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Los
fundamentos racionales y sociológicos de la música
(apéndice de Economía y Sociedad)
Max Weber
Toda
la música armónicamente racionalizada parte de la
octava (proporción de oscilaciones de 1 : 2) y la divide
en los dos intervalos de la quinta (2 : 3) y de la cuarta (3 : 4),
o sea en dos fracciones del tipo n / n+1´, llamadas fracciones
propias, que son también las que están en la base
de todos nuestros intervalos musicales por debajo de la quinta.
Ahora bien, si partiendo de un tono inicial se sube o se baja en
"círculos", primero en octavas, luego en quintas,
cuartos o en cualesquiera otras relaciones propiamente determinadas,
no se coincide nunca en uno y el mismo tono, por mucho que se prolongue
el procedimiento. La dozava quinta exacta (2/3), por ejemplo, es
mejor en una coma pitagórica que la séptima octava,
igual a (1/2). Este hecho irremediable y la circunstancia, además,
de que la octava sólo pueda descomponerse por medio de fracciones
propias en dos intervalos desiguales constituyen los hechos fundamentales
de toda racionalización de la música. Examinemos primero
cómo se presenta, vista desde ellos, la música moderna.
Nuestra música armónica de acordes racionaliza el
material sonoro mediante división aritmética, o respectivamente
armónica, de la octava en quinta y cuarta, y luego, prescindiendo
de la cuarta, de la quinta en tercera mayor y tercera menor (4/5
x 5/6 = 2/3); de la tercera mayor, en tono entero mayor y menor
(8/9 x 9/10 = 4/5); de la tercera menor, en tono entero mayor y
semitono mayor (8/9 x 15/16 = 5/6), y del tono entero menor, en
semitono mayor y menor (15/16 x 24/25 = 0/10). Todos esos intervalos
están formados con fracciones de los números 2, 3
y 5. Partiendo ahora de un tono como "tono fundamental",
la música armónica de acordes construye sobre el mismo
y sus quintas superior a inferior sendas quintas divididas aritméticamente
por sus dos terceras cada una, esto es, un acorde normal de "tres
tonos", y tiene, mediante clasificación de los tonos
que forman dichos acordes (o respectivamente sus octavas) en una
octava, el material conjunto de la escala diatónica "natural"
a partir del tono fundamental en cuestión, o sea, según
que la tercera mayor se disponga hacia arriba o hacia abajo, una
escala "mayor" o "menor" respectivamente. Entre
los dos grados diatónicos de semitono de la octava quedan
una vez dos grados de tono entero y, la otra vez, tres, y en ambos
casos es el segundo un pequeño grado de tono entero, y los
otros son grandes. Si se siguen ganando nuevos tonos mediante formación
de terceras y quintas de cada tono de la escala hacia arriba y hacia
abajo dentro de la octava, origínanse entre los intervalos
diatónicos dos intervalos "cromáticos" en
cada caso, de un pequeño grado de semitono, a partir de los
tonos diatónicos superior a inferior, cada uno, separados
entre sí por un resto de intervalo "enarmónico"
("diesis"). Como quiera que las dos clases de tonos enteros
dan entre los dos tonos cromáticos dos clases distintas de
restos enarmónicos de intervalos, y que el grado diatónico
de semitono difiere a su vez del semitono pequeño en otro
intervalo también distinto, resulta que las diesis están
sin duda formadas todas ellas por números a partir de 2,
3 y 5, pero de tres clases distintas, muy complicadas, de magnitudes.
Y en la cuarta por una parte, que sólo puede fraccionarse
propiamente con auxilio del 7, y en el tono entero grande y los
dos semitonos por otra parte, alcanza la división armónica
en fracciones propias de los números 2, 3 y 5 su última
posibilidad.
La música armónica de acordes construida con ese material
sonoro mantiene ahora en principio, en su forma plenamente racionalizada,
para cada construcción musical, la unidad de la escala constituida
por referencia al "tono fundamental" y a los tres acordes
normales principales ("escala propia"): principio de la
"tonalidad". Toda tonalidad mayor tiene el mismo material
sonoro, de escala propia, que su tonalidad paralela menor, cuyo
tono fundamental queda una tercera menor más abajo. Además,
todo acorde de tres sonidos sobre la quinta superior (dominante)
a inferior (subdominante) es "tónico", es decir,
acorde construido sobre el tono fundamental de una tonalidad "de
parentesco muy cercano" en cada caso, del mismo modo (mayor
o menor), que comparte con la tonalidad de partida el mismo material
sonoro, excepto un tono en cada caso. Y en forma correspondiente
desarróllanse los "parentescos" de las tonalidades
ulteriormente en círculos de quintas. Mediante la adición
de la tercera tercera de escala propia a un acorde de tres sonidos,
se originan los acordes disonantes de séptima y en particular,
sobre la dominante de la tonalidad, o sea con la séptrma
mayor de ésta como tercera, el acorde de dominante-séptima,
el cual, como quiera que sólo se da en esta tonalidad, en
dicha composición de sucesión de terceras del material
sonoro de escala propia, la caracteriza de modo unívoco.
Todo acorde construido de terceras admite la "inversión"
(la transposición de uno o más de sus tonos a otra
octava) y da en esta forma un acorde nuevo del mismo número
de tonos y de sentido armónico inalterado. La "modulación"
regular a otra tonalidad tiene lugar a partir de los acordes de
dominante; en forma unívoca se introduce la nueva tonalidad
mediante el acorde de dominante-séptirna o un fragmento inequívoco
del mismo. El final regular de una composición musical, o
de una de sus secciones, la armonía del acorde estricta,
sólo lo admite mediante una sucesión de acordes (cadencia)
que caracterice unívocamente la tonalidad, o sea, normalmente,
de un acorde de dominante y del acorde único de tres sonidos
o, respectivamente, de sus inversiones, o por lo menos de fragmentos
inconfundibles de ambos. Los intervalos contenidos en acordes armónicos
de tres sonidos o en sus inversiones son consonancias ("perfectas"
o "imperfectas" según los casos) y todos los demás
intervalos son "disonancias". El elemento fundamentalmente
dinámico de la música de acordes, que motiva musicalmente
el paso de un acorde a otro, es la disonancia. Para descargarse
de la tensión que comporta, exige su "resolución"
en un nuevo acorde que representa la base armónica en forma
consonante, y las disonancias típicas más sencillas
de la armonía de acordes, o sean los acordes de séptima,
exigen la resolución en acordes de tres sonidos.
Hasta aquí todo parece estar en orden, y en estos elementos
básicos, por lo menos (simplificados artificialmente), podría
el sistema armónico de acordes presentarse a primera vista
como unidad racionalmente completa. Sin embargo, como es sabido,
esto no es así. En efecto, para que al acorde de dominante-séptima
sea representante unívoco de su tonalidad, su tercera, o
sea la séptima de la tonalidad, ha de ser una séptima
mayor, o sea quo, en ]as tonalidades menores, la séptima
menor de las mismas ha de elevarse cromáticamente, en contradicción
con lo que exige el acorde de tres sonidos (ya que en otro caso
el acorde de dominante-séptima de la menor sería al
propio tiempo acorde de séptima de mi menor). Así,
pues, esta contradicción no esta determinada sólo
melódicamerrte, corno se sostiene a menudo (entre otros por
Helmholtz) -porque sólo el grado de semitono que queda debajo
de la octava del tono fundamental posea aquella dependencia que
le impele hacia la octava y le califica como "nota sensible"-,
sino que se halla implícita ya en la función armónica
del acorde de dominante-séptima, si ésta ha de valer
también para el modo menor. En esta alteración de
la séptima menor a mayor se origina en forma de escala propia,
de la tercera menor a partir de la quinta y hacia la séptima
mayor del modo menor, el "acorde aumentado" disonante
de tres sonidos, en contra de la combinación armónica
de terceras que consta de dos terceras mayores. Y el "acorde
disminuido" disonante lo contiene todo acorde de dominante-séptima
de escala propia, a partir de la séptima mayor de la tonalidad
que forma su tercera hacia arriba.
Ya estas dos clases de acordes son, frente a las quintas divididas
armónicamente, propiamente revolucionarias. Con todo, frente
a los hechos de la música a partir ya de J. S. Bach, la armonía
de acordes no ha podido detenerse ni con mucho en su legitimación.
Si se introducen en un acorde de séptima que contenga una
séptima menor dos terceras mayores, entonces queda como resto
una "tercera disminuida" disonante, y si con ella, con
una tercera menor y una mayor se forma un acorde de séptima,
entonces su séptima vuelve a ser "disminuida":
resultan los acordes "alterados" de séptima y sus
inversiones. Y además, mediante combinación de terceras
de escala propia (normales) con terceras disminuidas, se obtienen
los "acordes alterados" de tres sonidos y sus inversiones.
A partir del material de esas categorías de acordes pueden
construirse a continuación las "escalas alteradas"
tan discutidas, a cuya escala pertenecen y vistas desde las cuales
son, pues, disonancias "armónicas", cuyas resoluciones
se pueden construir con las reglas (adecuadamente ampliadas) de
la armonía de acordes y emplearse para la formación
de cadencias. De modo característico, ésas hicieron
su aparición histórica primero en las tonalidades
menores y sólo han sido racionalizadas paulatinamente por
la teoría. Todos esos acordes alterados reconducen de algún
modo a la posición de la séptima en el sistema sonoro.
Es la séptima asimismo la que perturba la paz en el intento
de armonizar la simple escala mayor mediante una serie de acordes
puros de tres sonidos; falta el tono de unión, exigido por
la necesidad de la progresión gradual constante, del grado
sexto al séptimo, y sólo en este lugar, el único
en que falta a los grados la "relación de dominante"
de unos con otros, o sea el grado de parentesco próximo proporcionado
por una de las dominantes de los acordes de tres sonidos que han
de emplearse para la armonización.
Así, aquella necesidad de continuidad de progreso, o sea,
el enlace de los acordes entre sí, ya no se puede fundamentar
por su naturaleza de modo puramente armónico, sino que es
de carácter "melódico". Pero el "melodismo"
en general se halla sin duda condicionado y ligado armónicamente,
pese a lo cual puede con todo deducirse también en la música
de acordes de modo no armónico. Cierto que la formulación
de Rameau, según la cual el "bajo fundamental",
esto es, el tono armónico fundamental de los acordes sólo
puede progresar en cada caso en los intervalos del acorde de tres
sonidos, de las quintas y las terceras justas, ha sometido también
la melodía a la armonía racional del acorde. Y es
sabido que Helmholtz ha desarrollado en forma teóricamente
brillante, y como principio precisamente del puro melodisrno monódico,
el principio de la progresión por lugares hacia los tonos
de "parentesco más próximo" (según
la escala de los tonos enarmónicos y de combinación).
Pero él mismo hubo de introducir como principio adicional
el de la "vecindad de la altura del tono", que trato luego
de adaptar el sistema armónico estricto, en parte de acuerdo
con las investigaciones de Basevis y en parte mediante limitación
de los tonos explicables sólo melódicamente, a mera
función de "transición". Es el caso, sin
embargo, que el parentesco y la vecindad del tono se hallan uno
con respecto a otro, debido a que el paso de segunda -y en particular
el paso particularmente "sensible" de semitono- une precisamente
dos tonos distantes en el mundo físico entre sí, en
oposición irreconciliable, sin hablar del reparo general
de que precisamente la escala de los enarmónicos se halla
en la base de la armonía no de modo completo, sino en virtud
de pasar por alto determinados grados, o sea en forma señaladamente
incompleta. Las melodías, inclusive las de la "frase
pura" más estricta, no son siempre en modo alguno sólo
acordes rotos, es decir, proyectados en sucesión tonal, ni
están siempre acopladas en sus progresos por tonos enarmónicos
armónicos del bajo fundamental y, a mayor abundamiento, con
meras columnas de terceras, disonancias armónicas y sus resoluciones
nunca hubiera podido construirse una música. En efecto, no
sólo de la complicación de los progresos en cadena,
sino también de las necesidades melódicas que han
de entenderse como condicionadas sobre todo por la distancia, por
la proximidad al tono, resultan aquellos numerosos acordes que no
descansan en la construcción de terceras y que no son, por
consiguiente, ni representantes de una tonalidad ni tampoco, por
lo tanto, invertibles, ni hallan, pues, su resolución en
un acorde totalmente nuevo, pero
que caracterice con todo, completándola, la tonalidad: aquellas
disonancias llamadas "melódicas" o -desde el punto
de vista de la armonía de acordes "casuales". La
armonía de acordes trata los tonos ajenos a la armonía,
o también a la escala, de semejantes acordes, según
los casos, como "transiciones", o como tonos "sotenidos"
o "repetidos" al lado de las voces que progresan conforme
a acordes, cuya relación cambiante con respecto a ellos imprime
luego a la construcción su carácter específico,
o como "anticipos" o "apoyaturas no acentúa
las" de tonos pertenecientes al acorde, antes o después
de los acordes respectivos, o bien, por último y sobre todo,
como "retardos", esto es: como tonos armónicamente
ajenos en un acorde, que han desplazado en cierto modo de su lugar
a los tonos propiamente correspondientes y no pueden, pues, aparecer
"libremente" como las disonancias "armónicas"
legítimas, sino que han de ser siempre "preparados".
No exigen la resolución armónica específica
del acorde, sino que ésta se produce, en principio por lo
menos, por el hecho de que los tonos a intervalos suplantados vuelven
en cierto modo a restaurarse en sus derechos vulnerados por tonos
rebeldes. Ahora bien, esos mismos tonos ajenos al acorde son por
su naturaleza precisamente por su contraste con la exigencia del
acorde, el medio más eficaz del dinamismo del progreso por
una parte y, por la otra, también de la unión y el
enlace de las sucesiones de acordes. Sin esas tensiones ocasionadas
por el irracionalisrno de la melodía no habría música
moderna, de la que ellas constituyen uno de los medios de expresión
más importantes. Porque aquí sólo se trataba
de recordar, sobre la base de los hechos más elementales,
que la racionalización de la música conforme a acordes
vive siempre no sólo en tensión constante frente a
las realidades melódicas, a las que no logra nunca absorber
por completo, sino que contiene también en sí misma,
debido a la posición asimétrica de la séptima
-desde el punto de vista de la distancia-, irracionalidades que
hallan su expresión más simple en la polifonía
armónica inevitable mencionada de la estructura de la escala
del modo menor.
Pero ni tampoco desde el punto de vista de la física del
sonido se resuelve, como es sabido, el sistema sonoro armónico
de acordes, de modo satisfactorio. El fundamento de su estructura
moderna es la escala de de mayor. En la afinación justa esta
comprende, a partir de los 7 tonos de la octava hacia arriba y hacia
abajo, 5 quintas justas, otras tantas cuartas, 3 sextas mayores
y 2 menores y 2 séptimas mayores de tonos de su escala propia,
y en cambio -debido a la diversidad de los pasos de tono entero-,
dos claves de séptimas menores (3 de 9/16 y 2 de 5/9) que
difieren entre sí en la coma "sintónica"
(80/81). Pero ante todo a partir de ahí, tiene en el marco
de los tonos diatónicos, una quinta y una tercera menor hacia
arriba, en cada caso, y una cuarta y una sexta mayor hacia abajo,
las cuales difieren frente a los intervalos justos en la misma coma
y dan, para la quinta re-la (27/40), una proporción que,
dada la sensibilidad de la quinta con respecto a todas las desviaciones,
suena algo "impura". Y con el mismo carácter inevitable,
la tercera menor re-fa es una tercera menor (8/9 : 3/4 = 27/32)
determinada también ("pitagóricamente")
por los números 2 y 3. Esta falla de la racionalización,
que proviene del hecho de que las terceras justas sólo se
pueden construir con la cooperación del número primo
5 y que, por consiguiente, el círculo de quintas no puede
conducir a terceras justas -lo que puede en consecuencia, interpretarse
con M. Hauptmann como la oposición de la determinación
de las quintas y las terceras-, no puede eliminarse en modo alguno:
re y fa son los "tonos límites" de la tonalidad
armónica de re mayor.
Y, por supuesto, no puede mejorarse tampoco la racionalización
mediante el empleo auxiliar de los intervalos que pan de formarse
con el número 7 u otros números primos mayores. Como
es sabido, se encuentran tales intervalos en la escala de los enarmónicos
empezando con el séptimo tono, y la división armónica
de la cuarta (en lugar de la quinta, como en nuestro sistema tonal)
sólo es posible, en fracciones propias, con el número
siete (6/7 x 7/8 = 3/4). Con todo, por mucho que la séptima
natural, o sea el séptimo enarmónico armónico,
que en los instrumentos de cuerda ha de atenuarse ligeramente, pero
que aparece en todos los de aliento naturales (= 4/7, la nota "i"
de Kirnberg, que según se dice se da en las pipas vocales
japonesas), consume con do-mi-sol -de ahí que Fash haya tratado
de introducir dicho tono también en la música práctica;
por mucho, además, que también el intervalo 5/7 ("tritono
natural", cuarta aumentada, que es el único intervalo
de afinación "justa" de la pipa sonora japonesa)
se percibe como consonancia, y por mucho, finalmente, que otros
intervalos con siete hayan sido familiares a la música asiática
(intervalos de 7/8 como tono entero en el king, instrumento principal
de la orquesta china, en la octava más baja) y arábiga
y, en la Antigüedad, si no tal vez a la práctica musical
como se pretende, si, con todo, a los teóricos helenísticos
(y a estos inclusive otros de números primos mayores) hasta
en las épocas bizantina e islámica y, más todavía,
a los persas y los árabes, aún así no puede
obtenerse mediante su empleo auxiliar sistema de intervalos racional
alguno que se pueda emplear en la música de acordes. Por
lo demás, dichos intervalos son tal vez producto, en la música
del Lejano Oriente, de aquella racionalización emprendida
sobre bases totalmente extra musicales, de la que hablaremos todavía.
Por lo demás, en sí mismo el 7 sería sin duda
perfectamente legítimo en sistemas musicales cuyo intervalo
básico fuera (al lado de la octava) no la quinta y tercera,
sino la cuarta. En nuestros pianos, destinados a la música
de acordes, el séptimo tono armónico se elimina por
medio del lugar de ataque del martillo, y, en los instrumentos de
cuerda, mediante la manera de llevar el arco, en tanto que en los
de aliento naturales fue "empujado" hacia las séptimas
armónicas. Y los intervalos con 11 y 13 con mayor motive,
tales como los contiene la escala de los enarmónicos y Chladni,
por ejemplo, pretendían haberlos oído en algunos aires
populares suevos, no han sido acogidos, por lo que se sepa, en música
culta alguna, racionalizada por lo menos, en tanto que los persas
pan introducido un intervalo formado con 17 en la escala arábiga.
Una música, finalmente, que elimine inversamente el número
5 y, con ello, la diversidad de los pasos de tono entero, limitándose
a los números 2 y 3 y que ponga en la base como tono entero
único el mayor (con la proporción 8/9), o sea el "tonos"
de los griegos, el intervalo entre quinta y cuarta (2/3 : 3/4 =
8/9), obtiene con todo (contado de abajo arriba) 6 quintas justas
y otras tantas cuartas (de todos los tonos, excepto de la cuarta
a la séptima) en la octava diatónica. Consigue con
ella la ventaja, importante precisamente en relación con
músicas puramente melódicas, de poder trasponer a
la quinta o la cuarta, de manera óptima, movimientos melódicos,
circunstancia en que se funda en gran parte la preponderancia temprana
de dichos dos intervalos. Pero elimina por completo las terceras
armónicas, que sólo pueden formarse como justas mediante
partición armónica de la quinta con empleo del número
5 y, con ello, también el acorde de tres sonidos, o sea,
asimismo, la distinción de los modos mayor y menor y el anclado
tonal de la música armónica en el tono fundamental.
Tal fue el caso en la música helenística y también
en los llamados "modos eclesiásticos" de la Edad
Media. En el lugar de la tercera mayor figuraba allí el ditono
(mi : re = 8/9 x 8/9 = 64/81), y en lugar de los semitonos diatónicos
el "leimma" (intervalo residual del ditono frente a la
cuarta - 243/256). La séptima se hace así = 128/243.
La ganancia arrnónica de tonos deteníase, pues, en
la primera partición de la octava, que se consideraba descompuesta
mediante quinta y cuarta en dos series de cuartas simétricas
(do-fa, sol do') separadas por el "tonos" ("diazeúcticas"),
en contraste con las dos unidas en de mediante sinafe": identidad
del tono final de una con el tono inicial de la otra ("sinemmenas").
La obtención de los tonos particulares de dichas series no
podía, pues, pensarse come realizada por partición
armónica de las quintas, sino en el interior de la cuarta
en cuanto intervalo menor de los dos, y no mediante "partición"
armónica de la misma (que sólo es siempre posible
con 7), sino según el principio de la igualdad de los pasos
(de tono entero), ("principio de la distancia"). En consecuencia,
la diversidad de los dos tonos enteros originados por partición
armónica y los dos semitonos armónicos habían
de desaparecer. El leimma, o sea la diferencia entre el ditono y
la cuarta, es en esa afinación pitagórica una proporción
formada sin duda con 2 y 3, pero, con todo, más irracional.
Y lo propio ocurre con todo otro intento de partición de
la cuarta en tres distancias, come se ha probado reiteradamente
de hacerla en teoría (y se ha practicado efectivamente en
la música arábigo-oriental), pero que, sin embargo,
no resulta posible sin números primos mucho más altos,
ni se puede utilizar armónicamente.
Muchas escalas racionalizadas en forma primitiva se contentan con
la introducción de una sola distancia tonal, por lo regular
de un tono entero, en el interior de las dos cuartas "diazéuticas":
"pentafonía". Parece seguro que la pentafonía,
que constituye hoy en día todavía el sistema oficial
chino y la base, por lo menos de una, pero originariamente de las
dos escalas javanesas probablemente, y se encuentra asimismo en
Lituania y Escocia y tanto en Irlanda y el país de Gales
como entre los indios, mogoles, anamitas, cambodianos, japoneses,
papúas y los negros de Fullah, jugó en el pasado de
la música un papel importante, también entre nosotros.
Muchas de las melodías indudablemente más antiguas
de las canciones infantiles de Westfalia, por ejemplo, muestran
una estructura claramente pentafónica, libre además
de semitonos ("anhemifónica"), y la receta conocida
pare la creación de composiciones de carácter folklórico,
consistente en no emplear más que las cinco teclas negras
del piano, que representan un sistema pentafónico, forma
parte de la misma categoría de hechos. Por lo que se refiere
a la antigua música gaélica y escocesa, el dominio
de la "anhemifonía" no ofrece duda, y en cuanto
a la música eclesiástica occidental más antigua
creían Riemann y O. Fleischer, aunque en otra forma este
último, poder demostrar sus vestigios. En particular, parece
haber sido pentafónica la música de los cistercienses,
los cuales, conforme a la regla de su Orden, practicaban la evitación
puritana de todo refinamiento incluso en este terreno. Y se encuentra
asimismo entre las escalas de los cantos israelitas de las sinagogas
que, por lo demás, se fundan en una base helenístico-oriental,
una sola escala pentafónica.
Ahora bien, la pentafonía va a menudo de la mano con una
evitación del peso de semitono determinada por el "ethos"
de la música. Se ha sacado de ello la conclusión de
que dicha evitación constituía precisamente motivo
musical. El cromatismo es antipático tanto a la Iglesia primitiva,
como, por ejemplo, a los trágicos griegos más antiguos
y a la teoría de música confuciana burguesamente racional.
De los pueblos de música artística del Lejano Oriente
sólo se entregaron en principio fuertemente al cromatismo
los japoneses, de organización feudal, con su tendencia a
la expresión apasionada. Los chinos, en cambio, los anamitas,
cambodianos y música javanesa más antigua (escala
"slendro") le son tan refractarios como a todos los acordes
del modo menor. Ahora bien, no hay seguridad, con todo, de que las
escalas pentafónicas sean por doquiera las más antiguas,
figuran a menudo al lado de escalas de mayor número de tonos.
En cuanto a las numerosas escalas incompletas de los hindúes,
que figuran al lado (las series completas de octava, sólo
en una pequeña parte presentan un aspecto parecido al de
la pentafonía usual. Resulta difícil, sin embargo,
determinar en qué medida sean producto de alteraciones y
corrupciones de escalas pentafónicas. En la mayoría
de los casos, su carácter más antiguo, por lo menos
frente a las escalas que figuran ahora a su lado, parece mucho más
probable. También en la música de los indios Chippewah
se encuentra pentafonía (según los fonogramas de Densmore)
precisamente en los cantos de ceremonias que, como es natural, son
los que se han conservado impuros. Es incierto, sin embargo, hasta
que punto fuera decisivo para la conservación de la pentafonía
también en la música artística la anticipación
contra el intervalo irracional de semitono, por motivos musicales,
de superstición o (en China) racionalistas, o bien, inversamente,
la dificultad de la entonación unívoca. Porque el
hecho de que precisamente la música verdaderamente primitiva,
esto es, no racionalizada tonalmente o sólo poco, evite el
semitono es cosa que no se puede demostrar, y los fonogramas, sobre
todo los de melodías de los negros, muestran más bien
lo contrario. De ahí que últimamente se Ilegue a negar
directamente que la pentafonía haya tenido en absoluto su
fundamento originario en la tendencia a la evitación del
paso de semitono, como, por ejemplo, suponía también
Helmholtz. Éste proponía simplemente, como razón
de su origen, una ruptura anterior de la serie de los tonos emparentados
en los grados más cercanos con la tónica en las músicas
primitivas, punto de vista insostenible, según lo revela
el análisis dichas músicas. Porque no es raro encontrarla
(por ejemplo, en las melodías pentafónicas japonesas:
escala do, re bemol, fa, sol, la bemol, do´ frente a do, re,
fa, sol, la, do' de los chinos, lo mismo que en la escala javanesa
"pelog" más reciente, que contiene siete grados,
pero cuya escala de uso es cinco grados) de tal forma que, en el
interior de la cuarta, figure precisamente un intervalo de semitono
al lado de una tercera vacía. Sin embargo, frente a anhemifonía,
esto sólo se encuentra en la minoría de los de los
casos -también en la pentafonía de los indios de la
América del Norte. En tales casos, pues, la pentafonía
significaría el empleo de los intervalos de quinta, cuarta
y tercera mayor, a cuyo lado no quedaría luego sino el semitono.
Pero aquí, si es que ha de entenderse como tercera armónica
y no como distancia diatónica, es posible que la tercera
sólo se haya impuesto paulatinamente, y que la eliminación
del tono entero haya sido secundaria. A las músicas pentafónicas,
en la medida en que emplean el tono entero, o sea la diferencia
entre quinta y cuarta, les es sin duda inherente por naturaleza
un intervalo correspondiente a la tercera menor, pero en medida
pitagórica (27/32), como en la afinación "justa"
entre de y fa, debido a la eliminación del semitono (así,
por ejemplo, también entre los indios), Pero no en cambio,
por lo que se sepa, la tercera mayor y, menos aún, la medición
armónica. En efecto, en las músicas verdaderamente
primitivas ésta es rara. Antes bien, en muchas músicas
registradas iconográficamente aparece el intervalo de tercera
en forma impura, o sea no como tercera armónica ni tampoco
-lo que podría relacionarse, por una parte, con las exigencias
de pureza muy altas de la tercera precisamente, si han de evitarse
fluctuaciones, y con el hacerse éstas más rápidamente
borrosas, por la otra- como ditono, sino como la Ilamada tercera
neutra (la cual, según Helmholtz, producida por tubos cubiertos
del órgano, consuena también de modo aceptable), en
determinación muy incierta además, de modo que el
empleo de la tercera mayor justa no resulta probable en una escala
en algún modo "primitiva". Y no resulta ya precisamente
probable que la pentafonía represente una escala verdaderamente
"primitiva", por el hecho de que, por lo que sepamos,
la base del melodismo práctico la constituye por doquiera,
inclusive en más músicas más primitivas, una
distancia cercana, por lo menos en alguna forma, al tono armónico
entero, y allí donde aparecen la cuarta y la quinta, dicha
base la constituye regularmente la distancia entre estas como diferencia
entre las mismas. Así, pues, la pentafonía presupone,
al parecer por lo menos, la octava y su "partición",
cualquiera que sea, esto es, una racionalización parcial,
y no es, por consiguiente, algo verdaderamente primitivo. Por otra
parte, no cabe la menor duda de que tampoco la estructura de un
sistema pentafónico anhemifónico ha de descansar necesariamente,
en sí, sobre la cuarta precisamente como intervalo fundamental.
