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Juana Bignozzi
UNAS PALABRAS FUERA DEL RUIDO
Juana Bignozzi (Buenos Aires, 1937) publicó los libros de
poesía Los límites (1960), Tierra de
nadie (1962), Mujer de cierto orden (1967), Regreso
a la patria (1989), Interior con poeta (1994), Partida
de las grandes líneas (1996), La ley tu ley
(obra reunida, 2000), Quién hubiera sido pintada
(2001) y Antología personal (2009). Entre 1974 y
2004 vivió en Barcelona. En esta entrevista se refiere a
su próximo libro, Si alguien tiene que ser después,
que publicará este año Adriana Hidalgo Editora. También
prepara la edición de La escalera de Aracoeli, y
una recopilación de sus poemas sobre pintura.
Por Osvaldo Aguirre
Hace unos años, en otra entrevista, hablabas de “mirar
el mundo con los ojos de la edad”. Esa idea está en
acción en los poemas de Si alguien tiene que ser después,
ya a partir del primer poema, en que se habla de la vejez. ¿De
qué época son estos poemas?
Los últimos tendrán dos meses y los primeros unos
ocho años. Son los que fui acumulando, dentro de lo que puede
servir en la temática del libro, porque por eso tengo otros
dos libros terminados. Es todo un recorrido. Algunos poemas los
escribí estando todavía en Barcelona. Los poemas de
mi madre son los más antiguos. Creo que se nota bastante
en el libro, porque cambia la temática, ya hablo desde otro
lugar; en la última parte ya hablo desde Buenos Aires, desde
mi casa en Buenos Aires.
¿Cómo armaste este libro?
Se fue dando con los poemas. Por eso tengo muchos poemas descartados
de este libro, que me interesan como poemas y los voy a publicar
en otra parte, también este año. Yo creo que es como
se dice de los fuegos artificiales en España, la traca final,
¿viste cuando se cierran los fuegos artificiales? Si
alguien tiene que ser después, que va a publicar Adriana
Hidalgo, tenía una primera parte que era La escalera
de Aracoeli, pero es un libro de otra época. Quedaba
como un rejunte. Como en Eloísa Cartonera me piden poemas
y a mí no me gusta quedar como una diva y decir que no siempre,
se los voy a dar. Son unos poemas que yo quiero mucho, esos poemas
tipo cultos que amo. Y en Mansalva van a salir los poemas de pintura.
En Si alguien... junté los poemas que formaban una
unidad, no los que me gustaban, no los que yo decía “es
un buen poema”, pero en el libro quedaba descolgado. La primera
parte es muy coherente porque son los poemas de la edad, después
está la parte de mi madre, que también es muy coherente
y los otros se armaron un poco por temática, por escenario,
por sentimientos. Por eso la última parte, que es la más
nueva, tiene mucha unidad actual.
En Mujer de cierto orden se configuró un personaje
literario que continuó en los libros posteriores. ¿Si
alguien tiene que ser después se inscribe en la historia
del personaje?
No, creo que desgraciadamente no. Este libro soy más yo.
En este libro hablo además de sentimientos que en otra época
de mi vida no me parecían prestigiosos.
¿Por ejemplo?
Nostalgia, o soledad, o tristeza. En Mujer de cierto orden
la soledad es la soledad literaria de una chica que se dedica a
la poesía. Sin ser demasiado autobiográfico, aunque
lo es, en este libro hay sentimientos directos míos, hay
una nueva etapa de mi vida, una nueva edad. Es otra posición
mía como poeta, no otra posición ante la vida. Yo
como poeta aquí hablo con más libertad. Será
un privilegio de la vejez. Si quiero decir algo no pienso “pero,
¿esto quedará bien?, ¿esto será literario?”,
ya no tengo miedo. Ese pensamiento lo he eliminado de mí,
o se eliminó solo. He tenido la suerte, con la edad, de ir
siendo más libre. A medida que fui cumpliendo años
fui siendo más libre, fui escribiendo no como escribía,
como si tuviera delante fotos de los jueces. Escribí durante
años con esa idea: “Qué va a decir Fulanito,
que va a decir el otro”. Eso por suerte lo he ido perdiendo.
