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Música
visible, luz audible
Ana
María Amado
"Aparte
del oído, en medio de las notas y los sonidos, el
ojo inconscientemente retiene ciertos contornos que acaban
por condensarse en figuras definidas."
Robert Schumann
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"La
base para todo arte nuevo por venir es el cine."
Ivan Goll (1929)
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Una música
destinada a hacerse ver mientras se escucha, imágenes que
deben leerse casi como una partitura: tal grado de acoplamiento
obsesionaba a los artistas del cine absoluto o experimental, que
avanzaron con sus obras en nociones pioneras sobre la capacidad
de las imágenes y de la música para organizar a dúo
un espacio y de encadenarse juntas a un despliegue en el tiempo.
Esa articulación tuvo diferentes niveles según las
etapas "muda" y sonora del cine, de acuerdo a las necesidades
de su práctica narrativa. En los comienzos, la música
era el equivalente de la palabra audible excluida: asumía
el rol de amplificador emocional, o de una suerte de "lenguaje
interior" de las visiones proyectadas en la pantalla. AI menos,
éste era el objetivo en las mejores expresiones fílmicas,
porque también existía la "música de programa",
como la Ilamaba críticamente Bela Balazs, destinada a corresponder
con la imagen visual con fines descriptivos, narrativos o como "comentario"
paralelo. Con el sonoro, la música se emancipa y rompe los
lazos de esa correspondencia ilustrativa externa, para adquirir
una unidad basada en "las semejanzas", según planteaba
Eisenstein o, por el contrario, en la posibilidad de romper radicalmente
el mecanismo de asociaciones, como postulaba Adorno.
Es fuera del terreno más previsible de la institución
cinematográfica, al margen del cine "normal" que
algunos teóricos bautizaron NRI (narrativo-representativo-industrial),
donde esa fusión buscó volverse absoluta hasta borrar
las fronteras de cada lenguaje y gestar un nuevo flujo visual/sonoro
capaz de interpelar como unidad la percepción de los espectadores.
Estas características son precisamente las que sostienen
hoy un efecto de saturación en las versiones del clip o del
spot publicitario (también en la tendencia mas "art"
del video: texturas, encarnizamiento con el ritmo, el cuadro, la
continuidad), aunque tuvieron su origen en tanto propuestas, rupturas,
desafíos, programas estéticos. Algunos artistas de
la vanguardia alemana de la década del '20 (Walther Ruttmann,
Viking Eggeling, Hans Richter, Oskar Fischinger) concentraron su
interés en un cine de tipo músico-visual específicamente,
con obras abstractas que anteceden en más de medio siglo
el actual operativo de integración de aquellos signos formales
al consumo, o al contexto de una cultura "espectacular",
y a la bienintencionada resurrección que emprendieron en
las ultimas dos décadas muchos realizadores experimentales
empeñados en conectar imágenes, efectos y sonidos
como modo de intervención programática en los ritos
narrativos-perceptivos del cine.
El nacimiento y las marcas de la prehistoria
Algunos
investigadores coinciden en señalar al alemán Walther
Ruttmann -y no Hans Richter, según se sostuvo invariablemente-
como el autor del primer film abstracto, en un operativo que tiende
a despejar confusiones o nebulosas en el origen de esta expresión
artística de la vanguardia alemana (La reivindicación
actual de Ruttmann se funda en ciertas desprolijidades de una historia
escrita según el mandato de determinadas filiaciones ideológicas
o políticas: Sigfried Kracauer y Lotte Eisner escribieron
sobre el cine alemán y sus artistas desde el exilio, como
muchos otros, mientras Ruttmann permaneció en la Alemania
nazi, sospechado de algún tipo de colaboración. Una
revisión de la figura de Ruttmann en tanto creador fue sostenida
por el investigador y critico alemán Walther Schobart, al
presentar en junio de 1990 un ciclo dedicado al cine alemán
de vanguardia de los anos '20 en el Instituto Goethe de Buenos Aires,
con películas de Ruttmann, Eggeling, Richter, Fischinger,
etcétera.) Su Juego de luces Opus 1 se presentó
en 1919, y allí conjugaba la pintura -terreno estético
de donde provenía Ruttmann- con la música de Max Butting,
en el intento de dar "sonoridad" a la luz y el color.