La escala irlandesa, por ejemplo, tal como la representa en 747
el sínodo de Cloveshoe, cual "modalidad de canto de
nuestros antepasados irlandeses" frente al coral gregoriano,
se empleaba en el siglo XI como "acórdica", y estaba
exenta de semitonos. Y, de modo general, si se lee una escala anhemifónica
en lugar de como do, re, fa, sol, la, do, como fa, sol, la, do,
fa, entonces esta comprende las segunda, tercera menor (o tono y
medio pitagórico), tercera mayor (o ditono), quinta y sexta.
No faltan, por casualidad, en este caso la tercera y la séptima,
sino la curarta y la séptima. Y, efectivamente, el "sentido"
de la pentafonía no resulta unívoco desde este punto
de vista. Si pusiéramos como base de nuestras ideas en materia
de tonalidad, muchas de las melodías pentafónicas
-entre ellas muchas de las escocesas y el Himno del Templo citado
por Helmholtz corresponderían al segundo tipo. Ahora, al
lado de la séptima, difícil de cantar en todas partes,
parece ser que en algunas regiones la cuarta resulta más
difícil de entonar para los principiantes, contrariamente
a la regla, que la tercera en particular, así, por ejemplo,
según Densmore entre los indios y, según Ferd. Hand,
entre los niños en Suiza y el Tirol. Pero esto último
bien pudiera ser una consecuencia del desarrollo hacia la tercera,
característico del Norte, del que habremos de hablar todavía.
También la anhemifonía de los cistercienses se acompañaba
de una predilección específica de los mismos por la
tercera. En presencia de los hechos mencionados, resulta muy dudoso
que, según opina Helmohltz, el tratamiento más favorable,
en la música noreuropea, de la tercera, que en las tesituras
altar suena más fácilmente pura debido al mayor número
de oscilaciones, tenga algo que ver con el hecho de que allí
participen en el coro las mujeres, a las cuales la Antigüedad,
por lo menos en el terreno de los grandes centros culturales (Atenas,
Roma), y la Iglesia de fines de la misma, de orientación
ascética, las excluían lo mismo que la medieval. Por
lo que yo pueda apreciar, en las músicas de los pueblos primitivos,
la participación, muy diversa, de las mujeres en el canto
tiene lugar en una diferencia correspondiente a la actitud de aquéllos
con respecto a la tercera (en lo que, sin embargo, hay que tener
presente que no consta de una manera unívoca si en cada caso
se oye la tercera o la distancia ditónica). En la Edad Media,
la cuarta fue clasificándose, también en la teoría,
entre las disonancias, paralelamente al avance de la tercera (aunque
en buena parte debido al hecho de que la teoría [prescindiendo
del Organum, etc.] no la tolerara ni en los acordes de tres sonidos,
o sea en los finales, ni en movimiento paralelo, con lo que armónicamente
resultaba en desventaja. Y entre los indios, cuya pentafonía
va desapareciendo, las terceras (las menores y ]as neutras) juegan
asimismo un papel importante. Así, pues, los dos intervalos
vecinos de la cuarta y la tercera parecen haber estado históricamente
en una especie de antagonismo -lo que le fue fácil demostrar
a Helmholtz con el auxilio de su teoría (Tonempfindungen
["Sensaciones de sonido"], 3ra. edición, p. 297)-,
de modo que la pentafonía en sí podría muy
bien acoplarse con la una o con la otra. Sin embargo, por razón
de la posición general de la cuarta en la música antigua,
esto no parece muy probable; porque, hasta donde alcanzan nuestroé
conocimientos actuales, la quinta, y con ella también la
cuarta, parecen surgir, dondequiera que se haya "reconocido"
una vez la octava, como los primeros -y en la mayoría de
los casos también únicos- intervalos armónicamente
"justos", y la cuarta ha poseído además
en la inmensa mayoría de todos los sistemas de música
conocidos, incluidos aquellos que como el chino no han construido
una teoría propiamente "tetracorde", la importancia
de un intervalo fundamental melódico. En forma típica,
el canto de los niños de Westfalia se mueve del tono central
más frecuente (sol) -el tono melódico principal- Una
cuarta hacia arriba y una hacia abajo. De las dos escalas javanesas,
una (la slendro) posee una cuarta y una quinta aproximadamente justas,
con un tono en el centro de cada una de las dos distancias de cuarta
que constituyen en forma diazéuctica la octava, y también
la otra (la pelog) parte del tono central hacia arriba y hacia abajo
en sendas cuartas unidas, aproximadamente puras, y su escala práctica
usual comprende, contando desde el tono más bajo: tono inicial,
tercera neutra, cuarta, sexta neutra y séptima menor. J.
C. N. Land considera a la primera como de origen chino antiguo,
y a la segunda como de origen arábigo. En conjunto, lo más
verosímil es probablemente la interpretación de la
pentafonía como combinación de dos cuartas diazéucticas,
en la que originariamente éstas sólo estarían
partidas por un intervalo, el cual, según el movimiento melódico
(y en particular según que fuera hacia arriba o hacia abajo)
hubo de ser móvil y era eventualmente irracional. En esta
forma se podría explicar, por ejemplo, el sistema "pelog"
javanés, y los documentos más claros en favor de un
desarrollo en el sentido de que los tonos extremos de las cuartas
son los primeros en hacerse inmóviles, como fundamentos de
toda determinación de intervalo se encuentran tanto entre
los griegos como entre los árabes y los persas. A partir
de aquí, el desarrollo mismo podía luego progresar,
por supuesto tanto hacia un sistema tonal irracional, con excepción
de la cuarta, corno hacia la anhemifonía, o corrió,
finalmente, hacia la pentafonía con semitonos y tercera mayor
o también -como en muchos cantos escoceses- con tono entero
y tercera menor. El tropos espondaico de los griegos, que en cuanto
melodía del sacrificio tuvo que ser indudablemente muy antiguo,
era según Plutarco, pentafónico, y aun obviamente
anhemitónico. El segundo Himno délfico a Apolo, compuesto
tardíamente, pero con estilo visiblemente arcaizante, parece
evitar el empleo de más de tres tonos de un tetracordio,
pero no, en cambio, el paso de semitono. En conjunto, la evitación
o la degradación de los semitonos a distancias sólo
melódicamente "sensibles" constituye probablemente
el sentido "tonal" más antiguo, y probablemente
el más difundido también, de la pentafonía,
que representa ya ella misma una especie de selección de
intervalos armónicos racionales de entre la profusión
de las distancias melódicas. En todo caso, hemos salido ya
aquí, con todos estos fenómenos, del dominio de la
obtención armónica de intervalos, que toma el camino
de la partición de la quinta, adentrándonos en el
terreno de la formación de la escala mediante mera selección
de distancias melódicas en el interior de la cuarta, que
deja a la discreción una libertad considerablemente más
amplia que toda escala determinada armónicamente. De esta
libertad las escalas de las músicas puramente melódicas
han hecho un uso abundante. Y, ante todo, la teoría. Si se
empezaba por partir de la cuarta como intervalo melódico
fundamental, abríanse posibilidades ilimitadas, y en principio
discrecionales, de su "partición" más o
menos racional mediante cualquiera combinación de intervalos.
Las escalas de los teóricos helenísticos, bizantinos,
árabes e hindúes, que manifiestamente se han influido
recíprocamente, indican, en los libros más diversos,
semejantes combinaciones de las que, sin embargo, ya no se puede
hoy comprobar hasta que punto hayan tenido efectivamente aplicación
en la música práctica. Lo único que habla en
favor de tal aplicación es la indicación, que se encuentra
en la teoría oriental y en la bizantina, influida manifiestamente
ésta por aquella, con mayor frecuencia y en forma más
típica todavía que en la helenística, relativa
a un "ethos" específico de las distintas modalidades
de partición, que permite suponer que, efectivamente, por
lo menos en los círculos que patrocinaban la música
artística de la época, los efectos de dichas escalas
sumamente barrocas se apreciaban. Pero, en que medida esto tuviera
lugar es totalmente incierto asimismo. En la medida en que había
detrás de ello verdaderas realidades de la práctica,
tratábase probablemente, por lo menos en parte -pero precisamente
sólo en parte- de una especie de construcción de panteón
de efectos de instrumentos originariamente locales y, al lado de
esto, ocasionalmente, de la transferencia de efectos de determinados
instrumentos a otros, por ejemplo, de los sonidos naturales de los
instrumentos de viento a los de cuerda. Ambas cosas habrán
sido objeto luego de racionalización. Una diferenciación
originariamente local de las escalas melódicas se pone muy
claramente de manifiesto en las designaciones regionales de las
tonalidades griegas (dórica, frigia, etc.), lo mismo que
en las escalas hindúes y en la partición arábiga
de la cuarta. Un desarrollo de origen instrumental diverso del sistema
tonal de las distancias, promovido probablemente al principio por
la adopción de intervalos lo muestran ciertos fenómenos
de las músicas griega y árabe.
En el sistema tonal griego de la época clásica, la
cuarta estaba dividida, como es sabido, además de la partición
diatónica efectuada pitagóricarnente en relación
con la distancia, también, primero, en tercera menor y dos
semitonos (cromáticamente), y luego en tercera mayor y dos
cuartos de tono (enarmónicamente), o sea pues, en ambos casos,
con eliminación del tono entero. Que se tratara en ello de
la interpolación de verdaderas terceras, de tal manera que
los dos pequeños pasos de tono quedaran como resto, es sumamente
improbable, pese a que precisamente esos (los modos tonales dieran
lugar por vez primera al cálculo armónicamente correcto
de la tercera mayor por parte de Arquitas y de la tercera menor
por parte de Eratóstenes. Parece ser, más bien, que
se buscaba el "pyknon", el cromatismo y la enarmonía
como medios de la expresión melódica. El stasimon,
conservado en parte, del Orestes de Eurípides, que al parecer
contiene "picnos" enarmónicos, forma parte en versos
dócmicos de las estrofas más movidas de la obra, y
tanto los comentarios burlones de Platón en la República
como, a la inversa, los de Plutarco, como, finalmente, los muy posteriores
de la época bizantina, demuestran que en la enarmonía
se trataba de un refinamiento melódico. Dados los siete grados,
fijados tradicionalmente (y considerados sagrados), de la octava,
la teoría ya no conservaba más, en esta forma, que
un paso de tono aumentado a la cuarta. Es sumamente probable que
la escala cromática, y a continuación de ella la enarmónica,
sólo llegaran a la música práctica primero
a través del aulos, que daba unas desviaciones irracionales
de intervalos racionales enumeradas todavía por Aristoxenos.
Y esta hipótesis, correspondiente a la tradición,
se ve además reforzada por el hecho de que se encontrara
en Bosnia un instrumento parecido al aulos, que da la escala "cromática"
de los griegos, y que tal sea también el caso, al parecer,
en relación con ciertos instrumentos de las Islas Baleares.
Como quiera que en el aulos, tanto la formación de tonos
cromáticos como la corrección de intervalos irracionales
tenía lugar mediante oclusión parcial de los orificios
-lo mismo que en todas las músicas antiguas que conocieron
la flauta-, la producción de cualesquiera portamentos y de
intervalos intermedios y parciales era aquí muy obvia. Y
al transportar esos intervalos de la flauta a la cítara,
tratóse de racionalizarlos, surgiendo la controversia, a
la que los teóricos posteriores habían de conferir
mayor extensión, acerca de la naturaleza de los intervalos
de un cuarto o un tercio de tono. Sea ello como fuere, lo cierto
es que se trata aquí de un sistema de intervalos que no era
primitivo, sino que pertenecía, por el contrario, a la música
cultivada de los griegos. Según los hallazgos de papiros,
dicho sistema no lo conocían los etolios ni otros pueblos
poco cultivados por el estilo, y también la tradición
considera al cromatismo como más joven que la diatónica
y a la enarmonía del cuarto de tono corno la más joven
de dichas manifestaciones, correspondientes, concretamente, a las
épocas clásicas y posclásicas, la cual, por
una parte, era rechazada todavía por los dos trágicos
más antiguos y, por la otra, estaba ya en decadencia en la
época de Plutarco (muy a su pesar). Por supuesto, ni la serie
de tonos cromática ni la enarmónica nada tienen que
ver desde el punto de vista "tonal" con nuestro concepto,
condicionado armónicamente, del "cromatismo", pese
a que la alteración cromática de los tonos y su recepción
y legitimación armónica en el Occidente se remonten
históricamente a las mismas necesidades que las de los pienos
de los griegos: primero, en el sentido de suavización melódica
de la dureza de la diatónica pura de los modos eclesiásticos,
y luego, en el siglo XVI, que es el que legitimó la mayoría
de nuestros tonos cromáticos, como medio de expresión
dramática de las pasiones. Que las mismas necesidades de
expresión Ilevaran allí a una descomposición
de la tonalidad y aquí (aunque la teoría del Renacimiento
propendiera a ver en el cromatismo un resurgir de los antiguos modos
tonales y se esforzara por conseguirlo) a la creación de
la tonalidad moderna, residía en la estructura más
diversa de las músicas en las que aquellas construcciones
sonoras se hallaban contenidas en cada caso. Los nuevos tonos cromáticos
de partición se constituyeron en la época del Renacimiento
como determinados por las terceras y las quintas. Los tonos de partición
griegos, en cambio, son producto de una construcción sonora
puramente conforme a la distancia, surgida exclusivamente del cultivo
de intereses melódicos. En todo caso, tratase, en los intervalos
de cuarto de tono griegos, de intervalos que pertenecieron a la
música real -en la Antigüedad reciente, manifiestamente,
según observaciones de Bryennius sobre la Analysis organica,
a los instrumentos de cuerda y que pertenecen todavía al
Oriente, siquiera esencialmente (u originariamente) corno "tonos
arrastrados".
Al lado de esos tan decantados cuartos de tono griegos, han jugado
en particular un papel sumamente confuso en la historia de la música
a partir de los trabajos de Villotenu y Kiesewetter, los "tercios
de tono" arábigos, en número de 17 en cada octava.
De acuerdo con los análisis más recientes de la teoría
arábiga de la música, de Collangettes, habría
que representarse su origen de la siguiente manera: la escala anterior
al siglo X constaba, en la hipótesis de Collangettes, de
9 tonos en la octava (10 si se cuenta la octava superior del tono
inicial), por ejemplo, do, re mi bemol mi, fa, sol, la bemol, la,
si bemol, do', concebidos como dos cuartas enlazadas por el tono
fa, al lado de los cuales había un paso de tono dizéuctico
(si bemol-do). Esta división de la octava, afinada en forma
puramente pitagórica, se remonta con seguridad a una influencia
griega, sólo que, además de con el tonos y el ditonos
desde abajo, dividía también la cuarta con el tonos
desde arriba. Los instrumentos arábigos antiguos, sobre todo
los que se derivan de la gaita, propia de todos los nómadas,
nunca se adaptaron probablemente por completo a dicha escala, porque
la tendencia de los tiempos posteriores se dirigió sin excepción
a poseer, al lado de la pitagórica, otra tercera y, por otra
parte, el racionalismo de los reformadores de la música,
procedentes de la teoría matemática, ha trabajado
incesantemente en el sentido de la compensación de las discrepancias
resultantes de la asimetría de la octava. De los productos
de estos últimos se hablará más adelante; aquí
en cambio, digamos sólo brevemente algo acerca de los primeros.
El vehículo del desarrollo tanto extensivo como intensivo
de la escala fue el laúd (el vocablo es árabe), que
durante la Edad Media se convirtió en el instrumento decisivo
de los árabes para la fijación de los intervalos,
del mismo modo que la citara lo fue para los griegos el monocordio
en Occidente, y la flauta de bambú en China. Según
la tradición, el laúd tenía primero cuatro
cuerdas, y luego cinco, afinadas cada una una cuarta más
alto que la precedente, abarcando cada una una cuarta, y con afinación
pitagórica, dividida cada una, entre los tonos enteros de
la cuarta por tres tonos intermedios obtenidos racionalmente: tono
entero de arriba y de abajo y ditono de abajo (o sea, por ejemplo:
do, re mi bemol, mi, fa, en determinación pitagórica).
Probablemente una parte de esos intervalos se empleaba al subir
y otra al bajar. Esto daba para la escala, si la teoría incorporaba
todos los tonos a la misma, dos tonos cromáticos pitagóricamente
determinados. Pero después que el intervalo central (mi bemol)
hubo recibido de los persas por una parte y del reformador de la
música Zalzal por la otra una determinación irracional
doblemente diversa y que de estos intervalos irracionales, en lucha
unos con otros, uno se afirmara en el laúd, esto vine a significar
que, en cada una de las cinco cuartas, la existencia de un intervalo
más incorporado a la misma octava, daría efectivamente,
en ésta, un aumento de los tonos cromáticos de 12
a 17. En la clasificación práctica de los trastes
del laúd parecen haberse empleado promiscuamente, entre los
siglos X y XIII, los intervalos pitagóricos y las dos clases
de intervalos irracionales, y en la escala de la octava se los dispuso
de tal manera que, entre mi bemol-mi y la bemol-la, se admitieran
las dos terceras irracionales, y enfre do-re y fa-sol, en calidad
de "tonos sensibles" -como diríamos nosotros- hacia
los tonos enteros inferiores, un leimma pitagórico (ditono
contado a partir de los tonos enteros superiores fa o respectivamente
si bemol) así como, además, sendas distancias de semitono
determinadas en intervalos totalmente irracionales, cada una de
las cuales correspondía a una de las terceras irracionales,
o sea, en conjunto, tres intervalos, de modo que, en la cuarta do-fa,
se originaba la siguiente escala: do, de sostenido pitagórico
de sostenido persa, de sostenido zalzálico, re, mi bemol
pitagórico, mi persa, mi zalzálico, mi pitagórico,
fa, y en forma correspondiente en la cuarta fa-si bemol, de las
cuales sólo podía figurar una de las tres categorías
de intervalos en una melodía. En el siglo XIII la cosa se
llevó luego a fracciones y potencias de los números
2 y 3, determinándose por medio del círculo de quintas,
de modo de cada una de las dos cuarlas contenía la segunda
y el ditono de arriba y de abajo (y la superior además la
segunda de abajo) y, al lado de ello, dos tonos separados entre
sí por una distancia de segunda, el segundo de los cuales
distaba en dos "leimas" del tono entero inferior, de manera
que el superior distaba del tono entero superior en la distancia
de la apotomé (igual a tono entero menos Ieima) menos el
leima, o sea, por ejemplo: sol bemol pitagórico, sol bemol
pitagórico más leima sol, la bemol pitagórico,
la bemol pitagórico más leima la, la pitagórico,
si bemol. Finalmente, el cálculo sirio-arábigo (M.
Meschaka), que distingue en la octava 24 cuartos de tono, divide
en realidad, si se destacan los intervalos más importantes
en la música, cada una de las dos cuartas enlazadas por ellos
mediante un paso de tono entero (8/9), que equipara a cuatro "cuartos
de tono", y dos pasos distintos de "tres cuartos de tono"
(11/12 y 81/88) que equipara, ambos, a tres "cuartos de tono".
Así, pues, estos siete intervalos de empleo más frecuente
en la música práctica representarían la segunda,
la antigua tercera de Zalzal (8/9 x 11/12 = 22/27), la cuarta, la
quinta, la sexta de Zazal (=una cuarta arriba de la tercia de Zalzal)
y la séptima menor como tono final de la cuarta superior,
de modo que de allí quedaría el paso entero característico
a la octava superior. En todo caso, sin embargo, trátase
aquí, en los "cuartos" y los "tercios"
de tono, de intervalos que no son sin duda de origen armónico,
pero que, por otra parte, tampoco son verdaderamente "igualmente"
grandes entre sí -como lo veremos más adelante en
las distancias "temperadas"-, aunque la teoría
propenda a considerarlos como una especie de denominadores generales
en materia de distancia y como el "átomo" musical,
por así decir, de lo "acústicamente perceptible",
de que Platón hace mofa. Lo propio cabe decir del cálculo
de "sruti" de la música cultivada hindú,
con 22 tonos supuestos "iguales" en la octava en la que,
con todo, el tono entero mayor es equiparado a 4, el menor a 3,
y el semitono a 2 srutis. También estos pequeños intervalos
son producto de la profusión ilimitada de distancias melódicas
distintas entre sí, resultado de la diferenciación
local de las escalas.
La división china de la octava en 12 lü, que se piensan
como iguaIes, pero no se tratan así, sólo significa
la interpretación teórica inexacta de los intervalos
diatónicos de uso práctico, formados de acuerdo con
el círculo de quintas. Tal vez sea también ella producto
de la coexistencia de instrumentos afinados racionalmente -como
el king- y de modo irracional. Sin embargo, la idea de reducir el
material sonoro a distancias mínimas iguales es obvia del
carácter puramente melódico de músicas que
ignoran la armonía de acordes y a las que, por consiguiente,
no les está impuesto en principio límite alguno en
cuanto a la manera de medir sus intervalos y de dividirlos hacia
abajo. Porque, en la música no racionalizada conforme a acordes,
los principios melódicos de la distancia y armónico
de la división luchan por doquiera en alguna forma. Y solamente
las quintas y las cuartas y su diferencia, los tonos enteros, son
productos puros de aquella última, pero no así las
terceras, las cuales, antes bien, aparecen inicialmente casi por
doquiera cómo intervalos melódicos de distancia. Dan
testimonio de ello tanto el "tambor" arábigo antiguo,
de Khoussan, que estaba afinado en tono inicial, segunda, cuarta,
quinta, octava, y nona, como la cítara de los griegos afinada
según la tradición en tono inicial, cuarta, quinta
y octava, y la designación de la quinta y la cuarta en China
simplemente como distancias "grande y pequeña"
por lo que sepamos, donde quiera que aparecen la quinta y la cuarta
y no se han producido alteraciones especiales del sistema sonoro,
empléase también la segunda como distancia melódica
predominante, cuya importancia muy universal descansa por lo tanto
en todas partes en aquella procedencia armónica, la cual,
sin embargo, no es lo mismo que un parentesco de tono en el sentido
de Helmholtz. El ditono, o sea Ia distancia melódica de tercera,
no es en modo alguno algo simplemente "antinatural". Parecen
darse casos, por excepción, en los que aún hoy cae
el solista, en una situación de condición puramente
melódica, del paso armónico de tercera al ditono pitagórico
conforme a distancia. Y que la tercera no jugara en la Antigüedad
griega, pese a su cálculo armónico correcto ya por
parte de Arquitas (o sea en los tiempos de Platón) y más
adelante de Dídimo (que distinguía también
correctamente los dos pasos de tono entero) y Ptolomeo, el mismo
papel revolucionario, en el sentido de la armonía, que en
el desarrollo musical del Occidente, sino que siguiera siendo propiedad
de los teóricos -a la manera, por ejemplo del descubrimiento
del sistema geocéntrico o de las propiedades técnicas
del vapor-, tiene asimismo su fundamento en el carácter,
ceñido por completo a las distancias de los tonos v a las
series melódicas de intervalos, de la música antigua,
que en la practica hacia figurar la tercera como ditono.
La tendencia a la igualdad de las distancias estaba codeterrninada
por doquiera en gran parte -aunque no sin duda de modo exclusivo-
por los intereses del transporte de las melodías. En los
fragmentos conservados de melodías helénicas, y por
lo menos en el segundo Himno a Apolo de Delfos, se encuentran trazas
de que también la música helénica se servía
ocasionalmente del medio de la repetición de una frase sonora
en otra tesitura, y a dicho objeto, para un oído tan sensible
a la melodía como el griego, los pasos de tono entero habían
de ser iguales. (No tiene, pues, nada de casual que la fragmentación
armónicamente "correcta" de la tercera tuviera
lugar primero no en la escala diatónica, sino en la enarmónica
y cromática, en la que el ditono estaba eliminado.) Y la
misma necesidad de igualdad se daba también en el Medievo
temprano, en que, para poder proceder, con ocasión del traspaso
del ámbito del hexacordio, a las mutaciones a una escala
de distancia exorádica más alta o más baja
(do - re - mi - fa - sol - la), igual a la escala de distancia (c
- d - e - f - g - a) los pasos de - re, re - mi, fa - sol, sol -
la (c - d, d - e, f - g, g - a) habían de poder considerarse
como distancias de tono entero iguales entre sí. De ahí
que la Antigüedad interpretara la tercera corno distancia ditónica:
porque en esta forma el número de las distancias iguales
en el marco de la serie diatónica de tonos se llevaba a un
óptimo: 6 quintas, 6 cuartas (y, después del advenimiento
de la cuerda cromática, 7), 5 pasos de tono entero, 2 pasos
de tono ditónico y 2 de semitono. Y pueden también
reconocerse motivos semejantes como determinantes, ciertos experimentos
con la escala arábiga, que se hallaba en grave confusión
debido a las terceras irracionales, de las que se hablará
más adelante.
La pregunta acerca de qué sea lo que se introduce en lugar
de la "tonalidad" moderna en los sistemas sonoros predominantemente
melódicos o sea construidos sobre la base de la distancia,
no se puede contestar fácilmente de modo general. Las deducciones
sumamente ingeniosas del bello libro de Helmholtz no resisten ya
al estado actual de nuestra ciencia empírica. Como tampoco
se puede demostrar sin más, frente a los hechos en todo caso,
el supuesto de los "panarmónicos" en el sentido
de que también toda melodía primitiva se construye
en última instancia de acordes descompuestos. por otra parte,
el conocimiento estrictamente empírico de la música
primitiva sólo empieza por alcanzar ahora, a base de los
fonogramas, un fundamento exacto. Y se ve cuán inseguro es
dicho fundamento mismo desde un punto de vista estrictamente naturalista
cuando se considera que, en el análisis, por ejemplo, de
fonogramas de la Patagonia, hubo que admitir, para uno y el mismo
sonido tratado como idéntico, márgenes de falta de
entonación hasta de medio tono. Por otra parte, el análisis
del melodismo puro del campo ilimitado de las posibilidades musicales
de expresión tampoco ha hecho más que iniciarse fragmentariamente,
por lo que se refiere a etapas más avanzadas. Y en cuanto
a la cuestión que en última instancia más nos
interesa, o sea la de hasta que punto el parentesco sonoro "natural"
haya actuado, puramente come tal, como elemento dinámico
de desarrollo, esto sólo podría contestarse, aun en
casos concretos y por parte de los especialistas, con la mayor cautela
y evitando todas las generalizaciones. Sin hablar de que se ha hecho
totalmente cuestionable, por lo que se refiere a la evolución
de la melodía antigua, el papel, tan ingeniosamente fundamentado
por Helmhltz, de los enarmónicos. Sin embargo, lo que ha
de confirmarse en primer término es, no obstante, que hay
que guardarse de considerar la música primitiva corno un
caos de arbitrariedad sin normas. El sentimiento por algo parecido
en principio a nuestra "tonalidad" no es en modo alguno,
en sí mismo, algo específicamente moderno. Se encuentra
en efecto, según las comprobaciones de Stumpf, Gilmann, Fillmoore,
O. Abraham, v. Hornbostel y otros, tanto en muchas músicas
indias como en la música oriental, y se conoce en la hindú
con un vocablo propio (ansa). Pero su sentido y sus efectos son
sensiblemente distintos, y su extensión en aquellas músicas
que tienen una estructura melódica es también más
limitada de lo que es hoy el caso entre nosotros. Consideremos primero
las características puramente externas de la melodía
antigua. Las composiciones musicales de los veddas, por ejemplo,
uno de los pocos pueblos carentes totalmente de instrumentos, muestran
no sólo una articulación firme y rítmica, una
especie de construcción primitiva de períodos y tonos
finales y entrefinales típicos, sino ante todo -pese a la
propensión de la voz a desentonar, probablemente fuerte en
todas partes- la tendencia a retener los pesos normales de tono,
armónicamente irracionales sin dada y situados a medio camino
entre un tono templado de tres cuartos y un tono entero.
