Jorge Fondebrider
“Nada de ritos propiciatorios”
por Osvaldo Aguirre
Jorge Fondebrider (Buenos Aires, 1956) es autor de los libros
de poesía Elegías (1983), Imperio de
la luna (1987), Standards (1993) y Los últimos
tres años (inédito). Como ensayista y antólogo
publicó La Buenos Aires ajena. Testimonios de
extranjeros de 1536 hasta hoy (2001), Versiones de la Patagonia
(2003) y Licantropía. Historias de hombres lobo en Occidente
(2004). Junto con Pablo Chacón escribió el ensayo
La paja en el ojo ajeno. El periodismo cultural en
Argentina 1983-1998 (1998). También publicó el
libro de entrevistas Conversaciones con la poesía argentina
(1995) y una antología que seleccionó y tradujo,
Poesía francesa contemporánea 1940-1997 (1997).
Junto con Gerardo Gambolini publicó la antología bilingüe
Poesía irlandesa contemporánea (1999) y,
en sendos volúmenes, el ciclo del Ulster (2000),
una antología de baladas angloescocesas (2000) y otra de
cuentos folklóricos irlandeses (2000).
Clickee aquí para leer un
poema de Edmond Jabes traducido por Jorge Fondebrider,
acompañado del original francés.
–¿Podrías señalar un episodio de
iniciación en tu trabajo como traductor?
–No me gusta pensar las cosas en esos términos porque
la mitología alrededor de la literatura (circunstancias iniciáticas,
relaciones entre escritores, importancia de los editores, fobias,
rutinas, etcétera) me aburre. Puedo decir, sí, que
lo primero que traduje fueron letras de canciones para saber qué
era lo que decían, condicionando de esa forma la futura audición
porque, de hecho, en muchos casos, al descubrir que lo que decía
la letra no era interesante, la canción dejaba de interesarme.
De ese modo terminé con buena parte del rock de mi tiempo
y con no pocas arias operísticas. De a poco, las letras de
las canciones cedieron su espacio a los poemas y estos, a otro tipo
de textos en prosa. Más allá de que haya habido épocas
de mi vida en que esa práctica estuviese ligada a mi sustento
material, puedo decir que conservo intacta la curiosidad por querer
saber qué se dice y cómo en un texto que se me propone
para traducir o con el que sencillamente me encuentro.
–¿Cómo incide la traducción de poesía
en tu propia obra poética? ¿Traducís también
a los fines de tu escritura de poesía? ¿Señalarías
alguna traducción que haya sido particularmente importante
en tu formación como poeta?
-Supongo que pensar en términos pedagógicos es algo
estructural en mí. Con esto quiero decir que no sólo
traduzco lo que me gusta, sino también lo que, sin gustarme,
entiendo que debe ser traducido. Doy un ejemplo: no me interesa
la poesía que se basa en malabarismos verbales, pero, como
en el caso de muchos de los poetas que integran mi antología
de la poesía francesa actual, he traducido esa especie con
el objeto de dar cuenta de un fenómeno que, más allá
de mi propio gusto, tiene peso en el marco de una lengua determinada
y, por lo tanto, debe ser conocido.
Ahora bien, desarmar un objeto para volver a armarlo revela sus
mecanismos y traducir tiene mucho de eso: de tratar de comprender
cómo funciona un texto en una lengua, tratando de que también
pueda funcionar en otra. Y aquí, pedagogía o no, evalúo
cuánto de lo que descubro en un texto ajeno puede servir
para mis propios poemas. Debo decir que haber traducido poesía
irlandesa me fue de mucha utilidad porque allí encontré
no pocas soluciones para problemas que me planteaba, a saber: establecer
una suerte de mínima ficción que sirva de apoyo estructural,
hablar de cosas concretas que remitan a lugares concretos y a un
momento específico, no perder de vista la propia circunstancia,
poner en juego la subjetividad sin tratar de ocultarla.
–¿Cómo se concilia traducir por gusto y
por otra parte traducir por encargo?
