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El envejecimiento
de la Música Nueva
T. W. Adorno
Parece
paradoja el hablar del envejecimiento de la música nueva.
Pero en media de la alarmante situación en que se debate
el mundo, el síntoma de la falsa pacificación muestra
que es lo que tiene su esencia en la denuncia del acuerdo y su derecho
a la configuración de lo que encubre la superficie convencional
de la cotidianidad y que es lo que se ve condenado al silencio precisamente
por esa actividad cultural general a cuyo ramo pertenece, o amenaza
con pertenecer, la nueva música. A la taimada objeción
formulada por la reacción, en el sentido de que el escolasticismo
se ha deslizado dentro del arte moderno y gana en extensión
de manera creciente, solo puede oponerse la auto-reflexión
crítica, tal y coma subyace ya en el sentido del fenómeno.
Irreconciliable con su concepto es el tono de lo afirmativo, la
constatación de algo subsistente, aunque fuese el predilecto
Ser par antonomasia. Cuando la música, por vez primera, se
desconcertó y extravió sustancialmente en todo ello,
se convirtió en algo nuevo. El "shock" que esta
música produjo al publico en sus tiempos heroicos, como,
por ejemplo, en el estreno vienés de los Altenberg-Lieder
de Alban Berg o en el parisiense de la Consagración de
la primavera, de Stravinsky, no ha de ser achacado simplemente
-como quisiera la bien intencionada apología- a lo insólito
y sorprendente en cuanto tal, sino a algo que sobresalta y perturba
y al tiempo esta perturbado ello mismo. Quien combate a este elemento
y afirma que el arte nuevo es tan bello coma el tradicional, le
presta un flaco servicio; alaba en el precisamente lo que el menosprecia
mientras presta oídos, impertérrito, al propio impulso.
Con la expresión de "envejecimiento de la nueva música"
no queremos decir otra cosa sino que este impulso va disminuyendo
en ella. La música nueva entra en contradicción con
su idea y por ello pierde también su propia sustancialidad
estética y su temple. La "estabilización de la
música", el peligro de lo exento de peligro, perceptible
ya en época tan temprana como era el año 1927, se
ha agudizado más todavía tras de la ruina universal.
Pero en manera alguna se ha depurado el efervescente mosto, coma
sería el gusto de otro clisé en boga, en vino maduro
y mulso. No ha saltado a escena, por ejemplo, en lugar de los excesos
de algunos "tempestuosos e impulsivos" (Adorno se refiere
aquí, irónicamente, al movimiento romántico
alemán conocido por Sturm and Drang, esto es, Tempestad
y empuje), el producto válido, la obra maestra redonda. La
aspiración a ello pertenece al ámbito de aquel conformismo
contra el que se alzó la nueva música. Mientras que
los epígonos del modernismo, a quienes se encuentra hoy a
cada paso, olvidan lo que debía ser en rigor el conjunto,
desciende la calidad, la necesariedad de la estructura; ambas cosas,
esto es, el descenso de la tensión interna y la perdida de
la fuerza configuradora, se corresponden entre si y aun tienen la
misma raíz. Difícilmente querrá afirmar alguien
que, en cualesquiera de los posibles aspectos, la producción
musical de mediados del siglo en curso supera en algo al Pierrot
Lunaire, a Erwartung, al Wozzeck, a la lírica
de Webern o a los brotes tempranos de Stravinsky y de Bartok. Aún
cuando, en el ínterin, el material compositivo se ha visto
purificado de escorias, de restos regresivos inhomogéneos
del pasado, y aun cuando parece implantarse algo coma la posibilidad
de una frase nueva y severa, queda en pie la pregunta relativa a
si acaso tal purificación de todo lo que inside perturbadoramente
como invención súbita sirve incondicionalmente al
objeto, a la cosa en sí, y no, más bien, a una mentalidad
tecnocrática, en cuyos afanosos empeños por lograr
la consistencia se prefigura un elemento demasiado rotundo, violento
y enemigo del ante. En todo caso, aquellos logros y conquistas del
material apenas si han favorecido a la calidad de las obras que
los emplean. Es necesario rendir un crédito incorregible
al progreso linear, para no percibir cuan poco se ha progresado
desde los primeros anos veinte, cuanto se ha perdido, cuan dócil,
y en muchos aspectos también cuan pobre, se ha tornado entretanto
la mayor parte de la música. Todo el que guarde fidelidad
a la Nueva Música debería expresar esto sin reserva
alguna, en la esperanza de serle así más útil
y servicial que mediante la acomodación al espíritu
de la época, el reconocimiento y aceptación serviles
de lo que esta ahí, sin más.
Pero la música radical tampoco ha sido sustituida -como quieren
hacer creer algunas teorías generacionales a los contemporáneos
-por algo menos expuesto al peligro, no ha sabido reencontrar dichosamente
la tradición demolida por obra de la rebelión atonal.
Aceptar teóricamente esta posibilidad seria tan banal como
la practica de aquella música estabilizada que copia modelos
del ano de Maricastaña y los adorna con un puñado
de notas falsas esparcidas a voleo. Puede dudarse, desde luego,
si el olvido de Bach y el triunfo del estilo galante, hace cosa
de doscientos anos, fueron realmente la sana reacción y el
elemento positivo por los cuales les estima y registra de muchos
modos la historia de la música. Quien especule sobre la marcha
de la historia musical debería meditar muy mucho que, desde
luego, la nueva homofonía constituyó en la segunda
mitad del siglo XVIII el presupuesto previo de Haydn y de Mozart,
pero que, por otra parte, la pérdida de una tradición
viva de Bach acarreó muchos apuros e indigencia a los grandes
compositores vieneses, y es quizás culpable de las deficiencias
de su propio procedimiento composicional, deficiencias que recién
hoy día es posible reconocer. Con toda seguridad, empero,
aquella música -que constituye hoy la gran masa de la producción
y a la que se debería llamar, adicionalmente, música
de festividades musicales- no ha contribuido a dar expresión
a una experiencia primaria dotada de fresco ímpetu del modo
como acaeció, en todo caso, tras de la muerte de Bach. Antes
al contrario, se alimenta sustancialmente de lo encontrado por la
Nueva Música, al tiempo que lo dirige o lo ensucia, o lo
deslíe o lo da la vuelta. Permítase traer a colación
una drástica analogía extraída del campo de
la literatura. Refiérese a una obra cuyos orígenes
espirituales se hallan estrechamente emparentados con los de la
Nueva Música, a saber, Los últimos días
de la Humanidad, de Karl Kraus. Kraus se hallaba muy cerca
de Schönberg, y éste se refirió con frecuencia
a Kraus, en solidaridad plena de gratitud. La primera edición
de aquel drama contiene una portada que representa la ejecuciónn,
llevada a cabo por los austriacos, del diputado Battisti, condenado
a muerte por espía, con la espantosa fotografía de
un verdugo que ríe en el centro del grupo, divertido y feliz.
La ilustración ha sido eliminada de la segunda edición
del libro, tras de la Segunda Guerra Mundial, lo mismo que otra,
posiblemente más aterradora todavía. A través
de esto, que es algo meramente externo, hay algo en la obra misma
que se ha transformado, algo decisivo. Con menor acritud contradijo
también esta modificación a la Nueva Música.
