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La lección
de Lulú
Lucas S. Fragasso
Dos cosas Ilenan al
ánimo (Gemüt) con creciente admiración y respeto...:
el cielo estrellado que establece sobre mí y la ley moral
en mí..., las veo ante mí y las enlazo inmediatamente
con la conciencia de mi existencia."
La ultima página de la Beschluss de la Crítica
de la razón práctica enmarca los extremos del
conocimiento posible y, simultáneamente, los restituye
a la unidad de la conciencia. Lo inconmesurable y lo efímero
de la existencia están uno frente a otro pero unidos y
absueltos de toda contingencia por la ley moral que habita en
el sujeto. El imperativo moral -que está "en mí"-
es lo que nos eleva sobre la finitud y nos convierte en inteligencia
eterna. Pero las exigencias del imperativo kantiano muy pronto
despertaron dudas sobre su plausibilidad, sobre la posibilidad
de conciliar el deber inapelable que impone la ley moral con el
comportamiento real del sujeto. Después de Hegel, probablemente
haya sido Dilthey quien lo expresó más gráficamente.
Por las venas del sujeto trascendental -escribe- "no corre
sangre afectiva, sino el tenue jugo de la razón como mera
actividad mental". La sangre efectiva del sujeto, "la
vida", es aquello que ninguna construcción categorial
ni ninguna legislación ética pueden subsumir.
En la Viena de Karl Kraus -donde en 1905, y bajo sus auspicios,
se estreno La caja de Pandora de Frank Wedekind- culmina
un período que poco tiene que ver con la leyenda dorada
del fin-de-siècle. Tanto para Kraus, como para algunos
de sus contemporáneos, si alguna vez hubo un tiempo de
miseria, fue precisamente ése. Nunca se vio -sostenía
Hermann Broch- un encubrimiento más acabado de la pobreza
como entonces; pero tampoco nunca antes el escenario teatral,
donde se presentaba y representaba más el encubrimiento
que la penuria, alcanzó tal grado de significación
pública. El despliegue de la escena consolidaba una verdadera
conciencia teatral que disimulaba el vacío abierto por
la falta de una conciencia ética. Por debajo de esa pseudo
ética disfrazada, el joven poeta Hugo von Hofmannsthal
describía detalladamente la "sangre efectiva"
que circula por las venas de un sujeto definidamente desprotegido:
"un ser adormecido, que vegeta, sueña, vive de angustia,
de embriaguez y deseos, que no osa jamás aparecer en pleno
día a causa de su supuesta bajeza y abyección; angustiosamente
consciente de estar sumido a los instintos y no a los principios".
(H. von Hofmannstahl L. von Andrian, Briefweschsel). La vida no
está sumida en los principios, esa es su vergüenza
no confesada y su soledad; su supuesta abyección es en
realidad impotencia de acceder al principio moral disimulado en
escenografía teatral. Asumir esa abyección, eliminar
el simulacro y someterse compulsivamente al principio moral es
el camino trágico que Otto Weininger trato de imponer e
imponerse. Reconocer la orfandad trascendental, abrir la problemática
de una conciencia atravesada por la nostalgia de lo absoluto pero
que sabe de su imposibilidad, es lo que ensaya la filosofía
del joven Georg Lukács.
En uno y en otro, en el psicólogo vienés y en el
filósofo húngaro, la responsabilidad ética
teóricamente formulada por el imperativo kantiano está
inescindiblemente unida a la presencia de la mujer.
II
"El
secreto de la Crítica de la razón práctica
-escribe Weininger- es que el hombre está solo en el universo
en tremenda y eterna soledad" (Sexo y carácter,
163). Solitario no es el hombre en tanto la ley esté en él
mismo de un modo contingente; él es la misma soledad porque
él es la ley: "no tiene otra misión que la de
obedecer el deber" (ibid.) La ética teatral es subordinada
a hipócrita, es una ética donde se encuentra hundida
la masa humana indiferenciada, una ética social distanciada
por un abismo de las silenciosas y heladas alturas del imperativo
categórico. El camino del solitario -el único posible-,
es la reafirmación constante de su soledad. llí no
hay lugar para la danza ni para la risa nietzscheana; solo heroica
aceptación compulsiva: "...he aquí el 'dionisismo'
de Kant; lo primero es la moralidad" (ibid.)
