decisiva.
Ahora bien, si tuviera que mencionar un factor específico,
un elemento constitutivo y determinante de la lírica, diría,
sin dudarlo, la aliteración. El término tiene
dos sentidos: uno, estricto, que corresponde al ámbito de
la antigua poesía germánica (Stabreim); otro, general.
En éste último, la aliteración fue y sigue
siendo tratada por las preceptivas como más o menos característica
de ciertos períodos literarios o de ciertos autores, pero
siempre considerada una ‹licencia› poética (dichterische
Freiheit), es decir, un elemento aleatorio y por principio
prescindible, al contrario de lo que realmente es: el genuino tejido
conjuntivo del lenguaje poético. Si es cierto que el inconsciente
marca de alguna manera la palabra en poesía: ¿dónde
habría de hacerlo sino aquí? ¿Cuántos
ejemplos pueden encontrarse de verdadera poesía, de poemas
que corporicen la idea de texto –por no hablar de
canciones– y prescindan por completo de la aliteración?
Cuando Góngora dice: «que pólvora de
las piedras / la agua repetida es»: ¿cómo
mensurar el quantum de significación portado en ambos octosílabos
por la mera insistencia de la consonante?
Volviendo a tu pregunta: como la posibilidad de un paralelo aliterante
con los mismos sonidos es prácticamente inexistente,
sobre todo entre lenguas no directamente emparentadas, la traducción
debe reconstruir esa insistencia, esa textura, con los
medios que le ofrece la lengua meta.
–¿Cómo empezás a hacer traducciones?
–Es una larga práctica que tiene que ver con mi relación
con el alemán. Empecé a estudiarlo desde muy chico;
y desde la juventud siempre leí en alemán, claro.
Entré en el alemán, te diría, desde arriba;
el mayor trabajo fue luego ‹descender›, ir hacia la
lengua coloquial. Todo eso implicó un esfuerzo muy grande.
Pero cuando uno cultiva una suerte de delectación palatal
de la otra lengua y quiere lograr en ella una verosimilitud prosódica
aceptable, la labor es ineludible.
–¿Coincidís con la definición del
traductor, que hace Pontalis, como alguien en suspenso entre dos
lenguas?
– (Suspira) Es por cierto una definición plástica,
concisa y en absoluto desacertada. El traductor es un ser condenado
por el destino a ser siempre criticado. En determinados campos se
ha instaurado una especie de moda de crítica al traductor.
Yo les digo a mis alumnos que en general esa gente que abunda en
iracundia respecto del traductor no tiene idea de qué es
manejar otra lengua. Y en muchos casos no maneja bien ni siquiera
la propia. A mí no me interesan tanto las ‹problemáticas
de la traducción›, me interesa más bien su práctica
concreta. Gran parte de los artículos que aparecen bajo el
título de “teorías de la traducción”
no pasa de ser una serie de comentarios más o menos afortunados,
más o menos disparatados, sobre el hecho de traducir. Esos
artículos están para mí a años luz de
ser teorías, ya que carecen del aparato conceptual y de la
consistencia necesarios para convertirse en tales. Fuera de esto
y en el orden de las producciones concretas, en el ámbito
del alemán-español, al menos, ha habido en la última
década y media un giro muy positivo en la calidad de las
traducciones publicadas. Hasta hace un tiempo las traducciones del
alemán eran proverbialmente malas, con excepciones por supuesto,
como las de Alfredo Cahn, en nuestro medio y por citar sólo
un ejemplo; pero la mayor parte, que procedía de España,
era horrible. Ahora, en cambio, se están viendo versiones
en general muy buenas.
–En “Transparencia y traducibilidad” (revista
Paradoxa número 1), cuestionás la idea de que “no
hay traducción”, apuntando, entre otras cuestiones,
que implica una sacralización de la otra lengua. En el final
hay una reflexión que merece ser citada: “Un texto
poético es intraducible. Un texto es intraducible en la medida
de su poeticidad. Y es, simultáneamente, traducible, justamente
en tanto que es capaz de poner en movimiento los mecanismos de significación
de la otra lengua”. Parece una apuesta muy firme a la traducción
como escritura.
–Y estamos hablando de un artículo de mediados de los
80…; evidentemente, ya estaba de moda por aquel entonces hablar
de la traducción…
La fórmula «no hay traducción», lanzada
así, en general y sin previo acotamiento conceptual, es,
si no mal intencionada, irresponsable y absurda. Lo que puede tener
cierto sentido aplicado en particular a la poesía o a los
discursos en que prepondera la función poética del
lenguaje, como dije hace un rato, se convierte en escandaloso disparate
si lo afirmo en general o respecto de textos ‹referenciales›:
la experiencia humana entera demuestra palmariamente lo contrario.
Que la traducción es una forma, si bien particular, de escritura,
me parece asimismo un punto no controvertible.
