La música
en cuadro
Raúl
Beceyro
La música en
el cine es, normalmente, una música en off, tal como se
habla de una voz en off, cuando nos referimos a la voz de un locutor
ausente en la imagen, y que puede corresponder o no a un personaje
de la ficción. La música de cine estaría
en el mismo caso que la voz de un relator anónimo, alguien
que no siendo un personaje de la historia del film, sería
la voz del film, la voz del narrador. La música de cine
es entonces la música puesta por el narrador, la música
del narrador.
La música de cine añade una capa adicional al film,
distinta de la anécdota. La música no se podría,
en principio, confundir con el plano anecdótico, sería
otra cosa menos natural, un añadido irreductible a elemento
de la anécdota.
El carácter artificial de la música, que haría
de la música del film un elemento heterogéneo, resulta
en la práctica neutralizado, banalizado, mediante el simple
procedimiento de convertir a la música en un elemento redundante,
cacofónico. Cuando, en la escena en que los héroes
se besan, se escuchan los temblorosos violines, en ese momento
la escena, la anécdota, la imagen deglute, fagocita la
música, que se convierte en un eco de lo que vemos que
está sucediendo. En la inmensa mayoría de las películas
la música consigue confundirse con la imagen, con la anécdota,
al reiterar el carácter, el tono, el sentido de ese fragmento
de narración. Se integra tanto que Ilega a desaparecer.
La observación superficial que dice que la mejor música
de cine es la que no se nota tiene de cierto únicamente
que eso es efectivamente lo que sucede en la mayoría de
los casos: la música no se nota, no se escucha, pegada,
a causa de su carácter obvio, como otra capa de pintura,
a la historia que se nos cuenta.
La arbitrariedad, el artificio que supone la utilización
de la música en el cine, resulta así resuelta de
una manera radical. Es como si, advirtiendo que tiene una una
un poco larga, alguien se cortara el dedo.
Como se ve, esta manera de resolver el problema del artificio
que supone la música del cine, ni es una manera de resolver
ningún problema, ni es interesante. Pero existe otra forma,
otra tentativa de resolver la arbitrariedad, el artificio de la
música de cine, otro intento de integrar la música
al film, que es más interesante y que al menos ha producido,
o ha ayudado a producir, algunas películas extraordinarias.
Este segundo camino consiste en integrar la música a lo
que estamos contando. En su aspecto más elemental eso se
ve cuando en el cuadro tenemos el objeto (radio, casete, disco,
orquesta) que origina la música que estamos escuchando.
La música encuentra así, en principio, una explicación,
no es arbitraria ni pertenece a otro ámbito que lo que
se cuenta.
Sin embargo, muy frecuentemente una convención suplanta
a otra convención, y entonces nada cambia. Cuando el piano
del dedo apretando la tecla del aparato de audio debe venir exclusivamente
para decir que la música que empezamos a escuchar proviene
de ese aparato; el precio que hay que pagar por la explicación
es excesivo. Pasa lo mismo que en esos films (como A la hora
señalada, de Fred Zinneman) que pretenden contar una
historia en tiempo real, una historia cuya duración coincida
con el tiempo de la proyección, pero que deben permanentemente,
para asegurar su temporalidad, incluir tomas de reloj que indiquen
al espectador exactamente qué hora es, confesando en esos
planos que en realidad no puede verdaderamente controlar el elemento
temporal.
Puede pensarse que la mayor parte de las veces en que se pretende
naturalizar la música de cine, quitándole su elemento
arbitrario, explicando su origen y tratando de justificar su existencia,
lo que se hace en realidad, al sumergirla en el flujo anecdótico,
es hacerle perder su autonomía. En esos casos, simplemente,
la música dice que tal personaje esta escuchando tal música.
Y nada más: describe al personaje, de la misma manera que
lo describe el traje que Ileva puesto o las palabras que pronuncia.
Podría entonces Ilamarse música directa (por analogía
con el sonido directo, ese sonido que se graba en el mismo lugar
y al mismo tiempo que se está filmando la imagen de la
toma) a esa música que forma parte del cuadro, cuyo origen
(disco, cassette, orquesta) está en cuadro, aunque sea
implícitamente. Puede no estar en cuadro en algún
momento, pero se sabe que forma parte de ese ambiente en el que
se está filmando, está fuera de cuadro pero ahí
nomás, al costado del borde.
