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Traducir un poema
por Circe Maia
Pensamos que este tema se encuentra en íntima relación
con el que plantea la función de la poesía, pues esta
o estas funciones dependerán de su naturaleza y no hay nada
que haga más patente la especificidad del lenguaje poético
que el esfuerzo de traducir un poema a otra lengua.
La primera necesidad es la de clarificar conceptos; la misma palabra
“traducción” es engañosa, al suponer la
idea de trasladar algo de un lado para otro, algo que sería
el poema mismo de un idioma a otro y naturalmente esto no tiene
sentido. Hace mucho que sabemos que el sentido de un poema no es
independiente de su expresión sonora y rítmica, y
cada idioma posee un sistema propio, tanto de significados como
de significantes.
Con exactitud, no significan lo mismo las palabras en uno y otro
idioma puesto que las constelaciones semánticas son diferentes
y son ellas las que dan realidad a los términos de cada lengua.
¿Qué puede querer decir entonces: “traducir
un poema”? Se puede adoptar varios criterios. El propio traductor
puede empezar convencido ya de antemano de la imposibilidad de su
tarea y aceptar, como Heine y como Eliot, que lo “esencial”
va a quedar sin traslado posible. En cierto sentido, claro, tiene
razón, no sólo lo esencial sino también lo
accidental: nada se traslada realmente. El poema traducido va a
entrar inmediatamente en conexión con su propio entorno de
sonidos y sentidos, es decir, los propios de la lengua en que está
ahora escrito. La cuestión se vuelve de palabras: ¿lo
seguiremos llamando el mismo poema? Naturalmente, no es lo mismo,
pero ¿no procede acaso del otro? Sí, efectivamente,
procede del otro; el original es su fuente, su modelo, el punto
al que vuelven permanentemente las miradas del traductor, a cada
paso, mientras está haciendo la traducción. Y del
lector también, en cuanto puede ponerse en contacto con el
original, y, por poco que conozca de la otra lengua ¡ya va
a encontrar los defectos de la traducción! Otra vez el prejuicio
de buscar lo que no se puede encontrar, o sea, una equivalencia
absoluta.
Pero también hay prejuicio en la posición opuesta:
la de considerar los universos culturales tan autárquicos,
tan autocentrados que toda conexión entre ellos sería
en el fondo ilusoria. Un pesimismo total coloca aquí la tarea
del traductor “bajo el signo de Judas”, como dice el
escritor y traductor brasileño José Paulo Paes, recordando
el conocido “traduttore tradittore”.
El mismo autor citado, Paes, busca comparaciones con lo que ocurre
nada menos que en las ciencias llamadas exactas.
Tanto en matemáticas como en física se habla de equivalencias
sin que se trate jamás de identidades. Un rayo de luz no
sigue idéntico a sí mismo al pasar a un medio de diferente
densidad, del aire al agua, por ejemplo. Todos conocemos el fenómeno
de la refracción de la luz. También una expresión
lingüística se “refracta” al pasar de un
idioma a otro, cambia de orientación, su dirección
es diferente, pero es una prolongación de la anterior.
Las traducciones “prolongan” entonces, la resonancia
de un poema, no llevándolo en alma y cuerpo a otra lengua,
cosa imposible, sino sirviendo de modelo originario a una tarea
creativa que no es desdeñable.
Otro punto que querría tratar es sobre las afirmaciones del
gran lingüista Roman Jakobson a propósito del lenguaje
poético y del literario en general. En este último,
el material de la comunicación –el significante–
pasa a primer plano: la literatura no trata más que de ella
misma, sus textos existen por referencia a otros textos y no por
un referente externo. Muchos escritores, franceses e italianos sobre
todo, han participado con entusiasmo de esta posición. Las
palabras no son un vidrio para mirar a través de ellas, sino
que ellas mismas, las palabras, constituyen el ser mismo de la poesía.
Esta es, por lo tanto, “autoreferente”.