Los sonidos son los mismos, pero el momento del terror, que acuno
sus grandes protofenómenos, ha sido reprimido. Quizás
se haya tornado el terror en la realidad tan aplastante que apenas
sea posible soportar su imagen sin velos; constatar el envejecimiento
de la Nueva Música no significa desconocer esta imagen o
tildarla de casual. Pero el arte que obedece inconscientemente a
esta represión y se hace así mismo un juego, porque
se ha tornado demasiado débil como para ser algo serio, renuncia
precisamente por ello a la verdad, que seria la única en
otorgarle un derecho a la existencia. Si cita la superioridad del
espíritu diáfano sobre las confusiones de la existencia
vil, no hace sino procurar una excusa y una escapatoria a la propia
mala conciencia. Hace un centenar de años habló Kierkegaard,
en su condición de teólogo, sobre el hecho de que
allí donde antaño bostezaba el abismo espantoso se
tiende ahora un puente ferroviario desde el cual los viajeros pueden
contemplar cómodamente la profundidad vertiginosa. No otra
cosa acaece en torno a la música. Incluso en el caso de que
el poder histórico que conduce a ello fuese tan desmesurado
que condenase a i fracaso previo a toda posible resistencia, queda
por desgarrar la ilusión de que tal arte seria precisamente
aquello por lo que el mismo se tiene a si propio y por lo que es
tornado en medio de una empresa experta en la cooperación
de todos y encaminada a ella.
A este respecto, no hay que pensar tan solo en los llamados epígonos
y seguidores, que siempre han existido y existirán. Los síntomas
alcanzan hasta las obras de los autores más dotados y más
exentos de compromiso de acuerdo con la mentalidad subjetiva. Fuera
de consideración quedan casos tales como los de Stravinsky
y Hindemith, que de modo más o menos declarado han abjurado
de cuanto lleno su juventud y nos fascinó un día en
su obra. Sus afanes restaurativos, al igual que los de algunos pintores
superrealistas conversos, se alejan radicalmente del concepto de
la Nueva Música, debido a razonamientos de orden filosófico-cultural,
y se abandonan a la engañosa imagen de una "música
perennis". Pero incluso Bela Bartok, a quien siempre fueron
ajenas tales inclinaciones, se distanció desde un cierto
momento en adelante de su propio pasado. En un coloquio en Nueva
York declaró una vez que un compositor como él, cuyas
raíces ahondaban en la música popular, no podía
prescindir a la larga de la tonalidad; frase sorprendente tratándose
de un Bartok, que supo resistir impertérrito, en cuanto persona,
todas las tentaciones de orden popular y nacional, que marchó
hacia el exilio y la miseria cuando el fascismo entenebreció
Europa. En realidad, sin embargo, sus obras tardías, como,
por ejemplo, al Concierto de violín, son propias de la música
tradicional; no, desde luego, repeticiones espasmódicamente
quebradas de algo caduco hace muchos años, pero sí
ciertamente prosecuciones casi candorosas de la línea brahmsiana;
obras maestras tardías, póstumas, cierto es, pero
domesticadas, en manera alguna manifestaciones de algo amenazadoramente
eruptivo, indomeñado. Su evolución tiene una extraña
fuerza de retrogradación. A su luz aparecen también
algunas de sus obras más radicales, como la Primera Sonata
de violín, mucho más inofensivas que su sonido y sus
acordes. Lo que pareció una vez incendio en la pradera se
revela como "czardas", y hasta las piezas para piano tituladas
"Al aire libre" suenan hoy como un Debussy agostado, una
especie de Stimmungskunst macerado y corroído; el
patrón celestial de Bartok es el Mazeppa de Liszt.
Incluso entre quienes capitanearon un día la Nueva Música,
más de uno no estuvo a la altura de su propio vanguardismo,
vivid espiritualmente, por así decirlo, por encima de su
situación. El candor del música profesional, que cuida
de su oficio sin participar verdaderamente del movimiento del espíritu
objetivo, tiene en ello su parte correspondiente de responsabilidad.
A través de los músicos modernos mismos cruza en muchos
modos el desgarrón abierto entre la sociedad y la nueva música.
Mientras que ellos lo toman sobre sí como una tarea inevitable,
llevados de un impulso interior irresistible, opónese en
ellos una vez más, contra este hecho, el gusto propio; su
experiencia musical no se halla libre del momento de la falta de
simultaneidad. Tan pronto como se ven afectados por lo no alcanzado
de la música pasada, capitulan, y muy en especial quienes
se abandonaron irreflexivamente a lo nuevo porque sabían
demasiado poco acerca de lo viejo.
El envejecimiento de la Nueva Música, por tanto, ha de ser
tornado como algo mucho más grave que la actitud de los renegados
o aquel tranquilizamiento que añora el ideal del clasicismo.
Señalar lo impotente del neoclasicismo es hoy día
cosa fácil ; de modo evidente, la juventud compositora dotada
de talento queda desconcertada ante él, debido a la debilidad,
palidez y monotonía de las obras tardías de la escuela.
Tanto más perentoria es, sin embargo, la cuestión
del estado actual de aquello que atrae hoy justamente a los descontentos
y a los que se desvían de lo establecido : el dodecafonismo.
Los propios escrúpulos de Schönberg protegen de los
malentendidos a quien no se regocije con la predilección
de que disfruta esta técnica -que es hoy, históricamente,
tan necesaria como antes lo fue- más que, por ejemplo, con
la popularidad de Kafka. Aquel procedimiento posee su derecho a
la existencia, pura y simplemente, en la exposición de contenidos
musicales complejos que no seria posible dominar de otro modo. Desligada
de ello, degenera en un sistema ilusorio. En realidad, debería
desconcertar el hecho de que la Nueva Música, y, sobre todo,
la aportación de Schönberg, aparezcan sustancialmente
bajo la etiqueta de dodecafonismo, y de este modo sean encasilladas
con presteza, al tiempo que, en realidad, una gran parte de su producción,
y quizá la parte cualitativamente decisiva de ella, es anterior
a esta técnica o independiente de ella. Schönberg mismo
se negó siempre, con plena consecuencia, a enseñar
lo que el último movimiento alcista falsifica en sistema.
Recuérdense, por ejemplo, las Cinco piezas para cuarteto
de cuerda, op. 5, de Anton Webern, que resultan hoy tan actuales
como en el primer día y que no han sido superadas aun técnicamente.
Estas piezas, que cuentan ya con cuarenta y cinco años de
edad, rompieron en su día con la tonalidad y sólo
conocen disonancias, como suele decirse ; pero no son dodecafónicas.
En torno a cada una de estas disonancias se tiende un escalofrío.
Todas ellas son sentidas y percibidas como algo monstruoso, y sólo
han sido introducidas por el autor con temor y temblor. Hasta la
trama de la factura es posible seguir el cuidado exquisito con el
que la trata el compositor. Con duda y titubeo se separa de cada
sonido, y retiene a cada uno hasta que sus valores de expresión
se hallan agotados. No se atreve a disponer de modo soberano sobre
ellos, y respeta, por así decirlo, el propio hallazgo. De
aquí, y por cierto no en último término, proviene
la fuerza inmarchitable de esta delicadeza. Desde luego, no es posible
conservar la fuerza del "por vez primera". Es preciso
desprenderse de ella, salir de ella, tan pronto como aquellos efectos
se han precipitado y consolidado. Pero todo depende de si tales
acordes se desenlazan verdaderamente de su propia individuación
y confluyen en grandes totalidades, en las que se afirman a sí
mismos, o si renuncian a su naturaleza propia, si son objeto de
manipulación cual si no significasen nada. En la nivelación
y neutralización del material se hace palpable el envejecimiento
de la Nueva Música, el carácter facultativo de un
radicalismo que ya no cuesta nada. Y no cuesta nada en un doble
sentido: ni espiritualmente, porque junto con el temor y la aversión
ante tales acordes y el goce en ellos han desaparecido también
su sustancia, su fuerza expresiva, su relación con el sujeto
; ni tampoco realmente, porque hoy día apenas si se irrita
nadie contra el dodecafonismo, que tiene acceso a todas las solemnidades
musicales. La técnica dodecafónica es tolerada como
una ocupación privada de un grupo de especialistas, que debe
de ser necesaria para la cultura de un modo no del todo claro, y
abandonada en manos de los expertos ; pero nadie es atacado personalmente,
nadie se reconoce reflejado en ello ni percibe una pretensión
vinculante de verdad. No se podría separar de la técnica
dodecafónica, como antitesis suya, aquella fuerza explosiva
de lo musicalmente individuado que pervive aún hoy día
en las obras tempranas de Webern. Dodecafonismo es la abrazadera
implacable que mantiene unido a lo que quisiera separarse con idéntica
fuerza expansiva. Si es aplicada sin contrastarla con tales fuerzas
contrarias, si es organizada allí donde no hay nada que se
oponga y nada que organizar, no hace sino desperdiciar el esfuerzo.
