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Dificultades
T.
W. Adorno
I
. Para componer música
En 1934
Brecht escribió un texto al que puso este título:
Cinco dificultades para escribir la verdad. Al dar yo a
esta conferencia mía el título de Dificultades
para componer música actúo contra mi costumbre
de no imitar títulos ajenos, aunque es muy cierto que yo
sería incapaz de señalar cual es el número
exacto de dificultades que se oponen a la actividad de componer
música hov. Cabe suponer que las dificultades a que Brecht
se refería en su artículo, que ha llegado a ser famoso,
no son sólo las dificultades del escritor, sino también
las del músico: consisten en que la denominada producción
cultural degenera en ideología.
Brecht acertó a señalar una experiencia que no se
halla limitada a un único medio: la experiencia de que la
situación de todo arte de hoy produce una gran zozobra; de
que los artistas sienten temblar el suelo bajo sus pies; de que,
en su medio propio, ya no les es posible comportarse con ingenuidad,
tal como se habrían comportado en épocas felices -según
cuenta una leyenda que de todos modos es muy discutible. Sin embargo,
los elementos ideológicos que se sedimentan en las distintas
artes no afectan solo al material utilizado por ellas, sino que
penetran hasta la complexión estética misma del objeto.
Esto justificaría de algún modo el que yo desarrolle
en la música un tema de Brecht, con independencia de éste.
Es obvio que en la música los problemas se plantean de un
modo esencialmente distinto que en la literatura. La música
no es ni objetual ni conceptual; con ello desaparecen muchas referencias
ideológicas sólidas. Lo espiritual no se agota de
ningún modo en tales referencias; no se agota en su representación
de tales o cuales intereses sociales, con independencia de la propia
verdad o legitimidad. De lo contrario sería imposible la
teoría, con la cual también Brecht se identificaba.
Lo espiritual -tanto el arte, como el pensamiento- posee unas leyes
inmanentes, y éstas mantienen a su vez una relación
determinada con el contenido de verdad. Además la situación
ha cambiado de modo radical en comparación con la existente
hace treinta años, cuando Brecht escribió aquel texto.
Las oportunidades políticas que él veía como
inmediatamente presentes o inminentes y que utilizaba como criterio
para enjuiciar todo, ya no existen. El espacio político que
a él Ie parecía garante de la verdad, el espacio político
del Este, ha quedado radicalmente empapado desde entonces por la
ideología. Según es sabido, allí se toma, en
efecto, el concepto de ideología -que en su origen tenia
un propósito crítico- como una exigencia positiva,
tal como si lo espiritual, también la teoría, no fuese
a la postre más que un medio de dominación. Lo único
que yo retengo de la concepción brechtiana es que, igual
que el escribir, también el componer música se halla
ligado a unas dificultades objetivas apenas conocidas antes; que
esas dificultades están relacionadas esencialmente con el
puesto del arte dentro de la sociedad; y que no son eliminables
por el hecho de no ocuparse de ellas.
Me gustaría enlazar directamente, de todos modos, con un
pasaje concreto del texto de Brecht. Este habla allí de los
artistas e intelectuales ingenuos. Y de ellos dice lo siguiente:
“Sin dejarse perturbar por los poderosos, mas sin estar perturbados
tampoco por los gritos de los sometidos a la violencia, estos artistas
siguen dando pinceladas a sus cuadros. Lo absurdo de su actuación
produce en ellos mismos un pesimismo "profundo", pesimismo
que venden a muy buenos precios; pero, en realidad, a la vista de
estos maestros y de esos precios, serían otros, más
bien, los que tendrían derecho a sentir ese pesimismo. Aquí
ni siquiera resulta fácil ver que las verdades de los mencionados
maestros son verdades que hablan de sillas o de la Iluvia; de ordinario
parecen verdades completamente distintas, cual si fueran verdades
sobre cosas importantes. Pues la actividad configuradora del arte
consiste precisamente en eso, en otorgar importancia a un objeto.
Sólo cuando uno se fija con más detenimiento se da
cuenta de que lo único que dicen es: una silla es una silla,
y nadie puede hacer nada en contra de que la lluvia caiga hacia
abajo”.
Algo de esas frases de intención sardónica con que
Brecht pretende denunciar a los artistas e intelectuales que no
tienen un compromiso político directo es aplicable también
a la música. Esta corre el riesgo de convertirse en algo
indiferente si nosotros los músicos adoptamos un comportamiento
intransigente que no se deja perturbar por nada, o, corno dice malignamente
Brecht, si “seguimos dando pinceladas” a nuestras composiciones
musicales cual si nada hubiera ocurrido. Hasta el dolor y el absurdo
mismos expresados por la música corren el peligro de convertirse
en algo carente de toda consecuencia, en una especie de ornamento,
tal como lo profetiza Brecht en las frases citadas.
Tampoco hay razón ninguna, de todos modos, para el optimismo
implícito que se esconde tras la crítica de Brecht
al mencionado aspecto. Ni el artista tiene motivo ninguno para ser
optimista con respecto al mundo, ni la situación de este
justifica tampoco semejante optimismo. Si volvemos en contra de
Brecht mismo la malignidad utilizada por él, cabría
decir que precisamente en el hecho de que Brecht se burle del pesimismo
hay una parte de conformismo. Cuando se corre un veto sobre los
aspectos negativos, se lo corre también sobre los aspectos
críticos, tal como sucede en la ideología oficial
del espacio sometido al poder soviético. Si hay algo que
sea ideología, es el optimismo oficial, el culto a la positividad.
Solo un arte que se mantenga firme frente a lo oscuro y amenazador
tiene, en general, alguna posibilidad de decir la verdad. Pero si
el arte -y sobre todo la música- pretende intervenir, tal
como, en aquellas frases, Brecht aguardaba del escritor, entonces
el arte se encuentra bloqueado. La música como tal no puede
intervenir directamente. Incluso cuando se la unce al yugo de finalidades
arengatorias, el efecto que produce es inseguro. No en vano va a
remolque, en tales casos, de estos o de aquellos textos políticos.
Considero que no es casual el que determinadas composiciones del
difunto Hans Eisler -compositor sin duda de gran talento- escritas
por él hace más de treinta años, y que estaban
al servicio, también por su tono y su carácter propios,
de una propaganda política agresiva extraordinariamente intensa
y premeditada -el que esas composiciones no se ejecuten ya tampoco,
que yo sepa, en la zona oriental. Cabe sospechar que allí
caerían bajo el veredicto de ser bolchevismo cultural disolvente.
La afirmación, en cambio, de que la mayoría de los
cuadros dicen tan sólo: una silla es una silla, y: la lluvia
cae hacia abajo, esa afirmación es aplicable también
a la música. Cuando se cultiva de manera irreflexiva la música,
cuando la música no percibe que sus dificultades son su presupuesto
y no las asume, entonces degenera en mera repetición de lo
dicho ya cientos de veces, degenera en una especie de tautología
del mundo, que, además, coloca en torno a las cosas un aura
y, a lo sumo, confirma que lo triste es inmodificable y, si cabe,
que es algo que debe-ser-así. En este sentido, también
de la música cabe decir que queda contaminada por el carácter
ideológico, el cual crece cada día más. La
posibilidad de eludir las dificultades entregándose a lo
consolidado y de seguir actuando como si nada ocurriera, desaparece.
Yo podría imaginar que muchos de ustedes me objetaran: si
el componer música es un asunto tan terriblemente arriesgado
y difícil que lo sientes obligado a plantarte ahi para darnos
una conferencia sobre la cuestión, y lo llevas las manos
a la cabeza, y exclamas: “Dios mío, que difícil,
que difícil es esto” - ¿por qué os complicáis
tanto la vida, por que no os quedáis aquí, en tierra
firme, y os nutrís con alimentos sanos, y hacéis,
mas o menos, música de acuerdo con los modelos reconocidos,
que a muchos de nosotros nos siguen gustando?
Este argumento trivial hay que tornarlo muy en serio, desde luego,
y no se ha de pretender descartarlo con el vago gesto de quien dice:
el que piensa de esa manera ha quedado retrasado con respecto a
la época. Por ello me gustaría indicar al menos las
razones de por que las tentativas de seguir hablando en el lenguaje
tradicional de la música acaban en la impotencia. Recordaré
a Jean Sibelius. Este quiso hacer algo parecido. En ningún
momento sobrepaso el marco de los medios establecidos, de los medios
tonales tradicionales. A pesar de ello, es preciso conceder que
encontró algo así como un estilo individual. Mas,
por sí solo, un estilo individual no es ya una bendición
o un mérito: es preciso ver en detalle que es lo que dentro
de ese estilo se realiza. Digamos de paso que las obras de arte
no hay que enjuiciarlas jamás por eso que se denomina su
estilo, sino siempre y exclusivamente por lo que ellas cristalizan
dentro de sí mismas on their own merit, como se diría
en Inglaterra. Todas las obras de Sibelius han resultado ser tan
frágiles, tan deficientes, en un sentido técnico demostrable
-demostrable en todo caso entre músicos-, que hemos de considerar
su tentativa corno un experimento de resultados negativos, que es
el defecto que a la gente le gusta mucho achacar a la música
moderna.
Deberíamos liberarnos de la opinión según la
cual la nueva música es un asunto de moda, como dicen sus
adversarios, o una camisa de fuerza, como aseguran los más
enfurecidos de entre ellos - liberarnos de la opinión que
asevera que los compositores lo que hacen es adaptarse a lo que
esta precisamente up-to-date, o que se limitan tan sólo a
seguir la corriente, como dice una frase muy extendida. La imposibilidad
de seguir moviéndose musicalmente dentro de la tradición
es una imposibilidad que esta prefijada de manera objetiva. No se
basa en la falta de talentos capaces de manejar bien los medios
tradicionales; con todo, resulta llamativo que los compositores
que todavía hoy componen a la manera tradicional sean ya
incapaces, en general, de hacerlo bien según el criterio
de la tradición, y fallen a cada paso. Los medios tradicionales,
sobre todo también las formas de conexión generadas
por ellos, quedan afectados, modificados, por los medios y formas
de configuración musical desarrollados mas tarde. Todo acorde
perfecto, toda tríada utilizada todavía hoy por un
compositor suena ya coma la negación de las disonancias que
entre tanto han quedado emancipadas. Esa tríada no posee
ya la inmediatez que poseía en otro tiempo y que es afirmada
por su use hoy, sino que es algo mediado por la historia. Dentro
de ella esta escondido su contrario. En la medida en que esto -esa
negación- es silenciado, todas esas tríadas, todos
los giros tradicionalistas se convierten en una mentira afirmativa
y convulsa, similar al discurso que habla de un mundo sano y que
esta de moda en otros ámbitos culturales.
No existe en la música un sentido primigenio [Ursinn]
que sea preciso restablecer. Hace aproximadamente treinta anos Ernst
Krenek, tras unos comienzos atonales salvajes, intento volver a
escribir de modo tonal. Su teoría era que en la tonalidad
habita aquel sentido primigenio que se tratarfa de restablecer.
