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Los
fundamentos racionales y sociológicos de la música
(apéndice de Economía y Sociedad)
Max Weber
Toda
la música armónicamente racionalizada parte de la
octava (proporción de oscilaciones de 1 : 2) y la divide
en los dos intervalos de la quinta (2 : 3) y de la cuarta (3 : 4),
o sea en dos fracciones del tipo n / n+1´, llamadas fracciones
propias, que son también las que están en la base
de todos nuestros intervalos musicales por debajo de la quinta.
Ahora bien, si partiendo de un tono inicial se sube o se baja en
"círculos", primero en octavas, luego en quintas,
cuartos o en cualesquiera otras relaciones propiamente determinadas,
no se coincide nunca en uno y el mismo tono, por mucho que se prolongue
el procedimiento. La dozava quinta exacta (2/3), por ejemplo, es
mejor en una coma pitagórica que la séptima octava,
igual a (1/2). Este hecho irremediable y la circunstancia, además,
de que la octava sólo pueda descomponerse por medio de fracciones
propias en dos intervalos desiguales constituyen los hechos fundamentales
de toda racionalización de la música. Examinemos primero
cómo se presenta, vista desde ellos, la música moderna.
Nuestra música armónica de acordes racionaliza el
material sonoro mediante división aritmética, o respectivamente
armónica, de la octava en quinta y cuarta, y luego, prescindiendo
de la cuarta, de la quinta en tercera mayor y tercera menor (4/5
x 5/6 = 2/3); de la tercera mayor, en tono entero mayor y menor
(8/9 x 9/10 = 4/5); de la tercera menor, en tono entero mayor y
semitono mayor (8/9 x 15/16 = 5/6), y del tono entero menor, en
semitono mayor y menor (15/16 x 24/25 = 0/10). Todos esos intervalos
están formados con fracciones de los números 2, 3
y 5. Partiendo ahora de un tono como "tono fundamental",
la música armónica de acordes construye sobre el mismo
y sus quintas superior a inferior sendas quintas divididas aritméticamente
por sus dos terceras cada una, esto es, un acorde normal de "tres
tonos", y tiene, mediante clasificación de los tonos
que forman dichos acordes (o respectivamente sus octavas) en una
octava, el material conjunto de la escala diatónica "natural"
a partir del tono fundamental en cuestión, o sea, según
que la tercera mayor se disponga hacia arriba o hacia abajo, una
escala "mayor" o "menor" respectivamente. Entre
los dos grados diatónicos de semitono de la octava quedan
una vez dos grados de tono entero y, la otra vez, tres, y en ambos
casos es el segundo un pequeño grado de tono entero, y los
otros son grandes. Si se siguen ganando nuevos tonos mediante formación
de terceras y quintas de cada tono de la escala hacia arriba y hacia
abajo dentro de la octava, origínanse entre los intervalos
diatónicos dos intervalos "cromáticos" en
cada caso, de un pequeño grado de semitono, a partir de los
tonos diatónicos superior a inferior, cada uno, separados
entre sí por un resto de intervalo "enarmónico"
("diesis"). Como quiera que las dos clases de tonos enteros
dan entre los dos tonos cromáticos dos clases distintas de
restos enarmónicos de intervalos, y que el grado diatónico
de semitono difiere a su vez del semitono pequeño en otro
intervalo también distinto, resulta que las diesis están
sin duda formadas todas ellas por números a partir de 2,
3 y 5, pero de tres clases distintas, muy complicadas, de magnitudes.
Y en la cuarta por una parte, que sólo puede fraccionarse
propiamente con auxilio del 7, y en el tono entero grande y los
dos semitonos por otra parte, alcanza la división armónica
en fracciones propias de los números 2, 3 y 5 su última
posibilidad.
La música armónica de acordes construida con ese material
sonoro mantiene ahora en principio, en su forma plenamente racionalizada,
para cada construcción musical, la unidad de la escala constituida
por referencia al "tono fundamental" y a los tres acordes
normales principales ("escala propia"): principio de la
"tonalidad". Toda tonalidad mayor tiene el mismo material
sonoro, de escala propia, que su tonalidad paralela menor, cuyo
tono fundamental queda una tercera menor más abajo. Además,
todo acorde de tres sonidos sobre la quinta superior (dominante)
a inferior (subdominante) es "tónico", es decir,
acorde construido sobre el tono fundamental de una tonalidad "de
parentesco muy cercano" en cada caso, del mismo modo (mayor
o menor), que comparte con la tonalidad de partida el mismo material
sonoro, excepto un tono en cada caso. Y en forma correspondiente
desarróllanse los "parentescos" de las tonalidades
ulteriormente en círculos de quintas. Mediante la adición
de la tercera tercera de escala propia a un acorde de tres sonidos,
se originan los acordes disonantes de séptima y en particular,
sobre la dominante de la tonalidad, o sea con la séptrma
mayor de ésta como tercera, el acorde de dominante-séptima,
el cual, como quiera que sólo se da en esta tonalidad, en
dicha composición de sucesión de terceras del material
sonoro de escala propia, la caracteriza de modo unívoco.
Todo acorde construido de terceras admite la "inversión"
(la transposición de uno o más de sus tonos a otra
octava) y da en esta forma un acorde nuevo del mismo número
de tonos y de sentido armónico inalterado. La "modulación"
regular a otra tonalidad tiene lugar a partir de los acordes de
dominante; en forma unívoca se introduce la nueva tonalidad
mediante el acorde de dominante-séptirna o un fragmento inequívoco
del mismo. El final regular de una composición musical, o
de una de sus secciones, la armonía del acorde estricta,
sólo lo admite mediante una sucesión de acordes (cadencia)
que caracterice unívocamente la tonalidad, o sea, normalmente,
de un acorde de dominante y del acorde único de tres sonidos
o, respectivamente, de sus inversiones, o por lo menos de fragmentos
inconfundibles de ambos. Los intervalos contenidos en acordes armónicos
de tres sonidos o en sus inversiones son consonancias ("perfectas"
o "imperfectas" según los casos) y todos los demás
intervalos son "disonancias". El elemento fundamentalmente
dinámico de la música de acordes, que motiva musicalmente
el paso de un acorde a otro, es la disonancia. Para descargarse
de la tensión que comporta, exige su "resolución"
en un nuevo acorde que representa la base armónica en forma
consonante, y las disonancias típicas más sencillas
de la armonía de acordes, o sean los acordes de séptima,
exigen la resolución en acordes de tres sonidos.
Hasta aquí todo parece estar en orden, y en estos elementos
básicos, por lo menos (simplificados artificialmente), podría
el sistema armónico de acordes presentarse a primera vista
como unidad racionalmente completa. Sin embargo, como es sabido,
esto no es así. En efecto, para que al acorde de dominante-séptima
sea representante unívoco de su tonalidad, su tercera, o
sea la séptima de la tonalidad, ha de ser una séptima
mayor, o sea quo, en ]as tonalidades menores, la séptima
menor de las mismas ha de elevarse cromáticamente, en contradicción
con lo que exige el acorde de tres sonidos (ya que en otro caso
el acorde de dominante-séptima de la menor sería al
propio tiempo acorde de séptima de mi menor). Así,
pues, esta contradicción no esta determinada sólo
melódicamerrte, corno se sostiene a menudo (entre otros por
Helmholtz) -porque sólo el grado de semitono que queda debajo
de la octava del tono fundamental posea aquella dependencia que
le impele hacia la octava y le califica como "nota sensible"-,
sino que se halla implícita ya en la función armónica
del acorde de dominante-séptima, si ésta ha de valer
también para el modo menor. En esta alteración de
la séptima menor a mayor se origina en forma de escala propia,
de la tercera menor a partir de la quinta y hacia la séptima
mayor del modo menor, el "acorde aumentado" disonante
de tres sonidos, en contra de la combinación armónica
de terceras que consta de dos terceras mayores. Y el "acorde
disminuido" disonante lo contiene todo acorde de dominante-séptima
de escala propia, a partir de la séptima mayor de la tonalidad
que forma su tercera hacia arriba.
Ya estas dos clases de acordes son, frente a las quintas divididas
armónicamente, propiamente revolucionarias. Con todo, frente
a los hechos de la música a partir ya de J. S. Bach, la armonía
de acordes no ha podido detenerse ni con mucho en su legitimación.
Si se introducen en un acorde de séptima que contenga una
séptima menor dos terceras mayores, entonces queda como resto
una "tercera disminuida" disonante, y si con ella, con
una tercera menor y una mayor se forma un acorde de séptima,
entonces su séptima vuelve a ser "disminuida":
resultan los acordes "alterados" de séptima y sus
inversiones. Y además, mediante combinación de terceras
de escala propia (normales) con terceras disminuidas, se obtienen
los "acordes alterados" de tres sonidos y sus inversiones.
A partir del material de esas categorías de acordes pueden
construirse a continuación las "escalas alteradas"
tan discutidas, a cuya escala pertenecen y vistas desde las cuales
son, pues, disonancias "armónicas", cuyas resoluciones
se pueden construir con las reglas (adecuadamente ampliadas) de
la armonía de acordes y emplearse para la formación
de cadencias. De modo característico, ésas hicieron
su aparición histórica primero en las tonalidades
menores y sólo han sido racionalizadas paulatinamente por
la teoría. Todos esos acordes alterados reconducen de algún
modo a la posición de la séptima en el sistema sonoro.
Es la séptima asimismo la que perturba la paz en el intento
de armonizar la simple escala mayor mediante una serie de acordes
puros de tres sonidos; falta el tono de unión, exigido por
la necesidad de la progresión gradual constante, del grado
sexto al séptimo, y sólo en este lugar, el único
en que falta a los grados la "relación de dominante"
de unos con otros, o sea el grado de parentesco próximo proporcionado
por una de las dominantes de los acordes de tres sonidos que han
de emplearse para la armonización.
Así, aquella necesidad de continuidad de progreso, o sea,
el enlace de los acordes entre sí, ya no se puede fundamentar
por su naturaleza de modo puramente armónico, sino que es
de carácter "melódico". Pero el "melodismo"
en general se halla sin duda condicionado y ligado armónicamente,
pese a lo cual puede con todo deducirse también en la música
de acordes de modo no armónico. Cierto que la formulación
de Rameau, según la cual el "bajo fundamental",
esto es, el tono armónico fundamental de los acordes sólo
puede progresar en cada caso en los intervalos del acorde de tres
sonidos, de las quintas y las terceras justas, ha sometido también
la melodía a la armonía racional del acorde. Y es
sabido que Helmholtz ha desarrollado en forma teóricamente
brillante, y como principio precisamente del puro melodisrno monódico,
el principio de la progresión por lugares hacia los tonos
de "parentesco más próximo" (según
la escala de los tonos enarmónicos y de combinación).
