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Sobre la música
y los ruidos
Andrei Tarkovski
Como es sabido, la
música entro en el cine ya en tiempos del cine mudo, cuando
un pianista ilustraba con su acompañamiento lo que acontecía
en la pantalla, con una música que correspondía
al ritmo y a la tensión emocional de las imágenes.
Esta era una sobrecarga mecánica de la imagen con música,
casual y -en cuanto a su valor ilustrativo- primitiva.
Extrañamente, este principio de utilización de la
música en el cine se ha conservado, de manera casi idéntica,
hasta nuestros días. Un episodio se "apoya" con
acompañamiento musical, para ilustrar otra vez el tema
principal y para subrayar su valor emocional. A veces se quiere
que la música sirva sólo para salvar unas imágenes
fallidas.
A mí lo que más me convence es un método
en que la música surja casi como estribillo poético.
Si en una poesía nos encontramos con un estribillo, entonces,
enriquecidos por la información de lo que acabamos de leer,
retornamos a aquel punto de partida que inspiró al autor
a escribir aquellos versos. El estribillo hace que en nosotros
renazca aquel estado originario con el que entramos en ese mundo
político que para nosotros era nuevo. Y a la vez hace que
lo revivamos de nuevo, y además de forma inmediata. Podríamos
decir que retornamos a las fuentes.
En este caso, la música no sólo refuerza e ilustra
un contenido vertido en imágenes paralelas a la música,
sino que abre la posibilidad de una impresión nueva, cualitativamente
distinta, del mismo material. Si nos exponemos a la fuerza elemental
de la música, provocada por un estribillo, estamos volviendo,
con una experiencia emocional nueva, enriquecida, a los sentimientos
ya vividos. En este caso, la introducción de un elemento
musical modifica el colorido, a veces incluso la sustancia de
esa vida fijada en un plano. Es más, la música puede
introducir en el material ciertas entonaciones líricas,
que surgen de la experiencia del actor. Así, en El espejo,
una película biográfica, la música en muchos
casos está tomada de la propia vida, es una parte de la
experiencia interna del actor; es un elemento importante para
la configuración del mundo del héroe lírico
en esta película.
La música puede jugar un papel funcional cuando el material
visual tiene que experimentar una cierta deformación en
la recepción por el espectador. Cuando se quiere que, en
su percepción, resulte mas pesado o más liviano,
mas transparente y suave o más rudo y más sólido.
Si un director utiliza una determinada música, obtiene
así la posibilidad de dirigir los sentimientos de sus espectadores
en la dirección que pretende conseguir, ampliando sus relaciones
para con el objeto que se le presenta de forma visual. Con ello
no modifica el sentido del objeto, pero se le da una vivacidad
suplementaria. El espectador lo percibe -al menos potencialmente-
en el contexto de una nueva unidad, una de cuyas componentes ahora
es también la música. A la percepción se
le añade, pues, un nuevo aspecto.
Tengo la esperanza de que, en mis películas, la música
no sea tan sólo una "ilustración unidimensional
de las imágenes"; y en ningún caso quiero que
sea percibida como un aura emocional de los objetos representados,
con lo que se quiera mover a los espectadores a ver la representación
en la entonación que yo he elegido. La música en
una película es para mí siempre un elemento natural
del mundo sonoro, una parte de la vida del hombre, aunque siempre
es posible que en una película sonora, trabajada con toda
consecuencia, no quede sitio para la música, y sea suplantada
por ruidos, más interesantes desde el punto de vista del
arte cinematográfico, cosa que yo he procurado en mis dos
ultimas películas: Stalker y Nostalghia.
Para conseguir que la imagen fílmica sea real y plenamente
sonora, probablemente haya que prescindir conscientemente de la
música. Viendo las cosas desde un punto de vista estricto,
el mundo transformado fílmicamente y el músicalmente
elaborado son dos mundos paralelos, en conflicto. Un mundo sonoro
organizado de forma adecuada es, por esencia, un mundo musical
y como tal un mundo profundamente cinematográfico.
