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El ministro
de asuntos exteriores del país de sus sueños
T. W. Adorno
Tono
A una
mirada de tipo clasificador Berg podría parecerle -dentro
de la época moderna y sobre todo de la escuela de Schoenberg,
a la que siernpre permaneció fiel- como un moderado, precisamente
por la agradable sonoridad de Lulú y la sencillez
del Concierto para violín. Berg nunca cortó
del todo las amarras que lo unían a los recursos tradicionales
de la tonalidad; su última pieza, precisamente el Concierto
para violín, concluye con un abierto Si bemol mayor
con la sixte ajoutée. Cierto que en Berg existen construcciones
tremendamente complejas y difíciles de descifrar. Pero en
conjunto, su arte de la transición, de la mediación
en su doble sentido, consigue atemperar el choque. Por ello también
el público se mostró en principio más inclinado
a su música que a la de Schoenberg o Webern, cosa que le
hacia sentirse muy molesto. Por el contrario, los expertos se complacieron
desde el principio en relegarlo al siglo XIX, dispensando así
a la alegre generación contemporánea de la melancolía
de Berg, una melancolía que por desgracia entretanto se habría
de ver más que confirmada por la propia realidad. Lejos de
querer renegar del elemento anacrónico de su asunto propio,
Berg lo destacó por medio de la instrumentación y
publicación de los románticos Siete Lieder tempranos.
Pero la tensión entre el lenguaje familiar y el extraño,
desconocido, fue eminentemente fructífera: dio lugar al tono
propio de Berg, un tono meditadamente temerario. Entre los exponentes
de la nueva música él es el que menos ha dejado relegada
en el olvido a la infancia estética, el libro de oro de la
música. Berg ridiculizaba el amable concretismo basado en
tal olvido. Debe su concreción y grandeza humana a la tolerancia
con el pasado, al que él deja penetrar, aunque no literalmente,
sino resurgiendo en sueños y recuerdos involuntarios. Se
alimentó hasta el final de la herencia recibida y al hacerlo
tuvo que cargar con el lastre bajo el que se encorvaba su elevada
figura. Ha dejado en su obra sus inconfundibles rasgos fisionómicos.
La tendencia de Berg a desaparecer de escena, a diluirse, constituye
en su fuero interno una unidad con la tendencia a librarse de la
mera vida por medio de una iluminación, de una toma de conciencia,
y la vuelta del pasado, la aceptación pacífica de
lo inevitable, no contribuyen menos a ello que la progresiva espiritualización.
Su música ha asumido desesperadamente la ruptura con la música
burguesa, en lugar de producir el engaño de un estado que
supuestamente estuviera más allá de lo burgués
y que no existe, como tampoco ha existido hasta hoy una sociedad
diferente. Alban Berg se ha sacrificado al pasado en aras del futuro.
De ahí mana la eternidad de su instante, la estabilidad de
un movimiento infinitamente mediado que él nunca dejó
de evocar.
Paisaje de montaña
No puedo
evitar la tentación de hablar del apellido de Berg, ese apellido
que él pronunciaba con tanto calor, sin añadir otra
cosa, cuando descolgaba el teléfono. Cuando pronunciaba su
nombre era como cuando otras personas dicen "yo". Nunca
he conocido a nadie que se pareciera tanto a su nombre. Alban: es
una mezcla del elemento católico-tradicional -los padres
tenían una tienda de objetos de devoción- y del elemento
escogido, refinado, al que este hombre fiel nunca renunció
a pesar de todo su rigor y disciplina constructivos. Berg: su rostro
era un rostro-montaña, un rostro montañoso en el doble
sentido de que tenía los rasgos de un nativo de los Alpes
y de que él mismo recordaba en cierto modo a un paisaje de
montaña debido al noble arco de su nariz, su boca de Iíneas
finas y suaves, y esos ojos profundos y enigmáticamente vacíos
que brillaban como los lagos alpinos. De estatura extraordinaria,
pero al mismo tiempo frágil, como si no diera su propia talla,
solía encorvarse hacia delante. Sus manos, y sobre todo sus
pies, eran asombrosamente pequeños. Figura, actitud y mirada
tenían un no sé qué que recordaban al gigante
torpón y soñador. Era fácil imaginar que todas
las cosas pudieran parecerle más grandes de lo normal y causarle
temor, tal y como se cuenta de los caballos. Tal vez el elemento
microscópico de sus composiciones fuera una respuesta a esto:
los detalles son mínimos, infinitesimales, porque el gigante
los contempla como a través de unos anteojos de teatro. Incluso
tomada como un todo, su música resulta a la vez desmesurada
y frágil, el propio reflejo de Berg. Sus reacciones eran
por lo general lentas, pero de pronto fuertes y bruscas. Sin duda
por eso admiraba tanto el ingenio, la viveza y rapidez espiritual;
esta admiración Ilegaba tan lejos que él mismo desarrolló
un talento propio para los chistes y los juegos de palabras, por
lo general sombríos. Un alumno no muy dotado al que preguntó
si tenía oído absoluto le contestó con impertinencia:
"No, gracias a Dios". Berg adoptó enseguida ese
"gracias a Dios" y raras veces dejaba de usarlo con ocasión
de experiencias molestas y desagradables.