Ya el hecho de que se destacaran sencillamente "pasos de tono"
del "aullido-glissando", que en las músicas primitivas
suele jugar sin duda un papel muy importante, no es tan natural
como nos pueda parecer hoy. El carácter de paso del movimiento
sonoro ha de explicarse probablemente mediante la influencia del
ritmo sobre la formación del tono por una parte, que le confería
carácter de empuje, y mediante la influencia del lenguaje
por la otra, de cuya importancia por lo que se refiere al desarrollo
de la melodía hemos de ocuparnos aquí brevemente.
Sin duda ha habido pueblos, como el patagón, que cantan sus
melodías exclusivamente con sílabas desprovistas de
sentido. Sin embargo, según se puede comprobar, esto no es
tampoco lo originario en ellos. De todos modos, el lenguaje articulado
requiere sin excepción una formación musical articulada.
En determinadas circunstancias, el lenguaje podía conseguir
una influencia directa sobre la configuración del curso melódico
de otro modo, a saber, cuando se trataba de una de las llamadas
"lenguas musicales", en las que el significado de las
sílabas cambia según la altura de tono a que se pronuncian.
El representante clásico de dichos idiomas es el chino, y
de entre los pueblos primitivos fonográficamente controlados
pertenecen a ese grupo los negros ewhe. En semejante caso, la melodía
del canto había de ceñirse al sentido lingüístico
en una forma muy específica y crear intervalos estrictamente
articulados. Otro tanto cabe decir de aquellos lenguajes que no
son "lenguas musicales" propiamente dichas, Pero que poseen
el llamado "acento musical" ("pitch accent")
en oposición al "dinámico" (expiratorio,
"stem accent"), esto es, elevación del tono en
lugar de refuerzo del tono de la sílaba acentuada, como es
el caso del griego antiguo y también -aunque en forma menos
determinada- del antiguo latín; aunque tampoco para el griego
antiguo la existencia del acento musical se admita hoy sin reservas.
Ahora bien, de los antiguos instrumentos musicales conocidos, el
más antiguo que se puede fechar, o sea el primer Himno a
Apolo de Delfos, sigue efectivamente (come Crusius confirmó
en su día inmediatamente), en el movimiento de la melodía
al acento lingüístico, lo mismo que un himno arcaizante
de Mesomedes, pero no, en cambio, los demás. Y tampoco entre
los negros ewhe, pese a ser su lenguaje lengua musical, la observancia
del movimiento prosódico de la palabra por la melodía
no constituye un fenómeno verdadero y estrictamente general.
Por parte de la música, la tendencia a la repetición
del mismo motivo con otras palabras había de romper esa especie
de unidad del lenguaje con el elemento melódico, a lo que
conducía también por parte del lenguaje toda composición
de estrofas que un canto de melodía fija, y dicha unidad
desapareció luego por completo, para los griegos, con el
desarrollo del lenguaje, instrumento retórico exquisito,
y la decadencia que llevaba aparejada del acento musical. Pese a
que a la larga esa vinculación de la melodía se haga
también sólo relativa inclusive en las lenguas musicales,
come lo muestran los negros ewhe, pudo con todo haber influido en
el desarrollo de intervalos racionales fijos, como los que efectivamente
parecen ser propios precisamente de los pueblos de lengua musical.
El ámbito de la melodía es pequeño en todas
las músicas verdaderamente "primitivas". Hay en
la mayoría de ellas, así, por ejemplo, también
entre los indios (en los que por lo demás la construcción
musical conjunta de su escala es, al lado de ello, bastante importante),
no pocas "melodías" a base de uno solo sonido rítmicamente
repetido, y otras de sólo dos. Entre los veddas, carentes
por completo de instrumentos, el ámbito abarca tres tonos,
en una tercera menor, por ejemplo, en tanto que entre los patagones,
que poseen por lo menos como instrumento el "arco musical"
extendido por el mundo entero, el ámbito se extiende excepcionalmente,
según las averiguaciones de E. Fischer, hasta la séptima,
siendo sin embargo la quinta el máximo normal. También
en las músicas desarrolladas poseen las melodías ceremoniales,
y por ello fuertemente estereotipadas, un ámbito menor y
pasos de tono menores que las otras. En el marco del coral gregoriano,
el 70 % de todos los pasos de tono son pasos de segunda e incluso
los neumas de la musca bizantina no son todos ellos, hasta cuatro,
"pneumata" (saltos), sino "somata" (pasos diatónicos
de tono). Pasos mayores que los de quinta los prohibía todavía
la música eclesiástica bizantina y originariamente
también la occidental que inicialmente se atenía siempre
al ámbito de la octava; lo mismo que el canto coral de has
sinagogas de los judíos sirios, muy arcaico, y del que J.
Parisot nos ha proporcionado algunos ejemplos, se esfuerza por mantener
el ámbito de la cuarta hasta la sexta. Sólo la tonalidad
frigia, a la que era inherente como distancia característica
el intervalo de sexta (mi-do'), era conocida, precisamente por dicho
motivo, por sus grandes saltos. También la primera Oda Pitia
de Píndaro se mantiene, aunque la composición conservada
es seguramente posclásica, en el ámbito de la sexta.
La música sacra hindú evita saltos de más de
cuatro tonos, y los casos por el estilo se repiten con extraordinaria
frecuencia. Es probable, sin embargo, que en muchas músicas
racionalizadas la cuarta fuera el ámbito normal de la melodía.
Considerabánse todavía como agradables al oído
en la teoría medieval bizantina, por ejemplo, de Bryennio,
las "series enmélicas" que representaban juntas
una cuarta. El hecho de que muy a menudo el canto popular mundano
muestre mayor ámbito y saltos melódicos mayores que
la música cultivada eclesiástica -en particular entre
los cosacos, pero también en otros casos- es consecuencia
y síntoma de la mayor juventud y la menor estereotipación
de la primera, pero consecuencia también, al propio tiempo,
de la influencia creciente de los instrumentos. Así por ejemplo,
el canto tirolés, con su ámbito particularmente extenso,
caracterizado por el empleo del falsete, es un producto muy joven
que se ha originado probablemente bajo la influencia de un instrumento
de cuerno, como demuestra Hohenmeser a propósito del canto
de los vaqueros influido por el cuerno de los Alpes, que tiene su
origen en el siglo XVII. En las músicas realmente "primitivas"
parecen concurrir por una parte un ámbito relativamente reducido
de la melodía, unos intervalos que en proporción con
aquel se perciben a menudo como grandes y "progresivos"
(no sólo segundas sino, según v. Hornbostel, también
terceras, probablemente consecuencia en muchos casos de la pentafonía)
y, por otra parte, "saltos" relativamente pequeños
(muy raramente mayores de una quinta, excepto después de
periodos melódicos, en relación con la nueva entrada).
Y asimismo, tanto la ampliación del ámbito como el
empleo de intervalos racionales han sido en parte creados y en parte,
por lo menos, fijados o ayudados a fijar por instrumentos, aunque
sin dude no exclusivamente ni en todas partes -ya que, al lado de
la octava, la quinta encuentra también empleo, con todo,
en forma preponderante por parte de pueblos cuyos instrumentos sumamente
primitivos (arco) apenas pueden haber contribuido a la racionalización
en modo alguno. Porque, de hecho, sólo se explica probablemente
a través del aclaramiento instrumental de los intervalos,
que la inmensa mayoría de éstos, producidos por músicas
primitivas acompañadas en algún modo instrumentalmente,
aun por aquellas que no conocen la octava y producen por lo demás
composiciones tan desordenadas como las de los patagones, sea, no
obstante, racional. Los instrumentos fijan, además, en particular
en cuanto han tenido a cargo desde siempre el acompañamiento
de la danza, la melodía de los cantos de danza, a menudo
de importancia fundamental desde el punto de vista de la historia
de la música. Y no es sino sirviéndose de los mismos
como muletas que la composición musical se aventuró,
por una parte, primero a dar pesos mayores y a ampliar su ámbito,
hasta tal punto, en algunos casos, que sólo se pudiera Ilenar
mediante recurso al falsete -que por lo demás se presenta
también en ocasiones como la manera exclusive del canto (así
por ejemplo, entre los wanyamwesi), y que, por otra parte, y aun
en unión con ello aprendió, si no a distinguir claramente
las consonancias, si por lo menos a fijarlas y a servirse deliberadamente
de ellas como medio artístico.
Lo que en el desarrollo de una tonalidad primitiva distinguía
a los intervalos armónicamente más puros -la octava,
la quinta y la cuarta-, frente a otras distancias, era probablemente
en general la circunstancia ante todo de que, una vez "reconocidos",
se destacaban manifiestamente pare la memoria musical, gracias a
su mayor "claridad", de entre la profusión de las
distancias de tono vecinas. Del mismo modo que resulta en general
más fácil retener correctamente en la memoria hechos
vividos que inventados y pensamientos corrector que confusos, así
puede aplicarse esto también efectivamente en buena parte
a Ios intervalos "correctos" y "falsos" -hasta
aquí, por lo menos, se extiende la analogía entre
lo musicalmente y lo lógicamente racional. Por otro lado,
la mayor parte de los instrumentos antiguos de, además, por
lo menos los intervalos más simples como enarmónicos
o directamente como tonos laterales, y pare los instrumentos de
afinación móvil sólo podían emplearse,
en cambio, aquellos, sobre todo la quinta y la cuarta, como sonidos
de afinación unívoca y retenerse así en la
memoria.
Una vez reconocido el fenómeno de la "medición"
del intervalo "justo", ha ejercido una impresión
extraordinaria sobre la fantasía, como lo demuestra el inmenso
misticismo de los números que de ella surge. Sin embargo,
la distinción de determinadas series de tonos se ha desarrollado
corno producto de la reflexión teórica, ateniéndose
probablemente sin excepción a aquellas fórmulas musicales
típicas que ha poseído casi toda música a partir
de una determinada etapa de desarrollo de la cultura. En efecto,
hemos de recordar al hecho sociológico de que la música
primitiva fue en buena parte sustraída muy tempranamente
al puro goce estético y sometidas a fines prácticos,
ante todo mágicos: en particular apotropeicos (relativos
al culto) y exorcísticos (médicos). Con lo que se
vio enmarañada en aquel desarrollo estereotipizante al que
se hallan inevitablemente expuestos tanto todo acto mágico
corno todo objeto mágicamente significativo, ya se trate
de las obras de las artes plásticas o de medios mímicos
o recitativos, orquestales o del canto (o bien, como es el caso
a menudo, de todos epos) pare influir a los dioses y demonios. Y
como quiera que toda desviación respecto de una fórmula
prácticamente acreditada destruía su eficacia mágica
y podía atraer la cólera de los poderes sobrenaturales,
resulta que la acuñación en sentido propio de las
fórmulas musicales: era una "cuestión vital",
y el canto "incorrecto" un sacrilegio -que a menudo sólo
se podía expiar mediante Ia ejecución inmediata del
culpable-; de ahí que la estereotipación de los intervalos
musicales, una vez canonizados por cualquier motivo, hubiera de
ser extraordinariamente fuerte. Y como quiera que, además,
también los instrumentos que contribuían a la fijación
de los intervalos estaban diferenciados según el dios o demonio
a cuyo servicio estaban -el aulos griego fue originariamente el
instrumento de la Madre de los dioses y, más adelante, de
Dionisos-, es probable que también las tonalidades más
antiguas de una música, percibidas coma realmente distintas,
fueran regularmente complejos de formulas musicales típicas
al servicio de determinados dioses, o contra determinados demonios,
o que se empleaban en ocasión de determinadas celebraciones
solemnes. Por desgracia, fórmulas primitivas de esta clase
apenas nos lean sido trasmitidas en forma segura: precisamente las
más antiguas eran por lo regular objeto de un arte oculto
que, bajo la influencia del contacto con la cultura moderna, decayó
rápidamente. Las antiguas fórmulas musicales inaccesibles
del sacrificio de Soma, de los hindúes, pero conocidas todavía,
por ejemplo, de Haug-, parecen haberse perdido para siempre con
la muerte prematura de ese investigador, ya que, por razones económicas,
el sacrificio en cuestión, muy caro, desaparece. Los intervalos
en que tales fórmulas se movían, sólo tenían
probablemente en común el poseer carácter melódico;
el hecho, por ejemplo, de que un intervalo se emplee en la melodía
en el descenso -y en la mayoría de las melodías antiguas
predomina éste -probablemente por motivos puramente fisiológicos
al principio, lo que se considera también como lo normal
el la música griega-, no significa en modo alguno, lo mismo
por lo demás que en el contrapunto todavía tradicional,
que se lo pueda también emplear come descendente. Y en general,
la escala de los intervalos es en la mayoría de los casos
sumamente incompleta y, desde el punto de vista del criterio armónico,
muy arbitraria, no adaptándose en todo caso a los postulados
de Helmholtz derivados del parentesco tonal proporcionado por los
tones parciales. Con el desarrollo de la música hacia un
"arte" de estamento -ya sea sacerdotal o aóidico-;
con extenderse más allá del uso meramente práctico
de fórmulas tradicionales, o sea, con el despertar de necesidades
puramente estéticas, iniciase regularmente su racionalización
propiamente dicha. Es propio que las músicas primitivas,
sólo que en grado considerablemente mayor, un fenómeno
que ha influido también sobre el desarrollo de las músicas
cultivadas, a saber: el que los intervalos se alteren según
las necesidades de la expresión y aun -a diferencia de la
música ligada armónicamente- en pequeñas distancias
irracionales, de modo que figuran en una misma composición
musical tonos que quedan muy cerca unos de otros (en particular,
diversas clases de terceras) Constituye un progreso de principio
el que determinados tonos que quedan irracionalmente unos cerca
de otros, como es el caso en la música arábiga práctica
y, por lo menos en la teoría también en la música
helénica, se excluyan del empleo común. Esto se consigue
mediante el establecimiento de series típicas de tonos. Y
no siempre tiene lugar típicamente, en modo alguno, por motives
"tonales", sino en la mayoría de los cases, en
vista de un objetivo esencialmente práctico: en efecto, los
tonos que aparecían en determinados cantos habían
de agruparse de tal manera que la afinación de los instrumentos
pudiese adaptarse a ellos. E inversamente, se enseñó
entonces la melopea de tal manera, que la melodía se adaptara
a uno de dichos esquemas y, con ello, a la afiliación correspondiente
de los instrumentos. Ahora bien las series de intervalos en cuestión
no poseen, en una música orientada melódicamente el
sentido armónicamente determinado de nuestras tonalidades
actuales. Las diversas "tonalidades" de la música
artística griega y los fenómenos muy similares de
las músicas hindú, persa, arábiga y asiático-oriental,
así como, aunque con un carácter "tonal"
mucho más pronunciado, los modos eclesiásticos de
la Edad Media, son, según la terminología de Helmholtz,
escalas "accidentales" y no, como las nuestras, "esenciales",
lo que significa que aquellas no se hallan limitadas arriba y abajo,
como estas, por una "tónica", ni representan una
suma de acordes de tres sonidos, sino que son simplemente, en principio
por lo menos, esquemas construidos únicamente conforme a
la distancia, que contiene el ámbito y los tonos admisibles
y sólo se distinguen entre sí inicialmente en forma
negativa, sin excepción, o sea según los tonos e intervalos
que, del material conocido en general de la música correspondiente,
no utilizan. Los griegos, por ejemplo, tenían a fines del
periodo clásico en sus instrumentos, en el aulos individual
y, potencialmente, también en la cítara individual,
la plena escala cromática, los árabes tenían
en el laúd todos los intervalos racionales a irracionales
de su sistema musical. Sin embargo, las escalas utilizadas constituían
siempre una selección de entre aquellos, que se caracterizaba,
primero, por la posición de los pasos de semitono en el interior
de la serie de tonos y, luego, por el antagonismo de determinados
intervalos -entre los árabes, por ejemplo de las terceras-
entre sí. No conocen el "tono fundamental" en el
sentido nuestro, porque la sucesión de sus intervalos no
descansa en el fundamento de acordes de tres sonidos, sino que contradice
a menudo el criterio del acorde aun allí donde estos están
contenidos en la serie diatónica de los tonos. En particular,
la tonalidad más genuinamente helénica, la "dórica",
que corresponde al modo eclesiástico llamado "frigio"
(tono final "Mi"), es la que más repugna, al lado
de éste, a nuestra moderna tonalidad armónica del
acorde: un "final entero" auténtico según
nuestra concepción es imposible, como es sabido, en el modo
eclesiástico frigio, si se trata el tono más abajo
a la manera de nuestro "tono fundamental" -como no había
de tardar en ocurrir-, aunque sólo sea por el hecho de que
el acorde de dominante lleva de si a fa sostenido como quinta, o
sea que negaría la peculiaridad, fundamental desde el punto
de vista de la concepción conforme a distancia, de la escala
frigia: su inicio con el paso de semitono mi-fa; pero aquel debería
contener como tercera la séptima mayor "re sostenido"
a título de "tono sensible", cuyo empleo, sin embargo,
es imposible en la tonalidad frigia, porque colocaría el
tono inicial mi, en contradicción con los principios de la
diatónica, entre dos pasos de semitono directamente consecutivos.
por consiguiente, el lugar de la "dominante" sólo
puede ocuparlo aquí la subdominante, en forma correspondiente
por completo a la posición fundamental de la cuarta, con
la que nos topamos en la gran mayoría de los sistemas musicales
puramente melódicos. El ejemplo ilustra en forma suficientemente
clara la diferencia entre las "escalas" de construcción
tonal y las de estructura conforme a la distancia desde el punto
de nuestra concepción musical armónica. Y es totalmente
imposible, a mayor abundamiento, adaptar a nuestros conceptos de
"mayor" y "menor" una música racionalizada
según el criterio de la distancia (y en particular las antiguos
tonos eclesiásticos anteriores a Glareano). Allí donde
en un modo eclesiástico (por ejemplo, el dórico o,
después de su recepción el eólico) el final
hubiera debido ser un acorde menor, terminábase sencillamente,
porque la tercera del modo menor no se consideraba lo bastante consonante,
en quinta vacía, de modo que los acordes finales hubieran
sonado siempre para nosotros como acordes de "mayor" -uno
de los motivos del tan decantado carácter "mayor"
de la antigua música eclesiástica, la cual, sin embargo,
se halla en realidad todavía fuera de esta clasificación.
Como es sabido, puede observarse en J. S. Bach todavía -lo
que ya señaló Helmholtz- la repugnancia por los finales
en menor, por lo menos en los corales y otras composiciones musicales
específicamente completas en sí.
Pero, ¿en qué consistía, en las etapas tempranas
de la racionalización melódica y de acuerdo con la
concepción de la práctica musical misma de la época,
la importancia de las series de tonos, y en qué se manifestaba
en el sentimiento musical de entonces lo que correspondía
a la sazón a nuestra tonalidad?
Por una parte, en el gravitar alrededor de determinados tonos principales
quo (por decirlo con el lenguaje de la escuela de Stumpf) representaban
una especie de "centro de gravedad melódico", quo
sólo se manifiesta inicialmente en su frecuencia cuantitativa,
pero no necesariamente en una función musical cualitativa
que les fuera propia. En casi todas las músicas verdaderamente
primitivas se encuentra uno de esos tonos, y aun a veces dos. Sin
duda en el marco del canto eclesiástico antiguo, la petteia
-según reza la expresión técnica en la música
eclesiástica bizantina y también en la armenia, de
estereotipación bastante arcaica- constituye un resto de
las costumbres de la salmodia, lo mismo que el "tono de repercusión"
(tonus currens), así llamado desde antiguo, de las fórmulas
modales eclesiásticas. Pero también la "mese"
de la música griega ejercía probablemente al principio
-aunque en las composiciones conservadas sólo en restos-
una función parecida, lo mismo quo el tono final en las tonalidades
eclesiásticas plagales. Y ese tono principal se sitúa
regularmente, en todas las músicas relativamente antiguas,
en el centre del ámbito de la melodía. Forma, allí
donde las cuartas aparecen en su función articuladora del
material sonoro, el punto de partida pare el cálculo hacia
arriba y hacia abajo; sirve, en la afinación de los instrumentos,
de tono inicial, y es, en las modulaciones, inalterable. Pero más
importantes todavía que ese mismo tono, desde el punto de
vista de la práctica, son las fórmulas melódicas
típicas en las que determinados intervalos se manifiestan
como característicos de la "tonalidad" correspondiente.
Ésta es la situación todavía, por ejemplo,
en las tonalidades eclesiásticas de la Edad Media. Es sabido
cuan difícil resultaba en ocasiones la atribución
de una melodía a una tonalidad eclesiástica y cuan
ambigua se hacía, a mayor abultamiento, la computación
armónica de los tonos individuales en aquéllas. La
concepción de las tonalidades eclesiásticas "auténticas"
como géneros de octavas caracterizados por su tono más
bajo cual finalis, constituye probablemente un producto tardío
de la teoría influida por Bizancio. Pero también el
práctico de la música de la alta Edad Media reconocía
de la manera más segura la pertenencia de una melodía
a su tonalidad eclesiástica, que en nuestro sentir musical
resulta a menudo fluctuante, en tres caracteres principales: la
fórmula final, el llamado. intervalo de repercusión
y el "tropo". Desde el punto de vista histórico,
precisamente las fórmulas finales pertenecen en todo caso,
en la música eclesiástica, al fondo desarrollado tempranamente
-y en todo case antes de la fijación teórica de los
"tonos eclesiásticos"- como género de octavas.
En la música eclesiástica más antigua hubo
de predominar, en la medida en que la música armenia permite
sacar conclusiones, el intervalo de la tercera menor, común
a muchas músicas coma cadencia final recitativa. Las fórmulas
finales típicas de las tonos eclesiásticos corresponden
sin excepción a los usos de músicas que no han perdido,
a través de los virtuosos, su base tonal. Precisamente las
músicas más primitivas tienen normas bastante fijas
pare los finales, las cuales, sin embargo, lo mismo que la mayoría
de las reglas del contrapunto, consisten menos en prescripciones
positivas que en la exclusión de determinadas libertades
permitidas en otros casos: así, por ejemplo, en la música
vedda, el final -en contraste con el curso de la melodía
misma- parece tener siempre lugar subiendo, o a una altura de tono
igual, y parece no estar permitido en particular, en ella, el contacto,
en el final, del peso de "semitono" que se sitúa
por encima de las dos tonos normales de la melodía. Créese
poder observar, en el case de las veddas, cómo a partir de
dicho final regulado la reglamentación se extiende hacia
atrás: en efecto, corresponde al final una "estructura
previa", típica en buena parte, de reglas asimismo bastante
fijas. Y en forma idéntica, el desarrollo de vinculaciones
de la melodía a partir de la "coda" es probable
asimismo en el canto de la sinagoga y también en la música
eclesiástica. Esta también regulado a menudo el tono
final en esa forma precisamente en músicas no racionalizadas
todavía en absoluto: en efecto, según permiten observarlo
las fonogramas actuales, el final y el final diferido sobre el tono
melódico principal constituyen a menudo en mochas músicas
la lógica casi sin excepción, y cuando lo es otro
intervalo, entonces destacase en forma muy clara la relación
de quinta y cuarta. Con mocha frecuencia, polo no siempre -como
lo ha ilustrado bellamente v. Hornbostel, concretamente en las cantos
de las wanyamweses-, el tono principal tiene un "tono previo",
o aun varios de ellos, quo ee percibe come melódicamente
"sensible" del mismo. Éste queda también
a menudo, en músicas de melodías predominantemente
descendentes, por debajo del tono principal y puede formar hacia
él diversos intervalos "progresivos" -según
v. Hornbostel, hasta de una tercera mayor. La posición y
el desarrollo de dicho "antetono" en las músicas
puramente melódicas presenta -en comparación con el
papel del "tono sensible" de la armonía, que queda
siempre en el peso de semitono abajo de la tónica- un cuadro
muy variado. Las escalas racionalizadas desde el punto de vista
de las instrumentos de cuerda tienen en ocasiones las pequeños
pasos de tono -como la cuarta dórica de los griegos-, ya
que, al lado de la tendencia de la melodía al descenso, su
afinación es probablemente también más fácil
de practicar de arriba a abajo, en la vecindad del tono límite
de su intervalo fundamental, quo en el Pseudo-Aristóteles
se caracteriza como "conducente" claramente a la hipate
(y de aquí que en el canto resulte difícil de sostenerlo
como tono independiente. La escala de quintas arábiga ligada
experimentó más adelante con tres modalidades distintas
de tonos vecinos por debajo de sol y do, o sea, con antetonos superiores.
La degradación del semitono, dondequiera en la escala china,
hacia un paso de tono de valor menor es manifiestamente producto
asimismo del carácter de "dependencia", determinado
por su posición melódicamente "sensible",
que en él se percibe. Si por lo regular el desarrollo se
orienta en el sentido de atribuir al paso de semitono el papel del
"antetono" melódico -corresponde también
al mismo tipo de hechos su presencia relativamente frecuente, juntamente
con el tono de repercusión y en contraste con la evitación
regular del cromatismo, en la música eclesiástica-,
ni esto ni el desarrollo hacia el "tono sensible" constituyen,
sin embargo, algo simplemente general. En determinadas circunstancias,
las músicas puramente melódicas se desprenden en absoluto
de la tendencia hacia un antetono típico. Y en tanto que
la existencia de intervalos típicos de antetono, lo mismo
que la tendencia tanto hacia el desarrollo de cadencias finales
come hacia la organización "tonal" de los intervalos
y su puesta en relación con el tono principal como "tono
fundamental", se prestan sin dada a ser alimentadas -constituyen
precisamente un ejemplo de ello los tonos eclesiásticos-,
las músicas puramente melódicas siguen en cambio a
menudo, en el curso de su desarrollo hacia el arte del viituosismo,
el camino opuesto, y descartan tanto los intentos de cadencias finales
fijas -que, si v. Hornbostel está en lo cierto, se encuentran
ya tal vez en la música wanyamwesa- como el papel de los
"tonos principales". En la música griega, que en
época histórica sólo conoce algo correspondiente
a nuestras cadencias finales a lo sumo en sus inicios -o tal vez,
al revés, en los últimos residuos- (segunda, pero
generalmente subsegunda mayor y supersegunda menor ante la nota
final), puede con todo observarse también un tono final típico,
aunque no en absoluto sin excepción, también para
los subperíodos (finales de verso). El tono final coincide
en esos casos con los tonos límites de las cuartas que están
en la base de la escala tonal. Pero muchas otras músicas
artísticas, entre otras muchas de las asiáticas, apenas
conocen algo parecido y desembocan con total despreocupación
no sólo en la segunda del tono inicial, por ejemplo, que
como ya se dijo juega con frecuencia en cuanto intervalo constituido
por cuarta y quinta una especie de papel armónico, sino también
en otros intervalos cualesquiera, y en la música griega aparece
aquel tipismo "tonal" como tanto más exiguo cuanto
más refinadamente esta elaborada melódicamente la
composición musical. Lo que puede observarse, antes bien,
corno peculiaridad frecuente tanto en aquella como en otras músicas
primitivas o cultivadas son ciertos fenómenos rítmicos:
alargamientos particularmente frecuentes de los valores de tiempo
de los sonidos, como los que se encuentran en la mayoría
de las músicas primitivas y han jugado posteriormente, al
igual en las sinagogas que en las melodías eclesiásticas,
un papel tan importante. Y es más inseguro todavía
el principio, observado sólo pasajeramente en los antiguos
tonos eclesiásticos y vuelto luego a modificar, según
el cual la composición musical deba empezar con el tono final
(así según Wilhelm v. Hirsau) o, en todo caso, con
un intervalo armónico con respecto al mismo (en el siglo
XI, quinta o cuarta, más adelante tercera o segunda y, en
todo caso, no más alejada de aquél que la quinta).