Pero él mismo hubo de introducir como principio adicional
el de la "vecindad de la altura del tono", que trato luego
de adaptar el sistema armónico estricto, en parte de acuerdo
con las investigaciones de Basevis y en parte mediante limitación
de los tonos explicables sólo melódicamente, a mera
función de "transición". Es el caso, sin
embargo, que el parentesco y la vecindad del tono se hallan uno
con respecto a otro, debido a que el paso de segunda -y en particular
el paso particularmente "sensible" de semitono- une precisamente
dos tonos distantes en el mundo físico entre sí, en
oposición irreconciliable, sin hablar del reparo general
de que precisamente la escala de los enarmónicos se halla
en la base de la armonía no de modo completo, sino en virtud
de pasar por alto determinados grados, o sea en forma señaladamente
incompleta. Las melodías, inclusive las de la "frase
pura" más estricta, no son siempre en modo alguno sólo
acordes rotos, es decir, proyectados en sucesión tonal, ni
están siempre acopladas en sus progresos por tonos enarmónicos
armónicos del bajo fundamental y, a mayor abundamiento, con
meras columnas de terceras, disonancias armónicas y sus resoluciones
nunca hubiera podido construirse una música. En efecto, no
sólo de la complicación de los progresos en cadena,
sino también de las necesidades melódicas que han
de entenderse como condicionadas sobre todo por la distancia, por
la proximidad al tono, resultan aquellos numerosos acordes que no
descansan en la construcción de terceras y que no son, por
consiguiente, ni representantes de una tonalidad ni tampoco, por
lo tanto, invertibles, ni hallan, pues, su resolución en
un acorde totalmente nuevo, pero
que caracterice con todo, completándola, la tonalidad: aquellas
disonancias llamadas "melódicas" o -desde el punto
de vista de la armonía de acordes "casuales". La
armonía de acordes trata los tonos ajenos a la armonía,
o también a la escala, de semejantes acordes, según
los casos, como "transiciones", o como tonos "sotenidos"
o "repetidos" al lado de las voces que progresan conforme
a acordes, cuya relación cambiante con respecto a ellos imprime
luego a la construcción su carácter específico,
o como "anticipos" o "apoyaturas no acentúa
las" de tonos pertenecientes al acorde, antes o después
de los acordes respectivos, o bien, por último y sobre todo,
como "retardos", esto es: como tonos armónicamente
ajenos en un acorde, que han desplazado en cierto modo de su lugar
a los tonos propiamente correspondientes y no pueden, pues, aparecer
"libremente" como las disonancias "armónicas"
legítimas, sino que han de ser siempre "preparados".
No exigen la resolución armónica específica
del acorde, sino que ésta se produce, en principio por lo
menos, por el hecho de que los tonos a intervalos suplantados vuelven
en cierto modo a restaurarse en sus derechos vulnerados por tonos
rebeldes. Ahora bien, esos mismos tonos ajenos al acorde son por
su naturaleza precisamente por su contraste con la exigencia del
acorde, el medio más eficaz del dinamismo del progreso por
una parte y, por la otra, también de la unión y el
enlace de las sucesiones de acordes. Sin esas tensiones ocasionadas
por el irracionalisrno de la melodía no habría música
moderna, de la que ellas constituyen uno de los medios de expresión
más importantes. Porque aquí sólo se trataba
de recordar, sobre la base de los hechos más elementales,
que la racionalización de la música conforme a acordes
vive siempre no sólo en tensión constante frente a
las realidades melódicas, a las que no logra nunca absorber
por completo, sino que contiene también en sí misma,
debido a la posición asimétrica de la séptima
-desde el punto de vista de la distancia-, irracionalidades que
hallan su expresión más simple en la polifonía
armónica inevitable mencionada de la estructura de la escala
del modo menor.
Pero ni tampoco desde el punto de vista de la física del
sonido se resuelve, como es sabido, el sistema sonoro armónico
de acordes, de modo satisfactorio. El fundamento de su estructura
moderna es la escala de de mayor. En la afinación justa esta
comprende, a partir de los 7 tonos de la octava hacia arriba y hacia
abajo, 5 quintas justas, otras tantas cuartas, 3 sextas mayores
y 2 menores y 2 séptimas mayores de tonos de su escala propia,
y en cambio -debido a la diversidad de los pasos de tono entero-,
dos claves de séptimas menores (3 de 9/16 y 2 de 5/9) que
difieren entre sí en la coma "sintónica"
(80/81). Pero ante todo a partir de ahí, tiene en el marco
de los tonos diatónicos, una quinta y una tercera menor hacia
arriba, en cada caso, y una cuarta y una sexta mayor hacia abajo,
las cuales difieren frente a los intervalos justos en la misma coma
y dan, para la quinta re-la (27/40), una proporción que,
dada la sensibilidad de la quinta con respecto a todas las desviaciones,
suena algo "impura". Y con el mismo carácter inevitable,
la tercera menor re-fa es una tercera menor (8/9 : 3/4 = 27/32)
determinada también ("pitagóricamente")
por los números 2 y 3. Esta falla de la racionalización,
que proviene del hecho de que las terceras justas sólo se
pueden construir con la cooperación del número primo
5 y que, por consiguiente, el círculo de quintas no puede
conducir a terceras justas -lo que puede en consecuencia, interpretarse
con M. Hauptmann como la oposición de la determinación
de las quintas y las terceras-, no puede eliminarse en modo alguno:
re y fa son los "tonos límites" de la tonalidad
armónica de re mayor.
Y, por supuesto, no puede mejorarse tampoco la racionalización
mediante el empleo auxiliar de los intervalos que pan de formarse
con el número 7 u otros números primos mayores. Como
es sabido, se encuentran tales intervalos en la escala de los enarmónicos
empezando con el séptimo tono, y la división armónica
de la cuarta (en lugar de la quinta, como en nuestro sistema tonal)
sólo es posible, en fracciones propias, con el número
siete (6/7 x 7/8 = 3/4). Con todo, por mucho que la séptima
natural, o sea el séptimo enarmónico armónico,
que en los instrumentos de cuerda ha de atenuarse ligeramente, pero
que aparece en todos los de aliento naturales (= 4/7, la nota "i"
de Kirnberg, que según se dice se da en las pipas vocales
japonesas), consume con do-mi-sol -de ahí que Fash haya tratado
de introducir dicho tono también en la música práctica;
por mucho, además, que también el intervalo 5/7 ("tritono
natural", cuarta aumentada, que es el único intervalo
de afinación "justa" de la pipa sonora japonesa)
se percibe como consonancia, y por mucho, finalmente, que otros
intervalos con siete hayan sido familiares a la música asiática
(intervalos de 7/8 como tono entero en el king, instrumento principal
de la orquesta china, en la octava más baja) y arábiga
y, en la Antigüedad, si no tal vez a la práctica musical
como se pretende, si, con todo, a los teóricos helenísticos
(y a estos inclusive otros de números primos mayores) hasta
en las épocas bizantina e islámica y, más todavía,
a los persas y los árabes, aún así no puede
obtenerse mediante su empleo auxiliar sistema de intervalos racional
alguno que se pueda emplear en la música de acordes. Por
lo demás, dichos intervalos son tal vez producto, en la música
del Lejano Oriente, de aquella racionalización emprendida
sobre bases totalmente extra musicales, de la que hablaremos todavía.
Por lo demás, en sí mismo el 7 sería sin duda
perfectamente legítimo en sistemas musicales cuyo intervalo
básico fuera (al lado de la octava) no la quinta y tercera,
sino la cuarta. En nuestros pianos, destinados a la música
de acordes, el séptimo tono armónico se elimina por
medio del lugar de ataque del martillo, y, en los instrumentos de
cuerda, mediante la manera de llevar el arco, en tanto que en los
de aliento naturales fue "empujado" hacia las séptimas
armónicas. Y los intervalos con 11 y 13 con mayor motive,
tales como los contiene la escala de los enarmónicos y Chladni,
por ejemplo, pretendían haberlos oído en algunos aires
populares suevos, no han sido acogidos, por lo que se sepa, en música
culta alguna, racionalizada por lo menos, en tanto que los persas
pan introducido un intervalo formado con 17 en la escala arábiga.
Una música, finalmente, que elimine inversamente el número
5 y, con ello, la diversidad de los pasos de tono entero, limitándose
a los números 2 y 3 y que ponga en la base como tono entero
único el mayor (con la proporción 8/9), o sea el "tonos"
de los griegos, el intervalo entre quinta y cuarta (2/3 : 3/4 =
8/9), obtiene con todo (contado de abajo arriba) 6 quintas justas
y otras tantas cuartas (de todos los tonos, excepto de la cuarta
a la séptima) en la octava diatónica. Consigue con
ella la ventaja, importante precisamente en relación con
músicas puramente melódicas, de poder trasponer a
la quinta o la cuarta, de manera óptima, movimientos melódicos,
circunstancia en que se funda en gran parte la preponderancia temprana
de dichos dos intervalos. Pero elimina por completo las terceras
armónicas, que sólo pueden formarse como justas mediante
partición armónica de la quinta con empleo del número
5 y, con ello, también el acorde de tres sonidos, o sea,
asimismo, la distinción de los modos mayor y menor y el anclado
tonal de la música armónica en el tono fundamental.
Tal fue el caso en la música helenística y también
en los llamados "modos eclesiásticos" de la Edad
Media. En el lugar de la tercera mayor figuraba allí el ditono
(mi : re = 8/9 x 8/9 = 64/81), y en lugar de los semitonos diatónicos
el "leimma" (intervalo residual del ditono frente a la
cuarta - 243/256). La séptima se hace así = 128/243.
La ganancia arrnónica de tonos deteníase, pues, en
la primera partición de la octava, que se consideraba descompuesta
mediante quinta y cuarta en dos series de cuartas simétricas
(do-fa, sol do') separadas por el "tonos" ("diazeúcticas"),
en contraste con las dos unidas en de mediante sinafe": identidad
del tono final de una con el tono inicial de la otra ("sinemmenas").
La obtención de los tonos particulares de dichas series no
podía, pues, pensarse come realizada por partición
armónica de las quintas, sino en el interior de la cuarta
en cuanto intervalo menor de los dos, y no mediante "partición"
armónica de la misma (que sólo es siempre posible
con 7), sino según el principio de la igualdad de los pasos
(de tono entero), ("principio de la distancia"). En consecuencia,
la diversidad de los dos tonos enteros originados por partición
armónica y los dos semitonos armónicos habían
de desaparecer. El leimma, o sea la diferencia entre el ditono y
la cuarta, es en esa afinación pitagórica una proporción
formada sin duda con 2 y 3, pero, con todo, más irracional.
Y lo propio ocurre con todo otro intento de partición de
la cuarta en tres distancias, come se ha probado reiteradamente
de hacerla en teoría (y se ha practicado efectivamente en
la música arábigo-oriental), pero que, sin embargo,
no resulta posible sin números primos mucho más altos,
ni se puede utilizar armónicamente.
Muchas escalas racionalizadas en forma primitiva se contentan con
la introducción de una sola distancia tonal, por lo regular
de un tono entero, en el interior de las dos cuartas "diazéuticas":
"pentafonía". Parece seguro que la pentafonía,
que constituye hoy en día todavía el sistema oficial
chino y la base, por lo menos de una, pero originariamente de las
dos escalas javanesas probablemente, y se encuentra asimismo en
Lituania y Escocia y tanto en Irlanda y el país de Gales
como entre los indios, mogoles, anamitas, cambodianos, japoneses,
papúas y los negros de Fullah, jugó en el pasado de
la música un papel importante, también entre nosotros.