Construcción
Su sentido
literario le resultó fructífero en tanto que compositor
a la hora de seleccionar los libretos para sus dos piezas de teatro
y de su magistral reelaboración para la ópera. Se
sentía esencialmente compositor de ópera y negaba,
sin razón, su sentido para la lírica, así como
un talento primordialmente lírico. En torno a 1926 concibió
la idea de escribir coros según poemas de Ronsard; Werfel
y su mujer le habían hecho fijarse en ellos. Con todo, su
errónea modestia en relación con la lírica
le llevó a expresar una experiencia genuina: las extraordinarias
dimensiones de su persona y su forma de reacción musical
contradecían la tradicional brevedad de la lírica,
por lo que él mismo reunió en el Aria del vino
tres poemas a fin de conseguir una extensa forma trimembre. Las
Piezas para clarinete son la excepción que confirma
la regla. Y sin embargo él nunca concibió proyectos
monumentales en el sentido de la nueva corriente alemana. Pero su
música, que se expande dubitativa, necesitaba grandes superficies,
había quo dejarle tomarse su tiempo. En realidad no admitía
ningún término medio autónomo entre este atomista
trabajo minucioso y la gran totalidad, no admitía ninguna
totalidad parcial; en él lo totalmente pequeño y lo
totalmente grande eran complementarios. El motivo más profundo
para explicar su aversión contra la lírica tradicional
era probablemente que Berg se oponía totalmente a la forma
finita que reposa en sí misma. Su música es una única
transición. Lo que él Ilamaba lo "jovial",
la generosidad, se comunicaba también al gesto musical a
pesar de su tendencia a sumergirse en el detalle; no había
que cortar nada, la música no debía renunciar a nada.
También en esto me pareció desde el principio similar
a Benjamin y muy contrario a Webern. En Berg, construcción
quería decir en realidad tanto como hacer lo máximo
a partir de la nada y después anularlo; una y otra vez, la
completa paradoja. La autodestructiva genialidad consistente en
imponerse tareas imposibles para después acabar por resolverlas
precisaba un apasionado trabajo de artesanía. También
los tipos formales de Berg tienden a separarse en dirección
hacia distintos polos: por un lado el reposo y una modificación
imperceptible y por el otro la perpetua movilidad hasta perder el
aliento. Lo que yace en el medio, la norma de Brahms consistente
en un paso fundamental decidido y captable, le fue siempre ajeno,
al menos hasta Lulú. También en su vida privada
desafiaba la obstinación de la vida a base de objetos técnicos
por los que se volvía loco: el mechero eléctrico,
la máquina de escribir, el automóvil; la torpeza en
materia técnica excitaba sus burlas bonachonas. Le encantaba
darme consejos sobre como debía ajustar la máquina
de escribir y no despreciaba el afeitado como tema de conversación.
En aquella época, en la que esta pesada tarea me resultaba
particularmente molesta, me habría gustado encontrar un remedio
que acabara con mi barba para siempre y me ahorrara esa cotidiana
pérdida de tiempo. Berg se oponía a esta muestra de
racionalismo con un espíritu muy a lo Altenberg: el agrado
que causa en las mujeres un rostro bien afeitado es inseparable
de la sensación producida por la nueva barba que vuelve a
asomar por debajo. Berg descubrió su dialéctica a
base de estos matices. Muchos de los elementos de esta paciente
ocupación en cosas cotidianas y la aplicación de su
afectividad a actividades de pequeña monta fueron a parar
a su música, a la maníaca elaboración de los
detalles. Precisamente porque su tendencia originaria, el impulso
de muerte, reclamaba una amplitud difusa, Berg estaba poseído
por la fidelidad a lo artesanal. Sobre su obra radical vela una
lograda pedantería como solo había ocurrido antes
con el conservador Stifter. Era como si los mecanismos técnicos
quisieran volver a darle a la obra lo que le niega la vida: la música
de Berg, desvalida solo en este aspecto, se protege en todas las
dimensiones, no quiere renunciar a nada, busca un denominador común
de expresión y construcción, alía el choque
de lo caótico con el éxtasis del sonido, los secretos
autobiográficos con una arquitectura planeada en todos los
aspectos.