Pronuncia el veredicto sobre innumerables composiciones dodecafónicas
actuales el hecho de que, en ellas, eventos musicales relativamente
simples se encuentran en un contexto musical relativamente también,
para establecer el cual no hubiera sido necesaria la técnica
serial. Y se torna en lo que en matemáticas se denomina hiperdeterminación
de una ecuación, esto es, una falta.
Entre los intransigentes, empero, que quisieran superar en consecuencia
lógica al mismo Schönberg, yendo más allá
que el, se tropieza con una extraña mezcla de academicismo
y sectarismo. No resulta difícil descubrir momentos de carácter
tradicional en los grandes exponentes de la nueva música,
incluso en el mismo Schönberg, y sobre todo, aquellos de naturaleza
idiomático-musical, esto es, de los caracteres expresivos
y de la estructuración interna de la música, en contraposición
con el material musical totalmente trabajado y sobrearado. Tal cosa
se pone abiertamente de manifiesto en el fragmento de ópera
Moisés y Aaron, de Schönberg, estrenado hace
algunos años en Hamburgo, en forma de concierto. En la relación
con la escena, con el texto, con la expresión, en el ademán
general, sigue fielmente el tradicional tipo estilístico
del drama musical, pese a todas las innovaciones puramente musicales.
más también pueden encontrarse elementos similares
en la forma y procedimiento composicionales, en el sentido estricto
de la palabra, aplicados por Schönberg: la estructuración
temática, la exposición, la transición, la
prosecución, los campos de tensión y de relajación,
y cuanto puedan ser conceptos semejantes, apenas si se diferencian
incluso en sus obras más atrevidas de los módulos
tradicionales, por ejemplo, de los utilizados por Brahms. Desde
luego, apenas si es posible imaginarse una composición musical
de alto rango de otro modo que no sea una articulación, plena
de sentido hasta en lo más mínimo, de los medios musicales
aplicados. Pero los medios de los cuales se dispone hasta el día
de hoy han crecido y medrado todos en el suelo de la tonalidad.
Si. desde este suelo, son trasladados a un material sonoro no tonal,
resultan ciertos desajustes, una especie de ruptura entre la materia
musical y la configuración formal musical. El soberano dominio
compositorial de Schönberg fue capaz, todavía, de enseñorearse
de esta ruptura. Pero los antagonismos con los que se vio confrontado,
y que atormentan a los compositores más jóvenes, no
pueden ser olvidados en manera alguna. Porque todos aquellos caracteres
a los cuales se aferró él con notorio candor como
a los perfiles de la primera, y tonal, Sinfonía de cámara,
en el cuarto cuarteto de cuerda, ya dodecafónico
admiten, de acuerdo con su función, un desarraigo de su suelo
originario y una transposición sin más ni mas. El
concepto de la transposición, por ejemplo, presupone diversos
pianos armónicos del plan de modulación sin cumplir
una tarea armónica semejante, suele quedar desbaratado con
harta facilidad en mera reminiscencia formal. Incluso la categoría
básica y central del tema resulta difícil de retener
si, mediante el procedimiento dodecafónico, cada sonido es
determinado de inmediato y se torna temático de inmediato
también; en las composiciones dodecafónicas constituyen
temas, de muchos modos, los rudimentos de un estrato o escalón
anterior. Por otra parte, empero, se ha salvado en Schönberg
el sentido musical, la auténtica composición -en cuanto
que es alga más que una mera disposición ordenada
y sucesiva-, tan solo en virtud de aquellas categorías y
de otras semejantes, en medio de la técnica dodecafónica.
Su conservadurismo no es, a esta luz, producto de una falta de consecuencia
interna, sino precisamente de la preocupación de que la composición
musical pudiese caer victima de la configuración y estructuración
previa de los medios musicales. Sus seguidores más jóvenes
no hacen sino provocar un cortocircuito al querer resolver sin preocupación
alguna la antinomia que Schönberg tomó, y con razón,
muy en serio. Con toda intención olvidan el sentido musical
y su articulación, que ordenó titubear a Schönberg,
y creen que el aderezo y disposición de los sonidos es ya,
sin más, la composición, tan pronto como se ha apartado
de esta todo cuanto la hizo ser tal composición. Se detienen
en la negación abstracta y emprenden un jubiloso y vacío
viaje, en el cual, de la mano de figuras y grafías musicales
muy complicadas -cosa que es perfectamente comprensible-, no ocurre
en rigor absolutamente nada; esto puede permitirles asimismo apilar
despreocupadamente una partitura sobre otra.
La evolución se inicia ya con el discípulo de Schönberg,
Anton von Webern, cuyas obras tardías, excepcionalmente difícil
debido precisamente a su esquelética sencillez, aspiran a
eliminar la contradicción mediante una fusión de la
fuga y de la sonata. El último Webern quisiera enderezar
los medios idiomático-musicales tan totalmente de acuerdo
con la nueva materia, las series dodecafónicas, que en ocasiones
se acerca mucho a la renuncia a dichos medios idiomático-musicales,
y reduce a la música a los eventos desnudos en el material,
al destino de las series en cuanto tales, sin que por ello, desde
luego, sacrifique nunca plenamente el sentido musical. Hay una serie
de compositores actuales que prosiguen esta perspectiva. A su cabeza
se halla Pierre Boulez, discípuloo de Messiaen y de Leibowitz,
incuestionablemente un músico de preparación profunda
y minuciosa, excepcionalmente dotado, de altísimo nivel formal
y poseedor de una fuerza que se comunica aun allí donde el
músico niega toda subjetividad. El y sus partidarios se han
lanzado a la tarea de eliminar, junto con los restos del lenguaje
música tradicional, cualquier libertad composicional, tachándola
de arbitraria; de hecho, cualquier emoción del sujeto en
la música es al mismo tiempo una emoción del lenguaje
musical. Así, pues, se ha procurado, ante todo, incorporar
al ordenamiento estricto del procedimiento dodecafónico la
rítmica y, finalmente, sustituir la composición en
general mediante una disposición objetivo-calculadora de
intervalos, alturas de tono, longitudes, grados de intensidad, etc.
; una racionalización integral, tal y como nunca se había
intentado hasta ahora en la música. La arbitrariedad de aquella
normatividad, la mera apariencia de objetividad en un sistema decretado
y estricto, se hace patente ya en Ia inadecuación de ]as
reglas respecto a las relaciones estructurales del. decurso musical,
que no son capaces de eliminar. Lo meramente inventado está
siempre demasiado poco meditado. El fundamento es una idea estática
de la música: las correspondencias y equivalencias exactas
que ordena la racionalización total se basan en el presupuesto
previo de que lo igual en la música, que retorna siempre,
es también igual de hecho, algo así como en una representación
espacial esquemática. La grafía musical establecida
y fijada es objeto de intercambio con el acontecer que ella significa.
