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Filosofía
de la Nueva Música (fragmentos)
T. W. Adorno
Prefacio
Este
libro comprende dos estudios, escritos con un intervalo de siete
años, y una introducción. La estructura y el carácter
del conjunto pueden justificar algunas palabras aclaratorias.
En 1938 el autor publicó, en la Zeitschrift für
Socialforschung un ensayo titulado Sobre el carácter
fetichista de la música y la regresión de la escucha.
Ese ensayo pretendía exponer el cambio de la función
de la música actual, indicar las modificaciones internas
que los fenómenos musicales como tales sufren al subordinárselos
a la producción comercializada en masa y asimismo determinar
de qué manera ciertos desplazamientos o cambios antropológicos
de la sociedad masificada penetran hasta en la estructura del oído
musical. Ya entonces el autor proyectaba dar un tratamiento dialéctico
a la situación de la composición musical, la única
que en verdad decide sobre la situación de la música
misma. Le saltaba a la vista la fuerza de la totalidad social, aun
en esferas, como la de la música, aparentemente separadas.
No podía pues escapársele que el arte en el cual se
había educado no quedaba exente, ni siquiera en sus formas
más puras y libres de compromisos, de ese carácter
objetivo positivo predominante en todas las esferas, sino que tenía
aguda conciencia de que, precisamente en el empeño de defender
su integridad, la música engendra caracteres justamente de
la misma índole de aquellos a los que ella se opone. Al autor
le interesaba, pues, reconocer las antinomias objetivas en que ésta
necesariamente envuelto el arte, cuando, en medio de una realidad
heterónoma, pretende realmente permanecer fiel a sus propias
exigencias intrínsecas, sin reparar en el efecto, antinomias
que no pueden superarse sino cuando se las examina sin ilusiones
hasta el fin.
Introducción
“Pues
en el arte tenemos que ver, no con un mero juego agradable
o útil, sino... con un desplegarse de la verdad."
Hegel,
Estética III |
La historia
filosófica como ciencia del origen es la forma que de los
extremos opuestos, de los excesos aparentes de la evolución,
da nacimiento a la configuración de la idea, entendida como
una totalidad caracterizada por la posibilidad de una coexistencia
llena de sentido de tales contrarios." El principio que siguió
Walter Benjamin, por motivos de crítica gnoseológica,
en su tratado sobre el drama alemán, puede derivarse del
objeto mismo en un tratamiento filosófico de la música
moderna que se limite sustancialmente a considerar los dos protagonistas
cada uno en sí mismo. En efecto, la naturaleza de esta música
está impresa únicamente en los extremos y sólo
ellos permiten reconocer su contenido de verdad. "El camino
del medio" se lee en el Prefacio a las Sátiras para
coro de Schönberg, "es el único que no lleva
a Roma". Por eso -y no siguiendo la ilusión de que se
trata de las mayores personalidades- se consideran sólo estos
dos autores.
Pero
el tratamiento filosófico del arte se refiere a ella y no
a los conceptos de estilo, por más contactos que tenga con
estos. La verdad o la falta de verdad de Schönberg o Stravinski
no puede establecerse en la mera discusión de categorías
como atonalidad, técnica dodecafónica, neoclasicismo,
sino sólo cristalizando concretamente tales categorías
en la estructura de la música en sí. Las categorías
de estilo preconstituidas pagan su carácter accesible al
no expresar la conexión de la imagen, ya que se quedan irremediablemente
en este lado de la configuración estética. Si en cambio
se considera el neoclasicismo procurando determinar cuál
es la necesidad interna de la obra que la lleva a este estilo, o
bien cómo se comporta el ideal estilístico frente
al material de la obra y su totalidad de construcción, se
hace virtualmente posible resolver hasta el problema de la legitimidad
del estilo.
Lo que se halla entre los dos extremos no necesita hoy en realidad
una interpretación clarificadora, ya que más bien,
con la indiferencia, hace superflua la especulación. La historia
del movimiento de la nueva música no tolera ya "la coexistencia
llena de sentido de los opuestos”.
La connivencia
con el oyente, disfrazada de humanidad, comienza a disolver los
criterios técnicos a que ya había llegado la composición
de vanguardia. Lo que tenia validez antes de la fractura, la constitución
de una coherencia musical mediante la tonalidad, se pierde irremisiblemente.
Y la tercera generación no cree en los tritonos perfectos
que escribe mirando de reojo, ni los medios sonoros podrían
por sí mismos emplearse en obtener resultados que no fueran
vacuos. Esa generación quiere, sin embargo, sustraerse a
las consecuencias del nuevo lenguaje que recompensa las más
arduas fatigas de la conciencia artística con el completo
fracaso en el mercado. La fuerza histórica, la "furia
del eclipse", impide estéticamente el compromiso o la
conciliación, que está aquí tan irremediablemente
condenado como en el terreno político. Mientras los compositores
buscan protección en todo lo que esta garantizado por lo
antiguo y afirman que ya están hartos de lo que el lenguaje
de la incomprensión Ilamaba "experimentos", se
entregan inconscientemente en manos de lo que les parece el peor
de los males, la anarquía. La búsqueda del tiempo
perdido no sólo hace que se pierda el camino que conduce
a casa, sino que hace perder toda consistencia; el que conserva
arbitrariamente lo que ya está superado compromete lo que
quiere conservar y choca de mala fe contra lo nuevo. Más
allá de todo limite geográfico, los epígonos
de aquellos que fueron irreductibles enemigos de todo epigonismo
e imitan entre sí en una mezcla de destreza e incapacidad.
Stravinski
representa uno de los extremos del movimiento de la nueva música,
aun cuando puede registrarse de obra en obra la capitulación
de su propia música, casi por el peso de su gravitación;
pero hoy se hace evidente un aspecto general que no puede atribuirse
inmediatamente a él y que está indicado sólo
de manera latente en el variar de sus procedimientos de composición:
el desmoronamiento de todos los criterios de buena o de mala música,
tales como se habían sedimentado desde los albores de la
época burguesa. Por primera vez se lanzan al mercado dilettanti
de todas partes como si fuesen grandes compositores. La centralización
económica de la vida musical les asegura el reconocimiento
oficial (...) Desde mediados del siglo XIX la gran música
se ha divorcia o completamente del consumo. La coherencia de su
desarrollo está en contradicción con las necesidades
que se manejan y que al propio tiempo complacen al publico burgués.
El círculo, numéricamente estrecho, de conocedores
queda sustituido por todos aquellos que pueden pagarse una butaca
y que quieren mostrar a los demás su cultura. El gusto público
y la calidad de las obras quedaron divorciados. La calidad se impone
gracias sólo a la estrategia del autor. que por cierto no
atañe a la obra misma, o gracias al entusiasmo de los críticos
y de los peritos musicales. Pero la música radical moderna
no podía contar ya con esto. Mientras puede juzgarse la calidad
de cualquier obra de vanguardia dentro de los mismos límites
de una obra tradicional y hasta con la misma validez (si no mejor
aun, puesto que no existe ya un lenguaje musical: de validez general
que descargue al compositor del peso de la exactitud técnica),
los presuntos mediadores de profesión han perdido la capacidad
de decidir en tales cases. Desde el momento en que el proceso de
composición se mide únicamente según la conformación
propia de cada obra y no ya según razones genéricas
tácitamente aceptadas, ya no es posible "aprender"
a distinguir entre música buena o música mala. Quien
quiera juzgar debe considerar de frente los problemas y los antagonismos
intransferibles de la creación individual, sobre la cual
nada enseña la teoría musical general ni la historia
de la música. Aquí nadie sería más capaz
de formular juicios valorativos que el compositor de vanguardia,
a quien le falta, empero, toda disposición discursiva. Ya
no puede contar con un mediador entre el público y él
mismo.
Pero
la tendencia social general, que ha eliminado de la conciencia y
del inconsciente del hombre esa humanidad que una vez constituía
el fundamento del patrimonio musical hoy corriente, hace que la
idea de la humanidad se repita sin carácter de necesidad
todavía y solamente en el vacuo ceremonial del concierto,
en tanto que la herencia filosófica de la gran música
le ha tocado en suerte sólo a lo que desdeña esta
herencia. El manejo comercial de la música, que envilece
el patrimonio existente al exaltarlo y galvanizarlo como algo sacro,
confirma sólo el estado de conciencia del oyente en sí,
para quien la armonía alcanzada en el clasicismo vienés
y la desatada nostalgia del romanticismo se han convertido indiferenciadamente
en artículos de consumo.
...las
reflexiones sobre el despliegue de la verdad en la objetividad estética
se limitan únicamente a la vanguardia, que está excluida
de la cultura oficial. La filosofía de la música es
posible hoy únicamente como filosofía de la nueva
música. La única defensa consiste en denunciar la
cultura oficial: ya que esa cultura por si misma sólo sirve
para fomentar precisamente la barbarie que se esfuerza en combatir.
Casi podría pensarse que los oyentes cultos son los peores,
pues son aquellos que ante una obra de Schönberg dicen prontamente:
"No lo entiendo", declaración cuya discreción
racionaliza la ira como competencia de conocedor.
Entre los reproches que estos repiten monótonamente, el más
difundido es el del intelectualismo: la nueva música nace
en la cabeza. no en el corazón o el oído; no se la
imagina verdaderamente en su realidad sonora, sino que sólo
se la calcula en el papel. La mezquindad de estas frases es evidente.
Se argumenta como si el idioma tonal de los últimos trescientos
cincuenta años fuera "naturaleza" y como si fuera
ir contra la naturaleza superar lo que está bloqueado por
el tiempo, siendo así que el sólo hecho mismo de tal
bloqueo atestigua precisamente de una presión social. La
segunda naturaleza del sistema tonal es una apariencia formada en
el curso de la historia. Debe su dignidad de sistema cerrado y exclusivo
al intercambio social cuya propia dinámica tiende a la totalidad
y cuya fungibilidad concuerda plenamente con la de todos los elementos
tonales. Los nuevos medios de la música son empero el resultado
del movimiento inmanente de la música antigua, de la que
se distingue asimismo por un salto cualitativo. De manera que la
afirmación de que las obras maestras de la música
moderna son más cerebrales y tienen menos carácter
sensible que las tradicionales representa una Aura proyección
de la incapacidad de comprender.
Trátese
más bien de aplicar al arte la teoría de la fenomenología
del espíritu, para la cual toda inmediatez es ya en sí
misma una mediación; o dicho con otras palabras: un producto
de la autoridad. Si el arte perdió la seguridad en sí
mismo que le venía de materia y formas aceptadas sin discusión,
ha aumentado empero, en la “conciencia de las penas",
en el dolor ilimitado que aqueja a los hombres, y en las huellas
que ese dolor ha dejado en el sujeto mismo, ese no se que de oscuro
que como episodio no interrumpe la Aufklärung total,
pero eclipsa su fase más reciente y por cierto casi excluye,
con su fuerza real, la representación mediante la imagen.
Cuanto más la todopoderosa industria cultural invoca el principio
clarificador y lo corrompe en una manipulación de lo humano,
a fin de hacer durar más lo oscuro, tanto más el arte
opone al omnipotente estilo actual de las luces de neón,
configuraciones de esa oscuridad que quiere eliminarse y sirve a
la clarificación sólo en cuanto convence conscientemente
al mundo, en apariencia tan luminoso, de sus propias tinieblas.
Sólo en una humanidad pacificada y satisfecha el arte dejara
de vivir: hoy su muerte, tal como se perfila, sería únicamente
el triunfo del puro ser sobre la visión de la conciencia
que pretende resistírsele y oponérsele.
Hegel,
quizá precisamente a causa de su distanciamiento de la música
absoluta, cuyos productos más significativos siempre son,
por lo demás, esotéricos, ha expresado con cautela,
como consecuencia de su repudio de la estética kantiana,
un concepto que es esencial para la música. El núcleo
de su argumentación, no desprovista de divertida ingenuidad,
ilumina un elemento decisivo en ese abandonarse de la música
a su propia inmanencia, como está obligado a hacerlo por
su propia ley de desarrollo y por la pérdida de ]as resonancias
sociales. En el capítulo que trata la música en el
"Sistema de las artes individuales", Hegel dice que el
compositor puede "estar interesado, sin preocuparle el valor
del contenido, únicamente en la estructura musical de su
trabajo y en la riqueza espiritual de tal arquitectura. Desde este
punto de vista es sin embargo fácil que la producción
musical se convierta en algo completamente vacío de pensamiento
y sentimiento, sin relación con una profunda conciencia de
la educación y de la índole natural. A causa de esta
vacuidad de materia no sólo vemos que el talento de la composición
se desarrollo a menudo ya en la edad temprana, sino que ocurre que
hasta compositores de mucho talento siguen siendo durante toda la
vida frecuentemente los hombres más inconscientes y mezquinos.
La verdadera profundidad del talento supone que el compositor preste
atención a dos aspectos: a la expresión de un contenido
indeterminado, por una parte, y por otra a la estructura musical,
hasta en la música instrumental. Entonces será dueño
de dar su preferencia ya a la melodía, ya a la profundidad
y a !as dificultades de la armonía, ya a los elementos característicos,
y siempre le quedara la libertad de fundir entre si todos estos
elementos". Sólo que esta famosa "vacuidad de pensamiento
y sentimiento" no puede dominarse a voluntad con el gusto y
la plenitud de sustancia, sino que esta históricamente intensificada
hasta vaciar la música misma en virtud del derrumbe objetivo
de la idea de expresión. Hegel tiene, por así decirlo,
razón contra sí mismo: la compulsión histórica
va mucho más allá de lo que dice su estética
y en el estadio actual el artista tiene una libertad bastante menor
de lo que podía pensar Hegel a comienzos de la era liberal.
La disolución de todo elemento preestablecido no dio como
resultado la posibilidad de usar a voluntad de todo aquello que
la materia y la técnica ponen a disposición de los
artistas -únicamente el impotente sincretismo creyó
poder hacer esto, y hasta concepciones grandiosas como la Octava
Sinfonía de Mahler naufragaron en la ilusión
de semejante posibilidad-, sino que estos se han convertido sencillamente
en ejecutores de sus propias intenciones, las cuales se presentan
como entidades extrañas, como exigencias inexorables nacidas
de las imágenes con que ellos trabajan. Ese género
de libertad que Hegel atribuye al compositor y que encontró
su realización máxima en Beethoven, del cual el filósofo
no tenía la menor noticia, está necesariamente en
relación con elementos preestablecidos, en cuyo ámbito
existen múltiples posibilidades. En cambio, lo que existe
en sí y por sí no puede ser otra cosa que lo que es
y excluye todos los intentos de conciliación; intentos de
los cuales Hegel esperaba la salvación de la música
instrumental. La eliminación de todo elemento preestablecido,
la reducción de la música casi a una monada absoluta,
la hace rígida y le mina su contenido más íntimo.
Como esfera autárquica la música da plenamente razón
a una sociedad organizada en ramas, es decir, al predominio obtuso
del interés particular que puede reconocer aun detrás
de la manifestación desinteresada de la mónada.
En su conjunto la música y especialmente la polifonía,
que constituye el medio necesario de la nueva música, tuvo
su origen en ejecuciones colectivas del culto y de la danza, hecho
que nunca ha sido -superado y reducido a simple "punto de partida"
por el desarrollo de la música hacia la libertad, sino que
el origen histórico esta todavía implícito
con su sentido propio, aun cuando la música haya roto desde
hace tiempo con toda ejecución colectiva. La música
polifónica dice "nosotros", aun cuando -viva únicamente
en la fantasía del compositor, sin alcanzar a ningún
otro ser viviente; pero la colectividad ideal, que esa música
lleva todavía en sí como colectividad separada de
la empírica, contradice el inevitable aislamiento social
y el particular carácter expresivo que el aislamiento mismo
le impone. La posibilidad de ser oída por muchos esta en
la base esencial de la misma objetivación musical y cuanto
la primera queda excluida la última necesariamente se degrada
casi a algo ficticio, a la arrogancia del sujeto estética
que dice "nosotros", siendo así que es sólo
"yo" y que sin embargo no puede. decir absolutamente nada
sin agregar un "nosotros". La incoherencia de una obra
solipsística para gran orquesta no sólo reside en
la desproporción entre la masa numérica del escenario
y la de butacas vacías ante las cuales se ejecuta la música,
sino que ella atestigua también de que la forma como tal
trasciende necesariamente el yo en cuyo ámbito se experimenta.
mientras la música que nace en ese ámbito y lo representa
no logra superarlo positivamente.
Esta antinomia consume las fuerzas de la nueva música. La
rigidez de esta deriva de la angustia de la otra, creada ante su
desesperada falta de verdad. Convulsivamente procura evadirse de
esto sumergiéndose en su propia ley, lo cual, empero, conjuntamente
con la coherencia, aumenta la falta de verdad.
La transformación
de los vehículos de expresión de la música
en cuanto a material, proceso que según Schönberg se
verifica continuamente en el curso de toda la historia de la música,
se ha hecho hoy tan radical que plantea el problema de la posibilidad
misma de la expresión. La coherencia de la propia lógica
petrifica el fenómeno musical cada vez más y lo convierte
de entidad densa de significado en algo que sencillamente existe
y es impenetrable a sí mismo. (...) La verdad de esa música
parece más bien exaltada por cuanto desmiente, mediante una
organizada vacuidad de significado, el sentido de la sociedad organizada
que ella repudia, antes que por el hecho de ser en sí misma
capaz de un significado positivo. En las condiciones actuales se
atiene a la negación resuelta.