Seguramente los criterios de su elevado nivel literario, excepcional
entre los músicos alemanes, procedían en parte de
Kraus; pero también, y en la misma medida, de sus facultades.
En todo caso, en este terreno superaba con mucho a Schoenberg y
Webern; el dramaturgo que era podía confiar en sus facultades,
no solo en la elección de ambos temas y en el instinto teatral
con los que los supo disponer, sino lo que es más, en la
posición de su música en relación con ellos.
Benjamin, que estaba bastante alejado de la música y que
durante su juventud había alimentado una cierta animosidad
contra los músicos, me dijo con auténtica agudeza
tras una representación de Wozzeck, que Berg, en
tanto que compositor, se había comportado con el texto de
Büchner como Kraus con Claudius y Göcking. La sensibilidad
literaria de Berg le advertía que no podía componer
esas obras como Verdi sus libretti. El tiempo que media entre los
textos y el compositor es esencial para éste último,
que tiene que ganar distancia respecto de ellos por el principio
de la estilización. Es difícil decir si este es el
presupuesto de la técnica de objetivación de las óperas
de Berg o si tal técnica cerraba por sí misma esta
distancia. En todo caso, y tal vez presintiendo ya la problemática
de toda ópera en la actualidad, Berg sentía que esta
forma ya no se sostiene sin más, a pesar de que rechazaba
enérgicamente toda intención de reforma del género
operístico. Tal vez fue el rango de los textos escogidos
el que le obligó a pagar el tributo de no ponerles simplemente
música como si fueran impotentes. En su modo de tratar los
textos reinaba la tendencia del literato al "salvamento",
un género literario transmitido desde la antigüedad.
Es digno de admiración el extremo cuidado con que Berg transformó
ambos textos sin dañarlos y tornándolos aptos a la
composición, pero, sin embargo, sin preservar una supuesta
Iírica contra una "reflexión" no menos convencional.
Vacilaba entre Pippa tanzt de Hauptmann o Lulú y no sabía
cuál componer. En una tarjeta postal del 11 de enero de 1926
Soma Morgenstern le aconsejaba escoger Pippa; Berg me rogó
que le diera mi opinión personal. En noviembre de 1927 recibí
una carta suya cuyo pasaje principal reza así: "...He
decidido comenzar la composición de una ópera a principios
del próximo verano. A este respecto tengo dos proyectos,
de los cuales uno se llevará a cabo con toda seguridad. Por
lo tanto solo me queda saber cuál. Con este motivo también
le pido su consejo; se trata de, o bien Un Pippa tanzt, o bien Lulú
(esta última reuniendo Erdgeist y Büchse
der Pandora en un libreto en tres actos y 6 o 7 cuadros). ¿Qué
dice Ud.? Como voy a componer necesariamente una de las dos obras
(o eventualmente las dos) y por lo tanto preciso tomar una decisión
sobre cuál de las dos (o respectivamente cuál de las
dos en primer lugar)..." En la parte superior de la cuartilla
con el plan de Lulú Berg ruega la máxima
discreción. Ya no soy capaz de recordar con absoluta seguridad
si fui yo el primero en sugerirle Lulú; en este
género de cosas es fácil equivocarse por narcisismo.
En todo caso abogué por la obra de Wedekind con todo tipo
de argumentos y es posible que convenciera al práctico teatral
que era Berg al hacerle ver las deficiencias dramáticas del
cuento de la fabrica de vidrio, que se diluye después de
un genial primer acto que invita irresistiblemente a ponerle música.
En mi opinión, Gerhart Hauptmann que le fue presentado a
Berg por la señora Mahler en Santa Margherita, no le gustaba
a éste sobremanera. Hacía tiempo que Hauptamnn había
caído en desgracia para Kraus, mientras que Wedekind gozó
eternamente de su favor. La postura de Berg respecto de Kraus era
la de una veneración sin Iímites; siempre que yo estaba
en Viena íbamos juntos a todas las lecturas públicas
de Kraus que podíamos.
