La regla del
borramiento y la reivindicación de la autonomía
Michel Chion
Es conocido el estatuto
paradojal, y más bien frustrante, que le dan a la música
de películas aquellos que la utilizan: le piden que sea
bella y esté bien hecha, que sea talentosa y convincente
pero, sobre todo, que no se note. Esta idea, entonces, se convierte
en el primer mandamiento: 'No lo harás escuchar por ti
misma'.
Es en esta regla del borramiento que Kurt London descubría,
en 1936, su verdadera especificidad: "la música pura
es aprehendida conscientemente; la música del film inconscientemente...
la buena música de películas no debe ponerse en
primer plano"(en Film Music, p.13). No es sorprendente
que los realizadores de películas estén, casi siempre,
de acuerdo con esta regla. (Véase también en la
investigación de Tay Garnett en Un siècle de
cinéma los consejos de Wyler: "Si la música
logra hacerse ver de una manera consciente por los espectadores,
aunque sólo sea por un instante, el encanto está
roto" (p. 395). De Walsh: "Si el público se hace
consciente de la partitura pierde la atención" (p.
370). De Henry King: "Hacer música que el público
no note y que sin embargo esté ahí" (p. 187).
) Pero también hay muchos compositores que la suscriben.
"Cuando se escribe un comentario musical para un film -dice
Georges Van Parys- la música debe ser oída pero
no escuchada. Nunca me siento del todo seguro del destino de una
película cuando se me habla de la música que he
introducido en ella". Así, la música parece
consentir en ser un ingrediente mas en la alquimia cinematográfica.
Adorno y Eisler ironizaron sobre esta doble reivindicación
de una música que debería ser de calidad pero a
la cual no debería escuchársela y para ridiculizarla
citan una cuarteta: "Conozco un bonito juego/me pinto unas
barbas/y las tapo con un abanico/para que nadie las vea".
La cita es graciosa pero poco pertinente para el caso, dado que,
para seguir con la metáfora que ellos plantean, nadie ha
planteado que la hermosa barba permanezca escondida: se pide solamente
que se funda en la fisonomía general del film y que no
sea necesario prestarle una atención particular y autónoma.
Por otra parte, es propio de la música suscitar de manera
difusa y en el límite de lo consciente, sensaciones, recuerdos,
impresiones cinéticas. Se pretende olvidar esto como si
fuera vergonzoso.
Señalemos en primer lugar que la música es quizás
el único componente del film que pretende beneficiarse
con un exagerado privilegio y, al mismo tiempo, reivindicar cierta
igualdad. Ahora bien, ¿qué igualdad?, ¿igualdad
con qué? Es evidente que no con otros componentes tales
como el decorado, las actuaciones ni la fotografía, sino
con todo el resto de lo que constituye al film y que, a menudo,
de manera un poco rápida, se agrupa bajo el hombre de imagen
(se dice: la música y la imagen). Nadie se atrevería
a exigir que el decorado de un film, ni su fotografía o
sus actuaciones se justificasen aisladamente. Entonces en nombre
de que se reclama este privilegio para la música si ella
no posee un estatuto aparte.
La música sería entonces el único elemento
del film que pretende reclamar en todo momento su autonomía,
de replegarse sobre sí misma y de justificarse en nombre
de sus propias leyes. Aun reducida por la mezcla (Proceso final
de las bandas de sonido de un film que consiste en mezclar y pasar
a una sola banda todos los elementos sonoros -N. del T.-) a una
posición de 'música de fondo'; debajo de las palabras,
aun separada en cortos fragmentos, ella resiste -lombriz inmortal-
como el organismo musical más elemental que se tenga a
bien dejarle: embrión de ritmo, célula melódica
mínima, persiste en reivindicar una vida autónoma
que supera siempre la función localizada que se le atribuye.
Dicho de otro modo, la música del film reclama una particularidad
que le permita, al mismo tiempo, entregarse completamente a su
función -que es de ampliación emocional, o de puntuación
o de estructuración- sin perder una suerte de en sí
irreductible. (La música es a menudo percibida como un
elemento invasor y peligroso para el film si es que se convierte
en algo demasiado presente. Muchos de los testimonios recogidos
por Tay Garnett (Un siècle de cinéma) concuerdan
en este sentido. "Muchos films sufren por tener demasiada
música" dice Clarence Brown (p. 38), y Alessandro
Blasetti: "Hay que evitar que la partitura invada o disloque
la significación profunda de la historia" (p. 27).
John Schlesinger- "La música debe ser utilizada con
parsimonia" (p. 299). François Truffaut: "Desde
1930 sea puesto demasiada música en las películas"
(p. 345). René Clair: "La música molesta en
muchas escenas mas de lo que las mejora" (p. 48), etcétera.