Hoy
la música, y con ella todas las manifestaciones del espíritu
objetivo, paga la antiquísima deuda que ya se había
contraído al separarse el espíritu de lo físico,
el trabajo espiritual del trabajo manual: tratase de la deuda del
privilegio. La dialécticas hegeliana de señor y siervo
Ilega por fin al señor supremo, al espíritu que domina
la naturaleza. Cuanto más avanza éste hacia la autonomita,
tanto más se aleja de la relación concreta con todo
lo que domina, hombres y materia par igual. Apenas domina en su
ámbito más propio (que es el de la libre producción
artística) hasta la última heteronimia, hasta la última
entidad material, comienza a girar sobre sí mismo como aprisionado
y desligado de todo cuanto se le opone y de cuya penetración
había recibido su significado propio. La plenitud perfecta
de la libertad espiritual coincide con la castración del
espíritu. Su carácter de fetiche y su hipóstasis
como pura forma de la reflexión se hacen evidentes desde
el momento en que el espíritu ya no permanece subordinado
a lo que no es en sí espíritu, pero que, como elemento
sobreentendido de todas las formas espirituales, es el único
factor que confiere a ellas una sustancialidad. La música
no conformista no está protegida contra esta desensibilización
del espíritu, esto es, del medio sin fin. En virtud de la
antitesis frente a la sociedad, conserva su verdad social, gracias
al aislamiento; pero precisamente esto, a la larga, la hace perecer.
Es como si quedara privada del estímulo para producir, es
más aun, de su raison d´être. En efecto, hasta
el discurso más solitario del artista vive de la paradoja
de hablar a los hombres, precisamente gracias a la soledad de estos,
renunciando a una comunicación que se ha hecho trivial. De
otro modo se introduce en la producción un elemento paralizador
y de destrucción, por mis valiente que sea la intención
del artista como tal. Entre los síntomas de esta paralización
y rigidez el más extraño es acaso el hecho de que
la música de van guardia, después de haber alejado
de sí, en virtud de la autonomía, a aquel amplio público
en sentido democrático, conquistado antes con la propia autonomía,
da ahora e n la costumbre de componer por encargo, costumbre típica
de la era anterior a la revolución burguesa y contraria,
por su naturaleza misma, a la autonomía (...) Existe una
armonía históricamente preestablecida entre la necesidad
material de componer por encargo, necesidad que se debe a la invendibilidad,
y esa disminución de la tensión interior que hace
capaz al compositor de llevar a cabo -gracias a la técnica
de la obra de arte autónoma, conquistada con indescriptibles
fatigas- trabajos heterónomos, disminución que al
propio tiempo lo aparta de la obra verdaderamente autónoma.
Esta tensión, que se resuelve en la obra de arte, es la tensión
de sujeto y objeto, de lo interior y lo exterior.
La división
social del trabajo (En la estética de la música Hegel
ha distinguido claramente entre el aficionado o dilettante y los
expertos o peritos que, a los efectos e la comprensión de
la música absoluta, son muy distintos los unos de los otros)
muestra, cuando no se trata de trabajo socialmente útil,
sino de la cosa más importante de todas, o sea cuando se
trata de provocar la utilidad, rastros de dudosa irracionalidad.
Esta última es consecuencia inmediata de la separación,
no sólo con respecto al ser percibido, sino también
con respecto a toda comunicación íntima con las ideas,
casi podría decirse con la filosofía. Esta irracionalidad
se hace evidente apenas la música moderna entra en relación
con el espíritu, con temas filosóficos y sociales;
entonces no sólo se muestra desorientada sino que, mediante
la ideología, reniega de aquellas tendencias que le oponen
resistencia y que ella tiene en sí misma.
Casi
deberíamos remitirlo todo a causas inmediatamente socia es,
al ocaso de la burguesía, cuyo medio artístico más
caracterizado fue la música; pero la costumbre de desconocer
y desvalorizar con una visión demasiado rápida del
conjunto, el momento particular inmanente a esta totalidad, determinado
y de nuevo descompuesto por ella, compromete tal procedimiento.
Es ésta una tendencia estrechamente ligada a la de abrazar
el partido de la totalidad, el partido de la tendencia general y
de condenar todo aquello que no se adapta a él. El arte se
convierte en mero representante de la sociedad y no en fermento
del cambio de esa sociedad; aprueba de esta manera esa evolución
de la conciencia burguesa que reduce toda imagen espiritual a simple
función, a una entidad existente sólo para otra cosa
y, en suma, a un artículo de consumo.
Un análisis
filosófico de los extremos de la nueva música que
tenga en cuenta Ia situación histórica de ésta,
así como su proceso, se aparta de la intención sociológica
tan completamente como de la estética introducida arbitrariamente
desde afuera y fundada en relaciones filosóficas preordenadas.
Entre las obligaciones impuestas por el método dialéctico
aplicado a fondo, no es por cierto la más insignificante
aquella de que "no debemos llevar con nosotros otras medidas
y aplicar en el curso de la indagación nuestros hallazgos
y pensamientos, sino que, dejándolos aparte, lograremos considerar
Ia cosa como ella es en sí y por sí misma". Pero
al propio tiempo el método empleado se diferencia de aquellos
que por tradición se han reservado la consideración
de "la cosa tal como es en sí y por sí".
Son ellos eI análisis técnico descriptivo, el comentario
apologético y la crítica. El análisis técnico
se presupone en todas partes y a menudo se lo emplea, pero tiene
necesidad de que lo complemente la interpretación en los
detalles más ínfimos, si pretende ser algo más
que una simple verificación en el piano científico
de los datos positivos existentes, esto es, si pretende expresar
la relación de la cosa con la verdad. La apologética,
más que nunca adecuada a la rutina, ya que es la antitesis
del análisis técnico, se limita al dato positivo.
Y por fin, la crítica se ve limitada a la tarea de decidir
sobre el valor y la falta de valor de las obras. Sus resultados
entran en el tratamiento filosófico sólo de manera
dispersa, como medios del movimiento teórico a graves de
Ia negatividad, a través del fracaso estético, que
está en su propia necesidad. La idea de las obras y de su
conexión debe construirse filosóficamente, aun a costa
de hacerlo a veces más allá de lo que se realiza en
la obra de arte. Este método descubre los elementos implícitos
de los procedimientos técnicos de las obras. Y de esta manera
procura determinar y seguir la idea de los dos grupos de fenómenos
musicales, hasta que la coherencia de los objetos considerados se
manifieste en la crítica que se hace de ellos. Trátase
de un procedimiento inmanente: la exactitud del fenómeno,
en un sentido que se desarrolla sólo en el examen del fenómeno
mismo, se convierte en garantía de su verdad y en fermento
de su falta de verdad. La categoría guía de la contradicción
es ella misma de naturaleza doble: la medida de su éxito
está dada según las obras que expresen la contradicción
y en tal proceso la hagan mostrar nuevamente los rastros de su imperfección,
mientras al propio tiempo la fuerza de esa contradicción
se burla del proceso de creación y destruye las obras. Un
método inmanente de este género presupone naturalmente,
como polo opuesto propio, el saber filosófico que trasciende
el objeto. Tal método no puede abandonarse, como en Hegel,
al "puro contemplar", que promete la verdad sólo
en cuanto la concepción de la identidad de sujeto y objeto
es el fundamento del todo, de suerte que la conciencia que observa
esta tanto más segura de si cuanto no es perfectamente se
anula en el objeto. En una hora histórica en la cual la conciliación
de sujeto y objeto se ha convertido en parodia satánica,
en anulación del sujeto en el orden objetivo, únicamente
puede aspirar aun a la conciliación la filosofía que
desdeña el engaño de ese orden y hace valer, contra
la autoenalienación universal, aquello que esta ya enajenado
sin esperanza alguna, aquello a lo que ni siquiera la "cosa
misma" puede decir nada. Éste es el limite del procedimiento
inmanente que a su vez, como en su momento el procedimiento hegeliano,
no encuentra ya dogmáticamente ningún apoyo en la
trascendencia positiva. Lo mismo que su objeto, el conocimiento
permanece encadenado a la contradicción determinada.
Schönberg
y el progreso
“Más la intelección pura está al
principio sin contenido y es, antes bien, puro eclipse del
contenido; pero, mediante, el movimiento negativo contra su
negativo, la intelección se realizará y se dará
un contenido"
Hegel,
Fenomenología de los gestos |
Los cambios
por los que ha pasado la música en los últimos treinta
años no se han considerado hasta ahora en todo su alcance.
No se trata aquí de la crisis de que tanto se habla, que
constituye una fase de fermentación caótica de la
cual podría entreverse el fin y que aportaría el orden
después del desorden. El pensamiento de una renovación
futura, ya en la forma de grandes obras de arte, ya en la bendita
consonancia de música y sociedad, sencillamente niega lo
que ha ocurrido y que a lo sumo podía sofocarse, pero no
borrarse de la historia. La música, obedeciendo al impulso
de su propia coherencia objetiva, ha disuelto críticamente
la idea de la obra redonda y compacta y cortado la conexión
del efecto colectivo. En verdad, ni la crisis económica ni
la crisis de la cultura, en cuyo concepto esta ya comprendida la
reconstrucción administrativa, logró paralizar la
vida musical oficial
El apologista
de la música verdaderamente radical que quisiera remitirse,
por ejemplo, a la producción ya existente de la escuela schonbergiana,
renegaría de aquello que quiere defender. Las únicas
obras que hoy cuentan son aquellas que ya no son "obras".
Esto puede reconocerse en le relación que hay entre los resultados
alcanzados por esta escuela y los testimonios de su primera época.
Del monodrama Erwartung, que despliega la eternidad del
segundo en cuatrocientos compases, de las imágenes de Die
Glükliche Hand, que se trasmutan repentinamente y reabsorbe
toda una vida antes de que pueda establecerse en el tiempo...
La admisión
de una tendencia histórica de los medios musicales contradice
la concepción tradicional del material de la música.
Éste se define físicamente, en todo caso, según
criterios de psicología musical, coma concepto esencial de
todas las sonoridades de que dispone el compositor. Pero el material
de composición difiere de estas del mismo modo en que el
lenguaje hablado difiere de los sonidos de que dispone. Ese material
se reduce o se amplía en el curso de la historia y todos
sus rasgos característicos son resultados del proceso histórico.
Llevan en sí la necesidad histórica con tanta mayor
plenitud cuanto menos pueden descifrarse como resultantes históricas
inmediatas. En el momento en que ya no puede reconocerse la expresión
histórica de un acorde, este exige obligatoriamente que todo
cuanto lo circunda tenga en cuenta la carga histórica implicada
y que se ha convertido en una cualidad suya. El sentido de los medios
musicales no se manifiesta en su génesis. Sin embargo, no
es posible separarlo de esta. La música no conoce ningún
derecho natural y por eso toda psicología de la música
es tan discutible. En el intento de reducir la música de
cualquier época a una "comprensión" invariable,
supone la constancia del sujeto musical. Pero ésta está
ligada a la constancia del material natural más estrechan
ente de lo que pueda pretender la diferenciación psicológica.
Lo que ella describe gratuita e insuficientemente se busca reconociendo
las leyes de movimiento del material. Según éstas
no todo es posible en todos los tiempos. Por cierto que no debe
atribuirse al material sonoro en sí y ni siquiera a aquel
filtrado a través del sistema temperado, un derecho ontológico
propio, como ocurre, por ejemplo, en la argumentación del
que pretende deducir, ya de las relaciones de los sonidos armónicos,
ya de la psicología del oído, que el acorde perfecto
es la condición necesaria y universalmente válida
de toda posible concepción musical y que por lo tanto la
música debe atenerse a él. Esta argumentación,
hecha hasta por Hindemith. no es otra cosa que una superestructura
útil para tendencias de composiciones reaccionarlas. Para
invalidarla basta observar que un oído desarrollado está
en condiciones de aprehender las alas complicadas relaciones de
sonidos armónicos con tanta precisión como las más
sencillas, sin experimentar por esto una necesidad de "resolución"
de las presuntas disonancias, sino que más bien se rebela
espontáneamente contra esas resoluciones, que percibe como
una recaída en modos más bien primitivos, exactamente
como ocurría en la época del contrapunto, en que las
sucesiones de quintas estaban prohibidas por considerárselas
una especie de regresión a lo arcaico. Las exigencias puestas
por el material al sujeto provienen más bien del hecho de
que el “material" mismo es espíritu sedimentado,
algo socialmente preformado por Ia conciencia del hombre. Y ese
espíritu objetivo del material, entendido como subjetividad
primordial olvidada de su propia naturaleza, posee sus propias leyes
de movimiento. Como tiene el mismo origen que el proceso social
y como está constantemente penetrado por los rastros de éste,
lo que parece puro y sencillo automovimiento del material se desarrolla
en el mismo sentido que la sociedad real, aun cuando estas dos esferas
ya nada sepan la una de la otra y se comporten con recíproca
hostilidad. Por eso la discusión del compositor con el material
es también discusión con la sociedad, precisamente
en la medida en que ésta ha emigrado a la obra y no está
ya frente a la producción artística como un factor
meramente exterior, heterónomo, esto es, como consumidor
o rival de la producción. Las advertencias que el material
trasmite al compositor y que éste transforma mientras las
obedece, se constituyen en una interacción inmanente.
Si un
contemporáneo trabaja sola y exclusivamente con armonías
tonales, como por ejemplo Sibelius, éstas suenan falsas,
cual si fueran unas cuñas metidas en la esfera atonal. Todo
esto exige, par cierto, una limitación. De la verdad o falsedad
de determinados acordes no decide su aparición aislada. En
efecto, puede medírsela solo en relación con el estado
general de la técnica. El acorde de séptima disminuida,
que suena falso en las piezas de salón, es justo y lleno
de expresión al comienzo de la Sonata opus 111 de
Beethoven. No se trata aquí todavía de una concesión
al mal gusto, sino que deriva de la disposición constructiva
de la obra. Además, el nivel técnico general de Beethoven,
la tensión entre la extrema disonancia que a él le
es posible y la consonancia, las perspectivas armónicas que
implican todos Ios hechos melódicos, la concepción
dinámica de la tonalidad como conjunto, todos estos elementos
reunidos confieren al acorde su peso específico. Sin embargo,
el proceso histórico en el cual lo ha perdido es irreversible.
Como está hoy muerto, el acorde de séptima disminuida
representa una situación técnica general que esta
en contradicción con la actual. Aun cuando la verdad o falsedad
de cualquier elemento musical individual dependa del estadio total
de la técnica, éste sólo se hace descifrable
en determinadas constelaciones de obras particulares. Ningún
acorde es falso "en sí", ya por el hecho de que
no existen acordes en sí y porque cada acorde lleva consigo
el todo y hasta toda la historia. Pero precisamente por eso la facultad
que tiene el oído de distinguir lo legítimo o lo falso
está irremisiblemente ligada a un determinado acorde y no
a la reflexión abstracta que se lleva a cabo en el piano
técnico general. Pero de este modo se transforma al propio
tiempo también la figura del compositor, que pierde esa libertad
en grande que esta acostumbrada a atribuir al artista la estética
del idealismo. El artista no es un creador. La época y la
sociedad en que vive no lo delimitan desde afuera, sino que lo delimitan
precisamente en la severa exigencia de exactitud que sus mismas
imágenes le imponen. El estado de la técnica se le
presenta como un problema en cada compositor con cada compás:
la técnica en su totalidad le exige que la tenga en cuenta
y que de la única respuesta exacta que ella admite en ese
determinado momento. Las composiciones no son otra cosa que respuestas
de este género, soluciones de rompecabezas técnicos,
y el compositor es la única persona que está en condiciones
de descifrarlos y comprender su propia música. Lo que hace,
lo hace en lo infinitamente pequeño y se realiza en la ejecución
de lo que su música exige objetivamente de el. Mas, para
amoldarse a tal obediencia. el compositor tiene necesidad de una
desobediencia total, de la mayor independencia y espontaneidad posibles.
hasta ese punto es dialéctico el movimiento del material
musical.
Si se
piensa en el síntoma más notorio, el contraerse de
la de tensión en el tiempo, que en la música da cuerpo
a las obras sólo en cuanto tienen una duración, menos
que nunca pueden culparse a la impotencia individual y a la incapacidad
de realizar configuraciones formales. Ninguna obra podría
demostrar mejor que las más breves frases de Schönberg
y Webern la densidad y consistencia de configuraciones formales.
Su brevedad deriva precisamente de la exigencia de una densidad
suprema. Ésta prohíbe lo superfluo. Y así se
rebela contra la extensión en el tiempo, que está
en la base de la concepción de la obra musical desde el siglo
XVIII. Por cierto que desde Beethoven. Un golpe alcanza a la obra,
al tiempo y a la apariencia. La crítica del esquema extensivo
se combina con la crítica del contenido de la frase y de
la ideología. La música coagulada en el instante es
verdadera como éxito de una experiencia negativa. Refleja
el dolor real. Con este espíritu la música nueva demuele
los ornamentos y en consecuencia también las obras simétrico
extensivas.
El único
momento propiamente subversivo en él es el cambio en función
de la expresión musical. No se trata ya de pasiones que se
simulan, sino ibis bien de movimientos corpóreos del inconsciente,
de shocks, de traumas, que quedan registrados en el medio
de la música. Atacan los tabúes de la forma, ya que
estos someten tales movimientos a su censura; los racionalizan y
los transponen en imágenes. Las innovaciones formales de
Schönberg estaban estrechamente ligadas al contenido de la
expresión y servían para hacer irrumpir su realidad.
Las primeras obras atonales son documentos en el sentido de los
documentos oníricos de los psicoanalistas. Kandinsky, en
su ensayo comprendido en la primera publicación sobre Schönberg,
llamó a sus cuadros "Desnudos de cerebros". Los
vestigios de aquella revolución de la expresión son,
empero, las manchas que se introducen, contra la voluntad del autor,
en la pintura y en la música, como mensajes del mi bemol,
que perturban Ia superficie y, como los rastros de sangre de la
fábula, no pueden borrarse con correcciones sucesivas. El
dolor real las ha dejado en las obras de arte para indicar que ya
no se reconoce la autonomía de éstas. Y es la heteronomía
de eras manchas lo que provoca la arrogante apariencia de la música.