En los anos siguientes se conocieron sus Opus 2, 3 y 4,
en los que Ruttmann perfeccionó el ensamble pictórico
musical a través del movimiento -concepto clave en todas
estas búsquedas y que explica su acercamiento al cine-. Pero
es con Berlín. Sinfonía de una ciudad, estrenada
en 1927 (considerada ahora como la película más importante
de aquella vanguardia en tanto que contribuyo a familiarizar a públicos
más amplio con la producción cinematográfica
de tipo experimental), que las imágenes de Ruttmann se vuelven
más referenciales y constituyen, con la música, un
discurso inédito sobre la metrópolis: a través
de este tema lograba, paradójicamente, despegarse del tan
mentado realismo del que son portadoras las imágenes.
La recurrencia al cine para potenciar simultáneamente las
posibilidades estéticas de la pintura y la música,
tiene su prehistoria en distintos movimiento de vanguardia de la
década anterior. Los futuristas italianos declaraban en cada
Manifiesto su fascinación por el cine como expresión
privilegiada de la modernidad tecnológica: de la "civilización
maquinista". Marinetti se exaltaba, en Palabras en libertad
(1913), al considerarlo uno de los "elementos de la vida contemporánea
que ha operado una completa renovación de la vida humana",
postulando la necesidad de su integración y confluencia con
las otras artes. Ya desde 1910 los hermanos Corradini, también
italianos, componían su "música de colores"
mediante pintura directa en la película acompañada
de textos musicales y poéticos -Mendelssohn, Chopin, Mallarmé-,
con un aporte descriptivo y teórico sobre este tipo de producción
estética en el ensayo Música cromática.
A su vez, los franceses hipotetizaban sobre la posibilidad de utilizar
el efecto cinético para visualizar el movimiento: Picasso,
por ejemplo, se entusiasmó con varios proyectos en 1912 -sin
Ilegar a concretar ninguna- a partir de las experiencias practicas
y teóricas de Leopold Survage (Rythme colorée)
publicadas en la revista de Apollinaire Le soirées de
Paris.
En, la Alemania de preguerra se desarrolló sin embargo uno
de los climas más propicios para la experimentación
de nuevas formas de síntesis de los lenguajes artísticos.
En el Gesamtkunstwerk, el proyecto de obra de arte total,
estaban comprometidas figuras como Kandinsky, que en sus escritos
para el Blaue Reitter (1909-1912) demandaba la copresencia
dinámica de medios diversos (el color, el sonido, el movimiento)
para expresar simultáneamente sus virtualidades estéticas;
también Maiakovsky y otros autores que sintetizaban una dialéctica
interna de las vanguardias europeas a través del expresionismo,
futurismo, constructivismo o dadaísmo berlinés.
En esa primerísima fase de imaginación de otro cine,
se ubican las tentativas de Arnold Schoenberg en 1913 por acercarse
a ese terreno, pero despojándolo de cualquier efecto previsible
de analogía u objetividad. "Lo que exactamente deseo
es justo lo contrario de aquello que normalmente el cine busca realizar.
Yo exijo: ¡la más grande irrealidad! El efecto general
no debe ser el del sueño, sino algo similar a la música,
a los acordes", escribía en una carta a Emil Hertzka,
director de la casa editora musical vienesa Universal Editions.
Schoenberg proyectaba hacer una película con su segunda ópera
Die Gluckliche Hand (La mano feliz) pieza dramática
del yo fracasado, del artista aislado y no reconocido para la que
escribió su propio texto, y según refiere Carl Schorske,
Ilegó a tentar a Kokoschka para hacer la escenografía
de tal film. El proyecto finalmente no se llevó a cabo, pero
es importante destacar la probable influencia de los aportes teóricos
de Schoenberg sobre la necesidad, de un cine no representativo,
no referencial, "desmaterializado", y sus tempranas alusiones
a [as analogías estructurales del lenguaje de ese cine posible
con el lenguaje musical.