Krenek ha visto -y eso constituye una gran hazaña estético-moral-
la imposibilidad de esa tentativa y ha renunciado a ella, tras algunos
anos de estar realizando esfuerzos apasionados; ha enlazado de nuevo
con las intenciones radicales perseguidas por el en su primer período
de compositor. La explicación de tales fenómenos es
sin duda la siguiente: tampoco los medios tonales que Krenek considero
durante algún tiempo como algo primigenio dado por la naturaleza,
y que tanto de restablecer, son algo natural, sino que también
ellos son algo que ha nacido y surgido en la historia, algo que
es resultado de un devenir v que, por ello, es también transitorio.
Los procedimientos vinculados al lenguaje musical tradicional se
han vuelto problemáticos -es decir, esquemáticos-
retrospectivamente, en razón de los medios descubiertos después.
Hoy oímos, a través de lo nuevo, flaquezas de lo antiguo
que en otro tiempo permanecían ocultas, hoy nos suenan rutinarios
muchos recursos que en su tiempo no lo eran. Richard Wagner, que
en tales asuntos poseía un oído muy alerta, capto
ya esto. De manera irrespetuosa, pero franca, Wagner dijo que el
percibía en muchas piezas de Mozart el tamborileo de la vajilla
sobre la mesa: que el ofa Tafelmusik [música de
mesa] aun en aquellos casos en que no se había pretendido
que lo fuera.
Mientras el esquema no destacó como tal, mientras estuvo
identificado con los presupuestos obvios del componer, fue posible
guiarse por él. Pero si la actividad de componer y la relación
del compositor con los esquemas han perdido su inocencia entonces
los esquemas no sólo se destacan desnudos y perturbadores,
sino que por todas partes llevan a incongruencias, contradicen los
aspectos que entre tanto se han emancipado. Incluso Richard Strauss,
a partir de la Sinfonía de los Alpes y de La
mujer sin sombra, al replegarse a lo que presuntamente era
lo suyo, al denominado estilo personal, ha fracasado por el hecho
de que no volvió ya a hacer ningún caso de la tendencia
objetiva de la música de su tiempo. Quien se apunta a lo
viejo, y lo hace solo por desesperación ante las dificultades
de lo nuevo, no encuentra consuelo sino que se torna victima de
su impotente nostalgia de un tiempo mejor, el cual, a la postre,
ni siquiera ha existido.
A las objeciones reaccionarias no se debería responder, por
otro lado, con meras apologías, sino que seria necesario
aprender de ellas la parte de verdad con que, muy a menudo, aventajan
al liberalismo progresista cultural de tipo corriente. La evolución
objetiva del material musical y de los procedimientos musicales
-se podría decir: el nivel alcanzado por las fuerzas productivas
técnicas de la música- va, incuestionablemente, muy
por delante de la evolución de las fuerzas productivas subjetivas,
es decir, del modo de reaccionar propio del compositor. Desde cierta
distancia, habría que entender la invención de muchos
principios y sistemas técnicos de los últimos cuarenta
años como un intento de compensar la desproporción
existente entre el nivel objetivo de la música y eso que
yo Ilamaría, de manera laxa, la musicalidad subjetiva.
Ocurre aquí algo muy parecido a lo que ocurre en la sociedad
en su conjunto: también en ella se han producido grandes
discrepancias entre la evolución de las fuerzas productivas
técnicas y los modos humanos de reaccionar, es decir, las
capacidades para utilizar, controlar y aplicar con sentido eras
técnicas. La expresión más crasa de ese estado
de cosas la tenemos en el hecho de que, por un lado, los seres humanos
realizan la conquista del espacio cósmico y, por otro, retroceden
psicológicamente, se vuelven infantiles en una medida absurda.
Pero ese mismo estado de cosas penetra también en la práctica
de las artes, llega hasta sus detalles más sutiles. Ya en
la generación denominada, sin razón “clásicos
de la música moderna”, en la generación de Schönberg,
Stravinski, Bartok, hubo compositores que no estuvieron, en su propio
modo de reaccionar, a la altura de sus propias innovaciones y que,
por ello, se frenaron de algún modo a sí mismos. Mencionaré
uno de los talentos más grandes y más íntegros:
Bela Bartok. Esta fuera de lugar el pensar que Bartok se haya adaptado
al mercado o que, por amor al público, haya aguado su vino.
En una ocasión, durante una charla radiofónica mantenida
en la emisora de la ciudad de Nueva York, Bartok me dijo que a él
le resultaba imposible liberarse de la tonalidad; que ésta
era algo obvio para un artista como él, cuyas raíces
se hallaban en la música popular. Pueden ustedes creerme
que Bartok, que emigró en protesta contra el fascismo y que
por ello sufrió pobreza, no se dejó contagiar por
ninguna ideología del suelo y la sangre. Pero, bajo la constricción
de una tradición que, a la postre, demostró ser más
poderosa que su auténtica capacidad productiva musical, Bartok
había perdido el contacto con lo que éI mismo había
osado realizar en sus obras mas audaces, como son, por ejemplo,
las dos Sonatas para violín v piano.
Este estado de cosas es más general. También Richard
Strauss, que se ufanaba de hacer llegado en su Electra
hasta los límites de la tonalidad, afirmó más
tarde, sin embargo, que la tonalidad es una ley natural que, por
principio, no se debería infringir. Ya de Richard Wagner
mismo se nos ha transmitido una frase según la cual habría
dicho que él cometió en el Tristán extravagancias
únicas, las cuales no deben ser ni repetidas ni imitadas.
Esta fisura entre aquello hacia lo que el inconsciente arrastra
a los compositores y el lenguaje en que los compositores han nacido
se remonta, por tanto, a cien años atrás por lo menos.
Hace bien poco esa misma fisura ha vuelto a ponerse tristemente
de manifiesto en la autopalinodia de Hindemith, el cual, o bien
ha recusado sus trabajos mejores, o los ha reescrito en un sentido
enteramente moderado, como si lo hiciera bajo una censura. Incluso
en el compositor más audaz y más consecuente de este
período, en Schönberg, son observables al menos síntomas
de tal fisura. Una y otra vez ha jugado Schönberg con el material
de la tonalidad; ha escrito tonalmente no sólo obras secundarias,
sino que todavía en su última época escribió
tonalmente obras tan importantes como la Sinfonía de
cámara n°2 o el Kol Nidre. En un trabajo
al que puso el título On revient toujours -a saber,
a ses premiers amours- Schönberg ha intentado justificar
teóricamente esto, y casi ha confesado que se sentía
propiamente arrastrado a retornar a aquello de lo que él
mismo se distanció.
Hoy ha aumentado desmesuradamente esta discrepancia entre el nivel
subjetivo del componer y el desarrollo técnico designado
con etiquetas tales como “composición integral”
y “música electrónica”. Entre el sujeto
compositor y la objetividad compositiva se abre un abismo. A menudo
esto conduce a resultados contrapuestos a los de la generación
anterior. Frecuentemente los compositores capitulan ante los medios
con que se ven obligados a trabajar, pero sin que todavía
compongan realmente con ellos.
La primera dificultad, según esto, estaría en alcanzar
en general una adecuada relación con el nivel de la técnica.
Esto podría lograrse de dos maneras: o bien porque los compositores
utilizasen y conformasen la técnica de acuerdo con el nivel
de su propia conciencia, o bien porque Ilevasen su autocrítica
tan lejos, que alcanzasen aquel nivel. Como haya de hacerse esto,
es algo para lo cual no existen recetas generales. Lo único
que yo hago es mencionar la dificultad, con el fin de que se reflexione
sobre ella en vez de reprimirla. Claro esta que esto es mucho más
fácil de decir que de hacer. La técnica tiene su peso
especifico propio; toda tentativa de amalgamarla con la experiencia
subjetiva corre el riesgo de aguarla. En razón de esa dificultad,
todos los compositores que valen algo, realmente todos, se han visto
afectados también por una honda inseguridad. Tal vez la respuesta
que habría que dar a esto es que la seguridad no es, en modo
alguno, un ideal. Es posible que la inseguridad procure presupuestos
de un arte legitimo mejores que los proporcionados por un sentimiento
de seguridad que no esta avalado por ningún aspecto ni de
la realidad externa ni de la interna.
Entre las dificultades para escribir la verdad Brecht habló
del arte de hacer de la verdad un instrumento utilizable, de introducirla
entre los hombres casi como si fuera un arma. Si hubiéramos
de dar a esto una expresión menos política y menos
ilusa, diríamos que, en música, esa afirmación
se refiere al fenómeno siguiente: no existe ya un espacio
asegurado y prefijado del componer música en el cual esta
tenga su lugar propio. Lo que Paul Valèry escribió
hace cuarenta años sobre la escultura, a saber, que ésta,
al perder su relación con la arquitectura, se había
quedado sin un techo que la cobijara y se había vuelto cuestionable,
eso mismo es aplicable también -en sentido literal y en sentido
metafórico- a la música. Con esto no quiero resucitar,
como un refrito, el embuste que había de la ininteligibilidad
de la música moderna. A algo más hondo es a lo que
me estoy refiriendo: al puesto de la música como tal en la
sociedad actual a la relación del espíritu de la música
con el espíritu objetivo de la época. La caótica
situación que ofrecen, por ejemplo, dentro de la vida musical
oficial, los conciertos contemporáneos, en los cuales se
ejecuta una determinada pieza musical sin que nadie -ni el compositor,
ni el director de orquesta, ni el organizador- sepa bien a que lugar
pertenece esa pieza, por que se la ejecuta precisamente aquí
en unión de otras, cual es el significado que debe tenor
propiamente para los oyentes - esa situación caótica,
museal, de los conciertos es la expresión más notoria
de lo que decimos. El anonimato del concierto, su elemento anárquico,
no es por ventura garantía de libertad, sino que sitúa
la obra de arte en el vacío y en lo fortuito. Esa carencia
de función se transmite también a la obra de arte,
como conciencia de algo caótico y como desorientación.
Nada tiene esto que ver con quienes predican que la música
ha de cumplir una función práctica heterónoma,
entusiasmar a una comunidad, o disciplinarla, o realizar funciones
parecidas; para su suerte, la música se ha desembarazado
de las relaciones finalistas. Lo que esta trastornado es, antes
bien, la adecuación entre la música y su lugar social.
Se ha vuelto incierto que es lo que la música significa para
la experiencia de los hombres a quienes es ofrecida. A la inversa,
la música no puede ya en absoluto acoger dentro de si misma
esa experiencia. Antes dije que et compositor siente temblar el
suelo bajo sus pies; esto que acabo de decir es sin duda lo que
explica ese hecho. La frase de Voltaire: Où il n´y
a pas le vrai besoin, il n´y pas le vrai plaisir, es
aplicable, con toda seguridad, también al arte. Cuando una
realidad no contiene ya dentro de si necesidades sociales objetivas
-con esto quiero decir: cuando no satisface a algo exterior, sino
que lo refleja en si misma-, la realidad queda también vaciada
en sí. Lo que los adversarios de la nueva música denominan
con predilección su carácter experimental es, en gran
medida el empeño de dar una solución a esa situación
de vaciamiento, haciendo suya la situación propia del suelo
que tiembla e intentando en lo posible objetivar mediante la obra
de arte precisamente tal situación.