Muchas de las melodías indudablemente más antiguas
de las canciones infantiles de Westfalia, por ejemplo, muestran
una estructura claramente pentafónica, libre además
de semitonos ("anhemifónica"), y la receta conocida
pare la creación de composiciones de carácter folklórico,
consistente en no emplear más que las cinco teclas negras
del piano, que representan un sistema pentafónico, forma
parte de la misma categoría de hechos. Por lo que se refiere
a la antigua música gaélica y escocesa, el dominio
de la "anhemifonía" no ofrece duda, y en cuanto
a la música eclesiástica occidental más antigua
creían Riemann y O. Fleischer, aunque en otra forma este
último, poder demostrar sus vestigios. En particular, parece
haber sido pentafónica la música de los cistercienses,
los cuales, conforme a la regla de su Orden, practicaban la evitación
puritana de todo refinamiento incluso en este terreno. Y se encuentra
asimismo entre las escalas de los cantos israelitas de las sinagogas
que, por lo demás, se fundan en una base helenístico-oriental,
una sola escala pentafónica.
Ahora bien, la pentafonía va a menudo de la mano con una
evitación del peso de semitono determinada por el "ethos"
de la música. Se ha sacado de ello la conclusión de
que dicha evitación constituía precisamente motivo
musical. El cromatismo es antipático tanto a la Iglesia primitiva,
como, por ejemplo, a los trágicos griegos más antiguos
y a la teoría de música confuciana burguesamente racional.
De los pueblos de música artística del Lejano Oriente
sólo se entregaron en principio fuertemente al cromatismo
los japoneses, de organización feudal, con su tendencia a
la expresión apasionada. Los chinos, en cambio, los anamitas,
cambodianos y música javanesa más antigua (escala
"slendro") le son tan refractarios como a todos los acordes
del modo menor. Ahora bien, no hay seguridad, con todo, de que las
escalas pentafónicas sean por doquiera las más antiguas,
figuran a menudo al lado de escalas de mayor número de tonos.
En cuanto a las numerosas escalas incompletas de los hindúes,
que figuran al lado (las series completas de octava, sólo
en una pequeña parte presentan un aspecto parecido al de
la pentafonía usual. Resulta difícil, sin embargo,
determinar en qué medida sean producto de alteraciones y
corrupciones de escalas pentafónicas. En la mayoría
de los casos, su carácter más antiguo, por lo menos
frente a las escalas que figuran ahora a su lado, parece mucho más
probable. También en la música de los indios Chippewah
se encuentra pentafonía (según los fonogramas de Densmore)
precisamente en los cantos de ceremonias que, como es natural, son
los que se han conservado impuros. Es incierto, sin embargo, hasta
que punto fuera decisivo para la conservación de la pentafonía
también en la música artística la anticipación
contra el intervalo irracional de semitono, por motivos musicales,
de superstición o (en China) racionalistas, o bien, inversamente,
la dificultad de la entonación unívoca. Porque el
hecho de que precisamente la música verdaderamente primitiva,
esto es, no racionalizada tonalmente o sólo poco, evite el
semitono es cosa que no se puede demostrar, y los fonogramas, sobre
todo los de melodías de los negros, muestran más bien
lo contrario. De ahí que últimamente se Ilegue a negar
directamente que la pentafonía haya tenido en absoluto su
fundamento originario en la tendencia a la evitación del
paso de semitono, como, por ejemplo, suponía también
Helmholtz. Éste proponía simplemente, como razón
de su origen, una ruptura anterior de la serie de los tonos emparentados
en los grados más cercanos con la tónica en las músicas
primitivas, punto de vista insostenible, según lo revela
el análisis dichas músicas. Porque no es raro encontrarla
(por ejemplo, en las melodías pentafónicas japonesas:
escala do, re bemol, fa, sol, la bemol, do´ frente a do, re,
fa, sol, la, do' de los chinos, lo mismo que en la escala javanesa
"pelog" más reciente, que contiene siete grados,
pero cuya escala de uso es cinco grados) de tal forma que, en el
interior de la cuarta, figure precisamente un intervalo de semitono
al lado de una tercera vacía. Sin embargo, frente a anhemifonía,
esto sólo se encuentra en la minoría de los de los
casos -también en la pentafonía de los indios de la
América del Norte. En tales casos, pues, la pentafonía
significaría el empleo de los intervalos de quinta, cuarta
y tercera mayor, a cuyo lado no quedaría luego sino el semitono.
Pero aquí, si es que ha de entenderse como tercera armónica
y no como distancia diatónica, es posible que la tercera
sólo se haya impuesto paulatinamente, y que la eliminación
del tono entero haya sido secundaria. A las músicas pentafónicas,
en la medida en que emplean el tono entero, o sea la diferencia
entre quinta y cuarta, les es sin duda inherente por naturaleza
un intervalo correspondiente a la tercera menor, pero en medida
pitagórica (27/32), como en la afinación "justa"
entre de y fa, debido a la eliminación del semitono (así,
por ejemplo, también entre los indios), Pero no en cambio,
por lo que se sepa, la tercera mayor y, menos aún, la medición
armónica. En efecto, en las músicas verdaderamente
primitivas ésta es rara. Antes bien, en muchas músicas
registradas iconográficamente aparece el intervalo de tercera
en forma impura, o sea no como tercera armónica ni tampoco
-lo que podría relacionarse, por una parte, con las exigencias
de pureza muy altas de la tercera precisamente, si han de evitarse
fluctuaciones, y con el hacerse éstas más rápidamente
borrosas, por la otra- como ditono, sino como la Ilamada tercera
neutra (la cual, según Helmholtz, producida por tubos cubiertos
del órgano, consuena también de modo aceptable), en
determinación muy incierta además, de modo que el
empleo de la tercera mayor justa no resulta probable en una escala
en algún modo "primitiva". Y no resulta ya precisamente
probable que la pentafonía represente una escala verdaderamente
"primitiva", por el hecho de que, por lo que sepamos,
la base del melodismo práctico la constituye por doquiera,
inclusive en más músicas más primitivas, una
distancia cercana, por lo menos en alguna forma, al tono armónico
entero, y allí donde aparecen la cuarta y la quinta, dicha
base la constituye regularmente la distancia entre estas como diferencia
entre las mismas. Así, pues, la pentafonía presupone,
al parecer por lo menos, la octava y su "partición",
cualquiera que sea, esto es, una racionalización parcial,
y no es, por consiguiente, algo verdaderamente primitivo. Por otra
parte, no cabe la menor duda de que tampoco la estructura de un
sistema pentafónico anhemifónico ha de descansar necesariamente,
en sí, sobre la cuarta precisamente como intervalo fundamental.
La escala irlandesa, por ejemplo, tal como la representa en 747
el sínodo de Cloveshoe, cual "modalidad de canto de
nuestros antepasados irlandeses" frente al coral gregoriano,
se empleaba en el siglo XI como "acórdica", y estaba
exenta de semitonos. Y, de modo general, si se lee una escala anhemifónica
en lugar de como do, re, fa, sol, la, do, como fa, sol, la, do,
fa, entonces esta comprende las segunda, tercera menor (o tono y
medio pitagórico), tercera mayor (o ditono), quinta y sexta.
No faltan, por casualidad, en este caso la tercera y la séptima,
sino la curarta y la séptima. Y, efectivamente, el "sentido"
de la pentafonía no resulta unívoco desde este punto
de vista. Si pusiéramos como base de nuestras ideas en materia
de tonalidad, muchas de las melodías pentafónicas
-entre ellas muchas de las escocesas y el Himno del Templo citado
por Helmholtz corresponderían al segundo tipo. Ahora, al
lado de la séptima, difícil de cantar en todas partes,
parece ser que en algunas regiones la cuarta resulta más
difícil de entonar para los principiantes, contrariamente
a la regla, que la tercera en particular, así, por ejemplo,
según Densmore entre los indios y, según Ferd. Hand,
entre los niños en Suiza y el Tirol. Pero esto último
bien pudiera ser una consecuencia del desarrollo hacia la tercera,
característico del Norte, del que habremos de hablar todavía.
También la anhemifonía de los cistercienses se acompañaba
de una predilección específica de los mismos por la
tercera. En presencia de los hechos mencionados, resulta muy dudoso
que, según opina Helmohltz, el tratamiento más favorable,
en la música noreuropea, de la tercera, que en las tesituras
altar suena más fácilmente pura debido al mayor número
de oscilaciones, tenga algo que ver con el hecho de que allí
participen en el coro las mujeres, a las cuales la Antigüedad,
por lo menos en el terreno de los grandes centros culturales (Atenas,
Roma), y la Iglesia de fines de la misma, de orientación
ascética, las excluían lo mismo que la medieval. Por
lo que yo pueda apreciar, en las músicas de los pueblos primitivos,
la participación, muy diversa, de las mujeres en el canto
tiene lugar en una diferencia correspondiente a la actitud de aquéllos
con respecto a la tercera (en lo que, sin embargo, hay que tener
presente que no consta de una manera unívoca si en cada caso
se oye la tercera o la distancia ditónica). En la Edad Media,
la cuarta fue clasificándose, también en la teoría,
entre las disonancias, paralelamente al avance de la tercera (aunque
en buena parte debido al hecho de que la teoría [prescindiendo
del Organum, etc.] no la tolerara ni en los acordes de tres sonidos,
o sea en los finales, ni en movimiento paralelo, con lo que armónicamente
resultaba en desventaja. Y entre los indios, cuya pentafonía
va desapareciendo, las terceras (las menores y ]as neutras) juegan
asimismo un papel importante. Así, pues, los dos intervalos
vecinos de la cuarta y la tercera parecen haber estado históricamente
en una especie de antagonismo -lo que le fue fácil demostrar
a Helmholtz con el auxilio de su teoría (Tonempfindungen
["Sensaciones de sonido"], 3ra. edición, p. 297)-,
de modo que la pentafonía en sí podría muy
bien acoplarse con la una o con la otra. Sin embargo, por razón
de la posición general de la cuarta en la música antigua,
esto no parece muy probable; porque, hasta donde alcanzan nuestroé
conocimientos actuales, la quinta, y con ella también la
cuarta, parecen surgir, dondequiera que se haya "reconocido"
una vez la octava, como los primeros -y en la mayoría de
los casos también únicos- intervalos armónicamente
"justos", y la cuarta ha poseído además
en la inmensa mayoría de todos los sistemas de música
conocidos, incluidos aquellos que como el chino no han construido
una teoría propiamente "tetracorde", la importancia
de un intervalo fundamental melódico. En forma típica,
el canto de los niños de Westfalia se mueve del tono central
más frecuente (sol) -el tono melódico principal- Una
cuarta hacia arriba y una hacia abajo. De las dos escalas javanesas,
una (la slendro) posee una cuarta y una quinta aproximadamente justas,
con un tono en el centro de cada una de las dos distancias de cuarta
que constituyen en forma diazéuctica la octava, y también
la otra (la pelog) parte del tono central hacia arriba y hacia abajo
en sendas cuartas unidas, aproximadamente puras, y su escala práctica
usual comprende, contando desde el tono más bajo: tono inicial,
tercera neutra, cuarta, sexta neutra y séptima menor. J.
