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La idea de
distorsión en Silvestre Revueltas
Julio Palacio
Silvestre
Revueltas fue una de las figuras más curiosas de la música
latinoamericana del siglo XX. Parte de la leyenda asociada con su
nombre deriva del hecho de que el compositor mexicano no alcanzó
a vivir cuarenta años. Sus retratos muestran a un hombre
que no congenia con la iconografía prevista: pelo desgreñado,
cabeza generosa y risueña, expresión dionisíaca.
Su mismo nombre y apellido suenan a cosa de salvaje y poco académica
comparado por ejemplo con su coterráneo y compatriota Carlos
Chávez, hombre civilizado y austero, compositor "oficial"
y embajador itinerante de un país cuya música evoca
con rapidez un paisaje y un clima bien determinados.
La trayectoria de todos los artistas latinoamericanos ha estado
asociada con una inevitable obsesión: la quimera de testimoniar
el suelo donde se ha nacido. Para aquellos que abrazaron la tradición
de la música europea la amalgama fue siempre dolorosa. A
Manuel Ponce (1886-1948) le correspondió esa tarea en su
patria mexicana a través de la inevitable etapa "salonnier":
EstreIlita fue una inspiración más optimista tal vez
que nuestra Canción del carretero. También parecía
inevitable la reacción desde un pensamiento más especulativo.
Este rol fue cumplido por Carlos Chávez (1899-1978) cuya
producción trata de ponerse al día con las corrientes
europeas, en particular con Stravinsky. Aparecen en su música
las conquistas rítmicas y contra puntísticas de entreguerra.
Pero así como en la música de Ginastera la connotación
del paisaje pampeano se efectúa (un tanto arbitrariamente)
a través de la metáfora de la armonía de las
cuerdas al aire de la guitarra y suponiendo así un paso adelante
respecto de la cita concreta, en Chávez la "imagen"
equivalente es la de la pirámide y la Ilanura, invocando
así un período precortesiano idealizado cuya representación
politonal y polimétrica se resuelve en una actitud lineal-contrapuntística
de evidente "dureza" si se la compara con la obra de Ponce.
La consecuencia es cierta petrificación arqueológica
como la que se oye en las sinfonías Antígona
(1932), India (1936) o el ballet Pirámide.
Según Otto Mayer-Serra, que efectuó un importante
trabajo de investigación sobre Revueltas,1 Chávez
cultivaría un "indigenismo modernista" mientras
su más joven coterráneo estaría más
cerca de un "realismo mestizo".
La relación entre ambos compositores, pese a estas diferencias,
fue decisiva: Chávez llama a Revueltas para que este se hiciera
cargo de la Orquesta Nacional de México como subdirector.
El hecho ocurrió hacia 1930. En esa década, Revueltas
compuso la mayoría de su producción la que, con excepción
de algunas canciones, está destinada al terreno instrumental.
Ninguna de ellas supera los veinte minutos de duración y
todas poseen títulos específicos que no están
vinculados -como ocurre con Chávez-, a un pasado mítico
y de difícil localización, sino a la realidad urbana
del hombre mexicano.
"Me gusta toda clase de música. lncluso puedo a veces
tolerar alguno de los clásicos y algunas de mis propias composiciones,
pero prefiero la música de la gente de los ranchos y los
pueblos de mi país." La declaración es engañosa,
pues si el aporte de Revueltas se limitara a una mera transposición
documental, "música turística", el compositor
sería un sucesor candoroso de las obras de Ponce, un "salonnier"
sin salida como tantos otros nostálgicos creadores latinoamericanos.
Frente al dilema entre estos dos caminos representados por Ponce
y Chávez, Revueltas eligió una conducta estética
e ideológica diferente. Tomando como ya hemos vista lo concreto
del hombre y de la ciudad, y sin ocultar la formación académica
en la que asoman, como en Chávez, los avances europeos de
comienzos del siglo, Revueltas recrea la música de su patria
con una lenta "distorsiva" a partir de recursos armónicos,
tímbricos y rítmicos. La politonalidad se instala
bruscamente sobre inocentes tonadas populares que, por otra parte,
raras veces son citas literales. El oyente tiene la sensación
de que el objeto sonoro se desvirtúa burlescamente como ocurriría
tal vez si las condiciones originales, el diatonismo y la cantabilidad
se hubieran desdibujado gracias a un error de la percepción.
