Notas sobre
la música en el cine
Cristián
Pauls
1. En la mayor parte
del cine que podemos ver a diario, la música acompaña,
viste, neutraliza. Es triste, alegre, sombría o vigorosa
según la imagen exija; su verdadera vocación parece
estar en este sincronismo: hacer lo que hace la imagen (función
de puntuación, de amplificación emocional o, más
raramente, de estructuración).
De todo esto, algo parece relativamente claro: la música
es usada por el cine, y salvo contadísimas excepciones,
a partir que sus poderes más inmediatos, sus efectos más
triviales, su lenguaje más sumario.
2. La música viene arrastrando este rol de pariente pobre
desde los comienzos mismos del cine. Ya en el mudo, existía
una música improvisada o programada sometida a la necesidad
de corresponder con la imagen visual y servir a fines descriptivos,
narrativos o ilustrativos, un poco a la manera de título
intermedio. Y si bien era un continuo, se detenía cada
tanto, lo suficiente como para dejar respirar al pianista que
acompañaba a las imágenes, pero sería exagerado,
creo, asignarle un lugar de importancia en la construcción
del filme.
Otras funciones se le adjudicaron además en esos primeros
tiempos. Veamos algunas:
a) Neutralizar el ruido del proyector que molestaba la visión
(Kurt London).
b) Tranquilizar, en tanto el ruido del proyector unido a la oscuridad
de la sala infundían en el espectador la sensación
de quedar librado a un mecanismo (Adorno-Eisler).
c) Equilibrar, ya que el silencio se liga normalmente a la inmovilidad
y ésta, como tal, debía compensarse (Harris).
Distintas eran, quizás, las ideas que Eisenstein tenía
al respecto, sobre todo si hacemos caso a los análisis
que efectuaba para Alejandro Nevsky. Para Eisenstein
era imprescindible que música a imagen formaran un todo
en el que eI movimiento o incluso la vibración seria el
elemento común a lo visual y lo sonoro. Hay aquí
una cierta manera de leer la imagen visual que se corresponde
bastante a la audición de la música (vibración
o movimiento). De cualquier manera, sigue presente la idea de
correspondencia y aunque ya no es exterior o ilustrativa, el sincronismo
"interno" eisensteniano (asociación de la música
y la imagen por el movimiento o la vibración), considera
que el todo debía ser una unidad superior producto del
choque entre lo visual y lo sonoro.
A partir del advenimiento del sonoro-parlante, se pensó
que la música quedaría emancipada y cobraría
vuelo. Sin embargo, y dejando de lado por un instante las tentativas
que se fueron produciendo con el correr de los años, quizás
la música permanezca hoy como uno de los capítulos
pendientes más retrasados en relación a otras investigaciones
de lenguaje en el cine. Aun en los filmes actuales más
avanzados, la música sigue siendo siempre un decorado anodino
a inofensivo, simple ornamento para compensar el silencio o Ilenar
vacíos.
3. La tradición de su uso desde los comienzos mismos parece
haber implantado la música como algo natural al cine, o
mejor: como inseparable de cualquier filme. No se pregunta nunca
si se usará o no, sino qué tipo de música
habrá, como si su existencia en una película fuera
un hecho consumado e irreversible al que el cine no podría
negarse. Esto me parece uno de los tantos problemas pesados de
sobreentendidos culturales porque la ley que une música
a imagen no tiene nada de fenómeno no inmediato o natural
pero obstaculiza la posibilidad de pensar esa relación
de cualquier otra manera (nueva).
4. En el cine no hay una única banda sonora sino, por lo
menos, tres grupos distintos: palabras, ruidos y música.
De todos ellos, en el montaje sonoro de una película, la
música Ilega siempre a último momento, cuando la
totalidad del resto de la banda sonora ha sido completamente concebida
y, en muchos casos, ya armada definitivamente. De esta manera,
sin saber junto a que elementos irá a convivir en el interior
mismo de la película, la música pierde casi toda
posibilidad de ser algo más que un simple telón
de fondo.