Pero mientras la música transcurra en general dentro del
tiempo, será, dinámicamente, de naturaleza tal, que
lo idéntico se convierte mediante el decurso en no idéntico,
así como, inversamente, lo no idéntico -por ejemplo,
una "reprise" abreviada- puede tornarse idéntico.
Lo que en la gran música tradicional se designa con el nombre
de arquitectura se basa precisamente en ello, y no en meras relaciones
geométricas de simetría. Los más poderosos
efectos formales de Beethoven dependen de que, al cabo, un elemento
que retorna una y otra vez, y que figuró inicialmente como
simple tema, se revela como resultado, y con ello toma un sentido
completamente distinto. Con frecuencia se establece mediante este
retorno. "a posteriori". la verdadera importancia y significación
de lo precedente. La introducción de una "reprise".
de una repetición, es capaz de provocar la sensación
de algo monstruoso que ha precedido a lo actual, aunque de ello
no hubo la menor traza en su momento. Los constructivistas puntillistas
no solo se privan a si mismos de tales posibilidades de una configuración
formal autentica, sino que desconocen el hecho de que las circunstancias
temporales se imponen en contra de su propia voluntad y otorgan
un valor local completamente distinto a lo que sobre el papel figura
como idéntico. El seguro equilibrio que ellos han calculado
sobre dicho papel no llega a realizarse. Su necesidad de seguridad,
supervalorizada, destruye la seguridad misma ; precisamente porque
el equilibrio de los elementos musicales resulta estáticamente
demasiado preciso, vese trastornado por la dinámica inmanente
de la música, y queda irremisiblemente perdido para aquello
que debería ser en realidad lo único importante :
el decurso musical actual.
Pero la pérdida de tensión no es un mero síntoma
de envejecimiento, sino que puede ser perseguido hasta las entrañas
de la nueva música si nos remontamos hasta los orígenes
de ésta; lo que podemos observar hoy arroja su sombra sobre
los tiempos heroicos. El Schönberg expresionista se hallaba
muy cerca del Blauer Reiter; "lieder"
de él mismo, así como de Berg y de Webern, fueron
publicados allí, y el manifiesto de Kandinsky "Sobre
lo espiritual en el arte" incluye también en sus principios
el impulso de la atonalidad. La música quería hacer
justicia finalmente a la afirmación kantiana de que nada
sensorial es elevado, y cuanto más se degradaba el mercado
en diversión pueril tanto más enfáticamente
insistía ella en su emancipación por medio de la espiritualización,
mas para ello tenía que pagar su precio, tal y como sospecho
Valéry para todo arte nuevo. En el envejecimiento de la nueva
música le es presentada a ésta la cuenta de gastos.
La emancipación de las categorías formales previamente
dadas y de las estructuras del material musical encerraba un presupuesto
previo, semejante a un aspecto de la pintura expresionista, en cuanto
que ésta basaba la espiritualización de su procedimiento
artístico en que cualesquiera valores cromáticos en
cuanto tales, esto es, cualesquiera elementos materiales, significan
algo ya de por si. Los sonidos superpuestos, jamás escuchados,
fueron presentados como portadores de la expresión. Y lo
eran, ciertamente, pero de modo mediato, no inmediato. Sus valores
particulares dependían en parte de su relación con
los sonidos tradicionales, a los que negaban y conservaban protectoramente
en el recuerdo de la negación, y en parte de su posición
en medio de la estructura composicional conjunta, que ellos contribuyeron
a transformar. más a causa de su novedad fueron adscritas
en un principio las cualidades expresivas a los fenómenos
sonoros aislados. Proviene de aquí una superstición
en los protoelementos sensoriales, que en verdad se deben a la historia
y cuyo sentido mismo es histórico. La actitud artística
radical apenas si se mantuvo nunca libre de aquella superstición,
y con harta facilidad paso a moverse en aquello que le resultaba
más aborrecible, a saber, la industria lucrativa del arte
; los sonidos azules y fríos, el rojo maligno no son, en
modo alguno, tan distintos de las nobles materias que constituyen
los paños al batik de las rítmicas muchachitas gimnásticas.
Empeños declaradamente artístico-lucrativos, como
el tendido en torno a la música de los matices, que hallaron
tantos seguidores hará cosa de treinta años, han destacado
muy pronto aquella cara del expresionismo, lo modernista frente
a la modernidad. más lo que hoy día acontece en nombre
de la música puntual y de la racionalización integral
esta demasiado emparentado con la música de matices y demás
lindezas por el estilo: chifladura por el material junto con ceguera
frente a lo que se forma con ello, resultante de la ficción
de que el material habla por si solo, una especie de simbolismo
embrutecido. Bien es verdad que el material habla, pero lo hace
en las constelaciones en las que lo instala la obra de arte; la
capacidad para realizar esto, y no la mera invención de sonidos
individuales, es lo que ha constituido la grandeza de Schönberg
desde el primer momento. La idea sobrevalorada del material, sin
embargo, idea que se aferra tenazmente a la vida, conduce a sacrificar
dicha capacidad, siempre que se disponga de ella, y a creer que
la preparación de materias primas musicales es una sola cosa
con la música. En medio de la racionalización se oculta
un algo malamente irracional, a saber, la confianza en la plenitud
de sentido de la materia abstracta, en la que el sujeto se ignora
a si mismo, y que recién le extrae su sentido. Queda deslumbrado
por la esperanza de que aquellas materias primas puedan raptarle
fuera del confín de la propia subjetividad. Cuando la Nueva
Música estaba en plena pujanza, supo señorear esta
ilusión mediante la fuerza de la creación y configuración
artística; hoy sucumbe a ella, y la impotencia para crear
se apronta como triunfo de esencialidad cósmica. Se está
más cerca de lo que se piensa, lo mismo que la literatura
restaurativa, del Jugendstil.
Al mismo tiempo, sin embargo, la expansión del material musical
ha llegado hasta un punto extremo. A la confianza depositada en
la elocuencia y sugestión de las materias iba unido siempre
un segundo elemento, a saber, el de encontrar estratos carentes
de intencionalidad, nieve recién caída, por así
decirlo, que libres todavía de las huellas del sujeto y de
la objetivación de su rastro en convenciones expresivas,
permitan una inmediatividad pura. más si se prescinde de
las subdivisiones bicromáticas del sistema sonoro, que no
han sido absorbidas de veras, en ningún momento, por el oído
de los compositores, ni siquiera de los más diferenciados,
y que suenan solo como un cromatismo progresivamente escindido,
contradiciendo de este modo, directamente, el afán de la
nueva música por la formación de grados adyacentes
autónomos, las posibilidades de creación de nuevos
sonidos dentro del campo de los dote semitonos de la escala temperada
quedan virtualmente agotadas. No es que hayan sido utilizadas ya
todas las posibles combinaciones sonoras, cuyas posibilidades matemáticas
son, desde la emancipación de los acordes de tritono, prácticamente
ilimitadas. Pero se trata de la calidad, no de la cantidad. Lo que
ha sido trasladado al papel y lo que no lo ha sido todavía,
de todas esas combinaciones, es meramente casual, el ámbito
está perfectamente deslindado y ningún sonido por
añadir transformaría en su conjunto el paisaje sonoro.
Quizá una transformación así seria sólo
posible en atención a limitaciones todavía vigentes.
Cuando el Wagner de la última época puso la pequeña
novena del tono fundamental por encima del acorde de séptima
disminuida, y Schönberg, en la Noche transfigurada
llevó al acorde de novena en tono mayor a la prohibida posición
de segunda, trasladose a tales acordes el potencial de lo que Webern
llamaba un mar de sonidos jamás escuchados, y hasta el cual
se aventuró luego Schönberg en su Erwartung.
