Entrevista:
El Cuarteto Kronos se prepara para interpretar el Segundo
Cuarteto de cuerdas de Morton Feldman
Janet Cowperthwaite
A las
cinco de la tarde del 3 de agosto de 1996, en el Alice Tully Hall
del Lincoln Center, el Cuarteto Kronos interpretará el Segundo
Cuarteto de cuerdas de Morton Feldman. Luego de entre cinco
y seis horas de interpretación sin pausa, el Cuarteto Kronos
harán descansar sus arcos en el final de esta pieza dedicada
y estrenada por el mismo cuateto en 1983. No hay certeza de que
la obra vuelva a interpretarse nuevamente.
Miembros del Cuarteto Kronos: Hank Dutt, David Harrington, John
Sherba y Joan Jeanrenaud.
Janet Cowperthwaite: ¿Recuerda la primer vez que se encontró
con Morton Feldman?
David
Harrington: Sí. La primera vez que conocimos a Morton Feldman
coincide con la primer vez que conocimos a George Crumb. Habíamos
interpretado Estructuras, su preciosa y corta pieza para
cuarteto de cuerdas. Estábamos en Buffalo, New York, en 1979
apróximadamente. Su acento de Brooklyn es inolvidable, sobre
todo su manera de decir "hermoso". Apreciaba realmente
nuestros trabajos y yo tenía la sensación de que era
consciente de las implicancias en la interpretación de sus
obras.
J.C.:
¿Cómo surgió el "Segundo Cuarteto de Cuerdas"?
D.H.:
El Segundo Cuarteto de cuerdas es un resultado del Primer
Cuarteto. Se había programado un concierto del Primer
Cuarteto de cuerdas. En cierto momento, le mandan las partituras
al grupo que iba a intentar tocarlo. Pero, en el curso de las 30
ó 40 páginas empezaron a ver como el grupo se desintegraba.
Las relaciones en el grupo... Bueno, era como ver el proceso de
un divorcio. Empezaron a hacer anotaciones; su escritura fue haciéndose
cada vez más compulsiva y nerviosa. Claramente la pieza los
estaba volviendo locos.
Nunca terminaron con el Primer Cuarteto. Entonces, nos
pidieron que lo interpretáramos. Aún hoy conservamos
esas partituras, aún tocamos a partir de ellas. Comenzamos
a ensayarlo - hasta ese momento, era la obra para cuarteto más
larga jamás escrita. La ensayamos varias veces y aprendimos
cómo mantenernos en ese contexto y la encontramos finalmente
muy hermosa y desafiante. Un año después, a fines
de 1982, recibimos una llamada de Morton que nos decía que
estaba escribiendo un nuevo cuarteto y que quería saber si
nosotros lo tocaríamos. Cada vez que se metía en una
pieza, ésa iba a ser la mejor; y estaba muy entusiasmado
con la que estaba escribiendo. Le dije que nos enviara la partitura.
Unos días después, recibimos 25 páginas, que
luego tocamos en una hora. Era una música realmente bella.
Me gustaba mucho. Llamé a Morton y le dije: "Creo que
tenés razón. Es una de tus mejores obras. Es hermosa.
Es fantástica. Me gusta mucho. ¿Va a ser mucho más
larga?". Y él dijo: "Bueno, no estoy seguro. He
terminado algunas cosas más.". Le pedí entonces
que las enviara, y luego de una semana teníamos 25 páginas
más. Y así sucesivamente.
Creo que la partitura final tiene como 125 páginas.
Con un cálculo rápido, quedó claro que esta
obra debía durar entre 5 y 6 horas. Llamé a Morton:
"Esta pieza es monumental. ¿Podremos interpretarla?".
Dudaba de que tuviéramos la suficiente fuerza física
o energía espiritual o lo que se necesitara -probablemente,
todas esas cosas juntas- para interpretar una obra como esa.