–Traduzco por encargo cuando detrás de la traducción
hay una relación de naturaleza profesional que implica un
contrato y, por supuesto, un pago. El pago en la Argentina se fue
haciendo francamente miserable porque en la cadena de producción,
a pesar de que los editores se llenen la boca, el traductor casi
no importa, aun cuando su nombre conste en la cubierta. Por lo tanto,
traduzco más bien para España. A veces tengo suerte
y me envían textos más o menos buenos, pero la mayor
parte de las veces no es así porque esos quedan reservados
para españoles. Como lo que yo quiero es el dinero con el
que pueda mantener a mi familia, no me queda otra alternativa que
padecer por un tiempo algún libro mal elegido y peor escrito
hasta recibir mi cheque. Y aunque soy respetuoso de los textos sean
estos los que fueren, no siempre los textos me respetan a mí
como yo los respeto a ellos.
Dicho esto, todos los proyectos que verdaderamente me importaron
los hice por hacerlos o, volviendo a la pedagogía, porque
pensé que había que hacerlos. Nadie me lo pidió,
pero, de tanto escuchar burradas del tipo “Yves Bonnefoy es
el último gran poeta francés” yo sentí
que era necesario traducir un cuerpo considerable de poesía
francesa para demostrar que la poesía de ese país,
buena o mala, no se había interrumpido; que lo que, en última
instancia, pasaba era que, a consecuencia de una serie de hechos
completamente externos a la literatura, carecíamos de la
información adecuada. Otro tanto me pareció que ocurría
con la poesía irlandesa –de la cual, hasta la antología
que hicimos Gerardo Gambolini y yo no existía ningún
volumen–, o con la mejor obra de teatro de Bernard-Marie Koltès,
o con las antologías de Henri Deluy, Yves Di Manno y, en
un futuro muy cercano, de Paul-Louis Rossi y de Marie Etienne, entre
muchos otros autores que me interesaron. Con el trabajo más
o menos bosquejado, en cada oportunidad busqué una editorial,
ayudé a conseguir el dinero bajo la forma de subsidios y
doné mis hipotéticos honorarios que, por otro lado,
resultarían muy difíciles de evaluar. Mi antología
francesa, por ejemplo, me tomó siete años de trabajo.
La irlandesa, unos cinco. En el medio hay viajes, cientos de libros
consultados, cartas, e-mails, etc. Es una desmesura que a priori
no podría justificar. ¿Quién me pagaría
todo eso? ¿Una editorial argentina? Las cosas no funcionan
así en los países periféricos. ¿Una
española? Tampoco en España, aunque supone integrar
el primer mundo.
–En tu libro Standards presentás poemas
al modo de las ejecuciones de jazz. ¿No hay ahí como
una traducción doble, en el sentido de incorporar procedimientos
de otra lengua y a la vez de otro género artístico?
–Gracias por verlo de esa manera. En realidad, aunque quisiera
pensarlo así, no tengo otro remedio que admitir que terminó
pesando más la recreación del ánimo que me
despertaban ciertas interpretaciones precisas que se sumaban al
título de tal o cual standard. Algo así como lo que
Keith Jarrett hizo en uno de sus discos de standards, donde justamente
especificaba según qué versión él realizaba
la suya propia. Confieso que allí, más que una traducción
hay un cierto estado al que yo llamaría propicio, y que en
oportunidades puede depender de la música (jazz u otra: con
las composiciones de Vaughn Williams o Britten me pasa seguido,
pero también con el folklore inglés en general), de
la visión de un cuadro (Andrew Wyeth, por ejemplo, o Rothko),
de las escenas de una película (me ocurrió con Bergman,
con Fellini y también con John Huston y David Lean) o de
un paisaje determinado (en lo posible, otoñal). Esas son
las cosas que me gustaría poder traducir.
–En la interpretación de standards “es donde
mejor se revela la calidad de invención de un músico
de jazz”. La palabra standard también designa la lengua
neutra, el castellano impuesto por las grandes editoriales. ¿Cuál
es tu posición respecto de esa lengua neutra?
