"Lulú"
o "Lulu"
G.
Paraskevaídis y F. Monjeau
Postdata
(del artículo "Muy Silvestre, Gran Revueltas",
LULÚ número 2, Noviembre de 1991): Quedé
profundamente sorprendida y desconcertada ante el título
de esta publicación, que me merece sincero respeto como iniciativa
cultural de un grupo de personas de reconocida trayectoria musical.
Pero, Lulu de Alban Berg como símbolo de una revista
editada en Buenos Aires en 1991, conlleva penosas connotaciones.
No porque, a esta altura ni siquiera se cuestione el lugar y el
papel de esta ópera en el siglo XX sino porque involucra
-no un homenaje, merecido indudablemente y que el dossier se encarga
de recordar y afirmar, pero con él bastaría-, sino
toda una problemática que, con avatares diversos, es la que
hace exactamente cincuenta años Carlos Vega señalara
lúcidamente en el prólogo de su Fraseología:
Vivimos de Europa. Su pensar y su sentir nos encantan. Acodados
en el puerto, de espaldas al país, esperamos la última
palabra de los pensadores, literatos y artistas de ultramar, con
impaciencia de novios. Sin fe en nosotros mismos, sin esperanzas
en nuestro esfuerzo, estamos alimentando uno de los grandes factores
internos de nuestra esterilidad.
Por otro lado, tampoco podrá achacárseme ni ignorancia
ni indiferencia ni desinterés por el ilustre compositor austríaco
ni por esta ópera (mis artículos -iniciados precisamente
en 1965 cuando el estreno sudamericano de Lulú en
el Teatro Colón-, seminarios y ensayos sobre Berg en particular
y sobre la Escuela de Viena en general desde esa fecha en adelante,
son elocuente testimonio de lo contrario). Pero, los símbolos
son eso. Y pesan. (¡Además con acento agudo!). En todo
caso si se quería a toda costa un símbolo operístico
europeo (germano), entonces Die Soldaten de Bernd Alois Zimmermann
sería uno mucho más significativo históricamente
(para el siglo XX y para nosotros, por acá abajo).
Montevideo, Septiembre de 1991
Graciela Paraskevaídis
Estimada
Graciela Paraskevaídis,
antes que nada, quiero agradecerte que hayas aceptado colaborar
con una revista cuyo nombre -por supuesto, no creo que un nombre
sea un detalle menor- resulta difícil de aceptar. Agradezco
también esta posdata, con la cual estoy en desacuerdo.
Creo que el párrafo de Carlos Vega que vos rescatás
del prólogo de su Fraseología se inscribe, a su vez,
en una fraseología chauvinista y reaccionaria. No me parece
que debamos terminar aceptando que una expresión como "de
espaldas al país", por citar solo una, tenga algún
grado de realidad en sí misma, a pesar de haber sido y seguir
siendo muy usada en la Argentina, muy usada sobre todo por los discursos
autoritarios. Se trata de un engendro conceptual, originado en la
pretensión de atribuir realidad a términos abstractos
y generales. Si el país fuese, en el específico terreno
cultural que cita Vega ("pensadores, literatos, artistas"),
una entidad tal que uno pudiese darle o no las espaldas, de acuerdo
con la lógica excluyente de Vega podríamos concluir
en que mucho peor hubiera sido dar las espaldas al resto del mundo.
Personalmente, no tengo nada en contra de las personas que miran
"a ultramar"; Juan Carlos Paz, por ejemplo, fue uno de
ellos. Para él no había oposición entre América
y Europa. Lejos de desentenderse de lo que ocurría en su
entorno más inmediato, fundó agrupaciones, difundió
en la Argentina la música europea y americana más
avanzada, ejerció la crítica, tuvo discípulos,
publicó libros, nos ilustró. Lulú no se propuso
citar un símbolo operístico europeo sino, antes, una
tradición musical e intelectual específica, que es
también una tradición de crítica e ilustración
sin la cual la conciencia musical moderna -europea, americana, argentina-
sería definitivamente más pobre.
Federico Monjeau
(LULÚ
número 2, Noviembre de 1991) |