En un determinado momento, lo llamamos porque la C.B.C. (Corporación
de Radiodifusión de Canadá) quería emitir en
vivo el Segundo Cuarteto por la radio. El estreno iba a
ser en Toronto. Feldman estaba particularmente entusiasmado con
la idea de que nadie en Canadá que estuviera escuchando la
radio esa noche escucharía la obra. Ese fue un acontecimiento
importante. Algún tiempo después, alguien del C.B.C.
llamó preguntando por la música. Descubrí que
la transmisión duraba cuatro horas y que empezaba a las 7:30.
La clausura de la emisión debe ser a medianoche, pensaba.
También supe que Morton iba a ser entrevistado antes del
concierto. Entonces, la duración total de la emisión
iba a ser cuatro horas y no importaba lo que sucediera pero el concierto
debía terminar adecuándose a esa duración.
Llamé a Morton y le dije que la pieza era demasiado larga
para esa emisión. Él me aseguró que de alguna
manera todo iba a funcionar. Seguimos ensayando. La obra era más
larga de lo que podía imaginarse. Llegamos a Toronto y, estúpidamente,
ensayamos el día del estreno durante unas ocho horas. No
fue algo bueno para nosotros.
Morton siempre fue uno de compositores con quien preferíamos
ensayar; tenía, como pocos, una habilidad para hacer surgir
el sonido. Podía explicarte la manera de hacer una nota pizzicato
mejor que nadie. En realidad, aún hoy, todavía, cada
vez que toco un pizzicato pienso en la manera en que Morton me habló
sobre cómo la piel de nuestro dedo debía lentamente
acercarse a la cuerda y sentir su deslizamiento sobre ella. Era
sorprendentemente táctil y sensual. Se percibía cómo
las agarraba y su liberación al infinito. Frecuentemente
él hablaba de la relación entre algunos acordes de
la pieza y la música de Schubert. Podía decir: "Piensen
en Schubert" y, muy posiblemente, uno podía pensar en
Schubert y su corta y trágica vida, en la música que
había escrito y la cualidad introspectiva de sus últimas
composiciones. Muy posiblemente, uno podía pensar que estos
acordes y los del "Segundo Cuarteto" simplemente sucederían.
De todos modos, todo esto pasó el día del concierto
y nos encontramos verdaderamente cansados. Decidimos que debíamos
estudiar la situación porque la pieza no iba a encajar en
la emisión a menos que nosotros encontremos la forma de hacerlo.
Joan (Jeanrenaud, la cellista) era la que nos vigilaría.
Acordamos que, de vez en cuando, miraría para saber cómo
íbamos. Si, según la duración de la emisión,
íbamos mal, yo iba a empezar a acelerar el tempo.
J.C.:
¿Así fue como la duración fue determinada?
¿Por el tempo?
D.H.:
Así fue como el Segundo Cuarteto llegó a
durar cuatro horas, a partir de esa interpretación. Tenía
que encajar en la emisión en vivo de la C.B.C.
J.C.:
¿Cómo hubiera sido fijada la duración sin el
límite puesto por la emisión de la C.B.C?
D.H.:
Bueno, no estaríamos mirando el reloj en New York. Y estoy
pensando que esta vez bien podríamos hacer un retardo, porque
siempre estamos trayendo el Segundo Cuarteto a New York,
y siempre me parece que Morton - ya sea que esté viviendo
en Buffalo o dónde sea que nos podamos encontrar- siempre
parece llevar consigo algo de New York. Es como si éste fuera
el lugar donde querríamos tocar la última interpretación
de esta pieza.
J.C.:
¿Cómo se preparan para una interpretación como
ésta?
D.H.:
Nunca hicimos una pasada entera de la partitura en los ensayos.
Las hacemos con un número determinado de páginas.
Podemos decir que vamos a pasar diez páginas y, luego, quizás
hacerlo dos veces. También podemos llegar a ensayar ciertas
técnicas específicas de ritmo. Es increíblemente
difícil crear una sensación fuera del tiempo cuando
se está casi destruido por el cansancio, pero el Segundo
Cuarteto es tan demandante físicamente que en ciertos
momentos - creo que los corredores de maratones pasan por lo mismo-
parece que el cuerpo estuviera a punto de quebrarse por el cansancio.
