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Imágenes
de Lulú
Rafael Filippelli
G.W.Pabst filmó
Lulú (o La caja de Pandora) en 1928,
el mismo año en que Alban Berg comenzaba a escribir su
ópera. La adaptación cinematográfica de Ladislaus
Vadja reúne dos obras de Frank Wedekind, Erdgeist
(1895) y Die Büsch der Pandora (1905). La película
fue estrenada en Berlín en 1929 y aquella copia duraba
131 minutos. Las siguientes, que circularon por ese período
en Europa, tenían duraciones variadas ya que Lulú
fue censurada, cortada y distorsionada por quienes entendieron
que los temas sexuales eran tratados de una manera demasiado explícita.
Así, en sucesivas versiones, Schigolch, el primer amante
y gigoló de Lulú, se convirtió en su padre
adoptivo; A!wa, el hijo del marido de Lulú, con quien ella
escapa después de matar al padre, pasó a ser un
huérfano sin ninguna relación con el muerto; y Anna
Geschwitz, la lesbiana con quien Lulú mantiene relaciones,
se transformó en una amiga incondicional. Y así
durante años, hasta que la Cinamateca de París rearmó
una versión relativamente completa, según el guión
original. Hay dos versiones más, algo diferentes: la de
la Cinamateca de Lausana y la de los National Film Archives de
Estados Unidos. Es obvio que las copias que circulan difieren
unas de otras y, si se tiene suerte, lo que hoy se puede ver es
una de esas versiones.
La adaptación cinematográfica eligió prescindir
del prólogo de Wedekind a La caja de Pandora,
en el que un domador presenta al público una galería
de animales, entre los cuales está Lulú.
La ópera de Berg no suprime este prólogo. Si bien
la película no incorporó algunos aspectos de la
vida anterior de Lulú, su pasado como florista, su primer
matrimonio, varios amantes de ambos sexos y el pintor que hace
el retrato que se ve en el film, sintetizando todas estas peripecias
en su relación con el Dr. Schön, su hijo Alwa, Schigolch,
Rodrigo, el trapecista y Anna Geschwitz, en el guión había
algunas escenas destinadas a narrar ese pasado, que luego fueron
desechadas por el propio Pabst.
Lulú
habla
Esta
complicada historia del film comienza con el juicio de la mayoría
de la crítica de la época. Después de ver Lulú,
en 1929 A. Kraszna-Krausz escribía en la revista Close
up n°4: "Lulú es inconcebible sin
las palabras con las que Wedekind la hace hablar ... Un film (mudo)
no es capaz de reproducir la contradicción entre el aspecto
de Lulú y lo que ella dice". Lo que esta crítica
no pudo entender es que Pabst pone de manifiesto, a través
de una actriz, la contradicción entre el libre erotismo de
Lulú y sus consecuencias en las conductas de los que sucumben
a su encanto. El cuerpo de Louise Brooks ante la cámara es
su forma central de expresión y no es precisamente eslo lo
que hubiera cambiado si el film fuera sonoro.
Los problemas del tránsito del mudo al sonoro fueron otros.
El cine mudo, a quien Jean Mitry prefiere Ilamar silencioso y Michel
Chion, sordo, trabajaba con imágenes de naturaleza distinta:
por un lado las visuales y por el otro las de los carteles intermedios
que completaban a las anteriores. Cuando el cine sonoro permite
escuchar las palabras, antes silenciosas, lo dicho se vuelve visible
al mismo tiempo que se lo escucha y una sola imagen integra dos
componentes: lo visto y lo oído.
Lo que se escucha es una nueva dimensión de la imagen visual,
una nueva relación que abre la posibilidad de lo ambiguo
de una manera desconocida por el cine mudo. No es que el cine mudo
pudiera mostrar ciertas cosas y el sonoro otras sino que dicen de
diferentes maneras y, sobre todo, con riesgos dispares. EI problema
al cual se enfrentaba Pabst era de otra índole y estaba ligado
a su voluntad de presentar un mito moderno: pensaba a Lulú
como alguien peligrosamente fascinante y al mismo tiempo inocente,
sin ninguna noción de pecado en el sentido cristiano y solo
vagamente preocupada por las consecuencias morales de su conducta.