Mantener como música directa la música a lo largo
de toda una película o por lo menos durante un fragmento
prolongado no es frecuente. Más frecuente es que la música
comience como directa, con un origen explicitado, para luego separarse
de ese origen y convertirse, simplemente, en música de
cine que, desde afuera de la acción, acompaña las
imágenes que vemos.
Hacer bromas con el carácter arbitrario de la música
en el cine es algo que a veces sucede en la vida real. Cuando
irrumpen las cuerdas enardecidas uno puede preguntar, nada inocentemente:
¿y dónde está la orquesta? Y hay películas
en las cuales se ha manejado, también jocosamente, este
elemento. En Touche pas la femme blanche, film de Marco
Ferreri, con Marcello Mastroianni, filmado en París y que
cuenta, libérrimamente, la historia del general Custer,
frecuentemente vemos, junto a los personajes centrales, a un conjunto
de cuerdas que está interpretando la música del
film. En cuadro, ahí, mezclado con la acción, vemos
al conjunto musical que origina la música de la película.
En su film Ferreri señala, como con el dedo, el estatuto,
el lugar de la música, que esta se empecina en tratar de
ocultar.
Pero no es haciendo chistes (ni en la vida cotidiana ni en los
films) como se plantean mejor los problemas. Existen dos films
en los cuales se plantea, se desarrolla y se resuelve la cuestión
del carácter arbitrario de la música en el cine.
En un caso en la breve secuencia que sirve de fondo a los títulos,
al comienzo del film. En el otro durante un largo fragmento que
dura 45 minutos. Se trata de El hombre equivocado, de
Alfred Hitchcock y de El Gatopardo, de Luchino Visconti.
Los títulos de El hombre equivocado aparecen sobre
una toma, un plano general del interior del Stork Club. En realidad
tenemos distintos momentos del mismo plano, unidos por sobreimpresión,
mientras vemos que el local se va vaciando de gente. Luego se
pasa a un plano cercano de la orquesta, que dejará de tocar
el último tema y cuyos integrantes se dirigirán
al vestuario. El que toca el contrabajo es Balestrero (interpretado
por Henry Fonda), el personaje central del film.
El larguísimo plano general está acompañando
por la música que toca la orquesta del Club. En consecuencia
nos encontramos ante una música directa, cuyo origen está
explicitado: esta orquesta está tocando esta música.
Pero sucede algo muy curioso: por momentos escuchamos efectivamente
la música que está tocando la orquesta pero por
momentos, inesperadamente, escuchamos otra música, cuya
melodía sigue mas o menos la de la orquesta, pero cuyo
carácter cambia completamente: cambian instrumentos, tono,
ritmo. En esos momentos (que no coinciden con las sobreimpresiones
que enhebran los sucesivos pianos generales) lo que el espectador
de El hombre equivocado está escuchando es la música
del film, ya no la orquesta del Stork Club, sino la de Bernard
Herrmann, el músico del film.
Resulta curioso que en ese fragmento Hitchcock quiera desmentir
lo que en general se quiere afirmar, muestre lo que se suele esconder.
Hitchcock tenía a su alcance lo que todos buscan: tenía
un club con una orquesta tocando. Podía entonces incluir
esa música, justificando esa inclusión, naturalizando
esa música. Pero esta naturalización de la música
evidentemente no le gustaba, porque esa música aprecia
estar ahí, pasiva, inseparable del lugar y sin poder ser
eliminada. Hitchcock, a pesar de eso, la elimina, por momentos
pero la elimina. Por momentos convierte a esa música directa
en música de cine, aunque para hacerlo deba manipular extrañamente
a la música, buscando que el espectador perciba, como a
la distancia, la música del film, la voz del narrador.
Ni siquiera en este film (basado en un hecho real), ni en este
momento (la secuencia de fondo de los títulos) Hitchcock
tolera la naturalización de la música, porque eso
significaría la supremacía de lo natural, de lo
inmediato, de lo no mediatizado.