Como es sabido, para Weininger, solo el hombre puede mantenerse
en las cimas de esa moralidad "dionisíaca". La
soledad es soledad del varón; la ley moral se trueca en apología
de la misoginia. La mujer queda siempre recluida en aquel ámbito
que Hofmannsthal delimitó con las palabras "sensualidad".
"deseo", "vegetativo"; a menos que, alguna vez,
alguien pueda responder a la pregunta con que finaliza Sexo y carácter.
"¿Podría surgir en ella el imperativo categórico?"
(ibid., 341)
III
Para
Georg Lukács ser hombre es también ser solitario,
pero su soledad es dramáticamente inversa a la de Weininger.
"El cielo estrellado de Kant solo brilla en la noche del conocimiento
puro y ya no ilumina al caminante solitario -en el Nuevo Mundo llamarse
hombre es ser solitario" (Die Theorie des Romans,
28).
El hombre ha perdido la guía con que el mapa de las estrellas
dibujaba los caminos de su interioridad. El hombre definitivamente
moderno solo puede reconocer como objeto de su nostalgia la unidad
entre lo que esta sobre él y la ley que esta en él;
su condición es de completa orfandad trascendental. El verdadero
problema consiste en una pregunta más que en sus posibles
respuestas: ¿Pueden las Formas dar sentido a la vida? ¿Puede
haber un lenguaje, sea el del arte, el de la filosofía o
el del amor que capture el discurrir de una vida donde nada se consuma
y todo permanece en estado de postergación? La nostalgia
de esa forma es la nostalgia por el "más elevado lenguaje:
la tragedia" (Hegel, Phänemonologie, 513). Entre
los héroes trágicos circula exclusivamente la ley
de las preguntas últimas y las respuestas últimas;
allí cada gesto es símbolo de su acción, la
vida, por el contrario, no es más que pálida alegoría
de la forma trágica.
Kierkegaard construyó su relación con Regina OIsen.
La construyó a través de un gesto, el gesto del seductor,
de las posibilidades literarias del seductor. El diseminó
en su obra las claves para que alguna vez pueda identificarse el
único lector que podría acceder a sus mas ocultos
secretos; ese lector -Regina OIsen-, la novia inexplicablemente
abandonada era, paradójicamente, la que reunía menores
posibilidades para entender tanto la obra como el abandono. Sin
embargo solo así, mediante la ruptura del noviazgo, Regina
Ilegó a poder ser pensada por el seductor Kierkegaard-Johannes
no solo como un ensayo sobre los límites de la vida estética
del seductor sino como mujer. Cuando el seductor intenta "pensar
a la mujer a la sola luz de las categorías" (Diario
de un seductor, 368) no es ni el imperativo ético ni
la forma de la definición lo que pretende imponerle. Por
el contrario, detrás de la máscara del seductor trata
de llevar a concepto el modo en que la mujer se convierte en existencia
lo que ella ya posee. ¿Cómo puede ser pensada, en
la mujer, la simultaneidad entre la mediación de sí
consigo misma y su ser-para-otro? ¿Cómo puede ser
sustraída de la imposición objetivista que solo repara
en la contingencia de su existencia exterior? Kierkegaard se apropia
del gesto seductor y lo despliega en escritura para que en ella
sobreviva el amor interrumpido por el abandono. Pero Kierkegaard
no ha reparado -advierte Lukács (El alma y las formas,
70)- que la eterna extrañeza y la infinita lejanía
que el seductor produce en la mujer "se encuentra en los límites
de lo cómico"; y no pueden existir "comedias vacías".