Lulú es un caso límite: una película
sonora que todavía es muda; una película muda que
inventa recursos para alcanzar la ambigüedad que Ilegó
al cine con el sonido.
Lotte Eisner recuerda que Pabst descubría siempre el otro
lado de una mujer. De hecho, de las siete películas que dirigió
hasta 1928, cinco tienen protagonistas femeninos. Durante seis meses
Pabst buscó a la actriz que iba a representar a LuIú.
Según sus biógrafos, interesado en una aproximación
ciertamente realista, quería una actriz cuyo temperamento
y apariencia física correspondieran a la visión que
él tenía del personaje. Había pensado y descartado
sucesivamente a la joven Marlene Dietrich y no parecía dispuesto
a trabajar con Asta Nielsen, la célebre actriz danesa, quien
ya había representado a Lulú. Finalmente se decidió
por Louise Brooks, una oscura actriz norteamericana, ex bailarina
de music hall, a quien Pabst había visto en Una chica
en cada puerto, de Howard Hawks.
Es muy probable que la elección de Louise Brooks haya sido
uno de los castings más acertados de la historia del cine.
Pabst sabía bien lo que quería para el rol: una belleza
cinematográfica de un erotismo infinito ante la cual debían
sucumbir todos, hombres y mujeres, menos el propio Pabst. Una belleza
pero también una actriz que lograra mostrarse decidida a
todo para alcanzar lo que desea y, sin embargo, parecer inocente.
El erotismo debía ser la primera dimensión del film
y era necesario crear una atmósfera de ambivalencia, inédita
para el cine de esa época. Es por eso que la inocencia del
personaje a veces encubre y a veces disimula mal una destructividad
que solo puede ser superada por la de su asesino, Jack el Destripador.
La inocencia ambigua de Lulú paga, con su muerte, un tributo
a la moralidad pública. Para Pabst, la amoralidad de Lulú
no representa la declinación de valores, sino una afirmación
del deseo que transgrede los Iímites de la cultura.
Pero la película no habla únicamente del poder del
deseo de la belleza de una mujer. Y de esto no solo es responsable
Pabst. El gran logro de la actuación de Louise Brooks se
apoya en su naturalidad, increíble para la época,
pero también (y esto forma parte de la actuación)
en la naturalidad con que el personaje desarrolla una vida excepcional.
Cuando al comienzo del film, por ejemplo, su amante, el Dr. Schön,
rehúye sus besos y caricias para finalmente confesarle que
se va a casar con otra, Lulú dice con simplicidad: "¿Y
porque vas a casarte, no quieres besarme?". Las normas de lo
previsible no definen a Lulú, porque su ser se funda en lo
imprevisible del deseo y en el poder de su belleza, ejercido más
allá de la voluntad.
Gilles Deleuze describe el efecto de esta belleza en el cine a propósito
del film Los carabineros: "La militante recita algunas fórmulas
revolucionarias y otros tantos tópicos; pero es tan bella,
su belleza es tan intolerable para sus verdugos, que deben tapar
su cara con un pañuelo. Y el pañuelo inflado por el
viento y sus susurros se nos vuelven también intolerables
a nosotros, los espectadores".
El
arte combinatorio de Pabst
No es
sencillo remitir el estilo formal de LuIú a una
estética determinada. En este film, Pabst, a diferencia de
otros directores alemanes del período, se muestra particularmente
ecléctico. Las actuaciones son naturalistas o melodramáticas
según los personajes, y los estilos de iluminación
varían de una secuencia a otra.