De ello nada se encuentra, por ejemplo, en la música helénica,
en la medida en que los documentos lo ilustran. Y otras músicas
muestran los uses más variados: el principio en la segunda
menor del tono final se encuentra (en la música arábiga
y en otras músicas asiáticas aisladas) lo mismo que,
en otras músicas primitivas, el principio en la octava (en
los negros ewhe) o en una de las dominantes. Los periodos musicales
son también en ]as composiciones de los modos eclesiásticos
el asiento principal de los "tropos", o sea, originariamente,
de formas melódicas que se ejercitaban mnemotécnicamente
sobre la base de sílabas de memorización y contenían
por lo menos los intervalos de repercusión característicos
de la tonalidad. No son en este caso primitivos ni han revestido
nunca, como toda música en el cristianismo, significado mágico.
El intervalo de repercusión, mismo, por fin, era un intervalo
especifico de cada uno de los modos eclesiásticos, que resultaba
del ámbito y de la estructura del mismo dada por la posición
de los pasos de semitono y ocurría con particular frecuencia
en las melodías correspondientes, en la época en que
los modos eclesiásticos habían sido ya racionalizados
según el modelo eclesiástico en cuatro tonalidades
"auténticas", que subían de re, mi, fa,
sol come tonos finales hasta la octava, y cuatro tonalidades "plagales",
que partían de los mismos tonos finales, pero llegaban pasta
la subcuarta y la superquinta: en las auténticas, con excepción
de la "lidia" que partía de fa, hasta la quinta;
en la lidia, hasta la sexta, y en las plagales, dos veces hasta
la cuarta, una vez hasta la tercera mayor y una vez hasta la tercera
menor, a partir del tono final. Los intervalos parecen en la mayoría
de los cases estar condicionados por el hecho de que el inferior
de los dos tonos del intervalo de semitono de la tonalidad se evitaba
come tono superior del intervalo de repercusión, lo que probablemente
ha de considerarse menos como resto de la pentafonía que
como síntoma del papel del semitono inferior percibido como
"sensible". también los "tropos" aceptados
sólo tardíamente y con vacilación por parte
de la Iglesia son análogos a los echamata de la música
bizantina, y aun tal vez tornados en parte de ella, cuya teoría
distinguía en general toda una serie de fórmulas melódicas
determinadas. Esta misma es a su vez una transformación del
antiguo sistema musical helénico -tal vez bajo influencia
oriental (hebrea), que sin embargo sólo se puede confirmar
por desgracia en su orientación, pero que difícilmente
se remonta aquí, en la construcción de las fórmulas,
a la práctica griega. Porque, que ésta hubiera también
trabajado, en los últimos tiempos acaso, con fórmulas
melódicas fijas es cuestionable, por muy probable que sea
en sí; en relación con la época histórica,
en todo caso, nada se puede denostar en tal sentido, y en cuanto
a que la música eclesiástica recurriera precisamente
a fórmulas musicales sacras de un culto pagano parece excluido
en si mismo. No se puede determinar con seguridad la influencia
obvia en sí misma, de la música de sinagoga, que ha
desarrollado asimismo los tropos y coincide también directamente
en otros aspectos, en una cantidad de giros melódicos, con
fragmentos del canto gregoriano, pero que dependía con todo
en alto grado, por lo menos en sus nuevas creaciones, de los usos
musicales del medio ambiente, y fue en Occidente, entre los siglos
VIII y XIII, el elemento receptor, sobre todo del canto gregoriano
y de la melodía popular y, en Oriente, de la música
helenística, así come también, con mayor limitación,
de la persa y la árabe. Como ya se mencionó en su
lugar, sus escalas corresponden esencialmente a las tonalidades
eclesiásticas de la Edad Media.
Los intervalos que en un sistema musical sujeto en principio a racionalización
aparecían con mayor regularidad en una afinación son,
como ya se ha dicho reiteradamente, la quinta y la cuarta. Lo mismo
que en la música cultivada japonesa, por ejemplo, y en otras,
encuéntrase ya en la música de los negros que las
"modulaciones", o sea aquí desplazamientos del
centro de gravedad melódico, tienen lugar de preferencia
hacia las posiciones de quinta o de cuarta; entre los negros ewhe,
que muestran una articulación "temática"
muy clara de sus canciones, en lugar de la variación bastante
desordenada del mismo motivo predominante en otros casos, aparece
también la repetición escalonada del motivo, y aun
en la cuarta, lo que constituye un hallazgo característico
en relación con la naturaleza primitiva del problema de la
transposición, tan importante desde el punto de vista de
la evolución histórica. Sin embargo, la existencia
de una "tonalidad" melódica de quintas y cuartas
y aun la ejecución de acordes de tres sonidos no impiden
(así, por ejemplo, entre los ewhe) que, al lado de aquellas
modulaciones "normales" en nuestro sentir, aparezcan también
tonos sueltos cromáticos totalmente irracionales. Su aparición
en una música, inclusive allí donde posee carácter
armónico y la quinta y la cuarta constituyen los intervalos
de acompañamiento en el canto polifónico, no significa
en absoluto su racionalización a fondo. Antes bien, encuéntranse
en determinadas ocasiones al lado de los mismos, como soportes de
la armonía, los intervalos más irracionales en la
melodía, como habremos de señalarlo todavía
más adelante. Por otra parte, los dos intervalos mismos,
que como inversiones uno de otro se corresponden, aparecen en parte
en cooperación y, en parte, en competencia uno con otro.
Es distancia fundamental melódica, con mucha regularidad,
la cuarta, en tanto que la quinta constituye muy a menudo el fundamento
de la afinación instrumental. Pero al lado del "tetracordio"
se encuentra también el "pentacordio", en tanto
que por otra parte, como por ejemplo, en Arabia, se ha puesto ocasionalmente
en entredicho, bajo la influencia de la tonalidad de cuartas, la
cualidad de consonancia de la quinta también en el desarrollo
de la música se manifiesta la competencia de ambos intervalos,
que sólo terminó en la teoría de la música
polifónica de la Edad Media, una vez que la quinta hubo hallado
un refuerzo por medio de la tercera, en degradación de la
cuarta a disonancia. En cambio, más vigorosamente todavía
que en las tonalidades eclesiásticas ya fuertemente orientadas
hacia la quinta, destácase, tanto en la música bizantina
como, en mayor grado todavía, en la música griega
antigua, la importancia de la cuarta como intervalo principal. Los
modos eclesiásticos forman, las tonalidades secundarias "plagales"
a partir de la "dominante" (subcuarta quinta) de Ia tonalidad
principal authentes, y por lo menos tres de los "auténticos"
tienen quintas corno intervalo principal, en tanto que Ias tonalidades
plagales, importadas probablemente del Oriente, en has que la cuarta
queda abajo, evitan los saltos de quinta. En contraste con ello,
la teoría musical griega antigua formaba la serie de sus
tonalidades secundarias (las tonalidades "hipo") a partir
de la subdorninante (subquinta - cuarta). Si las reproducciones
fonográficas de muchas melodías primitivas son correctas
(la razón de la duda sólo consiste en ]as fuertes
tendencias, ya mencionadas, de la voz a desentonar), entonces los
intervalos diatóicos, ante todo la cuarta, la quinta y el
tono entero, aparecerían en magnitud correcta también
en aquellas músicas cuyo ámbito queda por debajo de
la octava (así, por ejemplo, entre los patagones, los cuales,
según informes de los viajeros, poseen una aptitud fantástica
para la imitación inmediata de melodías europeas).
En tal caso habría que considerar a la cuarta corno históricamente
primera y a la octava como más reciente de las tres consonancias
principales. Sin embargo, hasta el presente no existe seguridad
alguna en tal sentido y, por consiguiente, los intentos encaminados,
por ejemplo, a explicar también el sistema musical griego
en esta forma han de considerarse corno prematuros. Sin duda, tendíase
aquí, lo mismo que en otras músicas de orientación
puramente melódica, no sólo a la división aritmética
de la octava por la cuarta como la partición propiamente
"igual" -así según el Pseudo Aristóteles-,
sine que, lo que ocasionalmente sólo se atribuye a Pitágoras,
la elevación de la quinta a la categoría de intervalo
fundamental. Sin embargo, es posible que esto se reduzca a la racionalización
de la octava dividida en dos cuartas "diazéucticas"
separadas por el "tonos", en la que cada tono de una de
ellas (por ejemplo mi-mi-la) estaba separado en una quinta del tono
correspondiente de la otra (si-mi), o sea a la fijación de
la afinación de los instrumentos mediante el círculo
de quintas. No se sabe de cierto cómo se presentaría
la afinación más antigua de la cítara de tres
cuerdas. Pero, por lo que se refiere a las distintas "tonalidades",
apenas cabe tampoco dude alguna en cuanto a Grecia de que históricamente
su origen tuvo lugar por racionalización de fórmulas
melódicas típicas, que se empleaban al servicio de
deidades, distintas de una región a otra, como sus respectivos
"tonos eclesiásticos" específicos, por decirlo
así y que luego hubieron de hallar su desarrollo teórico
en la "lírica" y la "elegía" profanas
(canto acompañado por la lira y flautas), pese a que de su
historia no se haya conservado más que el esquema de los
nombres ("dórica", "frigia", etc.). El
papel que puedan haber jugado en ello los instrumentos se examinará
más adelante. Si la construcción generalmente aceptada
luego -y trasmitida por la conocida teoría complicada griega
de las escalas- de las series tonales recibidas en sendas series
de intervalos distintas unas de otras por la posición de
los pesos de semitono en el ámbito de la octava se encontró
primero partiendo sucesivamente de cada uno de los siete tonos de
una octava diatónica (con prolongación del ámbito
más allá de ésta y hasta dos octavas), o bien
en forma de reagrupación de los intervalos en el interior
de la misma octava, mediante reafinación de los instrumentos,
es asimismo cuestionable. No vamos a ocuparnos de los detalles,
ya que lo único que aquí nos interesa son las tensiones
de dichos sistemas de tonos.
El círculo de quintas corno base teórica de la afinación,
por una parte, y la cuarta como intervalo fundamental melódico,
por la otra, habían de entrar naturalmente en tensión,
una vez que la octava se hubo tomado como base del sistema y que
el ámbito de la melodía seguía ampliándose
precisamente en aquel lugar en que aparece en la armonía
moderna: en la construcción asimétrica de la octava.
La escala dórica, que progresaba diatónicamente del
tono central (mese) la hacia abajo, y del tono central secundario
(paramese) si hacia arriba hasta el la o respectivamente el la´,
o sea hasta el ámbito normal de la voz humana, de dos octavas
según Aristóteles, considerábase en la época
posclásica como escala fundamental de los tonos, como probablemente
lo fuera también históricamente. Contenía,
de mi hacia abajo y hasta Si, y de mi´ hacia arriba hasta
Ia´ dos cuartas simétricas de la cuarta central mi-la
y de la cuarta "diazéuctica" si-mi', de las cuales,
sin embargo, cada una tenia el tono inicial común con la
precedente y estaba con ella en "synaphe", o sea en relación
de cuarta de los tonos paralelos, en tanto que, debido a la asimetría
de la octava, la cuarta central mi-la se encontraba en diazeuxis
con la cuarta diazéuctica si-mi´, o sea en relación
de quinta de los tonos paralelos. Considerábanse como fijos,
o sea como tonos que no se podían cambiar a otra tonalidad
de otro modo los tonos extremos de las cuatro cuartas, Si, mi, la,
si, mi', la´ y el tono adicional inferior (proslambanómenos)
La. En forma totalmente análoga, los tonos extremos de las
cuartas se consideraban también come "inmóviles"
en otras músicas, y los otros como elementos melódicos
variables. por lo tanto, una modulación regular (metabolé)
a otra tonalidad u otro modo (relación de cuarta) sólo
hubiera podido tener lugar por encima de dichos tonos fijos. Lo
asimétrico de esa división era obvio. Una escala simétrica
de la cuarta central mi-la y al propio tiempo en sinafe (relación
de cuarta) sólo podía obtenerse hacia arriba mediante
introducción del tono si bemol al lado de si. Que es lo que
en la música práctica tuvo efectivamente lugar mediante
adición a la citara de la cuerda "cromática"
de si bemol. Y la designación de "cromática"
tiene realmente en este caso un significado de igual carácter
que en la música armónica, porque expresa un hecho
tonal, y no una mera relación de distancia entre tonos. Porque
el empleo de la cuerda de si bemol se interpretaba como una modulación
(en terminología griega, la agogé periphéres)
a otro "tetracordio", la, si bemol, do', re', simétrico
de la cuarta diazéuctica si, do', re, mi, unido (sineménon)
a través de la mese (la) a la cuarta central (mi-la), o sea,
en términos tonales, de la relación de quinta a la
relación de cuarta. La serie de las cuartas enlazadas alcanza
así su término en re'. Por supuesto, el paso si bemol-si
mismo no podía ser un paso admisible desde el punto de vista
de la tonalidad, sino que, para utilizar la cuerda de si bemol,
había que subirlo de la "mese" la, que es la que
proporcionaba la modulación, en una de las dos cuartas (la,
si bemol, do', re', o si, do' re', mi´), y bajarlo luego en
la otra nuevamente a la mese. Así por lo menos en teoría.
El verdadero motivo de la construcción del "sineménon"
se halla por supuesto dado simplemente por el hecho de que, en la
escala diatónica que también los griegos tenían
por normal, Fa es el único tono que, debido a la asimetría
de la división de la escala, no tiene por sobre de si cuarta
a1guna, y la cuarta es un intervalo fundamental de la melodía
de casi todas las músicas antiguas. La contigüidad de
las relaciones de quinta y cuarta, que se manifiesta en la combinación
de tetracordios diazéucticos y enlazados, se encuentra en
esta forma no sólo en la música helénica, sino
al parecer también en Java, por ejemplo, y, en forma algo
distinta, en Arabia. Esta teoría de la escala arábiga
de la Edad Media, que debido a los errores de Villoteau-Kiesewetter
aparece como sumamente confusa, Collangettes la ha llevado a un
terreno si no tal vez totalmente seguro, sí por lo menos
plausible. Las cuartas divididas pitagóricamente de arriba
y de abajo, antes del siglo X bajo influencia griega, que de acuerdo
con ello contenían cada una los cinco tonos do, re, mi bemol,
mi, fa-fa, sol, la bemol, la, si (re, mi, la, contados desde arriba,
y mi bemol, la desde abajo), habían admitido en si durante
el siglo X, según habrá de verse más adelante,
dos claves distintas de terceras neutras, que dan en la octava diecisiete
intervalos, en parte totalmente irracionales. En el siglo XIII se
racionalizaron luego las cuartas por la teoría, si Collangettes
está en lo cierto, en el sentido de que una de las terceras
neutras conservadas también en adelante recibió a
su lado una segunda asimismo irracional, separada de ella por un
paso de tono pitagórico, en cada cuarta, y de que los intervalos
entre dichos tonos racionales neutros y pitagóricos, reducidos
al volumen de restos pitagóricos de intervalos, se incorporaran
al esquema de la composición musical con los números
2 y 3. La inferior de las dos cuartas contenía así
(reducida a do) los siguientes tonos: do, re bemol pitagórico,
re irracional, mi bemol pitagórico, mi irracional, mi pitagórico
y fa, con seis distancias, o sean, leima, leima, apotomé
(distancia residual al deducir el leima del tono entero pitagórico),
leima, apotomé menos leima y leima; queda, pues, eliminado
el re racional; la cuarta superior comprendía por su parte
-ya que no se osó suprimir la quinta armónica sol-
los tonos siguientes: fa, sol bemol pitagórico, sol irracional,
sol armónico, la bemol pitagórico, la irracional,
la pitagórico, si bemol armónico, y las siete distancias:
leima, leima, apotomé menos leima, leima, leima, apotomé
menos leima y leima; hacia arriba quedaba el paso de tono entero
a do', que figuraba en la octava de esa cuarta diazéuctica
al lado de la cuarta enlazada, con el que empezaba un nuevo sistema
enlazado de cuartas. La cuarta inferior contenía luego tres,
y la superior cuatro pasos de tono entero que engranaban unos con
otros. La cuestión acerca de cual de las dos posiciones de
cuarta sea más antigua, si la tonalidad de cuartas o de quintas,
puede contestarse, si no con seguridad, si por lo menos con probabilidad,
en favor de la quinta, esto es, de la cuarta diazéuctica.
Así, por lo menos, por lo que se refiere a aquellas músicas
que conocían la octava y partían de ella, en tanto
que, en las músicas primitivas, la cuarta pudo con todo haber
jugado su papel, aunque fuera sólo desde el punto de vista
melódico. En Java, el sistema de las cuartas enlazadas (siempre
que se pueda interpretar corno tal el sistema Pelog, como se hace
aquí) hubo de ser probablemente de importación arábiga.
Si en la música china los tetracordios jugaron o no alguna
vez un papel en la articulación de la octava ya no es posible
averiguarlo. En Grecia, es probable, según la tradición
y la forma de designación, que la cuerda cromática,
o sea la cuarta enlazada, se haya añadido posteriormente.
Y así hubo de ser probablemente por doquiera que el esquema
doquiera de cuartas aparece al lado del esquema no enlazado. Es
probable que sólo hiciera su aparición aquí
cuando bajo la influencia de los instrumentos el ámbito de
los tonos empleados se había ampliado más allá
de la octava, surgiendo así asimétricamente, al lado
de las cuartas no enlazadas de la octava inicial, cuartas enlazadas
hacia abajo y hacia arriba.
Sin embargo, la necesidad de simetría que reaccionaba contra
ello descansaba prácticamente en primer término, probablemente,
en la tendencia, tan importante en general desde el punto de vista
histórico de la música, a la posibilidad de transposición
de las melodías a otras tesituras. Exactamente el mismo proceso,
o sea la intercalación de un sólo tono cromático
prodújose en la Edad Media, lo mismo que en su día
en Grecia, bajo la presión de la misma necesidad y en el
mismo lugar. En la música bizantina, en particular, hubo
que rebajar en el tercer ejos (=frigio), llamado por ello ejos vagus
el tono correspondiente a nuestro si, para poder transportar melodías
a la quinta sin dificultad, a si bemol. Y exactamente el mismo proceso
se encuentra en Occidente. Sin embargo, lo que aquí se aparta
de la Antigüedad es la manera y la dirección de la actualización
práctica de la necesidad de simetría. Externamente
su vehículo fue entonces la escala de solmisación.
Como es sabido, la "solmisación" es un "silabeo
de los tonos" mediante establecimiento no de estos mismos,
sino de la posición relativa de los pasos de tono, y en particular
de los de semitono, dentro del esquema que designa la sucesión
de los tonos, que en el Occidente ha servido desde siempre y sigue
sirviendo todavía principalmente al ejercicio de la escala
en la enseñanza del canto. Para sus modos de tetracordio,
los griegos tuvieron algo parecido. Y lo mismo existía en
la India. La práctica eclesiástica del canto de la
Edad Media puso para ello come base, en la escuela de Guido de Arezzo,
una serie diatónica de seis tonos. No, pues, de siete tonos
-en la que sólo se fue transformando paulatinamente a partir
del siglo XVII, después que hubo agotado la parte principal
de su papel y del hecho de que entre los latinos y los ingleses
empezaba a convertirse en simple designación absoluta de
los tonos, mediante adición de la séptima sílaba
(si)-, ya que, en el marco de la diatónica, esto sólo
habría dado una escala única, indesplazable y partida
en forma asimétrica por el paso de semitono. Ni tampoco una
serie de cuatro tonos, como en la Antigüedad, porque, por muy
importante que siguiera siendo la posición de Las cuartas,
sobre todo en la teoría, aquélla iba con todo cediendo
terreno, en comparación con la Antigüedad, debido a
la desaparición de la cítara, que había sido
el soporte del tetracordio y de la práctica y la enseñanza
de la música en aquella época, y a causa de su sustitución,
en tanto instrumento de escuela, por el monocordio, así corno
al hecho, en general, de que la enseñanza musical se fuera
centrando única y exclusivamente, al principio por lo menos,
en el canto. Buscábase antes bien, por lo visto -y esto ha
sido expuesto en forma convincente por H. Riemann-, la mayor sucesión
de tonos divisible más de una vez, de modo homogéneo
y simétrico, por el paso de semitono, en el marco de la escala
diatónica. Pero ésta es una sucesión de seis
tonos, una vez a partir de Do y otra a partir de Sol, partida en
ambos casos exactamente en el centro por el paso de semitono. Como
es sabido, las sílabas, ut, re, mi, fa, sol, la, de las que
mi-fa designa siempre el paso de semitono, fueron tomadas del principio
de los hemistiquios, ascendentes en pasos diatónicos, de
un himno a San Juan. Pero, además, introdújose al
lado de las dos series simétricas de seis tonos a partir
de Do y de Sol un tercer hexacordio a partir de Fa. Ya antes de
Guido de Arezzo, que en cuanto diatónico estricto rechazaba
todo cromatismo, la práctica había vuelto a admitir,
para disponer también de una cuarta a partir de Fa, el tono
b, el "b molle" (si bemol), al lado de b quadratum (si)
y frente a éste. Y precisamente a esa simetría de
tetracordio enfrentóse ahora la simetría del hexacordio,
pose a aceptar el tono cromático, o tal vez debido precisamente
a ello y, aunque tal no fuera quizá la intención,
acabo, con todo, por desplazarla. Así, pues, a partir de
intereses puramente melódicos y sin que ciertamente mediara
intención alguna en tal sentido, el tono fundamental, la
dominante y la subdominante de nuestra escala de Do mayor se habían
convertido en puntos de partida de los tres hexacordios. Por supuesto,
esto no era en modo alguno indiferente por lo que se refiere al
desarrollo de la tonalidad moderna. Pero era natural, aunque no
decisivo, ya que, en sí, el b molle (si bemol), surgido como
concesión a la antigua supremacía de la cuarta, en
la que la séptima menor "se apoya" de igual modo
a como la séptima mayor "conduce" a la octava,
hubiera podido actual en favor de la "tonalidad de cuartas"
y del "sistema del tono central".
Que esto no fuera así se debe a peculiaridades decisivas
del desarrollo de la música occidental, en relación
con las cuales la elección del hexacordio fue sin duda más
bien síntoma que causa. En efecto, como tal sólo puede
considerarse (al lado de otras) en el sentido de que, una vez abandonado
en algún punto el apego a la división del tetracordio
basada en el principio de la distancia, la "lógica interna"
de Las relaciones entre los tonos había de impelir inmediatamente
por la senda de la formación moderna de las escalas.
El papel preponderante de las cuartas y has quintas en la música
antigua, con la que nos encontramos por doquiera, se basa ciertamente
en la influencia ejercida desde siempre por la claridad de su consonancia
en la afinación de los instrumentos de tonos móviles.
Ese papel no podía jugarlo la tercera, ya que, de los instrumentos
de tonos fijos los más antiguos no la daban todavía
o la daban sólo como tercera neutra: tal, por ejemplo, la
mayoría de los cuernos y flautas y la gaita, con la excepción
característica, a la que habremos de referirnos todavía,
de uno de Los instrumentos más antiguos conocido en el alto
norte de Europa. En cuanto al hecho de que en cierto modo la cuarta
adquiriera preponderancia con respecto a la quinta, tiene probablemente
su causa, de modo general, en la circunstancia simplemente de ser
aquélla la distancia menor de dichos dos intervalos. Sin
duda, se ha tratado también de explicar en otra forma su
preponderancia primera y su retroceso posterior frente a la quinta,
así, por ejemplo, recientemente (A. H. Fox-Strangwavs), sobre
una base puramente física, por el carácter puramente
vocal de la música polifónica relativamente antigua:
en el canto -se dice- la más alta de las dos voces posee
la tendencia de atraer la melodía hacia sí, en tanto
que la más baja trata de adaptársele, y concretamente
en la cuarta, porque en esta forma el cuarto tono armónico
de ésta coincide con el tercero de aquella, y esto constituiría
el parentesco más directo, en la octava, de los tonos así
dispuestos (tonalidad de tetracordio). En el dúo instrumental;
en cambio, es el bajo el que posee mayor resonancia, y el alto se
le adapta armónicamente en la quinta, ya que en ésta
el tercer tono armónico de aquél coincide con el segundo
tono de la voz superior (tonalidad de escalas). Pero si se la considera
desde el punto de vista histórico, dicha explicación
-de la que sólo los especialistas pueden juzgar definitivamente-
parece un tanto problemática, pues presupone la polifonía
y, por otra parte, es notorio que, en el canto a dos voces, sin
acompañamiento, de los que carecen de toda cultura musical,
son las quintas las que suelen producirse con mayor facilidad. Ni
habla tampoco en favor de la misma el desarrollo del sistema musical
arábigo, particularmente rico en instrumentos, en cuyo marco
la cuarta -y concretamente dividida siempre de arriba hacia abajo-
pudo progresar, con todo, a expensas de la quinta. Antes podría
aducirse el desarrollo hindú. Pero también aquí,
una vez más, el ascenso de la cuarta en los modos eclesiásticos
frente a la música helénica tuvo lugar pese al fuerte
retroceso de los instrumentos musicos. Por lo visto, esto dependería
de la clase de los mismos. En cambio, por lo que se refiere a la
importancia del bajo instrumental y a la escritura por él
fomentada de las armonías de abajo hacia arriba, la explicación
en cuestión es seguramente concluyente. Sin embargo, la posición
de la cuarta en las antiguas músicas sólo podría
explicarse a su vez en tanto que en dicha forma la peculiaridad
de las antiguas melodías en el sentido de transcurrir preponderantemente
en descenso -lo que, sin embargo, nada tiene ciertamente que ver
con la mayor resonancia de una voz más alta- empujaría
efectivamente como final de una frase melódica hacia la cuarta.
En efecto, aun desde el punto de vista puramente melódico,
una frase que bajaba de un sólo trazo a través de
la escala de los tonos intermedios hasta la quinta (o sea, pues,
de do a fa) resultaba muy larga, y comprendía, si el semitono
se hallaba al principio o al fin, la disonancia de tritono, difícil
inclusive melódicamente, y la interpolación del semitono
en su centro sólo resultaba convincente -como en nuestra
tesitura actual, por ejemplo, la frase de sol a do-, cuando la tercera
se comprendía ya armónicamente. O sea que, mientras
la tercera se seguía percibiendo conforme a la distancia
como ditono, la cuarta era la primera consonancia clara que alcanzaba
un curso melódico. Cuando se conocía la octava aquella
surgía casi siempre con la quinta. Por lo menos para todos
aquellos pueblos que no poseían el acorde de tres sonidos,
parece haberse percibido entre los intervalos, aun como salto melódico,
como relativamente fácil de entonar. Y el hecho de que fuera
al propio tiempo el intervalo más pequeño de consonancia
clara, en contraste con la ambigüedad de la tercera, decidió
finalmente en su favor, aun en una música que conseguía
su material sonoro según el principio de la distancia, como
punto de partida de la división racional del intervalo.