La comedia producida por el seductor -su comicidad- no es un defecto
de caballerosidad -él es, hasta el fin, un "caballero"-
es el resultado que muestra como, pese a los infinitos recaudos
de estrategia, el gran instante para el que ha preparado la escena
ya no puede ser el instante absoluto; su posibilidad ya ha pasado.
La comedia del ensayista, del que avanza a tientas, del que seduce
con el encantamiento de las palabras, no es más que una comedia
vacía; el escenario construido donde una relación
amorosa puede ser Ilevada a forma y adquirir de ese modo -en palabras
de Lukács- "una certeza estatutaria". No obstante
haber creado su relación con Regina a partir de la renuncia
y la soledad, no fueron éstas suficientes para impedir que
la equivocidad, el malentendido y la comedia se instalaran en la
escritura que supuestamente debía conjurarlas. Con la muerte
de Kierkegaard -afirma Lukács- "todas las cuestiones
quedaron abiertas". El gesto del seductor pertenece definitivamente
a la comedia porque la Tragedia es imposible como Forma, porque
el azar, "madre estéril de todas las cosas" (Diario
de un seductor, 5 de mayo), como la vida, ya no puede ser poéticamente
creado. La forma se rompe al chocar con la vida.
Para el hombre solitario de Lukács vivir de acuerdo a un
imperativo ético sería vivir en la prolongación
del estado de ánimo de más alta intensidad que se
haya experimentado. Mantener la sobrevivencia de ese instante, aunque
haya acontecido solo una vez, podría significar la "vida"
auténtica. Pero...¿acaso no es esto también
frivolidad?" (Diario, 29 de mayo). Frivolidad puesto
que la vida es la "anarquía del claroscuro" donde
"nada se cumple del todo en ella y nada Ilega a su fin, siempre
se mezclan nuevas voces, que todo lo confunde, en el coro de las
que sonaban antes" (Metafísica de la Tragedia,
244). Allí, cualquier imperativo ético es arbitrario
y no transforma nada. Allí solo cabe la nostalgia de la Forma
donde impera la necesidad de ser esencial, donde no hay postergaciones,
desaparece el azar y se esfuma la sombra de la ambigüedad;
donde no hay perdón sino absolución, no de la culpa
-como dice Hegel- sino del crimen.
En su Diario "de noche, trabajando", cavilando sobre lo
que será La Metafísica de la Tragedia, anota
Lukács (29 de Mayo): "Y de esta manera toda esa abstracta
metafísica de la Forma nos vuelve a Ilevar al centro de todas
las cosas: a Irma".
Entre 1908 y 1911 Georg Lukács e Irma Seidler, una estudiante
de pintura de 25 años, viven una historia de amor hecha de
algunos encuentros, una lenta ruptura y una intensa correspondencia.
Poco tiempo después de su casamiento con un pintor se suceden
las cartas, la dedicatoria de El alma y las formas y un nuevo encuentro.
En mayo de 1911 Irma Seidler se suicida (Cf. Agnes Heller, El naufragio
de la vida ante la forma: Georg Lukács e Irma Seidler).
La abstracta metafísica de la Forma tiene a Irma como centro
porque ella está en medio de ese espacio configurado entre
la Forma trágica como símbolo y la vida como su "pálida"
alegoría. Lo único que puede existir entre la imposibilidad
y la nostalgia de la Forma es la ironía; la presencia de
un absoluto paradójicamente, inexistente, "la metafísica
negativa de las épocas sin Dios" (Die Theorie des
Romans, 79). La alegoría, como la ironía, siempre
dicen algo diferente de lo que se ofrece en las palabras, hablan
de sí mismas y, simultáneamente, hablan de otra cosa.
Irma como centro de todas las cosas significa ¿cómo
es entonces posible el amor en la ironía? Para el hombre
"moderno", para el solitario huérfano de toda garantía
trascendental, el amor es posible -como lo era para el seductor
Kierkegaard- como una relación construida. Sin embargo el
seductor devenido problemático ahora sabe algo más,
sabe del fracaso de la estética, de la fragilidad de la construcción.
