Elogio de la
desmesura
Federico Monjeau
Toda
mi generación -dijo Morton Feldman (1926-1987)- se quedó
pegada en piezas de 20-25 minutos. Ese era nuestro reloj. Pero tan
pronto como una pieza en un único movimiento ultrapasa los
25 minutos surgen diferentes problemas. Hasta la hora uno puede
seguir pensando en forma, pero después de la hora y media
la cuestión es la escala. Forma -la división en partes-
es algo fácil. Pero escala es otro tema". La noción
de forma tendría, en el razonamiento de Feldman, el sentido
de una agrupación de los acontecimientos en partes contrastadas;
la división en movimientos viene dada desde afuera. La escala,
más internamente, supone un efecto de ampliación de
las figuras. La música de Feldman parece escrita con lupa:
las notas quedan espaciadas, el movimiento es más bien lento,
las transformaciones se representan en todos los puntos del recorrido.
En este
Segundo Cuarteto de cuerdas, de 1983, la escala se libera
por completo: un único movimiento de cinco horas y media
cuya dinámica no pasa del mezzopiano. A la hora
de música el oyente advierte que no está frente a
una provocación sino, en todo caso, frente a una obra extrema;
a las dos horas se convence de que los materiales duran lo que necesitan.
La obra
conserva esa forma característica de Feldman, que es la sucesión
de paisajes; los paisajes -que siempre vuelven ligeramente trastocados,
como un viaje en círculos- son actos de concentración
sobre el lento desplazamiento de un acorde, de una melodía
de tres notas, de un intervalo. Las melodías más largas
funcionan como cadencias, como grandes puntuaciones.
Hay una
variedad considerable de figuras; paisajes de belleza indescriptible
(esos que sólo puede alcanzar la música de Feldman)
y auténticos milagros: más o menos hacia las once
de la noche (a las cuatro horas de música) un pasaje con
el chelo marcando pulsos regulares en pizzicato se oye como la transposición
más perfecta de un andante de Schubert. La obra describe
un arco: los episodios se suceden más rápido al comienzo,
experimentan una detención por la mitad, alcanzan el clímax
de quietud sobre el último tercio para volver a agitarse
levemente hacia el final, el final más elegante de la historia.
La ejecución
del Cuarteto Pellegrini excede todo lo imaginable. Es increíble
que los músicos puedan sostener la misma calidad de sonido
del principio al fin, la afinación más perfecta, los
armónicos más dulces, los matices más finos
y, especialmente, el sentimiento de una melodía en relevamiento
constante. Su exactitud no impresiona menos que la apasionada devoción
por esta grandiosa música de Feldman.
(Publicado
en el diario Clarín, el 15 de noviembre de 2001.) |