Ahora bien inclusive una
cimentación "tonal" fuertemente arraigada empieza
a tambalearse en las músicas de desarrollo puramente melódico
tan pronto como éstas han empezado a desprenderse de las
antiguas fórmulas musicales típicas de carácter
sacro o medicinal que ofrecían soportes firmes. E incluso
el derrumbe de todas las barreras "tonales" resulta tanto
más completo bajo la presión de la necesidad creciente
de expresión, cuanto más refinadamente se ha desarrollado
el oído en la dirección melódica. Así
fue en la música helénica. Vemos que la interpretación
de la cuerda cromática como elemento de un "tetracordio"
particular enlazado y la fijación de los tonos externos de
los tetracordios limitaban fijamente en la teoría, los medios
de la modulación. Y de hecho, algo análogo se puede
si no demostrar estrictamente en relación con la práctica
en los instrumentos musicos, sí por lo menos encontrar aquí
y allá a manera de indicio. Sin embargo, muchos comentarios
de los escritores musicales, y a mayor abundamiento los monumentos
de la música, entre otros, por ejemplo, el gran primer Himno
délfico a Apolo, muestran claramente que de la practica de
la música lo menos que puede decirse es que se regía
muy poco por la teoría. Se pueden racionalizar más
fácilmente -como han demostrado los infatigables intentos
de Gevaert, aunque en principio no puedan suscribirse-, inclusive
en su caso con nuestras ideas armónicas, los cantos corales
conservados de melodía en parte verdaderamente antigua y,
en parte, de intención manifiestamente arcaizante. La primera
Oda pítica de Piídaro (de composición incierta
en cuanto al tiempo), los Hinnos de Mesomedes y, además,
el pequeño canto funerario de Seikolos, que imita probablemente
aires populares, se adaptan a la teoría en forma tolerable.
Resiste en cambio toda racionalización (aun admitiendo la
hipótesis de Riemann en el sentido de la mutilación
de un signo de notación) el segundo gran Himno a Apolo, que
pertenece al siglo II a. c. La teoría del tetracordio de
los griegos ponía en tanto limites al cromatismo melódico,
pues no podían ponerse uno a continuación de otro
más de dos intervalos de tono principal, lo que Aristoxenos
explicaba diciendo que, en otro caso, las relaciones de consonancia
se perderían dentro del esquema de cuartas. El Himno a Apolo,
en cambio, contiene tres intervalos cromáticos sucesivos,
y también en otros aspectos sólo podría interpretarse
teóricamente en el supuesto de modulaciones sumamente libres
en cualesquiera direcciones, recurriendo a la interpretación
de Gevaert en el sentido de que se hallan aquí combinados
unos con otros tetracordios de estructura interna totalmente distinta
(y también de modos tonales totalmente distintos). Indudablemente,
un teórico antiguo habría construido los hechos en
dicha forma, al igual que ocurre también algo parecido en
la teoría de la música arábiga, por ejemplo,
mediante combinación de tetracordios y pentacordios diversamente
articulados.
Pero en tal caso había precisamente que abandonar aquí
en realidad toda relación "tonal" de "cuartas"
y "quintas" -en el sentido griego-, excepto en cuanto
a los tonos extremos de los tetracordios, y se habría desarrollado
un sistema rnelódico desligado en gran parte de toda vinculación.
Este se comporta al parecer respecto de los fundamentos teóricos
en forma análoga a como la música moderna se comporta
con respecto a la estricta teoría armónica reproducida
al principio (en versión ya relativamente "moderna").
Y se trata precisamente en ello de música oficial ateniense
(un canto de loa al dios después de realizado el asalto celta).
Así, pues, la tendencia a la ampliación de los medios
de expresión parece haber conducido en la música helénica,
y precisamente en su apogeo, a un desarrollo extremadamente melódico
que rompió en buena parte los elementos "armónicos"
del sistema musical. Y si en el Occidente la misma tendencia ha
Ilevado desde fines de la Edad Media a un resultado totalmente distinto
en la evolución de la armonía de acordes, se propenderá
a atribuirlo en primer lugar al hecho de que, en el momento de iniciarse
aquella necesidad mayor de expresión, el Occidente se hallaba
ya, en contraste con la Antigüedad, en posesión de una
música de varias voces, en cuyo curso hubo de desembocar
el desarrollo del nuevo material sonoro. Lo que sin duda es así
en buena parte. Es el caso que, sin embargo, la polifonía
no existía en modo alguno únicamente en la música
occidental, de modo que empieza por plantearse la cuestión
acerca de sus condiciones específicas de desarrollo.
Aquí sólo designarnos como "polifónica"
una música, inclusive en el sentido más vasto, cuando
las distintas voces no transcurren exclusivamente en consonancia
o en la octava de unas con otras. De hecho, el unísono de
instrumentos y voces cantantes lo conocen casi todas las músicas
y lo conocía también la Antigüedad. Y constituye
asimismo un fenómeno muy general, y por supuesto familiar
también a aquella, el acompañamiento de las voces
en octavas (voces masculinas, de niño o femeninas). Parece
ser, sin embargo, que, dondequiera que se presente, la octava es
percibida como "identidad en otro plano". En aquel sentido
más amplio, pues, la música polifónica puede
adoptar caracteres típicamente diversos, entre los cuales
se dan, por supuesto, toda clase de transiciones, aunque en sus
casos extremos puros se separen unos de otros de modo muy estricto
y se remonten además también históricamente
a raíces distintas ya en las músicas muy primitivas.
Primero: la moderna "plurisonancia" -como, debería
decirse en realidad en lugar de "polifonía"- armónica
de acordes. Porque las progresiones de acordes no han de concebirse
necesariamente en modo alguno, en si mismas, como pluralidad de
"voces", a distinguir unas de otras, que caminen juntas.
Ni siquiera comportan necesariamente, por el contrario, el progresar
"melódico" de una sola voz. Por supuesto, la falta
de toda melodía en absoluto, en el sentido usual, no es más
que un caso extremo. Ni ella ni lo que musicalmente se le aproxima
tienen, en la música de los pueblos no occidentales y en
el pasado antes del siglo XVIII, analogía alguna. Sin duda,
las naciones del Cercano y del Lejano Oriente, y precisamente las
de música artística más desarrollada, conocen
la consonancia de varios tonos. Y tal como ya se señaló
anteriormente, parece ser que, por lo menos, el acorde del modo
mayor, es aceptado como "bello" inclusive por parte de
pueblos cuya música carece de toda tonalidad en el sentido
nuestro o descansa, como en el caso de los siameses, en fundamentos
totalmente distintos. Sin embargo, ni interpretan el acorde en sentido
armónico, ni lo disfrutan como acorde a la manera nuestra,
sino como combinación de intervalos que quieren oír
separadamente y que prefieren pulsar "arpegiando", o sea,
tal como surgían espontáneamente en el arpa y en los
antiguos instrumentos de cuerdas separadas. En esta forma, el acorde
es probablemente antiquísimo en todos los pueblos de instrumentos
de varias cuerdas; Pero, además, todavía al perfeccionarse
el piano en el siglo XVIII era precisamente la belleza sonora de
los acordes arpegiados obtenidos del laúd uno de los efectos
que se buscaban y apreciaban. Pero se encuentran también
series de acordes de arpa de dos y tres sonidos, entre las partes
alternas del sólo y del coro, en las atractivas recitaciones
de leyendas semidramáticas de los negros bantú, por
ejemplo, que P. H. Trilles ha recogido, sin que por ello dichas
series (muy simples) tengan nada que ver con nuestras progresiones
armónicas. En efecto, en la mayoría de casos vuelven
a concurrir en el unísono o bien, de no ser así, terminan,
en determinadas circunstancias, en fuertes disonancias (en el tritono,
por ejemplo, si la reproducción es correcta). La abundancia
sonora es lo que se persigue esencialmente. Un caso externo opuesto
lo representa aquella pluralidad vocal que se designa técnicamente
como "polifonía" y ha hallado su tipo más
consecuente en el "contrapunto": varias voces tratadas
en absoluto como de igual derecho corren una al lado de otra y están
armónicamente ligadas entre sí de tal manera, que
todo progreso de una de ellas tiene en cuenta el de las otras, por
lo que queda sujeta a reglas precisas. Estas reglas de la polifonía
moderna son en parte las de la armonía de los acordes y persiguen,
en parte, el objetivo artístico (expresado en la forma más
general posible) de conseguir un progreso de las voces tal, que
cada una de ellas encuentre su pleno reconocimiento melódico,
pero conservándose al propio tiempo en el conjunto, a pesar
de ello y en lo posible, gracias precisamente a ello, una estricta
unidad musical (tonal). En tanto, pues, que la pura armonía
del acorde piensa "en dos dimensiones" -verticalmente
a las líneas de las notas y al propio tiempo horizontalmente
a lo largo de ellas-, el contrapunto por su parte piensa en primer
lugar en "una dimensión", o sea en dirección,
y sólo luego verticalmente, en la medida en que los acordes,
no nacidos en él de figuras construidas unitariamente conforme
a la armonía, sino originados en cierto modo casualmente
en el progreso de las distintas voces independientes, requieren
reglamentación armónica. La oposición parece
relativa y lo es efectivamente en gran parte. Pero, hasta que punto
se la pueda percibir agudamente lo demuestra probablemente más
todavía que la lucha enconada de la sensibilidad musical
italiana de fines del Renacimiento contra la "barbarie"
del contrapunto en favor de la música homófona armónica,
la actitud incluso de contrapuntistas como Grell (director de la
Academia de Canto de Berlín), quien en el último tercio
del siglo XIX fulminó póstumamente su condena contra
todas las innovaciones de la música a partir de J. S. Bach,
y eventualmente también de su discípulo Bellermann,
así como, por otra parte, la dificultad notoria para la sensibilidad
moderna, orientada hacia el acorde -y aun precisamente entre los
artistas creadores- de interpretar Palestrina y Bach en el sentido
musical con que lo hacían estos mismos y su época.
La polifonía, en tal sentido, y en particular el contrapunto,
sólo los conoce el Occidente en forma deliberadamente cultivada
a partir del siglo XV, pese a todas las etapas previas, y halló
en Bach su expresión más acabada. No la conocen ni
otra época ni otra cultura alguna, ni la conocieron tampoco,
como Westphal supuso a base de una interpretación errónea
de las fuentes, los griegos, en los que por lo que sabemos faltan
antes bien por completo inclusive has etapas previas de la polifonía
que se encuentran en los pueblos más distintos de la tierra
en forma totalmente análoga a la del Occidente. Para ellos,
en efecto, la última palabra, tanto por lo que se refiere
al acorde como a todo empleo simultáneo de las consonancias
en la música en general, rezaba: sinfonía ouk ejei
ethos o sea, según el sentido -como resulta de otro pasaje
del Pseudo Aristóteles-: los acordes consonantes (conocidos
ya a partir de la afinación de los instrumentos) son sin
duda gratos al oído, pero no poseen significado musical alguno.
La frase se aplicaba, por supuesto, a la música culta. No
demuestra, naturalmente, que los griegos no conocieran el acorde
en absoluto, sino lo contrario, como se ve asimismo por los comentarios
de los teóricos acerca de la ?????? en las consonancias en
contraste con las disonancias. Y aunque se propenda por parte de
muchos a suponer que en Grecia hubo de darse tal vez también
un canto de varias voces en la forma primitiva de los paralelos
de consonancias, no se puede, sin embargo, ni demostrar de modo
cierto in, por otra parte, desvirtuar. No obstante, de haber existido
-lo mismo que el empleo de los acordes-, dicha música hubiera
sido precisamente "música popular" (de la que por
supuesto no poseemos huella alguna), y hubiera pertenecido a aquella
clase de regocijo de verbena de la "crápula", a
cuyo propósito Aristóteles se expresa en forma tan
despectiva.
Hay que recordar todavía con unas breves palabras los medios
artísticos específicos de la plurivocalidad "polifónica".
La unidad de una composición melódica polifonía
en sentido técnico se observa de la manera más sencilla
en el "canon", o sea en el simple correr uno al lado de
otro, a distintas alturas de tono del mismo motivo, mediante su
adopción sucesiva por otras voces antes de terminar en una
de ellas: forma de canto que se presenta tanto en la simple música
popular como también como producto artístico. El primer
ejemplo conservado de ello (fechable con seguridad por la escritura),
aunque no por ello el más antiguo ni con mucho, por supuesto,
de la música occidental, lo constituye el célebre
Canon del Verano, del monje de Reading (manuscrito de mediados de
siglo XIII). Pertenece en cambio exclusivamente a la música
culta, cual una de las formas artísticas más elevadas
del contrapunto, la "fuga"; en su esquema más simple:
un "tema" dado es imitado por un "compañero"
en otro tono (normalmente, en la quinta); al "compañero"
se le enfrenta a su vez, nuevamente en el tono inicial, una "oposición";
este antagonismo es interrumpido por medio de "frases intermedias"
y diversificado por medio de cambios de tiempo y modulaciones (normalmente
de escala emparentada), y se concentra y subraya el sentido musical
de la composición eventualmente, mediante "paso angosto"
(entrada del compañero, en forma de canon, al lado del mismo
tema), así como, especialmente hacia el final, mediante paso
de las voces por encima de un tono sostenido ("punto de órgano").
Los inicios de la fuga se remontan a mucho atrás, en tanto
que su pleno desarrollo sólo lo consiguió, como es
sabido, en los siglos XVII y XVIII. También fuera de estas
dos formas extremas, en cierto modo características, constituye
el elemento vital de la polifonía como música de arte,
la "imitación" más o menos libre del motivo
melódico dado, enriquecido siempre de nuevo a interpretado
desde todos los lados en forma cada vez más penetrante y
en escalas siempre distintas. El desarrollo de la "imitación"
hasta dicha posición dominante como medio artístico
corresponde sólo al siglo XV, aunque sus inicios se sitúen
considerablemente más atrás, y desplazó entonces,
como segunda ars nova, el estilo preponderablemente coloreado del
siglo XIV y la regulación mecánica más antigua
del movimiento de las voces. Y no es sino a partir de entonces cuando
el contrapunto ha dominando no sólo todo el arte del canto
polifónico eclesiástico, a partir de la nueva fundación
de la capilla papal en el siglo XV una vez terminado el cisma, sino
también, en fuerte grado la composición conforme a
arte de cantos populares a partir del siglo XVI. Partiendo del simple
movimiento de dos voces, "punctus contra punctus", hasta
movimientos de varias docenas de voces y, con 2, 3 y 4, de una contra
otra de ellas, y progresando del contrapunto "simple"
al "múltiple", esto es, formado por voces susceptibles
de volverse una contra otra, la composición polifónica
hubo de ir enmarañándose en una construcción
cada vez más sublimada y complicada de reglas artísticas.
Ya antes del advenimiento de esas tareas complicadas constituían
los problemas simples del "movimiento paralelo", el "movimiento
lateral" y el "movimiento contrario" de las voces,
con sus reglas y prohibiciones, el objeto específico de una
teoría de la plurivocalidad desarrollada paulatinamente a
partir del siglo XII. Para ésta figuraban ante todo en el
primer plano del interés dos prohibiciones -una por lo menos
desde el siglo XII, pero probablemente ya desde antes, y la otra
desde el siglo XIV-, a saber: la evitación del "tritonus"(
cuarta aumentada en medición pitagórica, por ejemplo,
fa-si), que en la Edad Media se consideraba como exponente de todo
lo malo y feo, y la prohibición de las progresiones en paralelo
de "consonancias perfectas" y, en particular; de las octavas
y las quintas. La prohibición rigurosa del tritono, sin duda
fuertemente disonante (cae también en la teoría de
Helmoltz en la categoría de los intervalos "turbados"
por enarmónicos particularmente cercanos), pero que pertenecía,
con todo, a la tonalidad "lidia" (que parte de fa) a título
de intervalo especifico, no la conocía todavía el
coral gregoriano genuino. Como tampoco se impuso en parte alguna
donde el dominio de la iglesia permaneció relativamente débil
(por ejemplo, en Islandia). El empleo de la tonalidad lidia era
perfectamente familiar a la música eclesiástica más
antigua, pero estaba en cambio prohibido posteriormente, por lo
menos en su forma pura: ningún coral eclesiástico
está escrito en ella. Podría propenderse a explicar
el origen de la prohibición por la introducción del
sistema griego del tetracordio en la teoría de la música
a partir de la época de los Carolingios. No, por supuesto,
la de la práctica artística helénica genuina
de las épocas clásica y posclásica, la cual
según el testimonio de los monumentos no evitaba el tritono
en modo alguno, ni aun siquiera como salto directo. Pero si tal
vez la de la concepción de la "tonalidad" de la
época final, influida ya en sentido cristiano y, con ello,
indirectamente en sentido oriental. El paso de tritono no parece
tampoco ser fácil de entonar melódicamente fuera de
nuestra habituación armónica, y evitar también
músicas por lo demás muy diversas entre si, la sucesión
de tres pasos de tono entero, como dureza melódica, pero
sin que se pueda establecer directamente en qué medida contribuyan
a ello sentimientos tal vez "tonales" -efecto del conocimiento
de la cuarta. en efecto, en sí mismo se concibe perfectamente
aun sin ello que, una vez que se ha aprendido a distinguir claramente
los tonos enteros y los medios tonos, se perciba un cambio en algún
modo "rítmico" entre ellos -en el tono entero y
el semitono o en dos tonos enteros y un semitono- como lo melódicamente
más agradable y normal. Sin embargo, desde el punto de vista
de la consideración racional, era natural ver en el tritono
(y en su inversión, la cuarta disminuida) un intervalo que
cortaba tanto la relación de cuarta como la de quinta y,
con ello, la "tonalidad" en el sentido de entonces, o
sea la división en cuarta y quinta de la octava. Por la misma
razón, la música bizantina consideraba el traspaso
de la "nete" (el tono más alto) en sólo
medio tono no como modulación -como en el caso de otras transgresiones
del ámbito-, sino directamente Como anulación de la
tonalidad mima. Sin embargo, es posible que la modificación
del tritono sólo se haya producido considerablemente más
tarde y haya procedido paralelamente con la polifonía; no
parece haberse conseguido todavía un conocimiento absolutamente
cierto del desarrollo histórico de la prohibición.
Como quiera, sin embargo, que el tritono no podía aparecer
no ya sólo simultáneamente, sino tampoco sucesivamente,
ni indirectamente y ni siquiera como serie de tonos dentro del conjunto
de las voces, constituía efectivamente su prohibición
(en el lenguaje de la Edad Media, la regla de que "mi contra
fa" era inadmisible) una limitación muy apreciable.
El hecho de que, al lado de ello, de los intervalos mayores la sexta
menor (intervalo principal de la tonalidad frigia) y la octava se
consideraran como permitidas, por lo menos por Ia teoría
posterior y aunque sólo para el ascenso, en en tanto que
la sexta mayor en cambio, peso a su carácter cantable -en
contraste con las séptimas de prohibición constante-
nunca haya sido admitida como paso melódico de tono, ha tratado
de fundamentarse racionalmente. La prohibición tan invocada
de los paralelos de quintas y octavas propenderíamos nosotros
a explicarla desde el plinto de vista de la "tonalidad",
bajo el dominio de la música armónica de acordes,
en el sentido de que las quintas y las octavas vacías se
interpretan por nuestro oído como fragmentos de acordes de
tres sonidos y, en consecuencia, el progreso de ellas se entiende
como cambio constante de la tonalidad. En tanto que la polifonía
de concepción puramente melódica la rechazaría
más fácilmente como amenaza de la mutua independencia
musical de Ias distintas voces. Como es sabido, todos los intentos
de una fundamentación realmente de "principio"
son sumamente problemáticos. Históricamente, aquélla
sólo se desarrolló, según el testimonio de
los monumentos; después de que la teoría del Occidente
hubo empezado a dedicarse independientemente a la investigación
de las consonancias y las disonancias y de su empleo en la polifonía,
después de que se hubieron reconocido el "movimiento
contrario" como medio artístico y la posibilidad de
empleo de las terceras y las sextas como intervalos (en el faux
bourdon), y cuando se dispuso de los primeros resultados efectivamente
cantables de la composición artística polifónica.
Cultivóse entonces, precisamente, el cambio de los intervalos
regulado por normas artísticas como medio artístico
específico, y esto se presentó como producto de la
emancipación de la polifonía con respecto a una práctica
artística directamente opuesta. considerada de ahí
en adelante como bárbara. La prohibición de los paralelos,
que nunca se llevó a cabo hasta en sus últimas consecuencias
-ni por un sólo artista, al parecer-, comporta, cono es sabido,
una serie considerable de limitaciones muy apreciables en el movimiento
melódico de las voces. Por lo demás, la "tonalidad"
de la polifonía -en sentido restringido- se ha ido desarrollando
muy paulatinamente hasta el estado -resultado final- en que corresponde
prácticamente a las exigencias de la armonía de acordes.
Descansó durante toda la Edad Media y hasta bien entrado
el siglo XVIII en el fundamento, fluctuante desde el punto de vista
tonal, según vimos, de los "modos eclesiásticos".
A partir de la independencia de las distintas voces -a las que la
antigua plurivocalidad, sobre todo el antiguo "motete"
de los siglos XIII y XIV, no tenía reparo en poner como base
textos totalmente diversos- justificábase que aquellas pudieran
estar asimismo en distintos modos eclesiásticos (lo que según
los intervalos entre las voces resultaba efectivamente a menudo
precisamente en la observancia de la unidad armónica de acorde,
directamente inevitable La ampliación de las tonalidades
eclesiásticas hasta 12, mediante la incorporación,
concretamente, de las escalas en uso desde hacía mucho tiempo
en la música profana, o sean la "jónica"
(en Do) y la "eólica" (en La), por Glareano en
el siglo XVI, vino a significar la renuncia definitiva a los restos
de Ia antigua tonalidad del tetracordio. Los principios de los finales
y los antefinales de la música polifónica iban correspondiendo
cada vez más claramente a las exigencias de la armonía
de acordes que había crecido a su lado, con ella y aun a
veces en oposición con ella, a reserva que las particularidades
que la tonalidad frigia (en particular el "dórico"
helénico) seguía conservando y, habida cuenta de su
estructura, había de conservar. Pero fue distinta de lo que
era en la armonía de acordes, como es natural, la posición
de las disonancias en la polifonía propiamente contrapuntística.
La aparición de teoremas a su propósito señala
el punto de partida del desarrollo musical específicamente
Occidental. En tanto que la antigua frase polifónica totalmente
pura evita directamente la disonancia nota por nota, confinábanla,
las teorías más antiguas de la polifonía que
la admitían, a las partes no acentuadas del compás
y, en la posición de varias notas contra una, esto ha seguido
siendo así, como es sabido, en el contrapunto, en tanto que
en la música de la armonía de acordes, en cambio,
el lugar propio de la disonancia dinámica es precisamente
la parte acentuada del compás. Y es que, en la polifonía
pura, las consonancias sólo se tienen en cuenta, en principio
por lo menos, como elementos de la belleza sonora. De hecho, la
disonancia no es en ella, como en el caso de la armonía de
acordes, el elemento específicamente dinámico, sino,
al revés, un producto de la progresión, determinada
de modo puramente melódico, de las voces. De ahí que,
en principio, sea siempre "casual" y deba aparecer, siempre
también como "ligado" allí donde el acorde
resultante representa en sí mismo una disonancia "armónica".
Esta oposición entre el sentir musical armónico y
el específicamente polifónico puede apreciarse ya
de modo bastante claro en la manera de tratar las disonancias el
Canto italiano profano, por una parte, y el arte eclesiástico
de los neerlandeses por la otra.
A la "polifonía" sólo llamada así
técnicamente y a la armonía de acordes pura se enfrenta,
como tercer caso límite de plurivocalidad, la música
armónica homófona, o sea la subordinación de
toda la estructura musical a una voz que lleva la melodía,
como "acompañamiento" armónico, "complemento"
o "interpretación" de la misma, en las formas más
diversas que semejantes relaciones pueden adoptar. Etapas previas
de esa situación se encuentran esparcidas en las formas más
distintas por toda la tierra, Pero, al parecer, en ningún
lugar tan desarrolladas como lo estaban en el 0ccidente va en el
siglo XIV (en Italia). Con plenitud de conciencia sólo se
ha desarrollado en la música occidental a partir de principios
del siglo XVII y aun, una vez más, en Italia ante todo, en
la ópera en aquella época.
También las etapas previas primitivas de la plurivocalidad
adoptan, en correspondencia con dichos tipos extremos, formas diversas.
El "acompañamiento" de una voz cantante se encuentra
en las músicas no racionalizadas tanto como acompañamiento
vocal cuanto como instrumental. La voz acompañante se caracteriza
como tal en parte de modo simplemente cuantitativo, por el hecho
de que lleva sin duda una melodía propia, pero se canta,
con todo, más bajo (es lo que tiene lugar, por ejemplo, en
el canto popular islandés, en el que dicha voz acompañante
sigue su propia melodía), y en parte, en cuanto aparece frente
a la voz portadora de la melodía como cualitativamente independiente.
Ya sea que la borde con tonos intercalados o trinos -esto es frecuente
en diversas músicas, entre otras en las del Lejano Oriente
(chinos, japonesas), y se encuentra también como krousis
ypo tyen oten, si H. Riemann esta en lo cierto al interpretar ese
discutido concepto, en la música helénica antigua
como único intento conocido en ella de plurivocalidad: los
instrumentos marchan al unísono con la voz cantante, pero
intercalan entre los tonos principales sostenidos de la misma unos
trinos, para los que según el testimonio de las antiguas
fuentes bizantinas hubieron de existir por lo visto esquemas típicos-,
o bien, inversamente, de tal modo que al lado del movimiento de
la melodía se sostienen como "borduna" uno o varios
tonos de acompañamiento cambiantes o simultáneos.
En todos esos casos la voz acompañante puede ser lo mismo
el bajo que el alto vocal o instrumental. Tanto en la polifonía
vocal de esta clase como en la instrumental aparece a menudo, en
el caso de más de dos voces, como portadora de la melodía
la voz central (en el lenguaje de la Edad Media, "tenor",
"cantus firmus"). Así, por ejemplo, en la música
javanesa Gamilan, en la que la voz cantante que recita el texto
-o los instrumentos de percusión, en el caso de música
puramente instrumental- lleva el cantus firmus, en tanto que unas
voces superiores dibujan arabescos a su lado y que un bajo marca
con ritmo propio determinados tonos particulares. En la música
artística Occidental medieval se consideraba, como es sabido,
a tal punto natural que la voz principal (originariamente, sin excepción,
un motivo del coral gregoriano) fuera el bajo, arriba del cual el
"discantus" ejecutaba sus figuras, que la práctica
contraria, al introducirse en la música artística
el canto de las terceras y sextas entre los franceses y los ingleses
-tan importante desde el punto de vista de la historia de la música-
se designó como faux bourdon (falso acompañamiento),
nombre que ha conservado hasta el presente. El hecho de que la voz
superior se convirtiera en portadora de la melodía -lo que
en relación con la elaboración de la armonía,
y en particular de la que es tan importante como soporte armónico
para esa posición del bajo, revistió gran trascendencia-
es producto, en la música artística occidental, de
una larga evolución. El "bourdon" primitivo, en
particular, no es todavía un bajo en el sentido de que el
tono sostenido siempre quedara abajo. En relación con una
tribu de Sumatra (kubu), por ejemplo, señala v. Hornbostel
un bourdon vocal precisamente en la voz superior, aunque la regla
es, por supuesto, que el bourdon sea instrumental y está
en el bajo. Ni tampoco ha de interpretarse en general al bourdon
como base armónica, a la manera acaso de un punto de órgano.