Permítanme decir unas pocas palabras sobre ese concepto de
lo experimental, concepto que a gran parte de ustedes inquietará
con respecto a muchas de las obras de la nueva y de la novísima
música. Seria una superficialidad considerar que lo experimental
es lo inseguro, lo construido en el aire, lo que mañana mismo
puede venirse abajo, y que lo no-experimental es lo asegurado. Justo
quien no hace experimentos, quien continua actuando como si nada
ocurriera, quien sigue componiendo como si los viejos presupuestos
fueran todavía seguros, justo quien actúa de ese modo
esta destinado, con una seguridad apodíctica, a hundirse
y a quedar olvidado. El que hace experimentos sigue teniendo mas
oportunidades de durar y de permanecer que el buen señor
que se guarda de todo experimento y se comporta como un ahorrador
que, en época de inflación, coloca su capital en acciones
fiduciarias, las cuales, de modo irremisible, quedan desvalorizadas.
Lo que acabamos de decir no es, de todos modos, reversible. Lo experimental
no está de modo automático en Ia verdad, sino que
puede asimismo fracasar; de lo contrario el concepto mismo de experimento
carecería de todo sentido razonable. Es innegabte que muchos
de los denominados experimentos dan ya por descontada, en si mismos,
la posibilidad de su fracaso, se presentan de antemano como si no
tuvieran fe completa en sí mismos, como si dieran por perdida
la partida antes de realizar el primer movimiento. El experimento,
entendido en un sentido legítimo, no significa otra cosa
que la consciente fuerza de oposición del arte a todo lo
que le es impuesto convencionalmente desde fuera por et consenso
social (A la vista de los desarrollos más recientes convendría
precisar esto. Específicamente experimentales son denominados,
en los últimos años, muchos procedimientos compositivos
como propios resultados -la música compuesta- no se dejan
ver ni en el proceso mismo de la composición ni tampoco en
la idea que de esta tiene el compositor). La consecuencia que de
esto sería preciso sacar es que no se deberían reservar
algo así como “parques de naturaleza protegida”
para lo experimental en la vida musical, y entregar lo demás,
como siempre, a la música tradicional, sino que se debería
conceder a ambas -a la música tradicional y a la experimental-
las mismas condiciones de organización, a fin de que no ocurra
que la música moderna radical acabe rebajándose de
hecho a ser aquella especialidad denunciada luego por sus enemigos.
Vistas las cosas desde dentro de la música, esa carencia
de un espacio social envolvente v dado de antemano se presenta como
la pérdida de un lenguaje musical dado objetivamente de antemano.
La paradójica dificultad de toda música actual consiste
en que tiene que crearse primero su propio lenguaje, siendo así
que el lenguaje -en la medida en que, por su propio concepto, es
algo que está también mas allá de la composición
y fuera de ella, algo que le sirve de soporte- no se deja crear.
Esta paradoja define concretamente la dificultad a que hemos de
enfrentarnos. Ya hace muchos años, en mi Filosofía
de la nueva música, intentó captar ese fenómeno
recurriendo a una parábola de Kafka; en ella Kafka habla
de un director de teatro que no sólo ha de dirigir su compañía,
y pintar él mismo sus decorados, sino que además se
ve obligado a engendrar a sus actores, a fin de que estos representen
luego sus papeles y se comporten tal como él los ha concebido.
La parábola kafkiana se ha revelado entre tanto como el presupuesto
objetivo do toda actividad compositiva.
No faltan tentativas de solucionar esa dificultad intentando colocar
de nuevo la música en su lugar social. Todas ellas han fracasado;
ha llegado el momento de admitir francamente, sin ilusión
ninguna ese fracaso. El hecho de que todos los compositores importantes
manejen ya tan sólo las posibilidades musicales mas radicales,
el hecho de que probablemente no haya ya ningún compositor
seriamente dotado que se adscriba a Ia ominosa música moderna
moderada, es algo que sea encuentra relacionado con lo dicho.
Como prueba de ese fracaso mencionare todo el ámbito de la
Singbewegung y de la Spielbewegung, el ámbito
de la Jugendmusik, pero también todo lo que ocurre
en la línea oficial del bloque oriental. No está en
manos del arte el crearse el mismo su lugar social. El arte se encuentra
inscrito en la estructura de la realidad social, pero es incapaz
de ejecutar, a partir de sí mismo, nada esencial sobre esa
estructura. Hasta el comienzo mismo de nuestra época el arte
daba por supuesto lo que Hegel llama lo sustancial, es decir, la
consonancia objetiva. Es necesario que también ahora la estructura
de una sociedad pueda tener una vinculación con el mundo
consciente e inconsciente de los compositores, por muy tensa que
esa vinculación sea. Beethoven no se adapto a la ideología
de la tan citada burguesía ascendente de la época
de 1789 o de 1800; Beethoven pertenecía por sí mismo
a ese espíritu. De ahí su logro insuperado, aunque
ya en su época tal logro -la coincidencia interna con la
sociedad- no coincidiese en modo alguno, sin más, con la
recepción externa.
Pero cuando la consonancia interna falta y es producida por una
imposición exterior, o por un acto voluntario de decisión
propia, lo que de ahí sale es la mera adaptación del
compositor, es decir, algo heterónomo. Y, por lo regular,
eso va en detrimento de la calidad musical, del rango de la música.
La música se vuelve entonces simplista. En la medida en que
se supedita a un nivel de los hombres que no ha marchado a la par
con su evolución propia, la música se apunta a la
vez a las tendencias regresivas de la sociedad, se apunta a la liquidación
cada vez más avanzada del individuo en un mundo en que, dada
la concentración de complejos de poder cada vez mayores,
nos hallamos en un proceso de transición hacia la administración
total. Todo lo que en la música se apunta a un ethos social
se inclina hacia formas totalitarias de sociedad. Hay que dominar
las dificultades de componer, pero no mirando de reojo hacia un
espacio social -como todavía hizo Brecht-, sino a partir
únicamente del objeto mismo, si es que ello es posible, es
decir: dando una impronta tan rigurosa a las composiciones mismas,
que éstas reciban así una objetividad, una objetividad
que tendría también, a la postre, un sentido social.
Hoy ya no es posible escribir una cola nota si no se abriga esa
confianza, por muy problemática que sea.
Pero las dificultades no quedan remediadas con ello. Aquel conocimiento
general es un marco; proporciona a los compositores una cierta orientación,
pero en modo alguno les sirve ya de consuelo. Partiendo puramente
del individuo que compone música de manera despreocupada
es muy difícil alcanzar una objetividad del objeto; pero
imponerse desde fuera lo que se ha de hacer, también sería
malo y falso. Nos encontramos en una situación desesperada;
es mejor analizarla que no eludiría con una ingenuidad tozuda.
De su capacidad subjetiva de reaccionar es de lo único de
que los artistas de hoy pueden partir en general. Pues ser una persona
dotada de musicalidad, poseer musicalidad, entendido esto en un
sentido superior, no es precisamente una mera propiedad subjetiva,
sino que es, justo, la capacidad de inervar algo de las obligaciones
objetivas de la música, obligaciones objetivas en las cuales
se esconden también, a la postre, las obligaciones sociales.
Este es el fundamento racional de esa confianza a que antes me he
referido. Cuando de una persona decimos que esta dotada de musicalidad,
no pensamos sólo en una disposición que hubiera como
brotado de la naturaleza y que no fuera ya analizable, sino que
pensamos en su capacidad de percibir la objetividad de la música
su contexto estructural. Esto es algo que se conserva incluso en
el concepto más espiritualizado de musicalidad.
Más justo esa capacidad de reaccionar del sujeto es la que
se ha vuelto problemática. El individuo no es un puro existente-en-sí,
sino que se halla siempre también mediado, es siempre también
un fragmento del fenómeno social, no una realidad última.
La tendencia de la época, para colmo, ha debilitado hasta
tal punto el yo, que éste, en muchas ocasiones, apenas es
ya enteramente dueño de sus propias reacciones. Con facilidad
ocurre hoy que es la debilidad del sujeto lo único que se
esconde precisamente en las fisuras que se abren entre las reacciones
musicales subjetivas y el nivel tecnológico objetivo. El
compositor que grita: yo no soy un esnob, yo no sigo esas modal,
yo me entrego a mi propio instinto y hago lo que quiero y puedo,
y nada más -ese compositor es verosímil en general,
que no sea un esnob (si es que, por otro lado, es un mérito
el no serlo), pero, en vez de eso, lo que hará será
reproducir simplemente los desechos de los convencionalismos del
año de Maricastana y considerar voz propia lo que no es otra
cosa que un triple eco.
Si contemplamos, desde la perspectiva a que aquí me estoy
refiriendo, la evolución general de la música a partir
más o menos de 1920, veremos que los desarrollos que merecen
ser tornados en serio son casi exclusivamente esfuerzos hechos para
elaborar, a partir de la figura de la objetividad musical -es decir,
a partir del material, el idioma y la técnica-, procedimientos
para aliviar de su peso al sujeto, para exonerar a un sujeto que
ya no tiene, a partir de si, confianza en si mismo, pues se halla
doblegado y aplastado por todas aquellas dificultades. A mi parecer
la historia musical de los últimos cuarenta anos es la historia
de las tentativas de lograr una exoneración musical. Permítanme
que les aclare brevemente esto.
El concepto de exoneración, tal como lo han hecho suyo con
toda inocencia diversos portavoces de la Jugendbeuwegung
musical -por ejemplo, Wilhelm Ehmann-, así como varios músicos
dodecafónicos de Norteamérica, y tal corno, por principio,
y con todo énfasis, lo ha utilizado en sentido positivo Arnold
Gehlen en su sociología antropológica, es un concepto
incompatible con la idea de la obra de arte perfectamente acabada,
que es la idea en la que, por otro lado, todas aquellas técnicas
confluyen. El aflojamiento del esfuerzo, la exoneración,
significa siempre una preponderancia de lo muerto, de lo que no
ha pasado a través del sujeto, una preponderancia de lo que
es mera cosa externa y, a fin de cuentas, ajeno al arte. Sin embargo,
las tentativas de exoneración se basan en una razón
contundente, a saber: en que a partir de la pura libertad, a partir
de una actualidad omnidimensional del oído, por así
decirlo, apenas es ya posible dominar las dificultades del componer.
Es evidente que eso fue posible hacerlo tan sólo durante
cl breve periodo de la explosión, tan sólo durante
el periodo heroico de la nueva música, el cual abarca las
obras del período medio de Schönberg comprendidas entre
las Tres piezas para piano, op. 11, y las Cuatro canciones
para canto y orquesta, op. 22, así como las obras producidas
en esa misma época por el joven Webern y por el joven Alban
Berg. Estos tres compositores son los clásicos de la música
moderna únicamente porque entonces no fueron unos clásicos:
porque salieron adelante sin reglas de juego establecidas desde
fuera, apoyándose tan su modo de reaccionar compositivamente,
apoyándose tan sólo en la índole de su imaginación
inmediata. Eso habría que perseguirlo incluso hasta en la
génesis de varias obras de esa face. En catorce días
compuso Schönberg su obra mas audaz y mas avanzada -el monodrama
Erwärtung-, hallándose manifiestamente como
en una especie de trance, muv similar a aquel en que fueron escritas
mas tarde las obras automáticas de los surrealistas; en verdad,
merced a una explosión del inconsciente.