El investigador francés Michel Fano ha insistido muchas
veces sobre la importancia vital que tendría la presencia
del músico en la sala de montaje y en su participación
en los elementos sonoros que intervienen como en el tratamiento
musical de los sonidos no musicales. Estos puntos últimos
han sido centrales en el desarrollo del cine de Jacques Tati,
en el que las relaciones intrínsecas entre sonidos resultan
deformadas y en el que los ruidos más triviales pasan casi
al estatus de personaje. Se trata de un trabajo muy profundo en
la búsqueda de nuevas relaciones entre los diferentes elementos
de una banda sonora. Entre las admiraciones de Fano, también
figuran otros cineastas que han trabajado en este mismo sentido:
Mizoguchi en Los amantes crucificados o Antonioni en
su primera película, Crónica de un amor. (Oposiciones
múltiples entre la proximidad de un tema sonoro y el alejamiento
del tema visual -Mizoguchi- o autonomía de los diálogos
y ruidos frente a la música extremadamente tenue y reducida
casi a intervalos-Antonioni-.)
5. A partir de los ochenta, los mundos sonoros que antes se pensaban
como puramente físicos ya no lo son tanto, ya no lo son
más. La música contemporánea y la electroacústica,
el rap, las nuevas posibilidades (enormes e infinitas) en las
combinaciones entre lo hablado y lo cantado y las alternativas
de mezclas de todos estos materiales con otros de múltiples
procedencias (musicales y no musicales, ruidos de todo tipo a
origen) han con formado una nueva concepción de la música
en tanto universo sonoro, que trasciende viejos géneros
y fronteras. Lo central es este uso o incorporación de
materiales violentamente heterogéneos a lo musical y la
aparición de un pensamiento que redefine a la música
a partir de nociones de montaje (choque, colisión) de elementos
de orígenes sumamente diversos.
6. Cineastas que uno identifique rápidamente con el sonido
no hay muchos: Welles, Bresson, Eisenstein, Resnais, Mizoguchi,
Santiago, Godard. Pero es Godard, de todos ellos, el único
para e! que la expresión universo sonoro tendría
un sentido fuerte.
Si según Thierry Jousse, Godard en tanto cineasta es un
verdadero programador radial, es porque se trata del único
que hace trabajar en niveles iguales materiales sonoros tan diversos
y codificados. Desde una perspectiva casi eisensteniana, el campo
sonoro de Godard es un inmenso campo de batalla en el que los
distintos grupos sonoros avanzan, retroceden, combaten con una
audacia casi sin precedentes.
Tomemos, por ejemplo, El Poder de las Palabras (France-Telecom),
un video que tuve la oportunidad de ver hace muy poco tiempo:
aquí Godard lleva hasta lo último esta idea de banda
integral, arte del collage. Las voces amplificadas electrónicamente,
sintetizadas, se transforman en sonidos puestos en el espacio,
propulsados al cosmos, mezclados con ruidos de todo tipo y canciones
de Bob Dylan y Leonard Cohen, arrancadas de su contexto sin el
menor miramiento. Se han pulverizado aquí todas las categorías
sonoras hasta hoy infranqueables: música, ruidos, palabras,
en función de una nueva realidad sonora que sobrepasa completamente
las condiciones de lo natural y lo artificial. Y aquí sí,
parecemos estar decididamente del lado de la electroacústica.
En Carmen, el uso de los movimientos musicales (Beethoven),
los ruidos, los sonidos del mar o los pájaros, el punteado
de las cuerdas, e! ruido del tren, los arrastres del arco y las
ráfagas de las ametralladoras; todo esto pero además
sus correspondencias y sus desplazamientos, forman la potencia
de un continuo del que nos es virtualmente imposible distinguir
música, ruidos o palabras independientes sino, más
bien, rivalizando, tapándose, atravesándose, interceptándose
permanentemente, obligándonos a leer la imagen como si
fuera una partitura.
En Godard, los ruidos devienen verdaderas músicas concretas.
Tomemos la voz de una cantante de opera, el sonido de un cepillo
de dientes eléctrico, una conversación telefónica
parca y tendremos la secuencia de inicio de Sauve qui peut
(la vie).
Sin hablar, por supuesto, de tantas otras secuencias en que la
música silencia los ruidos o las voces. En Godard hay siempre
combate, alteración de un sonido por el otro. Se trata
de integrar los hablados y los ruidos a la música como
si fueran cantos, instalar (nuevas) relaciones dinámicas
entre los sonidos.
Quizás sea posible, así, no ya inventar un nuevo
espectador sino un nuevo oyente. Pensando la música en
su forma menos pura (cortándola, contaminándola
de otros materiales) quizás se pueda -paradójicamente-
hacerla existir de nuevo, reinventarla, hacerla decir lo indecible.