C. N. Land considera a la primera como de origen chino antiguo,
y a la segunda como de origen arábigo. En conjunto, lo más
verosímil es probablemente la interpretación de la
pentafonía como combinación de dos cuartas diazéucticas,
en la que originariamente éstas sólo estarían
partidas por un intervalo, el cual, según el movimiento melódico
(y en particular según que fuera hacia arriba o hacia abajo)
hubo de ser móvil y era eventualmente irracional. En esta
forma se podría explicar, por ejemplo, el sistema "pelog"
javanés, y los documentos más claros en favor de un
desarrollo en el sentido de que los tonos extremos de las cuartas
son los primeros en hacerse inmóviles, como fundamentos de
toda determinación de intervalo se encuentran tanto entre
los griegos como entre los árabes y los persas. A partir
de aquí, el desarrollo mismo podía luego progresar,
por supuesto tanto hacia un sistema tonal irracional, con excepción
de la cuarta, corno hacia la anhemifonía, o corrió,
finalmente, hacia la pentafonía con semitonos y tercera mayor
o también -como en muchos cantos escoceses- con tono entero
y tercera menor. El tropos espondaico de los griegos, que en cuanto
melodía del sacrificio tuvo que ser indudablemente muy antiguo,
era según Plutarco, pentafónico, y aun obviamente
anhemitónico. El segundo Himno délfico a Apolo, compuesto
tardíamente, pero con estilo visiblemente arcaizante, parece
evitar el empleo de más de tres tonos de un tetracordio,
pero no, en cambio, el paso de semitono. En conjunto, la evitación
o la degradación de los semitonos a distancias sólo
melódicamente "sensibles" constituye probablemente
el sentido "tonal" más antiguo, y probablemente
el más difundido también, de la pentafonía,
que representa ya ella misma una especie de selección de
intervalos armónicos racionales de entre la profusión
de las distancias melódicas. En todo caso, hemos salido ya
aquí, con todos estos fenómenos, del dominio de la
obtención armónica de intervalos, que toma el camino
de la partición de la quinta, adentrándonos en el
terreno de la formación de la escala mediante mera selección
de distancias melódicas en el interior de la cuarta, que
deja a la discreción una libertad considerablemente más
amplia que toda escala determinada armónicamente. De esta
libertad las escalas de las músicas puramente melódicas
han hecho un uso abundante. Y, ante todo, la teoría. Si se
empezaba por partir de la cuarta como intervalo melódico
fundamental, abríanse posibilidades ilimitadas, y en principio
discrecionales, de su "partición" más o
menos racional mediante cualquiera combinación de intervalos.
Las escalas de los teóricos helenísticos, bizantinos,
árabes e hindúes, que manifiestamente se han influido
recíprocamente, indican, en los libros más diversos,
semejantes combinaciones de las que, sin embargo, ya no se puede
hoy comprobar hasta que punto hayan tenido efectivamente aplicación
en la música práctica. Lo único que habla en
favor de tal aplicación es la indicación, que se encuentra
en la teoría oriental y en la bizantina, influida manifiestamente
ésta por aquella, con mayor frecuencia y en forma más
típica todavía que en la helenística, relativa
a un "ethos" específico de las distintas modalidades
de partición, que permite suponer que, efectivamente, por
lo menos en los círculos que patrocinaban la música
artística de la época, los efectos de dichas escalas
sumamente barrocas se apreciaban. Pero, en que medida esto tuviera
lugar es totalmente incierto asimismo. En la medida en que había
detrás de ello verdaderas realidades de la práctica,
tratábase probablemente, por lo menos en parte -pero precisamente
sólo en parte- de una especie de construcción de panteón
de efectos de instrumentos originariamente locales y, al lado de
esto, ocasionalmente, de la transferencia de efectos de determinados
instrumentos a otros, por ejemplo, de los sonidos naturales de los
instrumentos de viento a los de cuerda. Ambas cosas habrán
sido objeto luego de racionalización. Una diferenciación
originariamente local de las escalas melódicas se pone muy
claramente de manifiesto en las designaciones regionales de las
tonalidades griegas (dórica, frigia, etc.), lo mismo que
en las escalas hindúes y en la partición arábiga
de la cuarta. Un desarrollo de origen instrumental diverso del sistema
tonal de las distancias, promovido probablemente al principio por
la adopción de intervalos lo muestran ciertos fenómenos
de las músicas griega y árabe.
En el sistema tonal griego de la época clásica, la
cuarta estaba dividida, como es sabido, además de la partición
diatónica efectuada pitagóricarnente en relación
con la distancia, también, primero, en tercera menor y dos
semitonos (cromáticamente), y luego en tercera mayor y dos
cuartos de tono (enarmónicamente), o sea pues, en ambos casos,
con eliminación del tono entero. Que se tratara en ello de
la interpolación de verdaderas terceras, de tal manera que
los dos pequeños pasos de tono quedaran como resto, es sumamente
improbable, pese a que precisamente esos (los modos tonales dieran
lugar por vez primera al cálculo armónicamente correcto
de la tercera mayor por parte de Arquitas y de la tercera menor
por parte de Eratóstenes. Parece ser, más bien, que
se buscaba el "pyknon", el cromatismo y la enarmonía
como medios de la expresión melódica. El stasimon,
conservado en parte, del Orestes de Eurípides, que al parecer
contiene "picnos" enarmónicos, forma parte en versos
dócmicos de las estrofas más movidas de la obra, y
tanto los comentarios burlones de Platón en la República
como, a la inversa, los de Plutarco, como, finalmente, los muy posteriores
de la época bizantina, demuestran que en la enarmonía
se trataba de un refinamiento melódico. Dados los siete grados,
fijados tradicionalmente (y considerados sagrados), de la octava,
la teoría ya no conservaba más, en esta forma, que
un paso de tono aumentado a la cuarta. Es sumamente probable que
la escala cromática, y a continuación de ella la enarmónica,
sólo llegaran a la música práctica primero
a través del aulos, que daba unas desviaciones irracionales
de intervalos racionales enumeradas todavía por Aristoxenos.
Y esta hipótesis, correspondiente a la tradición,
se ve además reforzada por el hecho de que se encontrara
en Bosnia un instrumento parecido al aulos, que da la escala "cromática"
de los griegos, y que tal sea también el caso, al parecer,
en relación con ciertos instrumentos de las Islas Baleares.
Como quiera que en el aulos, tanto la formación de tonos
cromáticos como la corrección de intervalos irracionales
tenía lugar mediante oclusión parcial de los orificios
-lo mismo que en todas las músicas antiguas que conocieron
la flauta-, la producción de cualesquiera portamentos y de
intervalos intermedios y parciales era aquí muy obvia. Y
al transportar esos intervalos de la flauta a la cítara,
tratóse de racionalizarlos, surgiendo la controversia, a
la que los teóricos posteriores habían de conferir
mayor extensión, acerca de la naturaleza de los intervalos
de un cuarto o un tercio de tono. Sea ello como fuere, lo cierto
es que se trata aquí de un sistema de intervalos que no era
primitivo, sino que pertenecía, por el contrario, a la música
cultivada de los griegos. Según los hallazgos de papiros,
dicho sistema no lo conocían los etolios ni otros pueblos
poco cultivados por el estilo, y también la tradición
considera al cromatismo como más joven que la diatónica
y a la enarmonía del cuarto de tono corno la más joven
de dichas manifestaciones, correspondientes, concretamente, a las
épocas clásicas y posclásicas, la cual, por
una parte, era rechazada todavía por los dos trágicos
más antiguos y, por la otra, estaba ya en decadencia en la
época de Plutarco (muy a su pesar). Por supuesto, ni la serie
de tonos cromática ni la enarmónica nada tienen que
ver desde el punto de vista "tonal" con nuestro concepto,
condicionado armónicamente, del "cromatismo", pese
a que la alteración cromática de los tonos y su recepción
y legitimación armónica en el Occidente se remonten
históricamente a las mismas necesidades que las de los pienos
de los griegos: primero, en el sentido de suavización melódica
de la dureza de la diatónica pura de los modos eclesiásticos,
y luego, en el siglo XVI, que es el que legitimó la mayoría
de nuestros tonos cromáticos, como medio de expresión
dramática de las pasiones. Que las mismas necesidades de
expresión Ilevaran allí a una descomposición
de la tonalidad y aquí (aunque la teoría del Renacimiento
propendiera a ver en el cromatismo un resurgir de los antiguos modos
tonales y se esforzara por conseguirlo) a la creación de
la tonalidad moderna, residía en la estructura más
diversa de las músicas en las que aquellas construcciones
sonoras se hallaban contenidas en cada caso. Los nuevos tonos cromáticos
de partición se constituyeron en la época del Renacimiento
como determinados por las terceras y las quintas. Los tonos de partición
griegos, en cambio, son producto de una construcción sonora
puramente conforme a la distancia, surgida exclusivamente del cultivo
de intereses melódicos. En todo caso, tratase, en los intervalos
de cuarto de tono griegos, de intervalos que pertenecieron a la
música real -en la Antigüedad reciente, manifiestamente,
según observaciones de Bryennius sobre la Analysis organica,
a los instrumentos de cuerda y que pertenecen todavía al
Oriente, siquiera esencialmente (u originariamente) corno "tonos
arrastrados".
Al lado de esos tan decantados cuartos de tono griegos, han jugado
en particular un papel sumamente confuso en la historia de la música
a partir de los trabajos de Villotenu y Kiesewetter, los "tercios
de tono" arábigos, en número de 17 en cada octava.
De acuerdo con los análisis más recientes de la teoría
arábiga de la música, de Collangettes, habría
que representarse su origen de la siguiente manera: la escala anterior
al siglo X constaba, en la hipótesis de Collangettes, de
9 tonos en la octava (10 si se cuenta la octava superior del tono
inicial), por ejemplo, do, re mi bemol mi, fa, sol, la bemol, la,
si bemol, do', concebidos como dos cuartas enlazadas por el tono
fa, al lado de los cuales había un paso de tono dizéuctico
(si bemol-do). Esta división de la octava, afinada en forma
puramente pitagórica, se remonta con seguridad a una influencia
griega, sólo que, además de con el tonos y el ditonos
desde abajo, dividía también la cuarta con el tonos
desde arriba. Los instrumentos arábigos antiguos, sobre todo
los que se derivan de la gaita, propia de todos los nómadas,
nunca se adaptaron probablemente por completo a dicha escala, porque
la tendencia de los tiempos posteriores se dirigió sin excepción
a poseer, al lado de la pitagórica, otra tercera y, por otra
parte, el racionalismo de los reformadores de la música,
procedentes de la teoría matemática, ha trabajado
incesantemente en el sentido de la compensación de las discrepancias
resultantes de la asimetría de la octava. De los productos
de estos últimos se hablará más adelante; aquí
en cambio, digamos sólo brevemente algo acerca de los primeros.