Ningún sonido podría reivindicar hoy día para
sí, con tanta facilidad, el titulo de lo nunca escuchado.
Si un compositor insaciable se lanzase a la búsqueda de ello,
caería víctima de esa impotencia que se presenta siempre
que el material no se amplia más por obra de una coacción,
sino que es examinado minuciosamente, cual un almacén, en
busca de nuevos medios excitantes. El carácter facultativo
del radicalismo musical de hoy día, lo fácil de la
osadía, son consecuencia inmediata de que, al parecer, se
ha alcanzado el limite absoluto del ámbito sonoro histórico
de la música occidental; de que todo evento sonoro aislado
imaginable surte el efecto de estar ya previsto de antemano, planeado,
mientras que, hasta el día de hoy, no se agita un impulso
verdaderamente fuerte para hacer estallar al ámbito sonoro
mismo, ni tampoco se evidencia la capacidad para oír de modo
espontáneo fuera de dicho ámbito. Los empeños
en pro de una total racionalización, sin embargo, dependen
de aquel límite -y este es su límite propio, por otra
parte- en tanto en cuanto que todos ellos se miden con la idea de
un elemento abierto, infinito, al cual sería necesario dominar,
mientras que no existe ya ninguna frontera musical más. Por
ello mismo, aquellos esfuerzos tienen algo de inútil y de
espasmódico; se encaminan hacia un caos que no es ya tal.
Sería tiempo de lograr una concentración de la fuerza
compositorial en una dirección distinta; no hacia la mera
organización del material, sino hacia la composición
de una música verdaderamente coherente aún con el
material descalificado.
En la generación más joven, sin embargo, parece reaccionar
algo fuertemente frente a las tendencias a la racionalización
total. Dichas tendencias tropiezan con la alergia -tan extendida
hoy día- contra cualquier expresión, alergia que comparten
los iconoclastas exponentes de la llamada música "puntual"
con los adversarios restaurativos, como los interpretes históricos
de Bach o los partidarios colectivistas del Jugendbewegung.
Sin embargo, es errónea la equiparación de la expresión
con "romanticismo" o Jugendstil, que subyace
en ello y confiere a aquella repulsa la apariencia de lo vanguardista.
No es la expresión en cuanto tal lo que debería ser
exorcizada de la música, como elemento diabólico -de
otro modo, sólo quedaría el estampado de las formas
movidas sonoramente-, sino que el momento de lo transfigurador,
lo ideológico en la expresión se ha tornado raído
y deshilachado. Esto puede captarse en lo que no fue sustancial
en la configuración musical, en lo que sigue siendo ornato
y mero aspaviento. Lo que importaría es recuperar para la
expresión la densidad de la experiencia, tal y como se intento
ya en la fase expresionista, pero, en modo alguno, contentarse con
practicar el culto de la inhumanidad en lugar del culto aparente
de lo humano. Con ello, desde luego, se toca una de las causas antropológicas
decisivas para el envejecimiento de la nueva música, a saber
: que la juventud no se atreve ya a ser joven. El terror y el dolor
han crecido hasta su extremo, y no pueden ser dominados ya por el
psiquismo del individuo. Esto obliga a la represión, y es
esta a su vez, y no la positividad de un estado pretendidamente
más alto de pudor y dominio de si mismo, la que se alza tras
de la idiosincrasia contra la expresión, que es idéntica
con el dolor. Todo movimiento o impulso que no este captado de antemano
con esquemas colectivos previos debería servir de admonición
sobre aquello que no debe uno concederse a si mismo, y por eso mismo
se torna prohibido. La objetividad estética, que florece
sobre fundamentos tan vacilantes, es la suprema contradicción
de la obligatoriedad a la que usurpa. En las imágenes y formas
de las que se trata ha penetrado demasiado del estado de la conciencia
y el inconsciente actuales como para que sea posible apartarlas
a un lado afirmando sin más su irrelevancia. Precisamente
el contenido de dicho estado es la carencia de verdad. De ciertas
composiciones musicales de aquel tipo emana una sujeción
como la que es característica de todo lo que es en si plenamente
consecuente, aunque sea absurdo. Pero lo absurdo atrae. Estas piezas,
musicalmente hablando, carecen de sentido en estricta razón;
su lógica, su estructura y su contexto general se niega a
la consumación auditiva viva, base de cada compás
incluso en Schönberg. Si el concepto tradicional del sentido
musical estaba formado según la semejanza lingüística
de la música, y si las obras revolucionarias de la Nueva
Música se habían rebelado contra el en sus arrebatos,
con objeto de desembarazarse de la similitud con el lenguaje y realizar
objetivamente el concepto de música absoluta -concepto empleado
la mayoría de las veces de modo harto laxo-, incluso esos
arrebatos eruptivos eran momentos de un contexto general de sentido.
También lo carente de sentido puede tornarse pleno de sentido,
en cuanto contraste y negación de este, del mismo modo que,
en la música, lo carente de expresión es una figura
de la expresión. Pero nada tienen que ver con ello aquellos
empeños más recientes. Para ellos, la insensatez se
torna simplemente en programa, encubierto a veces por dogmas de
la filosofía existencial ; en lugar de intenciones subjetivas
se expresaría el Ser mismo. Pero tal música, debido
precisamente al proceso de abstracción del cual surge, es
cualquier cosa menos uno de los orígenes, y se halla supremamente
mediatizada desde los puntos de vista subjetivo e histórico.
Pero si no es la pura voz del Ser, ¿para que existe la música
purificada? El esquema de ordenamiento sustituye el "para que",
la organización de los medios se convierte en sustitutivo
de la desmentida finalidad. Mediante la disposición atomística
de los elementos se deshace el concepto de contexto musical coherente,
sin el cual no es posible hablar de música. El culto de la
consecuencia lógica desemboca en idolatría; el material
no es objeto de sucesiva configuración y articulación,
para servir a la intención artística, sino que su
acomodamiento se convierte en la única intención artística,
y la paleta se torna cuadro. De esta forma, la racionalización
se transforma, de modo ominosamente simbólico, en caos.
La afirmación de que mediante la racionalización del
material penetra la música en un nuevo estadio, a saber,
el estadio científico, es ingenua en demasía; en realidad,
es una de aquellas hipótesis auxiliares con las cuales los
artistas emprenden la tarea de justificar de modo intelectualista
lo por ellos iniciado. En la historia del espíritu la relación
entre arte y ciencia no es algo tan exento de tensiones como para
que, en el curso de una progresiva racionalización, aquel
se convierta en ésta y, en cierto modo, participe de su triunfo.
El arte, y todavía más la música, son el intento
de conservar la memoria e impulsar hacia adelante a aquellos escindidos
elementos de la verdad que dejaron la realidad en manos de la creciente
dominación de la naturaleza, de la cientifización
y tecnificación del mundo. Este intento no tolera las esferas
reservadas de lo inconsciente, ni cómodos puestos de observación
en medio del mundo electrificado. Lo que el arte proclama es -aunque
fuese como una negación determinada- un momento mismo del
decurso universal, que se halla sometido a la ley de la ilustración
del espíritu. No se haría sino perpetuar para siempre
la separación bárbaro-burguesa entre sentimiento y
razón, si se intentase aislar al arte de este proceso de
la ilustración y el esclarecimiento, como parque o reserva
natural de lo invariable humano y de la bien cuidada inmediatividad.