Entonces escribo desde esa libertad. Ahora el juez de lo que hago
soy yo.
El primer poema del libro dice: “una mujer que ha entrado
en la vejez/ vuelve a sentir vuelve a recibir el ramalazo del viento
en la alta noche”. ¿Qué es lo que retorna en
la vejez?
Ese es un poema de muchos años, porque ahí digo “una
mujer que ha entrado en la vejez,” y ahora soy una señora
vieja. Lo que quiero decir es que no he renunciado a demasiadas
cosas por la edad. Aunque no lo viva como esa chica que fui, sigo
con mi vida, todavía hago lo que me gusta. Todavía
la edad no me ha marcado en el cambio de costumbres. Bueno, algo
me ha marcado, en el sentido de que a veces estoy un poco enojada.
Pero puedo seguir haciendo la vida que me gusta. Otra vez vuelvo
a la madrugada como volvía de jovencita, otra vez vivo eso
mismo. Pero ahora lo digo como antes lo ocultaba. Y es verdad: ahora
puedo decir “volví a las seis de la mañana,
no volví”. Tengo la libertad que da el tiempo. Normalmente
escribo y descarto, tengo como la costumbre de escribir. Antes escribía
y al leer sabía si me gustaba o no. Ahora, con la edad, me
doy cuenta que cuando escribo ya voy teniendo un juicio. Tengo el
mecanismo de tomar notas, de escribir. Toda la vida traduje con
un anotador al lado de la máquina de escribir, primero, y
de la computadora después, y mientras traducía pensaba
algo y lo anotaba. Sigo teniendo ese mecanismo.
A propósito de la juventud hay una especie de reconocimiento
y distanciamiento a la vez con esa etapa de la vida.
Sí. Lamento ser autorreferencial pero estamos hablando de
este libro. En un poema digo “ya no sé quién
es esa muchacha”. Ya no lo conozco, ya no sé quién
es. En la misma medida en que jamás podré volver a
escribir como ella, jamás volveré a sentir lo que
ella sentía, en la misma medida es una desconocida para mí.
¿Leés lo que aquella muchacha escribía?
No, trato de que no, no, no (risas).
¿Por qué?
Por un lado porque me da vergüenza haber dicho ciertas cosas
de joven, que por suerte las dije cuando era joven. Y después
porque no quiero sufrir nostalgia. Ya sufrí durante décadas
la nostalgia por mí país. No quiero sufrir nostalgia
por ninguna otra cosa. No quiero que aparezca un pensamiento de
decir “ah, fui joven”. Sí, fui joven, fui señora
madura y ahora soy una anciana. Listo, no quiero vivir fuera de
los tiempos.
¿El regreso a Buenos Aires incidió en la escritura
de estos poemas?
Muchísimo. Aquí hablo de mi casa en Congreso, de que
de dos a cinco de la mañana no duermo, son todos poemas de
Buenos Aires. En el regreso a Buenos Aires me enfrenté a
un problema muy serio. Me había pasado 30 años añorando
Buenos Aires, entonces no podía suplantar esa nostalgia por
la nostalgia de Europa. Cuando empecé a escribir en Buenos
Aires yo acechaba mucho ese sentimiento. Ya conseguí aquello
de lo que tenía nostalgia, pensaba, ahora no puedo tener
más nostalgia. Y eso sí influyó e influye en
lo que escribo.
¿Cómo decidiste el regreso?
Siempre quisimos volver con Hugo (Mariani). No teníamos medios
económicos porque los dos trabajamos en editoriales. Y acá
con eso es muy difícil mantenerse. Cuando pudimos arreglar
nuestra situación nos vinimos. Los últimos quince
años antes de volver vine todos los años a Buenos
Aires, a veces más de un vez al año, cada ocho meses.