Como si, por caso, se hubieran hecho generosas concesiones a ingestas
de tequila. Esa distorsión armónica es enfatizada
por un calculado efecto de estridencia en el cual los metales, en
especial las trompetas, juegan un rol principal, agresivo y oniríco.
Cuauhnáhuac (nombre antiguo de la ciudad de Cuernavaca)
de 1930 y Janitzio, evocación de una isla de pescadores
(1936), representan dos ocasiones que muestran lo antedicho. Ambas
obras son excepcionales en cuanto a su asociación geográfica,
pues como ya vimos, el paisaje no es lo que le interesa al músico
sino alga más interno y por eso menos idealizable, según
lo demuestran otros títulos como Alcancías,
Ventanas, Itinerarios, o Planos. Tampoco
le son extraños los compromisos políticos como la
música para los films reivindicatorios: Redes (1935)
o Los de abajo ni la asociación directa o indirecta
con la poesía; Sensemayá se basa en un texto
de Guillén y el Homenaje a García Lorca define
sus idearios antifranquistas.
Si ahora volvemos sobre los rasgos específicamente musicales,
observamos la ausencia de modelos formales ambiciosos: ni ópera,
ni concierto ni sinfonía. Tampoco aparecer, obras corales
ni menos aun religiosas. En esa década que va entre 1930
y 1940 surgen sí cuatro cuartetos de cuerda y una serie de
miniaturas sometidas a esa distorsión ya señalada.
En Cuauhnáhuac el procedimiento aparece de modo
todavía rudimentario: mientras los vientos y el xilofÓn
tocan una amable melodía reminiscente en mi bemol, los cellos
inopinadamente se manifiestan en sol mayor. En Redes el
"corrido" a cargo de las cuerdas es turbado por la trompeta
y después por el trombón cuya participación
Mayer-Serra designa como un "grito musicado en otra tonalidad".
Otro tanto ocurre en Janitzio en cuya sección central
un vals tripartito en la mayor evocando indudablemente la atmósfera
de salón del siglo XIX, aparece desvirtuada por la surrealista
presentación de los metales en si bemol. El humor peculiar
de Revueltas ya visto en sus títulos, se observa también
en su Homenaje a García Lorca (1936). Cuando era
esperable una pieza fúnebre en estilo de sentido obituario
sonoro, a la manera de, digamos, el Adiós a Villa-Lobos de
Juan José Castro, se deja oír un juguetón scherzando
que sobre la base del ostinato combina al piccolo con el trombón
y la tuba.
Cabría preguntarse si algunas de estas distorsiones estuvieron
inspiradas en conductas parecidas que ocurren en la producción
de Villa-Lobos de la década anterior. Así, las curiosas
experimentaciones del compositor brasileño en el insólito
Noneto de 1923 o las irrupciones "descolgadas"
y "gritadas" de trompetas y trombones en el Choros
n° 10 (1926). Pero la búsqueda de VillaLobos se orientó,
como en Chávez, hacia el paisaje: la selva reemplaza en forma
más o menos concreta la inspiración humanista de Revueltas,
mientras el formalismo europeo termina por hacer claudicar las aparentes
incongruencias del discurso de mosaico, típico de los choros
en las melancólicas Bachianas Brasileiras. El gigante
universal termina por socorrer la urgencia artesanal del artista
latinoamericano que no puede ya solucionar su dilema sin un marco
protector.
Por personalidad y por cultura, Revueltas no pudo ignorar tampoco
la muy particular simbiosis de Charles Ives, pero también
es cierto que en la obra de aquél no existe cabida para la
sublimación autobiográfica. Las curiosas "anticipaciones"
de Ives dudosamente puedan aplicarse al compositor mexicano pero
como en toda breve existencia quedara la incógnita de hasta
dónde podría haber Ilegado el aporte de Revueltas
en una vida más extensa.
Documentación
Casi
Codas las composiciones de Revueltas han sido grabadas, Ia gran
mayoría solo una vez. Las colecciones de Eduardo Mat y de
David Atherton fueron registradas con conjuntos ingleses. Cualquiera
de estos discos y las versiones más nuevas de Eduardo Mata
en CD no son de sencilla ubicación. Menos aun lo son las
partituras sobre todo en la situación de extrema carencia
que afecta hoy a nuestro país. El lector puede intentar suplir
estas dificultades consultando con el Sector Cultural de la Embajada
de México.
1.- Boletín
Latinoamericano de Música (tomo v, octubre de 1941).
(LULÚ
número 2, Noviembre de 1991) |