Hacia una Lulú
domesticada
Nueva puesta en París
Esteban Buch
¿Lulú,
lo dice el domador en el prólogo, es una 'bella fiera salvaje".
¿Será un día domesticada?
Salvaje, la segunda ópera de Alban Berg lo era por su tema
y por su lugar singular en la música del siglo XX; también
por su carácter inconcluso, con el cadáver de Berg
atravesando la partitura; y una vez completada por Friedrich Certha,
por lo excepcional de su estreno, con Pierre Boulez y Patrice
Chéreau en la Ópera Garnier de París. La
prohibición de Chéreau de difundir esa primera versión
integral hacía que, desde esa mítica puesta de 1979,
nadie hubiera vuelto a ver Lulú en París.
Y al escuchar el disco uno solo podía imaginar que Teresa
Stratas también había sido una mujer, capaz de hacer
carne la triada fatal: seducir, destruir, ser destruida.
Con la puesta en el Thèâtre du Châtelet de
París, en octubre 1991, Jeffrey Tate y Adolf Dresen han
integrado definitivamente a Lulú al repertorio operístico:
aunque se la considere la mejor de todas, es ahora una ópera
más, es decir una ópera posible. Una ópera
cuya historia comenzará a contarse por la modulación
estilística de sus puestas, y no por su singularidad trágica.
Fatalidad del tiempo, ya anticipada por la puesta de Ginebra de
1985, que ahora culmina en el centro geográfico de la consagración.
Pero también, un resultado de la elección estética
de Dresen, responsable de su primera puesta convencional.
La puesta de Dresen, protagonizada por la norteamericana Patricia
Wise, ubica a Lulú en un imperturbable universo
burgués, con decorados naturalistas, con actuaciones signadas
por el verosímil novecentista. La desviación está
dada por un leve, muy leve distanciamiento kitsch (el ridículo
derrumbe de objetos que sigue a la muerte del pintor, unas horrendas
palmeras en el salón de Schön el cuadro final como
un Dickens desordenado...). Pero todo tiende a favorecerla interpretación
del automatismo contestatario: Lulú, la fuerza
natural del erotismo, que viene a perturbar las tersas seguridades
de la burguesía fin de siècle; en suma, el malestar
de la cultura -de aquella cultura.
El confort ideológico de Dresen (brechtiano de origen,
exilado de la R.D.A. en 1977, prepara actualmente la Tetralogía
para la Ópera de Viena) puede rastrearse en sus palabras:
el personaje Lulú es "un trozo de naturaleza indomada",
"como la levadura fermentando el orden burgués, la
revolución pasiva del vegetal". La opera Lulú,
dice, no es otra cosa que un "cuento con sentido moral".
Cerrada, entonces, la dimensión inabarcable del horror:
el espectador tendrá boleto asegurado para la compasión.
Y eso que Jeffrey Tate quería otra cosa: "Si Adolf
Dresen se atiene a nuestra común interpretación,
su Lulú será una farsa macabra", declaraba
antes del estreno. Y eso que Jeffrey Tate hizo otra cosa, convirtiendo
a la Orquesta Nacional de Francia en el pulmón de la angustia
de Lulú, privilegiando la fuerza lírica de la partitura
sobre la complejidad de su estructura. No sin agregar, en ese
reportaje reproducido por la revista del Châtelet, una frase
que ahora resulta tentador leer como advertencia: "Todos
los personajes de Berg poseen vida y fuerza suficientes para imponerse
al espectador aun cuando la puesta es mediocre".
Si Lulú no sale completamente domesticada de esta
experiencia, se lo debe en primer lugar a Patricia Wise, magnifica
serpiente, capaz de encarnar la extraña ambigüedad
de la que siente/no siente, sufre/no sufre, sabe/no sabe. Dispuesta
a todo para decir con el cuerpo y la voz que la mentira de la
ópera duele más que la de la vida. Su talento permite
a la puesta escapar a la grosera metáfora vegetal, manteniéndola
en esa zona caliente de la opacidad de las pasiones.
También se resisten a dejarse tomar por el engranaje de
la buena conciencia el Schigolch de Hans Hotter y la condesa Geschwitz
de Brigitte Fassbaender, dentro de un elenco de excelente nivel.
Y, por si no está claro, el propio Jeffrey Tate. Es de
mal gusto decirlo, pero puesto que a Tate le gustan las farsas
macabras: la presencia mágica en el foso de este hombre
cruelmente jorobado evoca toda la torsión moral que uno
buscaría inútilmente sobre el escenario.