Y esta apariencia consiste en el hecho de que en toda la música
tradicional elementos dados y sedimentados en fórmulas que
se emplean corno si fueran necesidad indispensable de ese determinado
caso particular; o bien en el hecho de que este último parece
idéntica al lenguaje formal preestablecido Desde comienzos
de la era burguesa toda la gran música o de complacerse en
estimular esta unidad como si fuera perfectamente compacta y en
justificar, a través de su propia individuación, las
leyes generales y convencionales a que está sometida. La
nueva música se opone a esto.
La música
de Schönberg desmiente la pretensión de que se concilie
lo universal y lo particular. Ya que esta música debe su
origen casi a un impulso vegetal, ya que precisamente su irregularidad
se asimila a formas orgánicas, no es en modo alguno totalidad.
El propio Nietzsche, en una observación ocasional, ha determinado
la esencia de la gran obra de arte, al declarar que ésta
estriba en poder ser en todos sus momentos también algo diferente.
Esta determinación de Ia obra de arte en virtud de su libertad
presupone que las convenciones tenían un valor obligatorio.
Sólo en el caso de que éstas, liberadas de todo problema,
garanticen de antemano la totalidad, todo podría en realidad
ser diferente: precisamente porque no habría nada diferente.
La mayor parte de los períodos musicales de Mozart ofrecería
a los compositores amplias alternativas. Nietzsche ha asumido con
razón una posición positiva frente a las convenciones
estéticas y su última ratio fue el irónico
juego con formas cuya sustancialidad ha desaparecido. Todo lo que
no se plegaba a este juego era para él sospechoso de plebeyo
y protestante; y hay mucho de este gusto en su lucha contra Wagner.
Pero solo con Schönberg la música ha aceptado el desafío
nietzschiano. Las obras de Schönberg son las primeras en las
que realmente nada puede ser diferente: son documento y construcción
al propio tiempo. En ellas nada queda de las convenciones, que garantizaban
la libertad del juego. Schönberg asume una actitud tan polémica
respecto del juego como respecto de la apariencia. Se vuelve violentamente
contra sus músicos neobjetivos y contra lo colectivo, que
tiene la misma dirección, así como contra el ornamento
romántico. El mismo ha formulado su doble actitud de esta
manera: "La música no debe adornar, sino que debe ser
verdadera" y "El arte no nace del poder, sino del deber".
Con la negación la apariencia y el juego, la música
tiende al conocimiento.
Pero éste se basa en el contenido expresivo, de la música
misma. Lo que la música radical conoce es el dolor no transfigurado
del hombre. La impotencia de éste es tal que no permite ya
ni apariencia ni juego. Los conflictos instintivos sobre cuya génesis
sexual la música de Schönberg no permite abrigar dudas,
han asumido en la música documental una fuerza que le impide
suavizarlos con el consuelo. En la expresión de la angustia
entendida como Vorgefühle Ia música de la fase
expresionista de Schönberg atestigua la impotencia del hombre.
El monodrama Erwartung tiene como heroína a una
mujer que busca por la noche a su amante, siendo presa de los terrores
de la oscuridad, para terminar por encontrarlo asesinado. Se la
entrega a la música casi como si fuera una paciente psicoanalítica.
La confesión de odio, celos y perdón y además
todo el simbolismo del inconsciente, están expresados en
la música, que recuerda a su derecho propio de oponerse y
consolar sólo en el momento de la locura de la heroína.
El registro sismográfico de shocks traumáticos se
convierte al propio tiempo en la ley técnica de la forma
musical. Esta ley prohíbe toda continuidad y desarrollo y
el lenguaje musical se polariza en sus extremos actitudes de shock,
análogos estremecimientos del cuerpo, por un lado y por otro
expresa, vítreo, aquello que la angustia hace rígido.
Y de esta polarización depende el mundo formal interno del
Schönberq maduro, como también de Webern. Esa polarización
destruve la mediación musical, que antes había sido
exaltada por la escuela de aquellos músicos, la diferencia
entre tema y desarrollo, la continuidad de flujo anímico,
la línea melódica ininterrumpida. No es existe ninguna
innovación técnica de Schönberg que no pueda
referirse a esa polarización de la explosión y que
no confiere sus huellas más allá del círculo
mágico de la expresión misma. De esta manera puede
uno forjarse una idea de la compenetración de forma y contenido
en toda la música.
Todas
las formas de la música, no sólo la del expresionismo,
son contenidos precipitado. En ellos sobrevive lo que de otra manera
estaría olvidado y que ya no puede hablarnos directamente.
Lo que una vez buscaba refugio en la refugio pertenece sin nombre
en la duración de ésta. Las formas del arte registran
la historia de la humanidad con mayor exactitud que los documentos.
Y no hay endurecimiento de la forma que no pueda interpretarse como
negación de la dureza de la vida. Pero el hecho de que la
angustia del hombre solitario se convierta en canon del lenguaje
estético de las formas, revela en parte el secreto de la
soledad.
Toda
la coherencia expresionista que desafía las categorías
tradicionales de la obra de arte aspira por su naturaleza misma
a poder ser tal como es y no de otra manera, y con ello aspira pues
a la exactitud de la organización. Mientras la expresión
polariza la estructura musical hacia sus extremos, la sucesión
de éstos constituye a su vez una estructura. El contraste,
como Iey de la forma, no es menos obligatorio que "la transición"
de la música tradicional. Podría definirse la última
técnica dodecafónica como sistema de contrastes, como
integración de Io que no está relacionado. Mientras
el arte conserve la distancia respecto de la vida inmediata no está
en condiciones de saltar más allá de la sombra de
su autonomía e inmanencia formal. El expresionismo hostil
a la obra esta aun en peores condiciones de hacerlo a causa de su
hostilidad, ya que precisamente al denunciar la comunicación
se complace en esa autonomía que se verifica únicamente
en la coherencia de la obra de arte. Es en la contradicción
inevitable lo que impide persistir en la posición expresionista.
Mientras el objeto estético debe determinarse coma simple
dato concreto, el objeto estético mismo, precisamente gracias
a esta determinación negativa que rechaza todo elemento superador,
trasciende el simple y mero dato concreto. La liberación
absoluta de lo particular respecto de Io universal entra en una
relación polémica y de principio con éste y
lo transforma en un factor general. Lo determinado es, en virtud
de su propia forma, algo más que la esporadicidad de que
ha adquirido la forma. Hasta los elementos de shock de Erwartung
apenas retornan una vez se asimilan a la fórmula y atraen
hacia sí la forma que los abraza: el canto último
es un acabado final. Si Ilamamos objetivismo a la obligación
de una construcción exacta, el objetivismo no es por cierto
un movimiento que se oponga al expresionismo. Es el expresionismo
en su otro modo de ser. La música expresionista había
tomado con tanta exactitud de la música romántica
tradicional el principio de la expresión que éste
asumió el carácter de documento. Pero al propio tiempo
lo invirtió. La música como documento de la expresión
ya no es "expresiva". Sobre ella ya no pende en indeterminada
Iontananza lo que al estar expresado le confiere el reflejo de lo
infinito. Apenas la música fija rígidamente, unívocamente,
lo que expresa, esto es, su contenido subjetivo, este se hace rígido
y se transforma precisamente en ese elemento objetivo de cuya existencia
reniega el puro carácter expresivo de la música. En
la relación documental con su objeto ella misma se hace "objetiva".
Con sus erupciones se desvanece el sumo do la subjetividad, no menos
que las convenciones. Los acordes documentales destruyen la apariencia
objetiva. Pero de este modo terminan por anular su propia función
expresiva. Lo que ellos configuran como objeto, por más exacto
que éste sea, se hace indiferente: es siempre la misma subjetividad
que pierde su encanto frente a la exactitud de la mirada con la
que la fija la obra de arte. Los acordes documentales se convierten
así en material de construcción.
Aun cuando
la obra revele al sujeto, aislado y enteramente enajenado, como
engaño de la armonía y de la reconciliación
consigo mismo y con los otros, es al mismo tiempo la instancia que
señala limitaciones a la individualidad malévola,
que a su vez forma parte de una malévola sociedad. Si la
individualidad tiene una posición crítica respecto
de la obra, esta tiene a su vez una posición crítica
respecto de la individualidad. Si la casualidad individual protesta
contra la ley social rechazada de que ella misma proviene, la obra
construye esquemas para apropiarse de la casualidad. La obra representa
cuanto hay de verdadero en la sociedad contra el individuo, que
reconoce la no verdad de la sociedad y reconoce hasta qué
punto él mismo es una no verdad. Sólo en las obras
está presente lo que supera la limitación de sujeto
y objeto. Como conciliación aparente son el reflejo de la
conciliación real. En la fase expresionista la música
había anulado la aspiración a la totalidad. Pero la
música expresionista siguió siendo "orgánica",
siguió siendo lenguaje, siguió siendo subjetiva y
psicológica. Esto la lleva de nuevo a la totalidad. Si el
expresionismo no se mostró bastante radical contra la superstición
de lo orgánico, su liquidación ha cristalizado aun
una vez más la idea de la obra de ante la herencia` del expresionismo
recae necesariamente en obras acabadas.
En la
música de Schönberg no sólo están igualmente
desarrollas todas las dimensiones, sino que todas ellas se producen
de manera tan separada que convergen. Ya en la fase expresionista
esta emergencia se presentaba claramente a Schönberg, como
por ejemplo en el concepto de la "melodía tonal"
o melodía de timbres. Este concepto significa que el sencillo
cambio instrumental del timbre de sonidos idénticos puede
recibir fuerza melódica sin que se produzca una verdadera
melodía en el sentido tradicional. Más adelante se
buscara un denominador general para todas las dimensiones musicales.
Este es el origen de la técnica dodecafónica. Ella
culmina en la voluntad de superar la oposición dominando
de la música occidental, la que hay entre la naturaleza polifónica
de la fuga y la naturaleza homofónica de la sonata
El sujeto
de la nueva música, que ella registra fielmente, es el sujeto
real, emancipado, abandonado a su aislamiento en la fase burguesa
tardía. Esta subjetividad real y el material que ella configura
radicalmente da a Schönberg el canon de la objetivación
estética. Ese canon da la medida de su profundidad.
Schönberg
fue el primero que reveló los principios de una unidad y
de una economía universal en un nuevo material subjetivo
y libre, informado por el espíritu de Wagner. Sus obras aportan
la prueba de que con cuanta mayor coherencia se observe el nominalismo
del lenguaje musical que inauguró Wagner, tanto más
perfectamente este lenguaje se deja dominar por la razón;
y esto es posible en virtud de las tendencias inmanentes en el lenguaje
y no par un gusto nivelador. Mejor que en ninguna otro parte, esto
puede observarse en la relación entre armonía y polifonía.
La polifonía es el medio adecuado para la organización
de la música emancipada. En la era de la homofonía
la organización se realizaba mediante las convenciones armónicas.
Una vez caídas estas conjuntamente con la tonalidad, todo
sonido que entra en la formación de un acorde es casual si
no se legitima en función de las partes, es decir, polifónicamente.
El Beethoven de la última época, Brahms y en cierto
sentido también Wagner, emplearon la polifonía para
compensar la pérdida de la fuerza formadora de Ia tonalidad
y su rígida congelación en fórmulas. Por fin,
Schönberg ya no sostiene el principio de la polifonía
entendido como heterónomo respecto de la armonía emancipada
y conciliable con ésta sólo de vez en cuando y según
los casos, sino que lo descubre como esencia de la armonía
emancipada misma. El acorde individual, que en la tradición
clásica y romántica representa como vehículo
de expresión el polo opuesto de la objetividad polifónica,
se reconoce ahora en su polifonía propia. El modo para llegar
a esto no es otro que medio extremo de la subjetivación romántica:
la disonancia.
El predominio
de la disonancia parece destruir las relaciones racionales, "lógicas",
de la tonalidad, es decir, las relaciones simples de acordes perfectos;
pero aquí la disonancia es aun más racional que la
consonancia. ya que muestra de manera articulada, aunque compleja,
la relación de los sonidos presentes en ella, en lugar de
adquirir la unidad mediante un conjunto "homogéneo",
esto es, destruyendo Ios momentos parciales que contiene. La disonancia
y la necesidad estrechamente ligada a ella de formar las melodías
con intervalos "disonantes" son, empero, los verdaderos
vehículos del carácter documental de la expresión.
Así el estímulo subjetivo y la aspiración a
una sincera y directa afirmación de si se convierte en organon
técnico de la obra objetiva. Inversamente, es también
esta racionalidad y unidad del material lo que hace maleable a la
subjetividad el material subordinado. En una música en la
cual todo sonido individual está determinado profundamente
por la construcción del todo, desaparece la diferencia entre
lo esencial y lo accidental. En todos sus momentos, una música
de esta clase está igualmente cerca del centro. De esta suerte
]as convenciones formales que antes regulaban leas distancias variables
respecto del centro, pierden su sentido. Ya no existe ninguna ligazón
accesoria entre los momentos esenciales, o sea los "temas";
en consecuencia, ya no existen temas y en rigor de verdad tampoco
el "desarrollo". Eso ya fue observado en las obras de
la atonalidad libre.
El vuelco
de la dinámica musical en estética -la dinámica
o la estructura musical, no el simple cambio de intensidad que,
por supuesto, continua sirviéndose del crescendo y del decrescendo-
explica el carácter de sistema singularmente rígido
que la escritura de Schönberg en su fase tardía gracias
a la técnica dodecafónica. La variación, esto
es, el instrumento de la dinámica de la composición,
se hace total. De esta manera pone fuera de servicio a la dinámica.
El fenómeno musical ya no se presenta como un hecho de evolución.
El trabajo temático se convierte en mero trabajo preliminar
del compositor. La variación como tal ya no aparece. Es todo
y nada al mismo tiempo; el procedimiento de la variación
se remite al material y lo preforma, antes de que comience la composición
propiamente dicha. Schönberg alude a esto cuando llama a la
estructura dodecafónica de sus últimas obras un asunto
privado. La música se convierte en el resultado de procesos
a los el material está subordinado, pero que ella ya no permite
distinguir (...) Exige -ya se trate de un tiempo singular o toda
una obra en más tiempos- que cada composición derive
de una "figura fundamental" o “serie”. Entiéndese
por esto una determinada ordenación de los doce sonidos disponibles
en el sistema temperado, coma por ejemplo, do sostenido, la, si,
sol, la bemol, la sostenido, si bemol, re, mi, mi bemol, do, fa,
que es la serie de la primera composición dodecafónica
publicada por Schönberg. En toda la composición cada
sonido está determinado por esta "serie"; ya no
existen notas "libres", pero solo en tríos limitados
y bastante elementales, que se presentaron en los albores de la
técnica dodecafónica, esta serie se expone en teda
una obra sin variaciones. Independientemente de Schönberg,
ya había elaborado ese procedimiento el compositor austríaco
Hauer con resultados de la más triste aridez. En cambio,
Schönberg acoge radicalmente en el material dodecafónico
las técnicas clásicas y aun aquellas más arcaicas
de la variación. Generalmente emplea la serie en cuatro modos:
como serie original; como inversión, esto es, sustituyendo
cada intervalo de la serie por el de la dirección opuesta
(según los principios de la "fuga por inversión",
como por ejemplo los de la Fuga en sol mayor del primer
volumen del Clave bien temperado de Bach) ; como "cangrejo",
esto es, coma serie retrógrada en el sentido de la antigua
práctica contrapuntística, de modo que la serie comienza
con la última nota para terminar con la primera; y con-.o
inversión del "cangrejo". Estas cuatro modos pueden
trasponerle a su vez a los doce sonidos de la escala cromática,
de suerte que la serie está disponible para una composición
en cuarenta y ocho formas diferentes. Además de la serie,
con una reagrupación simétrica de determinados sonidos
pueden formarse "derivaciones" que dan nuevas series,
independientes pero siempre en relación con la serie original.
Este es un procedimiento que Berg empleó ampliamente en su
Lulú. Inversamente, para condensar la relación
entre los sonidos es posible subdividir la serie en fragmentos que
a su vez son afines entre sí. Por fin, una composición
puede, a semejanza de la fuga doble y triple, basarse en un material
fundamentalmente formado por dos o tres series, en lugar de una
sola (Tercer cuarteto de Schönberg). La serie no debe
presentarse solo en forma melódica sino también en
furnia armónica y cada sonido de la composición, sin
excepción alguna, tiene su lugar y su valor en la serie o
en uno de los derivados de ésta. Así se garantiza
la "no diferencia" entre melodía y armonía.
En casos sencillos la serie se distribuye vertical y horizontalmente
para repetirse o ser sustituida con uno de los derivados, apenas
los dote sonidos se agotan; en casos más complicados la serie
se emplea, en cambio, "contrapuntísticamente",
es decir simultáneamente en diversos modos o transposiciones.
En Schönberg generalmente las composiciones de estilo relativamente
simple, como la Música de acompañamiento para
una escena de película, son aun desde el punto de vista
de la técnica dodecafónica más sencillas que
las de concepción compleja. Así son, por ejemplo,
las Variaciones para orquesta, inagotables hasta en sus
combinaciones seriales. En la técnica dodecafónica,
las elevaciones de octava son "libres": que el segundo
sonido de la serie fundamental del vals, el la, deba aparecer una
sexta menor arriba o una tercera mayor abajo que el del do sostenido,
depende sólo de las exigencias de composición. Hasta
la culminación rítmica es fundamentalmente libre desde
el motivo singular hasta la gran forma. Estas reglas no se han elaborado
arbitrariamente. Son configuraciones de la compulsión histórica
reflejada en el material. Y al mismo tiempo son esquemas de adaptación
a esta necesidad. La conciencia asume la tarea de purificar con
tales reglas la música de restos orgánicos ya extinguidos.
Y despiadadamente ellas continúan librando combate contra
la apariencia musical. Pero hasta las más audaces manipulaciones
dodecafónicas derivan del nivel técnico del material.