Pero esto no le impide en modo alguno ensayar en ella. Lo hace sabiendo
que el ámbito donde las palabras de cada uno son absorbidas
inmediatamente en las palabras del otro hasta cerrar la esfera donde
"todo deviene esencial", está definitivamente vedado.
Por el contrario, las palabras de cada uno son angustiosamente bebidas
por el otro, porque se vive en la conciencia de la fragilidad y
en la certeza de que todo retornará al claroscuro de la existencia.
A la base de esta certeza la responsabilidad ética, o mejor
dicho su imposibilidad, tiñe de angustia y oscurece el momento
vivido. No se puede construir el amor como una forma de redención
profana. Pese a todo, a diferencia del seductor Kierkegaard-Johannes,
es posible exponer el problema, presentarlo en una nueva forma de
prosa, en un "estilo nuevo, filosóficamente válido".
Cuando algo ha devenido problemático "...la salvación
no puede provenir más que de la radicalización extrema
de la misma problematicidad" (Sobre la esencia y forma
del ensayo, 35) .
Lukács construyó su relación con Irma Seidler
para radicalizar la problematicidad de las Formas, inclusive el
amor. Intento darle una forma propia a lo que está atravesado
por la nostalgia de una totalidad plena de sentido y amenazado por
el vacío de la prosa cotidiana; quiso captar las resonancias
más íntimas del deseo como algo que no fuera ni principio
de una futura síntesis ni mero contraste con la plenitud
de su pasado. La imposibilidad de la Tragedia es también
la imposibilidad del amor y su exposición conceptual corresponderá
a una filosofía de la ironía, de la alegoría,
de la melancolía: al Ensayo como Forma. La paradoja consiste
en que el amor deviene objeto construido para mostrarlo imposible
de la construcción; pero la paradoja no neutraliza ni desplaza
el gesto del seductor, lo reproduce más intensamente, lo
custodia en su escritura, lo convierte en "obra". La radicalización
extrema de la problematicidad encuentra un límite en la muerte;
Irma Seidler se suicida, el seductor retorna a la soledad. Con este
salto a la muerte la exposición de una imposibilidad no deviene
la imposibilidad misma.
Después de la muerte de Irma solo resta volver de nuevo más
extremas las mismas viejas preguntas "...¿cómo
puedo ser un filósofo?... o de qué manera puedo dar
forma a lo más elevado?" (Diario, 16 de diciembre).
Una posibilidad alterativa se prefigura ya hacia el final de la
Metafísica de la Tragedia; la imposibilidad de lo trágico
sería la irrupción de lo político, pero ésta
ya es otra historia.
IV
No es
algo gratuito que de la escena teatral surja el personaje femenino
que con mayor fuerza ha podido cuestionar y sustraerse a la lógica
del imperativo moral y de las construcciones estéticas. Casi
al mismo tiempo que el suicidio de Weininger y una década
antes del de Irma Seidler, Lulú, esa "sonámbula
del amor" (Kraus) irrumpe en la escena; en esa generalizada"
conciencia teatral" que disimulaba el vacío de a una
moral dominante y coercitiva. Y lo hace de un nuevo modo; se presenta
como prolongación ilustrada de aquella jurisdicción
teatral desde donde "llueve la luz desde la mejor parte del
pueblo, la que piensa' (Schiller, El escenario teatral considerado
como institución moral.) La escena ilustrada, como un espejo,
le devuelve a la jurisdicción humana (política) la
imagen de su irracionalidad. "Solo aquí (en la escena)
-escribe Schiller- aquello que los políticos (los hombres
regidos por la legalidad social) no escuchan jamás o lo hacen
en muy raras ocasiones, puede oírse) la verdad" (ibid.).
