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¿Cómo
habría sido la tercera ópera de Berg?
Pierre Boulez
La
pasión de la simetría
Lulú
es por cierto una "moralidad", una especie de Rake´s
Progress: ascensión social hasta el asesinato de Schön,
su rico protector, luego degradación progresiva de su condición
hasta el estado miserable de prostituta en Londres. Berg acentuó
voluntariamente esta simetría confiando los tres roles de
"clientes" de Lulú en las calles de Londres a las
tres personas que mueren por culpa suya. El médico, el pintor,
Schön en los dos primeros actos corresponden respectivamente
al profesor, al negro, a Jack el destripador en el tercero. Schön,
muerto por mano de Lulú se transformará en Jack, por
cuya mano morirá Lulú. iQué no se crea en una
simple economía de teatro en una pieza con numerosos personajes!
Berg inventó este paralelismo que no estaba en Wedekind,
y lo subrayó con referencias musicales tan evidentes que
es imposible engañarse sobre su significado: Además,
modeló y reordenó a Wedekind de modo de acentuar el
arco constituido por este ascenso social y esta degradación.
La estructura general de Lulú es clara: los tres
actos están construidos en dos partes -una vertiente ascendente
y una vertiente descendente- con un interludio en en centro. Berg
lo explicó en una carta a Schoenberg:
"Como debo cortar las cuatro quintas partes del texto original
de Wedekind, la elección de lo que voy a conservar en el
último quinto suscita dificultades. Y tanto más aún
si me esfuerzo en subordinarlos a las formas musicales (grandes
y pequeñas) sin destruir el lenguaje particular de Wedekind...
Sin embargo, aunque obstaculizado por problemas de detalle, el plan
general para transfomar la pieza en una ópera está
establecido desde hace largo tiempo. Esto concierne tanto a las
proporciones musicales como dramatúrgicas y más particularmente
al escenario, que, en resumen, se presenta así:
Las
dos piezas
La
ópera
Acto I.- Estudio de pintor, donde el doctor Goll, marido de Lulú,
muere de un ataque.
"El
espíritu de la Tierra" Acto II.- Departamento de Lulú
y de su segundo marido, el pintor, que se suicida. Acto I (3 cuadros)
Acto
III.- Palco de teatro de la bailarina Lulú, a la que Schön
promete matrimonio.
ActolV.-
Departamento de Schön donde Lulú lo mata. La detienen.
Acto II (2 cuadros separados por un largo interludio)
(En Berg 2 años de pasión)
Después
de diez anos de prisión, Lulú es liberada por el hijo
de Schön, Alwa, y la condesa Geschwitz y vuelve al
Acto
I.- Departamento de Schön (mismo que antes). Se convierte en
amante de Alwa.
"La
Caja de Pandora" Acto II.- Sala de juego en París. Lulú
debe huir. Acto III (2 cuadros)
Acto
III.- Una mansarda en Londres.
"En
las columnas de izquierda y derecha ves cómo he reunido deliberadamente
(en mi acto II) partes que están separadas en Wedekind; en
él se trata de dos piezas. El interludio con el que he ligado
el último acto de EI espíritu de la tierra, con el
primero de La Caja de Pandora es por cierto eje de toda la tragedia,
pues es en ese punto donde el ascenso de la primera parte deja lugar
al descenso de la segunda."
Este episodio bisagra, el encarcelamiento de Lulú, que no
se ve en escena -y para el cual Berg había pensado en una
realización filmada- sirve de eje a la forma entera de la
ópera. Es curioso ver cómo de las dos piezas de Wedekind,
cuyo corte está balanceado en forma distinta, Berg saca tres
actos cuya simetría desplaza el acento dramático de
la muerte de Schön hacia la ausencia momentánea de Lulú
por el encarcelamiento, punto de no-retorno en la ópera.
Este gusto por la forma simétrica Berg lo manifestó
muy temprano. Pero al avanzar en su obra, esta simple preocupación
se fue convirtiendo en una obsesión esencial. Todas sus últimas
composiciones se basan en esquemas que obedecen a una simetría
más o menos escrita. Es el caso de la Suite Lírica,
donde tres movimientos cada vez más lentos alternan con tres
movimientos cada vez más rápidos, y donde el movimiento
rápido central -allegro misterioso- es a su vez simétrico.