Al surgimiento extraordinariamente rápido de tales obras
corresponde la brevedad de la fase en que se compuso música
de esa manera. Después hobo en Schönberg una pausa creativa
muy prolongada, que duro siete anos. A algo similar apunta, en el
caso de Berg, el hecho de que sea tan exigua la cantidad de sus
producciones. Apenas ha habido ningún otro compositor importante
de tal Tango que haya dejado tan pocas obras corno el. Ya a partir
de Wozzeck Berg dejó de poner a sus obras número de
opus, porque, como me dijo en una ocasión, se sentía
avergonzado de que sus números de opus siguieran siendo todavía
tan bajos cuando él tenía ya mas de cuarenta anos.
En el caso de Webern los formatos de miniatura abonan algo análogo.
Es claro que, sin una exoneración, Webern no podía
soportar su inmensa tensión interior mas que renunciando
a articular musicalmente grandes extensiones de tiempo, siendo así
que, a lo largo de su vida entera, en ningún momento lo abandono
el anhelo de lograr articular musicalmente de modo completo un tiempo
prolongado. Ni siquiera Schönberg soporto un componer puramente
espontáneo, un componer apoyado puramente en si mismo, no
exonerado. En ello puede haber intervenido tanto el hecho de que
a la larga no es posible conservar la inaudita espontaneidad de
tales obras, como asimismo el hecho de que su consciencia critica
tropezase con una serie de inconsecuencias e incongruencias existentes
en las obras surgidas libremente, inconsecuencias c incongruencias
cuya rectificación crítica no le parecía posible
mas que mediante un cierto proceso de racionalización. En
este último aspecto habría que examinar alguna vez
las Cuatro piezas para piano de mi amigo Rene Leibowitz,
las cuales aplican una racionalización de ese tipo al modelo
de las Cinco piezas para piano, op. 23, de Schönberg,
que no son todavía enteramente dodecafónicas. Las
mencionadas piezas de Leibowitz trasponen, por así decirlo,
las ideas de las piezas de Schönberg a la técnica dodecafónica;
una tentativa memorable. En ella podemos observar tanto cl progreso
aportado por el sistema de exoneración -la mayor congruencia,
la ausencia de fisuras- como asimismo el precio que por ello es
preciso pagar -la pérdida de la inmediatez poseída
por aquellas obras del período medio de Schönberg-.
La técnica dodecafónica fue de hecho el primer gran
fenómeno de exoneración de la nueva música.
Mi maestro, recientemente fallecido, Eduard Stuermann expreso esto
en una ocasión de manera muy sencilla, con la siguiente frase:
el procedimiento serial, dijo, esta destinado a ayudar a proporcionar
lo que el oído no puede ejecutar en cada instante. La transición
hacia esto aconteció tempranamente en los tiempos heroicos
del atonalismo libre. Webern ha contado que, cuando se hallaba componiendo
sus Seis bagatelas para cuarteto de cuerda, op. 9 -una
de sus obras mas importantes y logradas-, fue apuntando las notas
que ya habían aparecido en esas piezas brevísimas,
con el fin de evitarlas, y así emplear en su lugar notas
no utilizadas aun, es decir, para evitar las repeticiones de sonidos.
Esto ocurrió hacia 1909, pero en ello esta ya implícita
la idea de la técnica dodecafónica, bien que no su
desarrollo sistemático, y ello a partir sencillamente de
la práctica ingenua del compositor. Es casi imposible decir
en general donde acaba la aportación inmanente del oído
y donde empieza la exoneración externa: ¿quién
osaría tomarle a mal al compositor Webern aquella inocente
lista de notas ya utilizadas? Pero es preciso aceptar algo así
como un fenómenos de umbral, un salto de la cantidad a la
calidad, a saber: que de súbito la necesidad de tal racionalización
se torna ajena, se enfrenta desde fuera al compositor y a su oído.
Se impone entonces a la música un orden mediante violencia;
el orden ya no se sigue puramente de los acontecimientos musicales.
En la medida en que el orden racionaliza los acontecimientos de
los que, a la vez, él mismo surge, ese orden representa también,
a la vez, algo así como un atentado perpetrado contra ellos.
No es casual el hecho de que en los primeros tiempos de la técnica
dodecafónica se empleasen tantas formas antiguas, pese a
la manifiesta incongruencia de esas formas con el material sonoro
atonal, como también que hasta dentro mismo de la microestructura
volviesen a resurgir entonces -mediante el empleo, por ejemplo,
de secuencias, de modelos rítmicos rígidos y de otros
recursos semejantes- tantos elementos que con razón acababan
de ser desterrados.
El desarrollo del serialismo, que comenzó de modo tan vehemente
tras la muerte de Schönberg, podemos interpretarlo como una
crítica a esas inconsecuencias. Desde el punto de vista de
la técnica dodecafónica el principio serial significa
la eliminación de todo aquello que, estando preformado por
el dodecafonismo, penetra, sin embargo, como algo heterogéneo
en la composición, la eliminación de todo lo independiente
de la técnica dodecafónica, la eliminación
de todos los vestigios materiales y estructurales del viejo idioma
tonal. Stockhausen ha expresado esto con la fórmula contundente
y chocante de que, desde el punto de vista del lenguaje musical,
Schönberg, a pesar de todas sus innovaciones, sigue siendo
propiamente tonal. La escuela serial ha querido radicalizar el principio
dodecafónico -al que consideraba, por así decirlo,
tan sólo como una reordenación parcial del material-,
y extender tal principio a todas las dimensiones musicales, elevarlo
a totalidad. Absolutamente todo debe estar determinado, también
las dimensiones, todavía libres en Schönberg, de la
rítmica, la métrica, el timbre y la forma en su conjunto.
Los compositores seriales partieron en ello de la tesis de que,
puesto que todos los fenómenos musicales -también
las alturas de los sonidos y los timbres- son en última instancia,
por sus leyes acústicas, relaciones temporales, todos ellos
tienen que poder ser reducidos también, en la composición,
a algo común, a un común denominador llamado tiempo.
Todo: cada nota, cada silencio, cada duración, cada altura,
cada color, tendría que seguirse rigurosamente del material
primordial -un material lo mas escaso posible- de la serie utilizada
en cada caso.
Dejemos abierto el problema de si, efectivamente, esa ecuación
es exacta, el problema de si es posible identificar sin mas el tiempo
físico objetivo -basado en el número de las vibraciones
y en las relaciones de los armónicoscon el tiempo musical
-que esta mediado de manera esencial por el sujeto-, con el sentimiento
de la duración musical. Hace ya mucho tiempo que los compositores
seriales han tropezado con ese problema; los mas avanzados de ellos,
Boulez y Stockhausen, han dedicado grandes esfuerzos a resolverlo.
A mí, más que ese problema, me preocupa la idea como
tal de la determinación total. Esa idea se encuentra ya en
la técnica dodecafónica, en la medida en que en ésta
no se ve por que tales y tales dimensiones deben estar rigurosamente
determinadas, y no deben estarlo, en cambio, otras. Según
esto cabría afirmar que lo que los serialistas hacen no es
urdir arbitrariamente matematizaciones de la música, sino
Ilevar a su culminación una evolución que Max Weber
definió, en su Sociología de la Música,
como la tendencia general de la historia musical moderna: la progresiva
racionalización de la música. Esa racionalización,
se afirma, habría alcanzado su consumación en la construcción
integral. Si de un material básico dado se siguiera, en efecto,
absolutamente todo lo demás, esto constituiría la
máxima exoneración del compositor que cabe imaginar.
En ese caso el compositor no necesitaría ya más que
obedecer a lo que está encerrado en su serie, y quedaría
eximido de cualquier otro cuidado. Mas cuando pensamos en algo así,
no nos sentimos a gusto. La cosificación ya observable en
la técnica dodecafónica, la depotenciación
de la realización viva, ejecutada con el oído -realización
que es el auténtico constituyente de la música-, esa
cosificación y esa depotenciación crecen hasta convertirse
en una amenaza de destrucción de cualquier contexto provisto
de sentido.
Me estoy acordando ahora de un joven compositor que, en Darmstadt,
hace ya tal vez mas de catorce anos, me trajo una composición
que a mí me pareció el más loco de los galimatías.
En ella no era posible distinguir un arriba y un abajo, un delante
y un detrás la consecuencia y la premisa, es decir, ninguna
articulación comprensible del fenómeno. Cuando le
pregunté cuál era la conexión existente entre
todo aquello, cuál era el sentido musical de una frase, dónde
comenzaba y acababa ésta, y otras dimensiones estructurales
elementales de este tipo, aquel joven me demostró que equis
páginas más atrás había un silencio,
el cual correspondía a una concreta nota que se hallaba aquí
en este lugar y otras cosas por el estilo. Había reducido
verdaderamente el todo -tal como se lo imaginan los enemigos pueblerinos
de la música moderna- a un problema aritmético, que
incluso es posible que estuviera bien resuelto -a mi me resultaba
demasiado aburrido repetir el cálculo-, pero que, desde luego,
no se transformaba ya en una conexión musical reconocible
y convincente.
El sujeto, hacia el cual, a falta de un espacio social, está
retroproyectada la música, y que debería quedar exonerado
por todos esos recursos, queda no sólo exonerado: queda virtualmente
extirpado. Pero con el quedan extirpados aquellos controles que
el sujeto ejerce y que participan en la constitución de la
objetividad musical. Si ya no se tratara, en serio, más que
de desarrollar en la composición lo que está encerrado
en semejante serie, entonces -el chiste es tan malo como la realidad-
se podría componer mejor con avuda de una máquina
computadora electrónica, que no molestando a un compositor.
La ayuda que el compositor recibe le cuesta propiamente el pellejo.
Queda sometido a unas leyes que le son ajenas v cuya marcha difícilmente
podrá seguir. Pero la música que de ahí resulta
se convierte en algo sordo y vacío. Literalmente aparece
lo que hace algunos años yo pronostiqué como envejecimiento
de la nueva música. En aquella ocasión varios de mis
colegas de Kranichstein se enfadaron conmigo; hoy puedo decir que
en todo caso los mejores están en gran medida de acuerdo
conmigo en el diagnóstico.
John Cage irrumpió como una bomba en esta situación
de lo serial; tal situación es la que explica el extraordinario
efecto producido por Cage. Su principio del azar, eso que todos
ustedes conocen con el nombre de aleatoriedad, quería evadirse
del determinismo total, del ideal musical integral, obligado, de
la escuela serial. Sobre el, el norteamericano, ese ideal no ejercía
la misma coerción, a él ese ideal no se le imponía
con idéntica necesidad histórica con que se imponía
a los músicos de tradición europea, los cuales se
haIlan inmersos en el contexto del estilo obligado, de la tendencia
general de la racionalización de la música. Pero también
el principio de azar, propugnado con éxito por Cage, seguía
siendo tan “ajeno al yo” como su aparente contrario,
el principio serial; también el principio de azar puede ser
visto como exoneración del debilitado yo. El azar puro rompe,
es cierto, la obtusa necesidad carente de toda salida, pero es tan
extrínseco como ésta al oído vivo. En una ocasión
Cage formuló esto de manera consecuente al decir que, cuando
oímos a Webern, siempre oímos únicamente a
Webern, pero que, en verdad, no es a Webern a quien queremos oír,
sino que lo que queremos oír es el sonido. Con ello también
Cage propugnaba una objetividad cósica, casi fisicalista,
corno la de la música serial. Dicho sea de paso, esto ayuda
a explicar asimismo el hecho de que tantos compositores serialistas
se hayan pasado, sin ninguna dificultad, al principio del azar.