En efecto, a menudo no es más -como toda plurivocalidad primitiva-
que un medio estético empleado en interés de la plenitud
de sonido, pero sin significado armónico o, por lo menos,
sobre todo cuando lo dan instrumentos de percusión, de significado
predominantemente rítmico. Sin embargo, presenta a menudo
un sentido armónico en cierto modo indirecto, y esto es así
aun allí donde sólo aparece como un "drone-base"
ejecutado por instrumentos de percusión (gong, palo sonoro,
etc.). En tal caso, el instrumento de percusión no da sólo
el ritmo del canto, o no lo da en absoluto, a cuyo propósito
se muestra antes bien, en su propio ritmo, totalmente indiferente.
Y el cantante acostumbrado al drone base no pierde el ritmo al faltarle
dicha base, sino que se desvía con respecto a la melodía:
por lo visto, la distancia variable ejercitada entre aquella y el
tono acompañante le sirve, pese a su irracionalidad, de "sostén".
Y finalmente, no es raro tampoco, por supuesto, encontrar la orientación
directa del tono principal del canto por el bourdon (así
por ejemplo, entre los indios de la América del Norte). En
los hindúes, y probablemente también en otros muchos
pueblos, el final en el tono dado por el instrumento de percusión
se considera como final normal. A partir de un bourdon de dos tonos,
como se lo encuentra efectivamente (por ejemplo, de instrumentos
que clan la quinta y la octava), puede desarrollarse luego fácilmente
algo parecido a nuestro basso ostinato. Lo tiene, por ejemplo, la
música japonesa Gagaku (instrumental), en la que el koto
(arpa yacente) asume dicho papel. Allí donde el sentido de
la armonía está en aumento, el bourdon, sobre todo
el instrumental de posición inferior, es susceptible de fomentar
dicho desarrollo vigorosamente, convirtiéndose en una especie
de fundamento del bajo a imponiendo la estructura de las consonancias
de abajo hacia arriba.
Frente a esa modalidad de plurivocalidad subordinante, como una
de las etapas previas (no como "la" etapa previa), se
sitúa ahora la que recientemente se ha dado en Ilamar "heterofonía",
o sea la ejecución simultánea de un tema de varias
voces en diversas variantes melódicas, en la que en apariencia,
sin embargo, dichas voces siguen cada una su camino sin ocuparse
de las demás o, por lo menos, sin prestar una atención
deliberada a la clase de las consonancias. Se la encuentra enlazada
predominantemente con un acompañamiento instrumental que
sirve de "soporte". Pero se presenta también sin
él, inclusive en las etapas más primitivas. Aparece
en su forma más primitiva entre los veddas, carentes de instrumentos,
como un "cantor revuelto" de los distintos cantantes,
en el que éstos, en forma por el momento no analizada todavía,
varían notas sueltas, como las que se dan también
en el canto individual, que concurren a veces en los finales, ya
sea al unísono o en un intervalo consonante. Según
Wertheimer, el efecto del canto conjunto y su posibilidad residen
esencialmente en el hecho de que los tonos finales de la melodía
son en su valor temporal mayores y (probablemente ante todo) mis
constantes que en el canto individual, regulándose de acuerdo
con ellos la entrada de las demás voces. La señora
E. Linjeff, entre otros, ha recogido fonográficamente unos
ejemplos muy bellos de heterofonía campesina original y al
parecer bastante desarrollada, del canto popular ruso, para la Academia
de San Petersburgo. El desarrollo heterofónico del tema se
improvisa también aquí todavía, lo mismo que
en todas las músicas populares antiguas. El hecho de que
en él las distintas voces no se estorben unas a otras ni
rítmica ni melódicamente se funda en el efecto de
una fuerte tradición colectiva: la gente de dos pueblos distintos
no puede cantar junta a varias voces. También aquí
falta todavía toda organización, sea armónico-homófona
o contrapuntística, del conjunto de voces en unidad. Pero
ya en la heterofonía popular puramente improvisante, y más
todavía en su práctica artística, observase
que se presta atención a los acordes de modo tal que determinadas
disonancias se evitan y determinadas consonancias se buscan, primero
probablemente en los tonos finales de los períodos melódicos,
los cuales son luego -así, por ejemplo, en la heterofonía
japonesa- unísonos en otras consonancias, con particular
frecuencia quintas. Hasta tal punto, y no mucho más allá,
ha progresado, por ejemplo, también la polifonía china,
con lo cual se encuentra aproximadamente al nivel del "discantus"
medieval, que consistía en parte en el separarse las voces
del unísono en consonancia cambiante y en su volver a juntarse
en el unísono y, en parte, en la creación de una voz
superior de trinado arriba del "tenor", de la melodía
principal tomada del coral gregoriano.
Y si entonces se ligaban alguna vez "armónicamente"
las distintas voces entre sí, la forma más radical
de ello era la del movimiento estricto en paralelo y en intervalos
consonantes: el muy invocado "Organum" primitivo de la
Edad Media temprana, que se encuentra de hecho tan ampliamente esparcido
por la tierra, como lo menciona en el siglo X Hucbald, aunque tal
vez a consecuencia de una mala interpretación, y aun con
particular frecuencia como forma más antigua de la música
culta clásica polifónica (así, al parecer,
también en el Japón). Trátase preponderantemente
(Indonesia, tribus bantú y otros) de paralelos de quintas
y cuartas. Dada la importancia de estos intervalos para la afinación
de los instrumentos, el paralelismo de quintas tan prohibido en
la música culta del contrapunto y también en la música
escolar hubo de ser sin duda algo absolutamente originario Al lado
de ello menciona v. Hornbostel (en relación con las islas
del Almirantazgo) paralelos de segundas, como los que se han atribuido
también a los longobardos. Serían, pues, también
aquí las dos consonancias más perfectas y el "tonos"
originado por ellas los portadores preferidos de los paralelos.
Por lo demás, la consonancia de segunda que al parecer se
encuentra también en la música Japonesa Gagaku para
los finales es allí, según las explicaciones por lo
menos de un músico japonés comunicadas por Stumpf,
una consonancia arpegiada y no simultánea. Verdaderos paralelos
de terceras, en cambio, o sea el empleo armónico de la tercera,
sólo parecen encontrarse, por lo que sabemos, aisladamente,
así por ejemplo, en cantos de coro del Togo y el Carmerón
(cambio de las terceras mayor y menor), y aun aquí tal vez
por influencia europea. En forma de movimientos de arpa, se encuentran
en uno de los interludios instrumentales de los bantú comunicados
por Trilles y ya mencionados anteriormente. La tercera y, mediante
su duplicación en la octava, la sexta como fundamentos autóctonos
típicos de la polifonía sólo parecen, pues,
poder demostrarse con seguridad hasta el presente en relación
con el norte de Europa, en particular Inglaterra y Francia, la patria
del faux bourdon y del desarrollo de la plurivocalidad medieval
en general. Porque el hecho de que el dúo popular en Portugal
contenga paralelos de tercera y de sextas al lado de las quintas
puede provenir de la influencia del desarrollo de la música
eclesiástica.
La existencia de la plurivocalidad, inclusive sobre la base de intervalos
armónicos, no significa en modo alguno todavía la
penetración de todo el sistema sonoro de una música
con principios de construcción musical armónica. Ocurre,
por el contrario, tal como ya se mencionó (según v.
Hornbostel), que la melodía no se muestre en lo más
mínimo afectada poe ólla y siga empleando al parecer
con perfecta despreocupación terceras neutras y otros intervalos
irracionales por el estilo. La tensión entre los determinantes
melódicos y armónicos es, pues, propia tanto de la
melodía primitiva como de la primitiva plurivocalidad. De
ahí que del Organum del Occidente no hubiera surgido desarrollo
alguno hacia la música armónica si no se hubieran
dado además para ello otras condiciones, y ante todo la diafonía
pura corno fundamento del sistema de tonos de la música culta.
La pregunta de por qué en algunos lugares de la tierra se
da la plurivocalidad y en otros no, no se puede contestar hoy manifiestamente
en forma unitaria, y es posible que no se pueda contestar jamás.
Es posible, en efecto, que los tiempos distintos adecuados a los
instrumentos entre sí y en relación con la voz cantante,
los tonos sostenidos de los instrumentos de viento frente a los
saltados de los de cuerda, el resonar o sostenerse en el canto alternado
de los tonos finales alargados casi por doquiera de una vez, mientras
entra la otra, la armonía de los tonos resonantes del arpa
en la pulsación arpegiada, la pluralidad de tonos de algunos
instrumentos antiguos en el caso de dominio técnico imperfecto
y, finalmente, la pulsación simultánea al afinar los
instrumentos, hayan actuado juntos y se hayan combinado además
con otras coincidencias a has que hoy ya no podemos remontarnos.
Surge, en cambio, la otra pregunta acerca de por qué de la
plurivocalidad, al fin y al cabo ampliamente extendida, se hayan
desarrollado precisamente en un determinado punto de la tierra la
música tanto polifónica como homófono-armónica
y el moderno sistema tonal, y no en cambio, en otras regiones de
una intensidad de cultura musical por lo menos igual, como es el
caso por ejemplo, de la Grecia antigua y también del Japón.
Si se pregunta por las condiciones específicas del desarrollo
musical occidental, corresponde aquí en primer lugar el invento
de nuestra notación musical moderna. En efecto, una notación
como la nuestra es para la existencia de semejante música
de una importancia mucho más fundamental que, por ejemplo,
la modalidad de la escritura fonética para la existencia
de las obras de arte del lenguaje, con excepción, tal vez,
de la poesía jeroglífica y china, en la que la impresión
óptica de los caracteres debido a su estructura artística,
forma parte como elemento integrante del pleno goce del producto
poético. Pero, por lo demás, toda clase de producción
poética es prácticamente independiente por completo
del modo y clase de la estructura de su escritura. Es más,
si se prescinde de las realizaciones cumbres de la prosa, al nivel,
por ejemplo, de un Flaubert, de un Wilde, o de los diálogos
analíticos de un Ibsen, podría en principio concebirse
la creación puramente rítmico-linguística aun
hoy como absolutamente independiente de la existencia de una escritura
cualquiera. En cambio, una obra de arte musical moderna, por poco
complicada que sea, no se puede producir ni trasmitir, ni reproducir
sin el instrumento de nuestra notación: en efecto, sin ella
no puede existir en forma o lugar alguno, ni siquiera come posesión
interna del creador. Ahora bien, signos para la notación
musical se encuentran en alguna forma aun en etapas relativamente
primitivas, sin ir por ello de la mano en todas partes con la melodía
racionalizada. La música arábiga moderna, por ejemplo,
aunque objeto de tratamiento técnico, fue perdiendo paulatinamente,
en el largo periodo a partir de las invasiones mogólicas,
su antiguo sistema de escritura y carece hoy totalmente de ella.
Los griegos se sentían orgullosos, con razón, de su
carácter de pueblo escritor en materia de música.
En efecto, para el acompañamiento instrumental, en particular
tan pronto come en las obras complicadas éste no había
de ir simplemente al unísono con la voz cantante, los signos
de las notas eran casi imprescindibles. La figuración técnica
de los antiguos signos de la notación musical no nos interesa
aquí; aun en la música china es sumamente primitiva.
Las músicas cultas de los pueblos dotados de escritura se
sirven a veces de cifras, pero muy regularmente de letras para la
designación de los tones. Así también los griegos,
entre los cuales los signos vocales y los instrumentales -muy probablemente
más antiguos- para los mismos tones figuran tan independientes
unos al lado de otros, como todavía en la terminología
bizantina son distintas las designaciones de los mismos movimientos
melódicos para el canto y los instrumentos. Los signos para
las notas nos han sido trasmitidos en las tablas alipias -producto
de la época imperial- en forma unívoca. Ya el hecho
de que se establecieran tablas semejantes muestra la complicación
práctica del sistema. Las designaciones para las pykna del
cromatisrno y la enarmonía son bastante complicadas. Como
notas para el ejecutante hubieran sin duda creado dificultades en
las tareas más sencillas, y una "partitura" con
dichos medios, por simple que fuera, es inconcebible. En el ejercicio
práctico de la música, por lo menos en los cantos
de coro danzados, el corifeo indicaba, lo mismo que con el pie el
ritmo, el melos con la mano. La quironomía se consideraba
como parte integrante del arte de la orquesta, y se ejercitaba como
gimnasia rítmica, aun aparte a independientemente de la danza
propiamente dicha. Y el hecho de que en el Occidente sólo
relativamente tarde -en el siglo X- el desarrollo comprobable de
la designación por medio de letras empleara, al parecer después
de alguna vacilación, la letra A precisamente para la denominación
del tono al que corresponde todavía (La) muestra en todo
caso que, en la época de su origen, los "modos eclesiásticos"
nada significaban todavía, ya que en otro caso no cabe duda
que las letras hubieran tomado en cuenta aquí, lo mismo que
entre los griegos, el sistema del tetracordio. Esta designación
por medio de letras no jugó papel duradero alguno en la práctica
musical de la mayor parte del Occidente y acabó, con excepción
de la región de desarrollo más débil de la
polifonía, Alemania, por desaparecer por complete. Porque
en las regiones clásicas de la plurivocalidad servía
para el ejercicio de la escala diatónica, a partir de la
época guidoniana, el sistema de la solmisación con
sus hexacordios que partían de Sol, Do y Fa y permitían,
mediante transporte de los intervalos del hexacordio a las articulaciones
de la mano (tal corno se encuentra también en la India),
un lenguaje mímico. Como símbolos gráficos
para uso, de los cantantes se había empleado la escritura
tonal de los "neumas", radicada primero en Oriente y luego
en la música eclesiástica bizantina. Los neumas son
una transposición del movimiento quironómico a símbolos
gráficos: estenogramas para grupos de pasos melódicos
de tono, cuyo descifrado, pese a los trabajos de O. Fleischer, H.
Riemanrl, J. B. Thibaut, v. Riesemann y otros, no se Ira logrado
todavía por complete. No dan ni la altura de torro absoluta
ni el valor de tiempo del tono individual, sino sólo, de
la manera más obvia posible, los pasos de tono y las modalidades
de canto (por ejemplo, el glissando) que tenían lugar en
el interior del grupo particular de símbolos, y aun esto,
come lo muestran las continuas controversias y la diversidad de
las opiniones entre los distintos maestros de los coros conventuales,
antes que nada en la distinción de los pasos de tono y semitono,
no de modo totalmente exacto, circunstancia que por lo demás
ha favorecido sin duda la flexibilidad de los esquemas musicales
oficiales frente a las necesidades melódicas de la práctica
de la música y, con ello, la introducción de tradiciones
tonales en el desarrollo de ésta. La mejora de la notación
musical frente a dicho desorden era ya objeto de especulaciones
activas del monaquisrno erudito a partir del siglo IX, tanto en
el norte (Huebald) como en el sur (manuscrito de Kircher, del monasterio
de S. Salvatore cerca de Mesina), y la recepción de la plurivocalidad
en el canto conventual y, con ello, entre los objetos de la teoría
aumentó sin duda el estímulo para la creación
de unos signos totales más claros y más fáciles
de entender, como lo muestra en particular la índole de los
intentos de Huebald. Sin embargo, el primer paso importante, o sea
el registro de los neumas en un sistema de líneas no se produjo
en interés de la polifonía, sino en el de la claridad
melódica y del canto a primera vista, come lo muestra claramente
la propia apreciación de su invento por parte de Guido de
Arezzo o, mejor dicho, de su desarrollo consecuente del medio empleado
ya anteriormente por los monjes y consistente en señalar
en forma de dos líneas de colores la posición del
Fa y del Do. La sustitución de los neumas -que significaban
no sólo tonos e intervalos sino también maneras de
ejecución y que, por consiguiente, fueron tornados inicialmente
sin alterar en el sistema de líneas- por puntos simples y
por signos de notas cuadrados y oblongos fue de la mano, esencialmente,
con el segundo paso decisivo del desarrollo, a saber: la introducción,
que venía realizándose desde el siglo XII de la determinación
del valor temporal en la designación tonal, obra de la Ilamada
"notación mensural". Es producto principalmente
de los teóricos de la música, los cuales -no todos
monjes, Pero si en su mayoría- eran íntimos de la
práctica musical de Notre Dame y, al lado de esta, de la
del dorno de Colonia. No necesitamos entrar aquí con mayor
detalle en las complicaciones del desarrollo de estos procesos,
fundamentales para la música occidental, que ahora se hallan
analizados a fondo en la obra de J. Wolff. A nosotros lo que nos
interesa es confirmar que dicho desarrollo se vio condicionado por
ciertos problemas muy específicos de la polifonía,
que se sitúan en el terreno de la rítmica. En la medida
en que sea importante para el desarrollo del ritmo volveremos sobre
lo mismo. Para la polifonía lo decisivo fue que, ahora, la
posibilidad de fijación del valor relativo de los signos
musicales y el esquema firme de la división en compases permitían
determinar unívoca y claramente las relaciones de las progresiones
de las distintas voces tinas con respecto a otras, o sea que admitían
una verdadera "composición" polifónica.
Con el desarrollo de la polifonía reglamentada en sí
conforme a arte, esa composición no estaba dada todavía
en modo alguno. Y aun cuando ya el acompañamiento a varias
voces de una melodía fundamental considerada como "tenor"
se había convertido en un verdadero arte, aun entonces siguió
el discanto siendo en gran parte improvisación ("contrapunctus
a mente"), a la manera, por ejemplo, como lo fue más
adelante la ejecución del basso continuo. Todavía
hasta fines del siglo XVII contrataban las capillas en ocasiones
-por ejemplo, el contrato mencionado por Caffi, en la capilla de
San Marcos, de Venecia, en 1861-, al lado de los cantantes del "canto
fermo", a un "contrapunto" especial, en tanto que
la capilla papal requería que todos los candidatos a la misma
tuvieran capacidad para contrapuntear (improvisar). Lo mismo que
más adelante el ejecutante del bajo general, el contrapuntista
había de estar a plena altura de la cultura musical de su
época para poder contrapuntear correctamente "super
librurn", esto es, simplemente sobre la base de la voz, que
tenía a la vista, del cantante del cantus firmus. El celebrado
discantar de los cantantes papales en la Roma del siglo XIII tenía
en principio el mismo carácter. Fue, pues, la notación
mensural la primera que permitió llevar a cabo composiciones
artísticas planeadas de varias voces, y la gran posición
de los neerlandeses en el desarrollo musical de la época
de 1350 a 1550 -pese a que se la sobrestimara en su día a
consecuencia de la brillante obra en homenaje de Kiesewetter- se
fundaba en buena parte, en cuanto se refiere a circunstancias externas,
en que llevaron dicha composición escrita sistemática
al centro de la música eclesiástica, o sea a la capilla
pontificia, en donde aun (y precisamente) después del regreso
de Aviñón dominaban casi por completo. De modo que
no fue sino la elevación de la música a varias voces
a la categoría de arte escrito la que creó al "compositor"
propiamente dicho, asegurando al mismo tiempo a Las creaciones polifónicas
del Occidente, en contraste con las de otros pueblos, duración,
influencia y progreso continuos.
Es obvio que la plurivocalidad sobre la base de un sistema de notación
racional había de proporcionar a la racionalización
armónica del sistema musical el apoyo más eficaz.
En primer lugar, en la dirección de la diatónica estricta.
El coral gregoriano y sus derivados director parecen, según
la opinión de sus mejores conocedores (P. Wagner y Gevaert),
no haber contenido todavía tonos diatónicos, aun hasta
después de la época carolingia; es más, se
considera en parte posible que incluso una ocasional división
enarmónica antigua de semitonos como la que conservó
la música bizantina se halle asimismo indicada en un manuscrito
en el Occidente. La teoría bizantina conoce en la Analysis
organica los intervalos enarmónicos en los instrumentos de
cuerda, en la serie descendente de tonos, y los reserva, en cuanto
a los más difíciles, para el grado más alto
de la "Harmonia". Sin embargo, en el Occidente todo esto
desaparece rápidamente y, en los siglos X y XI, por ejemplo,
la diatónica se considera, por lo menos en la teoría,
como la única dominante. Sin duda ere "dominio"
de una tonalidad determinada no ha de entenderse aquí ceróneamente,
como tampoco, por lo demás en otras músicas no ligadas
armónicamente. Así, en la música del Lejano
Oriente -sobre todo en la japonesa, que gusta tanto de los semitonos,
pero también en la china-, lo mismo que en la música
occidental de la Edad Media temprana, la progresión fijada
en los signos sonoros no es a menudo más que en cierto modo
el esqueleto de la ejecución verdadera. No sólo porque
las ornamentaciones improvisadas de toda clase, sobre todo en los
tonos alargados de los finales, se consideraran como permitidas
y tan directamente como deber de los cantantes, sino porque éstos,
y a menor abundamiento los maestros de capilla, se tomaban asimismo
el derecho de compensar las durezas melódicas mediante alteración
cromática de los tonos la antigua notación de los
neumas, común al Oriente y al Occidente, sugería ya
por sí misma el procedimiento, por el hecho de que no distinguía
en modo alguno claramente entre los pasos de tono entero y de semitono.
En la notación bizantina se encuentran los áfona;,
esto es, unos tonos que, por supuesto se cantaban, pero que no se
contaban (para los efectos del ritmo). En el Occidente fue tema
constante de discusión hasta qué punto hubieran de
admitirse en la notación las alteraciones melódicas.
Y eran precisamente las arbitrariedades originadas en esta forma
]as que la nueva notación de Guido de Arezzo se proponía
remediar Sin embargo, frente a su diatónica rígida,
subsistió aquel estado de cosas, y el hecho de que la gran
mayoría de las alteraciones de tono no se fijaran en la escritura
constituye, como es sabido, una de las principales dificultades
del descifrado de los antiguos monumentos musicales. Las barreras
que, con todo ello, la teoría y la práctica musicales
eclesiásticas imponían a las alteraciones no dejaron
de ejercer su influencia también sobre el canto profano.
La gran masa de los antiguos cantos populares se muestra profundamente
influida por la diatonía de las tonalidades eclesiásticas.
Éstas no lograron dicha influencia sin la tolerancia melódica
ya mencionada. Sin embargo, los efectos de esta elasticidad se fueron
haciendo cada vez más extensor, con la adaptación
creciente a la necesidad de expresión. Muchos corales cuya
entonación puramente diatónica en el siglo XV se conoce,
se cantan hoy, después de 500 años, según se
ha demostrado en los detalles, con una alteración que los
desfigura casi por completo y que hoy se ha convertido en hecho
oficial permanente. Y, en general, las tonalidades eclesiásticas
hubieron de consentir, lo que es mucho más importante que
aquellas alteraciones individuales, en la admisión creciente
y aun en calidad de permanente, de elementos que les eran originariamente
ajenos. Tal fue el caso -definitivamente a partir del cisma, que
también en este terreno quebrantó el antiguo dominio
de la Iglesia- por lo que se refiere a la tercera (en el faux bourdon,
que probablemente en dicha época precisamente pasó
a ser propiedad oficial eclesiástica) y, luego, en relación
con el cromatismo regular armónicarncnte reglamentado.
Este cromatismo más amplio, que se originó de hecho
como revolución, pero en el terreno, con todo, de las tonalidades
eclesiásticas diatónicas, creó de buen principio
un material sonoro interpretado armónicamente. Creció,
en efecto, en el marco de una música que contaba ya con una
plurivocalidad racionalmente regulada y fijada en una notación
armónica racional. En los sistemas musicales menos desarrollados
desde el punto de vista tonal, faltos de polifonía o por
lo menos de su racionalización -prescindiendo ahora por completo
del sistema enarmónico griego--, se han añadido en
cambio a los intervalos racionales más antiguos no sólo
3/4 y 5/4 de tono, sino a menudo también, como producto de
la necesidad de expresión melódica, intervalos totalmente
irracionales. La escala vasca (de edad incierta) sólo intercala
en la escala fundamental semitonos, sin duda, pero en una forma
al parecer totalmente arbitraria, y permite así no sólo
cambiar rápidamente -desde el punto de vista de nuestra sensibilidad
musical- los modos "mayor" y "menor", sine que
da además lugar a composiciones faltas en absoluto de tonalidad,
pese a que por otra parte parezca ligarse a su vez, en un cambio
de la tonalidad determinante de los tonos principales, a determinadas
reglas (tono sensible). La escala arábiga ha experimentado,
del siglo X al XIII, un doble enriquecimiento de intervalos irracionales.
Y es que así que se abandona el apoyo firme de las antiguas
formas tonales típicas y que el virtuoso o el artista profesional
educado con vistas a la ejecución virtuosa se convierte en
soporte de la evolución musical, ya no se da precisamente
límite fijo alguno a la asfixia de los clementes tonales
por las necesidades de crecimiento exuberante de la expresión
melódica. Es tal vez característico que, por lo que
veo, de entre los cantos de los negros ewhe publicados por Fr. Witte,
dos de los más alejados de la posibilidad total de racionalización
"tonal" ejecutados por "maestros cantores",
sean unos "epinicios" muy movidos, en los que aparece
también, corno precursora de la transposición a otra
"tonalidad", toda una serie de tonos elevada cromáticamente
en forma irracional (no de tonos individualmente irracionales),
en tanto que los cantos, cuanto más sencillos son (y al parecer
cuanto menos apasionados), tanto más pobres se muestran en
alteraciones semejantes. Y aquello que experimentamos en muchos
fenómenos desintegradores de la tonalidad de nuestro desarrollo
musical se ha confirmado también, con razón manifiesta,
en condiciones totalmente heterogéneas, esto es, no es raro
que el empleo precisamente de medios de expresión totalmente
irracionales pueda entenderse simplemente corno producto de un manierismo
de estetas totalmente barroco y adornado, deliberadamente buscado,
y de un refinamiento intelectualista. Se dan éstos, con particular
facilidad, aun en condiciones relativamente primitivas, en el círculo
de un gremio de músicos eruditos que monopolizan una música
cortesana -en analogía, por ejemplo, con las creaciones lingüísticas,
que desafían todo gusto, del arte cortesano nórdico
de los escaldos. En todo caso, aunque sea tan sólo por esta
razón, no todos los intervalos irracionales son, ni con mucho,
producto específico de un desarrollo musical primitivo, sino
también, con frecuencia, productos tardíos. Y es que,
en efecto, una música no racionalizada armónicamente
es considerablemente más libre en su movimiento melódico,
y un oído, que al revés del nuestro no interprete
automáticamente en sentido armónico, en virtud de
su educación, incluso todo intervalo nacido de una necesidad
de expresión puramente melódica, puede no sólo
hallar placer en intervalos que armónicamente no se pueden
clasificar, sino que puede acostumbrarse en gran parte a su goce.
Se concibe por ello que Ias músicas que se han apropiado
de modo permanente un intervalo irracional tiendan fácilmente
a admitir nuevos intervalos irracionales. Toda la música
oriental posee una tercera irracional, procedente probablemente
de la antigua gaita -instrumento primitivamente originario de los
ganaderos y los beduinos en general-, y por lo visto se ha mantenido
permanentemente afecto al carácter peculiar de dicha irracionalidad
y precisamente de tal modo que los reformadores de la música
han vuelto siempre a tener éxito, entre aquellos, con la
creación de terceras irracionales. La inundación de
todo el Cercano Oriente por el sistema musical arábigo cerró
definitivamente el paso a la evolución hacia la armonía
o por lo menos a la diafonía pura. El único que no
fue afectado por ella es, por lo que sabemos, el canto judaico de
la sinagoga, que en consecuencia parece haberse conservado de una
forma muy próxima de las "tonalidades eclesiásticas",
lo que hace efectivamente aparecer corno bastante probable el parentesco
reiteradamente afirmado entre la salmodia y los himnos cristianos
y judaicos.