Frank Wedekind trabajó entre 1892 y 1894 en su doble drama
que tiene por protagonista a Lulú, EI espíritu
de la tierra y La caja de Pandora. La Caja de
Pandora se estrenó en Viena el 29 de mayo de 1905; el
estreno fue organizado y presentado por Karl Kraus -editor redactor
de Die Fackel-, quien leyó como prólogo un
artículo que permanentemente incluyó entre sus lecturas
públicas. Kraus desempeñó también un
breve papel en la obra mientras que Wedekind reservó para
sí el de Jack the Ripper.
El espíritu de la tierra y La caja de Pandora no reniegan
de su procedencia ilustrada, pero pertenecen ya a otra Ilustración,
al momento en que la Ilustración se vuelve sobre sí
misma y solo puede echar luz sobre lo que en su camino dejó
sepultado en las sombras. Forman parte de una Ilustración
desenmascarada que no se disuelve en contrailustraci6n y a la que
Kraus siguió, fiel y obsesivamente, a través de todos
los recodos de la cultura vienesa. La genealogía de Lulú
se remonta a las Luces "...que al alumbrar todo lo que lo estaba
vedado, nos enseñó a amar lo que la oscuridad alberga"
(K. Kraus, Los hijos de la época, 85). La escena teatral,
que disimula y encubre la vergüenza de la vida limitada por
la falsa responsabilidad moral, se transforma en el lugar donde
también esa vergüenza se representa y se exhibe. Tampoco
desmiente su carácter ilustrado el hecho de que haya podido
ser interpretada como un conflicto entre "moral civil"
y "moral humana", e incluso, como un drama de escarmiento
a quienes creen vivir fuera de la ley moral. Pero en este punto
Kraus es inflexible; luego de afirmar que en LuIú
cada uno puede encontrar la respuesta que más le plazca;
luego de solicitar amablemente al público que renuncie a
la idea de aplaudir su propia decencia, afirma: "yo considero
que es suficientemente perversa". Lulú es inequívocamente
perversa, debe serlo necesariamente y eso, para Kraus, es bueno.
Es bueno porque revela que "...no es la podredumbre de quienes
atentan contra la moral que ha reventado, sino la podredumbre de
la moral" (La muralla china, 69). Por esto mismo,
es que no se trata de la reedición del conflicto trágico,
donde dos fuerzas proporcionales se enfrentan en sin razón
o en sin falta de razón (Hegel)-, se trata, como observaba
Kraus, de una naturaleza que todavía no sabe nada de sí
misma y que aún no ha incorporado a la "conciencia"
entre sus necesidades, enfrentada a una lógica de dominación
conceptual, estética y sexual ya resquebrajada. En Lulú,
todo lo que ha sido sometido por esa lógica retorna reclamando
su parte; su "amoralidad sexual" indica la imposibilidad
de una moral que "protegió al sexo de los que quieren
entrar, y protegió también a los que quieren entrar
del sexo' (La muralla china, 72).
Lulú, casi una niña, vendedora de flores en la puerta
de un café, es detenida por el Dr. Schön -jefe de redacción
de un importante periódico-, al intentar robarle un reloj
de bolsillo. Este la recoge de la calle y la Ileva a vivir a su
casa. Periodista, hombre emancipado que representa el poder de la
prensa, dueño de los hilos que permiten elevar como sepultar
arte, política u opinión, se ocupará de la
"formación" de Lulú. Ya desde ese momento
inicial, su vida quedara encadenada a ella. LuIú surge de
las entrañas más oscuras y marginales de la sociedad;
separada desde su nacimiento de la asistencia de su padre solo reconoce
en Schigolch, un sujeto fantasmal proveniente del reino de los muertos
y marginado de toda sociabilidad posible, a una especie de "padrino"
complaciente en la abyección y la bajeza. El origen de Lulú
se ha extraviado en el camino y el único que, quizá,
podría suplir su orfandad, obligado por una supuesta responsabilidad
ética hacia sí mismo (el Dr. Schön), la entrega,
en su miedo, a otros hombres. Primero es un viejo médico,
el Dr. Goll, después un artista, el pintor Schwarz. Uno muere
envenenado por una supuesta traición, el otro se suicida
por pura impotencia. Y finalmente el Dr. Schön paga con su
muerte la imposibilidad de resguardarse en la respetabilidad moral.