Los auténticos artistas de la época -Valéry
a la cabeza de todos- no se han limitado a obedecer a la tecnificación
de la obra de arte, sino que la han fomentado, y la evolución
general de la música moderna desde Ricardo Wagner hubiera
sido inimaginable sin la decidida absorción del elemento
técnico en el más amplio sentido. Pero por ello, e
incluso por medio de ciertos métodos aparentemente científicos,
como los que introdujeron en la pintura el impresionismo y el puntillismo,
no se ha convertido el arte en una ciencia o en una técnica.
La finalidad por la que se esfuerzan los elementos técnicos
no es la dominación real de la naturaleza, sino la elaboración
integral y transparente de un contexto general de sentido. Allí
donde esta transparencia no deja entrever nada, allí donde
no es un medio transmisor del contenido artístico, sino un
fin en sí, pierde su derecho a existir. Precisamente fue
Valéry quien destacó esto expresamente. La racionalidad
estética de los medios no alcanza su ideal matemático
ni domina tampoco la realidad, y no pasa de ser un mimetismo de
los procedimientos científicos, una especie de movimiento
reflejo ante el predominio de la ciencia, que destaca con tanto
mayor crudeza la diferencia entre ésta y el arte, cuanto
más impotente se muestre el arte frente al orden racional
de lo real. Arte científico, que no seria más que
científico, sería un "analogon" artesano,
aunque se comportase con toda rigidez. Necesariedad, pero también
legitimación de la construcción musical, van unidos
a lo por construir, a la composición, no al mero cumplimiento
de normas autoestatuidas y matematizantes, cuya caducidad resulta
demasiado fácil de demostrar. El sentido de la técnica
más allá de la esfera estética, de la esfera
de juego y apariencia, es el rendimiento, lo realizado, el efecto
ahorrador de trabajo. Como la obra de arte, hoy día como
siempre, toma como propio un recinto separado del de los contextos
prácticos de eficacia, no puede participar de este sentido
de la técnica, sino que tiene que realizar el suyo propio
aun allí donde toma parte en la técnica. Si se olvida
de ello se convierte en un mal tercero, estéticamente vacío
y realmente impotente: un obcecado trabajo manual de aficionado.
La desesperada esperanza del arte, a saber, la creencia en que podría
salvarse en medio del mundo desencantado mediante una pseudomorfosis
con la ciencia, se convierte en su ruina. Su ademán corresponde
a lo que se llama en psicología identificación con
el atacante. La conducta de la maquina sin rendimiento efectivo
no hace sino acentuar aquella inutilidad en medio de la utilidad
general, de la que procede la mala conciencia del arte y mucho de
lo que se presenta a si propio como superación del romanticismo.
La obra musical de Edgar Varèse da testimonio de como la
experiencia de un mundo tecnificado puede ser domeñada musicalmente
sin artesanía barata y sin la fe del carbonero en la cientifización
del arte. Varèse, que es ingeniero y sabe algo de la técnica,
ha aportado a la composición musical aspectos tecnológicos,
no para darle un infantil contenido científico, sino para
crear un espacio a la expresión de las tensiones del tipo
de las que ha perdido, precisamente, la envejecida Nueva Música.
Varèse aplica la técnica en efectos de pánico,
que superan la medida humana de los medios musicales.
Vana es la esperanza de que mediante manipulaciones matematizantes
llegue a estructurarse un puro "en sí" musical.
Se piensa que se siguen las leyes de la naturaleza, mientras que
los ordenamientos materiales, que adoptan una actitud cósmica,
son ellos mismos el producto de organizaciones humanas, solo por
obra de la escala temperada y de la paridad de octavas. Obcecadamente
se eleva algo hecho por el hombre a la categoría de protofenómeno,
y se lo adora, culminando el caso auténtico del fetichismo.
La mentalidad que se expresa en ello tiene algo de infantil, con
toda su pureza de intención. Es la pasión del vacío,
el síntoma quizá más grave del envejecimiento.
Escolásticamente se procede de acuerdo con reglas elaboradas
y alienadas, faltas de la tensión frente al sujeto sin la
cual existen tan poco el arte como la verdad. Si la Nueva Música
ha de llevar con toda certeza al lenguaje musical y al material
musical a la congruencia plena, tanto menos ha de ser buscada esta
congruencia en el hecho de eliminar sencillamente el lenguaje musical
y abandonar a sí mismo al descalificado resto sobrante, o
bien, en lugar de penetrar en el, recubrirlo con meros esquemas
de ordenamiento. Bueno será recordar en este punto aquella
etimología popular que traduce "radikal" por "ratzekahl"
(expresión popular para designar "todo", "íntegramente",
"por completo") La consecuencia lógica artística,
el cumplimiento de obligaciones, sin lo cual es imposible pensar
ni admitir seriedad estética alguna, no está ahí
por amor de sí mismo, sino para exponer lo que antaño
se denominaba la idea artística, y que en la música
podría designarse mejor como lo compuesto. más en
esta música no hay ya nada compuesto; esta música
regresa a la esfera de lo antemusical, del sonido pre-artístico.
Algunos de sus adeptos ensayan también, consecuentemente,
con la música concreta o con la generación de sonidos
electrónicos. Pero la música electrónica desmiente
hasta el día de hoy su propia idea por el mero hecho de que
pone a la disposición, si, el continuum de todos los timbres
teóricamente imaginables, pero en su practica, sin embargo
-de manera análoga a lo que acaece en el fenómeno,
tan conocido a través de la radio, del gusto musical de lata
de conservas, solo que mucho más extremadamente-, los timbres
nuevos se asemejan entre sí con evidente monotonía,
ya sea debido a su pureza, par así decirlo, química,
ya sea por el hecho de que cada sonido fue acuñado por medio
del instrumental conectado entre medias. La impresión que
causan en el oído es semejante a la que produciría
la música de Webern falseada en un órgano de Wurlitzer.
El impulso de nivelación y cuantificación parece más
poderoso en la música electrónica que el objetivo
de un desenfrenamiento cualitativo. Desde luego, falta saber si
acaso la limitación y la uniformidad de sentido de la evolución
técnica en la sociedad actual no resultan más responsables
de ello que la técnica misma.
No debe temerse a la objeción de que la critica, en todo
ello, se detiene arbitrariamente en Schönberg no pasa de él,
de Berg y de Webern y, en definitiva, se pone al servicio de la
reacción. También en los círculos de la Nueva
Música se sabotea la expresión de conocimientos, su
declaración abierta, señalando que no haría
sino favorecer a cualesquiera contrincantes. En secreto, este argumento
se asemeja al control de pensamiento ejercido en el seno de los
Estados totalitarios. No son peligrosas las ideas y opiniones que
pueden poner sobre el tapete los enemigos, sino la ciega apología
que robustece lo dudoso y cuestionable y, con ello, da verdaderamente
la razón a los enemigos. La formula del retorno a los anos
veinte, tras de la funesta interrupción por obra del Tercer
Reich, es incuestionablemente grotesca. Solo seria posible hablar
de retorno, por lo demás, si entretanto se hubiese avanzado.
Pero este avance fue también, en sustancia, un retroceso
y musicalmente se recibió hace una treintena de anos una
infinita herencia de tareas que quedaron sin realizar o sin resolver.