Es el caso del Kammerkonzert, donde la simetría
de los dos primeros movimientos se inscribe en el tercero, combinación
de los dos primeros; es el caso de EI vino, donde el movimiento
central simétrico sirve de eje a los dos movimientos extremos
que son uno la imagen del otro; es el caso del Concierto para
violín.
Sin embargo, no hay que exagerar la importancia de este principio
con el que Berg, incluso cuando lo aplica, se toma muchas libertades.
En Lulú, busca a menudo equilibrios momentáneos
por simetría. Se pueden encontrar ciertas "Miniformas"
que son modelos de este empleo restringido, como el sexteto de la
tercera escena del acto I. Se abre con un golpe de tam-tam (compás
1.177), se desarrolla en crescendo hasta un calderón (compás
1.190) y redesciende simétricamente en diminuendo hasta el
final, señalado por un nuevo golpe de tam-tam (compás
1.203); trece compaces de un lado, trece del otro, y un compás
central con una pausa. En el movimiento general de la escena, esta
pequeña pieza es un paréntesis, una especie de burbuja
suspendida en el tiempo. Berg indica: Quasi a tempo, ma piú
tranquilo. Por mi parte, tomo un tempo netamente mas lento,
con el fin de hacer más evidente esta suspensión de
la acción en que todos los personajes están detenidos.
En muchos otros pasajes, si bien la construcción responde
a este mismo principio de equilibrio formal, es evidente que la
aplicación no es tan rigurosa. EI empleo sistemático
de la simetría resultaría terriblemente fastidioso,
y Berg contradice sin cesar tal regularidad.
La invención de las formas
Mucho
más que este procedimiento, uno de los fenómenos más
complejos y más atractivos en Lulú es la
explotación de las formas musicales múltiples. Woyzeck
de Büchner era un esbozo póstumo cuyo lenguaje existía
ya con fuerza, pero al que había que proveer de forma. Así
Berg pudo ordenar las escenas de Büchner, sin forzarlas artificialmente,
en un esquema general en el que la estructura musical va a crear
la estructura dramática.
Frente a Wedekind, el problema es totalmente distinto, Berg se encuentra
en presencia de dos piezas terminadas; el lenguaje de Wedekind es
discursivo, mientras que Büchner concentraba una situación
en un intercambio lapidario. Por lo tanto tiene que deducir, en
el sentido literal del término; también tiene que
evitar la dispersión en la anécdota.
Por mi parte, la primera vez que me acerqué a este texto,
tuve más bien una reacción negativa. ¿Qué
es lo que la música puede hacer, estilísticamente
hablando, a partir de semejante obra? Adorno, al que interrogaba,
me respondió: "Espere a conocerla mejor". Y debo
confesar, en efecto, que el texto va mucho más lejos que
ciertas apariencias. Sobre todo, la manera en que Berg lo ha condensado
le confiere una agudeza en la que yo no propendía a creer
en el comienzo.
La reducción que efectúa es doble: en la dimensión
de la obra, naturalmente, pero también en el interior mismo
del "fenómeno" que él remite a sus rasgos
esenciales. En esto, se deja guiar siempre en el sentido de la relación
formal evidente. Para él, lo importante es conservar el impulso
narrativo, el flujo dramático, e insertarlo a la vez en una
red formal "de seguridad". Berg se daba muy bien cuenta
de que corría permanentemente el riesgo de caer en la anécdota.
Desde el comienzo anuncia claramente: sí, la anécdota
existe, pero se situará en una red tan apretada que nunca
se la podrá percibir únicamente como tal; quedará
magnificada por el aspecto formal de la música.
Esta voluntad se encuentra hasta en los nombres que da a los personajes
secundarios, Ilamados por un nombre genérico: ya no hay Rodrigo,
sino el atleta; ni Puntschu, sino el banquero; ni Hugenberg, sino
el estudiante... La acción se focaliza sobre los personajes
principales. Lulú, Schön. Schigolch, Geschwitz, y reduce
a los demás al anonimato.
Aquí Berg aparece como el punto de Ilegada -consciente y
voluntario- de dos tradiciones paralelas en la evolución
de la opera en Alemania: una representada principalmente por Mozart
(y Beethoven, naturalmente), que se podría Ilamar la ópera
de números, y la otra representada por Wagner, la ópera
continua. Ya en Wozzeck había un ensayo de formalización
de las relaciones entre la música y el texto, pero mucho
menos compleja que en Lulú. A lo largo de Wozzeck
a una escena correspondía una idea, sea formal estricta o
no -sonata, formas preclásicas- sea táctica -invención
sobre un sonido, sobre un acorde-.
