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Presentación
de una relación
Rafael
Filippelli
En cierto
sentido se podría afirmar que todo el cine, tanto el mudo
como el sonoro, es un fenómeno estrictamente visual. Con
esto se quiere decir que, en el cine, también lo que se oye
es visual. Y esto es así porque, en realidad, todos los elementos
sonoros de un film, incluida la música y también el
silencio -que por otra parte es un invento del cine sonoro- forman
un continuo cuya pertenencia es la imagen visual.
Efectivamente, la banda de sonido de un film, si bien esta configurada
por aspectos diversos, palabras, ruidos, músicas, todos elementos
que pueden entrar en rivalidad, suplantarse o transformarse, siempre
son percibidos como un todo. La voz es inseparable de los ruidos
o músicas que incluso a veces la hacen inaudible, y el use
yuxtapuesto de cada uno de esos elementos se utilizan como correspondencias
y cortes que forman la potencia de un solo componente, de un único
continuo sonoro. Y en la misma medida en que los sonidos rivalizan,
se tapan o se atraviesan, trazan en el espacio visual un sinnúmero
de obstáculos que son oídos pero también vistos
por sí mismos. Dicho de otra manera, mientras que en el cine
mudo se producía una división entre una imagen visible
y una palabra a legible, en el cine sonoro, es decir, cuando las
palabras se hacen oír, se puede afirmar que permiten ver
algo nuevo: la imagen sonora se vuelve legible como un todo.
Ahora bien, la unidad del continuo sonoro no deja de diferenciarse
según sea su relación con el campo visual; o sea,
en como se relaciona con el campo y el fuera de campo, por el hecho
de que ambos pertenecen plenamente a la imagen visual cinematográfica.
En ese sentido, si bien es cierto que no es el cine sonoro el que
inventa el fuera de campo, es el que lo puebla definitivamente en
la medida en que Ilena lo no visto con una presencia concreta. Si
uno de los problemas expresivos del cine contemporáneo es
que el sonido no sea una redundancia, una mera duplicación
de lo que se ve, es precisamente por su condición de componente
específico de la imagen visual. Ya en la época del
pasaje del mudo al sonoro, Eisenstein proponía que el sonido
remitiese a una fuente del fuera de campo y se convirtiese así
en contrapunto y no en duplicación de un solo punto de vista:
"El ruido de las botas es mucho más interesante si no
se las ve".
Sintetizando: el sonido, en todas sus formas, pero sobre todo con
la voz en off (entendida como voz de un relator) y la música,
completa el fuera de campo de la imagen visual y, en ese sentido,
es un componente de esa misma imagen.
Precisando un poco más el problema, en el cine hay dos tipos
de fuera de campo. El primero es aquel que, suceda o no, puede eventualmente
formar parte de él en una imagen siguiente. Es algo así
como la prolongación natural de lo que se está viendo:
el sonido de la calle en una escena en interiores donde hay ventanas
que comunican ostensiblemente con el exterior; las conversaciones
en las mesas de al lado en un bar. En este caso el fuera de campo
es la relación de un conjunto con otro que lo prolonga. El
otro fuera de campo es de una naturaleza que excede a los estrictos
espacios visuales y da testimonio de una potencia de otro orden
que no es necesariamente la prolongación de lo visto. Es
el resultado de algo diferente que incide sobre las secuencias de
imágenes y que incluso en ciertas ocasiones las neutraliza
o las suprime. A esta segunda forma del fuera de campo, al que podría
Ilamarse -rápidamente- más reflexivo, pertenece la
música cuando no forma parte de la diégesis (lo que
Raúl Beceyro llama "música directa"), es
decir cuando no esta explícitamente en cuadro. Dicho de otro
modo, la música puede formar parte del campo visual, pero
cuando no es así, recién ahí, se puede decir
que mantiene con la imagen una relación autónoma.
¿Cuándo alguien puede preguntarse "inocentemente"
¿y esa música de donde viene?, o más precisamente
¿quién la puso?, es cuando queda planteado el problema
de su autonomía. Con esto se quiere decir que para que esta
relación autónoma exista como decisión estética
alguien tiene que tomar una determinación, dado que esta
autonomía es solo potencial y el cine "realmente existente"
se empecina en desestimar esta posibilidad convirtiendo a la música
en un acompañamiento redundante, no siempre eficaz, de la
imagen visual. Usada de esta manera, la música no excede
demasiado el rol que cumplía en el cine mudo. ¿Para
qué insistir en el potencial carácter autónomo
de la música? Pues bien, dado que el cine (por razones cuya
explotación excedería el motivo de estas lineal) ha
tenido que luchar desde sus comienzos con la impronta de su referencialidad,
con su condición de arte analógico por excelencia,
la música no independizada de la imagen queda sometida a
una nueva referencialidad: en este caso no a la del mundo exterior
sino a la del propio campo visual. Y si la música usada de
esta manera no se despega demasiado de su función en el período
mudo es porque se halla sometida a una necesidad de corresponder
con la imagen y, por lo mismo, de servir a fines descriptivos, ilustrativos
o narrativos, actuando como una forma del título intermedio
en aquel cine.
La aparición del sonoro no sólo completa el cine sino
que modifica sus posibilidades expresivas permitiendo que algunos
directores trabajen la banda de sonido (sobre todo la música)
en rivalidad o, al menos, heterogeneidad con la imagen visual. De
esta manera, la música pierde su omnipotencia descriptiva,
cesa de "verlo" todo, se vuelve dudosa, insegura y ambigua,
porque ha roto su dependencia con la imagen visual que le delegaba
la omnipotencia de la que ella carecía. En esto consiste
la autonomía del conjunto de lo sonoro en un film y recién
entonces se puede hablar de imagen sonora.
La música y el cine, la música en el cine; al escribir
estas líneas aun no conozco cuál de las dos posibilidades
se va a decidir para este dossier. La primera, si bien tiene la
sospechosa ventaja de citar (al revés) el título en
español del célebre libro de Adorno y Eisler, El cine
y la música (su título en alemán es Komposition
für den Film), tiene la desventaja de permitir suponer que
el objeto de reflexión es la puesta en relación de
las dos artes. La segunda, recíprocamente, adolece del defecto
de plantear una suerte de dependencia (de la música al cine)
pero circunscribe con mas precisión el resultado de los trabajos
que se publican. De todas maneras, el motivo de esta, tal vez innecesaria,
introducción es darle al dossier un marco que afortunadamente
los artículos, de una manera a otra, parecen confirmar.
¿Existen músicas de películas? ¿Existen
músicos de cine? Se puede analizar la música de un
film por separado del resto de los elementos sonoros que coexisten
en la banda de sonido? Es más: ¿se puede pensar la
banda de sonidos de una película independientemente del campo
visual en su conjunto? Teóricos, músicos y cineastas
se plantean estas cuestiones desde ángulos diferentes y,
en lo que hace a la música, en algo parecen coincidir: la
música, a pesar de estar atada a la totalidad expresiva de
un film, de todos modos conserva un grado de especificidad o autonomía
que la colocan mas allá de una función reduplicadora
de lo que se ve.
(LULÚ
número 4, Noviembre de 1992) |