–¿Cómo surge y cómo se plasma tu
traducción de los barrocos alemanes y en particular del Peregrino
querubínico? En este caso, el hecho de no contar con otra
traducción en lengua española, ¿fue una ventaja
o un obstáculo?
–La de los barrocos alemanes en general por una cuestión
congenial con mis preferencias y convicciones literarias; la del
Peregrino en particular, por el azar de un encargo editorial fallido,
que se convirtió de inmediato en un interés creciente
por Silesius y la dinámica del epigrama barroco.
Nunca traduzco sobre, ni qué decir a partir
de, traducciones leídas. En este sentido, no puede hablarse
de ventaja ni de obstáculo. Creo que en general, la importancia
de contar con traducciones hechas o, si no con traducciones, con
aclaraciones filológicas específícas, está
en relación directamente proporcional con la lejanía
temporal del texto a traducir, al menos en mi caso; porque, como
te dije, por no ser un especialista en filología histórica,
no domino el alemán mucho más atrás del siglo
XVII. Un ejemplo: para la traducción de los Minnesänger,
pueden resultarme de gran utilidad no sólo traducciones españolas
sino versiones (siempre que no sean excesivamente libres, claro)
al alemán contemporáneo.
–También has traducido a otros poetas que, en
cambio, son muy conocidos en nuestra lengua, como Hölderlin
o Rilke.
–Efectivamente, algo he traducido de ellos, como de Trakl,
George o Celan… Hay tentaciones a las que resulta difícil
sustraerse…
–¿Cómo se planteó el trabajo de
traducir Juan L. Ortiz al alemán? ¿Fue una iniciativa
propia o un pedido? ¿Con qué poemas trabajaron? ¿Qué
dificultades encontraron y cómo las resolvieron?
–No, eso no fue un pedido. Fue una iniciativa común,
mía y de mujer, Helena G. Quinteros, basada en el gusto por
Juanele y en nuestra convicción del valor universal de su
obra. ¿Qué poemas? –Bueno, «Los ángeles
bailan entre la hierba…», «El jacarandá…»,
«Sí, mi amiga…», «Oh, allá
mirarías…»,… la idea era lograr una antología
de densidad aceptable. En todo caso, es un proyecto que quisiéramos
poder continuar.
¿Un ejemplo de dificultad? –El mecanismo de progresión
de las subordinadas relativas. La sintaxis de Juanele, merced a
una serie de procesos de coordinación y subordinación,
imita en gran medida la arborescencia del curso del río.
Para el caso de la subordinada relativa adjetiva, el alemán
dispone empero de dos formas: una más o menos paralela a
la del español, en la que la relativa –si bien con
el verbo en posición final– sigue al núcleo
nominal y otra, fácilmente analizable desde una perspectiva
transformacional, en la que el contenido de la relativa se incrusta
como una cuña antepuesta al núcleo nominal, entre
éste y su modificador directo (artículo, adjetivo
posesivo, etc.). La estructura resultante tiene básicamente
otro tono, si bien en principio de ágil y eficaz elegancia,
proclive a acentuarse hasta lo rebuscado y pedantesco. Pues bien:
la constante elección entre esas dos posibilidades, entre
esos dos modos de progresión del discurso en alemán,
es una dificultad paradigmática de la traducción de
Juanele.
–¿Escribir poesía en alemán tiene
que ver con tu actividad como traductor?
–Escribir poesía en alemán fue algo que implicó
un cambio cualitativo (y decisivo) en mi relación con la
otra lengua. Pero no tiene nada que ver con la traducción.
Mucha gente me pregunta por qué no aparece una versión
en español de los poemas escritos en alemán. Bueno,
porque la edición no fue pensada como bilingüe en ese
sentido, la respuesta es ésa. La traducción es otra
cosa; la traducción es una destreza específica. Por
esa razón, traducirse a sí mismo resulta tan difícil
como si se estuviera ante el texto de un extraño. Cuando
escribís en otro idioma no estás traduciendo: si escribo
algo en alemán, lo pienso en alemán.
–Los poemas en alemán empiezan a aparecer en tu
segundo libro, Si no a enhestar el oro oído.
–Sí, hay un par en el segundo y después una
colección más importante en Filiación del
rumor, además de algunos sueltos en internet, en Fractales.
El cuerpo principal, claro, está en español. En Fractales
presento una serie de modelos ‹ciberpoéticos›
y lo que llamo ‹módulos instrumentales›: un analizador
de endecasílabos y otro de alejandrinos. Lo que propongo
es una suerte de reformulación de la poética sobre
base informática (pienso sobre todo en una poética
anterior al Sturm und Drang). También hago allí en
un texto –que con toda intención llamo manifiesto,
esa palabra tan anacrónica– una serie de apreciaciones
generales con respecto a lo que uno ve que es la lírica de
hoy, a lo que a uno le parece que tiene sentido escribir, en fin,
a mi posición como poeta en su circunstancia.