El vehículo del desarrollo tanto extensivo como intensivo
de la escala fue el laúd (el vocablo es árabe), que
durante la Edad Media se convirtió en el instrumento decisivo
de los árabes para la fijación de los intervalos,
del mismo modo que la citara lo fue para los griegos el monocordio
en Occidente, y la flauta de bambú en China. Según
la tradición, el laúd tenía primero cuatro
cuerdas, y luego cinco, afinadas cada una una cuarta más
alto que la precedente, abarcando cada una una cuarta, y con afinación
pitagórica, dividida cada una, entre los tonos enteros de
la cuarta por tres tonos intermedios obtenidos racionalmente: tono
entero de arriba y de abajo y ditono de abajo (o sea, por ejemplo:
do, re mi bemol, mi, fa, en determinación pitagórica).
Probablemente una parte de esos intervalos se empleaba al subir
y otra al bajar. Esto daba para la escala, si la teoría incorporaba
todos los tonos a la misma, dos tonos cromáticos pitagóricamente
determinados. Pero después que el intervalo central (mi bemol)
hubo recibido de los persas por una parte y del reformador de la
música Zalzal por la otra una determinación irracional
doblemente diversa y que de estos intervalos irracionales, en lucha
unos con otros, uno se afirmara en el laúd, esto vine a significar
que, en cada una de las cinco cuartas, la existencia de un intervalo
más incorporado a la misma octava, daría efectivamente,
en ésta, un aumento de los tonos cromáticos de 12
a 17. En la clasificación práctica de los trastes
del laúd parecen haberse empleado promiscuamente, entre los
siglos X y XIII, los intervalos pitagóricos y las dos clases
de intervalos irracionales, y en la escala de la octava se los dispuso
de tal manera que, entre mi bemol-mi y la bemol-la, se admitieran
las dos terceras irracionales, y enfre do-re y fa-sol, en calidad
de "tonos sensibles" -como diríamos nosotros- hacia
los tonos enteros inferiores, un leimma pitagórico (ditono
contado a partir de los tonos enteros superiores fa o respectivamente
si bemol) así como, además, sendas distancias de semitono
determinadas en intervalos totalmente irracionales, cada una de
las cuales correspondía a una de las terceras irracionales,
o sea, en conjunto, tres intervalos, de modo que, en la cuarta do-fa,
se originaba la siguiente escala: do, de sostenido pitagórico
de sostenido persa, de sostenido zalzálico, re, mi bemol
pitagórico, mi persa, mi zalzálico, mi pitagórico,
fa, y en forma correspondiente en la cuarta fa-si bemol, de las
cuales sólo podía figurar una de las tres categorías
de intervalos en una melodía. En el siglo XIII la cosa se
llevó luego a fracciones y potencias de los números
2 y 3, determinándose por medio del círculo de quintas,
de modo de cada una de las dos cuarlas contenía la segunda
y el ditono de arriba y de abajo (y la superior además la
segunda de abajo) y, al lado de ello, dos tonos separados entre
sí por una distancia de segunda, el segundo de los cuales
distaba en dos "leimas" del tono entero inferior, de manera
que el superior distaba del tono entero superior en la distancia
de la apotomé (igual a tono entero menos Ieima) menos el
leima, o sea, por ejemplo: sol bemol pitagórico, sol bemol
pitagórico más leima sol, la bemol pitagórico,
la bemol pitagórico más leima la, la pitagórico,
si bemol. Finalmente, el cálculo sirio-arábigo (M.
Meschaka), que distingue en la octava 24 cuartos de tono, divide
en realidad, si se destacan los intervalos más importantes
en la música, cada una de las dos cuartas enlazadas por ellos
mediante un paso de tono entero (8/9), que equipara a cuatro "cuartos
de tono", y dos pasos distintos de "tres cuartos de tono"
(11/12 y 81/88) que equipara, ambos, a tres "cuartos de tono".
Así, pues, estos siete intervalos de empleo más frecuente
en la música práctica representarían la segunda,
la antigua tercera de Zalzal (8/9 x 11/12 = 22/27), la cuarta, la
quinta, la sexta de Zazal (=una cuarta arriba de la tercia de Zalzal)
y la séptima menor como tono final de la cuarta superior,
de modo que de allí quedaría el paso entero característico
a la octava superior. En todo caso, sin embargo, trátase
aquí, en los "cuartos" y los "tercios"
de tono, de intervalos que no son sin duda de origen armónico,
pero que, por otra parte, tampoco son verdaderamente "igualmente"
grandes entre sí -como lo veremos más adelante en
las distancias "temperadas"-, aunque la teoría
propenda a considerarlos como una especie de denominadores generales
en materia de distancia y como el "átomo" musical,
por así decir, de lo "acústicamente perceptible",
de que Platón hace mofa. Lo propio cabe decir del cálculo
de "sruti" de la música cultivada hindú,
con 22 tonos supuestos "iguales" en la octava en la que,
con todo, el tono entero mayor es equiparado a 4, el menor a 3,
y el semitono a 2 srutis. También estos pequeños intervalos
son producto de la profusión ilimitada de distancias melódicas
distintas entre sí, resultado de la diferenciación
local de las escalas.
La división china de la octava en 12 lü, que se piensan
como iguaIes, pero no se tratan así, sólo significa
la interpretación teórica inexacta de los intervalos
diatónicos de uso práctico, formados de acuerdo con
el círculo de quintas. Tal vez sea también ella producto
de la coexistencia de instrumentos afinados racionalmente -como
el king- y de modo irracional. Sin embargo, la idea de reducir el
material sonoro a distancias mínimas iguales es obvia del
carácter puramente melódico de músicas que
ignoran la armonía de acordes y a las que, por consiguiente,
no les está impuesto en principio límite alguno en
cuanto a la manera de medir sus intervalos y de dividirlos hacia
abajo. Porque, en la música no racionalizada conforme a acordes,
los principios melódicos de la distancia y armónico
de la división luchan por doquiera en alguna forma. Y solamente
las quintas y las cuartas y su diferencia, los tonos enteros, son
productos puros de aquella última, pero no así las
terceras, las cuales, antes bien, aparecen inicialmente casi por
doquiera cómo intervalos melódicos de distancia. Dan
testimonio de ello tanto el "tambor" arábigo antiguo,
de Khoussan, que estaba afinado en tono inicial, segunda, cuarta,
quinta, octava, y nona, como la cítara de los griegos afinada
según la tradición en tono inicial, cuarta, quinta
y octava, y la designación de la quinta y la cuarta en China
simplemente como distancias "grande y pequeña"
por lo que sepamos, donde quiera que aparecen la quinta y la cuarta
y no se han producido alteraciones especiales del sistema sonoro,
empléase también la segunda como distancia melódica
predominante, cuya importancia muy universal descansa por lo tanto
en todas partes en aquella procedencia armónica, la cual,
sin embargo, no es lo mismo que un parentesco de tono en el sentido
de Helmholtz. El ditono, o sea Ia distancia melódica de tercera,
no es en modo alguno algo simplemente "antinatural". Parecen
darse casos, por excepción, en los que aún hoy cae
el solista, en una situación de condición puramente
melódica, del paso armónico de tercera al ditono pitagórico
conforme a distancia. Y que la tercera no jugara en la Antigüedad
griega, pese a su cálculo armónico correcto ya por
parte de Arquitas (o sea en los tiempos de Platón) y más
adelante de Dídimo (que distinguía también
correctamente los dos pasos de tono entero) y Ptolomeo, el mismo
papel revolucionario, en el sentido de la armonía, que en
el desarrollo musical del Occidente, sino que siguiera siendo propiedad
de los teóricos -a la manera, por ejemplo del descubrimiento
del sistema geocéntrico o de las propiedades técnicas
del vapor-, tiene asimismo su fundamento en el carácter,
ceñido por completo a las distancias de los tonos v a las
series melódicas de intervalos, de la música antigua,
que en la practica hacia figurar la tercera como ditono.
La tendencia a la igualdad de las distancias estaba codeterrninada
por doquiera en gran parte -aunque no sin duda de modo exclusivo-
por los intereses del transporte de las melodías. En los
fragmentos conservados de melodías helénicas, y por
lo menos en el segundo Himno a Apolo de Delfos, se encuentran trazas
de que también la música helénica se servía
ocasionalmente del medio de la repetición de una frase sonora
en otra tesitura, y a dicho objeto, para un oído tan sensible
a la melodía como el griego, los pasos de tono entero habían
de ser iguales. (No tiene, pues, nada de casual que la fragmentación
armónicamente "correcta" de la tercera tuviera
lugar primero no en la escala diatónica, sino en la enarmónica
y cromática, en la que el ditono estaba eliminado.) Y la
misma necesidad de igualdad se daba también en el Medievo
temprano, en que, para poder proceder, con ocasión del traspaso
del ámbito del hexacordio, a las mutaciones a una escala
de distancia exorádica más alta o más baja
(do - re - mi - fa - sol - la), igual a la escala de distancia (c
- d - e - f - g - a) los pasos de - re, re - mi, fa - sol, sol -
la (c - d, d - e, f - g, g - a) habían de poder considerarse
como distancias de tono entero iguales entre sí. De ahí
que la Antigüedad interpretara la tercera corno distancia ditónica:
porque en esta forma el número de las distancias iguales
en el marco de la serie diatónica de tonos se llevaba a un
óptimo: 6 quintas, 6 cuartas (y, después del advenimiento
de la cuerda cromática, 7), 5 pasos de tono entero, 2 pasos
de tono ditónico y 2 de semitono. Y pueden también
reconocerse motivos semejantes como determinantes, ciertos experimentos
con la escala arábiga, que se hallaba en grave confusión
debido a las terceras irracionales, de las que se hablará
más adelante.