El compositor húngaro György Ligeti, que es tan agudo
como verdaderamente original e importante ha Ilamado con todo derecho
la atención sobre el hecho de que, en el efecto, los extremos
de la determinación absoluta y del azar absoluto coinciden.
La universalidad estadística se convierte en el principio
rector, ajeno al yo, de la composición.
Es cierto que ni en Cage ni en su escuela el azar absoluto se agota
en esto. Ese azar tiene un sentido polémico; se asemeja a
las provocaciones dadaístas v surrealistas de otro tiempo.
Pero, en concordancia con la situación política, sus
happenings no tienen ya un contenido políticamente demoledor,
y por ello asumen fácilmente un aspecto de séances
de sectas: mientras todos creen haber asistido a algo tremendo,
en realidad no ocurre nada, ningún espíritu aparece.
El mérito de Cage, que nunca se valorara bastante, consiste
en haber hecho perder la confianza en una lógica musical
que se convierte en su contrario, la confianza en el ciego ideal
de una dominación completa de la naturaleza dentro de la
música. Difícil es que Cage no haya estado influido
por la action painting. Sin embargo, lo que él mismo ofrece
en sus obras radicales no es, en modo alguno, tan diferente del
estilo basado en la dominación de la naturaleza como podría
sospecharse si nos guiamos por su programa, aun cuando sus mejores
piezas, como el Concierto para piano, no dejan de producir
un choque extraordinario, el cual se opone obstinadamente a toda
neutralización; casi ningún otro compositor ha logrado
eso. La dificultad más seria está, sin embargo, en
que, peso a todo, no es posible una vuelta atrás. Se caería
casi necesariamente en el reaccionarismo si, frente a la técnica
dodecafónica, el principio serial y la aleatoriedad se quisiera
recobrar sencillamente la libertad subjetiva, es decir, el atonalismo
libre en el sentido de Erwärtung de Schönberg.
Contra las técnicas de exoneración habría que
defender el ideal de eso que Heinz-Klaus Metzger ha llamado lo a-serial
y para lo que yo he propuesto la expresión “música
informal”. Teniendo en cuenta la imposibilidad de trazar un
cuadro, completo en cierto modo, de eso que se llama lo positivo,
renuncio a describirlo en detalle, tanto mas cuanto que, si ustedes
están interesados, pueden enterarse de que es lo que yo pienso
sobre esto leyendo mi trabajo Vers une musique informelle;
se encuentra al final de mi libro Quasi una fantasia. Pero
sí voy a mencionar al menos algunos ejemplos de las dificultades
que se oponen también al ideal de lo informal.
En las composiciones más avanzadas y alertas de hoy se observa
una discrepancia entre Los bloques adosados, dispuestos en estratos,
por así decirlo -a menudo esos bloques están asombrosamente
bien construidos-, v la estructura de conjunto; es como si no hubiera
ninguna mediación que desde los detalles inauditamente articulados
condujese hasta la totalidad, la cual está también
construida de un modo grandioso; es como si ambos -detalles y totalidad,
se hallasen enlazados ciertamente según principios constructivos,
pero éstos no consiguieran realizarse, sin embargo, en el
fenómeno vivo. Falta mediación, tanto en el sentido
banal como en el sentido riguroso de la palabra. En el sentido banal:
faltan vínculos de unión entre las sonoridades individuales,
en las que todo se concentra. En el sentido riguroso: los acontecimientos
no quieren, por sí mismos, ir más allá de sí
mismos, la estructura no pasa de ser abstracta en gran medida con
respecto a cubo. Hasta ahora la integración se convierte
muchas veces en empobrecimiento. Dento de un avance extraordinario
de los medios compositivos podemos observar una especie de regresión
a la homofonía. Se suman bloques, como he dicho, usando una
expresión de Boulez, pero no se trazan líneas. Apenas
se forman tensiones armónicas, ni armonías complementarias,
ni trazados lineales monódicos y mucho menos polifónicos.
Esta atrofia no guarda la menor relación con el despliegue
compositivo de medios y de construcción. Con esto se halla
relacionado, sin duda, eso que podríamos calificar de preponderancia
de elementos accesorios, de elementos extramusicales en la música
más reciente, preponderancia de la que Schnebel ha dicho
que es uno de los fenómenos más característicos
de la actual evolución. Es como si la música pretendiera
compensar mediante el ruido, mediante efectos de ruido, y luego
también mediante recursos ópticos, y sobre todo mímicos,
el despliegue inmanente que se le rehúsa.
Aquellas provocaciones, sin embargo, carecen mochas veces de meta.
Dada se convierte en l´art pour l´art, y eso es difícilmente
conciliable con la idea del Dada. A menudo se forma una música
que, en propiedad, no quisiera ir a ninguna parte. A esto se replica,
sobre todo por parte de los compositores electrónicos, que
de lo que se trata es de preparar materiales. En una ocasión
yo dije que las composiciones electrónicas suenan como Webern
tocado en un organillo; pero eso esta incuestionablemente superado.
Mas, por otro lado, no cabe desconocer que, en proporción
al esfuerzo técnico realizado, todavía hay un cierto
primitivismo en los resultados. En general es más difícil,
sin duda, poder perfeccionar los medios independientemente del fin,
independientemente de la calidad de la música que con tales
medios se compone. Quisiera mencionar al menos un síntoma
de esto, un síntoma que últimamente me ha sorprendido
y que acaso tenga algo que ver asimismo con el conjunto de las dificultades:
el fenómeno de la inhibición de los impulsos: el fenómeno
de que la música se agite permanentemente, quiera desarrollarse,
pero se interrumpa una y otra vez, cual si estuviera sometida a
un hechizo. No quisiera yo decidir Ia cuestión de si eso
hechizo expresa el hechizo bajo el que estamos viviendo, o si es
también un síntoma de debilidad del yo o un síntoma
de incapacidad compositiva.
Lo único que aquí yo he pretendido es hacer consciente
todo eso; no profetizar, ni postular. La música se encuentra
hoy ante una alternativa: por un lado, el fetichismo del material
y del procedimiento, por otro, el azar dejado en Iibertad. Me ha
venido a Ia memoria una frase de Christian Dietrich Grabbe que me
impresionó mucho cuando Ia leí en otro tiempo: “Pues
nada más que Ia desesperación puede salvarnos”.
Todo depende de Ia espontaneidad, es decir, de Ia reacción
involuntaria del oído compositor, quand même. Mas si
tomamos con seriedad mortal el componer, tendremos que acabar haciendo
la pregunta de si el componer, en su conjunto, no deviene hoy ideológico.
Por ello, sin metáforas, y sin el consuelo de pensar que
las cosas no pueden seguir así, hemos de mirar cara a cara
Ia posibilidad del enmudecimiento. Lo que Beckett expresa en sus
obras dramáticas, y sobre todo en sus novelas, las cuales
a veces susurran como lo hace Ia música eso tiene su verdad
para la música misma. Acaso no sea ya posible otra música
que la que toma como criterio esa exigencia extrema: su propio enmudecimiento.
(1964)
2.
Para comprender la nueva música
A H. H.
Stuckenschmidt, en su sexagésimo quinto cumpleaños
En el
capítulo titulado “Instrucciones para oír la
nueva música”, perteneciente a mi libro El fiel maestro
concertador [Der getreue Korrepetitor], me límite en lo esencial,
habida cuenta del propósito práctico-musical que allí
me guiaba, a tocar aspectos puramente técnicos que son causa
de dificultades para comprender Ia nueva música. Dejé,
en cambio, en un segundo piano el aspecto sociológico. No
hay Ia menor dada de que el aspecto sociológico es inseparable
dcl aspecto intramusical, idea que me gustaría subrayar bien,
en contraposición a muchas tendencias hoy virulentas de Ia
sociología de Ia música. No es posible marginar los
problemas específicamente musicales, a no ser que Ia sociología
de Ia música quiera reducirse a averiguar reacciones de los
sujetos sin tener en cuenta el objeto. Hay que decir, asimismo,
que el aspecto social posee también su independencia propia.
Por un lado, Ia sociedad ofrece el marco para toda música
y para toda practica musical. Quien hablase de Ia recepción
de Ia música sin tener en cuenta simultáneamente Ia
estructura de conjunto a que la música -y también
Ia posibilidad o imposibilidad de Ia recepción de la música-
pertenece, pensaría abstractamente, en el mal sentido de
Ia palabra. Por otro lado, las dimensiones sociales penetran muy
hondo en las dificultades de audición que en apariencia son
dificultades puramente musicales. Recordaré tan sólo,
como algo general que se opone a la recepción de Ia nueva
música lo que en otro contexto he Ilamado Ia pseudo-cultura
socializada, Ia cual se halla en correspondencia con la administración
del espíritu y con Ia transformación de éste
en un bien cultural. Esa pseudo-cultura socializada se opone de
antemano a la comprensión de un arte que no quiere plegarse
a aquellos mecanismos y que incluso se enfrenta a ellos.
Si estudiásemostan sólo las cuestiones técnicas
de Ia audición, presupondríamos tácitamente
al menos el potencial de una relación entre los oyentes y
la nueva música, así como Ia voluntad de Ilegar a
esa relación. Pero esto, que al análisis tecnológico
Ie resulta obvio, es sobremanera problemático en Ia relación
social entre el público y una música decididamente
avanzada. Kierkegaard hablo de Ia seriedad estética. Es probable
que esa expresión fuera ya reactiva en sí misma: es
probable que, mientras hubo algo así como una seriedad estética,
no fuera necesario hablar de ella, sino que cuanto mas en serio
se tomaba el arte, más se lo consideraba como un jugueteo;
en cambio, los consumidores de música ligera recurren muy
aparatosamente, en las apologías que de ella hacen, a concepciones
del mundo e incluso a Ia teoría de Riesman acerca del hombre
hetero-dirigido. En todo caso la seriedad estética y la propensión
a la distracción -la cual, desde luego, no solo hoy es dominante-
caminan en direcciones opuestas. La propensión a distraerse
va formando poco a poco un apriori que imposibilita todo dialogo,
antes incluyo de que se llegue al conflicto concreto entre la audición
y el fenómeno vivo dc la nueva música como tal.
Las explicaciones dadas hasta ahora a la discrepancia existente
entre la nueva música y su comprensión resultan insatisfactorias.
Y entre esas explicaciones insatisfactorias incluyo también
algunos antiguos trabajos míos sobre esta cuestión,
como el que publiqué, antes de 1933, con el título
“¿Por qué el nuevo arte es tan difícil
de comprender?”, en Der Scheinwerfer, la revista
del Teatro de Essen. En esas explicaciones aparece a menudo el término
“enajenación”. Con el asociamos la idea de que,
a partir apróximadamente de mediados del siglo XIX, la progresiva
autonomía del arte ha ido alejando a este cada vez más
de los hombres: la fisura que en la lírica hay entre Heine
y Baudelaire. Esa misma fisura aparece también en la música;
casi siempre se considera el Tristán como el instante
en que eso ocurre. Esta tesis, que entre tanto se ha convertido
en un cliché, utiliza, para explicar un hecho, la mera comprobación
de ese hecho. Si retiramos de ese argumento todo lo que en él
es puro fárrago y lastre culturalista, lo que nos queda es
lo siguiente: que los hombres son ajenos a la nueva música,
porque son ajenos a ella. Yo quisiera hacer la tentativa de ir un
poco más allá de ese estéril modo de tratar
el problema, aúnque habré de limitarme a meras insinuaciones.