Comentarios de Maurice Jaubert sobre la introducción de
la música en una secuencia (Esprit, abril de 1936):
"La ruptura del equilibrio sensorial que produce en el espectador
debe ser cuidadosamente prevista por el realizador; sea en un
momento especialmente dramático que utilice el choque de
una intrusión brutal (un fortissimo de la orquesta encadenado
sobre un grito, por ejemplo), sea que haga entrar insidiosamente
un sonido musical mediante el uso trucado de un sonido no musical".)
Esto se debe quizás a que la música parte de algo
más arcaico y más esencial que las imágenes.
De ahí también que pueda prostituirse totalmente
y conservarse como música pese a todo, prestarse siempre
sin darse jamás. Puede perfectamente disociarse de una
película a la cual ha servido para ir a acompañar
a otra con la misma convicción indiferente, pues es paradójicamente
su plasticidad, su docilidad suprema, la que le permite conservar
su núcleo de autonomía irreductible. Se presta a
servir a las emociones 'particulares' que se quiera hacerle expresar
y, al mismo tiempo, se sitúa siempre más o menos
en lo general, en lo universal. La música tendrá
siempre en ella algo que justifique la pequeña historia
individual a la cual ella deberá magnificar pero de la
que, en el fondo, le importa poco.
Por todo esto, la problemática 'música original'
o 'música ya existente' debe ser restituida al lugar que
le corresponde y que no siempre es esencial. Señalemos
en primer lugar que, a pesar de la importancia que se le confiere
en los libros, las composiciones originales representan una minoría
en el océano de imágenes acompañadas de música
que los medios arrojan sobre el mundo. Se recurre muy frecuentemente
a la ilustración sonora y al stock de música incidental
de archivo sea un el modelo de la célebre Kinothek
inaugurada en el cine mudo por Giuseppe Becce, en 1919. Y, por
otra parte, cuando existe la música original, basta que
sea editada sobre disco para convertirse en accesible a los ilustradores
sonoros que la harán 'trabajar' nuevamente sobre otras
imágenes reciclando en las publicidades de golosinas los
más bellos acentos de Nino Rota.
AI mismo tiempo es la misma relación que la música
mantiene con las palabras que pueden acompañarla; justamente
de ahí surge el problema de una música política,
dado que palabras de sentidos opuestos pueden convenirle del mismo
modo.
Por todo lo expuesto, para nosotros la música del cine
es, en principio, lo mismo que cualquier otra música y
correlativamente toda música puede convertirse en música
de cine. Simple cuestión de adaptación: se reorquesta,
se cambia el tempo, la tonalidad, se corta según la dimensión
requerida, se arregla y así es la cuestión. Es lo
que dice el compositor Mauricio Kagel después de haber
probado con los estudiantes de su curso quince músicas
diferentes sobre una misma secuencia de imágenes y luego
quince secuencias de imágenes con la misma música.
Su conclusión fue breve: va bien siempre. Pierre Shaeffer
que suscitó experiencias similares dice lo mismo: "La
música de cine generalmente no tiene ninguna importancia;
cualquier música puede cumplir una función".(en
L'Element non visuel du cinéma, Revue de cinéma
n° 1, octubre de 1945.) Lo que no quiere decir que no se puedan
establecer algunas relaciones privilegiadas. Solamente que esta
complicidad entre música y film no es nunca única
ni necesaria: no existe sino en el tiempo y en el espacio de su
unión. Pero si esta coincidencia entre una imagen y una
música puede volverse emocionante es porque se las siente
unidas por lo arbitrario de la vida. Cuando la música y
la imagen no se miran directamente a los ojos, cuando su unión
es gratuita, trasmuta la impresión patética de la
fragilidad de la existencia (pongamos por caso, en Ozu, esas pequeñas
músicas de supermercado que resuenan entre las secuencias
dialogadas de El gusto del sake), y es quizás
allí, entonces, donde todo es más bello. (Es el
mecanismo evocado por Pierre Shaeffer (L'Element non visuel
du cinéma) a propósito de un film de Gremillon,
Le Ciel est à vous, retomando el tema en Sur
le pont de Nord. Dice Shaeffer: "Él hace hablar
a la música, pero ella habla tanto mejor cuanto más
arbitrariamente está asociada a la imagen. Estamos lejos
de la música-ilustración; es la música-material".
La música-material, según Shaeffer, retoma la noción
de música-personaje de Sergio Miceli (La música
nel film). Lo que nosotros Ilamamos música anempática,
entra muchas veces en esta categoría.)