Hay en el film una tendencia a trabajar con atmósferas bien
diferentes. En las escenas de la revista musical, por ejemplo, su
brillo impresionista las acerca más al cine de Renoir y Ophüls
que a sus contemporáneos alemanes. A la inversa de lo que
sucede con el expresionismo, en esta secuencia todo se subordina
al movimiento, incluso la iluminación. Está puntuada
por intervalos en los que el movimiento se detiene, vuelve a comenzar,
se invierte y se acelera o se retarda, efectos que Pabst logra a
través del cambio en las dimensiones de los espacios encuadrados,
el ángulo de los encuadres, la óptica usada y los
distintos tonos de la luz, que no resultan de un contraste entre
luz y sombra. Pero no solo esto va a definir el valor de la secuencia,
cuya forma de relato está implícita en todo lo que
se filmó después dentro del género musical,
Hollywood incluido.
La secuencia se inicia describiendo una noche de estreno, vista
desde el fondo del escenario y sin mostrar al público ni
una sola vez. Cae el telón marcando el intervalo entre dos
actos y, mientras las bailarinas y bailarines salen a agradecer
los aplausos, se producen simultáneamente corridas por los
cambios de vestuario, los utileros y electricistas van de un lado
al otro, personas y objetos pasan delante de cámara. Contra
la dinámica de estos movimientos, se despliega el erotismo
de los cortinados de lamé, las ropas y los cuerpos semidesnudos
qué parecen de Plata. En medio de esta fiebre, el Dr. Schön
se pasea por el lugar presentando a su prometida. De pronto, un
bastidor apoyado en el piso por dos operarios aísla a la
prometida de su marido y del resto del grupo. La prometida ve a
Lulú preparándose para entrar a escena y es la primera
vez que Pabst usa un primer plano en la secuencia: la cara de la
prometida se ha transformado. Quitan el bastidor, el Dr. Schön
vuelve al lado de su prometida y la observa mirando a Lulú.
Esta, que se siente observada, gira en dirección a ellos
y los primeros planos se multiplican: primer plano de Lulú,
primer plano de la prometida, primer plano del Dr. Schön. Lo
verdaderamente significativo de estos primeros planos, además
de producir un quiebre en la acción, ya que los tres personajes,
en primer plano, y por ello mismo, quedan aislados del resto, es
que el espectador percibe como los personajes, en el acto de mirar,
piensan y, lo que es más importante aún, toman decisiones
que van a incidir en el desarrollo de la historia. Lulú decidirá
no volver a salir a escena hasta que el Dr. Schön deje a su
prometida y prometa casarse con ella (algo que por otra parte logra
tan rápidamente que le permitirá entrar a escena en
el siguiente acto); el Dr. Schön admitirá este destino
y en otro primer plano dirá: "Me casaré con LuIú
y ése será mi final"; a la prometida solo le
quedara la resignación. Pabst confía las decisiones
y el futuro del film a los primeros pianos, y esto, precisamente,
revela el estilo formal de Lulú. Los distintos climas ambientales
y fotográficos que recorren el film, desde los luminosos
y fosforescentes del teatro, o los expresionistas del garito, hasta
los neblinosos del bajo Londres, son acompañamientos de estos
primeros planos que definen siempre el futuro de las acciones.
Este procedimiento se repite prácticamente igual en los otros
dos momentos claves del film: cuando Lulú mata a su marido
el día de la boda y cuando es asesinada por Jack el Destripador,
en una de las últimas escenas. Es cierto que el clima escenográfico
y la iluminación varían entre sí en cada una
de las secuencias, pero lo que se mantiene es el uso del primer
piano como desencadenante de los hechos. La primera de estas secuencias
es todavía más interesante en lo que se refiere a
los distintos estilos narrativos de Pabst, porque hasta el momento
del corte al primer plano del revólver, contrariando la escritura
de todo el film, la escena está filmada en un plano único.
Lulú, aún vestida con su traje de novia, se mira en
el espejo de su dormitorio y se quita un collar; se desplaza levemente
hacia un costado y su imagen desaparece del espejo que queda unos
segundos vacío hasta que aparece en él la imagen desencajada
del marido. Lulú vuelve a aparecer en el espejo y ambos se
miran a través de él: este primer plano nos muestra
que el marido esta dispuesto a matarla y que ella se da cuenta.
