Circe Maia: "Una nueva
danza del intelecto"
Reportaje de Osvaldo Aguirre
Una especie de ejercicio de literatura comparada, entre un poema
de Charles Baudelaire y otro de Thomas Gray (siglo XVIII), nos hace
entender, a través de una traducción de Circe Maia,
“algo propio de la poesía: ella 'digiere' cualquier
material extraño y lo utiliza en nuevas estructuras y nuevas
funciones” (Diario de Poesía, número
33, marzo de 1995). La traducción que permite relevar, o
más bien redescubrir, los problemas de la propia escritura.
“De las distintas tareas que puede emprender un poeta –dice,
en otro texto– una de las más difíciles es aparentemente
la más fácil: traducir en palabras la mirada, la percepción
en poesía”. Ese es el quid de la cuestión, y
Maia lo ha formulado a partir de términos de William Carlos
Williams: el terreno por el que se desliza el pensamiento poético
no está “pavimentado”, es decir la percepción
y el lenguaje no se integran sin tensiones, el camino presenta desniveles
y accidentes que obligan a variar el paso.
Nacida en Montevideo en 1932 y radicada desde su juventud en Tacuarembó,
Circe Maia es autora de una obra poética que todavía
no ha recibido en Argentina toda la difusión que merece (aunque
fue el tema de un dossier en el número 43 de Diario de
Poesía, publicación en la que colabora). Publicó
En el tiempo (1958), Presencia diaria (1964),
El puente (1970), Cambios, permanencias (1978),
Dos Voces (1981) y Superficies (1990), De lo visible
(1998) y Breve sol (2001) en poesía, y Destrucciones
(1986) y Un viaje a Salto (1987), en prosa. En 1973,
tras el golpe de estado que suspendió la Constitución
y disolvió el Parlamento uruguayo, fue destituida de su cargo
de profesora y su marido encarcelado (historia que, de modo lateral,
narra en su espléndido relato Un viaje a Salto).
A partir de ese momento, profundizó sus conocimientos de
francés e inglés, aprendió griego moderno y
empezó a traducir poesía. Entre otros autores, Maia
tradujo a Odisseas Elytis, Konstantin Kavafis y Yannis Ritsos, del
griego, y a William Shakespeare, William Carlos Williams y Robin
Fulton, del inglés.
Publicamos su traducción
de "Blandula tenula vagula", poema de
Ezra Pound, y un fragmento de una conferencia
sobre traducción.
Osvaldo Aguirre: ¿Cuándo hizo sus
primeras traducciones? ¿Fueron en función de la escritura
de poesía o respondieron a una búsqueda autónoma?
Circe Maia: Las primeras traducciones surgieron
hace ya muchos años, como una especie de ejercicio privado,
por el puro gusto de buscar versiones diferentes, lo que no quiere
decir que las encontrara mejores. Hay en realidad cierta conexión
con la escritura de poesía, especialmente en ciertos momentos,
en los que se logra, en nuestra lengua, encontrar un ritmo o un
tono equivalentes.
O.A.: ¿Incidió la práctica
de la traducción en su escritura de poesía? ¿De
qué manera?
C.M.: Al traducir se lee más cuidadosamente
y una lectura atenta es siempre beneficiosa. El poema traducido
puede servir de estímulo para la creación de un nuevo
poema como sucedió con “La Ciudad", de Kavafis,
que fue el origen del poema “Prisionero".
O.A.: A propósito de su traducción
de “Sobre alegre empapelado”, de William Carlos Williams
(en Diario de Poesía, número 43, primavera
de 1997), escribió: “Aparecen escollos en los dos niveles:
en el pasaje de lo real a las palabras y de éstas a otras
palabras de otra lengua, en el proceso de la traducción”.
La nota está dedicada a analizar el primer problema. ¿Cuáles
serían las dificultades propias de la traducción de
poesía?
C.M.: Las mayores dificultades de la traducción
de poesía surgen del hecho de la unidad forma-fondo en el
poema. No se puede extraer un contenido aparte de la manera en que
es expresado: la unión entre el pensamiento y las palabras
es mucho más íntima que la que se da en la lengua
vulgar, científica o filosófica.
O.A.: ¿Podría dar algún ejemplo
concreto, alguna experiencia de traducción en que haya afrontado
en particular esa dificultad?
C.M.: Puedo contestar con dos ejemplos diferentes,
pues no sé cuál me exigió mayor esfuerzo. El
primero es el poema “In the beginning", de Dylan Thomas,
que trata nada menos que del comienzo de todos los comienzos, el
momento inicial de la creación, con una extraordinaria proliferación
de complejas imágenes y un sostenido ritmo, golpeante y tenso.