Y esto es válido no solo para el principio de la variación
integral del conjunto, sino también para la misma materia
microcósmica de la técnica dodecafónica, la
serie. La serie racionaliza lo que es familiar a todo compositor
consciente: la susceptibilidad frente al retorno prematuro del mismo
sonido, a menos que no se repita directamente. La prohibición
contrapuntística de repetir dos veces el punto culminante
y la sensación de debilidad que se advierte en armonías
que vuelven demasiado a menudo a la misma nota, atestiguan de esta
experiencia. Pero el apremio de la serie aumenta aun más
después de haber caído el esquema de la tonalidad,
que legitimaba el predominio de ciertos sonidos sobre los demás.
Schönberg,
en cuya música está escondidamente mezclado un elemento
de ese positivismo que constituye la esencia de su contrario Stravinski,
ha extirpado el "sentido", por lo menos en la medida en
que, según la tradición del clasicismo vienés,
aquel pretendía estar presente en el contexto de la factura
musical. Pero ésta como tal debe ser exacta y tener sentido.
El problema que la música dodecafónica plantea al
compositor no es el de en qué manera pueda organizarse un
sentido musical, sino más bien de qué manera pueda
la organización adquirir un sentido; y lo que Schönberg
ha producido desde hace veinticinco años es un intento progresivo
de encontrar una solución a este problema. Por fin, casi
con la fuerza fragmentaria de la alegoría, se aplica la intención
a algo que está vacío hasta en sus células
más íntimas. Pero el despotismo de esta actitud tardía
corresponde a la naturaleza originalmente imperiosa del sistema
mismo. La exactitud dodecafónica, desembarazándose
de todo sentido en sí de la cosa musical como si fuera una
ilusión, trata la música según el esquema del
destino. El dominio de la naturaleza, empero, y el destino pueden
estar separados. El concepto mismo de destino puede modelarse según
la experiencia de la autoridad, surge del predominio do la naturaleza
sobre el hombre. Lo que está allí es más fuerte.
De esta manera los hombres aprendieron a ser ellos los más
fuertes y a someter Ia naturaleza; y en este proceso el destino
se ha reproducido. El destino se desarrolla necesariamente, paso
a paso; necesariamente porque el antiguo predominio de la naturaleza
le prescribe cada paso. El destino es autoridad llevada a la abstracción
pura y la medida de la aniquilación análoga a la de
la autoridad; el destino es la desgracia.
La música
que cayó presa de la dialéctica histórica toma
parte en este proceso. La técnica dodecafónica es
verdaderamente su destino. Esta técnica encadena la música
al liberarla. El sujeto impera sobre la música el sistema
racional, pero sucumbe a él. Si en la técnica dodecafónica
el acto de composición propiamente dicho, esto es, la fecunda
elaboración de la variación, esta supeditado al material,
lo mismo ocurre con la libertad del compositor. Esta, al realizar
se en el dominio sobre el material, se convierte en una determinación
de material, que se impone, extraña, al sujeto, a quien somete
a su obligación. Si la fantasía del compositor ha
hecho que el material sea dócil en todo a la voluntad de
construcción, el material constructivo paraliza, empero,
la fantasía. Del sujeto expresionista sólo queda el
sometimiento neoobjetivo a la técnica.
El nuevo
orden de la técnica dodecafónica extingue virtual
ente al sujeto. Los grandes momentos del ultimo Schönberg son
adquisiciones hechas tanto contra la técnica dodecafónica
como en virtud de ella. En virtud de ella porque la música
se muestra capaz de comportarse con la frialdad e inexorabilidad
que únicamente Ie convienen después de la decadencia.
Contra la técnica dodecafónica, porque el espíritu
que la concibió continúa siendo bastante dueño
de sí para continuar escrutando ininterrumpidamente la estructura
de sus espirales, tornillos y roscas, como si por fin estuviera
dispuesto a destruir catastróficamente su obra maestra técnica.
El fracaso de esta obra maestra técnica no es, en pero, solo
un fracaso frente a su ideal estético, sino también
en la propia técnica. El radicalismo con que la obra maestra
técnica destruye la apariencia estética termina por
entregar a la apariencia la obra maestra técnica. La música
dodecafónica tiene un momento de streamline. En la realidad
la técnica debe servir para fines que están más
allá de su coherencia propia. Aquí, donde estos fines
faltan, la técnica se convierte en fin en si misma y sustituye
la unidad sustancial de la obra de arte por la mera unidad del "propio
acaecer". A este desplazamiento del centro de gravedad se atribuye
el hecho de que el carácter fetichista de la música
de masas s haya extendido también a la producción
avanzada y "crítica”.
Todo
lo que no tiene una función en la obra de arte -y en consecuencia
todo lo que trasciende la ley de su mera existencia- le queda sustraído.
Su función estriba precisamente en superar la mesa existencia;
de esta manera el summun jus se convierte en summa
injuria: la obra de arte plenamente funcional se convierte
en algo completamente privado de función. Y como la obra
de arte no puede ser por cierto realidad, la eliminación
de todo carácter de apariencia no hace sino poner de mayor
relieve el carácter aparente de su existencia. Este proceso
es inevitable. La disolución del carácter de apariencia
en la obra de arte es cosa que exige su coherencia interior. Pero
el proceso de disolución impuesto por el significado del
todo, hace que este mismo quede privado de significado. La obra
de arte integral es el absurdo absoluto. La opinión corriente
considera a Schönberg y Stravinski como dos extremos opuestos.
Pero en realidad las máscaras de Stravinski y las construcciones
de Schönberg presentan cierta semejanza. Puede imaginarse así
y todo fácilmente que un día los acordes tonales y
hábilmente montados de Stravinski, par un lado, y por otro
la sucesión de los sonidos seriales, cuyos hilos de ligazón
casi se cortan por imposición del sistema, no parezcan tan
diferentes como hoy se cree. Más bien caracterizan diversos
grados de coherencia en una idéntica condición. A
los dos compositores es común la aspiración a la obligatoriedad
y necesidad, en virtud del dominio que tienen sobre lo atomizado.
Para los dos la aporía de la subjetividad impotente se convierte
en una necesidad, asume el aspecto de la norma no confirmada, pero
sin embargo imperiosa.
EI fracaso
de la obra de arte técnica puede distinguirse en todas las
dimensiones de la actividad de componer. El encadenamiento de la
música a causa de su liberación total, que le hace
adquirir un dominio ilimitado sobre el material natural, es un fenómeno
universal. Adviértese esto ya en la definición de
la serie fundamental por obra de los doce sonidos de la escala cromática.
No se comprende por que cada una de estas figuras fundamentales
deba contener todos y solo los doce sonidos, sin omitir ni repetir
ninguno. En realidad, Schönberg trabajo en la Serenade, cuando
desarrollaba la técnica de la serie, también con figuras
fundamentales do menos de doce sonidos. El hecho de que más
adelante emplee los dote sonidos tiene su razón. Como cada
la obra se limita a los intervalos do la serie fundamental, es aconsejable
darle una forma relativamente amplia, para hacer que el espacio
sonoro sea lo menos restringid o posible y permita así el
número máximo de combinaciones. Pero el hecho de que
Ia serie no emplee más de doce tonos se atribuye al propósito
de no dar a ningún sonido, mediante un retorno demasiado
frecuente, una preponderancia que pudiera convertirlo en "sonido
fundamental" y pudiera por lo tanto recordar relaciones tonales.
Pero aun cuando tal tendencia conduzca a la cifra doce, no puede
demostrarse de manera convincente la fuerza de cohesión de
ésta. La hipóstasis del número comparte la
responsabilidad de la dificultades a que conduce la técnica
dodecafónica. Sin embargo a ella debe, por otro lado, la
melodía el haberse liberado no sólo de la preponderancia
del sonido particular, sino también de la falsa compulsión
natural del efecto del sonido guía, de la cadencia automatizada.
En el predominio de la segunda menor, de los intervalos do la séptima
mayor y de novena menor, derivadas de ella, la atonalidad libre
había conservado el momento cromático e implícitamente
el de la disonancia. Ahora estos intervalos ya no tienen ninguna
prioridad sobre los otros, a menos que el compositor desee restablecer
retrospectivamente tal prioridad en la construcción de la
serie. La forma melódica misma adquiere una legitimidad que
no poseía en Ia música tradicional y que había
debido tomar en préstamo, precisamente de la armonía,
perifraseándola. Ahora la melodía -suponiendo que
coincida, como ocurre en la mayor parte de los temas de Schönberg,
con la serie- se integra cada vez más perfectamente a medida
que se acerca al fin de la serie. Con cada nueva nota la elección
de los sonidos restantes se hace más reducida por fin ya
no queda elección alguna. Es evidente que aquí impera
la obligación. Y no la ejerce solo el cálculo, sino
que la impone espontáneamente el oído. Pero al propio
tiempo trátase de una obligación paralizadora. El
carácter cerrado y compacto de la melodía hace que
ésta sea demasiado densa. Podría afirmarse, exagerando,
que cada tenía dodecafónico tiene algo del tema del
rondo, del refrain. Es característico el hecho de que en
las composiciones dodecafónicas de Schönberg se cite
tan gustosamente, en la letra y en el espíritu, la forma
del rondo anticuado y adinámico, así como una especie
de tiempo "alla breve", emparentado con el rondo y notablemente
ingenuo. La melodía es demasiado perfecta y la fuerza final
del duodécimo sonido puede quedar sobrepasada por el impulso
del ritmo, pero no por la gravitación propia do los intervalos.
La reminiscencia de la naturaleza tradicional del rondo obra coma
sustituto del flujo inmanente, que queda cortado. Schönberg
ha señalado que la teoría tradicional de la composición
trata en el fondo sólo de los comienzos y de los finales
pero nunca de la lógica del desarrollo. La melodía
dodecafónica presenta el mismo defecto. Cada una de sus continuaciones
o desarrollos muestra un momento de arbitrariedad. Basta comparar
la continuación del tema principal del comienzo del Cuarto
cuarteto para cuerdas de Schönberg (continuación
formada por la inversión -compás seis, segundo violín-
y el cangrejo" o retrógrado -compás diez, primer
violín-) con la primera aparición del tema, muy bien
marcada, para percatarse del carácter precario de la continuación.
Esto sugeriría que la serie dodecafónica, una vez
terminada, no admite en modo alguno continuar por si misma y que
sólo es posible desarrollarla ulteriormente mediante procedimientos
exteriores. La precariedad de la continuación es empero mayor
cuando esta se refiere a la serie del comienzo, que coma tal se
ha agotado y por lo general coincide realmente con el tema que se
forma sólo al aparecer aquella por primera vez. Por ser una
mera derivación la continuación desautoriza el inevitable
empeño de la música dodecafónica de hallarse
en todos sus momentos igualmente cerca del centro. En la mayor parte
de las composiciones dodecafónicas existentes la continuación
está en una oposición tan radical respecto de la tesis
de la forma fundamental como la oposición, en la música
del romanticismo tardío, de la consecuencia respecto de la
idea temática. Además la obligación serial
determina desastres mucho peores. El melos se contagia de aquellos
mecánicos. La verdadera calidad de una melodía se
mide siempre según el grado en que consiga transponer en
el tiempo Ia relación, por así decirlo, “espacial"
de los intervalos. La técnica dodecafónica destruye
radicalmente esta relación. Aquí el tiempo y el intervalo
se separan. Las relaciones de intervalos están determinadas,
de una vez por todas, por la serie y sus derivaciones. No hay nada
nuevo en el decurso de los intervalos, y la serie, a causa de su
omnipresencia, es incapaz de establecer la conexión temporal.
En efecto, esta se constituye solo mediante elementos diferenciadores
y no mediante la mera identidad. Pero así la conexión
melódica queda relegada a un media extramelódico:
el del ritmo hecho independiente. La serie, en virtud de su omnipresencia,
no es específica. Y de esta manera la especificación
melódica se reduce a figuras rítmicas constantes y
características. Determinadas figuras rítmicas retornan
incesantemente y asumen la función de temas temas. Mas como
el espacio melódico de estos temas rítmicos está
definido a veces por la serie, y como éstas tienen que arreglarse
a toda costa con los sonidos disponibles, terminan por adquirir
una obstinada rigidez. El melos cae, en última instancia,
victima del ritmo temático. los ritmos temáticos se
repiten sin cuidarse del contenido serial. En los rondos de Schönberg
la praxis estriba en introducir en el ritmo del tema a cada entrada
del rondo otra forma serial melódica, con lo cual se obtienen
efectos análogas a los de la variación. Pero el resultado
es sólo rítmico y nada más. Que el ritmo, enfáticoo
y terminante, se sirva de un intervalo o de otro es indiferente.
A lo sumo puede advertirse que aquí los intervalos del ritmo
temático son diferentes de la primera vez; pero en la modificación
melódica no puede percibirse un sentido preciso. De esta
suerte el elemento específicamente melódico queda
desvalorizado por el ritmo. En la música tradicional una
diferencia mínima de los intervalos podía ser decisiva,
no sólo para la expresión de un pasaje, sino hasta
para el sentido formal de toda una obra. En cambio en la música
dodecafónica esto es más tosco y pobre. Ante todo
el sentido del decurso musical se decidía irremisiblemente
sobre la base de los intervalos: el "todavía no",
el "ahora" y el "después"; lo prometido,
lo realizado y lo postergado; la medida y Ia profusión, el
permanecer en la forma y la trascendencia de la subjetividad musical.
Ahora Ios intervalos se han convertido en meras piedras de construcción,
y todas las experiencias que entraban en su diferenciación
parecen perdidas. Verdad es que se ha aprendido a emanciparse del
procedimiento por grados de la escala y de la simetría de
los movimientos consonantes. Verdad es que se ha acordado idéntico
derecho al tritono, a la séptima mayor y tan bien a todos
los intervalos que superan la octava; pero al precio de quedar nivelados
con los antiguos. En la música tradicional podía resultar
difícil al oído, tonalmente limitado, integrar intervalos
convertidos en momentos melódicos. Hoy esta dificultad ya
no existe, pero los intervalos que se han conquistado se confunden
con los habituales. El detalle melódico queda rebajada a
mera consecuencia de la construcción total, sin tener empero
sub. e esta cl menor poder. Conviertése así en imagen
de ese progreso técnico que llena el mundo.
Aun
más obvias son ciertas objeciones formuladas contra la arbitrariedad
de la música dodecafónica; por ejemplo, que esta música
, con toda su racionalidad, abandona al azar la armonía,
ya como acorde singular, ya como sucesión de sonidos, o que
esto regula de manera abstracta la sucesión sin reconocer
ya empero ninguna necesidad convincente, comprensible y directa
del procedimiento armónico. La objeción es demasiado
grosera. En ninguna otra parte la ordenación de la técnica
dodecafónica tiene mayor coherencia (derivada de las tendencias
históricas del material) que en la armonía. Y si alguien
quisiera elaborar esquemas de la armonía dodecafónica
el comienzo del preludio de Tristán podría
representarse de manera probablemente más sencilla de lo
que pudiera hacerse sobre la base de las funciones armónicas
de la menor. La ley de dimensión vertical de la música
dodecafónica puede llamarse ley de la armonía complementaria.
Elementos precursores de la armonía complementaria se encuentran
en el Schönberg de la época media menos que en Debussy
o Stravinski y precisamente se dan en estos autores todas las veces
que no hay procedimientos armónicos fundados en el tiempo
del bajo numerado, sino planos sonoros estáticos en sí,
comportan sólo una elección entre los doce semitonos
y que luego repentinamente se se cambian en otros que producen los
sonidos restantes. En la armonía complementaria cada acorde
está construido complejamente: contiene los sonidos particulares
como momentos autónomos y diferenciados del conjunto, sin
desaparecer, como ocurre en la armonía perfecta, sus diferencias.
El oído atento no puede, en el espacio de los doce sonidos
del croma, sustraerse a la sensación de que cada sonido particular
complejo pide en principio, como complemento ya simultáneo,
ya sucesivo, aquellos sonidos de la escala cromática que
no aparecen en el mismo. La tensión y la distensión
en la música dodecafónica han de entenderse en función
del virtual acorde de doce sonidos. El acorde singular complejo
se hace capaz de abarcar en si fuerzas musicales que antes tenían
necesidad de líneas melódicas enteras o de una estructura
armónica. Al propio tiempo la armonía complementaria
está en condiciones de iluminar estos acordes con un vuelco
repentino, de suerte que toda su fuerza latente se haga manifiesta.
Mediante el paso de un piano armónico, definido por el acorde,
al piano sucesivo complementario, se crean efectos de profundidad
armónica y una especie de perspectiva a la que ya tendía
a veces Ia música tradicional misma, como por ejemplo en
Bruckner; pero sin conseguir realizarla. Si se considera el acorde
de la muerte de Lulú, que contiene los doce sonidos, como
integral de la armonía complementaria, el genio alegórico
de Berg se afirma en una perspectiva histórica verdaderamente
vertiginosa: así como Lulú en el mundo de la apariencia
absoluta no anhela otra cosa que a su asesino y al fin lo encuentra
con ese acorde, así toda la armonía de la felicidad
negada -la música dodecafónica no puede separarse
de la disonancia- anhela, como cifra de su propia realización,
el acorde que le será fatal, porque toda la dinámica
se detiene en el resolverse.