–No pienso que las grandes editoriales estén tratando
de imponer una lengua standard, que es la que desde siempre uno
lee en una traducción mexicana del Fondo de Cultura Económica,
en una venezolana de Monte Avila o en una argentina de la Emecé
histórica. Creo que lo que en todo caso se está tratando
de imponer es un criterio más bien imperial de las tantas
versiones del castellano de España que, para colmo, no es
uniforme, y eso es mucho peor. Lo que en el mejor de los casos están
tratando de imponer las grandes editoriales es a escritores standards;
vale decir, a aquellos que se ocupen de temas poco localizados en
una realidad determinada, sin que en su expresión prevalezcan
marcas estilísticas demasiado netas, creyendo que, por la
vastedad y simpleza de lo que cuentan, van a alcanzar un mayor número
de lectores.
–¿Cuáles serían los problemas específicos
de la traducción de poesía?
–Supongo que cada traducción tiene sus propios problemas
específicos, por lo que no sé si vale la pena hablar
en abstracto. Me imagino que quien traduce debe conocer muy bien
la lengua del original y mucho más que muy bien la propia
lengua.
–¿Cómo te preparás para hacer una
traducción? ¿Lo hacés en forma metódica,
tenés algún rito propiciatorio?
–Como señalé más arriba, la literatura
no entra dentro del espectro de mis supersticiones. Es una actividad
que, en sí misma, me resulta muy placentera siempre. Si no,
no escribiría y mucho menos traduciría. Así
que nada de ritos propiciatorios. Eso sí, me aseguro tener
algunas horas por delante y los diccionarios a mano.
–A propósito de una traducción concreta,
¿leés textos ajenos al que te proponés traducir?
–Sólo cuando es necesario que sepa algo más
(referencias culturales o lingüísticas) que no esté
necesariamente explicitado en el texto que voy a traducir.
–¿Se puede llegar a una versión definitiva
en la traducción de un poema?
–Lo único definitivo es morirse. Cada quien llegará
a “su” traducción definitiva, lo cual no obsta
para que venga otro y demuestre que se puede mejorar, que hay más.
Siempre ocurre de una a otra época, pero también sucede
en el contexto de unos pocos años o, para ser directos, de
una a otra orilla del Atlántico.
–La traducción mantiene el nombre del autor, pero
añade, a veces en pie tanto o más destacado, el del
traductor. ¿Pensás que traducir es apropiarse de un
texto ajeno?
–Sí, pero no lo digo demasiado fuerte. Me explico:
la práctica artística va acompañada, en cierto
modo, de implicancias terapéuticas. Cuando el acento se pone
en lo terapéutico, lo artístico tiende a desaparecer.
Diría otro tanto de la idea de lo ajeno y lo propio. Si uno
insiste demasiado en la apropiación, el original tiende a
desaparecer, pero en verdad está ahí, denunciando
la operación. El Whitman de Borges o el de León Felipe
son menos Whitman que Borges o León Felipe haciendo de Whitman.
Vale decir, son otra cosa que toman a Whitman como excusa. A mí,
eso no me convence.
–¿Se le presenta al traductor de poesía
la tentación de inventar, es decir, de hacer decir algo que
el texto, fuera de duda, no dice? Inventar, ¿no sería
continuar un impulso que está en la base misma de la traducción?
–Para eso están los propios poemas. Muchos de mis
mejores versos (si los hubiera) se deben a haber leído mal
versos ajenos. Al descubrir el error, con toda impunidad, me apropié
del resultado. Traducir mal también lleva a eso.
–Has traducido a autores que escriben fuera de los géneros
convencionales: el caso de Jabès, de Ponge, de Perec (en
este caso destacando que sólo había sido traducido
“al castellano de Madrid”). ¿Qué aspecto
destacarías de ese trabajo?