Es incuestionable que, hablando en términos muy genéricos,
hubo en otro tiempo, y dentro de algunos estratos sociales cerrados
en cierto modo, una adecuación entre la música y quienes
la oían. Desde luego esa adecuación no fue en modo
alguno, en los casos más destacados a partir de Bach tan
obvia como la fantasía romántica retrospectiva se
la pinta. A quienes creen pensar socialmente cuando condenan la
música moderna en razón de su carácter asocial,
el hecho de que tampoco en las cumbres supremas de la historia musical
haya existido una adecuación feliz debería forzarlos
a reflexionar. En todo caso puede afirmarse, sin incurrir en temeridad,
que la adecuación entre lo oído y el oyente ha estado
limitada a la era de la tonalidad, y, además, en la figura
preferentemente diatónica de ésta. Es muv inseguro
que, en la música anterior a la era del bajo continuo, haya
existido tal adecuación con respecto a los modos eclesiásticos
de constitución sumamente artificiosa, ni con respecto a
la no menos artificiosa polifonía de la Baja Edad Media,
en la medida en que la representación de la música
ha de alcanzarse mediante una audición viva y coactualizadora.
El ideal que propugna que la música debe o tiene que ser
comprendida por todos, ideal del que se supone a menudo que no encierra
ningún problema, tiene, él mismo, su propio índice
histórico-social. Es un ideal democrático; y es difícil
que estuviera vigente bajo el feudalismo. En aquella época
el primer piano lo ocupaba lo que podría Ilamarse, en el
sentido de Platón y de San Agustín, la función
disciplinaria de la música, frente a su comprensión
por todos o su presunto disfrute. En aquella época la música
era considerada también, y esto es muy característico,
como una especie de ciencia oculta; se transmitían, no partituras
enteras, sino voces sueltas, y ello se hacía presumiblemente
con el fin de mantener alejada de la cocina alquimista del contrapunto
a la misera plebs. Después del Tristán ese
consenso temporal y precario torno a volverse inseguro.
No cabe duda de que muchas obras han sido y son recuperadas. De
manera imperceptiblemente lenta van logrando recepción también
obras procedentes de la época posterior a la ruptura del
consenso. Pero no hay que sobrevalorar esa recepción. Que
la gente tolere ciertas obras sencillamente porque tienen una antigüedad
de cincuenta, sesenta o setenta años, es una cosa, y que
las comprenda realmente, otra. Tras una ejecución de la Sinfonía
de cámara n°1, op. 9, de Schönberg, hoy no
habrá ya ningún escándalo. El público
se ha habituado entre tanto a cosas enteramente distintas, y en
todo caso existen en la citada pieza numerosas partes y elementos
que atenúan los choques. Sin embargo, cabe suponer que esa
obra, cuya textura ofrece dificultades extraordinarias, no es hoy
comprendida de manera estricta, no es “oída en su totalidad”
de igual modo que no lo que en los años anteriores a 1910,
cuando fue escrita.
Es hora de que se haga un estudio realmente a fondo sobre la recepción
que tuvieron ya las obras maduras de Wagner; tal estudio proporcionaría
sin duda muchos conocimientos. Verosímilmente mostraría
que lo que la gente capto en Wagner fue, por un lado, ciertos epifenómenos
-a veces, aquellos que están en contradicción con
el propio ideal de Wagner-, y, por otro, el gesto ideológico
de la totalidad en su conjunto, pero que, en cambio, captó
mucho menos la música misma que Wagner componía, la
estructura de esa música. Recordaré a este propósito
algo que, en su reelaboración del Gran tratado de la
instrumentación y de la orquestación modernas
de Berlioz, Richard Strauss menciona a propósito de Wagner,
pero que es aplicable todavía más a él mismo.
Dice Strauss que, en El fuego encantado, de La Valkiria,
la orquesta está tratada al fresco. Tales complejos musicales,
añade, están ya preparados para no ser percibidos
en cada una de sus notas con la misma precisión con que era
percibida la música pre-wagneriana, sino para ser percibidos,
por así decirlo, desde una cierta distancia. Se da por supuesta
una cierta vaguedad de la percepción; más aún,
esa misma vaguedad va ya incorporada a la composición misma;
la música escrita y el fenómeno realmente percibido
no coinciden entre sí en modo alguno. Esto sugiere una especulación
sociológica similar a la que Benjamin realizó a propósito
de Baudelaire, a saber: que, a partir de la fisura a que antes nos
hemos referido, posterior a la primera mitad del siglo XIX, la música,
en la medida en que es música moderna, se dirige ya a unos
oyentes que no prestan una atención tan precisa y que, como
consecuencia de eso -esta es la extrapolación que podríamos
hacer-, no tienen ya tampoco una comprensión tan precisa.
Según esto, el modo mismo de componer tendría en cuenta
las modificaciones históricas del acto de comprender.
Cuando antes he mencionado la era de la tonalidad me estaba refiriendo
a la era de la tonalidad basada en los modos mayor y menor, tal
como se impuso desde comienzos del siglo XVII. A una mirada retrospectiva
le resulta problemático que en esa época haya existido
una comprensión tradicional de la música, o, al menos,
lo que se tiene a sí mismo por comprensión. La musicología
sabe o sospecha entre tanto que la tonalidad mayor-menor, que corresponde
al predominio de los modos eclesiásticos jónico y
eolio, es, en la música popular, mucho más antigua
que su aprobación oficial por la música moderna del
bajo continuo, que comienza a finales del siglo XVI. Según
esto, el sentimiento de la tonalidad mavor-menor estaría
vivo desde mucho antes de lo que hace creer el progreso del material
musical; es posible que el oído real no se haya regido nunca
tanto por los modos eclesiásticos cuanto por la tonalidad
mayor-menor. En el preconsciente musical y en el inconsciente colectivo
la tonalidad parece haber llegado a convertirse en algo así
como una segunda naturaleza, no obstante ser ella misma, la tonalidad,
un producto histórico. Esto podría explicar la enorme
fuerza de resistencia con que la tonalidad se opone, en la conciencia
de los oyentes, a la comprensión de obras que han sido, por
su parte, la consecuencia necesaria y enteramente lógica
de la evolución inmanente de la tonalidad como lenguaje de
la música.
Para percatarse bien de las dificultades que se oponen a la comprensión
de la nueva música es preciso plantear la cuestión
e contrario, es decir, preguntarnos de que procede aquella capacidad
de resistencia de la tonalidad en cuanto lenguaje musical. Por lo
pronto habrá que pensar, sin dada, en que la tonalidad fue,
en gran medida, resultado de un proceso evolutivo no voluntario,
no dirigido. Aquí resulta difícil no pensar en los
principios que rigen la economía monetaria burguesa, principios
que, según las pruebas aportadas por Max Weber en Economía
y sociedad, tuvieron su génesis en las leyes inmanentes
de la sociedad feudal, preburguesa, en las leyes inmanentes de la
rendición de cuentas del sistema patrimonial. En la apologética
de la nueva música se olvida con facilidad que la tonalidad
no es un sistema sonoro meramente estatuido, sino que daba cumplimiento
de manera muy precisa al concepto de espíritu objetivo. La
tonalidad establecía una mediación entre un lenguaje
musical inmediato, hablado de manera más o menos espontánea
por los hombres, si así cabe expresarse, y unas normas cristalizadas
en el interior de ese lenguaje. La nueva música, a partir
aproximadamente de ]as primeras obras escritas en una atonalidad
consecuente, ha eliminado aquel equilibrio que existía entre
el lenguaje y la norma. La nueva música ni consiente ya unas
leyes similares a las del lenguaje, ni se asemeja tampoco a aquello
que los hombres oyen de manera pre-artística, de manera infantil,
por así decirlo. También la lengua hablada y la Iengua
literario-objetiva se han ido apartando una de otra: solo que en
la música la ruptura es mucho más radical. La diferencia
existente entre la tonalidad y el emancipado material de hoy, es
decir, el material de los dote semitonos temperados dotados de derechos
iguales -aquí podemos dejar de facto los sistemas basados
en cuartos y en sextos de tono-, no es la diferencia superficial
entre un sistema, un esquema de ordenación, y otro sistema
o esquema de ordenación distinto, sino que es la diferencia
entre un lenguaje sedimentado, por un lado, y, por otro, un procedimiento
que ha pasado a través de la voluntad consciente de la conciencia
emancipada.
La ruptura, en la nueva música, del consenso colectivo es
un aspecto esencial del nuevo material, aúnque es bien cierto
que este nuevo material ha tenido su origen, a su vez, en la Iey
que rige el movimiento de la música tradicional. Con el fin
de no entregarse a la pendiente de un lenguaje dado de antemano,
el ademán propio de la nueva música querría
desembarazarse de los aspectos lingüísticos en general
y construir la conexión a partir puramente de si mismo, obedeciendotan
sólo a las exigencias de la obra concreta. A esto se llegó
por razones sociales: el lenguaje idiomático, tradicional,
dado de antemano, chocó con la diferenciación individual
de la música, en la cual se manifiesta el proceso de diferenciación
de la sociedad burguesa. El aspecto comunitario inherente al lenguaje
tonal fue evolucionando cada vez más hacia un aspecto de
equiparabilidad de todo con todo, hacia la nivelación y la
convención. Señal sencillísima de esto es que
los acordes principales del sistema tonal pueden ser colocados en
innumerables lugares, cual si fueran, por así decirlo, una
forma de equivalencia, cual lo siempre idéntico para lo siempre
diferente, sin que, en esto, tales acordes tuvieran que ser modificados
en sí mismos. Esta equiparabilidad del lenguaje musical se
fue ofreciendo de modo creciente como vehículo al carácter
mercantil, si es que no ocurrió como yo me malicio, que en
la equiparabilidad e intercambiabilidad de las fichas tonales estaba
actuando ya desde el comienzo un principio idéntico al que
estaba actuando en el pensamiento mercantil de la época burguesa.