Aún ahora, cuando pienso en el Segundo Cuarteto,
siento un dolor en la espalda. Y estoy seguro de que Hank (Dutt,
violinista) piensa que siente lo mismo. Es la pieza de música
más físicamente dolorosa para nosotros. La manera
de prepararla es de a poco durante un largo período antes
del concierto.
J.C.:
¿Es lo físico el aspecto más demandante?
D.H.:
No, es la concentración. Habiendo trabajado con Morton, sabemos
cómo quiere el sonido. Es una fantástica idea sobre
la música. El sonido interior que él escucha y siente
es sin duda el modo en que la música deber ser. Llegar a
cabo eso como grupo es verdaderamente difícil. Estás
obligado a pensar en el balance absoluto de tu cuerpo, en cada milímetro
de la longitud del arco. La concentración necesaria es enorme.
J.C.:
¿Cómo cree que termina tocando la pieza?
D.H.:
Recuerdo haber pensado si incluso podríamos pararnos después
del concierto. Se entra y sale de una rara sensación. La
primera vez que lo interpretamos, los números de las páginas
pasaban muy, pero muy lentamente. Todo es tan lento, que es como
estar en un estado onírico. Para cuando llegamos a la última
página, sentíamos cierto regocijo: quizás podríamos
llegar a terminar de interpretarlo. Realmente terminamos dentro
de las cuatro horas. La primera interpretación duró
3 horas 58 minutos. Queda esa sensación de hazaña
y de dominio sobre las dificultades propias y las del cuerpo. Es
enormemente gratificante.
J.C.:
La audiencia debe sentir lo mismo.
D. H.:
Personas que han escuchado todo el concierto nos han dicho que les
ha cambiado la vida y la manera de escuchar música. Para
mí, dado que debo hacer que la pieza suceda, no estoy seguro
de que pueda escuchar tan bien como lo hace alguien que sólo
escucha. Recuerdo la reacción de la audiencia en el estreno.
Terminamos el concierto y no es que había cientos de personas
allí, pero creo que fueron los aplausos más largos
que tuvo el Cuarteto Kronos. Las personas que habían sobrevivido
al concierto verdaderamente apreciaban nuestro trabajo.
Ahora, Morton no era de los que no respondían con un aplauso
a su obra, y recuerdo haberle hecho señas para que se pare
y tome un arco. Pero no lo hizo. Pensé que no le había
gustado la interpretación, qué podía haber
pasado - no era habitual en él. Después del concierto
hubo una fiesta, entonces aproveché para acercármele
y preguntarle. Y me dijo: "Me estaba haciendo pís y
tenía miedo de pararme". Luego, le dije: "Quizás
la próxima vez no deba ser tan largo". La siguiente
obra -la última que escribió para el Cuarteto Kronos-
fue el "Cuarteto con Piano", que sólo dura 80 minutos.
J.C.:
¿Cuál es su historia preferida con Morton Feldman?
D.H.:
Cuando estábamos ensayando el Cuarteto con Piano,
teníamos que recorrer todos los Estados Unidos para llegar
a Valencia, California, para poder ensayar. El ensayo empezó
muy tarde a la noche - a las once o algo así- y todos estábamos
cansados. En esos días, Morton fumaba mucho. En un momento
le hicimos una pregunta. Lo miré: él estaba sentado
con un cigarrillo en la boca, pero estaba dormido. Me acerqué
y lo palmeé en el hombro porque tenía miedo de que
se quemara, y sin ni siquiera encogerse o pensar, se paró
y continuó con el ensayo. Fue tan natural que me di cuenta
que sólo así su música puede ser escuchada.
Las personas pueden o no estar en armonía y conscientes de
su cuerpo. Esa es la manera de escuchar música, y eso es
lo que nos pasa cuando la tocamos. |