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Notas autobiográficas

Silvestre Revueltas

Me puedo observar ahora de 1917 a 1920. Mi padre me sostiene el colegio con modestos elementos. Voy a hacer una confesión: hasta esta época yo sueno con una música para cuya transcripción no existen caracteres gráficos, pues los conocidos no alcanzan a decirla, a escribirla. Sueno con una música que es color, escultura y movimiento. Ya sé que eso parece un mero juego de palabras. Pero tratando de dar forma a mis imágenes, hice una primera composición para violín y piano y la sometí a uno de mis profesores, quien, al leerla, me dijo entusiasmado: "Muy interesante; es un estilo completamente debussiano..." "¿Debussiano?", pregunté, "¿qué quiere usted decir?" Me contestó: "Pues esta música se parece a la de Debussy", y observando mi sorpresa, me preguntó: "¿No conoce la música de Debussy?" "Jamás he oído música de ese compositor, e ignoro que exista algo semejante a lo que acabo de componer..."
Más tarde, al conocer de cerca la música de Debussy, me he dado cuenta de que toda mi música mental era idéntica. Debussy me hacía el mismo efecto de un amanecer cuya gama de colores adquiere una plasticidad táctil, que se transforma de mis ojos a mis oídos en música plástica... música en movimiento...
Hasta 1924, viví en esta actitud. El encontrar que ya había habido alguien que diera forma a mi mundo nuevo, me hizo sostener una lucha tremenda que se tradujo por la inacción, pues resolví no componer jamás, sin crear mi propio lenguaje. Por otra parte, desde 1920 tuve que trabajar para vivir. Viajes al terruño patrio. Conciertos en Guadalajara. Conciertos en la Preparatoria. Del trabajo rudo a la preparación de conciertos. Y como bandera suprema de lucha: anhelo de crear.
De regreso a los Estados Unidos, me veo obligado a luchar más eficaz y dinámicamente por el pan. Composiciones furtivas y alientos de nueva técnica; de formación de mi plástica. Ni siquiera me seduce el halagador progreso de mi técnica de concertino en la orquesta del Teatro Azteca en San Antonio, Texas. Una obsesión de retirarme exclusivamente para componer se apodera de mí y me parece que el resto: mis conciertos, mis trabajos cotidianos son apéndices necesarios, pero estorbosos.
No. No me importa dirigir. Lo que me importa es poder dedicarme únicamente a componer. Poder dedicarme. Cualquiera diría que querer es poder. Es un dicharacho cualquiera, vulgar, burgués. Quiero componer y no me falta, sino me sobra inspiración. Si logro aislarme del ruido y del lastre, si consigo estar concentrado para componer, es asombrosa la fecundidad. Dije lastre. Sí, hay un pesado lastre en todo lo que nos encadena a ese deber estúpido de dar una clase miserable para comer. Tener mujer, hijos, ser pobre, sufrir privaciones, hacer antesalas para pedir empleos, no tener para medicinas cuando se enferma el hijo, etcétera. Todo eso es muy hermoso en poesía. Es el putrefacto "aliciente de los creadores" que ha inventado la burguesía.
¿Por qué un artista, un creador ha de sufrir hambres y miserias? Aquí descansa, entre nosotros, el secreto del fracaso de la cultura de México como pueblo. Somos un país de descamisados y de zánganos. Se desprecia al músico, al pintor, al poeta, por considerarlos como a los bufones que cabriolean en los banquetes de los burócratas. Pero es que se les hace bufones por la fuerza del hambre.
Aunque muchos nos rebelemos, la rebeldía es la soledad, la soledad infecunda, el abandono, la miseria.
No, no es mi ambición dirigir. Dirijo solo por disciplina personal. Es una gran enseñanza. Por otra parte, no creo que el dirigir sea un arte, como muchos, sobre todo los críticos de oficio, se figuran. Los norteamericanos tienen una palabra muy acertada para significar la función de lo que en español denominamos "director de orquesta", ellos le llaman conductor. Efectivamente, conduce al conjunto, coordina los efectos. La orquesta moderna, desde Beethoven, es un conjunto de solistas, no importa el papel secundario que en la partitura les toque ejecutar. El director debe coordinar esos solistas y equilibrarlos en la obra íntegra. El mejor conductor o director será aquel que logre una mejor integridad equilibrada de la ejecución. Me parece que hay mucha exageración en lo que se atribuye a los directores de "interpretar", es decir, de dar una versión personal de la obra. Además de exageración, hay vanidad y jactancia. El director, tal como lo han distinguido los críticos y tal como lo admiran los auditorios -generalmente de señoras bien-, es en la plutocracia norteamericana donde ha florecido los últimos veinte años; es más bien un verdadero manager; un hombre con don de gentes, trato personal un poco extravagante para singularizarse, político hábil, etcétera.
No simpatizo con el falso arte de dirigir. Además de las razones expuestas, me parece que ese culminante énfasis que se pretende dar a los conductores modernos de orquesta es en detrimento del mérito indiscutible del trabajador de orquesta. La orquesta sinfónica moderna es un conjunto perfecto de habilidades individuales elaboradas al grado máximo de potencia. La orquesta contemporánea debe ser una asociación de solistas que ejecutan en grupo, si cabe la paradoja. Cierto es que el director contemporáneo debe, ante todo, saber desarrollar al máximo la potencia individual de cada miembro de su orquesta. Su talento, su genio, si se quiere, debe consistir solo en eso. Además, debe ser un trabajador infatigable, disciplinado, dinámico. De mas está decir que debe conocer a la perfección la técnica de cada instrumento. En esto tenían razón los antiguos. El compositor debe conocer perfectamente cada instrumento y, de ser posible, ejecutarlo. El compositor... decía. Y esas virtudes debe poseer el director, que, en el estado actual del crítico, ha suplantado al compositor. Está bien que un compositor dirija sus propias obras. Es una manera de complementarlas. En Nueva York existe la Orquesta Sinfónica Acéfala: Conductless-Orchestra. El futuro desarrollará este tipo de orquesta. -
Dentro de mí existe una interpretación muy peculiar de la naturaleza. Todo es ritmo. El lenguaje del poeta es el lenguaje común. Todos lo entienden o lo sienten. El del pintor es el color, la forma, la plástica. Solo el músico tiene que refinar su lenguaje propio. Para mí la música es todo aquello junto. Mis ritmos son pujantes, dinámicos, táctiles, visuales, pienso en imágenes que son acordes en líneas melódicas y se mueven dinámicamente. Por eso cuando se posesiona de mí la necesidad de dar forma objetiva, gráfica, a esos ritmos, sufro una conmoción biológica total. Es mayor que el esfuerzo del parto, no por la expulsión, sino por la manera de recoger el producto y Ilamarle con algún nombre. Esa conmoción me conduce a veces a la negación más absoluta de mí mismo. ¿Es una ambición innoble poder estar en paz con el pan para poder crear mejor?

(LULÚ número 2, Noviembre de 1991)