La ley
de la armonía complementaria implica ya el fin de la experiencia
del tiempo en la música, como se anunciaba en la disociación
del tiempo de los extremos expresionistas. Esta ley proclama más
enérgicamente que otros síntomas esa condición
de ahistoricidad del fenómeno musical de la cual no puede
decirse hoy aun si esta dictada por la terrible fijación
de la suciedad en las actuales formas de hegemonía o si es
un preaviso del fin de la sociedad antagonista, que tiene su historia
solo en cuanto reproduce sus propios antagonismos. Sin embargo,
esta ley de la armonía complementaria es válida realmente
solo como Iey armónica. Queda paralizada por la no diferencia
de los elementos horizontales y verticales. Los sonidos complementarios
son desiderata de la "conducción de las partes"
que existen dentro de los acordes, complejos y distintos en las
voces singulares que lo componen; todos los problemas armónicos,
ya en la música tonal, proceden de exigencias de la conducción
de las partes; e inversamente todos los problemas contrapuntísticos
proceden de exigencias de la armonía. Por influencia del
libro de Kurth sobre el contrapunto lineal se difundió la
opinión de que en la nueva música la armonía
era indiferente y que el elemento vertical, frente a la polifonía,
ya no contaba nada. Esa suposición era propia de dilettanti:
la unificación de las diferentes dimensiones musicales no
puede significar que una de ellas se limite a desaparecer; pero
en la técnica dodecafónica se comienza a ver que precisamente
esta unificación amenaza desvalorizar toda dimensión
particular del material y en consecuencia también la dimensión
armónica.. Los pasajes concebidos según el principio
de la armonía complementaria representan la excepción.
Representan necesariamente la excepción porque el principio
de composición de realizar la serie también en acordes
de sonidos simultáneos impone que cada sonido se justifique
como elemento de la serie, tanto horizontal como verticalmente.
Esto hace que la pura relación complementaria entre los sonidos
verticales sea un caso raro. La primitiva identidad de las dimensiones
no está tanto garantizada como postulada por el esquema dodecafónico.
En cada momento de la composición la identidad vuelve a proponerse
y la partitura aritmética no dice en modo alguno si aquella
está lograda y si el "resultado" se justifica también
armónicamente por la tendencia intrínseca de los acordes.
La mayor parte de las composiciones dodecafónicas cambia
esa coincidencia por la mera exactitud numérica. A lo sumo
las armonías derivan en esas composiciones sólo de
aquello que se desarrolla en sus partes y no dan un significado
específicamente armónico. Basta comparar cualquier
acorde o bien sucesiones armónicas de composiciones dodecafónicas
-un ejemplo craso de atascamiento armónico se encuentra en
el tempo lento del Cuarto Cuarteto de Schönberg en
los compases 636/7- con un pasaje do atonalidad libre, entendido
según su auténtico sentido armónico (como por
ejemplo Erwartung, compases 196 y sigs., para advertir
que la trabazón de la armonía dodecafónica
es casual. La “vida instintiva do los acordes queda reprimida.
No sólo los sonidos se cuentan anticipadamente, sino que
el predominio de las líneas apaga la armonía. No podemos
librarnos do !a sospecha de que todo el principio de la no diferencia
entre melodía y armonía se convierte en una ilusión
apenas se lo pone seriamente a prueba. El origen de la serie que
coincide con el perfil de los temas y su sentido melódico
se oponen a la interpretación armónica, que puede
realizarse sólo al perder el carácter específico
de la relación armónica. Mientras la armonía
complementaria en su forma pura relaciona entre sí los acordes
sucesivos más estrechamente que nunca, esos acordes, gracias
a la totaIidad de la técnica dodecafónica, quedan
enajenados los unos de los otros. El hecho de que Schönberg,
en una de sus más grandiosas composiciones dodecafónicas,
esto es, el primer tiempo del Tercer Cuarteto,
haya usado el principio del ostinato, que hasta entonces
había excluido, tiene su razón de ser en estas circunstancias:
el ostinato debe establecer un nexo que ya no existe entre
acorde y acorde y prácticamente ni siquiera en el acorde
particular. La purificación del elemento tonal conductor
que continuaba obrando en la atonalidad libre como residuo tonal,
conduce a una falta de relaciones y a una rigidez de los momentos
sucesivos que no sólo penetra como frialdad correctiva en
el expresivo Invernáculo de Wagner, sino que además
contiene la amenaza de ser absurda en un sentido específicamente
musical y de anular toda conexión. Ese absurdo no puede cambiarse
por la escasa comprensibilidad de lo que no está bien organizado,
sino que además contiene la amenaza de adjudicarse ser absurda
en un sentido específicamente musical y de anular toda conexión.
Ese absurdo no puede cambiarse por la escasa comprensibilidad de
lo que no está organizado, sino que más bien ha de
adjudicarse a la nueva clase de organización. La técnica
dodecafónica sustituye la "mediación", la
"transición", pero la construcción consecuente
; pero ésta se paga con la atomización de los sonidos.
El libre juego de fuerzas de la música tradicional, que produce
el todo de acorde en acorde, sin que el todo esté premeditado
de acorde en acorde, queda sustituido por la "inserción"
de acordes extraños entre sí. Ya no hay atracción
anárquica recíproca entre los sonidos, sino que sólo
queda su falta monádica de relaciones y la autoridad planificadora
que los domina todos. El único resultado posible de esto
es lo accidental. Si antes la totalidad se había realizado
a espaldas de los hechos individuales, ahora la totalidad es consciente;
pero los hechos individuales y las relaciones quedan sacrificados
a esa totalidad. Hasta los acordes como tales tienen el carácter
de lo fortuito.
Que la
decadencia de la armonía no deba atribuirse a falta conciencia
armónica sino más bien a la fuerza de gravitación
de la técnica dodecafónica es hecho que puede deducirse
de esa dimensión que estuvo siempre estrechamente ligada
a la armonía y que muestra, hoy lo mismo que en la época
de Wagner, los mismos síntomas de la armonía: la sonoridad
instrumental. La construcción total de la música permite
una instrumentación "constructiva" en medida insospechada.
Las elaboraciones de Bach que realizaron Schönberg y Webern,
en las cuales las más minuciosas relaciones temáticas
de la composición están transpuestas en análogas
relaciones de timbre y realizadas con este medio, no habrían
sido posibles sin la técnica dodecafónica. El postulado
de la claridad instrumental, formulado por Mahler, se satisface
adecuadamente sólo gracias a las experiencias dodecafónicas,
esto es, sin reduplicaciones y sin pedales fluctuantes de las trompetas.
Así como el acorde disonante acoge todo sonido que contiene
y lo mantiene como sonido diferenciado, también la sonoridad
instrumental puede ahora realizar ya la equiparación de todas
las partes entre sí, ya la plasticidad de cada parte singular.
La técnica dodecafónica absorbe toda la riqueza de
la estructura de composición y la traduce en la estructura
del timbre. Pero esta nunca se impone despóticamente a la
composición, como acaecía en el romanticismo tardío.
En todo sirve a la composición. Esto empero termina por limitarla
de tal manera que ella por si misma contribuye cada vez menos a
la composición. Y la dimensión timbre, entendida como
dimensión productiva del proceso de composición y
hecha tal en la fase expresionista, falta. En las concepciones teóricas
del Schönberg de la época media, la Klangfarbenmelodie
tenía su lugar justo. Con esta expresión se significaba
que el cambio de los timbres por sí mismo se convertía
en el resultado de la composición y determinaba el curso
de ésta. La sonoridad instrumental aparecía como el
estrato intacto de que se nutría la fantasía del compositor.
La Tercera pieza para orquesta opus 16, así
coma la música que acompaña la tormenta de luz de
Die Glückliche Hand, son ejemplos de esta tendencia.
En cambio la música dodecafónica no ha producido nada
parecido y es lícito abrigar la duda de que pueda hacerlo.
En efecto, aquella obra para orquesta, con el "acorde cambiante",
presupone una sustancialidad del hecho armónico que la técnica
dodecafónica niega. Para la técnica dodecafónica
el pensamiento de una fantasía de timbre que como tal contribuya
a la composición es un delito. Y la aversión por las
reduplicaciones de timbre, que elimina todo lo que no representa
con pureza extrema la composición, atestigua no sólo
el odio contra la falsa riqueza del colorido instrumental del romanticismo
tardío, sino también de la voluntad ascética
de eliminar todo lo que quiebra el espacio definido de la composición
dodecafónica. Esta no se permite en modo alguno "inventar"
alga como los timbres instrumentales. La sonoridad por más
diferenciada que sea, se aproxima a lo que era antes de que la subjetividad
tomara posesión de ella, esto es, mero registro. Otra vez
aquí las primeras composiciones de la técnica dodecafónica
son ejemplares: el Quinteto para instrumentos de viento,
de Schönberg hace pensar en una partitura de órgano.
Y el hecho de que precisamente haya sido compuesto para instrumentos
de viento puede quizá tener relación con Ia intención
de referirlo a los registros del órgano. Esa música
ya no está instrumentada específicamente como la anterior
música de cámara de Schönberg. También
en el Tercer Cuarteto, todos los timbres que Schönberg
había sabido obtener de las cuerdas en los dos primeros cuartetos
quedan sacrificados. La sonoridad del Cuarteto se convierte totalmente
en función de la escritura de composición, llevada
por cierto a los extremos, y particularmente se convierte en una
función de aprovechamiento de las posiciones amplias. Más
adelante, a partir de las Variaciones para orquesta, Schönberg
comenzó a reconsiderar su posición y acordó
al colorido instrumental un derecho mayor. Ya no sostiene la prioridad
de los clarinetes, que había caracterizado de manera decisiva
la tendencia al "registro"; pero la paleta colorista de
las obras tardías tiene el carácter de la concisión.
Esa paleta precede menos de la estructura dodecafónica misma
que de la "escritura", es decir, del interés por
la clarificación. Este mismo interés es sin embargo
equívoco, por cuanto excluye todos los estratos musicales
en que, sigue la exigencia específica de la composición,
se aspira no a la claridad de esta, sino más bien a lo contrario,
con lo cual se apropia del postulado neoobjetivo de la "equidad
frente al material", postulado que vela el fetichismo del material,
al cual la técnica dodecafónica, hasta en su relación
con la serie, tanto se acerca. Mientras los timbres de la orquesta
del último Schönberg iluminan la estructura de la composición
exactamente como una fotografía nítida puede resaltar
los objetos fotografiados, siempre les esta vedado ser elementos
directos del acto precisamente dicho de "componer". De
ello resulta una sonoridad resplandecientemente compacta, con luces
y sombras cambiantes, parecida a una máquina en alto grado
complicada, que en el movimiento vertiginoso de todas las partes
permanece fija en un lugar. La sonoridad se hace clara, limpia y
lúcida como la lógica positivista. Revela el moderantismo
que la severa técnica dodecafónica oculta. La variedad
de los colores y el sólido equilibrio de esta sonoridad reniegan
angustiosamente del estallido caótico del que ella había
surgido y se convierten en imágenes de un orden al que se
oponen todos los impulsos auténticos de la nueva música
y que, empero, está misma esta obligada a reparar. El documento
onírico se apacigua en la escritura documental.
El verdadero beneficiario de la técnica dodecafónica
es, sin duda alguna, el contrapunto. Este tiene la primacía
en la composición.. El pensamiento contrapuntístico
es superior al armónico homofónico, porque siempre
ha sustraído la superposición vertical a la ciega
compulsión de las convenciones armónicas. Verdad es
que siempre las respeto; pero ha asignado a todos los hechos musicales
simultáneos un sentido preciso, partiendo de la unidad de
la composición, al determinar todas las partes secundarias
en relación con la voz melódica principal. Gracias
a la universalidad de la relación serial, la técnica
dodecafónica es contrapuntística por su origen, pues
todas las notas simultáneas son independientes por el hecho
mismo de que todas son partes integrantes de la serie. Y la prioridad
de la técnica dodecafónica respecto de la arbitrariedad
del "libre componer" tradicional es de tipo contrapuntístico.
Desde que se afirmó la música homofónica, en
la época del bajo general, las más profundas experiencias
de los compositor nos han mostrado la insuficiencia de la homofonía
en la construcción rigurosa de formas concretas. El retorno
de Bach a la polifonía anterior -y precisamente sus fugas
más avanzadas desde el punto de vista de la construcción,
como aquella en do sostenido menor del primer volumen del Clave
bien temperado, aquella de seis voces de la Ofrenda musical,
y aquellas posteriores del Arte de la Fuga, se acercan
a la ricercata las partes polifónicas del último Beethoven,
constituyen los testimonios más significativos de tal experiencia.
Sin embargo, la técnica dodecafónica, por primera
vez desde fines de la Edad Media y con un dominio de los medios
incomparablemente mayor, ha cristalizado un estilo polifónico
genuino y no sólo eliminó la simbiosis puramente exterior
entre esquemas polifónicos y pensamiento armónico,
sino también la impureza propia de la influencia recíproca
de fuerzas armónicas y polifónicas que en cambio la
atonalidad libre toleraba las unas junto a las otras. En sus conquistas
polifónicas Bach y Beethoven tendían con desesperada
energía a equilibrar el coral, construido sobre el bajo,
con la polifonía genuina, entendido uno coma dinámica
subjetiva y entendida la otra como objetividad vinculadora. Schönberg,
al no imponer ya al material la organización polifónica,
sino al derivarla del material mismo, ha demostrado que era el representante
de la tendencia más recóndita de la música.
Ya solo este hecho lo coloca entre los más grandes compositores.
No sólo ha elaborado una pureza de estilo comparable a aquellos
modelos estilísticos que antes estaban preordenados inconscientemente
en el acto de la composición -pues podría dudarse
sin más ni más de la legitimidad del ideal estilístico-,
sino que restableció algo que equivale a una escritura musical
pura. La técnica dodecafónica ha enseñado a
pensar simultáneas partes independientes y a organizarlas
como unidad sin la muleta del acorde. De esta manera ha condenado
a seguro fin tanto el contrapunto desorganizado y gratuito de muchos
compositores del período posterior a la primera guerra mundial,
como el contrapunto alemán. La nueva polifonía es
"real". En Bach es la totalidad lo que le pone a la cuestión
de cómo sea posible una polifonía también armónica.
Por eso Bach es, de hecho, un armonista, como lo consideraba Goethe.
En Schönberg la tonalidad se ha liberado de la necesidad de
esa respuesta. Schönberg pide a los residuos de la tonalidad
que resuelvan el problema de Ia tendencia polifónica del
acorde. Es pues un contrapuntista. La armonía permanece en
la música dodecafónica no del todo resuelta, contrariamente
a lo que ocurre con Bach, en quien el esquema armónico pone
a la independencia de las partes un límite que sólo
quedará trascendido por la especulación del Arte
de la fuga. Pero la aporía armónica se comunica,
en la técnica dodecafónica, también al contrapunto.
Los compositores siempre han considerado mérito dominar las
dificultades contrapuntísticas, como ocurre con los desacreditados
artificios de los Países Bajos y luego con el intermitente
retorno a su técnica. Y piensan esto con razón: las
obras artísticas del contrapunto anuncian siempre la victoria
de la verdadera composición sobre Ia inercia de la armonía.
Los empeños más abstractos de cánones retrógrados
(cangrejo) y de espejo son esquemas con los que la música
se esfuerza por cuanto hay de formula en la armonía, al hacer
coincidir los acordes, de suyo "universales", con la determinación
absuelta del decurso de las partes. Pero este mérito disminuye
cuando cae la piedra armónica del escándalo y cuando
el contrapunto ya no puede legitimarse mediante la formación
de acordes "perfectos". La única unidad de medida
es la serie. La serie provee a Ia más estrecha interrelación
de las partes, que es la del contraste. La aspiración de
componer nota contra nota se realiza literalmente en la técnica
dodecafónica. La heteronomía del principio armónico
respecto de la dimensión horizontal se había sustraído
a esa aspiración. Ahora la compulsión exterior de
las armonías dadas queda rota. La unidad de las partes puede
desarrollarse estrechamente partiendo de su diversidad, sin los
ligamentos de la "afinidad" armónica. Por eso el
contrapunto dodecafónico se opone en la realidad a todo arte
imitativo o canónico. El empleo de tales medios en el Schönberg
de la fase dodecafónica produce el efecto de una ultradeterminación,
de una tautología. Es que tales medios organizan nuevamente
una conexión ya organizada por la técnica dodecafónica.
En efecto, ya en ella ha desarrollado al máximo grado aquel
principio que de manera rudimentaria estaba en la base del arte
imitativo y canónico. De ahí lo heterogéneo
y extraño de los procedimientos que los compositores dodecafónicos
han tomado de la praxis contrapuntística tradicional. Webern
sabía muy bien de que trataba, en sus últimas obras,
de derivar el principio canónico de la misma estructura serial,
en tanto Schönberg evidentemente se hizo de nuevo sensible
a todos estos artificios. Los antiguos lazos de la polifonía
tenían su función sólo en el espacio armónico
de la tonalidad. Tratan de relacionar las partes entre sí
y como una línea refleja la otra, tratan de uniformar Ia
fuerza que el instinto armónico de la escala, extraño
al procedimiento polifónico, conserva sobre las partes mismas.
El arte de Ia imitación y del canon supone precisamente esta
conciencia de los grados armónicos o por lo menos de un “modo"
tonal con el que, empero, no puede cambiarse la serie dodecafónica,
que trabaja detrás de los bastidores. En efecto, sólo
en un ordenamiento declaradamente tonal o modal, en cuya jerarquía
todo grado armónico ocupa de una vez para siempre su lugar,
está permitida la repetición. Esta es posible sólo
en un sistema articulado de relaciones. Ese sistema determina los
hechos musicales en el ámbito de una vasta universalidad,
más allá del caso único e irrepetible. Las
relaciones de tal sistema, que son los grados armónicos y
las cadencias, implican de antemano un desarrollo, cierta dinámica.
Por eso la repetición no significa en ellos inmovilidad.