El
Absolute film
La conjunción
de lo visual y musical se desarrolló en la Alemania de la
posguerra, cuando el Absolute film y sus formas experimentales encuentran
condiciones técnicas y culturales para operar con mayor sistematicidad
y desde múltiples líneas de resolución estética.
Cine abstracto, absoluto, integral, cine puro, son las distintas
apelaciones que reenvían a obras fílmicas caracterizadas
por mostrar las formas geométricas en movimiento, y que constituyen
las primeras versiones de planificación rigurosa del cine
experimental.
La tendencia inicial común a todos era integrar a la noción
de espacio, la de movimiento; por lo tanto, la idea de duración,
de temporalidad. Además de la forma, el color y la superficie,
la opción sería "pintar con el tiempo",
como proponía Ruttmann al trazar los fundamentos teóricos
de su arte en un temprano ensayo de 1913. En este sentido, la relación
con la música se vuelve central, ya que se define el movimiento,
en principio, por analogía con el lenguaje musical. Concebido
de esa manera, el film abstracto solo podía nacer de artistas
plásticos que deseaban ver evolucionar las líneas
de configuración de sus imágenes geométricas
y abstractas.
Mas allá de los postulados básicos comunes, por su
pertenencia al campo de la pintura y por su participación
activa en el debate teórico tanto estético como político
de Ia Alemania de posguerra, las figuras más destacadas del
Absolute film, Walther Ruttmann, Viking Eggeling (de origen
sueco, en realidad), Hans Richter, Oskar Fischinger, tienen un punto
de partida diferente en la concepción de sus films. Comparten
la búsqueda de la luz, el color y el movimiento en el cine,
también una afinidad semejante por la música que se
manifiesta en los primeros títulos: Sinfonía diagonal,
Horizontal-Vertical Orchestra (Eggeling), Ritmo 22
y 23 (Richter), Berlín. Sinfonía de una
ciudad, Melodía del mundo (Ruttmann), pero
las imágenes respectivas acusan diferencias marcadas. Las
de Eggeling son gráfica pura, se reducen a líneas
que varían según un ritmo riguroso. Richter, de antecedentes
dadaístas, diseña estructuras geométricas,
cuadrados y rectángulos constructivistas. Ruttmann, en cambio,
concibe diseños más ligeros, mas ludicros, mas impresionistas
y "menos matemáticos", según los juzgo Rudolph
Arnheim en una entusiasta crónica sobre el estreno de luego
de luces. Opus 4, de 1925; desde la primera obra de esta
serie, Ruttmann consolidó el plano visual y el sonoro -con
el auxilio de la música de Max Butting-, bajo la ley del
ritmo.
El
movimiento de una metáfora
La opción
por el ritmo puro, por la armonía de las proporciones matemáticas
del movimiento, era coherente con la denominación de sinfonía
visual que recibía en conjunto este tipo de experiencias.
Ritmo y sinfonía eran términos utilizados con cierto
afán (imposible) de literalidad. Las "sinfonías
visuales" buscaban el contrapunto de imágenes y sonidos
en una suerte de modelo de composición fundado sobre la armonía
de las estructuras formales (como en la
música se prevé una armonía entre melodía
y acompañamiento). El "ritmo" era la consecuencia
de una ultraorganización de los elementos formales, por el
cual el montaje de las imágenes debía encontrar una
correspondencia calcada de la cronología musical.
Esta equivalencia de conceptos entre ritmo cinematográfico
y ritmo musical no-paso sin consecuencias entre los teóricos
del cine. Fue defendida por Eisenstein en su famosa noción
del "contrapunto audiovisual". (1927) en la cual despliega
una serie de parámetros musicales -tonos, armonías,
etc.- en relación con el montaje de imágenes, aunque
tomada con desconfianza por los formalistas rusos. Boris Eichenbaum
por ejemplo, en un ensayo fundamental ("Problemas de la Cine-estilistica",
en Poetika Kino, 1927, traducido en Cahiers du Cinéma
n° 220, 1970. Joan Mitry también resta legitimidad a
la noción de ritmo puro aplicado alas artes: "... solo
existe en la música...". Por el contrario, "el
ritmo visual está desprovisto de capacidad emocional coma
de significación objetiva... No hay ritmo en el cine, no
mas que en literatura". Estética y psicología
del cine, México, Siglo XXI Editores, t. II, pp. 159 y 167.