Sin embargo, precisamente aquella movilidad más libre de
la melodía, que confiere amplio espacio a la arbitrariedad
en los sistemas musicales no ligados armónicamente, sugiere
por otra parte también al racionalismo la idea de aria compensación
arbitraria de aquellas discrepancias que vuelven a resultar siempre
de la división asimétrica de la octava y de la no
coincidencia de los "círculos" de intervalos.
Ahora bien, esta racionalización podría producirse
en forma totalmente extra musical, y en parte se ha producido efectivamente
así. En efecto, históricamente la racionalización
de los tonos parte regularmente de los instrumentos: el largo de
la flauta de bambú en China, la tensión de las cuerdas
de la cítara en Grecia, el largo de las cuerdas del laúd
en Arabia y del monocordio en los conventos occidentales, todos
ellos han servido para la medición física de las consonancias.
En todos estos casos, sin embargo, afinábase de todos modos
finalmente los instrumentos según los tonos que se oían,
y sólo se empleaban para la determinación y la fijación
exactas de los intervalos de consonancia, o sea, pues, al servicio
de fines musicales preestablecidos. Pero también lo inverso
era posible, y se produjo efectivamente: ciertos instrumentos de
viento de Centroamérica muestran una distribución
de los orificios según puntos de vista puramente simétrico-ornarnentales,
a los que, en consecuencia, habían de adaptarse los tonos
que debían producirse. Y esto no constituye en absoluto un
caso excepcional o un fenómeno de músicas bárbaras.
Así, fue un verdadero campo de ejercicio para los teóricos
árabes, influidos en parte por los griegos y en parte por
los persas, que proseguían la experimentación griega
puramente matemática a indudablemente ajena a la vida, el
sistema musical arábigo, cuyo destino exterior ya se comentó
anteriormente. Hasta el presente se halla aquél determinado
por el hecho de que los persas, mediante una partición puramente
mecánica del espacio entre los trastes para el índice
(salbaba) y el anular (binçir) introdujeran una tercera totalmente
irracional (calculada por los teóricos en 68/81) para el
dedo cordial (wosta (wusta)), y luego (Zalzal), otra, mediante una
partición mecánica igual del espacio entre los wosta
binçir persas, más vecina de la tercera armónica,
pero igualmente irracional (calculada en 22/27). Esta última
se ha mantenido de hecho, según vimos, hasta hoy. Sólo
que esa intervención no había sido la primera ni había
de ser la única. Otros instrumentos fueron objeto de intentos
considerablemente más radicales todavía. El "tambor"
de dos cuerdas, de Bagdad, cuyos intervalos ya Al Farabi consideraba
como "paganos", esto es, pre-islámicos, es ciertamente
un instrumento dividido en forma "primitiva", porque obtuvo
los intervalos en cuestión mediante partición mecánicamente
igual de un octavo de la cuerda en cinco partes iguales, de donde
resultaron distancias de 39/40 pasta 7/8. El rabab (Rebâb)
de dos cuerdas, finalmente, ha debido de servir por lo visto al
intento de partir la octava, mediante un intervalo entre la cuarta
y la quinta, en dos partes realmente iguales por lo que se refiere
a la distancia. Pero la cuerda representa el ámbito de un
intervalo peculiar de "tritono", que se produce cuando
se eleva la tercera en un tono entero (o bien, en compuesto árabe,
cuando se reduce el ditono en un pequeño tono de brillo).
Esto daba, cuando se calculaban los intervalos armónicamente,
ya sea la cuarta armónica aumentada (fa sostenido) o bien
-y éste era el caso en la música árabe, que
calculaba de arriba hacia abajo- la subquinta armónica disminuida
de la octave superior (sol bemol) = 32/45, lo que a la segunda potencia
da 1024/2045, y queda efectivamente bastante cerca de la raíz
cuadrada de 2 de la partición algebraica igual del intervalo
de la octave. Con ello, comprendían los intervalos de las
cuerdas la segunda, la tercera menor armónica y el ditono.
Coma quiera que las cuerdas distaban una de otra, en la afinación,
en una tercera menor, resulta que la escala entera contenía:
el tono de partida, la segunda, la tercer menor armónica,
el ditono, la cuarta, un intervalo vecino de la mitad algebraica
de la octava, algo corto, y dos terceras armónicas algo más
pequeñas (625/1206 = 1/2,08) el sol bemol armónico
(algo mayor que la mitad algebraica de la octave), una quinta demasiado
alta en un coma pitagórico y, finalmente, la sexta pitagórica,
También AI Farabi rechaza esta escala, resultado obviamente
de una racionalización según la distancia dentro de
la octavo, o sea, ciertamente, no "primitiva" tampoco.
en relación con la música práctica, infórmase
ya a propósito del tambor, en la época de Al Farabi,
que los intervalos no se observaban, sino que se tomaban con desviación,
de acuerdo, sin duda alguna, con las intervalos de los trastes;
así pues, la racionalización quedó a la larga
sin efecto. En cambio, no podía quedar sin efecto la participación
de la octava operada sobre el rabab. En efecto, la posición
de la quinta, o sea del intervalo armónico fundamental de
las árabes -y probablemente bajo la influencia de éstos-
no sólo no era absolutamente segura, sino que también
la música hindú ha elevado, indudablemente bajo la
influencia de Arabia, el tritono a intervalo, y aun a uno de los
más importantes. Ni se trata tampoco aquí, en contraste
con las intervalos casi totalmente irracionales del tambor, de una
distancia que fuera con todo fácil de racionalizar musicalmente.
Así, tenía también su soporte en la tercera
neutra, oriental antigua, de la gaita, la tercera, de creación
arbitraria, de Zalal, que ejerce su influencia todavía en
las escalas de Meschaka. por otra parte, el hecho de que unos intervalos
creados mecánicamente de modo absolutamente arbitrario y
sin base musical alguna puedan quedar incorporados definitivamente
a un sistema musical, lo muestra la música china. Es evidente,
en efecto, que el instrumento principal de la orquesta del Lejano
Oriente, el kina (instrumento de percusión de placas de piedra
o de metal afinadas unas con respecto a las otras), no se inspiró
en absoluto, en su afinación, en puntos de vista musicales,
sino que resultó simplemente de la simetría mecánica.
Es obvio hasta qué punto semejantes actos de una arbitrariedad
antimusical pueden alterar el oído musical y han de apartarlo
de la comprensión de las relaciones armónicas. Han
influido efectivamente de modo profundo, no cabe la menor dude sobre
la evolución musical de los pueblos afectados, y es sumamente
probable que el estancamiento de la música lejano-oriental
en un nivel "tonal" sólo propio, en general, de
los pueblos primitivos, se deba a ellos.
Frente a esa alteración racionalista extramusical del sistema
sonoro se sitúa por otro lado la racionalización a
partir de dentro, sobre la base de carácter específico
de la melodía cual simetría principalmente interesada
en la comparabilidad de las distancias de los tonos. Encontramos
ya intentos en el sentido de hallar un común denominador
de las distancias para los intervalos de la octava, en los experimentos
chinos, hindúes y también helénicos. Y como
quiera que todos los intentos de racionalización sobre la
base de la división armónica, o sea, pues, desigual
en relación con la distancia, de la octava nunca den resultados
exactos, había de ser ciertamente tentador desde siempre,
sobre todo para las músicas de carácter melódico,
buscar un resultado racional por otros caminos, o sea mediante "temperado"
de las distancias. Es temperada, en el sentido más amplio,
toda escala en la que el principio de la distancia se ha realizado
de tal manera que la pureza de los intervalos se relativiza con
objeto de compensar la contradicción de las distintos "círculos"
de intervalos unos con otros, mediante reducción a distancias
sólo aproximadamente justas de los tonos. Su forma extrema
más radical es la que consiste en poner como base un intervalo,
la octava naturalmente que por su parte no tolera clase alguna de
exactitud meramente relativa, dividirlo simplemente en distancias
de tono igualmente grandes: en la música siamesa, en 7; en
la javanesa oficial, en 5; de modo que el paso de tono singular
resulta en la raíz séptima de 1/2 o la raíz
quinta de 1/2, respectivamente. En semejantes case ya no se habla,
por supuesto, de un temperamento de cualesquiera intervalos armónicos,
esto es, de la relativización de su exactitud, sino que tiene
una racionalización de la escala sobre una base sin duda
"musical” (excepto en relación con la octava misma),
pero totalmente extra-armónica. También por lo que
se refiere a los siameses parece muy probable que históricamente
el punto de partida de la división fue en quinta y cuarta
que precisamente las impurezas más molestas también
para nuestra sensibilidad, o sean, las distancias vecinas de la
cuarta, se eliminan efectivamente según las comprobaciones
de Stumpf, en lo posible-, y que luego (tal v pasando sobre la pentafonía)
tuviera lugar la actual racionalización funda únicamente
en un oído para las distancias extraordinariamente agudo
en los siameses (según las averiguaciones de Stumpf), que
supera las facultades los mejores afinadores europeos de pianos.
Es probable, ya que el fenómeno de la determinación
física numérica ha sugerido desde siempre la interpretación
mitológica de los números que el carácter sagrado
de los números cinco y siete (sobre todo este) por lo menos
haya influido también en la modalidad de la partición.
En su aspecto práctico, el temperamento es esencialmente
un medio, en relación con una música puramente melódica,
de poder efectuar la transposición de las melodías
a cualquier tesitura sin tener que reafinar los instrumentos.
El temperamento es muy obvio para una música orientada ya
esencialmente en sentido melódico y conforme a distancia.
En la Antigüedad griega, Aristoxeno fue partidario del mismo;
sin duda, primero, en su calidad de psicólogo del sonido,
en conexión sobre todo con su aversión por la racionalización
mediante los instrumentos y el dominio de la música puramente
virtuosa: es el oído sólo el que ha de decidir sobre
el valor o la falta de valor de los intervalos melódicos.
Pero también el tocar con cuartos de tono y otros intervalos
pequeños como unidades "últimas" del sistema
musical había de sugerir, tanto en el Cercano como en el
Lejano Oriente, la idea del temperamento. Sin embargo, con excepción
de los cases mencionados, que pertenecen más bien al terreno
de la violencia extramusical, no ha sido llevado a cabo en parte
alguna. Los cantantes japoneses parecen, en sus desviaciones de
los intervalos oficiales, deslizarse con la misma frecuencia hacia
la afinación "justa" como hacia la temperada.
Sin embargo, el principio del temperamento no ha hallado su lugar
principal, come es sabido, en el terreno de las músicas melódicas
que, en cierto sentido, le están originariamente emparentadas.
"Temperamento" fue también la última palabra
de nuestro desarrollo musical armónico de acordes. Como quiera
que la racionalización física del tono topa siempre
por doquiera con la "coma" fatal, y que la afinación
justa, por su parte, sólo proporciona un óptimo relativo
de un conjunto de quintas, cuartas y terceras, dominaba ya en el
siglo XVI, en relación con los instrumentos específicamente
occidentales de afinac1ón fija, o sean los instrumentos de
teclado un temperamento parcial. En aquella época, el ámbito
sonoro total de dichos instrumentos se hallaba también limitado
a no mucho más que la extensión de las voces cantantes,
y su función principal era la del acompañamiento de
la música vocal; tratábase, pues, principalmente de
la compensación en el marco de las cuatro quintas centrales
de nuestro piano actual (Do a mi´), y la pureza del intervalo
de la tercera, que entonces penetraba la música desde dentro,
era el centro del interés. Los medios de la compensación
fueron diversos. Según la propuesta de Schlick, la temperancia
"desigual" había de afinar justamente, mediante
temperamento de la quinta, el mi que en el círculo de quintas
aparece como cuarta quinta a partir de Do. Más práctica
resultaba la temperancia "del tono medio", porque en la
propuesta de Schlick percibíase en forma particularmente
clara el inconveniente que todas las temperancias desiguales que
alteran la quinta llevan aparejado, esto es, que también
las cuartas, tan importantes para la música de entonces,
se hacían impuras (el "lobo", de tan mala fama
entre los constructores de órganos, por cuyas manos pasaban
entonces todos los problemas relacionados con la afinación).
El aumento del espacio sonoro en el órgano y el piano; la
aspiración al pleno aprovechamiento de los mismos en la música
puramente instrumental; la dificultad, frente a ello, de utilizar
pianos, al ritmo de éstos, con unas 30 a 50 teclas en la
octava -y si se quieren construir intervalos justos para cada circulo
su número es ilimitado-; la necesidad de transposición
libre y, ante todo, de movimiento libre de los acordes, todo ello
llevaba, con carácter obligado, al temperamento igual, o
sea a la división de la octava en 12 distancias iguales de
semitono, de (valor igual a) la raíz doceava de 1/2 cada
una; a la equiparación, pues, de 12 quintas con 7 octavas,
y a la eliminación de las diesis, la cual finalmente triunfó
definitivamente para todos los instrumentos de afinación
fija, después de dura lucha, bajo la influencia en teoría
de Rameau, pero prácticamente por obra del Clave bien
temperado, de J. S. Bach y de la labor pedagógica de
su hijo.
Ahora bien, el temperamento no constituía sólo para
la música de acordes el supuesto de la progresión
libre de los acordes, la cual había de desmenuzarse incesantemente
sin aquél en la continua contigüidad de diversas séptima,
quintas totalmente justas y totalmente impuras, terceras y sextas,
sino que le ofrecía además, como es sabido, posibilidades
positivas, totalmente nevas y summente fecundas de modulación,
mediante el llamado “cambio enarmónico": el cambio
de interpretación de un acorde o tono, de la relación
de acorde en la que esta con otra, es, en cuanto medio de modulación
específicamente moderno, por lo menos en la medida en que
se utiliza deliberadamente como tal. Porque en la música
polifónica del pasado, la frecuente interpretación
armónica múltiple de los tonos depende de la tonalidad
de los modos eclesiásticos. Y en cuanto a que los griegos
utilizaran o hubieran construido sus tonos parciales enarmónicos
con fines análogos, como se sostiene en ocasiones, esto no
puede probarse, y es contrario, por lo demás, al carácter
de dichos tonos en cuanta distancias de tono originadas por partición.
Sus medios de modulación eran otros, aunque el pyknon jugara
tal vez ocasionalmente su papel en paso al synemmenon (así,
por ejemplo, en el Himno a Apolo), papel que en tal case hubiera
sido puramente melódico -análogo a la función
de la serie irracional de tonos que al parecer se encuentra ya en
las músicas negras y que nada tendría en todo caso
de comparable con las relaciones enarmónicas actuales. Para
el cambio enarmónico en la música de acorde fue vehículo
principal, conforme a su naturaleza, el acorde de séptima
disminuida (por ejemplo, fa sostenido -la-do- mi bemol), de escala
propia sobre la séptima mayor de las tonalidades del modo
menor (por ejemplo sol menor), con resolución en 8 tonalidades
distintas, según la interpretación enarmónica
de sus intervalos. Toda la música armónica de acordes
moderna ya no se puede ni siquiera concebir sin el temperamento
y sus consecuencias. No fue sino el temperamento el que le trajo
la plena libertad.
La peculiaridad del temperamento moderno es, con todo: que la realización
práctica del principio de distancia en nuestros instrumentos
de teclado sólo se trata y actúa, precisamente, como
"temperamento" de tonos armónicamente obtenidos,
y no, como los llamados temperamentos en los sistemas musicales
de los siameses y javaneses, como creación de una verdadera
mera escala de distancias en lugar de la armónica. Porque,
al lado de la medición de los intervalos conforme a distancia,
figure en ella la concepción armónica de acorde de
los mismos. Rige teóricamente la ortografía de la
notación musical, sin cuya peculiaridad una música
moderna no sería posible, no ya sólo técnicamente,
sino ni en cuanto al sentido, y la cual sólo cumple ésta
su función para la comprensión lógica precisamente
por el hecho de que no trata la serie de los tonos como una sucesión
indiferente de meros semitonos, sino que fija en principio la designación
de aquéllos (pese a todas las libertades ortográficas
que también los maestros se permiten) según su procedencia
armónica. Que sin dude también nuestra notación
musical, de acuerdo con su origen histórico, tenga su límite
en la exactitud de su designación armónica de los
tonos y reproduzca en particular la determinación enarmónica
de los mismos, Pero no así su determinación cromática
-ha de ignorar, por ejemplo, que el acorde do-fa-la es, según
la procedencia de los tonos, un auténtico acorde de tres
sonidos del modo menor o una combinación musicalmente irracional
de la tercera pitagórica con la tercera menor-, esto es algo
que ya no se puede cambiar. Porque, aunque aquélla sólo
se explique históricamente, no constituye, con todo, una
mere reminiscencia anticuaria. Ya que la interpretación de
los tonos según su procedencia histórica domina también
ante todo nuestro "oído", el cual, según
el significado de los mismos en términos de acordes, no só1o
sabe apreciar diversamente los tonos identificados enarmónicamente
en los instrumentos, sino inclusive "oírlos" subjetivamente
como diversos. Tampoco los desarrollos más modernos de la
música, que prácticamente se mueven de modos múltiples
en dirección de una desintegración de la tonalidad
-producto, por lo menos en parte, de la conversión característica,
romántico-intelectualizada, de nuestro goce por el efecto
de lo "interesante"-, pueden desprenderse finalmente por
lo menos de alguna de has últimas relaciones con aquellos
fundamentos, aunque tan sólo sean las del contraste. Por
supuesto, no cabe duda alguna de que el "principio de la distancia",
ajeno en su fundamento último a la armonía, que es
objetivamente la base de la clasificación de los intervalos
de nuestros instrumentos de teclado -sólo las mixturas del
órgano poseen afinación justa- actúa sobre
la agudeza del oído de modo tan extremadamente embotante
como podría propender a hacerlo, en relación con la
sensibilidad armónica, el use muy abundante en la música
moderna de los "cambios enarmónicos". Con todo,
la ratio tonal, por mucho que no logre nunca captar el movimiento
vivo de los medios musicales de expresión, actúa no
obstante por doquiera en algún modo, aunque sólo sea
indirectamente y entre bastidores, como principio formativo, y aun
en forma particularmente fuerte en una música como la nuestra,
que la ha tomado deliberadamente corno fundamento del sistema sonoro.
Y por lo que se refiere a la "teoría" como tal,
no hay sin duda nada tan tangible come el hecho de que casi siempre
va a remolque de has realidades del desarrollo musical. Pero no
por ello ha carecido de influencia, y su influencia no ha caído
tampoco en modo alguno en el platillo únicamente de lo ya
existente en la práctica, por muy cierto que sea que reiteradamente
ha impuesto a la música cadenas que ésta ha arrastrado
por mucho tiempo. Sin dude, la armonía moderna de acordes
ha pertenecido a la música práctica desde mucho antes
de que Rameau y los Enciclopedistas le procuraran una base teórica
(poco perfecta todavía). Pero fue con todo fecundo que esto
ocurriera, del mismo modo exactamente que los esfuerzos en el sentido
de la racionalización de los teóricos de la Edad Media
lo fueron en relación con el desarrollo de la plurivocalidad
existente ya también sin ellos. Las relaciones entre la ratio
musical y la vida musical forman parte de las relaciones variantes
de tensión históricamente más importantes de
la música.
Los instrumentos de cuerda -ajenos a la cultura antigua, Pero conocidos
en forma primitiva por la música China y por otras- son en
sí forma actual los herederos de dos géneros distintos
de instrumentos. Por una parte, de los instrumentos de tipo violín,
propios sobre todo del Oriente y de los trópicos, con una
caja de resonancia de una sola pieza (originariamente hecho a menudo
de una concha de tortuga con una piel tendida sobre la misma). Pertenecían
a éstos la "lira", conocida ya a través
de Otfried, del siglo VIII, que entonces era de una sola cuerda
y fue luego de tres y más cuerdas, y la rubeba (llamada posteriormente
rebek), importada del Oriente en la época de las Cruzadas
y muy empleada durante los siglos XI, XII y XIII. Este instrumento
se adaptaba bien a la música tradicional: podía producir
las tonalidades eclesiásticas diatónicas, inclusive
el b molle. Este género no fue, pues propiamente "progresivo".
Ni eran su resonancia y la cantilena susceptibles de un desarrollo
más allá de ciertos límites. Frente a estos,
se situaban los instrumentos de cuerda de una caja de resonancia
construida de varias partes v provisto de partes laterales especiales.
Esto permitió dar al mismo una forma adecuada para el movimiento
del arco y proveerlo óptimamente con los modernos soportes
de la resonancia (puente y clavija de afinación). Ahora bien,
para el efecto de los instrumentos de cuerda, la conformación
de la caja de resonancia es sencillamente lo decisivo: en efecto,
una mera cuerda firmemente tensa, sin cuerpos que vibren con ella,
no da tono a1guno musicalmente utilizable. La creación de
cajas de resonancia como las nuestras es, al parecer, un invento
exclusivamente occidental, cuyo origen ya no nos es dable averiguar.
La manipulación de la madera en tablas y todas las labores
delicadas de la ebanistería y el chapeado son en sí
más familiares a los pueblos nórdicos que al Oriente.
Los instrumentos griegos de cuerdas saltadas, con sus cajas de resonancia
construida va también artísticamente, en comparación
con el Oriente, experimentaron pronto, después de su emigración
al Norte, una mejora que había de beneficiar a todos ellos
en general. Los primeros instrumentos con costados en la caja eran
aun muy primitivas. El "trumscheit" de una sola cuerda,
salido probablemente del monocordio, tenía una caja de resonancia
de tabla, con transmisión de las vibraciones por medio de
una varita de afinación y producía, con medios técnicos
sencillos, un sonido fuerte, subido, a manera de trompota. La producción
de los tonos no tenia lugar en forma mecánica, sino mediante
imposición de los dedos. Tonos otros que los primeros tonos
armónicos enarmónicos sólo lograban producirlos
los expertos. Gracias a su limitación sonora, el instrumento
ha reforzado sin duda la sensibilidad tonal moderna. La lira de
rueda (organistrum), instrumento de teclas con tablas laterales,
producía una escala diatónica, Pero poseía
al propio tiempo unas cuerdas de zumbido afinadas en quintas y octavas
era muy popular, lo mismo por lo demás que el trumscheit,
en los conventos de principios de la Edad Media. Si estaba anteriormente
en manos de los músicos ambulantes ya no se puede averiguar.
En todo caso, ni ella ni el trumscheit fueron nunca instrumentos
de aficionados distinguidos. Es propia, también sobre todo
de los músicos ambulantes, más adelante, la fidel
(violín) germánica (y probablemente también
eslava), que se encuentra ya en el siglo IX al lado de la "lira".
Había sido también el instrumento de los héroes
de los Nibelungos. En ella se formó por vez primera el cuello
como elemento separado, lo que preparaba el camino para una manipulación
al estilo moderno. La fidel (llamada "vielle" por Hieronymus
de Moravia) tenía al principio dos cuerdas de unísono
(para el acompañamiento de tercera) según que se tocara
música artística o "irregular", disponía
o no de cuerdas de bordón, así como, a partir del
siglo XIV y hasta mediados del siglo XVII, de trastes. Un significado
"progresivo" (en el sentido de la armonía) revistió
dicho instrumento en su época, mientras las necesidades de
la orquesta no se apoderaron de sólo lo transformaron, únicamente
en -el aspecto técnico, gracias a su manuabilidad, que lo
convertía en portador de los aires populares de danza. Bastante
más importante fue inicialmente, para la música artística
de los bardos, el crwth gaélico, que primero se punteó
y luego se tocó con el arco. Sus reglas de ejecución
eran objeto de reglamentación por los congresos de los bardos
(por ejemplo, el congreso de 1176). Es el primer instrumento de
varias cuerdas con puente y orificios para el paso de la mano. En
desarrollo técnico constante, se pudo utilizar, después
de la adición de las cuerdas de bordón, armónicamente.
El crwth se considera boy como antecesor de la fidel de tablas laterales.
Lo mismo que fue la organización corporativa la que hizo
posible la influencia musical de los bardos y, en particular, el
progreso de sus instrumentos sobre la base de formas típicas
tales como resultaban imprescindibles para el avance de la música,
así se relacionan también más adelante, a fines
de la Edad Media, los progresos técnicos de la época
en materia de construcción de instrumentos de cuerda, con
la organización gremial, iniciada en el siglo XVIII, de los
instrumentistas, tratados todavía en el Espejo de los Sajones
como carentes de derechos. Ella fue la que primero proporcionó
un mercado fijo para la construcción de instrumentos y acuñó
tipos de los mismos. La admisión progresiva de instrumentistas,
al lado de los cantantes, en las orquestas de la jerarquía,
de los príncipes y los municipios, o sea en puestos fijos
socialmente seguros -que, sin embargo, no se convirt1ó en
regla hasta en el siglo XIV- proporcionó a la producción
de instrumentos bases económicas más amplias aún.
Primero, a partir del siglo XV, tratóse de adaptar los instrumentos
a la orquesta, en relación estrecha con los teóricos
humanistas de la música. La separación entre ]as violas
altas y bajas se halla ya entre los ménétriers franceses
por lo menos a partir del siglo XIV. Los numerosos géneros
de violas que vieron todavía los siglos XVII y XVIII, de
los tipos más variados de cuerdas, a veces muy numerosas
-esto recuerda el rápido aumento de has cuerdas de la citara
entre los griegos-, fueron producto de la experimentación
incesante, en particular del siglo XVI, de las distintas practicas
individuales y de las exigencias de las orquestas más conspicuas.
Sin embargo, todos ellos desaparecieron en el siglo XVIII frente
a los tres instrumentos de cuerda modernos: el violín, la
viola y el violoncelo, cuya superioridad se puso inequívocamente
de manifiesto a partir del siglo XVIII, gracias por una parte al
virtuosismo del violín que estaba entonces en su primer apogee,
sobre todo a partir de Corelli, y al desarrollo de la orquesta moderna
por la otra. Estos instrumentos, que son el órgano específicamente
moderno de la música de cámara, el cuarteto de cuerda,
tal como Joseph Haydn lo constituyó definitivamente y, ante
todo, el núcleo de la orquesta moderna, son un producto de
la construcción de instrumentos de Brescia y Cremona lograda
después de prolongados experimentos. Los instrumentos de
la Edad Media no conocían prácticamente aquello que
(hablando con cierta exageración) es especifico a nuestros
ojos de su género, o sea el "legato", pese a que
las "ligaturas" de la antigua notación mensural
podrían inducir a creerlo. El sostenimiento del tono su aumento
v disminución, la ejecución melódica de pasaje
y todo lo especifico en materia de realizaciones que esperamos del
violín, era muy difícil todavía incluso en
el siglo XVI, o resultaba materialmente imposible, sin hablar de
que los cambios de la posición de la mano como los que se
requieren para el dominio del espacio sonoro de los actuales instrumentos
de viento estaban, entonces, prácticamente excluidos en virtud
del tipo de construcción de los mismos. Habida cuenta de
la peculiaridad de los géneros de instrumentos de la época,
nada tiene de sorprendente que predominaran la división del
cuello en trastes y la producción mecánica de tonos.
De ahí que Virdung diga todavía del violín
de mano, juntamente con otros instrumentos primitivos, que son "inútiles".
En conexión con la demanda de las orquestas cortesanas empezó
en el siglo XVI el ascenso de los instrumentos de viento hacia su
perfección. Al parecer, el elemento motor fue, en las orquestas
y los constructores de instrumentos, la exigencia, siempre viva
en Italia, de belleza sonora expresiva -de un sonido "cantable"-
y, probablemente también, de la elegancia de los instrumentos.