Asumen por así decirlo !a responsabilidad que tiene la obra
de desarrollarse. La técnica dodecafónica no es capaz
de hacer tal cosa. En efecto en modo alguno es un sustituto de la
tonalidad. La serie, válida cada vez para una sola obra,
no posee esta vista universalidad que mediante el esquema puede
asignar una función al hecho musical que se repite; y esto
a su vez, en cuanto elemento individual que se repite, no tiene
como tal ninguna función. Por otra parte, la sucesión
de los intervalos seriales no concierne a la repetición de
manera tal qua modifique con sentido, en el acto de la repetición,
lo que se repite. Aun cuando el contrapunto dodecafónico,
especialmente en las primeras obra dodecafónicas de Schönberg
y en toda la obra de Webern, se basa en amplia medida en la imitación
y en el canon, esto contradice por sí mismo el ideal especifico
del procedimiento dodecafónico. Por cierto que acudir de
nuevo a medios de una polifonía arcaica no es un mero capricho
de la manía de combinar elementos. Los modos de procedimiento
tonal inherentes a ellos fueron exhumados precisamente porque la
técnica dodecafónica como tal no ofrece lo que se
pretende de ella. La caída del elemento específicamente
armónico como constituyente de formas se hace sensible de
manera tan inquietante que el puro contrapunto dodecafónico
ya no basta para garantizar una organización compensadora.
Es más aun, no basta siquiera en sentido propiamente contrapuntístico.
El principio del contraste se invierte. Nunca una parte se agrega
a otra de manera realmente libre, sino que lo hace siempre sólo
como su "derivación" y precisamente la completa
libertad dejada en una vez a los hechos musicales que se desarrolla
en la otra, esto es, su negación reciproca, las coloca en
una relación de reflejo, en la que está latente la
tendencia a superar, en última instancia, la independencia
reciproca de las partes, es decir, todo el contrapunto... y esto
precisamente en el acorde de dote sonidos. A lo cual quizá
se opone el principio de la imitación. Con su severidad,
esta quiere salvar la libertad amenazada, justamente por su propia
coherencia, por el puro contraste. Las partes perfectamente encajadas
la una en la otra son idénticas como productos de la serie,
peso enteramente extraídas y hasta hostiles entre sí
por el hecho mismo de estar tan bien trabadas. No tienen nada que
ver la una con la otra, sino que sólo tienen que ver con
un tercer factor. Y es inútil que se conjure el principio
de la imitación para conciliar lo extraño de las partes
demasiado obedientes.
Y aquí
surge un elemento problemático, propio de los más
recientes triunfos polifónicos. La unidad de las partes dodecafónicas
dada por la serie contradice probablemente el impulso más
profundo del contrapunto moderno. Lo que las escuelas llaman buen
contrapunto (esto es, partes lisas que siempre tienen un sentido
singular, y que no sofocan Ia melodía principal, el desarrollo
armónico, la hábil cementación de líneas
heterogéneas, gracias a una parte sabiamente introducida)
da de la idea solo el más débil reflejo en cuanto
se abusa de esto para formular recetas. La emisión del contrapunto
no era la adición lograda e integradora de las partes polifónicas,
sino la organización de la música de manera tal que
cada una de las partes en ella contenidas fuera verdaderamente esencial
y que cada parte, cada nota, cumpliera exactamente su función
en el texto. La urdimbre debe estar concebida de tal manera que
la relación de las partes engendre el decurso de toda la
obra y en definitiva la forma. En esto, y no tanto en el hecho de
haber escrito un tan buen contrapunto en sentido tradicional, es
que estriba la verdadera superioridad de Bach sobre toda la música
polifónica ulterior; no tanto el carácter lineal coma
tal, sino la integración de éste en el todo, en armonía
y forma. En esto el Arte de la fuga no tiene par. Schönberg,
al en emancipar el contrapunto, asume de nuevo esta misión.
Resta solo preguntarse si la técnica dodecafónica,
al hacer absoluta la idea de la integración contrapuntística,
no elimina el principio del contrapunto precisamente por el hecho
de hacerlo total. En la técnica dodecafónica ya nada
hay que difiera de la urdimbre de las partes, ni cantus firmus,
ni peso especifico de la armonía. Pero podría pensarse
que el contrapunto mismo expresa la diferencia de dimensiones típica
de la música occidental. El contrapunto tiende a superar
esta diferencia dándole una forma. En una organización
total y perfecta, el contrapunto en sentido riguroso, como adición
de una parte independiente a otra, debería desaparecer. En
efecto, el contrapunto tiene derecho a la existencia solo en la
superación de algo que es exterior a el, que se opone a él
y a lo cual se "ensambla". Cuando ya no existe tal prioridad
de un elemento que musicalmente es por sí mismo y con el
cual el contrapunto pueda probarse, este se convierte en un vano
esfuerzo y desaparece en un continuum indiferenciado. Comparte,
por así decirlo, la suerte de un ritmo lleno de contrastes,
que en el curso de partes diferentes y complementarias acentúe
todos los tiempos del compás, con lo cual se transforma precisamente
en monotonía rítmica. Los primeros trabajos de Webern
son coherentes también en el hecho de que en ellos se insinúa
ya la anulación del contrapunto. Los elementos de contraste
se asocian y forman una monodia.
Stravinski
y la restauración
"Y
no sirve de nada adoptar de nuevo, y por así decirlo
de manera sustancial, cosmovisiones del pasado, es decir pretender
introducirnos en uno de esos determinados modos de ver las
cosas, por ejemplo hacerse uno católico, como recientemente
han hecho muchos, por razones de arte y con el fin de estabilizar
sus estados de ánimo y de convertir la evidente limitación
de sus facultades representativas en algo que sea en sí
y por sí."
Hegel,
Estética, II
|
.
La innervación
histórica de Stravinski y sus discípulos se ha visto
estimulada por la idea de restituir a la música su carácter
obligatorio, mediante procedimientos estilísticos. Mientras
el proceso de racionalización de la música y de dominio
integral del material coincidía con su subjetivación,
Stravinski pone críticamente de relieve, por amor a la autoridad
de organización, lo que parece un momento de arbitrariedad.
El progreso de la música hacia la libertad plena del sujeto
se presenta, frente a las fuerzas constituidas. como irracional,
en la medida en que, con la indeterminación de su lenguaje
musical, disuelve la lógica inteligible de la conexión
exterior. La antigua aporía filosófica de que el sujeto
como vehículo de racionalidad objetiva es inseparable del
individuo inmerso en la casualidad, la cual deforma el ejercicio
de esa racionalidad, es asignada por fin a la música, que
en realidad nunca había conducido a la lógica pura.
El espíritu de autores como Stravinski reacciona vivamente
contra todo movimiento que no este visiblemente determinado por
lo general, y especialmente contra toda huella de lo socialmente
evasivo. Su intento consiste en cargar el acento sobre la reconstrucción
de la música en su autenticidad, imprimirle desde afuera
un carácter obligatorio, darle con violencia eI carácter
de no poder ser de otra manera que como es.
Emprendió
su intento de restauración sin pretensiones niveladoras,
peso con conciencia urbana, conociendo plenamente el aspecto problemático
y juglaresco de su empeño; y esto fue así aun cuando
se olvido. frente a las desnudas partituras que éI compone.
Su objetivismo pesa así bastante más que el de sus
adeptos, ya que componer supone sustancialmente el momento de la
propia negatividad. Sin embargo, no puede dudarse de que su obra
antivisionaria se inspire en la visión de la autenticidad,
en un horror vacui, en la angustia de la inanidad de lo
que ya no encuentra resonancia social y que esta encadenado al efímero
destino de lo particular. En Straviski perdura tenazmente el deseo,
típico del individuo no maduro de convertirse en un clásico
con validez propia y de que lo conserve como tal, en Iugar de ser
sólo un moderno cuya sustancia se consume en la controversia
de las tendencias y que pronto va a ser olvidado. En este modo de
reaccionar es menester reconocer el respeto no iluminado y la impotencia
de las esperanzas a él anexas -pues ningún artista
puede establecer lo que habrá de sobrevivir-; pero es asimismo
indiscutible que en la base de todo esto hay una experiencia que
nadie que conozca la imposibilidad de la restauraciones podrá
negar (...) Para su oído la música más avanzada
no suena como si existiera desde el comienzo de tiempos, y quiere
entonces que la música tenga este efecto.
Stravinski
ha desdeñado el camino fácil que conduce a la autenticidad.
Ese habría sido el camino académico, limitarse al
patrimonio ya aceptado del idioma musical que se formo durante los
siglos XVIII y XIX y que para la conciencia burguesa a la que pertenece
ha asumido el cachet de 10 "natural" y evidente por sí
mismo. El discípulo de aquel Rimski-Korsakov que corregía
la armonía de Mussorgski según las reglas del conservatorio,
se rebeló contra el atelier como solo había podido
rebelarse en pintura un fauve. Para Stravinski, cuyo su sentido
de la necesidad obligatoria, las exigencias impuestas por aquellas
reglas se hacían insoportables en el momento en que se confutaban
a si misinas al colocar el consensus mediato de la enseñanza
en el lugar de la violencia palpitante que la tonalidad ejercía
en los tiempos heroicos de la burguesía. La estrechez del
lenguaje musical, la comprobación de que cada una de sus
fórmulas estaba enteramente penetrada de intenciones determinadas,
no se le presentó como garantía de autenticidad, sino
como garantía de desgastes. La autenticidad ya consumida
debe eliminarse para conservar la eficacia de su propio principio.
Y ello se obtiene demoliendo toda intención, De esto, cual
si constituyera un contacto directo con la materia prima de la música,
Stravinski espera la obligatoriedad necesaria. Es indiscutible la
afinidad con la fenomenología filosófica que nace
precisamente en ese momento. La renuncia a todo psicologuismo, la
reducción de todo al puro fenómeno, tal como éste
se presenta, debe dejar abierta una región del ser indudable,
"auténtico". Aquí como allá, el recelo
contra lo que no es original –esto es, en el fondo el presentimiento
de la contradicción entre la sociedad real y su ideología-
induce a transfigurar como verdad el "resto" que avanza
después de haber eliminado el presunto contenido. Aquí
como allá, el espíritu permanece prisionero de la
ilusión de que puedo escape en su propia esfera, la esfera
del pensamiento y del arte, a la maldición de ser mero espíritu,
mera reflexión, y no el ser mismo. Aquí como allá,
la contraposición inmediata de "cosa" y reflexión
espiritual se hace absoluta y confiere así al producto del
sujeto la dignidad de lo natural. En los dos cases se trata de una
quimérica rebelión de la cultura contra su propia
naturaleza de cultura. Stravinski emprendió esta rebelión
no sóIo en el juego familiarmente estético con la
barbarie, sino suspendiendo hoscamente lo que se llamaba cultura
en música, esto es, la obra de arte humanamente elocuente.
Stravinski se siente atraído a las esferas en que la música,
no ya a la altura del sujeto burgués, se convierte en música
privada de intenciones y estimula movimientos corpóreos en
lugar de conservar un significado, o bien a esferas en que el significado
de la música tiene un sentido ritual, de suerte que y no
puede entenderse como sentido específico del acto musical.
E! ideal estético de Stravinski es el de la realización
indiscutible. (...) Como cura contra la division del trabajo, Stravinski
propone llevarla al extremo, con lo cual se burla de la cultura
basada en esa división. De la especialización él
hace la especialidad de music hall, del varieté y del circo,
tal como se glorifica en Parade de Cocteau y Satie, pero
ya premeditada en Petruschka. La creación estética
se convierte por fin en aquello que se estaba ya preparando en el
impresionismo, es decir tour de force, ruptura de la fuerza de gravedad,
espejismo de lo imposible, cosas que pueden lograrse en virtud de
la intensificación máxima del adiestramiento del especialista.
En realidad Ia armonía de Stravinski esta siempre en suspenso
y se sustrae a la gravitación del procedimiento de los acordes
por grades armónicos. La obsesión y la perfección
del acróbata, privada de todo sentido, la falta de libertad
de quien repite siempre la misma cosa hasta que le salen los ejercicios
más temerarios, indica objetivamente, sin que se tenga una
intención determinada y objetiva, un dominio pleno, una soberanía
y una libertad respecto de la obligación natural, cosas que
empero quedan al propio tiempo desmentidas como ideología
en el momento mismo en que se afirman. El éxito del acto
acrobático, infinito en su ceguera, sustraído casi
a las antinomias estéticas, se magnifica como audaz utopía
de uno que, gracias a la extrema división del trabajo y a
la extrema reificación, sobrepasa Ios límites burgueses.
La falta de intenciones vale como promesa de realizar todas las
intenciones. Petruschka, estilísticamente "neoimpresionista",
se compone de innumerables piezas de arte, desde la descompuesta
algarabía de la plaza del mercado hasta la imitación
exagerada de toda la música que rechaza la cultura oficial.
Esto deriva de la atmósfera del cabaret literario y al propio
tiempo artesano. Aun permaneciendo fiel al aspecto apócrifo
de esto último, Stravinski se rebeló simultáneamente
contra lo que quedaba de elevado en sentido narcisista y contra
lo que tenía un alma payasesca; en suma, contra la atmósfera
de la bohème, y contra ésta realizó Stravinski
la desdeñosa demolición de los valores interiores
que el número de cabaret ya había inaugurado puntualmente.
Esta tendencia conduce al artesanado industrial, que considera el
alma como mercadería; conduce a negar el alma en la protesta
contra el carácter de mercadería; conduce a relacionar
solemnemente la música con lo físico y a reducirla
a una apariencia que asumiría una significación objetiva
si renunciara por su voluntad espontánea a significar algo.
(...) En Stravinski la subjetividad asume el aspecto de la víctima,
pero -y aquí se burla él de la tradición del
arte humanista- la música no se identifica con ella, sino
con la instancia destructora. En virtud de la liquidación
de la víctima, la música se priva de intenciones y
por lo tanto de su propia subjetividad.
Bajo
la envoltura neorromántica este giro contra el sujeto ya
se cumple en Petrushka. Largos pasajes de esta obra, la
mayor parte fuera del segundo cuadro, son muy simplificados en el
contenido musical, en contradicción con la intrincada psique
del muñeco llamado a una vida engañosa, y también
los son en el contenido técnico, asimismo en contradicción
con un tratamiento orquestal extraordinariamente sutil. Esta simplicidad
corresponde a la actitud de la música frente al reproche
del muñeco, que es la actitud del divertido observador de
escenas de feria, las cuales representan una impresión estilizada
de tumulto, con un fondo de esa alegría provocativa que el
individuo cansado de diferenciaciones encuentra en lo que desprecia,
más o menos así como los intelectuales europeos gustaban
con ingenuidad de las películas y las novelas policiales,
preparándose de ese modo para su función específica
en el seno de la cultura de masas. En este vacío sufrir que
deriva del saber, está ya implícito un momento de
autoextinción del observador. Así como este se disuelve
en los sonidos del carroussel y se disfraza de niño para
liberarse del peso de la vida cotidiana rack nal tanto como de su
propia psicología, del mismo modo se despoja de su yo y busca
suerte al identificarse con esa multitud amorfa e inarticulada descrita
por Le Bon, cuya imagen esta contenida en tales ruidos. Pero de
este modo el espectador se pone de parte del que rife: la categoría
fundamental de Petruschka es lo grotesco y como tal la
partitura usa a menudo esa categoría como indicación
para los soli de los instrumentos de viento: es la categoría
de lo particular, desfigurado, terminado. De esta manera se manifiesta
gráficamente la desintegración del sujeto; Lo grotesco
es en Petruschka lo característico. Cuando se encuentra
un elemento subjetivo se lo encuentra depravado, sentimentalmente
falso o idiotizado. Se lo invoca como algo ya mecánico, reificado
y en cierto modo muerto.
El Sacre
du Printemps, la obra ce Stravinski más famosa y más
avanzada en relación con el material, fue concebida, de acuerdo
con la autobiografía del autor, durante el trabajo de Petrushka
y ésta no es por cierto una circunstancia casual. A pesar
de toda la diferencia estilística que hay entre el primer
ballet elaborado culinariamente, y el otro ballet tan tumultuoso,
los dos tienen en común el núcleo, el sacrificio antihumano
a lo colectivo: sacrificio sin tragedia, practicado no a la imagen
naciente del hombre, sino a la ciega confirmación de una
condición que la víctima misma reconoce, ya con la
burla de sí misma, ya con la propia extinción. Este
motivo, que determina enteramente el desarrollo de la música,
abandona la envoltura juguetona del Petrushka para presentarse
en el Sacre con sangrienta gravedad.
Se observa
el horror con cierta complacencia; no se lo transfigura sino que
se lo representa sin paliativos
Stravinski
se apoya en el liberalismo exactamente igual que Nietzsche. La crítica
de la cultura supone una sustancialidad propia de la cultura; prospera
en su protección y recibe de ella el derecho de formular
juicios sin escrúpulos, el de comportarse como un hecho espiritual
autónomo, aun cuando termine por volverse contra el espíritu
mismo. El sacrificio humano en cl cual se anuncia la creciente potencia
de lo colectivo está determinado por la insuficiencia de
la condición individual misma y precisamente la salvaje representación
de lo salvaje no satisface meramente, como le reprocha el filisteo,
la necesidad de estímulos románticos civilizadores
sino también el anhelo de ahogar la apariencia social, el
impulso hacia la verdad bajo las mediaciones y enmascaramientos
burgueses de la violencia. En esta disposición de ánimo
está presente precisamente la herencia de la revolución
burguesa. (...) El Sacre du Printemps no habría
podido ser representado en el Tercer Reich de las innumerables víctimas
humanas, y quien se atrevía a admitir directamente en la
ideología la barbarie de la praxis caía en desgracia.
La barbarie alemana -quizá haya sido esta la idea de Nietzscher-
habría, sin mentira alguna, desarraigado conjuntamente con
la ideología la barbarie misma. A pesar de esto la afinidad
del Sacre con su modelo es indiscutible y lo mismo ocurre
con su gauguinismo y las simpatías de su autor que, como
refiere Cocteau, escandalizaba a los jugadores de Montecarlo poniéndose
las joyas de un rey negro. No sólo en esta obra resuena de
hecho el estrépito de la futura guerra, sino que eIla se
complace abiertamente en la propia suntuosidad, que por lo demás
bien podía comprenderse en el Paris de los Valses Nobles
et Sentimentales. La presión de la cultura burguesa
reificada empuja al espíritu a refugiarse en los fantasmas
de la naturaleza, los cuales terminan por revelarse como mensajeros
de la presión absoluta. Los nervios estéticos vibran
con el deseo de retornar a la edad de piedra.