Poco a poco, en todo caso, el carácter mercantil fue recubriendo
el entero lenguaje de la música. Esto acabó haciéndose
insoportable; lo que en la música era en otro tiempo lenguaje
se convirtió en mero soniquete de carraca. El romanticismo
percibió esto sin desconcertarse. Las usuales invectivas
contra el subjetivismo y el individualismo románticos, lo
único que hacen en general es aderezar una altisonante ideología
para aquella esencia anquilosada y mecánica contra la cual
los seres humanos han protestado siempre, en tanto la idea de la
libertad continuo siendo para ellos algo sustancial. Lo que parecía
individualista en la protesta alzada, en nombre de la libertad de
expresión, contra el dominio de la tonalidad, eso es en realidad
una protesta social, dirigida contra la yenta del lenguaje musical
al lucro, dirigida contra el rebajamiento del lenguaje musical a
ideología. No fue Cocteau el primero en señalar que
la evolución de la pintura moderna después del impresionismo
resulta comprensibletan sólo si se tiene en cuenta su relación
con la fotografía. La pintura pasa a convertirse en aquella
porción de la configuración óptica que se sustrae
a la técnica fotográfica y, a la vez, en una oposición
a la transformación -que hoy se esta consumando- del mundo
en su copia fotográfica. Análoga es la relación
que se da entre la música artística y la música
ligera, dentro de la cual yo coloco expresamente, igual que Pierre
Boulez, el jazz; se ubica erróneamente al jazz cuando se
lo mete, como suele hacerse en Alemania, en el mismo saco que las
tendencias vanguardistas. La música ligera se va extendiendo
de una forma desmesurada, y la industria cultural absorbe dentro
de si una porción cada vez mayor de los denominados bienes
culturales elevados, con o sin arreglos y jazzizaciones. Ya la mera
repetición sin fin de obras célebres a las que se
coloca la etiqueta de “clásicas” y se provee
de sellos mercantiles como, por ejemplo, “The Emperor”,
las transforma en algo parecido a las cancioncillas de moda. En
mucha de la música del romanticismo tardío, música
pretendidamente seria, el paso hacia la música ligera es
muy fluido; yo he intentado mostrar esto en el caso de Chaikovski.
Hace cincuenta añus Franz Schreker era todavía moderno;
en aquella época Paul Bekker dijo de él que era el
auténtico exponente de la música moderna en la ópera.
Muchas de sus conquistas sonoras, que entonces fascinaban a los
músicos, han ido descendiendo entre tanto al nivel de música
ligera.
Sin embargo, cuanto más se amplía el territorio de
Ia música ligera, cuanto mayor es la cantidad de música
y de elementos musicales que queda contaminada por la música
ligera, tanto mayor es objetivamente la necesidad que los compositores
sienten de algo que no este mancillado. Hemos de cobrar conciencia
de una paradoja: precisamente aquello contra lo que se lanza, como
un insulto, la acusación de que es intelectual, precisamente
eso representa lo que aún no ha sido guisado por el negocio
racionalizado, lo que aún no Ileva grabadas en si las huellas
digitales de la comunicación universal. En consecuencia,
Ia razón de la difícil comprensión de la música
moderna no esta tanto en la enajenación, que poco a poco
se ha vuelto exasperada, cuanto en el hecho de que esa música,
para no participar en el berreo universal, dirige sus garfios contra
los oyentes, desvaloriza las opiniones usuales acerca de la inmediatez
y la naturalidad. La nausea frente a lo banal, sentida en nombre
del gusto, ha sido ya desde siempre artísticamente productiva;
esa nausea no que jamás puro esteticismo, sino que siempre
fue también garante de la moral en el arte. Pero entre tanto
esa nausea no se limita ya a algunos chabacanos giros y enlaces
de sonidos, sino que se ha extendido a la totalidad del deteriorado
material sonoro.
Yo considero, no obstante, que es la fuerza de resistencia de la
tonalidad lo que constituye el núcleo de una explicación
de la difícil inteligibilidad de la nueva música.
Sería necesario entender qué es lo que ha hecho que
la tonalidad se convirtiera en una segunda naturaleza. Su semejanza
con el lenguaje no basta por si sola para explicar esto. Hay que
recurrir a la función desempeñada por la tonalidad
durante tan largo tiempo: la función de una cierta compensación
entre lo general y lo particular en la música.
August Halm, cuya obra esta hoy casi enteramente olvidada, fue seguramente
el primero en plantear de manera explícita el problema de
lo general y lo particular en la música. Mientras la tonalidad,
al igual que el lenguaje hablado, dispuso de formulas generales
-que iban desde el sonido individual, pasando por lo sucesión
de intervalos, hasta la gran arquitectura-, mientras eso ocurrió,
la tonalidad ofreció con ductilidad, en la combinación
de esos elementos, un espacio a lo particular, es decir: a la impronta
individual característica y a la expresión individual.
Es cierto que la tonalidad había organizado previamente todos
los fenómenos, en el sentido de un lenguaje objetivo, de
modo similar a como lo hacen los lenguajes basados en palabras;
pero a la vez la tonalidad contenía innumerables posibilidades
de combinaciones, y sobre todo contenía la posibilidad de
saturarse de expresión, de modo que lo particular podía
fusionarse con lo general; más aún, en muchas ocasiones
era lo general lo que hacia surgir lo particular. Ya Nietzsche no
percibió esa capacidad como algo obvio. Defendió la
opinión, por lo demás apenas sostenible, de que la
capacidad de la música para servir de expresión a
lo particular era mera cuestión de convencionalismo. Nietzsche
tomo demasiado a la ligera el carácter de espíritu
objetivo que hay en la tonalidad, infravaloro la sustancialidad
de la tonalidad; esto resulta sorprendente en alguien como él,
que pensaba sobre la música de una manera completamente tonal.
La otra cara de la moneda de esa especie de objetividad que hay
en la música tonal es un aspecto que fue tal vez el que sirvió
de acicate decisivo para la critica que acabo llevando a la nueva
música a denunciar el contrat social. En un trabajo publicado
en Norteamérica, y que apenas es conocido en Alemania, mi
amigo Ructolf Kolisch ha puesto de relieve los caracteres básicos
a los que corresponden los tipos de tempi en Beethoven. Al realizar
eso llegó a una cantidad enumerable, por así decirlo,
de tales caracteres y tempi básicos. En un primer momento
este hallazgo resulta chocante; frente a la gigantesca obra de Beethoven,
parece un poco mecanicista y matematizante. Pero si examinamos la
otra cara de esa idea, si entendemos la intuición de Kolisch
coma una intuición potencialmente crítica, encontraremos
que la gran música tonal ofrece de hecho rasgos de un juego
de puzzle. Los movimientos de las obras de los grandes compositores
se basan en un numero finito de topoi, de elementos más o
menos rígidos, con los cuales aquellos movimientos están
constituidos. El aspecto, central para el Clasicismo Vienés,
de la organicidad, de lo que evoluciona a partir de sí mismo,
muestra ser en gran medida, a la vista de estos topoi, un arte de
la apariencia: la música se presenta como si lo uno evolucionase
a partir de lo otro sin que tal evolución ocurra en sentido
literal. El arte del compositor enmascara el aspecto mecánico,
pero éste es muchísimo más poderoso de lo que
a la fe en la cultura puede gustarle. Ese aspecto mecánico
es profundamente afín tanto al espíritu de las ciencias
naturales como al espíritu burgués. De modo enteramente
similar, también los grandes sistemas filosóficos,
desde Platón, han venido sirviéndose una y otra vez,
con cierta ingenuidad, de tales medios mecánicos, contra
los cuales debería haberse rebelado el pathos del espíritu,
pathos dominante en tales sistemas. El malestar producido por semejante
agregación caleidoscópica y mecánica de elementos
que el impulso que arrastró hacia una música que quería
verse libre de esto. La conciencia burguesa, en cambio, piensa siempre
en obtener de una combinación mínima de elementos
el mayor numero posible de productos, en conformidad con el modelo
de los procesos laborales vigente a partir del período de
la manufactura. Este procedimiento lleva añejo un placer
tenaz, bien que inconfesado: el placer de la repetición regresiva.
Dentro del arte burgués la tonalidad que se sobrevive a sí
misma es la que se cuida de proporcionar ese placer; el arte burgués
no se rebelo contra eso, de igual modo que la burguesía no
fue, en verdad, revolucionaria. En esto la nueva música se
constituye de hecho en tribunal que dicta sentencia sobre la música
tradicional.
Otra ventaja del idioma tonal -este idioma, ciertamente, no necesitaba
controntarse con ningún otro- consistía en que, en
su cumbre, desde Bach hasta el primer romanticismo, no solo abarcaba,
como esquema, lo particular, sino que -y esto se podría mostrar
en Beethoven- lo exigía, más aún, producía
desde sí mismo la figura de lo particular. A lo largo de
siglos las emociones específicas y los impulsos individuales,
las denominadas “ocurrencias musicales”, que desde sí
mismas venían preformadas por la tonalidad, han exigido,
por así decirlo, los principios organizativos de ésta.
Sin banalizar de ningún modo el problema, es preciso darse
realmente cuenta de cuan enorme es Ia fisura abierta aquí
por la nueva música, y ello no sólo en razón
de su alteridad cualitativa, sino sobre todo en virtud de lo que
perdió al perder la tonalidad. Solo quien no disimule esto
mediante maquillajes comprenderá en que sentido es radical
la música moderna y por qué los hombres se oponen
de un modo tan violento a ella. Ya no se cumple sin mas la función
multisecular de la tonalidad, sino que resulta necesario producir
primero esa función, en el caso de que pueda lograrse. Ahí
es donde reside la razón básica del trauma que la
nueva música produce. Seria superficial y frívolo
establecer aquí una separación entre las razones intramusicales
y las razones sociales; los problemas estructurales dc la música,
la relación entre lo general y lo particular en la música,
son manifestaciones, inconscientes a si mismas, de procesos sociales
que acontecen en un nivel profundo. No es posible volver a juntar
a voluntad lo general y lo particular; tampoco es posible restablecer
la tonalidad, como a veces se ha soñado. Con su desaparición
paga la tonalidad su propia culpa, paga lo que tenía de represiva,
de violentadora de la emoción individual. Un modo muv sencillo
de hacernos presente este problema es, sin duda, pensar en que precisamente
los mas grandes compositores tonales, Bach, Mozart, Beethoven, tuvieron
siempre un afán de disonancia, afán que se abre paso
una y otra vez, pero al que el bajo continuo mantiene a raya.
La principal dificultad para la recepción de la nueva música
consistiría, según esto, en lo siguiente: en que la
ordenaciónn del material no proporciona ya de manera automática
aquella compensación a que antes nos hemos referido -Schönberg
hablaba de una homeostasis; cuando el aceptaba como ideal la homeostasis
era un compositor enteramente tradicional-. La música moderna
no conoce ninguna armonía preestablecida entre lo general
y lo particular, y además, en razón de su propia verdad,
no Ie es lícito conocerla. Lo general esta abierto, se halla
desesquematizado; pero es problemático, es algo que hay que
encontrar primero, y ello desde la formulación de la emoción
particular hasta la construcción del todo. Ha quedado de
manifiesto que esta constelación, al ir avanzando y desarrollándose,
ha afectado también a lo particular, que en los comienzos
espontáneos de la nueva música tuvo una fuerza enorme.
Recordare a este propósito la sencilla observación
de que en la música tonalmente integrada el perfecto modelado
real y concreto de los detalles es menor que en la atonalidad libre
y menor también que en la tonalidad tardía. Con esto
se halla relacionada aqueIla crisis de las “ocurrencias musicales”
sobre la que han Ilamado la atención tanto Eduard Steuermann
como Ernst Krenek. Lo que ocurrió en el helenismo, tras el
hundimiento de la polis griega, a saber: que el individuo emancipado
no tuvo cada vez mas fuerza, sino que fue como arrugándose,
fue encontrando un espacio cada vez menor para su realización,
y al final quedo reducido al ideal de la vida oculta, eso mismo
esta aconteciendo de manera manifiesta en la música. La caoticidad
que horroriza en ella a la mayoría de las personas viene
condicionada por el hecho de que la armonía preestablecida
de lo general y lo particular ha desaparecido. El oído que
ahora escucha, y que estaba acostumbrado a aquella armonía,
se siente desbordado cuando debe reconstruir a posteriori, a partir
de si mismo, los procesos específicos de la composición
individual en los que se halla articulada en cada caso la relación
de lo general y lo particular.