El traductor debe, en primer término, crear en nuestra lengua
un efecto similar, cuidando mucho de mantener una arquitectura ordenada
de las estrofas, pese a la extrema complejidad de las imágenes.
Esta traducción fue publicada en un número de la revista
Brecha que lamentablemente no pude encontrar en casa. Allí
se explicaba con más detalle las dificultades de esa traducción.
Recuerdo haber escrito sobre la alegría que de pronto me
produjo el encontrar en español un alejandrino musical, con
aliteraciones, al final de la penúltima estrofa:
los aceites secretos que hacen crecer la hierba
(the secrets oils that drive the grass).
El otro ejemplo corresponde a la traducción del griego moderno,
a propósito de un poema de Kavafis, “Muros", en
el cual se logra un asombroso efecto fonético: se trata de
dísticos que terminan con palabras diferentes pero que suenan
exactamente igual. No se trata de un juego lingüístico
caprichoso, sino que está conectado con el sentido de encierro,
de opresión entre muros invisibles, que repiten las mismas
voces, como ecos. Yo no pude lograr este efecto en la traducción,
mientras que el poeta brasileño José Paulo Paes, excelente
traductor de poesía neo-helénica, logró en
portugués algo similar. Otra dificultad en la traducción
de Kavafis es que él utiliza a veces expresiones correspondientes
al registro anterior de la lengua griega, más parecida al
griego antiguo, la llamada kazarévusa y las combina
con los términos actuales, para lograr ciertos efectos que
me resultaron imposibles de recrear.
O.A.: ¿Cómo trabaja en una traducción?
¿Qué tiempo le dedica? ¿Consulta otras versiones,
lee otros poemas del autor de que se trate?
C.M.: El tiempo que se dedica a una traducción
es naturalmente variable. Depende más que de la longitud
del texto de su dificultad intrínseca. La traducción
de Medida por medida, de Shakespeare, me llevó todo
un invierno, pero a veces la traducción de un pequeño
poema nos deja tan insatisfechos que es necesario cambiarlo muchas
veces, consultar otras versiones. Esto lleva tiempo.
O.A.: ¿Cómo se mide el tiempo que
lleva una traducción, cómo se llega al momento final?
C.M.: Eso está, naturalmente, muy en dependencia
de infinidad de factores, que hacen que abandonemos esa tarea cuando
pensamos que ya el poema se “sostiene" en nuestra lengua.
O.A.: En otro texto, plantea su concepción
de la traducción haciendo referencia a la matemática
y la física: “Una expresión lingüística
se refracta al pasar de un idioma a otro; cambia de orientación,
su dirección es diferente, y no por eso deja de ser una prolongación
de la anterior”. La traducción aparece como un desvío,
pero esta palabra no tiene aquí la carga negativa habitual.
Ahora bien, ¿cómo puede medirse el fenómeno,
en qué momento y por qué esa prolongación podría
ser ajena a su punto de partida? ¿En qué sentido cambia
de orientación un poema al ser traducido?
C.M.: Esa comparación de la cual me apropié
pertenece a José Paulo Paes. Cuando él dice que el
rayo de luz se desvía al pasar a otro medio, hay que entender
que el poema traducido es una irradiación del poema original,
que aparece así en otra forma, entrando en otro universo
fonético y semántico. No tiene sentido decir: “¡Ah!
¡Pero no es lo mismo! ¿Cómo podría ser
el mismo?” Paes bromea sobre esto: Si se pretende la identidad
en ambos poemas, nos dice, también sus autores deberían
ser idénticos, ¡tendrían la misma mujer y el
mismo perro!
En cuanto a la pregunta sobre el sentido en que se produce la desviación,
hay que tomar en cuenta el hecho de que las palabras de cada lengua
poseen asociaciones y resonancias, diríamos, propias de esa
lengua, que son diferentes de las que se producen en otra, de modo
que, aunque la traducción sea correcta, la expresión
traducida se asociará y sugerirá sentidos diferentes.
Un ejemplo que recuerdo haber leído es sobre la diferencia
entre la forêt francesa, un bosque que parece más
luminoso y menos misterioso que los Walden germánicos.
O.A.: Recuerdo que en el ensayo “Problemas
de la lírica”, Gottfried Benn afirma que nevermore,
con sus dos sílabas iniciales cerradas y luego con ese more
(pantano) y la mort no es “nunca más”,
dice: nevermore es más hermoso. ¿Cómo
se las arregla un traductor de poesía con estas cuestiones?