Argumentos similares sostienen T. W. Adorno y H. Eisler, en El
cine y la música,-Madrid , Ed. Fundamentos, 1976, pp.
90 y 159.), consideraba esta asimilación metafórica
del ritmo visual tan poco feliz como cuando se la emplea en otras
artes no musicales: a lo sumo, decía, el cine moderno exhibía
una "cierta rítmica general" (el subrayado es suyo)
que no tiene ninguna relación con el problema de la música
en el cine.
Metafórica o literal, la noción estaba en la base
del Absolute film y tenía sus consecuencias en la
concepción misma de las obras. En el caso del Opus 7
de Ruttmann, por ejemplo,..la música de Butting fue compuesta
posteriormente y ajustada a un ritmo concebido en principio para
lo visual.
Con la evolución de su trabajo, Ruttmann invirtió
esta operación: en Berlín. Sinfonía de
una ciudad vertebró a partir de la música el
despliegue del material visual, con una estructura sólida,
evidentemente marcada por el modelo del Acorazado Potemkin
de Eisenstein, film que influyo a muchos artistas de vanguardia
luego de su estreno en Berlín en 1926. No es un dato menor
el que Edmund Meisel, autor de la música de Potemkin,
fuera el compositor requerido por Ruttmann para su film, en el que
encaraba por primera vez imágenes referenciales para elaborar
un discurso entre critico y fascinado por la metr6polis y como signo
de la modernidad. La ciudad (espacio privilegiado por el cine desde
sus inicios y específicamente por la estética de las
vanguardias) inspiró diversas obras fílmicas: entre
ellas el modelo de Ruttmann destaca por la excepcionalidad formal
y expresiva. (Es conocido el protagonismo de la calle en las películas
del cine expresionista alemán de los años '20. Entre
las expresiones de vanguardia específicamente, un antecedente
importante del Berlín de Rutina es el proyecto de Lazlo Moholy-Naggy
titulado Dinámica de la metrópoli, escrito
entre 1921 y 1922 como guión acompañado de escrupulosos
diseños visuales, aunque no concretado en obra fílmica.
Y sobre todo Rien que les heures (1926) de Alberto Cavalcanti,
sobre la dudad de París, con idéntica búsqueda
de lo rítmico-visivo en cine, pero con imágenes dispersas,
inmotivadas, con itinerarios marginales frente al mundo de la producción
y la funcionalidad metropolitana que refleja Ruttrnann)
La
estructura de una máquina compleja
Berlín.
Sinfonía de una ciudad nace en principio de una asociación
de Walther Ruttmann con Carl Mayer, guionista y autor de films claves
del expresionismo (Caligari, La noche de San Silvestre,
La ultima carcajada). Mayer imaginó una película
sobre "un corte transversal" de la ciudad, sin trama ni
acción alguna. Pero abandonó el proyecto ante la opción
de Ruttmann por una estructura. Lejos de ser un film documental
-se lo ubicó erróneamente en la corriente "objetivista"
durante largo tiempo-, Berlín es en realidad un
experimento radical de montaje cinematográfico, estructurado
narrativamente en torno al transcurso de un día ficticio
en la metrópolis. Utiliza, hasta las últimas consecuencias,
el principio eisensteniano -del montaje por contraste y por analogías,
tanto en el plano visual como en el sonoro y en el de la correspondencia
entre ambos, para registrar desde el amanecer hasta la noche un
día de primavera en la gran ciudad con su movimiento, adensarnientos
humanos, tráfico, distintos medios de transporte, atmósfera
febril y caótica. (En 1983 se realizo en Alemania un trabajo
de edición que convierte a Berlín. Sinfonía
de una ciudad en un film sonoro: incorpora la orquesta al cuadro
(es visible en el comienzo de cada uno de los cuatro actos) y la
música a la banda sonora. El procedimiento apenas altera
la duración original de 60 minutos.)