Se corta rápidamente al primer piano del revólver,
hay un breve forcejeo y el humo que aparece entre ambos cuerpos
nos informa que el arma ha sido disparada. Sobre esta misma secuencia,
una anécdota contada por Louise Brooks, en un artículo
aparecido en Image N°-5 (set. 1950), ilumina la técnica
de Pabst en la dirección de actores. Cuando Lulú está
observando el cuerpo de su marido muerto, que sangra por la comisura
de los labios, Pabst le indicó a la actriz desde la cámara:
"Es sangre". No era el sentimiento de la muerte sino el
color de la sangre lo que debía determinar su actuación.
La otra escena clave, en el final del film, transcurre en Londres
durante una noche de Navidad. Allí han huido Lulú
y Alwa, el hijo del Dr. Schön, después de un largo peregrinaje
en el barco garito. En un ambiente neblinoso y con una fotografía
no siempre contrastada, Pabst recurre al montaje paralelo -técnica
que ya había usado en el garito- para plantear el final de
Lulú. Por un lado, una figura dramática, misteriosa
y solitaria (Jack) que merodea por las calles del bajo Londres,
en una noche fría de Navidad; por el otro, Lulú y
Alwa que viven desesperados y hambrientos en un altillo. Lulú,
que ejerce la prostitución, baja a la noche guiada por el
hambre, la soledad y el deseo. Encuentra a Jack y prácticamente
lo arrastra hasta su habitación.
Ya en las escaleras, un primer plano de la navaja que Jack tiene
escondida nos anuncia el final. Pero otro primer plano, de Lulú,
inocente y calma, hace que Jack deje caer la navaja, sin que Lulú
lo vea. Ya en el altillo, los dos solitarios y destructores se abrazan
en un sillón. Y una vez mas, una serie de primeros planos
relatan el desarrollo de los acontecimientos y empujan la acción
hasta el desenlace. El guión original dice: "...el miedo
se convierte en paroxismo... el hombre respira aterrorizado... sus
pupilas se agrandan... la hoja del cuchillo destella". Efectivamente,
después de que Jack le regala a Lulú un muérdago
y que varios primeros planos muestran los dos rostros relajados,
un nuevo primer plano, el de un cuchillo de cortar pan visto por
Jack, conduce a otro primer plano de Jack donde se percibe todo
lo que informaba el guión: la mano de Jack toma el cuchillo
y en el último abrazo se produce la muerte de Lulú.
Ahora bien ¿por qué prestar tanta atención
a este uso del primer plano? Porque el análisis de la sintaxis
de Pabst en Lulú lo exige y porque el primer plano, tal como
lo usaba el cine mudo, remite al problema central del montaje. Con
algunos matices, el análisis anterior podría hacerse
de algunas otras películas del período, pero Pabst,
en Lulú, y algunos otros como Griffith y Eisenstein (no importa
que sus postulados estéticos fueran diferentes) llevan al
extremo una teoría que atraviesa todo el cine mudo y parte
del sonoro: el cine como arte del montaje. O dicho de otro modo:
lo que define a ese cine, en tanto especificidad estética
y única posibilidad narrativa, es el montaje como representación
indirecta del tiempo. Aunque algunos autores de la época
(Dreyer, Murnau) ya habían empezado a trabajar en otro sentido.
Solo más tarde, con la introducción del plano secuencia
y la profundidad de campo, el cine pudo avanzar hacia una representación
directa del tiempo. Mientras que el montaje sugiere el paso del
tiempo, un nuevo cine filmaría su transcurso. Fueron necesarios
estos cambios para que más tarde aún, otros cambios
-cuya tematización excede los límites de esta nota-
lograran que una escena de montaje pudiera reproducir un plano-secuencia
o que un plano-secuencia produjera el efecto de un montaje fraccionado
por un reencuadre permanente. Pero Lulú fue filmada
en 1928 y, para la invención de otros recursos narrativos,
el cine tuvo que esperar algunos años todavía.
(LULÚ
número 1, Septiembre de 1991) |