Yo quise volver desde el día en que llegué a Barcelona.
Logramos hacerlo, finalmente.
Además de Buenos Aires en los poemas aparecen también
Florencia y los viajes.
Esa es la Europa que yo me puedo permitir añorar. No vivir
en Europa. Yo iba todos los años a Florencia, estudié
en Italia, estudié en París. Esa Europa del viaje
permanente es una Europa que primero me formó, es decir,
yo me fui con una cultura y volví con otra. Eso lo debo bastante
a Europa, eso sí que forma parte de mí y lo recuerdo
con alegría. A veces cuando he tenido algún momento
de decir “oh Florencia”, bueno, pensé que yo
pude ir durante décadas todos los años a Florencia.
No hay nada que lamentar, no hay nada por lo que sentir tristeza.
En ese sentido siempre estuve bastante en paz con mi vida. Será
que como soy hija única yo soy soberbia y todo ese tipo de
cosas, pero siempre sentí que hacía lo que quería.
No he tenido etapas donde yo no estuviera reconciliada conmigo misma.
Y eso en la poesía se ve.
“Yo tengo algunas miserias que resolver con la voz poética”,
dice un poema. ¿Cómo va eso?
Ya abandoné esa lucha. Ah, sí. Me han ganado. La miseria
poética del ambiente en algunos aspectos me ha ganado. Yo
tengo algo de cruzada, salgo por ahí a sostener guerras.
Como mi ambiente es el ambiente poético sostengo ahí
las guerras. Ya lo tengo más en claro. Estoy más prescindente.
Siempre me he jactado de pertenecer al gremio, de participar en
la vida del gremio, conozco a todo el mundo y voy a todos lados.
Pero ahora estoy un poco más tranquila. Creo que algunos
estamos en distintos lugares. Hay cosas que me interesan en lo que
escucho, otras que me parece que son un momento de superficialidad
que después pasa, como en todas las generaciones. En los
60 había diez poetas en cada esquina, así que eso
no es ningún problema. Hay algún discurso de la poesía
que me interesa, que no es el objetivismo. El otro día leí
que alguien decía que soy como una figura del objetivismo,
y eso me puso muy nerviosa. Yo no me considero una objetivista.
Creo que lo que escribo tiene demasiada pasión para el objetivismo.
Hay poéticas que me interesan y las leo. Y hay otras de gente
muy joven, joven de no tener ni 30 años, ante las que tengo
como una esperanza, aunque me parezcan muy juveniles. Pienso que
ahí alguien va a escribir. Eso lo leo con mucha atención,
porque me mandan libros o voy y escucho leer. Hay también
cosas que rápidamente te decepcionan. Por ejemplo gente joven
ante la que decís “que bien esto” y la escuchás
de nuevo tres o cuatro años después y ya se fue por
otro lado. Pero eso pasa en todas las generaciones. Incluso creo
que aprendo algunos trucos de los poetas jóvenes, leo a Gambarotta
o a Rubio y me da la impresión de que con ellos aprendo cosas
y estoy actualizada.
En “De 2 a 5 de la mañana no duermo” decís
que tal vez en medio del silencio haya alguien que “estará
escribiendo la gran poesía de mi ciudad”. ¿Te
imaginás un poeta en particular?
No, ahí sí que me imagino a mí misma escribiendo
a los 20 años. Alguien que todavía no conoce el mundo
literario, apenas si está entrando en ese mundo, puede estar
escribiendo algo que va a quedar, eso sí lo pienso.
En otro poema, a propósito de los comentarios sobre
tu obra, hablás de “una poesía que mantiene
el desconcierto”. Y decís que se escribe para un fantasma.