Otar loseliani, por ejemplo, trabaja extraordinariamente bien
con el tono, pero su método se diferencia radicalmente
del mío. Utiliza un trasfondo de ruidos cotidianos naturales,
con una persistencia tal que nos convence tan plenamente del carácter
ordinario de lo que se ve en pantalla, que uno ya es incapaz de
imaginarse esto sin un fonograma detallado.
¿Qué es un mundo sonoro naturalista? En el cine,
esto, en cualquier caso, es algo inimaginable, pues en una toma
tendrían que existir simultáneamente pasos, ruido,
fragmentos de palabras, viento, ladridos, gallinas, etc. Todas
estas imágenes fijadas en una toma tendrían que
expresarse también de modo adecuado en el fonograma. Lo
que saldría sería una tremenda cacofonía
y la película, finalmente, tendría que prescindir
del nivel de los sonidos. Si no se seleccionan los sonidos, al
final esa película sería equiparable al cine mudo,
pues se escaparía la imagen del mundo sonoro, carecería
de cualquier expresividad sonora propia.
Si en las películas de Bergman resuenan pasos en un corredor
vacío, campanadas de un reloj o ruidos de vestidos al moverse,
parece que el director utiliza sonidos de modo naturalista. Pero
en realidad este "naturalismo" exagera los sonidos,
los estructura y los hiperboliza. Entresaca un solo sonido e ignora
todos los demás acontecimientos acústicos colaterales,
que en la vida real es seguro que se oirían. Así,
en Los comulgantes, en la escena en que a orillas del
río encuentran el cadáver de la suicida, sólo
se oye el agua. Durante toda la escena, no se oye nada más
que el agua, que nunca calla, no se escucha ni un sólo
sonido más, ni los pasos ni las palabras que se dicen las
personas a orillas del río. Esta es la expresividad acústica
de Bergman.
En el fondo yo tiendo a pensar que el mundo ya suena de por sí
muy bien y que el cine en realidad no necesita música,
con tal de que aprendamos a oír bien. Pero en el cine moderno
también hay ejemplos de una utilización extraordinaria,
Ilena de virtuosismo, de la música. Así, en La
vergüenza, de Bergman, suenan, a través de un
miserable transistor, partes de maravillosas composiciones musicales,
perturbadas por ruidos diversos. Me acuerdo también de
la fantástica música de Nino Rota para 8 y 1/2,
de Fellini, una música triste, sentimental y también
un tanto irónica.
En algunas escenas de El espejo utilizamos, en colaboración
con el compositor Artemiev, música electrónica,
que en mi opinión encuentra muchísimas aplicaciones
en el cine. Queríamos que sonara como un eco lejano, como
lamentos y ruidos extraterrestres, expresando un sucedáneo
de la realidad y a la vez estados anímicos concretos, con
sonidos que reprodujeran con mucha exactitud el sonido de la vida
interior. La música electrónica desaparece exactamente
en el momento en que comenzamos a percibirla, a comprender como
se ha estructurado. Artemiev consigue los sonidos por vías
muy complejas. Había que eliminar de la música electrónica
todas las características de su origen experimental y artificial,
para poder experimentarla como un sonido orgánico del mundo.
En cambio, la música instrumental es un arte tan independiente,
que resulta mucho más difícil de integrar en una
película, convirtiéndola en un elemento orgánico
de ésta. Su uso siempre es un compromiso; siempre es ilustrativa.
Además, la música electrónica se puede perder
en el mundo sonoro de una película, esconderse detrás
de otros sonidos, parecer algo indeterminado; puede parecer la
voz de la naturaleza, la articulación de ciertos sentimientos,
puede asemejarse también al respirar de una persona. Lo
que quiero destacar es la indeterminación. El tono sonoro
debe mantenerse en una indecisión, cuando lo que se oye
puede ser música o una voz o sólo el viento.
(Extraído
de Andrei Tarkovski, Esculpir en el tiempo, 1984. Traducido
del alemán por Enrique Banús Irusta, Buenos Aires,
Ed. Rialp, 1991)
(LULÚ
número 4, Noviembre de 1992) |