C.M.: Creo que no se puede plantear la diferencia
en términos de mayor o menor hermosura. Tampoco se puede
decir que una lengua sea más rica o más pobre que
otra, pues cada una posee su belleza y riqueza particulares, propias
de ella.
Es correcto observar las asociaciones fonéticas que resultan
posibles en inglés y que son diferentes a las que podría
suscitar la palabra española. Ezra Pound observa que las
imágenes visuales pasan fácilmente a otra lengua,
los efectos sonoros ya son imposibles de trasladar, pero un oído
sensible, aunque desconozca la lengua original del poema, puede
igual apreciarlos; en cambio, dice Pound, en lo que tiene que ver
con las asociaciones de sentido ya es imposible lograr equivalentes.
El las llama “una danza del intelecto entre las palabras".
Estas observaciones me parecen muy acertadas, pero no creo que sea
necesario terminar con una nota tan pesimista. Es posible pensar
que en nuestra lengua se logra realizar una nueva danza del intelecto
entre nuevas palabras. Las palabras “nunca más"
suenan con gran intensidad en castellano.
O.A.: Volviendo a la nota sobre la traducción
de Williams: las dificultades que tuvo el poeta, en particular en
el pasaje de lo real a las palabras, la tensión entre la
percepción y el lenguaje que señala como constitutiva
del acto de escribir poesía, ¿se replantean para el
traductor? ¿No se trata de una experiencia directamente inaccesible?
C.M.: Sí, la experiencia original es inaccesible
al traductor. Sin embargo, para quien confía en las posibilidades
del lenguaje poético, no es totalmente imposible, puesto
que el autor ha hecho justamente eso: tratar de trasladar su experiencia
al papel, que es lo mismo que querer trasladarla hacia otros ojos.
No conscientemente, claro. Recuerdo a Idea Vilariño diciendo:
“No escribo para nada ni para nadie”. Pero el hecho
indudable es que el lector "se apropia" de lo que lee
y el autor no puede evitarlo.
Por otro lado, no se trata de que yo conozca cómo eran exactamente
los dibujos del empapelado. Sospecho que el tema subyacente es otro:
la idea de que la realidad no puede ser inventada, por ejemplo,
de que se nos impone, de que “asalta nuestros sentidos",
de modo que el poema está “abierto hacia fuera".
En estos casos, nada de “enroscarse sobre sí mismo".
O.A.: El griego aparece como un idioma extraño,
distante, para el español. ¿Cuál es su experiencia
de traductora entre ambas lenguas? Supongo que el hecho de ser profesora
de filosofía facilitó su acercamiento. ¿Hay
dificultades propias del griego para la traducción? ¿Qué
escritor griego le resultó particularmente significativo
para traducir y por qué?
C.M.: Tenemos prejuicios sobre la “ajenidad"
del griego. Siempre digo que estudiar griego es como visitar la
casa del abuelo, ya que el latín es nuestro padre. Y no sólo
por el conocido hecho de que numerosísimas palabras de nuestra
lengua derivan de él, sino por los extraordinarios parecidos
entre ambas. Su sistema fonético, por ejemplo, con sonidos
tan claros, tan vocálicos como el nuestro, sin guturales,
sin consonantes explosivas, sin vocales oscuras o cerradas. Todo
eso facilita mucho el aprendizaje. Yo creo que para alguien de habla
castellana el griego contemporáneo es más cercano
que el francés o el inglés. Hasta el uso de los diminutivos
es muy similar. Sólo en griego he encontrado la “tardecita”,
la “nochecita" y ¡hasta decir que está “fresquito"!
O.A.: En su poema “Palabras” se dice
que el lenguaje atesora la historia de sus aprendizajes y transmisiones
y que, al tiempo que sostiene (en un sentido diríamos vital),
hace la comunicación con los otros. Eso es lo que da valor
a las palabras, ¿verdad? En ese marco, ¿hay palabras
que vinieron de otros poetas? ¿De poetas traducidos? ¿Cuáles
serían?
C.M.: Las palabras, sueltas, no vinieron. Lo que
viene, a veces, es cierta manera, cierto tono, cierto tipo de imágenes,
como en el caso de Yannis Ritsos, quien también recurre muchas
veces a una imagen perceptiva, aparentemente trivial, la que se
carga, de pronto, con otro sentido.
O.A.: Escribir es tender un puente, se dice en
ese poema. Algo que podría identificar a la escritura de
poesía con la traducción.
C.M.:La palabra “identificar" es muy
fuerte, pero se puede aceptar que existe cierta correspondencia.
Quien traduce siente el mismo tipo de alegrías y frustraciones
que quien escribe un poema propio. Se trata también de una
tarea creativa con una finalidad diversa.
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