La pregunta acerca de qué sea lo que se introduce en lugar
de la "tonalidad" moderna en los sistemas sonoros predominantemente
melódicos o sea construidos sobre la base de la distancia,
no se puede contestar fácilmente de modo general. Las deducciones
sumamente ingeniosas del bello libro de Helmholtz no resisten ya
al estado actual de nuestra ciencia empírica. Como tampoco
se puede demostrar sin más, frente a los hechos en todo caso,
el supuesto de los "panarmónicos" en el sentido
de que también toda melodía primitiva se construye
en última instancia de acordes descompuestos. por otra parte,
el conocimiento estrictamente empírico de la música
primitiva sólo empieza por alcanzar ahora, a base de los
fonogramas, un fundamento exacto. Y se ve cuán inseguro es
dicho fundamento mismo desde un punto de vista estrictamente naturalista
cuando se considera que, en el análisis, por ejemplo, de
fonogramas de la Patagonia, hubo que admitir, para uno y el mismo
sonido tratado como idéntico, márgenes de falta de
entonación hasta de medio tono. Por otra parte, el análisis
del melodismo puro del campo ilimitado de las posibilidades musicales
de expresión tampoco ha hecho más que iniciarse fragmentariamente,
por lo que se refiere a etapas más avanzadas. Y en cuanto
a la cuestión que en última instancia más nos
interesa, o sea la de hasta que punto el parentesco sonoro "natural"
haya actuado, puramente come tal, como elemento dinámico
de desarrollo, esto sólo podría contestarse, aun en
casos concretos y por parte de los especialistas, con la mayor cautela
y evitando todas las generalizaciones. Sin hablar de que se ha hecho
totalmente cuestionable, por lo que se refiere a la evolución
de la melodía antigua, el papel, tan ingeniosamente fundamentado
por Helmhltz, de los enarmónicos. Sin embargo, lo que ha
de confirmarse en primer término es, no obstante, que hay
que guardarse de considerar la música primitiva corno un
caos de arbitrariedad sin normas. El sentimiento por algo parecido
en principio a nuestra "tonalidad" no es en modo alguno,
en sí mismo, algo específicamente moderno. Se encuentra
en efecto, según las comprobaciones de Stumpf, Gilmann, Fillmoore,
O. Abraham, v. Hornbostel y otros, tanto en muchas músicas
indias como en la música oriental, y se conoce en la hindú
con un vocablo propio (ansa). Pero su sentido y sus efectos son
sensiblemente distintos, y su extensión en aquellas músicas
que tienen una estructura melódica es también más
limitada de lo que es hoy el caso entre nosotros. Consideremos primero
las características puramente externas de la melodía
antigua. Las composiciones musicales de los veddas, por ejemplo,
uno de los pocos pueblos carentes totalmente de instrumentos, muestran
no sólo una articulación firme y rítmica, una
especie de construcción primitiva de períodos y tonos
finales y entrefinales típicos, sino ante todo -pese a la
propensión de la voz a desentonar, probablemente fuerte en
todas partes- la tendencia a retener los pesos normales de tono,
armónicamente irracionales sin dada y situados a medio camino
entre un tono templado de tres cuartos y un tono entero.
Ya el hecho de que se destacaran sencillamente "pasos de tono"
del "aullido-glissando", que en las músicas primitivas
suele jugar sin duda un papel muy importante, no es tan natural
como nos pueda parecer hoy. El carácter de paso del movimiento
sonoro ha de explicarse probablemente mediante la influencia del
ritmo sobre la formación del tono por una parte, que le confería
carácter de empuje, y mediante la influencia del lenguaje
por la otra, de cuya importancia por lo que se refiere al desarrollo
de la melodía hemos de ocuparnos aquí brevemente.
Sin duda ha habido pueblos, como el patagón, que cantan sus
melodías exclusivamente con sílabas desprovistas de
sentido. Sin embargo, según se puede comprobar, esto no es
tampoco lo originario en ellos. De todos modos, el lenguaje articulado
requiere sin excepción una formación musical articulada.
En determinadas circunstancias, el lenguaje podía conseguir
una influencia directa sobre la configuración del curso melódico
de otro modo, a saber, cuando se trataba de una de las llamadas
"lenguas musicales", en las que el significado de las
sílabas cambia según la altura de tono a que se pronuncian.
El representante clásico de dichos idiomas es el chino, y
de entre los pueblos primitivos fonográficamente controlados
pertenecen a ese grupo los negros ewhe. En semejante caso, la melodía
del canto había de ceñirse al sentido lingüístico
en una forma muy específica y crear intervalos estrictamente
articulados. Otro tanto cabe decir de aquellos lenguajes que no
son "lenguas musicales" propiamente dichas, Pero que poseen
el llamado "acento musical" ("pitch accent")
en oposición al "dinámico" (expiratorio,
"stem accent"), esto es, elevación del tono en
lugar de refuerzo del tono de la sílaba acentuada, como es
el caso del griego antiguo y también -aunque en forma menos
determinada- del antiguo latín; aunque tampoco para el griego
antiguo la existencia del acento musical se admita hoy sin reservas.
Ahora bien, de los antiguos instrumentos musicales conocidos, el
más antiguo que se puede fechar, o sea el primer Himno a
Apolo de Delfos, sigue efectivamente (come Crusius confirmó
en su día inmediatamente), en el movimiento de la melodía
al acento lingüístico, lo mismo que un himno arcaizante
de Mesomedes, pero no, en cambio, los demás. Y tampoco entre
los negros ewhe, pese a ser su lenguaje lengua musical, la observancia
del movimiento prosódico de la palabra por la melodía
no constituye un fenómeno verdadero y estrictamente general.
Por parte de la música, la tendencia a la repetición
del mismo motivo con otras palabras había de romper esa especie
de unidad del lenguaje con el elemento melódico, a lo que
conducía también por parte del lenguaje toda composición
de estrofas que un canto de melodía fija, y dicha unidad
desapareció luego por completo, para los griegos, con el
desarrollo del lenguaje, instrumento retórico exquisito,
y la decadencia que llevaba aparejada del acento musical. Pese a
que a la larga esa vinculación de la melodía se haga
también sólo relativa inclusive en las lenguas musicales,
come lo muestran los negros ewhe, pudo con todo haber influido en
el desarrollo de intervalos racionales fijos, como los que efectivamente
parecen ser propios precisamente de los pueblos de lengua musical.
El ámbito de la melodía es pequeño en todas
las músicas verdaderamente "primitivas". Hay en
la mayoría de ellas, así, por ejemplo, también
entre los indios (en los que por lo demás la construcción
musical conjunta de su escala es, al lado de ello, bastante importante),
no pocas "melodías" a base de uno solo sonido rítmicamente
repetido, y otras de sólo dos. Entre los veddas, carentes
por completo de instrumentos, el ámbito abarca tres tonos,
en una tercera menor, por ejemplo, en tanto que entre los patagones,
que poseen por lo menos como instrumento el "arco musical"
extendido por el mundo entero, el ámbito se extiende excepcionalmente,
según las averiguaciones de E. Fischer, hasta la séptima,
siendo sin embargo la quinta el máximo normal. También
en las músicas desarrolladas poseen las melodías ceremoniales,
y por ello fuertemente estereotipadas, un ámbito menor y
pasos de tono menores que las otras. En el marco del coral gregoriano,
el 70 % de todos los pasos de tono son pasos de segunda e incluso
los neumas de la musca bizantina no son todos ellos, hasta cuatro,
"pneumata" (saltos), sino "somata" (pasos diatónicos
de tono). Pasos mayores que los de quinta los prohibía todavía
la música eclesiástica bizantina y originariamente
también la occidental que inicialmente se atenía siempre
al ámbito de la octava; lo mismo que el canto coral de has
sinagogas de los judíos sirios, muy arcaico, y del que J.
Parisot nos ha proporcionado algunos ejemplos, se esfuerza por mantener
el ámbito de la cuarta hasta la sexta. Sólo la tonalidad
frigia, a la que era inherente como distancia característica
el intervalo de sexta (mi-do'), era conocida, precisamente por dicho
motivo, por sus grandes saltos. También la primera Oda Pitia
de Píndaro se mantiene, aunque la composición conservada
es seguramente posclásica, en el ámbito de la sexta.
La música sacra hindú evita saltos de más de
cuatro tonos, y los casos por el estilo se repiten con extraordinaria
frecuencia. Es probable, sin embargo, que en muchas músicas
racionalizadas la cuarta fuera el ámbito normal de la melodía.
Considerabánse todavía como agradables al oído
en la teoría medieval bizantina, por ejemplo, de Bryennio,
las "series enmélicas" que representaban juntas
una cuarta. El hecho de que muy a menudo el canto popular mundano
muestre mayor ámbito y saltos melódicos mayores que
la música cultivada eclesiástica -en particular entre
los cosacos, pero también en otros casos- es consecuencia
y síntoma de la mayor juventud y la menor estereotipación
de la primera, pero consecuencia también, al propio tiempo,
de la influencia creciente de los instrumentos. Así por ejemplo,
el canto tirolés, con su ámbito particularmente extenso,
caracterizado por el empleo del falsete, es un producto muy joven
que se ha originado probablemente bajo la influencia de un instrumento
de cuerno, como demuestra Hohenmeser a propósito del canto
de los vaqueros influido por el cuerno de los Alpes, que tiene su
origen en el siglo XVII. En las músicas realmente "primitivas"
parecen concurrir por una parte un ámbito relativamente reducido
de la melodía, unos intervalos que en proporción con
aquel se perciben a menudo como grandes y "progresivos"
(no sólo segundas sino, según v. Hornbostel, también
terceras, probablemente consecuencia en muchos casos de la pentafonía)
y, por otra parte, "saltos" relativamente pequeños
(muy raramente mayores de una quinta, excepto después de
periodos melódicos, en relación con la nueva entrada).
Y asimismo, tanto la ampliación del ámbito como el
empleo de intervalos racionales han sido en parte creados y en parte,
por lo menos, fijados o ayudados a fijar por instrumentos, aunque
sin dude no exclusivamente ni en todas partes -ya que, al lado de
la octava, la quinta encuentra también empleo, con todo,
en forma preponderante por parte de pueblos cuyos instrumentos sumamente
primitivos (arco) apenas pueden haber contribuido a la racionalización
en modo alguno. Porque, de hecho, sólo se explica probablemente
a través del aclaramiento instrumental de los intervalos,
que la inmensa mayoría de éstos, producidos por músicas
primitivas acompañadas en algún modo instrumentalmente,
aun por aquellas que no conocen la octava y producen por lo demás
composiciones tan desordenadas como las de los patagones, sea, no
obstante, racional. Los instrumentos fijan, además, en particular
en cuanto han tenido a cargo desde siempre el acompañamiento
de la danza, la melodía de los cantos de danza, a menudo
de importancia fundamental desde el punto de vista de la historia
de la música. Y no es sino sirviéndose de los mismos
como muletas que la composición musical se aventuró,
por una parte, primero a dar pesos mayores y a ampliar su ámbito,
hasta tal punto, en algunos casos, que sólo se pudiera Ilenar
mediante recurso al falsete -que por lo demás se presenta
también en ocasiones como la manera exclusive del canto (así
por ejemplo, entre los wanyamwesi), y que, por otra parte, y aun
en unión con ello aprendió, si no a distinguir claramente
las consonancias, si por lo menos a fijarlas y a servirse deliberadamente
de ellas como medio artístico.
Lo que en el desarrollo de una tonalidad primitiva distinguía
a los intervalos armónicamente más puros -la octava,
la quinta y la cuarta-, frente a otras distancias, era probablemente
en general la circunstancia ante todo de que, una vez "reconocidos",
se destacaban manifiestamente pare la memoria musical, gracias a
su mayor "claridad", de entre la profusión de las
distancias de tono vecinas. Del mismo modo que resulta en general
más fácil retener correctamente en la memoria hechos
vividos que inventados y pensamientos corrector que confusos, así
puede aplicarse esto también efectivamente en buena parte
a Ios intervalos "correctos" y "falsos" -hasta
aquí, por lo menos, se extiende la analogía entre
lo musicalmente y lo lógicamente racional. Por otro lado,
la mayor parte de los instrumentos antiguos de, además, por
lo menos los intervalos más simples como enarmónicos
o directamente como tonos laterales, y pare los instrumentos de
afinación móvil sólo podían emplearse,
en cambio, aquellos, sobre todo la quinta y la cuarta, como sonidos
de afinación unívoca y retenerse así en la
memoria.