–Son tres autores muy diferentes. Jabès
está en el borde de lo que tolero, pero lo puedo decir sólo
después de haberlo traducido. Ponge, en cambio, me planteó
todo tipo de desafíos porque exige ponerse en una frecuencia
de onda que le es propia: usar un determinado diccionario, investigar
las etimologías, ceñirse a sus caprichos como si estos
fueran ciencia. Perec, en cambio, es un escritor con el que la paso
muy bien. Me gustan sobre todo sus textos más laterales,
aquellos que apelan a lo autobiográfico y al deseo de nombrar
por el nombre mismo. Nunca pensé, en el caso de los tres
autores mencionados, a qué género respondían
sus textos. Me alcanzó saber que los tres lo hacían
en francés. Borges mediante, carezco también de la
superstición del género (aunque, en general, no leo
novelas).
–En la introducción al dossier de poesía
de Irlanda, que apareció en el Diario de Poesía,
Gerardo Gambolini dice que el traductor conserva a menudo la impresión
de que algo no se ha logrado. ¿Compartís esa impresión?
–Por regla, me gusta pensar que el original siempre es más
que el texto traducido, aunque admito que, a veces, uno tiene sorpresas.
“Otra vuelta de tuerca” resulta más redondo que
“The turn of the screw”: José Bianco entendió
tan bien a Henry James que terminó por mejorar su idea. Pero
eso ocurre con cuentagotas. Bianco nunca dijo que su título
es mejor que el de James. Yo jamás diría que ningún
poema que yo haya traducido es mejor que el original.
Sí, conservo la impresión de que mis traducciones
no están logradas. Pero lo mismo me pasa con mis poemas y
con tantas otras cosas, así que termino por sacarme el asunto
de la cabeza y seguir para adelante.
–¿Cómo interviene la tradición en
la traducción? ¿Es la tradición de las traducciones
anteriores? ¿O la tradición literaria de las lenguas
entre las que opera la traducción?
–Nunca me lo plantée. Sé que mi castellano
proviene de lo que leí en castellano y en el castellano de
las traducciones, que no son la misma cosa. Y sé que algo
de las lenguas extranjeras se termina filtrando en la propia, incluso
a sabiendas.
–Traducir a poetas que a su vez son traductores, ¿facilita
tu trabajo?
–Sólo cuando les puedo consultar directamente.
–Traducir, de modo sistemático, a poetas franceses
e irlandeses, como es tu caso, debe ser como moverse entre dos mundos
diferentes. ¿Cuáles serían los nexos entre
ambos?
–Me gustaría pensar que el nexo entre esos dos mundos
tan diferentes soy yo. Pero la sistematicidad aludida depende muchas
veces del azar. Un libro trae a otro y, de repente, uno está
instalado en un lugar que no se piensa como tal, aunque los demás
así lo vean. También traduje a poetas ingleses, a
estadounidenses y a brasileños, pero con un perfil más
bajo, publicándolos en revistas. Es curioso que no se haya
percibido.
–Quería decir que, en el caso de los franceses
y los irlandeses, hiciste abordajes de conjunto de una literatura,
en un período determinado.
–Porque me pareció necesario. En el primer caso –y
ya lo adelanté más arriba– porque durante muchos
años no se tradujo prácticamente nada, lo cual había
llevado a equívocos importantes. Uno de ellos: muchos lectores
creían que el surrealismo seguía siendo el movimiento
más importante de la poesía francesa cuando, de hecho,
estaba debidamente enterrado. Me ocupé entonces de investigar
qué había pasado desde ese momento hasta la actualidad,
revisando entretanto la obra de algunos precursores, relegados por
no haber sido parte del surrealismo.
En el caso de los irlandeses, tuve indicios previos de que había
ahí un gran número de escritores de primer nivel,
indebidamente ocultos detrás de la poesía inglesa.
Haciendo el trabajo de espigarlos aparecieron otros y, con ellos,
una de las poesías más deslumbrantes de Occidente.
Si se exceptúa el odio histórico contra los ingleses,
nada vincula a los franceses con los irlandeses, dos pueblos cuyo
pensamiento y tradición se ubican en las antípodas.
El nexo, entonces, es trivial: mi propio interés por unos
y otros.
|