El inmenso progreso de Wozzeck a Lulú consiste
en que el pasaje entre las escenas, siempre separadas por interludios,
ya no existe. Hay en cierto modo una fusión completa de la
continuidad con la separación formal. Berg Ilega a ello,
en particular, mediante lo que convendría Ilamar un collage;
no en un encuentro al azar, sino una repartición estructural
que utiliza como elementos formales las relaciones dramáticas
de los diferentes personajes en situaciones dadas, consideradas
como prototipos de la acción.
Para
una dramaturgia que no esta tabicada en escenas cortas como las
de Wozzeck, sino que se desarrolla en largas duraciones,
con entrecruzamientos y retornos, esta formalización requiere
una mayor flexibilidad y profusión de medios. Las formas
en Lulú son más versátiles. Se superponen
dentro mismo de una escena y a veces se sustituyen unas a otras
(sobre todo en la primera escena del tercer acto). Berg ha recurrido
unas veces a formas tan flexibles que son casi no-formas -melodrama,
recitativo- e implican, en todo case, una obediencia directa al
texto, y otras veces a formas estrictas que con un menor o mayor
grado de coerción fuerzan al texto a insertarse en una dialéctica
musical basada en diferentes tipos de criterios, vinculados con
el ritmo y con los esquemas tradicionales.
Es en ese sentido que se podría hablar de formas aceptadas,
coma la Sonata, el Canon, aceptadas y retomadas de la historia,
y de formas inventadas en que una jerarquía específica
-como la del ritmo- va a dominar las demás dimensiones del
lenguaje.
No hay que tratar de caracterizar a los personajes por formas. Schön
no es la sonata, Lulú el arioso... Las relaciones no son
tan rígidas, sino que existen correspondencias netamente
subrayadas. Por ejemplo, todo lo que se refiere a la novia, al matrimonio,
a la coquetería y a la superficialidad de una cierta sociedad
mundana está expresado con características de estilo
gavota, musette, que se refieren al pasado. Este neoclasicismo desaparece
cuando la caracterización de los personajes o de las situaciones
ya no lo requieren. Y la utilización de estas formas desusadas
puede prestarse a confusión. Hace una treintena de años,
yo me decía: "Por Dios, ¿porqué Berg sintió
la necesidad de escribir una gavota? iEn Wozzeck se expresa
muy bien sin recurrir a esas antiguallas! Comprendí más
tarde que tales formas no podían, no debía tomarse
en sentido literal. Berg las emplea a los fines del análisis
crítico de una situación dramática. La gavota,
como acabo de decir, está ligada a la idea de un matrimonio
eventual entre Schön y su novia, a la coquetería de
Lulú, que suena con casarse; tiene una referencia evidentemente
sarcástica, su "bonitura" no es su finalidad.
Berg no nos permite nunca olvidar que sabe manejar la ironía.
Aun para caracterizar a un personaje por el que siente afecto, como
Alwa, le ocurre a menudo que da un tono irónico a su sentimentalidad:
mezcla notablemente sintomática de su manera de ser (en particular
en los Altenberg Lieder). Para otros personajes, incluida
Lulú, recurre a una burla más corrosiva. La usa de
una manera muy diferente según la fisonomía de los
personajes. En el caso del atleta, la burla es brutal, directa,
construida con los medios más manifiestamente groseros: se
golpea con los puños y el antebrazo sobre el piano, teclas
negras, teclas blancas, glissandos; así se tipifica a un
personaje cuya principal virtud es la grosería.
Pero existen medios más sutiles de irrisión: especialmente
el recurso de las fomas pasadas, de los ritmos anticuados, de los
giros demasiado dulzones para que podamos aceptarlos como moneda
de buena ley. Es así como el aspecto "neoclásico"
de esta ópera, el empleo de la Canzonetta, el Duettino, la
Gavota, la Arietta, la referencia expresa a denominaciones escritas
tomadas sobre todo de la obra italiana de comienzos del siglo XIX,
la parodia estilística y la coquetería con medios
desusados, pueden entenderse como la descripción irrisoria
a los caracteres en escena, y no como un "retorno" a formas
pasadas.