Las imágenes se articulan -más bien se pliegan a una
modulación percutiva de la música ejecutada por dos
pianos, un vibráfono y percusión (que incluye gong,
batería, triángulo y otros elementos) y en la que
los "movimientos" de la sinfonía clásica
corresponderían aproximadamente a cada uno de los cuatro
actos en que se divide el film, de acuerdo a una cronología
impuesta por la actividad cotidiana.
En la espectacular secuencia de apertura -avance y Ilegada de un
tren a la estación de Berlín-, el efecto de velocidad
se construye con una sucesión hipnótica de paisajes
desmaterializados por la aceleración alternados con líneas
abstractas inasibles que preceden o continúan la sucesión
en el cuadro de las diagonales de linear férreas, armazones
de puentes, señales, en una amalgama visual/sonora compacta
y estilizadísima. La subsiguiente quietud del paisaje urbano
(a las 5 de la mañana) lo vuelve signo y símbolo,
con la consistencia de espacio intensivo y a partir de allí,
protagónico, para contener un movimiento creciente hasta
el frenesí del tempo ciudadano que valoriza lo transitorio,
lo elusivo, lo efímero, como celebración misma del
dinamismo que intenta transmitir Ruttmann.
En una danza de fragmentos pautados por máquinas y engranajes,
las imágenes y la música asumen su inestabilidad,
no imitan la realidad, abren espacios artificiosos, remiten solo
a sí mismas. La movilidad, la fugacidad, la discontinuidad
acelerada entre una imagen y otra, se yuxtaponen y entrecruzan casi
hasta borrar la distinción entre lo mecánico y lo
vivo la metrópolis como paisaje segmentado por la simultaneidad,
las imágenes como pura percepción abstracta que busca
!a analogía de las sensaciones y no de lo real. Omnipresencia
del montaje, por lo tanto, que incluye toda suerte de contrastes,
de choques, de alternancias al mismo tiempo visuales y sonoras para
gestionar el movimiento energético inscrito en la estructura
misma de la película. Dice Ruttmann:
"Tras
cada intento de edición, me daba cuenta de lo que todavía
me faltaba: una imagen para un delicado crescendo por aquí,
un andante por allá, una sonoridad de metales o un compás
de flauta, y según esto fui decidiendo una y otra vez lo
que había que tomar y que motivos debíamos ir a buscar
(...) Durante la edición se hizo evidente cuán difícil
era visualizar la curva sinfónica que yo tenía en
la mente. Muchas de las fotografías más bellas tuvieron
que ser desechadas, porque aquí no se trataba de integrar
un libro de estampas, sino más bien de algo así como
la estructura de una máquina compleja, que sólo puede
funcionar si aún la más pequeña de sus partes
encaja con máxima precisión con las demás.
(Walther Ruttmann en Lichtbildbühne, con motivo del estreno,
el 27 de mayo de 1927. Citado en el catáogo El cine alemán
de vanguardia de los años veinte, presentado por Walther
Schobart.)
Este
dispositivo molecular de fabricación revela, por un lado,
la adhesión a una tecnología -característica
en aquella vanguardia -que además de representarse en toda
una simbología visual, quedaba marcada en cada plano-editado,
con la relación evidente entre la imagen, la cámara
y las tijeras (Esto bastaría para disipar cualquier duda
sobre el antinaturalismo esencial de esta película de Ruttmann:
si las imágenes son referenciales, el montaje deshace la
duplicación de lo real, con la manipulación de fragmentos
como "piezas de una maquina.")