Eso me duele, ves. Sí, escribís para alguien que a
lo mejor no conocés muy bien, pero que nadie conoce. La única
persona que tiene alguna familiaridad con ese fantasma es el poeta
que escribe. Yo creo que hay un fantasma al que los poetas le deben,
están atados y además es su compañía.
Por eso el poema termina como termina: “sola con él
cruzaré esa última plaza vacía”. Se escribe
para un fantasma que uno conoce en distinta medida, pero que los
demás no conocen.
Pensaba que tenía que ver con la figura de la madre,
muy presente.
No. Con mi mamá también tengo las cuentas hechas,
así que estamos tranquilas las dos. El fantasma es el fantasma
que acompaña al poeta, o sea la poesía. Eso para lo
cual uno escribe y que nunca termina de saber muy bien.
¿Y el desconcierto en poesía a qué refiere?
Tiene que ver con lo que vos recordabas de mirar las cosas con los
ojos de la edad. Yo quiero seguir mirando el mundo. No lo he visto
todo. Me sigo asombrando de cosas que después pueden resultarme
absolutamente tontas. Pero ciertas conductas, ciertas actitudes,
cierta gente, me siguen provocando asombro, e indignación
a veces. No he perdido esa mirada.
El título del libro plantea una incertidumbre que queda
en suspenso.
Sí, y además tiene algo de testamento. En el último
poema, donde digo “si alguien va a tomar la llama, la palabra,
después de mi certeza otra certeza”, es eso: si alguien
tiene que ser después, yo la palabra que me tocaba a mí
ya la dije, ahora es el momento de que alguien continúe,
espero que alguien tome el relevo.
En un poema anterior se habla de “escribir unas palabras
fuera del ruido” y después “para que alguien
recupere una ausencia, una ciudad una calle/ en la que pueda ser
eterno”. Parece referir también a esa cuestión
de la transmisión.
Sí, creo que todos tenemos un escenario donde somos eternos.
Cuando digo ruido digo tanto recital, es un poco una maldad, me
refiero el mundo social de la poesía. Hay que aislarse de
eso y alguien va a leer y se va a sentir acompañado y además
va a recuperar un escenario único. Creo que hay escenarios
únicos y eternos para cada persona.
La transmisión es entonces incierta. Y cuando comenzaste
a escribir, ¿tomaste la posta de otro poeta?
Eso es una cosa que me ha pesado siempre. A veces lo dicen de mi
poesía como un elogio y a mí me cae como una lápida.
Que es única, que en el 60 yo tengo una voz muy especial.
En ese sentido, no. Además la gente que me importaba era
un universo que no podía recrear. Por ejemplo González
Tuñón. Él ha sido una figura importantísima
en mi vida, pero no en mi poesía, porque su universo y su
lenguaje era algo que no tenía nada que ver conmigo. Yo no
lo podía recuperar. Siempre digo que era el universo y el
lenguaje de mi padre y de mis tíos, y de un hombre. No he
tenido la osadía de creer que retomaba la voz de alguien.
Considero que las grandes poetas dejan su voz y ya está.
Yo he leído durante años Ajmatova y me siento muy
identificada con muchas cosas de ella. Creo que no es retomarla,
son figuras que están terminadas en sí. Viste que
las poetas dicen ahora que escriben con la voz de la madre; con
esas cosas no tengo nada que ver. Siempre digo que a mi mamá
había que acallarla, no hablar en nombre de ella, por Dios,
hablaba todo el día. No tengo esa cuestión de retomar
una voz ancestral, no, yo no siento que haya retomado el discurso
de nadie. Por incapacidad, hubiera querido retomar el discurso de
Darío o de Verlaine, pero no soy ni Darío ni Verlaine,
y no he tomado una voz sino que he puesto esto que es mi voz, lo
que he podido y hasta ahí dio.
Leer poemas inéditos de Juana Bignozzi
aquí
(Actualización abril-mayo 2010/ BazarAmericano)
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