La escritura liberada
En cuanto
al lenguaje musical mismo todos sabemos que se fundó sobre
la técnica de la serie de doce sonidos. ¿Es tan importante?
Desde el punto de vista de aquello a lo que la serie obliga, ciertamente.
Berg como discípulo fiel de Schoenberg, acepta el dogma de
la unidad predicado por su maestro; en principio, pues, una sola
serie preside la invención de la temática, la invención,
la escritura. De hecho se trata de una respetuosa simulación:
la serie original se vuelve rápidamente una referencia mítica,
a la que Berg solo recurre por precaución.
El momento de su aparición, en la ópera, no carece
por otra parte de ironía. El domador, al dirigirse al publico
en el prólogo, dice: "No hay nada extraordinario que
ver". "Es ist jetzt nichts Besondres dran zu sehn"
¡mientras canta la serie en su forma original!
iEs también irónica esta descomposición del
total cromático en tres séptimas disminuidas que Berg
superpone desde el quinto compás y que utiliza sistemáticamente
en el tercer acto! Es la única guiñada a las convenciones
perimidas de la ópera tradicional, en que la séptima
disminuida ha sido siempre instrumento perentorio de la tensión
dramática.
Desde el comienzo de Lulú Berg exhibe sus intenciones
de utilizar los doce sonidos respetando menos las reglas que sus
propias necesidades. ¿Qué hace con la serie? Mediante
artificios difíciles e incluso imposibles de develar si no
se conocen sus mecanismos, crea figuras temáticas que se
adhieren a los diferentes caracteres: Lulú, Schön, Alwa,
Schigolch, a las situaciones y sentimientos múltiples que
atraviesan la acción y se entrecruzan. En este sentido, la
serie única da origen a verdaderos leitmotiv wagnerianos
muy fuertemente caracterizados, aumentados incluso mediante una
fijación instrumental que ayuda al oyente a percibirlos como
señales: entre otros, el piano para el atleta, el violín
para el marqués, el saxofón para Alwa. Lo notable
es la simplicidad de la mayoría de estos elementos que se
prestan a las combinaciones más complejas sin dejar de ser
identificables. Se trata realmente de Erinnerungsmotive,
de motivos de reminiscencia, come los Ilamaba Berg.
En lo referente al dogma de la serie promulgado por Schoenberg,
la actitud de Berg consiste en respetarlo y a la vez ignorarlo:
manipula la serie con tal libertad que saca de ella lo que allí
quiere encontrar. Ciertas figuras musicales existirían igualmente
sin ella; el cromatismo de Schigolch, el pentatonismo del atleta,
las quintas de Geschwitz, todo eso se lo arranca a la serie sin
otra justificación que la voluntad de ubicar los signos dramáticos
deseados dentro del cuadro magistral schoenbergiano: astucia suprema
de la obediencia que pliega la ley a sus propios fines.
Quedan por tratar los problemas de la escritura vocal. De entrada,
en lo que concierne a la elección de las voces, Berg sigue
las convenciones de la ópera: Alwa, el enamorado, es el tenor;
Schön, su padre, es un barítono -es difícil imaginar
esto al revés-; Geschwitz, cuya personalidad es más
bien masculina, es una mezzo; el estudiante travesti, una contralto...
Por simples razones de credibilidad y de utilización de la
totalidad de la escala vocal, Berg no tenia ningún interés
en apartarse de las reglas tradicionales.
La elección de una voz de coloratura para Lulú,
en cambio, tiene con toda seguridad un sentido particular. En el
repertorio lírico que Berg conoce y ama, el único
rol de coloratura que existe es el de la Reina de la Noche. La seducción,
el peligro, la oscuridad que ella simboliza tienen sus correspondencias
con la imagen de Lulú. Pero el acercamiento de ambos personajes
no puede ir más allá de esta evocación vaga,
de esta simple alusión, como se complacía Berg en
señalarlo hasta en el menor de sus gestos.
La escritura de las voces es muy compleja y las exigencias de Berg
hacen a veces difícil su ejecución. Distingue seis
modos de interpretación:
1° - diálogo no acompañado;
2° - prosa libre (acompañada);
3° - prosa determinada rítmicamente por los corchetes
de las notas y sus ligaduras, sin altura precisa;
4° - Sprechstimme determinada en la altura y el ritmo
(Berg remite a las explicaciones de Schoenberg en Pierrot Lunaire
y La mano feliz);
5° - medio cantado;
6° - totalmente cantado.