La escrupulosidad delirante con que articula figuras visuales y
"figuras" musicales, anticipa de algún modo una
cuestión que Eisenstein desarrolló teóricamente,
más tarde, respecto a su film Alexander Nevsky,
con música de Prokofiev. En este celebre texto de 1940 la
idea de montaje vertical seguía un modelo de tipo "sinfónico"
para aplicar una descomposición analítica de cada
plano, paralelamente a la línea musical: la sincronización
proporcionada de un fragmento musical con un fragmento fotográfico,
permitía unirlos vertical y simultáneamente, "hermanando
cada frase musical continua, con cada fase de los trozos paralelos
y continuos de fotografía".
En principio, esta operación daría a la música
y las imágenes el mismo espesor semántico, asignándolas
a una recepción que organizaría el sentido sólo
a través de esta absoluta amalgama expresiva.
El Berlín de Ruttmann, al que puede clasificarse
de film experimental (y en este sentido tan "abstracto"
como cuando sus imágenes se organizaban con líneas
geométricas) plantea la posibilidad de una correspondencia
interna de lo visual-musical equiparable a la postulada por Eisenstein.
Al mismo tiempo, aparece alejada de redundancias explicativas, ilustrativas
o descriptivas, es decir, de correspondencias externas, tal como
se situaba el soviético en sus "soluciones audiovisuales"
destinadas a un film sonoro como Alexander Nevsky (las
de la espera al amanecer antes del combate en los hielos, por ejemplo).
Pero esta noción de correspondencia (interna o externa) es
rebatida por Adorno y Eisler: no hay movimiento ni "ritmos"
comunes a lo visual y lo sonoro, sostenían (replicando específicamente
a Eisenstein, aunque también las observaciones son válidas
para las experiencias de Ruttmann). El sentido de la música
no sería tanto "expresar el movimiento fotográfico,
o duplicarlo, sino motivarlo o justificarlo". En suma, la unidad
de ambos medios se realiza sólo de manera indirecta -ahí
asoma la noción de montaje como una mediación legitimadora-,
pero no es posible pensar estéticamente esta unidad como
basada en la semejanza. En sus propias experiencias fílmicas,
realizadas en los Estados Unidos, Eisler jamás concedió
a la idea de que elementos visuales precisaban completar su sentido
con elementos representativos de la música. O viceversa.
¿Cómo pensar este vínculo, tan mediado (tan
determinando) hoy por el progreso tecnológico? Los films
abstractos o experimentales de tipo música visual de la vanguardia
alemana mencionados en esta ocasión, están en la prehistoria
estilística y formalista de un género como el clip
musical o el publicitario (quedarían aparte otras categorías
expresiva realizadas en video, que elaboran complejos efectos sonoros
y visuales). De la misma manera, el programa estético que
sustentaba aquella práctica sería el vector foro o
punto de partida de una reflexión sobre la imagen digitalizada
que hoy puede encarnar -literalmente- la música, como ritmo,
como movimiento escapando a cualquier empresa de represerrtación.
La imagen actual de síntesis desmultiplica todo los pasajes
operados hasta ahora entre las artes. Desde formas, texturas y materiales
que oscilan entre Ia figuración y la abstracción.
Desde la supresión misma de las nociones de tiempo y espacio.
Esta imagen de síntesis, estrictamente numérica, calculada,
flotante entre las dos virtualidades que la animan (la visual la
sonora), pone en primer plano, finalmente, sólo Ia capacidad
de pasaje. El modelo extremo del proyecto de "obra de arte
total" seria ahora la Tosca electrónica que
aún no para espectadores planetarios música lírica,
teatro, cine y televisión, valorizados a partir de despliegue
tecnológico que permitió la mezcla.
Vaciado de contenidos programáticos, el espacio del arte
visual (cinético) es ocupado por una retórica, que
interpela desde el poderío de su presencia, de su omnipotencia
manipuladora, de su capacidad aparentemente infinita de reproducción.
Es en este punto donde el tema roza el problema del "progreso"
en relación con la obra de arte. Cuestión que vuelve
a actualizarse en el marco de una estética, moderna que debe
preguntarse si realmente ha podido sobrevivir.
(LULÚ
número 4, Noviembre de 1992)
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