Una vez reconocido el fenómeno de la "medición"
del intervalo "justo", ha ejercido una impresión
extraordinaria sobre la fantasía, como lo demuestra el inmenso
misticismo de los números que de ella surge. Sin embargo,
la distinción de determinadas series de tonos se ha desarrollado
corno producto de la reflexión teórica, ateniéndose
probablemente sin excepción a aquellas fórmulas musicales
típicas que ha poseído casi toda música a partir
de una determinada etapa de desarrollo de la cultura. En efecto,
hemos de recordar al hecho sociológico de que la música
primitiva fue en buena parte sustraída muy tempranamente
al puro goce estético y sometidas a fines prácticos,
ante todo mágicos: en particular apotropeicos (relativos
al culto) y exorcísticos (médicos). Con lo que se
vio enmarañada en aquel desarrollo estereotipizante al que
se hallan inevitablemente expuestos tanto todo acto mágico
corno todo objeto mágicamente significativo, ya se trate
de las obras de las artes plásticas o de medios mímicos
o recitativos, orquestales o del canto (o bien, como es el caso
a menudo, de todos epos) pare influir a los dioses y demonios. Y
como quiera que toda desviación respecto de una fórmula
prácticamente acreditada destruía su eficacia mágica
y podía atraer la cólera de los poderes sobrenaturales,
resulta que la acuñación en sentido propio de las
fórmulas musicales: era una "cuestión vital",
y el canto "incorrecto" un sacrilegio -que a menudo sólo
se podía expiar mediante Ia ejecución inmediata del
culpable-; de ahí que la estereotipación de los intervalos
musicales, una vez canonizados por cualquier motivo, hubiera de
ser extraordinariamente fuerte. Y como quiera que, además,
también los instrumentos que contribuían a la fijación
de los intervalos estaban diferenciados según el dios o demonio
a cuyo servicio estaban -el aulos griego fue originariamente el
instrumento de la Madre de los dioses y, más adelante, de
Dionisos-, es probable que también las tonalidades más
antiguas de una música, percibidas coma realmente distintas,
fueran regularmente complejos de formulas musicales típicas
al servicio de determinados dioses, o contra determinados demonios,
o que se empleaban en ocasión de determinadas celebraciones
solemnes. Por desgracia, fórmulas primitivas de esta clase
apenas nos lean sido trasmitidas en forma segura: precisamente las
más antiguas eran por lo regular objeto de un arte oculto
que, bajo la influencia del contacto con la cultura moderna, decayó
rápidamente. Las antiguas fórmulas musicales inaccesibles
del sacrificio de Soma, de los hindúes, pero conocidas todavía,
por ejemplo, de Haug-, parecen haberse perdido para siempre con
la muerte prematura de ese investigador, ya que, por razones económicas,
el sacrificio en cuestión, muy caro, desaparece. Los intervalos
en que tales fórmulas se movían, sólo tenían
probablemente en común el poseer carácter melódico;
el hecho, por ejemplo, de que un intervalo se emplee en la melodía
en el descenso -y en la mayoría de las melodías antiguas
predomina éste -probablemente por motivos puramente fisiológicos
al principio, lo que se considera también como lo normal
el la música griega-, no significa en modo alguno, lo mismo
por lo demás que en el contrapunto todavía tradicional,
que se lo pueda también emplear come descendente. Y en general,
la escala de los intervalos es en la mayoría de los casos
sumamente incompleta y, desde el punto de vista del criterio armónico,
muy arbitraria, no adaptándose en todo caso a los postulados
de Helmholtz derivados del parentesco tonal proporcionado por los
tones parciales. Con el desarrollo de la música hacia un
"arte" de estamento -ya sea sacerdotal o aóidico-;
con extenderse más allá del uso meramente práctico
de fórmulas tradicionales, o sea, con el despertar de necesidades
puramente estéticas, iniciase regularmente su racionalización
propiamente dicha. Es propio que las músicas primitivas,
sólo que en grado considerablemente mayor, un fenómeno
que ha influido también sobre el desarrollo de las músicas
cultivadas, a saber: el que los intervalos se alteren según
las necesidades de la expresión y aun -a diferencia de la
música ligada armónicamente- en pequeñas distancias
irracionales, de modo que figuran en una misma composición
musical tonos que quedan muy cerca unos de otros (en particular,
diversas clases de terceras) Constituye un progreso de principio
el que determinados tonos que quedan irracionalmente unos cerca
de otros, como es el caso en la música arábiga práctica
y, por lo menos en la teoría también en la música
helénica, se excluyan del empleo común. Esto se consigue
mediante el establecimiento de series típicas de tonos. Y
no siempre tiene lugar típicamente, en modo alguno, por motives
"tonales", sino en la mayoría de los cases, en
vista de un objetivo esencialmente práctico: en efecto, los
tonos que aparecían en determinados cantos habían
de agruparse de tal manera que la afinación de los instrumentos
pudiese adaptarse a ellos. E inversamente, se enseñó
entonces la melopea de tal manera, que la melodía se adaptara
a uno de dichos esquemas y, con ello, a la afiliación correspondiente
de los instrumentos. Ahora bien las series de intervalos en cuestión
no poseen, en una música orientada melódicamente el
sentido armónicamente determinado de nuestras tonalidades
actuales. Las diversas "tonalidades" de la música
artística griega y los fenómenos muy similares de
las músicas hindú, persa, arábiga y asiático-oriental,
así como, aunque con un carácter "tonal"
mucho más pronunciado, los modos eclesiásticos de
la Edad Media, son, según la terminología de Helmholtz,
escalas "accidentales" y no, como las nuestras, "esenciales",
lo que significa que aquellas no se hallan limitadas arriba y abajo,
como estas, por una "tónica", ni representan una
suma de acordes de tres sonidos, sino que son simplemente, en principio
por lo menos, esquemas construidos únicamente conforme a
la distancia, que contiene el ámbito y los tonos admisibles
y sólo se distinguen entre sí inicialmente en forma
negativa, sin excepción, o sea según los tonos e intervalos
que, del material conocido en general de la música correspondiente,
no utilizan. Los griegos, por ejemplo, tenían a fines del
periodo clásico en sus instrumentos, en el aulos individual
y, potencialmente, también en la cítara individual,
la plena escala cromática, los árabes tenían
en el laúd todos los intervalos racionales a irracionales
de su sistema musical. Sin embargo, las escalas utilizadas constituían
siempre una selección de entre aquellos, que se caracterizaba,
primero, por la posición de los pasos de semitono en el interior
de la serie de tonos y, luego, por el antagonismo de determinados
intervalos -entre los árabes, por ejemplo de las terceras-
entre sí. No conocen el "tono fundamental" en el
sentido nuestro, porque la sucesión de sus intervalos no
descansa en el fundamento de acordes de tres sonidos, sino que contradice
a menudo el criterio del acorde aun allí donde estos están
contenidos en la serie diatónica de los tonos. En particular,
la tonalidad más genuinamente helénica, la "dórica",
que corresponde al modo eclesiástico llamado "frigio"
(tono final "Mi"), es la que más repugna, al lado
de éste, a nuestra moderna tonalidad armónica del
acorde: un "final entero" auténtico según
nuestra concepción es imposible, como es sabido, en el modo
eclesiástico frigio, si se trata el tono más abajo
a la manera de nuestro "tono fundamental" -como no había
de tardar en ocurrir-, aunque sólo sea por el hecho de que
el acorde de dominante lleva de si a fa sostenido como quinta, o
sea que negaría la peculiaridad, fundamental desde el punto
de vista de la concepción conforme a distancia, de la escala
frigia: su inicio con el paso de semitono mi-fa; pero aquel debería
contener como tercera la séptima mayor "re sostenido"
a título de "tono sensible", cuyo empleo, sin embargo,
es imposible en la tonalidad frigia, porque colocaría el
tono inicial mi, en contradicción con los principios de la
diatónica, entre dos pasos de semitono directamente consecutivos.
por consiguiente, el lugar de la "dominante" sólo
puede ocuparlo aquí la subdominante, en forma correspondiente
por completo a la posición fundamental de la cuarta, con
la que nos topamos en la gran mayoría de los sistemas musicales
puramente melódicos. El ejemplo ilustra en forma suficientemente
clara la diferencia entre las "escalas" de construcción
tonal y las de estructura conforme a la distancia desde el punto
de nuestra concepción musical armónica. Y es totalmente
imposible, a mayor abundamiento, adaptar a nuestros conceptos de
"mayor" y "menor" una música racionalizada
según el criterio de la distancia (y en particular las antiguos
tonos eclesiásticos anteriores a Glareano). Allí donde
en un modo eclesiástico (por ejemplo, el dórico o,
después de su recepción el eólico) el final
hubiera debido ser un acorde menor, terminábase sencillamente,
porque la tercera del modo menor no se consideraba lo bastante consonante,
en quinta vacía, de modo que los acordes finales hubieran
sonado siempre para nosotros como acordes de "mayor" -uno
de los motivos del tan decantado carácter "mayor"
de la antigua música eclesiástica, la cual, sin embargo,
se halla en realidad todavía fuera de esta clasificación.
Como es sabido, puede observarse en J. S. Bach todavía -lo
que ya señaló Helmholtz- la repugnancia por los finales
en menor, por lo menos en los corales y otras composiciones musicales
específicamente completas en sí.
Pero, ¿en qué consistía, en las etapas tempranas
de la racionalización melódica y de acuerdo con la
concepción de la práctica musical misma de la época,
la importancia de las series de tonos, y en qué se manifestaba
en el sentimiento musical de entonces lo que correspondía
a la sazón a nuestra tonalidad?
Por una parte, en el gravitar alrededor de determinados tonos principales
quo (por decirlo con el lenguaje de la escuela de Stumpf) representaban
una especie de "centro de gravedad melódico", quo
sólo se manifiesta inicialmente en su frecuencia cuantitativa,
pero no necesariamente en una función musical cualitativa
que les fuera propia. En casi todas las músicas verdaderamente
primitivas se encuentra uno de esos tonos, y aun a veces dos. Sin
duda en el marco del canto eclesiástico antiguo, la petteia
-según reza la expresión técnica en la música
eclesiástica bizantina y también en la armenia, de
estereotipación bastante arcaica- constituye un resto de
las costumbres de la salmodia, lo mismo que el "tono de repercusión"
(tonus currens), así llamado desde antiguo, de las fórmulas
modales eclesiásticas. Pero también la "mese"
de la música griega ejercía probablemente al principio
-aunque en las composiciones conservadas sólo en restos-
una función parecida, lo mismo quo el tono final en las tonalidades
eclesiásticas plagales. Y ese tono principal se sitúa
regularmente, en todas las músicas relativamente antiguas,
en el centre del ámbito de la melodía. Forma, allí
donde las cuartas aparecen en su función articuladora del
material sonoro, el punto de partida pare el cálculo hacia
arriba y hacia abajo; sirve, en la afinación de los instrumentos,
de tono inicial, y es, en las modulaciones, inalterable. Pero más
importantes todavía que ese mismo tono, desde el punto de
vista de la práctica, son las fórmulas melódicas
típicas en las que determinados intervalos se manifiestan
como característicos de la "tonalidad" correspondiente.