Ausencia
Me resulta
difícil describir al Berg profesor, porque lo que aprendí
de él caló hasta tal punto mi propio ser musical que
todavía hoy, después de cuarenta años, no he
conseguido ganar la suficiente distancia para hablar de ello. Cuando
me presenté a él había aprendido ya en lecciones
privadas con Bernhard Sekles todo lo que se enseña en el
conservatorio, exceptuando el contrapunto a cuatro voces de Palestrina,
que aprendí más tarde. Desde nuestra primera clase,
después de haberle mostrado algunas cosas mías, Berg
decidió no hacer conmigo nada propiamente escolar ni formal,
ni tampoco eso que corre por las academias con el nombre de "composición
libre", sino tratar conmigo sobre mis propias composiciones.
Para tener una idea adecuada de cómo era una clase con él
hay que recordar cuál era su específica musicalidad.
También como profesor reaccionaba lentamente, incubando sus
ideas; su fuerza procedía de su imaginación espiritual
y de su disposición, a lo que se añadía una
intensa y original fantasía en todas las dimensiones de la
composición; ninguno de los nuevos compositores, ni siquiera
Schoenberg y Webern, eran hasta tal punto lo contrario de los músicos
de aquellos años, que se esponjaban con su ideología.
Normalmente examinaba con detenimiento lo que yo le traía
y buscaba soluciones para los pasajes en donde yo no había
sabido cómo seguir. Nunca evadía hábilmente
las dificultades ni pasaba por encima de ellas, sino que iba directamente
al nudo del problema. Si alguien sabía hasta qué punto
cada compás bien compuesto es un problema y una obligada
elección entre varios males, éste era Berg. En consecuencia,
educaba mi sentido para el nivel formal musical, me vacunaba contra
todo lo no articulado, lo vacío, y sobre todo contra los
rudimentos mecánicos y monótonos que podían
deslizarse en medio de un material de composición ya libre.
Lo que ejemplificaba a base de casos singulares parecía tan
evidente que quedaba grabado para siempre en la memoria. Así,
por ejemplo, en el acompañamiento de un Lied al que yo concendía
mucha importancia me criticó la sobreutilización de
terceras mayores, a las que era muy propenso en aquella época,
y de esta manera me curó de una vez por todas de la sobreabundancia
armónica. Tenía mucho empeño en la multiplicidad
de figuras distintas entre sí, incluso dentro del espacio
más reducido, aunque, como es lógico, después
siempre estaba dispuesto a buscar una mediación entre ellas.
Todas las correcciones Ilevaban la inconfundible marca de su carácter.
Tenía el cuño de compositor demasiado arraigado como
para poder ponerse en lugar de otro, como se suele decir; por eso,
cualquier persona mínimamente experimentada podría
identificar fácilmente los pasajes de mis composiciones retocados
por él. Pero por mucho que las soluciones Ilevasen su cuño
no dejaban por ello de demostrar una necesidad objetiva, nunca eran
forzadas. Con gran ternura, Berg se aplicaba en librarme de mis
inhibiciones en materia de composición y me daba siempre
ánimos, al contrario de lo que hacía Schoenberg con
sus alumnos. Creo que desaprobaba mi dedicación a cosas ajenas
a la composición. Afin de evitar que me perdiera demasiado
en los detalles, en detrimento del conjunto, o a fin de avanzar
en una pieza que me estaba haciendo desesperar, me aconsejaba no
esbozar durante largos pasajes más que una o dos voces o,
en determinadas circunstancias, incluso ninguna nota en particular
y anotar solo los ritmos y curvas de modo neumático; más
tarde utilicé este truco en la técnica literaria.
Todas las indicaciones que me transmitió tuvieron el carácter
de una enseñanza doctrinaria bajo la autoridad de "nuestra
escuela". En nombre de ella me conminó desde nuestra
primera lección a que adimentara cada nota, casi simbólicamente,
de un signo modificador; sostenido, bemol o becuadro. El principio
primordial transmitido por Berg era el de la variación; en
realidad, todo debía evolucionar a partir de otra cosa y
sin embargo ser diferente. AI contrario de Schoenberg, no le gustaban
los contrastes violentos. Me dio una cantidad no pequeña
de reglas bastante sólidas que seguramente precisaban ser
modificadas y tampoco él tomaba a rajatabla, pero cuya drasticidad
demostró ser muy pedagógica, una manera de poder decidir
sobre lo que se quería Ilevar a cabo en cada caso. Así,
en Iíneas generales distinguía entre dos tipos de
composición: el sinfónico, organizado de manera dinámica
y rica en formas, y el que él denominaba, seguramente con
un término de Schoenberg, "pieza de carácter":
ésta debía definirse por un rasgo, de ser posible
muy marcado, que la distinguiera claramente de lo que la sucediera:
el modelo eran los Lieder según George y el Pierrot
de Schoenberg.