Ya antes del paso de la supremacía en materia de construcción
de violines a Brescia y Cremona, obsérvase en el siglo XVI
un acercamiento progresivo de las distintas partes del instrumento
(en particular del puente y de la forma de las aberturas sonoras)
a su forma definitiva. Y lo que ésta, una vez conseguida,
ofrecía, iba mucho más allá de lo que la demanda
había exigido. Las posibilidades de los instrumentos de Amati
parecen no haberse aprovechado verdaderamente por espacio de varios
decenios. Lo mismo que, según una convicción imposible
de desarraigar, el violín individual ha de "ponerse
en su punto" tocándolo, y en todo caso ha de haber traspasado
la edad aproximadamente de una generación, desde el punto
de vista puramente temporal, antes de alcanzar el punto de su máxima
realización, así también la adquisición
de carta de naturaleza se produjo de modo muy lento, comparada con
otras innovaciones de la época. Y aunque los supuestos de
Rühlmann en el sentido de atribuir la creación de los
instrumentos de cuerda modernos a un azar singular imprevisible
vayan demasiado lejos, es lo cierto, como todo, que en modo alguno
se le pedía todavía en aquella época la extensión
sonora que permitía la construcción del instrumento,
y que tampoco los propios constructores podían sospechar
sus posibilidades de empleo como instrumento especifico de los virtuosos
solistas. Puede suponerse con razonable probabilidad que también
la atención de los Amatl, los Guarneri y los Stradivari se
aplicaba ante todo a la belleza del sonido y, al lado de ello, a
la manuabilidad en interés de la mayor libertad de movimientos
del ejecutante; que la limitación a cuatro cuerdas, la eliminación
de los trastes -y con ella la producción mecánica
del sonido- y la fijación definitiva de la forma de has distintas
partes de la caja de resonancia y de los conductor de las vibraciones
se inspiraban también esencialmente en dicho motivo, y que
las demás ventajas se las añadieran como "productos
secundarios" accesorios, fueron de modo tan involuntario como
las "condiciones acústicas" de los interiores góticos
fueron, por lo menos al principio, una consecuencia no buscada en
sí misma de innovaciones puramente arquitectónicas.
En todo caso, faltóles a los grandes constructores de violines
Una fundamentación racional como la que el órgano,
el piano y sus precursores, lo mismo que los instrumentos de viento,
inclusive el crwth desarrollado esencialmente en terreno gremial,
permiten apreciar claramente. El empleo del saber puramente empírico
del pasado, adquirido en lento desarrollo acerca de la forma más
conveniente de la tapa y de las aberturas sonoras, del puente y
de su perforación, del alma, del cuello y de los bordes laterales,
y una experimentación puramente empírica de las mejores
calidades de madera y, probablemente también del barniz,
consiguieron aquellos resultados que hoy -posiblemente debido a
la desaparición del abeto de bálsamo- ya no se pueden
imitar probablemente. En sí y por sí, los instrumentos
así creados no significaron en modo alguno, desde el punto
de vista exclusivo de su construcción técnica, un
elemento para el fomento de la música armónica. Al
contrario, la falta del puente había facilitado en los instrumentos
antiguos la producción de acordes, y las cuerdas de bordón
facilitaban [su utiIización] en el soporte de la melodía.
Y esto desapareció en los instrumentos modernos, que parecían
más bien destinados a ser portadores de efectos melódicos.
Pero esto precisamente le venía bien para sus fines a la
música del Renacimiento decadente, dominada por el interés
dramático. El hecho de que los nuevos instrumentos se emplearan
ya tempranamente en la orquesta (a la manera moderna, como se supone
corrientemente, a partir ya de Monteverdi en el Orfeo) y que inicialmente
no oigamos nada, en cambio, acerca de su utilización como
instrumentos de solista se debe también probablemente a la
fijación del mutuo rango social de los distintos instrumentos.
El tañedor de laúd, debido a que este instrumento
lo tocaban también los aficionados de la corte, gozaba de
consideración social, y sus honorarios eran en una orquesta
de la reina Isabel el triple de Ios del violinistas y el quíntuple
de los de gaiteros. Y al organista por su parte, se le consideraba
como artista. El virtuoso del violín había de empezar
por conquistarse una posición semejante, y no fue sine después
de haberlo conseguido (sobre todo con Corelli) cuando empezó
también a desarrollarse una literatura más abundante
en relación con los instrumentos de cuerda. Y en tanto que
la orquesta de la Edad Media y del Renacimiento se había
creado a partir de los instrumentos de viento, hoy, en cambio, una
orquesta sin violines no parece inconcebible -excepto, por supuesto,
en la música militar, antigua patria natural de los instrumentos
de viento. Y es que los modernos instrumentos de cuerda son instrumentos
de interior, incluso en la orquesta, y aun sólo dan sus últimas
posibilidades en materia de finura en locales que no rebasen determinadas
proporciones moderadas, seguramente inferiores a las de los locales
que aún hoy se escogen con frecuencia para la música
de cámara.
En mayor medida todavía aplícanse estas consideraciones
relativas al carácter del local interior a los instrumentos
de teclado, específicamente modernos.
El órgano, instrumento fundado en una combinación
de la flauta de Pan y el principio de la gaita, construido, según
se pretende, por Arquímedes, pero
conocido en todo caso en el siglo II a. c. era en la época
romana un instrumento cortesano, que en parte se empleaba también
en el teatro, en Bizancio, ante todo, en las festividades. El antiguo
órgano de agua, alabado por
Tertuliano hasta el cielo, aunque sin duda sin demasiados conocimientos
técnicos, en el que el agua funcionaba como regulador de
la presión del viento, no habría podido introducirse
en nuestras latitudes debido al inconveniente del hielo. Pero es
posible que ya antes del órgano de agua, y en todo caso a
partir del siglo IV (Obelisco de Teodosio en Constantinopla), existiera
también como órgano neumático, y llego al Occidente
desde Bizancio. También allí fue más que nada
inicialmente, en la época carolingia, una especie de máquina
cortesana de música. Ludovico Pío hizo instalar el
que le regalaron no en la catedral, sino en su palacio de Aquisgrán.
Pero seguidamente penetró en los conventos y los capítulos
catedralicios organizados conventualmente, que eran los portadores
del racionalismo técnico-musical en el marco de la Iglesia,
y se convirtió allí al parecer –y esto reviste
importancia- también en instrumento para la enseñanza
de la música. Su empleo eclesiástico regular sólo
se puede comprobar a partir del siglo X, y en ocasión de
festividades. En el Occidente, el órgano se desarrolló
técnicamente, desde el principio, sin cesar. Alrededor de
1200, había alcanzado una extensión de unas tres octavas.
A partir del siglo XIII encuéntranse tratados teóricos
a su propósito, y a partir del XIV se generaliza rápidamente
en las grandes catedrales. Es probable que sólo se convirtiera
en un instrumento verdaderamente eficaz, también desde el
punto de vista melódico, en el siglo XIV, después
de darse a la caja de viento su primera forma racional en la llamada
"caja de resorte", que en el siglo XVI se sustituyó
por la de cinta. En los albores de la Edad Media sólo hubo
de poder acompañar a lo sumo al cantus planus. Las mixturas
dispuestas según método eran todavía totalmente
desconocidas y resultaban además innecesarias, ya que no
se requería el dominio del canto de la comunidad, que no
existía todavía. Aún en el siglo XI, y hasta
muy entrado el siglo XIII, producíanse los tonos tirando
de las teclas, y en los órganos más antiguos descritos
con algún detalle, pasta con 40 tubos por tecla era todavía
imposible la separación de los tonos, como la que se hizo
posteriormente por medio de la caja de cinta. En relación
con el empleo propiamente musical, el "golpear el órgano",
esto es, golpear con los puños las teclas de presión
-que a veces excedían de un decímetro de ancho-, representaba
un progreso frente a las anteriores teclas de tiro, aunque la irregularidad
de la conducción del viento afectara todavía fuertemente
la pureza de la afinación. En cambio, en aquella su constitución
primitiva resultaba muy adecuada -más que cualquier otro
instrumento de otra música cualquiera-, para sostener un
tono, o un complejo de tonos, por encima de los cuales las voces
a otros instrumentos -sobre todo violas- podían dibujar sus
figuras, es decir, funcionaba armónicamente. Puede inclusive
apreciarse claramente que, al pasar al teclado de presión,
en el siglo XII, y más aun a medida que iba aumentando la
movilidad melódica, tratóse de conservar por medio
de dispositivos diversos precisamente aquella antigua función,
hasta que con dicho objeto se hubo introducido la doble borduna.
Con razón llama Behr la atención acerca de que, debido
precisamente a dicha función (según el tratado De
organo, de Colonia), el canto organal a varias voces no podía
bajar más abajo del tono más profundo del órgano.
Como lo indica, pues, el vocablo "organizar", pare la
creación de composiciones a varias voces, el órgano
(y tal vez también a su lado el organistrum) hubo de contribuir
ciertamente en grado apreciable a la racionalización de la
plurivocalidad. Y como quiera que, a diferencia de la gaita, aquél
estaba afinado diatónicamente, había de servir seguramente
corno soporte importante en el desarrollo de hi sensibilidad musical
correspondiente. Pero, por otra, parte, se mantuvo inicialmente
en el estado puramente diatónico (pues tempranamente sólo
admitió el b molle), y conservó, además, por
mucho tiempo, lo que era más grave, la afinación pitagórica,
con lo que fallaba en el canto de terceras y sextas. Sólo
que en el siglo XIII, y más aun en el XIV, con su progreso
técnico creciente, se ha logrado ya un alto grado de ornamentación.
Tal vez el órgano haya influido la polifonía figurativa,
tal como predominaba decididamente hasta el advenimiento de la "ars
nova". Ningún otro instrumento de cualquiera otra música
antigua resultaba tan adecuado para ello corno el órgano,
y de ahí que su influencia sobre el desarrollo de la plurivocalidad
haya de considerarse como muy importante.
El fundamento firme para la construcción, cara desde siempre
y cada vez más costosa, del instrumento de día en
día más complicado que, con la invención del
pedal, y sobre todo a partir de principios del siglo XVI mediante
diferenciación de las rnesuras, se fue acercando a su perfección,
sólo lo procuró desde el principio en el Occidente
su empleo eclesiástico. En una época sin mercado,
en efecto, la organización monasterial constituía
la única base posible sobre la que aquél podía
prosperar. De ahí que en toda su época primera fuera
un instrumento ante todo del territorio de misión del Norte,
con su subestructura fuertemente conventual, y también, a
partir de Chrodegang, en los capítulos catedralicios. El
Papa Juan VIII rogó al obispo de Freising que le mandara
un constructor de órganos, que al propio tiempo, como era
corriente en la época, fuera organista. Ahora bien, constructores
de órganos y organistas sólo lo eran inicialmente
los monjes o, por lo menos, técnicos conventuales o capitulares
instruidos por aquellos o por los canónigos. Pero, desde
que a partir del siglo XIII toda iglesia de alguna consideración
tuvo su órgano, y aun algunas de ellas tenían dos,
la construcción de los mismos, y con ella también
parte considerable de la dirección práctica en el
desarrollo del sistema musical, pasó a manos de constructores
profesionales laicos. Estos decidían entonces no sólo
acerca de la afinación del órgano, sino de los problemas
de afinación en general debido a que en este instrumento
las fluctuaciones en caso de afinación falsa se pueden comprobar
efectivamente de manera muy fácil, y la época de la
extensión universal del perfeccionamiento técnico
de dicho instrumento coincide de este modo con las grandes innovaciones
en el marco del canto a varias voces, las cuales, pese a algunos
obstáculos iniciales, no se concibeé sin la participación
de aquellos.
El órgano era y siguió siendo vehículo de la
música culta eclesiástica, y no del canto profano.
Ya que pasta en un pasado reciente no hubo de acompañar a
la manera actual, corno antes se sostenía con frecuencia,
el canto de la comunidad, ni aun entre los protestantes (en la medida
en que estos, como fue el caso inicialmente de los reformados suizos,
los puritanos y casi todas las sectas ascéticas, no hubieran
desterrado el órgano de las iglesias ?precisamente porque
había servido al canto artístico?, de modo análogo
a como el cristianismo antiguo lo había hecho con el aulos).
En efecto, como ha subrayado Rietschel en particular, el órgano
siguió siendo también en la Iglesia luterana, que
bajo la fuerte influencia de Lutero conservó el canto artístico,
el instrumento que en conjunto lo apoyaba o lo sustituía
a la manera antigua. Versos adaptados totalmente al órgano,
cuyo texto la comunidad leía en el libro de cánticos,
alternaban con producciones del coro entrenado. En el luteranismo,
después de un auge efímero, la participación
de la comunidad misma en el canto se redujo a un volumen que, a
menudo, apenas permite apreciar diferencia alguna con respecto a
la Edad Media. Más favorable era la situación del
canto comunal en las iglesias reformadas hostiles al canto cultivado,
sobre todo después de que las composiciones francesas de
salmos alcanzaran difusión internacional. Y efectivamente,
a partir de fines del siglo XVI, el órgano volvió
a introducirse paulatinamente en la mayoría de las iglesias
reformadas. Por otra parte, con el progreso del pietismo se produjo
en la Iglesia luterana, a fines del siglo XVII, la catástrofe
de la antigua música artística eclesiástica.
Sólo la ortodoxia mantuvo una parte considerable de canto
cultivado eclesiástico, y resulta tragicómico que
la música de J. S. Bach, la cual, en correspondencia con
su actitud religiosa personal ostenta con todo, pese a su vinculación
estrictamente dogmática, un rasgo inconfundible de espíritu
pietista, fuera vista con recelo por los pietistas, en el mismo
lugar de su propia residencia, siendo apreciada, en cambio, por
los ortodoxos. O sea, que la posición del órgano como
instrumento acompañante en primer término del canto
de la comunidad y, al lado de ello y desde antiguo, cual instrumento
preludiante o que llena los intermedios la entrada y salida de la
comunidad y, sobre todo, el acto prolongado de la comunión,
es de fecha relativamente reciente, lo mismo que el carácter
de fervor religioso que tiene hoy para nosotros la música
del órgano y, en particular, la resonancia emocional de sus
mixturas y registros graves, los cuales, en el fondo y desde el
punto de vista puramente estético, suenan, pese a Helmholtz,
de modo bárbaro. El órgano es el instrumento que más
que cualquier otro ostenta el carácter de una máquina,
porque es el que más liga al que lo sirve a las posibilidades
técnicas objetivamente dadas de su conformación del
sonido y el que menos libertad le deja de hablar su propio lenguaje
personal. En su evolución ha seguido asimismo el principio
de la máquina en el sentido de que, en tanto que su servicio
exigía en la Edad Media cantidad considerable de personal,
sobre todo pisadores de los fuelles -para los 24 fuelles órgano
antiguo de la catedral de Magdeburgo se necesitaba todavía
12 "calcantes", al paso que para el mismo órgano
de la catedral de Westminster se requerían 70 en el siglo
X-, dicho trabajo físico se ha ido sustituyendo progresivamente
por arreglos mecánicos, habiendo compartido además
el problema técnico del soplo continuo con el de la fundición
del hierro.
El otro instrumento de teclas específicamente moderno, el
piano, tiene técnicamente dos raíces históricas
muy distintas. Por una parte, en efecto, el clavicordio, se originó
por multiplicación de las cuerdas a partir del "monocordio"
de principis de la Edad Media -instrumento de una sola cuerda y
puente móvil-, que se encuentra como base de la medición
racional del tono en todo el Occidente y fue, según toda
probabilidad, invención de un monje. Contaba originariamente
con cuerdas ligadas para varios tonos, los cuales, por consiguiente,
no podían pulsarse separadamente, y sólo para los
principales de aquéllos disponía de cuerdas libres
que muy paulatinamente y de abajo hacia arriba, se fueron multiplicando
a expensas de las ligadas. En Ios clavicordios más antiguos,
la pulsación simultánea de do y mi, o sea de la tercera,
era imposible. Su extensión, que en el siglo XIV comprendía
22 tonos diatónicos (de Sol hasta mi', comprendido el si
bemol al lado del si natural), había subido ya en tiempos
de Agrícola (siglo XVI) a una escala cromática de
La hasta si´´. Sus sonidos, que se apagaban rápidamente,
estimulaban a la figuración, y de allí que fuera preferentemente
un instrumento para la música artística propiamente
dicha. Los efectos sonoros peculiares del instrumento, pulsado en
el apogeo de su perfección por tangentes que al propio tiempo
limitaban la parte sonante de la cuerda y la apagaban, y en particular
Ios característicos trémolos expresivos de sus tonos,
sólo permitieron que cayera víctima de la concurrencia
del piano cuando dejó de decidir del destino de los instrumentos
musicales la demanda de una capa exigua de músicos y aficionados
de oído sensible, y la decisión dependió de
las condiciones del mercado de la producción de instrumentos
convertida al capitalismo.
La segunda fuente del piano es el "clavicymbalum", "clavecin"
o "cembalo", derivado del salterio, y el "virginal"
inglés, distinto en algunos aspectos, cuyas cuerdas, una
para cada tono, se punteaban con cañones de pluma y carecían
en consecuencia de capacidad de modulación de la fuerza y
el color, pero poseían en cambio gran libertad y claridad
de pulsación. Dichos inconvenientes mencionados los compartía
el clavecin con el órgano, y se trató de remediarlos
con medios técnicos análogos. Hasta en el siglo XVIII
los organistas eran los constructores normales de pianos y de ahí
que fueran también los primeros creadores de una literatura
pianística. En cuanto a su público específico,
como quiera que la pulsación libre favorecía el empleo
(del instrumento para la reproducción de aires populares
y danzas, estaba formado por aficionados y, en primer término,
por los círculos populares ligados naturalmente a la casa,
o sea, en la Edad Media, Ios monjes, y ya entonces, pero más
todavía en la época moderna, las mujeres, con la reina
Isabel a la cabeza. En 1722 todavía indícase como
recomendación de un nuevo tipo complicado de piano que "inclusive
una señorita que tocara el piano (normal) era 'capaz' de
'tratarlo"'. El clavecin contribuyó sin duda en gran
parte, durante los siglos XV y XVI, al desarrollo de una música
melódica y rítmicamente transparente, y fue entonces
uno de los elementos mediadores de la introducción de una
simple sensibilidad armónica popular frente a la música
artística polifónica. El siglo XVI, época de
la experimentación general en la construcción de instrumentos
de afinación justa para composiciones a varias voces -los
teóricos, en particular, se hacían construir instrumentos
especiales del tipo del piano con fines de experimentación-
se hallaba todavía esencialmente ligado al laúd para
el acompañamiento del canto; sin embargo, el clavecin fue
ganando terreno y se convirtió, en relación con la
música vocal acompañada y luego con la orquesta, en
el instrumento característico. En los siglos XVII y XVIII,
el director se sentaba en el centro de la orquesta frente al cembalo.
En la medida en que se trataba de música culta, el instrumento
permaneció fuertemente ligado al órgano hasta fines
del siglo XVII, en cuanto a su técnica musical. Los organistas
v los pianistas, que en el siglo XVII se consideraban como artistas
portadores del desarrollo de la música armónica, por
separado, Pero solidarios, sobre todo frente a los instrumentos
de viento, que no estaban en condiciones de "producir plena
armonía alguna", se sustrajeron en Francia (con dicha
motivación) al dominio del rey del violín. Desde el
punto de vista musical, lo que emancipó primero a la música
del piano con respecto al estilo del órgano fue la influencia
de la danza en la música instrumental, derivada de la estructura
social de Francia y, luego, el ejemplo del virtuosismo incipiente
del violín. Si se puede considerar a Chambonnières,
en el siglo XVII, como primer creador de obras específicas
para piano, así hay que considerar también a Domenico
Scarlatti, a principios del siglo XVIII, como el primero que utilizó
con virtuosismo los efectos sonoros peculiares del instrumento.
Este virtuosismo incipiente del piano, junto con la creación,
basada en la demanda creciente de una gran industria del cembalo,
por parte de la orquesta y de los aficionados, provocaron Ios últimos
grandes (cambios de instrumento y su tipificación. Los primeros
grandes constructores de cembali (en Bélgica, por ejemplo,
la familia Ruckers) construían con carácter de "manufactura"
instrumentos individuales, sobre pedido de consumidores concretos
(las orquestas y los patricios), adaptados en consecuencia por completo,
con gran diversidad. a todas las necesidades concretas posibles
de los clientes, exactamente lo mismo que en el caso del órgano.
El desarrollo del piano de martillos se produjo en diversas etapas,
en parte en Italia (Christofori) y en parte en territorio alemán.
Sin embargo, los inventos hechos en Italia permanecieron prácticamente
sin aprovecharse inicialmente en ese país. Y es que la cultura
italiana permaneció ajena (en el fondo hasta Ios umbrales
de la época contemporánea) al carácter de "música
de interior" de la cultura nórdica. El canto a-capella
y la ópera, y aun conformada esta última de tal manera
que sus arias satisficieran a la necesidad doméstica de melodías
fáciles de entender y de cantar, siguieron siendo el ideal
italiano, determinando por la falta de la cultura del "home"
burgués. El centro de gravedad de la producción y
del desarrollo ulterior del piano se sitúa, por consiguiente,
en el país musicalmente más bien organizado -y esto
significa aquí tanto como más vastamente organizado-
de la época, esto es, en Sajonia. La composición musical
"burguesa" derivada del órgano, los virtuosos y
Ios constructores de instrumentos iban de la mano con el interés
vivo de la orquesta de la corte local en el desarrollo y la popularización
del instrumento. Figuraban allí en el primer piano de interés,
por una parte, como ventajas, la posibilidad de la atenuación
y el refuerzo del sonido, su prolongación y la belleza de
acordes pulsados arpegiando a cualquier distancia y, como inconvenientes,
por otra parte (particularmente a los ojos de Bach), la libertad
deficiente todavía del pasaje y su mejora. En lugar de la
pulsación punteada de los instrumentos de teclas del siglo
XVI, hallábase en desarrollo ya para el cembalo, a partir
del órgano, una técnica racional del movimiento de
los dedos, aunque, con un cruzarse de las manos y un sobrecruzarse
de aquéllos muy burdos todavía y arriesgados en nuestro
concepto, hasta que los dos Bach, mediante introducción de
un empleo racional del pulsar la situaron, podría decirse,
sobre una base fisiológica "tonal". En tanto que
en la Antigüedad la mano había de desplegar sus realizaciones
de ejecución artística con el aulos, planteaban ahora
en cambio el violín y, ante todo, el piano, las tareas más
arduas. Los grandes maestros de la música moderna, Johann
Sebastian y Philipp Emmanuel Bach, manteníanse neutros todavía
frente al piano de martillos, y sobre todo el primero ha escrito
una parte importante de sus mejores obras para los antiguos tipos
de instrumentos, el clavicordio y el cembalo, más débiles
desde el punto de vista sonoro, pero más íntimos,
en cambio, y calculados para oídos más delicados.
No fueron, pues, sino el virtuosismo internacional de Mozart y la
necesidad creciente de los editores de música y los empresarios
de concierto, así como el creciente consumo de música,
de acuerdo con los efectos del mercado y de la masa, los que impusieron
el triunfo definitivo del piano de martillos. Todavía los
constructores de pianos del siglo XVIII, en particular los alemanes,
eran ante todo grandes artesanos que cooperaban y experimentaban
personalmente ellos mismos (así, por ejemplo, Silbermann).
En tanto, la gran producción mecánica se apoderó
del instrumento primero en Inglaterra (Broadwood) y luego en América,
en donde la excelente calidad del hierro favorecía la construcción
de los marcos de dicho metal y ayudó a superar las condiciones
climáticas nada despreciables que se oponen también
a su empleo en los trópicos- que dificultaban la adquisición
de carta de naturaleza allí por parte del piano. Éste
se había convertido ya en el siglo XIX en artículo
de comercio y se producía en calidad de existencias para
la venta. Y la lucha desenfrenada de la competencia entre las fábricas
y los ejecutantes, con los medios específicamente modernos
de la prensa, las exposiciones y, finalmente (a la manera en cierto
modo de la técnica de venta de las cervecería), la
creación por parte de las fábricas de instrumentos,
de salas de concierto propias (en Alemania, en particular, la de
Berlín) llevaron a cabo aquella perfección técnica
del instrumento, la única capaz de satisfacer las exigencias
técnicas cada vez mayores de los compositores. Ya para las
últimas obras de Beethoven los instrumentos más antiguos
no habrían estado a la altura. Y las obras orquestales sólo
pueden hacerse en general asequibles a la música doméstica
en transcripciones para piano. En Chopin se dio un compositor de
primer rango que se limitó por completo al piano, y finalmente,
el conocimiento íntimo pianístico del mayor de los
virtuosos extrajo de su instrumento, en Liszt, hasta lo ultimo que
contenía en materia de posibilidades de expresión.
Su posición inconmovible actual descansa en la Universalidad
de su utilización para la apropiación doméstica
de casi todos los tesoros de la música, en Ia inmensa profusión
de su literatura propia y, finalmente, en su peculiaridad como instrumento
universal de acompañamiento y de enseñanza. En cuanto
instrumento de enseñanza ha reemplazado a la antigua cítara,
al monocordio, al órgano primitivo y al organillo de las
escuelas monacales; en cuanto instrumento de acompañamiento,
al aulos de la Antigüedad, al órgano, a los primitivos
instrumentos de cuerda de la Edad Media y al laúd de la época
del Renacimiento, y en cuanto instrumento de aficionado de las capas
sociales superiores, finalmente, a la antigua citara, al arpa del
norte y al laúd del siglo XVI. Nuestra educación exclusiva
en la música armónica moderna se basa esencialmente
en él. También en su aspecto negativo, en el sentido
que el temperamento ha despojado seguramente a nuestro oído
-al oído del público que se asimila-, desde el punto
de vista melódico, de una parte de aquella sensibilidad que
imprimió al refinamiento de la cultura musical antigua su
sello inconfundible. En el Occidente, la enseñanza de los
cantores tenía lugar, en el siglo XVI todavía, con
el monocordio y, después de Zarlino, se había tratado
de reintroducir la afinación correcta. Hoy, dicha educación
tiene lugar casi exclusivamente sirviéndose para ello del
piano, por lo menos en nuestras latitudes, y también la composición
musical de la escuela de los instrumentos de viento se efectúa
inicialmente sobre la base del piano. Es obvio que no puede conseguirse
en esta forma un oído tan sensible como mediante la educación
con instrumentos de afinación pura. Es posible que la mayor
impureza notoria de la entonación de los cantantes nórdicos
frente a los italianos se deba en gran parte a ello. La idea de
construir pianos de 24 teclas en cada octava, como propuso, por
ejemplo, Helmholtz, tiene por el momento pocas probabilidades de
éxito. Frente al teclado cómodo de 12 teclas no hallarían
aquéllos mercado alguno entre los aficionados, y quedarían
reducidos a meros instrumentos para los concertistas virtuosos.
Y la construcción de pianos depende de la venta en gran escala.
Porque pese a toda su esencia musical, el piano es un instrumento
doméstico esencialmente burgués. En efecto, del mismo
modo que el órgano requiere para el despliegue de sus posibilidades
el local gigantesco, el piano necesita un local de proporciones
moderadamente grandes. Todos los éxitos de ejecución
de los grandes pianistas modernos no cambian en nada el hecho de
que, al tocar sólo en la gran sala de conciertos, el instrumento
se compara involuntariamente con la orquesta y se encuentra naturalmente,
demasiado liviano. De ahí que los portadores de la cultura
pianística sean los pueblos nórdicos, cuya vida, aunque
sólo sea por razones de clima, se centra alrededor del "hogar",
en contraste con el Sur. Debido a que en éste, por motivos
de china y de historia, el culto del hogar se ha ido perdiendo,
el piano, inventado allí, no se propagó a pesar de
ello tan rápidamente entre los italianos, según ya
vimos, como entre nosotros, ni ha conseguido allí hasta hoy
la posición de un "mueble" burgués en la
misma extensión que entre nosotros se considera como natural
desde hace ya mucho tiempo.
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