Como
pieza de virtuosismo de la regresión, el Sacre du Printemps
representa el intento de dominarla mediante su copia, y no ya de
abandonarse a ella sencillamente. Tal impulso tiene su parte en
la influencia enormemente vasta que este trabajo de especialización
ejerció en la generación siguiente de compositores:
no sólo confirmaba como up to date la involución del
lenguaje musical y del estado de conciencia conforme a ella, sino
que prometía al propio tiempo resistirse a la presentida
anulación del sujeto, haciéndolo cosa suya o por lo
menos registrándolo artísticamente como puede hacerlo
un observador imparcial y superior. Al imitar lo salvaje se evitaría,
con una magia realista y positiva, caer presa de aquello que se
teme. Como ya en los comienzos, en Petrushka el montaje
con fragmentos se debe a un procedimiento humorista organizador
y se realiza mediante trucos técnicos, de manera que toda
regresión de la obra de Stravinski se maneja precisamente
como una copia que no olvida nunca, ni siquiera por un instante,
el autodominio estático. En el Sacre un principio
artístico de selección y estilización, empleado
con gran libertad, produce el efecto de lo prehistórico.
(...) Las partículas melódicas que de vez en cuanto
están en la base de una sección del Sacre
son, generalmente, de tipo diatónico, folklóricas
en la inflexión o sencillamente tomadas de la escala cromática,
como en la danza final; nunca son una sucesión "atonal"
de intervalos, completamente libre, no referida a una escala preordenada.
A veces se trata de una elección limitada de los doce sonidos,
como por ejemplo en la pentatónica, cual si la otros sonidos
fueran tabú y no pudieran tocarse: en puede pensarse, en
el caso del Sacre, en ese délire de toucher que Freud remite
a la prohibición del incesto. El caso elemental de Ia variante
rítmica, en que consiste la repetición, es el de que
el motivo se construye de manera tal que cuando recomienza súbitamente
y sin pausas, después de su conclusión, los acentos
caen sobre notas diferentes de las del comienzo (Jeu du Rapt).
A menudo, lo mismo que los acentos, también se cambian las
largas y las breves. En todas partes las diferencias del modelo
temático dan la impresión de que se produjeran mediante
una mera sacudida. De esta manera las células melódicas
están como condensadas: no se condensan, sino que impedidas
en su desarrollo. Reina así, aun en la obra del Stravinski
exteriormente lo radical, una contradicción entre el moderado
desarrollo horizontal y el temerario desarrollo vertical, contradicción
que contiene ya en sí las condiciones del restablecimiento
de la tonalidad entendida como un sistema de reacciones cuya estructura
es más conforme a la melodía que los acordes de muchos
sonidos. Estos acordes tienen una función colorista, no constructiva.
No sólo
falta la flexibilidad expresiva y subjetiva del tiempo musical,
que Stravinski siempre se ha hecho rígida a partir del Sacre,
sino que también faltan todas las relaciones rítmicas
de la construcción, de la compaginación, de la composición
y del "ritmo general" de toda la forma. El ritmo está
acentuado, pero separado del contenido musical. Termina por ser
menos ritmo aquí que donde no se lo considera un fetiche,
es decir, quedan solo reverberaciones de elementos siempre idénticos
y en verdad estéticos, un continuo presentarse en el que
la irregularidad del retorno sustituye lo nuevo. Esto resulta evidente
en la Danza final de la elegida, que representa el sacrificio
humano, pasaje en el que los compases más complicados, que
obligan al director a pacer ademanes de equilibrista se suceden
en las más pequeñas subdivisiones de tiempo, con la
sola finalidad de inculcar en la bailarina y en el oyente una inalterable
rigidez mediante shocks movimientos convulsivos que ninguna
disposición angustiosa puede anticipar. El concepto de shock
corresponde precisamente a esa época.
La idea
coreográfica del sacrificio penetra la factura musical misma.
Aquí se extirpa, y no solo en el escenario, todo lo que se
diferencia, como individual, de lo colectivo. La punta polémica
de Stravinski se ha aguzado con el aumento del perfeccionamiento
estilístico. En Petruschka el elemento de lo individualizado
aparecía en la forma de lo grotesco, que guiaba lo individual.
En el Sacre ya nada hay para reír. Nada quizá
muestre más claramente como en Stravinski modernismo y arcaísmo
son dos aspectos del mismo fenómeno. Al eliminar la inocencia
de lo grotesco la obra se pone de parte de la especialmente del
cubismo; pero se llega a esta modernidad a través de un arcaísmo
de cuño muy diferente de aquel arcaísmo fundado en
el criterio del "En el antiguo estilo", apreciado por
ejemplo por un Reger. El entretejimiento de música y civilización
debe ser cortado y la provocativa, se constituya en símbolo
de una condición gozada como estímulo precisamente
en su contradicción con lo civilización. Al asumir
un disfraz totémico pretende la unidad primordial del hombre
y naturaleza mientras al propio tiempo, empero, el sistema se descubre,
en su principio fundamental, en el principio de la victima, como
sistema autoritario y, en consecuencia, como algo antagonista en
sí mismo. La negación del antagonismo constituye sin
embargo en el Sacre du Printemps un truco ideológico.
Así como un prestidigitador hace desaparecer a la hermosa
muchacha en el escenario del teatro de varieté, en el Sacre
la música escamotea al sujeto, que debe llevar el peso de
la religión natural. En otras palabras: no se llega a ninguna
antítesis estética entre la víctima inmolada
y la tribu, sino que la danza de ésta realiza más
bien su identificación inmediata con ella misma. El tema
no expone conflicto, así como el contexto musical no podría
soportarlo. La elegida baila hasta morir, un poco como los antropólogos
refieren que los salvajes mueren en verdad cuando sin saberlo han
violado un tabú. De ella como ser individual no se refleja
nada en la música, si no es el reflejo inconsciente y fortuito
del dolor: su solo de danza es, como todas las otras danzas, colectivo
en su específica organización interna, una danza en
redondo, desprovista de toda dialéctica de Io universal y
lo particular. La autenticidad se obtiene subrepticiamente negando
el polo subjetivo. Con la elección del punto de vista colectivo,
que tiene mucho de golpe de mano, se produce la agradable conformidad
con la sociedad individualista, una conformidad diferente y por
cierto que en alto grado siniestra: la conformidad con una sociedad
integral y ciega, casi con una sociedad de castrados o de hombres
sin cabeza. El estimulo individual, que puso en movimiento este
arte, de a solo la negación de sí mismo, la disolución
de la individuación; ya el humorismo de Petruschka,
por no decir el humorismo burgués en general, tendía
a esto ocultamente; pero ahora el oscuro impulso se convierte en
estridente charanga. La complacencia en la condición privada
de sujeto por la música es sádico masoquista. Si el
espectador no goza lisa y llanamente de la muerte de la muchacha,
así todo se siente como parte de lo colectivo y, convertido
el mismo en víctima potencial, piensa participar así,
precisamente así, en mágica regresión, de la
fuerza colectiva. El rasgo sádico masoquista acompaña
Ia música de Stravinski en todas sus fases. El Sacre
tiene, y es éste el único punto en que se diferencia
de aquella complacencia, cierta opacidad así en su colorido
general como en sus caracteres musicales particulares. Pero esa
opacidad, más que la aflicción por la verdad del ritual
mortal, expresa la disposición interior de lo que está
atado, de lo que no es libre...; expresa, en suma, la voz de una
inhibición del ser vivo. Este torso de aflicción objetiva
en el Sacre, técnicamente inseparable del predominio de sonoridades
disonantes pero también a menudo de una escritura condensada
con arte, representa la única instancia contra la actitud
litúrgica que querría consagrar como sagrado el acto
execrable de violencia del enigmático hechicero y los corros
de las muchachas que bailan. Pero también es este tono lo
que imprime a la monstruosidad densa de shocks una especie de sumisión
obtusa y caprichosa, que vuelve en aburrimiento lo qua antes era
sensacional, aburrimiento que en modo alguno es muy diferente del
que Stravinski más adelante producirá sistemáticamente
y que hace ya bastante difícil comprender el placer de imitación
que antes se irradiaba del Sacre. El primitivismo de ayer
es la simpleza de hoy.
Stravinski
se aleja del principio subjetivo de la variación de un elemento
unívoco y emplea una técnica de ataques permanentes,
técnica que en vano busca, tanteando, lo que en realidad
no puede ni alcanzar ni conservar. Su música no conoce el
recuerdo ni por eso tampoco la continuidad temporal. Se desarrolla
en reflejos. El error fatal de sus apologistas esta en interpretar
como garantía de vitalidad la falta en esa música
de un elemento preestablecido, de una temática, en el sentido
más riguroso, siendo así que se trata de una falta
que excluye precisamente el aliento de la forma, la continuidad
del proceso musical y, en última instancia, la "vida"
misma de la música. Lo amorfo no tiene nada en común
con la libertad, sino que se asemeja a la obligación de la
mera naturaleza: nada hay más rígido que el "proceso
de génesis". Se lo exalta empero como un proceso no
enajenado, se dice que conjuntamente con el principio del yo, esta
suspendida también la identidad individual. El juego estético
de Stravinski se parecería al juego "tal como lo vive
el niño. El niño no necesita de la invisibilidad efectiva,
pues intercala aquí y allá figuras e imágenes
de su imaginación, sin impedimenta racional entre la realidad
y la irrealidad.. (Los educadores dicen que miente.) Así
como a los niños en el juego que han inventado les gusta
disimular, les gusta borrar toda huella y se ponen y se quitan inesperadamente
la máscara, así como confían a un actor muchos
papeles sin un equilibrio racional y, puesto que juegan, no conocen
otra lógica sino aquella en la que el movimiento debe estar
en permanente flujo, así Stravinski separa la representación
y el canto y no liga la figura a una voz determinada, ni las voces
a una figura". En Renard las voces cantan en la orquesta
mientras la acción se desarrolla en el escenario.
El positivismo
de Stravinski se atiene al mundo primitivo como a una situación
de hecho. Stravinski construye un modelo imaginariamente étnico
de lo preindividuado y querría elaborarlo con exactitud.
El mito de Wagner debe presentar simbólicamente relaciones
fundamentales humanas en las cuales el sujeto se refleja y las cuales
se le refieran directamente. Frente a ésto la prehistoria
casi científica de Stravinski quiere ser más antigua
que la wagneriana que, empero, con todos los movimientos arcaicos
a que da expresión, no trasciende el tesoro formal burgués.
Cuanto más moderno se es tanto más se retrocede a
estadios anteriores. El protorromaticismo se sentía ligado
a la Edad Media y Wagner al politeísmo germánico;
Stravinski está ligado al clan totémico. Pero como
en él no hay símbolos mediadores entre el impulso
regresivo y su materialización musical, no está menos
prisionero de la psicología de lo que estuvo Wagner; y quizá
lo esté aun más. Precisamente el placer sádicomasoquista
de la autoextinción, que tiene una función tan evidente
en su antipsicologuismo, está determinado por la dinámica
de la vida de los instintos y no por las exigencias de la objetividad
musical. Característico del tipo humano a que se refiere
la obra de Stravinski es el hecho de que en ella no se tolera ninguna
especie de introspección ni de reflexión. La célebre
salud que se atiene a la exterioridad y que reniega del alma como
si ésta fuera ya una enfermedad del espíritu es un
producto de mecanismos de defensa en el sentido freudiano. La convulsiva
obstinación en cuanto a excluir el alma de la música
traiciona el presentimiento inconsciente de algo incurable que de
otra manera saldría fatalmente a la luz. La música
obedece tanto más pasivamente al juego de las fuerzas psíquicas
cuanto más encarnizadamente niega sus manifestaciones. Esto
deforma su aspecto específico. Schönberg dio con leyes
objetivas de la música, gracias a su predisposición
al documento psicológico. En Stravinski en cambio, cuyas
obras no han de entenderse como órganos de una función
interior, precisamente por esto la ley inmanente de la música
es casi impotente: la estructura se impone desde afuera; la impone
el deseo del autor que determina tanto la constitución de
sus composiciones, como aquello a lo que ellas deben renunciar.
El impulso
fundamental de Stravinski a hacer propia la regresión con
un procedimiento disciplinado determina más que ningún
otro la fase infantil. Está en la esencia de la música
de ballet prescribir movimientos físicos y en consecuencia
comportamientos. El infantilismo de Stravinski permanece fiel a
esto. En modo alguno se da expresión a la esquizofrenia,
sino que la música tiene un comportamiento que se parece
al de los enfermos mentales. El individuo representa trágicamente
su propia disociación. De esta imitación se promete,
de manera mágica, pero en la actualidad inmediata, la posibilidad
de sobrevivir a su propio ocaso. De ahí el efecto de la música
stravinskiana, que no puede explicarse por cierto en un sentido
específicamente musical, sino sólo antropológicamente.
Stravinski traza esquemas de reacciones humanas hechas luego universales
bajo la inevitable presión de la sociedad industrial tardía.
Semejante actitud respondía al impulso propio de esa sociedad,
a la autoanulación, a la destreza inconsciente, a la acomodación
a la ciega totalidad. El sacrificio del yo, que la nueva forma de
organización exige de todo hombre, seduce en la forma de
un pasado primigenio y está asimismo preñado de horror
por un futuro en el cual el hombre debe dejar que se pierda todo
aquello en virtud de lo cual él es él y en virtud
de cuya conservación funciona todo el mecanismo de acomodación.
La imagen reflejada de la creación estética acalla
la angustia y refuerza la seducción. Ese momento sedante
y armonioso, ese momento en que aquello que se teme se transfiere
al arte, entendido como herencia estética de la praxis mágica
contra la que se volvía todo el expresionismo hasta las obras
revolucionarias de Schönberg, ese elemento armonizador, pues,
triunfa corno mensajero de la edad del hierro, en el tono orgulloso
cortante de Stravinski. Stravinski es el que dice sí en música.
El shock
provocador de la deshumanización que el hombre mismo ha querido
se hace protofenómeno de la generalización. La elegancia
cadavérica y la solicitud del hombre excéntrico que
pone la mano donde antes estaba el corazón es asimismo el
ademán de la capitulación, el ademán de quien,
privado del sujeto propio, se entrega al omnipotente destino de
muerte del que un momento antes se burlaba.
El realismo de la fachada se revela musicalmente en el esfuerzo
de recurrir a medios ya existentes. En su técnica, Stravinski
es justo con la realidad. El predominio del especialismo sobre la
intención, el culto de la obra de arte, Ia alegría
de saber manejar diestramente los medios, como ocurre en la batería
del Soldado, todo eso significa jugar con los medios con prescindencia
del fin. El medio, en el sentido literal de la palabra, el instrumento,
es objeto de hipóstasis: tiene la prioridad sobre la música.
El empeño principal de la composición debe ser el
de realizar la sonoridad más conforme a la naturaleza de
los instrumentos, el efecto más pertinente, en lunar de hacer
que los valores instrumentales sirvan, como exigía Mahler,
para la clarificación del contexto, para significar estructuras
puramente musicales.
En este
sistema los elementos propiamente esquizofrénicos de la música
de Stravinski encuentran su lugar exacto. En Ia fase infantil el
elemento esquizofrénico se hace casi temático. La
Histoire du Soldat acoge en sus configuraciones musicales
modos de comportamiento psicopático. La unidad orgánico
estética queda disociada. El relator, los acontecimientos
escénicos y la visible orquesta de cámara se colocan
uno junto al otro para desafiar la identidad del sujeto estético
fundamental mismo. El aspecto anorgánico impale toda compenetración
e identificación. Está formado por la partitura misma.
Ésta suscita la impresión de algo descompuesto, formulado
con maestría extremada. especialmente gracias a la sonoridad
instrumental que pace saltar las habituales proporciones de equilibrio.
El autor exige de la trompeta, de los instrumentos de percusión
y del contrabajo una magnitud desmesurada, un sonido exorbitante,
salido del equilibrio acústico y comparable a Ia mirada de
un niño a quien los pantalones de un hombre parecen enormes
y la cabeza, en cambio, muy pequeña. La factura melódico
armónica se determina mediante una duplicidad de cesuras
y de inexorable gobierno, duplicidad que presta a la extrema arbitrariedad
algo de determinación, algo de esa lógica inevitable
e incontenible del defecto, que se impone a la lógica misma
de la coca. Es como si la descomposición se recompusiera
a sí misma. El Soldado, la obra fundamental de Stravinski
que se burla del concepto de chef d'oeuvre representado
aun por el Sacre, arroja luz sobre toda su producción.
Ni uno solo do los mecanismos esquizofrénicos de que trata
el psicoanálisis, como, por ejemplo, el último libro
de Otto Fenichel, deja de encontrar aquí sus equivalentes
más convincentes. La misma objetividad negativa de la obra
de arte lace pensar en un fenómeno de regresión. A
la doctrina psiquiátrica de la esquizofrenia como "despersonalización"
le es familiar, según Fenichel, un movimiento de defensa
contra el predominante narcisismo. La enajenación de la música
respecto del sujeto y al propio tiempo su atribución a sensaciones
corpóreas, tiene su analogía patógena en las
alucinaciones físicas de quienes perciben su propio cuerpo
como si fuese un objeto extraño. Quizá la misma escisión
de la obra de arte stravinskiana en ballet y música objetiva,
documente la percepción corpórea morbosamente ampliada
y al propio tiempo enajenada del sujeto. La percepción corpórea
del yo estaría en este caso proyectada sobre un medium, realmente
extraño a el mismo, los bailarines, mientras la música
como esfera "perteneciente al yo" y determinada por éste,
estaría enajenada y contrapuesta al sujeto considerado como
ser en sí. La escisión esquizofrénica de las
funciones estéticas en el Soldado podría
estar anticipada por la música de ballet privada de expresión,
destinada a una entidad física, que se halla más allá
de aquello que propiamente exige su significado. Ya en los primeros
ballets de Stravinski no faltan pasajes en que la "melodía"
se evita en la música para aparecer en la verdadera voz principal,
esto es, en el movimiento de cuerpos que se desarrolla en el escenario.