Aquí es donde el factor social interviene de un modo clarísimo
en la constitución interna de la música. La tonalidad
no fue por azar el lenguaje musical de la era burguesa. La armonía
de lo particular y lo general correspondía al modelo de sociedad
del liberalismo clásico. Al igual que en ella, la totalidad
se imponía, por detrás de las bambalinas, como Invisible
hand, a través de las espontaneidades individuales y por
encima de éstas. La compensación universal de las
tensiones producidas por la totalidad debía hacer al final
que la cuenta, el saldo, cuadrarse. La homeostasis, el equilibrio,
y el balance perfecto del debe y el haber son, de manera inmediata,
lo mismo. Este modelo no fue jamás un modelo adecuado a la
realidad, sino que en gran medida era ideología. Su despliegue
fue tal, que cada vez podía bastar menos por sí mismo,
y reclamaba intervenciones. Asimismo se podría concebir la
historia de la nueva música como una historia de intervenciones
realizadas por la voluntad critica y planificadora en el mecanismo
aparentemente autárquico de la tonalidad. Desde que ya no
hay tonalidad, existe un intervencionismo estético en la
música, con todas las dificultades y desequilibrios que semejante
intervención permanente arrastra forzosamente consigo. Cuanto
más intervención y planificación haya, tanto
más vaciado quedará el viejo modelo, o se convertirá
en puro pretexto. Lo general do la tonalidad, que ya no mantiene
una relación transparente con lo particular, pierde toda
su sustancialidad y se convierte en una convención obstaculizadora.
Desde hace ya más de un siglo ese era el sentimiento que
en los compositores dejaba la fórmula clásica de la
cadencia de cuarto, quinto y primer grado.
La idea de la compensación de las tensiones, es decir, de
la armonía en sentido artístico, se vuelve más
y más ideológica a medida que la realidad proporciona
cada vez menos a lo individual, mediante lo universal aquello que
a lo individual le esta prometido y que lo individual mismo promete.
En una situación general en la que se ha vuelto completamente
dudoso que esa situación posea todavía un sentido,
un proceder artístico que, aúnque sea de modo indirecto,
presenta el todo como lleno de sentido y lo glorifica se convierte
en un proceder insoportable. Sin embargo, en vez de ocurrir eso,
ocurre, como en un reflejo especular, que lo que se les vuelve odioso
a los hombres es el desencantamiento mismo a que están expuestos.
Los vínculos estéticos son mentira porque los reales
se han vuelto mentira. Ahí es donde hav que buscar sin duda
la motivación más honda que dio pie a la ruptura del
consenso colectivo. Recordemos una experiencia que desempeña
aquí su papel y con la que ya tropezó Schönberg:
la experiencia de lo musicalmente idiota, tal como él lo
subrayó, por ejemplo, a propósito de las secuencias
de Verdi, Ileno de aversión contra el hecho de que un pensamiento
musical ya dicho sea repetido dos veces, tres veces, muchas veces.
Esa idiotez no es otra cosa que la conciencia cosificada que, chapoteando
musicalmente, trata de ocultar las contradicciones sociales reales,
pasando por encima de ellas. La frase de Schönberg, coincidente
en esto con Adolf Loos de que el arte no debe ser un ornamento,
sino ser verdadero, no era un programa naturalista; por el contrario,
bien entendida, esa frase es una acusación contra la conciencia
cosificada. El negarse a comprender la nueva música es la
defensa a que esa conciencia cosificada recurre, una defensa que
no es consciente de sí misma y que, por ello, es tanto más
tenaz. La gente entiende erróneamente el endurecimiento social
de esa consciencia cosificada, y lo considera corno si fuera la
eternidad propia de lo natural. Justo las contradicciones reales,
más allá de las cuales no dirige su mirada la sociedad
actual, represan la conciencia propia de esa sociedad, devolviéndola
hacia los tiempos presuntamente felices de la tonalidad. Esta conciencia
falsa es promovida por la industria cultural, la cual inmoviliza,
congela la imagerie burguesa, una vez anquilosada. Lo que en el
ante seria la voz de la sociedad, eso es, justo por ello, abominación
para la sociedad; no es esta la última razón de la
dificultad para escuchar la nueva música.
Quisiera llamar la atención en este contexto sobre una circunstancia
cuya relevancia social y estética no ha sido advertida como
es debido, pero que hace poco se manifestó de un modo craso
con ocasión de una discusión habida en Francfort.
Las resistencias a la nueva música se concentran especialmente
en la ópera. Esta goza de predilección, en general,
entre aquellas personas que, desde luego, quisieran participar de
la cultura, pero que eluden cumplir las exigencias que esta les
impone -a saber, las de una co-actualización espiritual,
activa- y se contentan con la recepción pasiva de lo siempre
idéntico. La ópera es el lugar y el hogar de los consumidores
de cultura, y por ello, el baluarte de la oposición a la
nueva música. El concepto de una “ópera moderna”
encierra contradicciones insolubles. La idea de la opera, tal como
el público la degusta culinariamente, es inconciliable con
los medios de la nueva música. El Schönberg revolucionario
abandono, con sus dos obras en un acto tituladas Espera
(Erwärtung) y La mano feliz, aquel ideal
de la ópera, de igual modo que también lo abandonó
Stravinski con el Renard y con La historia del soldado,
bien que este lo hiciera de un modo radicalmente distinto, de un
modo menos rudo. Justo en el campo del teatro la nueva música
se ve empujada a vincularse del modo más estrecho con los
denominados espectáculos experimentales.
Las dificultades para comprender la nueva música son, por
un lado, [as dificultades propias del no entender en sentido estricto.
Este no entender viene condicionado por la carencia de formulas
corrientes de comunicación, pero también por la carencia
de una lógica musical, aúnque fuera ilusoria, que
fuera análoga a la lógica discursiva. Una lógica
como esa no ha imperado desde luego nunca, ni siquiera en la música
tradicional, de un modo tan estricto como el idioma la finge; pero
la nueva música proclama que incluso esa lógica era
apariencia. En cambio, en sus productos auténticos la nueva
música está organizada literal, y ya no sólo
metafóricamente, de un modo más lógico que
la música tradicional. Pero justo esa organización
inexorablemente lógica es lo que constituye por sí
mismo una ofensa para la conciencia de los oyentes, para una conciencia
que en apariencia esta distendida, pero que, en verdad, lo que esta
es distraída. Aún cuando hoy es raro que las obras
nuevas provoquen ya escándalos, siguen suscitando todavía,
más allá de la mera incomprensión, afectos
agresivos como respuesta a la agresión que ellas mismas realizan.
Los grupos políticos de la derecha radical difaman en su
totalidad la música moderna. En todos sus rasgos técnicos
-la disonancia los intervalos abruptos, la forma abierta- la nueva
música se opone al concepto usual de armonía, que
es un concepto ideológico-espiritual, y actúa como
recordatorio de aquello que queda encubierto por lo quo Herbert
Marcuse denomina el carácter afirmativo de la cultura. El
furor contra la nueva música forma parte de algo que es mucho
mas amplio, forma parte del síndrome psico-social de la personalidad
vinculada a la autoridad. Este tipo de personalidad odia lo divergente
en sí, con anterioridad al contenido particular que encierre:
todo, dice, debe ser nivelado. La nueva música es, sin embargo,
la divergencia absoluta. A fuerza de tal, plantea el problema siguiente:
la nueva música apenas puede ser verdaderamente comprendida
más que en relación con aqueIlo de que diverge. Mas,
sea de esto lo que sea: el furor a que antes me he referido no es
tanto una rebelión contra estructuras o contenidos determinados,
cuanto un modo de reaccionar previo a ellos: es el rechazo de lo
extraño. La reacción es tanto más violenta
cuanto menos se deja aprehender el contenido, cuanto menos coincide
este con la experiencia habitual. Los enemigos jurados dc la nueva
música suelen ser quienes no entienden absolutamente nada
de ella. No es que la nueva música violo determinados tabúes,
como lo hace gran parte de la literatura vanguardista; lo que ella
ofende es el entendimiento a priori con el mundo. De ahí
que el rechazo de la nueva música sea universal.
Convendría decir unas pocas palabras sobre el aspecto específicamente
social de la recepción de la nueva música. Se habla
mucho de la desaparición de un estrato de conocedores genuinos.
Lo que en eso sea cierto es algo que no puede tomarse en sentido
cuantitativo. De manera absoluta, es decir, si fuera posible contar
ci numero de conocedores, es probable que hoy existan mas conocedores
que antes, aúnque sólo sea porque la población
ha aumentado. En cambio, es posible que el número de conocedores
haya disminuido no solo en proporción al número de
la población, sino también en proporción a
quienes son arrastrados al campo de acción de la música,
a quienes son afectados por la música. Esto, unido a los
cambios estructurales de la sociedad en su conjunto, produce una
distorsión en la actitud hacia la música, en primer
lugar hacia la nueva, pero luego también hacia la antigua.
Mencionemos el extraño papel desempeñado por el concepto
de “clásico”, tal como se refleja en la omnipresente
división entre “música clásica”
y “música Iigera”. Es incontable el número
de quienes opinan que no es la música moderna la que ha reemplazado
a la música tradicional, sino que es la música ligera
la que ha sustituido a la música seria. Es manifiesto que
la autoridad del estrato do los conocedores de música ha
disminuido. Según la expresión empleada por Habermas,
tal estrato se ha convertido en el vehículo de la ideología
de una elite en retroceso real o presunto, o que al menos se estiliza
a sí misma como tal elite. La cultura que se imagina estar
ofreciendo resistencia a la barbarie, muchas veces lo que hace,
por su mentalidad reaccionaria, es ayudar a osa barbarie.
Cuando hace treinta años yo introduje el concepto de una
regresión del oír, no me estaba refiriendo -como me
achacó el señor Wiora, no obstante haber escrito yo
expresamente lo contrario- a un retroceso general del oír,
sino al oír de personas regresivas, de personas superadaptadas,
en las que la formación del yo ha resultado fallida y que
no comprenden las obras de arte de un modo autónomo, sino
en una identificación colectiva. Regresión del oír
no significa quo se haya retrocedido frente a un nivel medio que
en otro tiempo fuera superior. Lo quo ha ocurrido es, antes bien,
que ha habido un cambio en la proporción entre quienes oven
adecuadamente y quienes oyen inadecuadamente. Los tipos quo hoy
dominan colectivamente la conciencia musical son regresivos en el
sentido psico-social. En Alemania gran culpa de eso la tiene la
Jugendbewegung musical. Ésta aparentaba ocuparse en la música
seria, pero lo que en realidad hacia era pedagoguizar la música;
y al pedagoguizarla ha rebajado las exigencias, ha establecido una
primacía de la participación sobre la audición,
en el fondo una primacía del público sobre el objeto
mismo, y con ello a la postre ha estafado al público en aquello
que honraría al público.
Lo que sobre todo ha decaído es la comprensión de
la gran música de cámara, que se extiende desde Haydn
hasta Webern. Pero la capacidad de oir música de cá |