Por otra parte, las transformaciones geológicas que acontecen
desde entonces acá son de tal genero que nadie podría
sustraerse a ellas aunque se entregase afanosamente a la búsqueda
de un tiempo que transcurrió ya lleno de crisis y que, sin
embargo, era paradisíaco comparado con el que le había
de seguir; más el hecho de que la crítica no llegase
a comprender aquellos productos recientísimos de racionalidad
desatada no puede serle reprochado, porque ellos, de acuerdo con
el programa propio que les mueve, no quieren ser comprendidos, sino
tan solo demostrados. A la pregunta por la función de un
fenómeno cualquiera dentro del contexto general de sentido
de la composición se responde con derivaciones tomadas del
sistema mismo. Malo sería también el consuelo de que,
como antaño en el siglo XVII, los compositores venideros
incorporasen quizá aquel sentido a los medios musicales que
han de ser conquistador todavía. Hoy día no se comprende0
-tras de que material y obra se interpenetrasen una vez de modo
tan íntimo- que los medios artísticos sean elaborados
mentalmente de manera mecánica y sólo después
encuentren su determinación, por mucho que no sea posible
excluir "a priori" la posibilidad. Una idea semejante
fue perpetuada por aquella separación entre lenguaje musical
y materia musical, si no ya entre materia sonorosensorial y finalidad
estética, en cuya rectificación y enmienda se ha agotado
precisamente la Nueva Música. El material musical no se mueve,
en general, con independencia del contenido de la obra de arte;
de otro modo, se ha alcanzado ya la barbarie. No se debería
aplicar ya los conceptos de progreso y reacción en la música,
de manera automática, sólo al material, que ha sido
desde luego, durante un tiempo suficientemente largo ya, el portador
del progreso del sentido musical. El concepto de progreso pierde
su derecho allí donde el componer es convertido en montaje
manual de aficionado; donde el sujeto, cuya libertad constituye
la condición previa del arte avanzado, es expulsado; donde
se apodera del mando supremo una totalidad violenta, brutal y meramente
externa, no demasiado diferente de los sistemas políticos
totalitarios. La vinculación de una intransigencia técnico-especializada,
que elimina la necesidad de expresión, con un estado espiritual
que ni siquiera conoce ya esta necesidad, refleja en todo caso,
pasivamente, la fatalidad del decurso temporal al que cree oponerse.
Desde luego, no le llama por su nombre. Lo más alto que se
Ilega a realizar en ello son piezas que han sido extraídas
del en ocasiones muy desarroIlado conocimiento de lo que es hoy
técnicamente necesario. En ellas, cada compás da testimonio
de la opinión de que aspecto debe tener la música
que sea verdaderamente inmune contra cualesquiera posibles objeciones.
Se trata de piezas escolares, de paradigmas, que se miden con un
invisible canon de lo permitido y lo prohibido, y el control vigilante
que ciertamente necesitan es lo único que resta del componer.
Tal música suena cual si su origen fuese solamente el temor
a escribir una nota sobre la cual pudiese precipitarse algún
resto. Lógica musical se convierte en su propia caricatura,
insita ya en ella, desde luego, en un rígido entredicho,
y éste deja que todo lo demás languidezca y se atrofie.
Resignadamente, el oyente percibe en el primer compás que
ha sido entregado en manos de una maquina infernal, una maquina
que marcha despiadadamente hasta que se cumple el destino y el puede
respirar de nuevo.
De todos modos, la mayoría de los jóvenes compositores
dodecafónicos se comportan de modo harto menos exigente.
No familiarizados con las conquistas verdaderas de la escuela de
Schönberg y en posesión, simplemente, de las reglas
dodecafónicas, apócrifas en verdad sin aquellas conquistas,
contentase con la prestidigitación de la serie en cuanto
sustitutivo de la tonalidad, sin que en realidad lleguen nunca a
componer de veras. Con ello tocamos un tema extraordinariamente
paradójico, a saber, la desaparición de la tradición
dentro de la Nueva Música misma. Los innovadores -Schönberg,
Bartok, Stravinsky, Webern, Berg, incluso Hindemith- crecieron todos
ellos dentro de la música tradicional. Su lenguaje, su crítica,
su resistencia, cristalizaron en ella. Los seguidores no la poseen
ya dentro de sí como algo vivo, y en lugar de ello convierten
un ideal musical, en sí mismo crítico, en lo falsamente
positivo, sin evidenciar la espontaneidad y el esfuerzo riguroso
que ello exige. Apenas si es posible reprocharles por esto; la enseñanza
de la composición, sobre todo en los conservatorios y Escuelas
Superiores de música, se ha detenido en lo sustancial en
el nivel de la música tonal tradicional, y apenas si ofrece
al alumno módulos técnicos serios para el enjuiciamiento
de la Nueva Música. Por ello, en la búsqueda de una
autoridad, se atienen a los dechados más brillantes de lo
nuevo, elegidos a gusto y capricho y sin poder justipreciar en la
propia producción si acaso corresponden a las exigencias
e incitaciones internas de aquellos dechados o si imitan pura y
simplemente la fachada, confiando en medios que se han acreditado
como eficaces y que, precisamente por ello, no lo son ya en la mayor
parte de los casos. Mientras que muchos de los llamados músicos
profesionales no pudieron seguir el paso, y no pueden hoy transmitir
lo que sigue siendo extraño para ellos, la tradición
anterior, esto es, la música tonal, esta tan agujereada que
solo alcanza de modo insuficiente a los jóvenes músicos
de hoy. Razón para sospechar es que aquellos que no acaban
de dominar el nuevo material tampoco suelen conocer y dominar el
antiguo, no son capaces de escribir una melodía a cuatro
voces en el estilo de Palestrina, con absoluta corrección,
ni mucho menos armonizar una coral con pureza de estilo. Las virtudes
pedagógicas del academicismo se han perdido sin que se hayan
tras pasado los umbrales del reino de la libertad.
Tampoco sirve de gran ayuda la critica musical. Críticos
y compositores sólo se encuentran excepcionalmente en el
mismo piano. Menos capaces aún que los músicos instruidos
prácticamente en su oficio son los críticos, en su
inmensa mayoría, para justipreciar cualquier partitura nueva
y ambiciosa según su temperatura interna, su nivel formal
y su verdadera fuerza. En lugar de ello suelen suministrar sucedáneos
de diverso genero, tales como gusto o disgusto ocasionales, o bien
informaciones de corte periodístico. Todo lo posible e imaginable
sobre la impresión general causada por la obra, su historia,
su ubicación estilística; también su autor
es presentado de forma más o menos hábil, sin que
el crítico en realidad decida jamás, juzgue, como
lo pide su propio título, aunque su veredicto fuese recusable.
Algunos hacen de los límites de su propia capacidad de comprensión
un criterio enjuiciador, y denuncian todo cuanto se cierra a ella
tildándolo de intelectual, de abstracto, de música
de papel. Otros, que deben su formación menos a la practica
que a la historiografía musical, extraen de ésta sus
módulos de juicio y se contentan en parte con reminiscencias,
en parte con clisés de los movimientos de la Jugendmusik
y de la Volksmusik, con la norma de la comunidad por la
comunidad misma, mientras que la situación social actual
prohíbe toda música constatada colectivamente. En
otros, la ausencia de la comprensión penetrante del asunto
mismo se ve supercompensada: en efecto, con objeto de no omitir
el nacimiento de un nuevo genio alaban sin discriminación
alguna todo cuanto quizá pudiese significar algo. Todo esto
contribuye a la desorientación general y ayuda a elaborar
una especie de papilla o engrudo cultural musical. Se expande aquel
abominable ideal de lo moderadamente moderno, que recomienda hacia
ambos lados por igual soluciones de compromiso igualmente problemáticas
entre la tradición y lo nuevo. Los nuevos medios, despojados
de su sentido, son corrompidos, como incentivos rápidamente
embotados, mediante una incesante repetición. La obligación,
el compromiso de irrepetibilidad y unicidad de la creación,
impuesto a la composición musical por la emancipación
de la música del lenguaje formal previamente dado, apenas
si se siente hoy día. La mayoría de los compositores
que no se adhieren a lo puntillista se contentan con suministrar
sucesivos ejemplos de tipos musicales que fueron elaborados por
autores como Bartok, Stravinsky o Hindemith, sin llegar a ver que
estos tipos no definen ámbito alguno dentro del cual sea
posible moverse, y que lo único que importaría en
verdad sería la producción de nuevos tipos o, mejor
aún, de nuevos caracteres. Por otra parte, empero, los medios
tradicionales han sido sumidos hoy en el desorden por los nuevos
y dispersos medios. De este desorden se hace una virtud en un lenguaje
universal y vulgar, en el cual ocupan el primer puesto los efectos
cuasiliterarios, en especial una ironía tan carente de base
como barata. Seudo-intelectualismo y pericia político-cultural
desplazan la realización artística. La música
que adopta la "pose" de una tradición que ha dejado
de ser sustancial y no se halla presente ya técnicamente
no tiene ventaja alguna sobre los productos elaborados por los ingenieros
seriales. Lo único que ocurre es que esta música busca
su propia comodidad y la de sus partidarios.
