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La enciclopedia,
la pequeña Lulú de Wedekind y el paraíso
opuesto
Manual de fallas
La justificación
o el desenlace de una tarde secreta puede ser el descubrimiento
de una enciclopedia. Aunque no haya espejos "abominables
como la paternidad", aunque la consulta termine de inmediato
y el desinterés imponga luego su hábito, amen del
olvido. La enciclopedia de esa tarde era una Enciclopedia
de la Literatura Universal; la fecha de publicación,
1946; los conjurados, una lista de siglas (tres, cuatro y hasta
cinco iniciales). Nadie que advirtiera acerca de los riesgos del
usuario, teniendo en cuenta la proximidad del ascensor. El ascensor,
a su vez: la "alarmante" Historia de la literatura
de Klabund, que Borges reseñó para El Hogar
en 1938. (Alguien podría, cuando se le antoje investigar
"la angustia de las influencias" en antologías
y enciclopedias; la vigorosa transmisión de errores, caprichos,
humildes y autorizados gazapos que se desplazan con fecunda desenvoltura,
y la asidua vocación de tres, cuatro y hasta cinco ultraístas
del malentendido.)
En su reseña del '38, Borges menciona la atolondrada gestión
del autor alemán Klabund asistida por un triunvirato de
traductores catalanes.
¿Qué puede ocurrir cuando el autor se ha ido y el
Espíritu contiene el aliento porque los conspiradores son
más de tres españoles inclinados sobre un alemán
muerto?
Previsiblemente, todo. Imprevisiblemente, la exactitud: los enciclopedistas
españoles no se equivocan al registrar las fechas y los
lugares de nacimiento y muerte de Frank Wedekind: 24 de julio
de 1864, en Hannover; 9 de marzo de 1918, en München. Transcribo
el esfuerzo posterior por mitigar ese antecedente: "Franz
Wiedekind Ilegó después del otro gran meteoro. El
cometa Büchner había iluminado el alma del más
solitario de los hombres, Juan Cristóbal Wozzeck
(1770-1824), quien muriera ejecutado en la Plaza Central de Leipzig.
Tal vez por eso, su compatriota y sucesor, cuya vida es imposible
reproducir aquí, pero del que puede decirse que en materia
de oficios conoció la variada gama que le esta reservada
al que nace en miserable hogar, desde troubador hasta marchand
de objetos finísimos, dio en imaginar la vida de la más
solitaria de las mujeres. La pequeña Lulú
de Wedekind padece infortunios dignos del dudoso honor que representa
ser quien ella en verdad era, no obstante lo cual puede decirse
que resulta una de las heroínas trágicas más
interesantes de la dramaturgia contemporánea. Sus aspectos
tornadizos, que van de la catadura de musa fatal a la de nueva
Taglioni, son metamorfosis evidentes que el arte expresionista
del autor, pasando con trazos maestros del hondo realismo ibseniano
a la caricatura de gruesos contornos en el estilo de Jorge Grosz,
realiza a expensas de la credulidad de un público que,
maravillado por la audacia, no podía aún reconocer
en las tablas las contradicciones a hipocresías propias
de la decadencia."
Hasta ahí los inadvertidos colaboradores. Poco importa
la imaginación ortográfica y la cronología
incierta, que hace, en algunos casos -Wiedekind, por ejemplo-
redundante y en otros -Leipzig- ecolálico el sic y que
alarga una década la ida del verdadero Johann Christian
Woyzeck; poco importa la invención narrativa ("la
variada gama que le está reservada al que nace en miserable
hogar", ¿Wedekind trovador?); sí, en cambio,
el salvajismo eufemístico ("infortunios dignos del
dudoso honor que representa ser quien ella en verdad era"),
porque condesa, aun en esta gravosa antología del error,
una involuntaria proeza: la mezcla de pudibundez y misoginia en
proporciones exactas; si el poder profético de los dilatados
redactores, la prolepsis que convierte a la protagonista de Der
Ergeist, la obra de Wedekind (EI espíritu de la tierra)
en una niña precoz de la historieta que también
solía soñar: la pequeña Lulú.
Como el Woyzeck histórico en esa síntesis de genio
dramático y oportunismo epocal que fue Büchner ("el
cometa Büchner", para nuestros enciclopedistas), la
pequeña Lulú de Wedekind fue el agente
de una gran perturbación. No es raro entonces que Berg
-el lúcido, el lírico Berg- hallara la cuerda tendida
que va del Wozzec a Lulú. Había
nacido para ahondar los misterios, no para banalizarlos.
