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Poesía y traducción

Osvaldo Aguirre

La poesía, dice Gottfried Benn, puede definirse como lo intraducible por excelencia. “Olvidar: ¿qué significan estas letras? Nada, no algo que se pueda comprender. Pero la conciencia está ligada a ellas en determinada dirección, suscita un eco en estas letras, y estas letras, puestas unas junto a las otras, suscitan un eco, desde un punto de vida acústico y emocional, en nuestra conciencia”. Por eso, oublier no equivale a olvidar; nevermore no sólo no es nunca más: es, por un lado, más hermoso y por otro, menos siniestro (para un lector argentino la expresión tiene una referencia concreta en el pasado); pain (agrega George Steiner) tiene una calidez y una resonancia de “hambre y gleba” de la que carece bread.
Steiner también argumenta la imposibilidad de la traducción de poesía. En prosa, “todo lo que una traducción puede ambicionar es recomponer un tanto (lo que le sea posible) de lo que el escritor extranjero pudo haber modelado en otro idioma”. En poesía ni siquiera debería aspirarse a algo aproximado: aquí, “la traducción es bien un plagio honrado. un estribo que hay que poner junto al diccionario, bien una imitación, un reestatuto de gestos paralelos en un medio radicalmente transformado”.
Estas ideas han derivado en lugares comunes que conviene interrogar y que de hecho ya han sido recusados por algunos traductores de poesía. “Lo paradójico del 'no hay traducción' –dice Héctor A. Piccoli- es su generalizada coincidencia con una sacralización de la otra lengua, que es decir, con una pertinaz renuencia a su abordaje”. Pero, ¿cómo es posible la traducción de poesía? ¿Cuáles son los problemas particulares que enfrenta el traductor? Para responder a estas cuestiones, y a las planteadas por sus experiencias concretas, Bazar Americano presenta una serie de reportajes a traductores.