Lo más problemático es el modo Sprechstimme:
¿hay que observar o no exactamente las alturas de sonido?
Cuando el registro de la voz hablada y el de la voz cantada son
semejantes, como en un barítono, por ejemplo, la interpretación
del Sprechgesang sólo implica dificultades menores. En cambio,
si como en Teresa Stratas la voz hablada es muy grave, nos encontramos
ante una elección imposible: sólo se puede respetar
la verdad dramática en detrimento de la verdad musical. Por
mi parte, en caso necesario, prefiero liquidar las notas en beneficio
de la expresión, como por ejemplo en el diálogo del
acto I en que Lulú dice a Schön: "Meines Mannes",
"marido mío" (compás 615).
Berg, en realidad, fantaseaba con utilizar la voz como uno puede
servirse de las múltiples posibilidades de un violín,
sea arco, pizzicato, collegno, sul ponticello, sul tasto ... Su
prob!ema -que por lo demás es también el de Schoenberg-
consistió en que se encontró excluido de la práctica
musical cotidiana, fue condenado al aislamiento por la clase dirigente
oficial. Wagner había dirigido un teatro y conocía
por experiencia directa las posibilidades y los límites,
los defectos y las cualidades de los cantantes de repertorio. Cuando
Berlioz escribe para la orquesta, se sabe que al basarse en una
práctica personal, todo será ejecutable (el scherzo
de la reina Mab, sin embargo, sigue siendo una pieza extremadamente
difícil).
Pero en la obra de Berg o de Schoenberg algunos conceptos son inciertos,
se deben más a la especulación que al contacto con
la realidad, y puede parecer ilusorio empeñarse en darles
soluciones satisfactorias. Aunque Berg sea un maníaco de
la precisión; uno se ve forzado a veces a adoptar soluciones
de compromiso para los problemas que plantean sus exigencias.
Como quiera que sea, desde el simple punto de vista de la dificultad,
Lulú presenta un abordaje más accesible que
Wozzeck. ¿Es el beneficio de la experiencia? La
complejidad es más profunda; hay que ir a buscarla en el
ordenamiento formal, en las relaciones múltiples establecidas
en el curso de la obra entre estos diferentes organismos que son
los temas, los esquemas, los ritmos; se trata de una simplicidad
engañosa de la escritura que oculta una riqueza y una profusión
muy cercanas a lo inagotable.
En cuanto a las referencias a las músicas del día
-jazz, ragtime-, si bien sacan a Wedekind de su contexto 1900 para
ubicarlo resueltamente en el momento mismo de la composición,
muestran también la permeabilidad de Berg a la actualidad,
a las corrientes culturales de sutiempo, sin que sea de ninguna
manera desdeñable, en este caso, el ejemplo de Stravinski,
de Hindemith y de Weill.
Sería vano querer volver hoy a las fuentes de Berg y fijarse
en los años 1900. El compositor, en su trayectoria hacia
la realización de su obra, destruye el mismo sus fuentes.
Quedan como secreto suyo: se pueden descifrar los entornos de este
secreto, pero nunca descubrirlo. Hay que cuidarse de ciertas nostalgias
históricas: la obra se enriqueció en el camino como
un río con los aluviones que va drenando. Lo interesante
es considerar el trabajo del compositor corno la partida hacia otra
aventura, la de quien se apropia de la obra. Lo que nos enriquece
no es encontrar al compositor, sino encontrarnos a nosotros mismos
a partir del compositor. iQué importa la divergencia si es
productiva!
A decir verdad, si nos atenemos a la lección histórica
Lulú marca la intrusión de la modernidad
en la ópera -el último momento en que la ópera
moderna representaba una búsqueda válida, bajo esta
forma directamente heredada de la tradición-. Si insistimos
sobre la divergencia, resulta legítima la absurda pregunta:
¿cómo habría sido la tercera ópera de
Berg?...
(Extraído
de "Lulú: la segunda opera"; en Pierre Boulez,
Puntos de referencia, Barcelona, Gedisa, 1984.)
(LULÚ
número 1, Septiembre de 1991) |