El paraíso opuesto
En sus
memorias, Osbert Sitwell cuenta que durante mucho tiempo -la primera
guerra no había estallado, la espesa "Edad de Oro"
que Steiner detecta estaba en su apogeo- vio de lejos a un hombre
enigmático, alto y enigmático, a quien juzgo un espectro
artístico o algo parecido. En cualquiera de esos lugares
en los que el buen Osbert quería figurar -una incrédula
función de EI pájaro de fuego, una muestra de los
post impresionistas en Grafton St., la feria de vanidades del futurismo
en las galerías Sackville-, el hombre aparecía. Sus
rasgos distintivos eran la casi ausencia de mejillas, los pómulos
altos y una apariencia general de pies roja cívico y desconcertado.
Iba vestido como todas las cañas pensantes que establecieron
el canon de elegancia entre un siglo XX de pasos veloces y un siglo
XIX que se atrasaba, pero la aItura hacía olvidar la semejanza
con los demás hombres y la rutina de sonámbulo la
costumbre impuntual de los fantasmas.
Tiempo después (¿el Prometeo de Scriabin,
el estreno de Rosenkavalier, un concierto de Fauré
dirigido por él mismo?), Osbert Sitwell averiguó quién
era: Ronal Firbank. Dice también que nunca vio a nadie parecido,
excepto a Alban Berg.
Augustus John y Schoenberg han dejado pruebas.
Unos años antes de haber sido visto sin estar ahí,
Alban Berg tenía un propósito muy claro para asistir
a conferencia, la que dio Karl Kraus acerca del personaje y el mito
de Lulú.
Acaso la vida social lo pierda todo, a la espera de tímido
Marcel que recupere, dorsal, la caligrafía sin estilo de
las fiestas, los lujos y miserias de un sueño de susurros.
La vida social en Viena o en Londres -ciudades igualmente irreales
para Eliot- debieron de imponer una vigilia similar a Firbank y
a Alban Berg. Pero las singularidades deI destino (que aborrece
las analogías fisonómicas), Ias pequeñas quebraduras,
los golpes de suerte, fueron seguramente dados como una vicisitud
exclusiva. Así, esa mujer demasiado sensible a la vanidad
masculina, que traza en un bostezo bovárico todo un horizonte
de "artistas interesantes", volvía después
en una racha de sueño, o en los tempranos aforismos que Kraus
distribuyó en los primeros lustros del siglo.
"Las mujeres tienen por lo menos la toilette", escribía
o decía Kraus, "pero los hombres ¿con qué
cubren su vacío?" Wedekind y Berg supieron de esas cosas.
AI desamparo de ser criaturas inconfesables, sumaron la resistencia
de no asistir al estreno de casi todo. El personaje y el mito de
Lulú, que antecede casi todas las reiteradas primicias, fue
ese delicado manchón estratégico sobre la tela en
blanco, el vacío sin toilette. Lulú escapa por todos
lados por la fiereza de su reclamo.
En ese punto no se equivocaron tanto los redactores de la enciclopedia:
la soledad central de Lulú es como la de Wozzeck, el personaje
de Büchner, no el histórico.
Por eso mismo, Berg será infalible en sus elecciones, terco
en sus tratamientos. Entre 1919 y 1921, este solitario entre los
solitarios, compone su Wozzeck, de escritura atonal, en
tres actos con 15 escenas independientes; entre 1928 y 1935, Lulú,
de escritura serial, en tres actos más prólogo que
conforman "una unificación en arco". Büchner,
Wedekind, Kraus constituyen la pantalla referencial. El genio de
Berg no se somete a ningún servicio, modestamente. Rechaza
la imposibilidad gratuita en pos de "expresar con sonidos el
contenido espiritual de la obra de Büchner" (Berg, "El
problema de la opera"); rechaza la violencia terrenal de Wedekind
en pos de una desmesurada arquitectura que es, en esencia, violenta,
no agresiva; rechaza la coquetería aforística de Kraus
en pos de un arte constante, paciente y apasionado. En las orillas
de los ismos, como artesano virtuoso frecuentado por el genio, Berg
se limita a hacer con ese todo un poco.
Pero ese poco es un mundo, al que habría que dedicar, si
se dispusiera de otras, una vida. No importa ahora nuestra mezquindad,
nuestra avaricia.
Acaso hoy solo importe nuestra percepción -después
de Berg, después de Mondrian, después de Joyce. Parece
que las luminarias no quisieron interrumpir con fuegos artificiales
una continuidad; prefirieron instalar, en medio del jardín
en ruinas, la transparencia eficaz del paraíso opuesto.
(LULÚ
número 1, Septiembre de 1991) |