No obstante ser sometida y entregada Lulú no es para nadie,
acepta todas las normas que le son impuestas pero no incorpora ninguna
a sí misma. Su vida aparece como un recorrido virtual que,
aun cuando esté conducido y prescripto por los actos que
los hombres le imponen, permanece ajena a la vida de sus destinatarios.
Cada uno de ellos le otorga un nombre distinto para definirla dentro
de sus propias construcciones -Mignon, Nelly, Eva-; para poseerla
definitivamente mediante el poder del nombre propio que asegura
una significación única.
LULÚ.
-Desde tiempo inmemorial ya no me Ilamo Lulú.
SCHIGOLCH. - ¿Te llamas de otro modo?
LULÚ. -Lulú me suena antediluviano.
SCHIGOLCH. -iNiños, niños!
LULÚ. -Ahora me Ilamo...
SCHIGOLCH. -¡Como si el principio no siguiera siendo el mismo!
Además del nombre, cada uno construye para Lulú su
hipotético escenario. El médico científico
hace de su belleza un objeto de control y cálculo, el artista
una idealización absoluta:
LULÚ. -(Refiriéndose a Schwarz) Para él yo
no soy más que La Mujer y siempre La Mujer.
El hecho
de que Lulú se sustraiga a sus respectivos "dueños"
no significa que es poseedora de una esencia oculta o resguardada
en lo inaccesible de un secreto, sino que su feminidad no está
representada ni significada por otra cosa que no sea ella misma.
Ella misma es el movimiento que se diferencia de sí para
dar lugar a la aparición del otro, del hombre, y retorna
sola, a sí misma. El otro puede vivir solo en los límites
de su construcción erigida con las reglas y normas de los
imperativos morales, lo que se sustrae a su dominio derrumba todo
el edificio. Al pretender eternizar el dominio se convierten, además,
en jueces encargados de ejercer represalias sobre aquello que, precisamente
por haber sido dominado, se ha transformado en algo extraño
y lejano. La represalia se vuelve contra ellos mismos, no porque
Lulú atente premeditadamente contra sus criterios, sino porque
sus criterios dominan sobre una naturaleza ya incomprensible a fuerza
de coerción, pero todavía presente como tentación
y deseo en ellos mismos. El recuerdo de haberla sometido vuelve
a la naturaleza amenazante y destructiva; Lulú los destruye,
inintencional y literalmente. Construir para ella un escenario a
partir de la normatividad exige la maldición perpetua sobre
lo que aluda al placer, libre de normas, que ella representa; maldición
sobre lo que recuerde la "irresistible tentación de
recaer en la naturaleza, he ahí la crueldad que surge de
la civilización fracasada" (Th. Adorno, M. Horkheimer,
Dialéctica del Iluminismo, 137).
Desde
el momento que Karl Kraus alentó y apoyó la obra de
Wedekind es porque supo ver esa naturaleza proscripta y sedienta
de venganza y dedicarse a registrar minuciosamente sus requerimientos:
"Hemos construido nuestras chozas sobre un cráter que
juzgábamos extinto, hemos hablado con la naturaleza en un
lenguaje humano, y porque no entendíamos el suyo hemos creído
que ya no rebullía. Hemos tenido el sexo por desterrado...
Entonces descubrimos que nuestra prohibición era su aliento,
nuestra ocultación su oportunidad, nuestro escrúpulo
su espuela y nuestro peligro su placer... Hemos osado calentarnos
los pies en el fuego sagrado que antaño inflamaba la acción
en el espíritu del hombre. Ahora se nos quema la casa"
(La muralla china, 66).