Todas estas tendencias intraestéticas coinciden exactamente
con las de la sociedad conjunta y total, sin que la mediación
entre ambos campos sea transparente en todos los puntos. La sociedad
no influye sobre los artistas simplemente desde fuera, no solo los
controla, aunque ciertamente no falta tampoco esto, sino que destaca
asimismo a los individuos y las formas del espíritu objetivo,
que son las de su propia esencia o las de su desorden. Se piensa
que mediante la falta de subjetividad podría llegar a dominarse
aquella necesariedad objetiva, aquel carácter vinculante,
cuya destrucción ha de ser achacada a la preponderancia de
un elemento subjetivo que no se posee ya, cual si la objetividad
se consumase mediante una mera operación de sustracción,
la eliminación de lo accesorio, y no fuese otra cosa que
un residuo. Pero toda objetividad estética se halla mediatizada
por la fuerza del sujeto, que hace que un objeto o tema cualquiera
sean verdaderamente ellos. El objetivismo, que tan orgulloso se
muestra de su falta de orgullo, y que tan fácilmente se cree
superior desde el punto de vista moral, establece un premio sobre
la carencia de sus exponentes, mientras vive de la atractiva ideología
que afirma que sólo es preciso capitular ante existencia,
arrolladora en su poderío y carente de sentido, para participar
de un cosmos garantizado. Pero la superación de un inexistente
"sí mismo" es un camino demasiado cómodo,
y tal cosa puede reconocerse en lo que hace madurar el supuesto
ascetismo. Los síntomas del envejecimiento de la Nueva Música
son, socialmente, los de la atrofia de la libertad, los de la ruina
de la individualidad, que los inermes y desintegrados individuos
constatan por sí mismos, suscriben y repiten. En ello se
asemejan los radicales -que se confían a lo que ellos consideran
erróneamente como pura autonomía normativa del material,
y que se borran a si mismos con todo entusiasmo-, fatalmente, a
aquellos otros que se agazapan entre los escombros de una tradición
ya caduca o fingen una situación artística constatada
supraindividualmente, que, sin embargo, corresponde simplemente
al ideal de los individuos debilitados y atemorizados. Nadie se
atreve ya, todos buscan una cobertura. Las brutales medidas adoptadas
por los Estados totalitarios de ambos campos, que dirigen a la música
y amenazan toda desviación como decadente y subversiva, no
hacen sino testimoniar de modo evidente lo que menos abiertamente
acontece también en los países no totalitarios, más
aún, en el interior mismo del arte, como de la mayor parte
de los hombres. Nada sería más insensato que moralizar,
a la vista de tan profundo daño. El hecho primitivo no puede
ser callado: la alineación, el extrañamiento entre
música y publico se vuelve hoy día de tal manera contra
la música misma que la existencia material de los artistas
consecuentes queda gravemente amenazada. En efecto, se ven obligados
a realizar actos de adaptación, que ante la profunda necesidad
de aquella alienación, precisamente, tienen que resultar
forzosamente impotentes y falsos. La existencia externa de Webern
y de Berg fue ya harto precaria. Los dos maestros solo pudieron
sostenerse gracias al atraso económico de su patria, en cierto
aspecto un país pre-capitalista, que ofreció el refugio
de la madriguera a lo que no posee valor de cambio alguno. Berg
pasó los últimos años de su vida, cuando le
quedó suprimida la posibilidad de estrenar o hacer interpretar
sus obras en Alemania, en condiciones de verdadera indigencia material.
Todo el que no quiera volatilizar cómodamente en historia
del espíritu al envejecimiento de la nueva música,
tendrá que pensarla juntamente con el dolor real del hombre,
cuyo espanto, como dice Theodor Haecker, consiste, y no en último
término, en que ni siquiera se permite a los hombres expresar
su propia situación. Hoy, artistas como Berg o Webern no
tendrían ni siquiera la posibilidad de invernar en un escondrijo.
Si hubiese hoy figuras como ellos, tendrían de someterse
y colaborar, adaptándose de cualquier modo al principio imperante,
o cuando menos colocarse a la cabeza de ligas y sectas fantásticas,
para convertirse, en su protesta contra la colectivización,
en botín de otra segunda, apenas menos dudosa que la primera.
El actual entumecimiento de las fuerzas musicales representa el
entumecimiento de toda iniciativa libre en el seno del mundo políticamente
dirigido, que no tolera nada que quede afuera, sin integrarlo cuando
menos como pieza del juego oposicional. Todo esto debe ser llevado
a la conciencia sin escrúpulos ni consideraciones de ningún
género, en pro de la posibilidad de algo mejor. Si ello ha
de servir de algo o no, es cuestión supremamente dudosa;
porque el suelo mismo de la música, como el de todo arte,
esto es, la posibilidad de tomar plenamente en serio lo estético,
está hondamente conmocionado. Tras de la catástrofe
europea la cultura sigue existiendo al igual que esas casas perdonadas
casualmente por las bombas o remendadas con insípida sobriedad.
Nadie cree ya en ello, el espíritu tiene rota la espina dorsal,
y el que se niega a percatarse de este hecho y se comporta como
si nada hubiese sucedido, ese tal se arrastrará, no andará.
Hoy día sólo son autenticas las obras que segdn su
complexion interna se miden con la suprema experiencia de espanto,
y apenas nadie, como no se llame Schönberg o Picasso, debe
atribuirse la fuerza necesaria para ello. Sin embargo, queda por
preguntar si acaso también la seriedad, que preferiría
renunciar por entero al arte antes que situarlo al servicio de la
realidad actual, no es a su vez sino una forma encubierta de la
adaptación ; de la adaptación a aquel espíritu
universal de una práctica que se da por satisfecha con lo
existente sin intentar en ningún modo superarlo. Por mucho
que el arte de hoy tenga, con todo motivo, una mala conciencia,
si es que no quiere hacerse el tonto, seria falsa y errónea
su supresión en un mundo en el que impera todavía
alga que precisa del arte como elemento corrector, a saber: la contradicción
entre lo que es y lo verdadero, entre la organización de
la vida y la humanidad. Sin embargo, solo será capaz de recobrar
la fuerza de la resistencia artística quien tampoco se asuste
ante el hecho de que lo objetivamente buscado y deseado -en definitiva,
también socialmente- se halla conservado por el momento en
un aislamiento totalmente exento de esperanza. Recién quien
estuviese dispuesto a llevarlo a cabo él solo, sin apoyarse
en cualesquiera necesariedades o normas previas que le hayan martilleado
antes en los oídos, alcanzará quizá algo más
que el mero reflejo de lo desvalidamente solitario.
(1954)
Traducción
Rafael de la Vega. |