Desde varias tiendas se proclama “la muerte del autor”,
en el sentido de que no debe interesar para nada lo que él
quiso expresar, por ejemplo.
Como enfoque metodológico, para un estudioso, para un crítico,
el centrarse exclusivamente en la intertextualidad es un enfoque
posible y aun deseable en ciertos casos.
Para el escritor, en cambio, ¿qué sentido tiene esta
posición? Él no puede sentirse sumergido sólo
en problemas lingüísticos. Lo que él crea surge
de experiencias ajenas que aparecen como “lo otro” frente
a la palabra y es de esta tensión que surge el poema.
El poeta está siempre, al crear, como enfrentándose
con algo que no es palabra y que se le resiste. Aquí hay
un problema de “traducción primaria”, podríamos
decir. La otra, “la secundaria”, también obra
de modo parecido, por estar el poema original dentro de un sistema
lingüístico diferente, también aparece, para
el traductor, la sensación de estar luchando contra algo
que se le resiste, que le es “ajeno” y a lo que debe
volver sus ojos a cada momento.
También el que crea vuelve una vez y otra vez sobre lo escrito,
tacha y corrige porque lo que ha escrito no expresa todavía
“eso otro” que se trata de “domesticar”
hacia el campo lingüístico, pero que continúa
muchas veces punzando, latiendo, inexpresado. El poema final es
el resultado de una batalla que queda muchas veces indecisa.
Lo central sigue siendo el problema de la comunicación. Su
transparencia significa su cualidad de puente, de permitir el paso,
el acceso. Claro que la transparencia no tiene por qué ser
la de un contenido conceptual; en algunos poemas de Trilce,
por ejemplo, Vallejo parece cerrar las puertas de la comprensión
intelectual pero abrir las de una intensa comunicación afectiva.
Nadie lee un poema, por más que disfrute de rimas y sonidos
sin que de alguna manera sienta que esas cualidades formales le
permiten acceder a algo que no son ellas mismas.
Es cierto que se puede decir que el efecto poético es un
“efecto de diferencia” pero ese efecto desaparecería
si no estuviera sostenido por la comprensión común
de los términos. La nueva organización de las expresiones
lingüísticas, al crear ciertos factores de verticalidad
en el poema, a diferencia de la prosa, que marcha horizontalmente,
hace aparecer el nuevo significado sobre el “fondo”
del lenguaje común; no se independiza de él.
No hay una vuelta, un “enroscamiento” del significado
sobre sí mismo. Esto no es posible.
Queremos, entonces, que se deje a la poesía su carácter
de ser comunicación, puente, puerta de acceso a la experiencia
humana, aunque estas expresiones sean naturalmente metáforas.
De cualquier manera la metáfora misma es una especie de choque
de un metal sobre otro –lo real por un lado, lo lingüístico
por el otro– choque del que salta, a veces, esa chispa que
llamamos poesía.
Quisiera, para terminar, contagiar a mi auditorio del entusiasmo
que se ha apoderado de mí al traducir poesía neohelénica
a nuestra lengua. Los grandes nombres contemporáneos de Kavafis,
Seferis, Elytis y Ritsos son ejemplo de una poesía universal,
escrita en una lengua parecida a la nuestra, aunque no lo parezca
a primera vista.
No sólo los sonidos, los fonemas de la lengua griega son
similares a los del castellano –con vocales claras, no cerradas
ni guturales y con consonantes no explosivas; además, el
ritmo de la frase, el fraseo silábico, es parecido al de
nuestra lengua.
Llevando más lejos todavía la comparación,
podemos notar la semejanza de los esquemas mentales, las maneras
de preguntar, los usos metafóricos, los diminutivos.
No sentimos que llegamos a un lugar exótico, por la diferencia
de los signos gráficos, sino que se enriquece nuestro acervo
de poesía en lengua castellana cuando se logra como poema
en nuestra lengua la obra de los autores mencionados.
(Fragmento de una conferencia inédita dictada
en la Universidad de Lima, Perú, en 1994).
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