En el caso de El Gatopardo, sucede lo contrario. Los
45 minutos finales de la película de Visconti, si dejamos
de lado la breve secuencia de cierre, transcurren en el interior
del Palacio donde se lleva a cabo el baile. La música que
se escucha a lo largo de esta secuencia proviene de la orquesta
que frecuentemente tenemos en cuadro y la utilización de
esa música es, en principio, realista, dado que, por ejemplo,
cuando se abre la puerta de Ia biblioteca en la que esta el Príncipe
Salina, el volumen de la música aumenta, y disminuye cuando
se la cierra. La película respeta un principio general,
al adecuar el volumen de la música a la distancia de la
cámara a la orquesta; en el caso extremo, cuando vemos
a la orquesta en un primer plano, tenemos el correspondiente primer
plano sonoro de la música.
Hay un detalle curioso: la música empieza en off, sobre
el plano general de los campesinos, toma previa a la secuencia
del baile, y en ese momento funciona como una típica música
de cine, exterior a la acción. Es quizás a causa
de este desfasaje inicial que cuando la música se reorienta,
en el momento en que, viendo la imagen del baile, comprendemos
que esa música se esta escuchando, en ese momento, ahí,
el efecto producido sea mayor.
A lo largo de esta secuencia de 45 minutos la música aparece
como protagonista central y el estatuto de esta música,
su naturalización, y el hecho de que la orquesta aparezca
frecuentemente en cuadro, son rasgos que la definen. Además,
al mismo tiempo, la música actúa como música
de cine, acentuando el carácter de los diferentes momentos:
el comienzo, el vals que bailan el Príncipe y Angélica,
la danza del final, cuando ya todos se van yendo, etcétera.
No quiero decir que el valor de esta secuencia de El Gatopardo
se explique únicamente por la definición del sitio
de la música, su estatuto y su rol. Ya se sabe que la larga
secuencia del baile es la conclusión del film (mientras
que no es la conclusión de la novela de Lampedusa) por
una decisión de Visconti. Prácticamente su única
indicación a los guionistas del film fue que debía
terminar con el baile, eliminando los capítulos finales
de la novela. Por otra parte puede suponerse que Visconti, planeando
el baile, debía estar pensando en En búsqueda
del tiempo perdido, de su admirado Proust, y que tanto El
tiempo recuperado como secuencia del baile de El gatopardo
cierran el arco de las dos narraciones con esa especie de desfile
otoñal, declinante, de personajes marcados, desgastados,
por el paso del tiempo.
La música no agota toda la larga secuencia del baile, es
cierto, pero tengo la impresión de que en la decisión
de hacer del baile (con la obvia presencia protagonística
de la música) el final, la conclusión del film,
tuvo mucho que ver la música. Por otra parte hay, en la
secuencia del baile de El Gatopardo, una cuestión
escandalosa: su desmesura. Que en una película que cuenta
una historia normal, con fiestas, batallas, amores, etc., un baile
ocupe casi la cuarta parte del total del film es una decisión
extrema. En el gesto vanguardista de Visconti al tomar esta decisión,
existe una búsqueda de las posibilidades extremas del cine,
tocando sus límites. Y entonces puede pensarse en otro
vanguardista extraviado en el centro del cine normal: Alfred Hitchcock,
también él haciendo películas con historias
de cadáveres, culpables y persecuciones pero que, al mismo
tiempo, hacía un film de una sola toma, otro film donde
lo que se trabaja es fundamentalmente la cuestión del punto
de vista, otro, como ya hemos visto, donde se analiza y violenta
el estatuto natural de la música, etcétera.
La desmesura de la secuencia del baile de El Gatopardo
no pasó desapercibida. Productores, distribuidores y exhibidores
estuvieron de acuerdo: era demasiado, y se abalanzaron sobre el
film. La secuencia del baile fue uno de los fragmentos más
censurados, cortado (siempre por razones comerciales) a tal punto
que en algunas versiones de la película el baile sólo
duraba unos minutos. EI desvío de Visconti era de esa manera
corregido.
Uno de los momentos más grandes de la historia del cine
es el baile de El Gatopardo. La secuencia dura 45 minutos
y en esos 45 minutos Visconti despliega y resuelve (como lo han
hecho algunos otros realizadores en otros films o en otros momentos
del film) el problema de la arbitrariedad de la música
en el cine, de su estatuto incierto, de su andar en zig zag.