Lulú es la naturaleza oprimida que deja de ser el sustrato
de sumisión de la ley moral y de la subsunción al
concepto, y que pide, sin saberlo, lo que se le impide.
La dialética de la Ilustración no fue ajena a Kraus
y ella atraviesa El Espiritu de la Tierra y La Caja
de Pandora. Pero tal vez tampoco fue ajena a Kraus cierta unilateralidad
destacada por Adorno: la de no poder ver el esfuerzo de un concepto
no corrupto por constituirse en representante legítimo de
la causa de la naturaleza, a la cual suplantó.
Aquella pregunta sobre la mujer, citada más arriba y con
la que Weininger cierra su libro: "¿Podrá surgir
en ella el imperativo categórico? ¿Podrá someterse
la mujer a la idea de la moral...?" no encontrará en
Lulú por respuesta más que un sistemático "No
sé".
SCHWARZ.
-¿Puedes decir la verdad?
LULÚ. -No sé.
SCHWARZ. -¿Crees en un creador?
LULÚ. -No sé.
SCHWARZ. -¿En qué crees entonces?
LULÚ. -No sé.
SCHWARZ. -¿No tienes alma?
LULÚ. -No sé.
Frente
a una naturaleza devenida extraña Weininger propondrá
el "dionisismo" de la ley moral y la reafirmación
de la soledad como los únicos instrumentos de dominio. Allí
la ley moral y la voluntad de poderse identifican en una única
legislación que tiene por fin el sometimiento de todo lo
que le es heterogéneo. La transmutación nietzscheana
de Kant confirma de modo incuestionable la dialéctica del
iluminismo. El imperativo categórico, la más universal
de las leyes morales, se identifica con el más alto grado
de voluntad y autonomía. EI secreto del sujeto autorrealizado
en cumplimiento del deber que la ley le impone como destino "...es
también el secreto del superhombre" (Dialéctica
del lluminismo, 140). La pregunta de Weininger, además
del "No sé", no podría obtener otra respuesta,
aunque su suicidio tienta a emparentarlo arbitrariamente con algún
posible e imaginario personaje del drama de Wedekind.
El único que, aparentemente, no pretende dominar a Lulú
es Alwa, el hijo del Dr. Schön. El es el escritor, el que quiere
crear formas nuevas a partir de lo que lo que representa Lulú.
En La caja de Pandora se identifica con el mismo Wedekind
como autor de El espíritu de la Tierra.
ALWA.
- (...) En mi existe una íntima acción recíproca
entre mi sensualidad y mi creación espiritual. Contigo, por
ejemplo, no me queda más que la elección entre darte
forma artística o amarte.
Alwa
quiere dar forma a Lulú porque el arte se ha convertido en
un lenguaje replegado sobre los mecanismos de su propia escritura
y ella es lo que todavía permanece fuera del arte, lo que
aún -en sus palabras- "se rige por los instintos animales".
Es naturaleza no dominada, es la "vida" a la que el arte
quiere dar forma. Sin embargo esta naturaleza no es para Alwa nostalgia
tentadora de lo perdido ni, como lo fue para su padre, terror a
su propia disolución moral. Ella es objeto de construcción
estética por la vacilación que provoca en el artista
entre la Forma y el amor. Pero aun como mujer amada para devenir
"obra", Lulú se sustrae al lenguaje del
arte; es más, lo rechaza del mismo modo que rechaza a aquel
que quiere imponerle un hombre, una única y sola significación,
a aquel que quiere ser el primero y el último. Así
lo describió Karl Kraus: El hombre "mil veces ha luchado
con el otro, que quizá no existe, pero cuya victoria sobre
él es segura. No porque tenga mejores cualidades, sino porque
es el otro. El que viene después (spätere), el que brinda
a la mujer el placer de la serie, el que, por último, triunfará.
Pero ellos se lo sacuden de la cabeza como un mal sueño y
quieren ser el primero" (La muralla china, 67).