El rechazamiento de la expresión, que en Stravinski constituye
el aspecto más evidente de la despersonalización,
tiene en la esfera de la esquizofrenia a su réplica clínica
en la hebefrenia, que es la indiferencia del enfermo respecto de
los hechos exteriores. La frialdad de los sentimientos y la "chatura"
emocional que siempre se halla en los esquizofrénicos no
es un empobrecimiento de la presunta interioridad en sí.
Procede de la falta de contenido libidinoso en el mundo de los objetos,
de la enajenación misma, que no permite que la interioridad
se desarrolle sino que la exterioriza, traduciéndola en rigidez
e inmovilidad. La música de Stravinski hace de esto su virtud:
la expresión que procede siempre del dolor del sujeto frente
al objeto está prohibida, pues ya no se llega a un contacto.
La impassibilité del programa estético es
una astucia de la razón hacia la hebefrenia. Ésta
se transforma en superioridad y en pureza artística. No se
deja perturbar por impulsos, sino que se comporta como si operara
en el reino de las ideas. Verdad y no verdad se condicionan empero
aquí recíprocamente. (...) La relación crítica
con la expresión es hoy común a toda la -música
responsabie. Por caminos divergentes la conquistaron la escuela
de Schönberg y de Stravinski, aunque la primera aun después
de la introducción de Ia técnica dodecafónica
no la haya dogmatizado. En Stravinski hay pasajes que en su turbia
no diferenciación y rígida dureza hacen honor a la
expresión y a su sujeto decadente más que la música
en la que este último continúa fluyendo porque no
sabe todavía que está muerto: en esta actitud Stravinski
pone termino en realidad al proceso Nietzsche contra Wagner. Los
ojos vacíos de su música son a veces más expresivos
que la expresión misma. La renuncia a la expresión
se hace falsa y reaccionaria sólo cuando la violencia a la
que de tal manera está subordinado lo individual, se manifiesta
directamente como superación del individualismo, como atomización
y nivelación, o sea como comunidad de los hombres. Y de esta
manera la hostilidad stravinskiana por la expresión coquetea
con este peligro en todos sus estadios. La hebefrenia termina por
revelarse también en la música como aquello que conocen
de ella los psiquiatras. La "indiferencia respecto del mundo"
termina en la sustracción de todos los efectos del no yo,
termina en la indiferencia narcisista respecto del destino humano,
y esta diferencia se celebra estéticamente como el sentido
mismo del destino del hombre.
Como
las acciones catatónicas son rígidas y al propio tiempo
extrañas, las repeticiones de Stravinski unen el convencionalismo
con la ofensa. Lo primero recuerda la cortesía impersonal
y ceremoniosa de ciertos esquizofrénicos. A esta música
le quedan, después de haber logrado expulsar el alma, las
miradas vacías del alma. Al propio tiempo, el convencionalismo
del que derivo luego, con un ligero desplazamiento estético,
el ideal neoclásico, obra como "fenómeno de restitución",
como puente para volver a lo "normal". En Petruschka
se encuentran reminiscencias convencionales, la trivialidad del
organillo y de las risas infantiles, con la función de valores
de estímulo. El Sacre du Printemps los había
hecho a un lado en buena parte con las disonancias y todas las prohibiciones
impuestas por el estilo, el Sacre arroja la convención
a la cara y por eso se lo entendió como obra revolucionaria
en el sentido de hostil a lo convencional. A partir de la Histoire
du Soldat, esto cambia. Lo humillado y ofendido, la trivialidad
que un Petruschka figuraba como humorismo en medio del
fragor general, se convierte ahora en material único y en
agente del shock. Así comienza el renacimiento de la tonalidad.
Los núcleos melódicos, según el prototipo del
Sacre y acaso de las Tres composiciones para cuarteto,
ahora completamente desvalorizados, suenan en consonancia con la
música vulgar de nivel inferior, con la marcha, con la idiota
música barata, con el vals anticuado, y hasta con las danzas
más corrientes como el tango y el ragtime. No se buscan los
modelos temáticos en la música artística, sino
que se los busca en las piezas de uso corriente, standardizadas
y degradadas por el mercado, a las cuales naturalmente les basta
que el compositor las haga transparentes con su virtuosismo para
que revelen su esqueleto achacoso, que suena como carraca. En virtud
de su afinidad con esta esfera musical, el infantiIismo cobra un
apoyo "realista", por más negativo que sea, en
lo que constituye la normalidad más corriente; y además,
al distribuir sus shocks, el infantilismo acosa tanto a
los hombres con la música popular que les es familiar, que
los oyentes se espantan de ella como si fuese una música
entregada a través del mercado, concreta y completamente
remota. La convención se invierte: ahora sólo en virtud
de ella la música produce la enajenación. Esta descubre
el horror latente de la música ya interpretándola
erróneamente, ya interpretándola en su misma esencia,
hecha de partículas desorganizadas. Y de esta manera recite
de la desorganización general el principio mismo de su organización.
El infantilismo es el estilo de lo quebrantado, de lo arruinado.
El infantilismo produce el mismo efecto que ciertos cuadritos hechos
con sellos postales pegados, es decir, de un montaje que, siendo
precario, es empero de una densidad inexorable, amenazadora, como
los sueños más angustiosos. La disposición
patógena, desintegrada. y circularmente conclusa, quita el
aliento. En ella se registra musicalmente el hecho antropológico
decisivo de la era, de la que esta obra marca el comienzo: la imposibilidad
de la experiencia.
Stravinski
ha introducido enfáticamente en la música el tipo
el "literato" y en esto tuvo su buena parte de razón,
corno la tiene el literato frente a la pretensión del poeta
de andar por su cuenta en medio del mundo mercantil del industrialismo
tardío, cual inspirado creador en la selva. El sentirse apartado
de Ia naturaleza, sentimiento típico de la esquizofrenia,
que conviene a su oeuvre, se convierte en correctivo frente a un
comportamiento del arte que oculta la enajenación en lugar
de presentar la frente. En la música occidental el literato
tiene su origen en el ideal de la medida. La finalidad última
es que una cosa esté bien hecha. Solo lo que formula la pretensión
metafísica a lo infinito busca precisamente así eliminar,
por considerarlo restrictivo, el carácter de buena factura
y erigirse él mismo como absoluto. Debussy y Ravel eran músicos
de tipo literario, no solo porque ponían en música
buena poesía, sino especialmente porque la estética
raveliana del juego bien realizado, de la gageure, del tour de force,
se plegaba al veredicto de paradis artificiels, de Baudelaire, que
ya no escribía "lírica de la naturaleza".
Ninguna música que participa de la Aufklärung
técnica puede sustraerse a ese veredicto. (...) Mientras
el momento artificial de la mientras el " hacer" cobra
conciencia de sí mismo y se afirma abiertamente, pierde empero
el asidero de la mentira, que le permitía representarse como
sonido puro del alma, primordial y no condicionado. Ésta
es la verdad que se conquista al expulsar el sujeto. En lugar del
bien fait de los franceses, vale aquí un mal fait ingenioso:
la música al cuadrado da a entender que no es un microcosmos
concluso, sino solo el reflejo de lo quebrado y vacío de
sentido. Sus calculados errores son parientes de los contornos de
cierta pintura contemporánea perfectamente legítima,
como la de Picasso, contornos que desmienten todo carácter
compacto en la configuración de la imagen. La parodia, esto
es, la forma fundamental de la música al cuadrado, significa
imitar algo y burlarse de ese algo mediante la imitación.
Semejante actitud qua al principio parece sospechosa a los burgueses,
por considerarla propia del músico intelectual, se adapta
cómodamente a la regresión. Así como un niño
desmonta un juguete y luego lo reconstruye defectuosamente, del
mismo modo se comporta la música infantilista con Ios modelos.
Algo que no está enteramente domesticado, algo indómitamente
mimético, la naturaleza, está oculto precisamente,
en esta no naturaleza: quizá así bailen los salvajes
alrededor de un misionero antes de devorárselo. más
el impulso ha nacido de la presión de la civilización,
que prohíbe una imitación amorosa y la tolera sólo
si ella es lesiva. Esto, y no el presunto alejandrinismo, merece
crítica. La maldad can que la música al cuadrado mira
al modelo la confina a la falta de libertad. Es una música
que entristece porque esta atada a lo heterónomo. Es como
si no pudiera exigir de sí misma, en cuanto a contenido de
composición, nada más que lo que contiene la mezquindad
de la música parodiada, en cuya imagen, negativa se complace.
El peligro del literato musical, con todas sus formas de reacción,
con ese gesto afectado del que prefiere el music hall a Parsifal,
el piano mecánico al sonido de las cuerdas o una ilusoria
Norteamérica romántica al cuco del romanticismo alemán,
no se presenta un exceso de conciencia, agudeza o sentido de la
diferenciación, sino que significa tan solo empobrecimiento.
Y este empobrecimiento se hace evidente apenas la música
al cuadrado suprima Ias comillas.
Con todo
esto Stravinski se manifiesta como ejecutor de una tendencia social,
la que va del progreso a la ahistoricidad negativa, al nuevo orden
jerárquicamente rígido. Su truco de autoconservación
en virtud de la autoextinción entra dentro del esquema behaviorista
de la humanidad totalmente articulada. Como su música atrajo
a todos aquellos que querían liberarse de su yo, ella se
ha configurado como un tipo de audición regresivo y espacial.
Pueden distinguirse, en términos generales, dos de estos
tipos, no como establecidos por la naturaleza, sino sustancialmente
históricos, que pueden referirse a los síndromes de
caracteres que predominan en un momento dado. Estos son, el tipo
de audición expresivo dinámico y el tipo de audición
rítmco espacial. El primero tiene su origen en el canto;
tiende a dominar enteramente el tiempo, integrándolo, y en
sus manifestaciones más acabadas transforma el heterogéneo
recurso temporal en fuerza del proceso musical. El otro tipo obedece
al toque del tambor. Está fundado en la articulación
del tiempo mediante subdivisiones en cantidades iguales, que virtualmente
invalidan el tiempo y lo espacializan. Los dos tipos de audición
se excluyen recíprocamente en virtud de la enajenación
social que separa sujeto y objeto. En música, toda la subjetividad
está bajo la amenaza de la casualidad, mientras todo lo que
aparece como objetividad colectiva está sujeto a la amenaza
de la enajenación, de la dureza represiva de la mera existencia.
La idea de la idea de la gran música consistía en
la compenetración recíproca de los dos modos de audición.
con las categorías de composición inherentes a ellos.
En la sonata se concebía la unidad de disciplina y libertad.
De la danza recibía la integración legítima,
la intención del todo de extenderse al todo; del lied recibía
el principio de oposición, negativo y sin embargo capaz de
engendrar nuevamente el todo en virtud de su propia coherencia interior.
La sonata, manteniendo por principio la identidad, sino ya del tiempo
mecánico, por lo menos del tiempo musical, llena la forma
con una variedad tal que aspectos y perfiles rítmico melódicos
que el tiempo "matemático”, reconocido en su objetividad
y casi espacializado, coincide en la feliz suspensión del
instante, con el tiempo subjetivo de la experiencia. Con esta concepción
de un sujetoobjeto musical hace violencia a la real discrepancia
de sujeto y objeto desde el comienzo hubo en ella un elemento de
paradoja.
El principio
autoritario de escribir música al cuadrado es tan desenvuelto
que reinvidica para todas las fórmulas musicales imaginables
del pasado una necesidad que históricamente ellas han perdido
y que parecen poseer sólo cuando ya no la poseen. Simultáneamente
el elemento usurpador, propio de la autoridad, es cínicamente
subrayado con pequeños actos arbitrarios que informan con
guiños al oyente sobre la ilegitimidad de la pretensión
autoritaria, sin ceder empero nada de ella. Las viejas, aunque discretas,
burlas de Stravinski hacen mofa de la forma en el momento mismo
en que la celebran: hay que obedecerla, a causa no de su derecho
propio sino de la fuerza de su dictado. Técnicamente la estrategia
de este terrorismo cortes se realiza evitando ciertas continuaciones
naturales en pasajes en que el lenguaje musical tradicional, especialmente
el preclásico, basado en progresiones, parece exigirlas automáticamente
y presentando, en lugar de ellas, un elemento de sorpresa, un imprévu
que divierte al oyente, mientras al propio tiempo lo priva precisamente
de lo que él esperaba. El esquema predomina, pero la continuidad
del decurso que él promete no se mantiene: de esta manera
el neoclasicismo pone en práctica la vieja costumbre de Stravinski
de mentor unos junto a otros modelos diferentes separados por fracturas
insuperable. Es música tradicional peinada a contrapelo.
Pero Ias sorpresas se esfuman en nubecillas rosadas, que son sólo
fugaces acciones que perturban el orden en el cual continúan
estando. En sí mismos no son otra cosa que el desmontaje
de formulas. Ciertos medios característicos de un estilo
cual el de Händel, como el retraso u otros sonidos extraños
a la armoníaa, se usan independientemente de su finalidad
técnica, que es la de una ligazón densa de tensiones
sin preparación ni solución; es más aun evitando
con malicia procedimientos de este tipo. Entre las paradojas de
Stravinski no es por cierto la menor la de que, él, con su
procedimiento propiamente neoobjetivo y funcional, separa de las
precisas funciones de la estructura musical ciertos elementos que
recibían antes de aquellas su sentido propio los hace autónomos
al congelarlos. Por eso los primeros trabajos neoclásicos
dan la impresión de títeres atados con hilos, y muchos
de ellos, como él árido Concierto para piano, con
sus consonancias deformes hasta en las articulaciones, ofenden al
oído que cree en la cultura más radicalmente que las
disonancias de antes. Obras de este tipo, en la menor, son incomprensibles;
tienen esa incomprensibilidad que al common sense le gustaba reprochar
a lo que para él era el caos atonal. En efecto, estos floreos
retóricos aquí avocados no se organizan en esa unidad
del contexto musical que constituye el sentido musical, sino negando
inexorablemente tal unidad. Son, pues, “anorgánicos".
Su claridad es un fantasma, nacido de la vaga familiaridad con los
materiales empleados y de la solemnidad del conjunto, llena de reminiscencias
y triunfos que son las señales del orden constituido. En
la impresión, subjetiva de lo tradicional esta precisamente
la incomprensibilidad objetiva que inexorablemente reduce al silencio
toda duda y oposición del oído. La obediencia ciega
anticipada por la música autoritaria corresponde a la ceguera
del principio autoritario mismo. La frase atribuida a Hitler, según
la cual se puede morir sólo por una idea que no se comprende,
podría inscribirse sobre el portón del templo neoclásico.
Su música
sucumbe en esta contradicción: el elaborado estilo e la objetividad
se impone al material que ofrece resistencia con la misma violencia
y la misma falta de necesidad con que hace cincuenta años
se ideó el estilo juvenil, de cuyo repudio se nutre hasta
hoy todo objetivismo estético. La voluntad de estilo sustituye
al estilo y de tal modo lo hace objeto de sabotaje. En el objetivismo
no existe una objetividad de lo que la creación artística
desearía por sí misma. El objetivismo se establece
al eliminarse los rastros de la subjetividad. Y los espacios que
han quedado vacíos de ésta son proclamados celdas
de verdadera comunidad. La disolución del sujeto contra la
que la escuela de Schönberg se defiende acerbamente, se considera
en la música de Stravinski como la forma más alta
en que el sujeto debe superarse y al propio tiempo conservarse.
Así Stravinski termina por transfigurar estéticamente
el carácter reflejo del hombre de hoy. Su neoclasicismo recrea
las imágenes de Edipo y de Perséfone, pero el mito,
que de tal manera presenta, es ya la metafísica de los hombres
universalmente sometidos que no desean ninguna metafísica,
que no necesitan de ninguna metafísica y que se mofan de
su principio mismo. De esta manera el objetivismo se determina como
aquello de lo que él mismo se horroriza y toda su sustancia
consiste en manifestar horror frente a sí mismo; se determina
como una vana ocupación privada, propia del sujeto estético,
como un truco del individuo aislado, que se muestra como si él
mismo fuera el espíritu objetivo.
La autenticidad
estética es una apariencia socialmente necesaria: ninguna
obra de arte puede prosperar en una sociedad fundada en la fuerza,
sin valerse a su vez de la fuerza; pero así entra en conflicto
con su propia verdad y ya no puede representar una sociedad futura
que no conozca la fuerza y no tenga necesidad de ella. El eco de
lo antiquísimo, la reminiscencia del mundo prehistórico
que da vida a toda exigencia estética de autenticidad, es
el rastro de la injusticia perpetua; la autenticidad estética
la supera en el pensamiento, pero sólo a ella debe su universalidad
y su obligatoriedad hasta hoy. El retorno de Stravinski a lo arcaico
no es exterior a la autenticidad, aun cuando en la fragmentariedad
inmanente de la creación, la destruye. Cuando Stravinski
echa mano de la mitología, falseando así el mito que
él viola, no se manifiesta aquí solamente la sustancia
usurpadora del orden nuevo proclamado por su música, sino
también cuanto hay de negativa en el mito mismo. Del mito
lo fascina lo que, como imagen de eternidad, de salvación
de la muerte, con el tiempo se ha ido constituyendo, a través
del miedo a la muerte y a través del sometimiento bar- La
falsificación, del mito atestigua una afinidad electiva con
el mito autentico. Quizá podría ser auténtico
solo el arte que se hubiera liberado de la idea misma de autenticidad,
de la idea de ser sólo como es y no de otra manera. |