Ésta es la situación todavía, por ejemplo,
en las tonalidades eclesiásticas de la Edad Media. Es sabido
cuan difícil resultaba en ocasiones la atribución
de una melodía a una tonalidad eclesiástica y cuan
ambigua se hacía, a mayor abultamiento, la computación
armónica de los tonos individuales en aquéllas. La
concepción de las tonalidades eclesiásticas "auténticas"
como géneros de octavas caracterizados por su tono más
bajo cual finalis, constituye probablemente un producto tardío
de la teoría influida por Bizancio. Pero también el
práctico de la música de la alta Edad Media reconocía
de la manera más segura la pertenencia de una melodía
a su tonalidad eclesiástica, que en nuestro sentir musical
resulta a menudo fluctuante, en tres caracteres principales: la
fórmula final, el llamado. intervalo de repercusión
y el "tropo". Desde el punto de vista histórico,
precisamente las fórmulas finales pertenecen en todo caso,
en la música eclesiástica, al fondo desarrollado tempranamente
-y en todo case antes de la fijación teórica de los
"tonos eclesiásticos"- como género de octavas.
En la música eclesiástica más antigua hubo
de predominar, en la medida en que la música armenia permite
sacar conclusiones, el intervalo de la tercera menor, común
a muchas músicas coma cadencia final recitativa. Las fórmulas
finales típicas de las tonos eclesiásticos corresponden
sin excepción a los usos de músicas que no han perdido,
a través de los virtuosos, su base tonal. Precisamente las
músicas más primitivas tienen normas bastante fijas
pare los finales, las cuales, sin embargo, lo mismo que la mayoría
de las reglas del contrapunto, consisten menos en prescripciones
positivas que en la exclusión de determinadas libertades
permitidas en otros casos: así, por ejemplo, en la música
vedda, el final -en contraste con el curso de la melodía
misma- parece tener siempre lugar subiendo, o a una altura de tono
igual, y parece no estar permitido en particular, en ella, el contacto,
en el final, del peso de "semitono" que se sitúa
por encima de las dos tonos normales de la melodía. Créese
poder observar, en el case de las veddas, cómo a partir de
dicho final regulado la reglamentación se extiende hacia
atrás: en efecto, corresponde al final una "estructura
previa", típica en buena parte, de reglas asimismo bastante
fijas. Y en forma idéntica, el desarrollo de vinculaciones
de la melodía a partir de la "coda" es probable
asimismo en el canto de la sinagoga y también en la música
eclesiástica. Esta también regulado a menudo el tono
final en esa forma precisamente en músicas no racionalizadas
todavía en absoluto: en efecto, según permiten observarlo
las fonogramas actuales, el final y el final diferido sobre el tono
melódico principal constituyen a menudo en mochas músicas
la lógica casi sin excepción, y cuando lo es otro
intervalo, entonces destacase en forma muy clara la relación
de quinta y cuarta. Con mocha frecuencia, polo no siempre -como
lo ha ilustrado bellamente v. Hornbostel, concretamente en las cantos
de las wanyamweses-, el tono principal tiene un "tono previo",
o aun varios de ellos, quo ee percibe come melódicamente
"sensible" del mismo. Éste queda también
a menudo, en músicas de melodías predominantemente
descendentes, por debajo del tono principal y puede formar hacia
él diversos intervalos "progresivos" -según
v. Hornbostel, hasta de una tercera mayor. La posición y
el desarrollo de dicho "antetono" en las músicas
puramente melódicas presenta -en comparación con el
papel del "tono sensible" de la armonía, que queda
siempre en el peso de semitono abajo de la tónica- un cuadro
muy variado. Las escalas racionalizadas desde el punto de vista
de las instrumentos de cuerda tienen en ocasiones las pequeños
pasos de tono -como la cuarta dórica de los griegos-, ya
que, al lado de la tendencia de la melodía al descenso, su
afinación es probablemente también más fácil
de practicar de arriba a abajo, en la vecindad del tono límite
de su intervalo fundamental, quo en el Pseudo-Aristóteles
se caracteriza como "conducente" claramente a la hipate
(y de aquí que en el canto resulte difícil de sostenerlo
como tono independiente. La escala de quintas arábiga ligada
experimentó más adelante con tres modalidades distintas
de tonos vecinos por debajo de sol y do, o sea, con antetonos superiores.
La degradación del semitono, dondequiera en la escala china,
hacia un paso de tono de valor menor es manifiestamente producto
asimismo del carácter de "dependencia", determinado
por su posición melódicamente "sensible",
que en él se percibe. Si por lo regular el desarrollo se
orienta en el sentido de atribuir al paso de semitono el papel del
"antetono" melódico -corresponde también
al mismo tipo de hechos su presencia relativamente frecuente, juntamente
con el tono de repercusión y en contraste con la evitación
regular del cromatismo, en la música eclesiástica-,
ni esto ni el desarrollo hacia el "tono sensible" constituyen,
sin embargo, algo simplemente general. En determinadas circunstancias,
las músicas puramente melódicas se desprenden en absoluto
de la tendencia hacia un antetono típico. Y en tanto que
la existencia de intervalos típicos de antetono, lo mismo
que la tendencia tanto hacia el desarrollo de cadencias finales
come hacia la organización "tonal" de los intervalos
y su puesta en relación con el tono principal como "tono
fundamental", se prestan sin dada a ser alimentadas -constituyen
precisamente un ejemplo de ello los tonos eclesiásticos-,
las músicas puramente melódicas siguen en cambio a
menudo, en el curso de su desarrollo hacia el arte del viituosismo,
el camino opuesto, y descartan tanto los intentos de cadencias finales
fijas -que, si v. Hornbostel está en lo cierto, se encuentran
ya tal vez en la música wanyamwesa- como el papel de los
"tonos principales". En la música griega, que en
época histórica sólo conoce algo correspondiente
a nuestras cadencias finales a lo sumo en sus inicios -o tal vez,
al revés, en los últimos residuos- (segunda, pero
generalmente subsegunda mayor y supersegunda menor ante la nota
final), puede con todo observarse también un tono final típico,
aunque no en absoluto sin excepción, también para
los subperíodos (finales de verso). El tono final coincide
en esos casos con los tonos límites de las cuartas que están
en la base de la escala tonal. Pero muchas otras músicas
artísticas, entre otras muchas de las asiáticas, apenas
conocen algo parecido y desembocan con total despreocupación
no sólo en la segunda del tono inicial, por ejemplo, que
como ya se dijo juega con frecuencia en cuanto intervalo constituido
por cuarta y quinta una especie de papel armónico, sino también
en otros intervalos cualesquiera, y en la música griega aparece
aquel tipismo "tonal" como tanto más exiguo cuanto
más refinadamente esta elaborada melódicamente la
composición musical. Lo que puede observarse, antes bien,
corno peculiaridad frecuente tanto en aquella como en otras músicas
primitivas o cultivadas son ciertos fenómenos rítmicos:
alargamientos particularmente frecuentes de los valores de tiempo
de los sonidos, como los que se encuentran en la mayoría
de las músicas primitivas y han jugado posteriormente, al
igual en las sinagogas que en las melodías eclesiásticas,
un papel tan importante. Y es más inseguro todavía
el principio, observado sólo pasajeramente en los antiguos
tonos eclesiásticos y vuelto luego a modificar, según
el cual la composición musical deba empezar con el tono final
(así según Wilhelm v. Hirsau) o, en todo caso, con
un intervalo armónico con respecto al mismo (en el siglo
XI, quinta o cuarta, más adelante tercera o segunda y, en
todo caso, no más alejada de aquél que la quinta).
De ello nada se encuentra, por ejemplo, en la música helénica,
en la medida en que los documentos lo ilustran. Y otras músicas
muestran los uses más variados: el principio en la segunda
menor del tono final se encuentra (en la música arábiga
y en otras músicas asiáticas aisladas) lo mismo que,
en otras músicas primitivas, el principio en la octava (en
los negros ewhe) o en una de las dominantes. Los periodos musicales
son también en ]as composiciones de los modos eclesiásticos
el asiento principal de los "tropos", o sea, originariamente,
de formas melódicas que se ejercitaban mnemotécnicamente
sobre la base de sílabas de memorización y contenían
por lo menos los intervalos de repercusión característicos
de la tonalidad. No son en este caso primitivos ni han revestido
nunca, como toda música en el cristianismo, significado mágico.
El intervalo de repercusión, mismo, por fin, era un intervalo
especifico de cada uno de los modos eclesiásticos, que resultaba
del ámbito y de la estructura del mismo dada por la posición
de los pasos de semitono y ocurría con particular frecuencia
en las melodías correspondientes, en la época en que
los modos eclesiásticos habían sido ya racionalizados
según el modelo eclesiástico en cuatro tonalidades
"auténticas", que subían de re, mi, fa,
sol come tonos finales hasta la octava, y cuatro tonalidades "plagales",
que partían de los mismos tonos finales, pero llegaban pasta
la subcuarta y la superquinta: en las auténticas, con excepción
de la "lidia" que partía de fa, hasta la quinta;
en la lidia, hasta la sexta, y en las plagales, dos veces hasta
la cuarta, una vez hasta la tercera mayor y una vez hasta la tercera
menor, a partir del tono final. Los intervalos parecen en la mayoría
de los cases estar condicionados por el hecho de que el inferior
de los dos tonos del intervalo de semitono de la tonalidad se evitaba
come tono superior del intervalo de repercusión, lo que probablemente
ha de considerarse menos como resto de la pentafonía que
como síntoma del papel del semitono inferior percibido como
"sensible". también los "tropos" aceptados
sólo tardíamente y con vacilación por parte
de la Iglesia son análogos a los echamata de la música
bizantina, y aun tal vez tornados en parte de ella, cuya teoría
distinguía en general toda una serie de fórmulas melódicas
determinadas. Esta misma es a su vez una transformación del
antiguo sistema musical helénico -tal vez bajo influencia
oriental (hebrea), que sin embargo sólo se puede confirmar
por desgracia en su orientación, pero que difícilmente
se remonta aquí, en la construcción de las fórmulas,
a la práctica griega. Porque, que ésta hubiera también
trabajado, en los últimos tiempos acaso, con fórmulas
melódicas fijas es cuestionable, por muy probable que sea
en sí; en relación con la época histórica,
en todo caso, nada se puede denostar en tal sentido, y en cuanto
a que la música eclesiástica recurriera precisamente
a fórmulas musicales sacras de un culto pagano parece excluido
en si mismo. No se puede determinar con seguridad la influencia
obvia en sí misma, de la música de sinagoga, que ha
desarrollado asimismo los tropos y coincide también directamente
en otros aspectos, en una cantidad de giros melódicos, con
fragmentos del canto gregoriano, pero que dependía con todo
en alto grado, por lo menos en sus nuevas creaciones, de los usos
musicales del medio ambiente, y fue en Occidente, entre los siglos
VIII y XIII, el elemento receptor, sobre todo del canto gregoriano
y de la melodía popular y, en Oriente, de la música
helenística, así come también, con mayor limitación,
de la persa y la árabe. Como ya se mencionó en su
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