Ya más entrado en años y con un mayor conocimiento
del mundo, Berg desarrolló una especie de diplomática
estrategia de la vida -también para compensar su aislamiento
que era cada vez mayor con el paso de los años- de modo muy
similar a como le hubiera gustado a Benjamin, pero con mayor éxito.
Yo le Ilamaba el ministro de asuntos exteriores del país
de sus sueños y él se reía. Habrá habido
pocas representaciones del Wozzeck en las que los principales
implicados, sobre todo los directores, no hayan recibido alguna
fotografía suya con generosas dedicatorias. En la actualidad
habrá más de un director de orquesta que pueda vanagloriarse
de haber recibido el elogio de que su dirección fue la mejor
de todas; la verdad es que tal vez la única que le pareció
auténtica fue la de Erich Kleiber. Pero esta actitud del
Berg maduro no tenía nada de desprecio con las personas.
Poco a poco había aprendido a poner su generosa y servicial
gentileza, en principio contraria al principio de realidad, al servicio
de éste, aunque sin parecer darse cuenta. He observado muchas
veces esto mismo en personas tímidas y vulnerables. En la
medida en que sentía que su antagonismo hacia lo establecido
era irreconciliable aceptaba sus éxitos, ya de entrada, como
una serie de malos entendidos, de manera que desarrollaba la táctica
como su derecho de hombre. El que quisiera moralizar al respecto
se estaría haciendo portavoz de un mundo que exige tanta
más inmediatez cuanto más básicamente la impide.
Berg volvía sus propias armas contra él. Al adoptar
su posición monadológica seguía las reglas
del juego mundano de inquebrantable autoconservación de lo
individual, y de esta manera defendía su integridad. Durante
los once años que lo conocí siempre sentí de
manera más o menos clara que, en tanto que persona empírica,
nunca estaba del todo presente, nunca jugaba del todo el juego;
esto se veía muy bien cuando caía en momentos de ausencia,
fielmente reproducidos en la vacía expresión de sus
ojos. No era idéntico consigo mismo, tal y como predica el
ideal intocable del existencialismo, sino que poseía una
inatacabilidad propia, incluso algo de una falta de participación,
de una actitud de espectador, del tipo que Kierkegaard despreció
en lo estético solo por puritanismo. Hasta la pasión,
mientras se entregaba a ella, podía ser una materia para
la obra de arte; seguramente Wagner, abandonando mujer y amante
y escapando a Venecia para escribir allí el tercer acto del
Tristan, se comportaba de manera muy parecida; algo análogo
han constatado Thomas Mann, Gide, Proust. El existir empírico
de Berg estaba sometido a la primacía de la producción;
él mismo se afinaba en tanto que instrumento propio, y la
sabiduría de la vida quo había adquirido solo pretendía
crear las condiciones necesarias para llevar su obra más
allá de las flaquezas físicas y las resistencias psicológicas.
Sabía tan cercana la muerte que tomaba la vida como algo
provisional y solo se entregaba a eo quo podía perdurar,
pero sin dureza ni egoísmo. En Berlín salvó
un día a un hombre a punto de ser aplastado por el metro
poniendo en peligro su vida. De manera elemental estaba siempre
dispuesto a regalar todo lo que tenía, también lo
más precioso: su tiempo. Su distancia frente a lo humano
era más humana que lo que pasa por humano entre los hombres.
No se agarraba a su vida con uñas y dientes; su vida estaba
situada como bajo una claúsula de salvedad, a la vez narcisista
y generosa. Tal vez de ahí su ironía. Si es verdad
que los intelectuales no deben ser padres, entonces Berg era el
menos paternal de todos; su autoridad estaba completamente desprovista
de una esencia autoritaria. Berg consiguió no volverse adulto
sin permanecer infantil.
(LULÚ
número 1, Septiembre de 1991) |