Solo Walter Benjamin percibió, leyendo entre Iíneas
este texto de Kraus -y se atrevió a escribirlo-, que el lenguaje
es una mujer... (W. Benjamin, G. S. B. ll-1, 353). Y el
lenguaje no se da, no brinda nunca su propio juego a una lectura
ni a una escritura que pretenda haber captado definitivamente su
sentido propio. Si bien una palabra puede tener muchos sentidos,
el nombre lenguaje queda únicamente reservado a lo que puede
dominar la polisemia (J. Derrida, Marges, 287). La lógica
de la dominación en el lenguaje, como en el amor, no puede
sospechar una diseminación no restituible a la unidad de
un sujeto, ella permanece fuera del lenguaje. La Literatura que
quiere dar forma a la "vida" permanece fuera del lenguaje
como el amor de Alwa permanece exterior a Lulú.
La pregunta con que Georg Lukács finaliza su Diario: "...puesto
que como ser humano no puedo salir nunca de la esfera ética
¿de qué manera puedo dar forma a lo más elevado?"
(Diario, 123), o, en otras palabras, ¿cómo
se puede dar forma a la vida cuando ésta aparece bajo el
rostro del amor?, encuentra aquí otra forma de ser radicalizada
a otra posible respuesta. La vacilación entre amor y configuración
estética -que según Kraus es la "clave de este
laberinto de la feminidad" (La caja de Pandora, 6)-
es en realidad la transmutación de una en el otro y viceversa.
Pero la construcción estética es el objetivo final,
tanto del seductor Kierkegaard-Johannes como del ensayista Lukács,
tanto de aquel que va a dedicar su vida al "servicio de Dios",
como de éste que sabe de la "orfandad trascendental".
Después de la muerte de Irma, el seductor (der Versucher)
continúa su camino de encantamiento, de búsqueda;
sigue ensayando plasmar en forma su orfandad de imperativos éticos
y plenitud trágica (ensayo = der Versuch), a la que agrega
su propia desesperación. La verdad del ensayista seductor
consiste en construir su propio espacio para la representación
del drama de su soledad; la mujer; con su muerte, permanece ajena
y excluida de la escena. Irma Seidler paga con su suicidio el derecho
a no ser Regina Olsen.
Solo en un punto los caminos de Weininger y Lukács se encuentran,
la afirmación compulsiva y la reflexión irónica
coinciden en la soledad. Soledad es lo que exige la aceptación
estoica de la ley moral y solitario es el hombre problemático
que ya no puede aceptarla. Pero la LuIú de Wedekind, inintencionalmente,
hace surgir otro lugar; un lugar -vislumbró Kraus- '...en
el que la mujer, para alcanzar su perfección estética,
no está condenada a aliviar al hombre de la cruz de la responsabilidad
ética (La caja de Pandora, 6).
El precio que tiene que pagar Lulú no es el suicidio sino
la venganza que responde a la venganza que en ella se toma el placer,
al recordarle a los hombres la irresistible tentación de
recaer en la naturaleza. El vengador es Jack the Ripper, el carnicero
de White Chapell, aquel frente al cual -según Bernard Shaw-
la sociedad victoriana mostraba la misma inquietud que frente a
los obreros cuando mostraban sus dientes, es decir, una especie
de temor que no alteraba el hecho y la seguridad que deberían
seguir reaiizando el trabajo al que estaban destinados hasta el
final. Jack the Ripper, según Karl Kraus, "el último
vengador del género masculino".
Todas
las citas de El espíritu de la Tierra y La caja
de Pandora proceden de la traducción de Juan Luis Vermal,
Barcelona, Icaria, 1980. A Juan Luis Vermal, filósofo radicado
en el exterior, traductor de Hegel y autor de uno de los libros
mas sobrios y bellos escritos en nuestra lengua sobre Nietzsche
(La crítica de la metafísica en Nietzsche,
Barcelona, Anthropos, 1987) dedico estas notas en recuerdo de una
vieja y siempre renovada amistad.
(LULÚ
número 1, Septiembre de 1991) |