–El Manifiesto fractal fue escrito en 2002.
"Vivimos el desolado tiempo de la prosificación de la
poesía", se dice allí. Algo que observás
como un síntoma de decadencia. ¿En qué ámbitos
o escrituras, concretamente, situás ese fenómeno?
¿Qué tipo de poesía es la que sustentás
como valor? Finalmente, ¿cuál sería la evolución
de la situación desde entonces hasta ahora?
–Tres preguntas concatenadas que ofrecen margen para un breve
ensayo… Mirá: la poesía a la que me refiero
allí es la que –reconociendo por cierto antecedentes
muy anteriores– toma cuerpo definitivo (y no sólo en
español) en la década del 60. Se podría caracterizar
esta tendencia como aquélla que, descuidando la forma por
principio, renuncia de antemano a todo pulimento metafórico
y, si no pretende dar testimonio crítico del orden político-social
mediante lo que concibe como un ‹contenido› autónomo
(poesía ‹mensajística›), intenta con medios
pueriles auratizar la cotidianeidad banal. De algún modo,
se entiende siempre como ‹antipoesía›, aproximándose
por lo tanto al máximo, desde el punto de vista del léxico
y del ritmo, al lenguaje coloquial. En el Manifiesto fractal
digo también: “Allanando sin piedad la poesía
con argumentos de falsa contemporaneidad, el siglo XX ‹poetizó›
un importante caudal de su prosa literaria más representativa.
Recuperemos ahora la magia, la función conjural de la palabra:
repoeticemos nosotros la poesía.” La poesía
que sustento como valor supone tan sólo estar escrita como
texto y no se reduce por supuesto a un tipo, a un modelo o esquema
determinado. Debe obedecer, eso sí –como debe obedecer
el arte en general–, a un imperativo de contemporaneidad;
y lo genuinamente contemporáneo no puede confundirse con
lo trivial ni con lo meramente actual. No veo que la situación
haya cambiado mucho desde el 2002. Debo decir, no obstante, que
hay ahora (¡afortunadamente!) un significativo número
de jóvenes escritores interesados en cuestiones clave de
la poesía: lanzar una seria mirada retrospectiva a la poética,
reconsiderar la calidad rítmico-musical del verso, etc.
–¿Cómo llegás a escribir en alemán?
–No se trata sólo de escribir en alemán o escribir
en español, sino de cómo o en qué medida el
otro idioma está siempre presente en cada instancia,
en cada acto de habla o de escritura. Es una suerte de ubicuidad,
pero no sólo espacial, sino también temporal. Cuando
estás trabajando en español o incluso en una situación
cotidiana, no de escritura, es como que las palabras van y vienen,
no son compartimientos estancos, elementos estáticos. Estás
buscando una palabra en español, por ejemplo, y aparece en
alemán, evocando a su vez otras en español, y así
sucesivamente.
–La otra lengua es otra, pero eso no significa que sea
ajena.
–Exactamente. Ese es todo un tema. Yo descreo de la sobrevaloración
del hablante nativo. Medio en broma, medio en serio, les suelo decir
a los alumnos: cuídense del hablante nativo. Volviendo a
lo que planteabas acerca de la alteridad, pienso que se trata básicamente
de un problema de apropiación de la lengua. La lengua materna
también exige ser apropiada, y hay grados de apropiación.
La cuestión del hablante nativo está muy exagerada,
absolutizada –diría– por la lingüística
moderna. En el orden de la adquisición, en el siempre arduo
camino del domino de una lengua extranjera, me parece que no hay
barreras tan insalvables, sino más bien grados de apropiación,
posicionamientos que tienen que ver con la medida y el modo de inmersión
en la lengua llamada a dejar de ser ajena.
–A propósito de Angelus Silesius escribiste: “Traducir
implica aquí asumir una doble ajenidad: la de la lengua –común
a toda traducción–; la temporal –que remite a
su vez al problema de la lectura histórica”. ¿Traducir
sería volver familiar un texto extraño?
–Sí, en sentido general, en cuanto la traducción
recrea para vos el texto de la lengua ignorada, volviendo a tramarlo
en otra que, si no te constituye, al menos podés leer. No,
en cuanto toda traducción genuina ha de resguardar celosamente
el halo de magia y extrañeza que el original pueda ostentar.
Por supuesto también el determinado por la diacronía,
por la lejanía temporal.
–¿Qué efecto tiene el contacto de las lenguas?
–Es lo que decía antes, todo va y viene. Lo maravilloso
es cómo la otra lengua ilumina y enriquece la propia. Ese
rayo que va a la otra, refracta o, mejor dicho, refleja, haciéndote
ver la tuya de otra manera. Por eso dijo uno de los ‹olímpicos›
[Goethe]: «Quien no conoce lenguas extranjeras, nada sabe
de la propia.»
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