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Modos de valor
a la muerte de Messiaen
Esteban Buch
"Así,
Dios ha llamado a Su lado a aquel con el que durante tanto tiempo
dialogó por medio de los pájaros. Obediente, Olivier
Messiaen nos ha dejado, y en adelante algo cambió en el reino
de aquellos que veían en este hombre excepcional algunas
razones esenciales para creer en un mundo mejor."
El tono de la revista dominical del diario conservador Le Figaro
podría suponerse residual en el marco de la laica cultura
francesa, que ya ha sabido enterrar a muchos de sus próceres.
Sin embargo, no resulta discordante dentro del coro de necrológicas
que saludaron la desaparición del "patriarca de la música
contemporánea francesa" el 27 de abril pasado. Por el
contrario, es el ejemplo limite de una voluntad colectiva que, ante
la muerte de Messiaen, quiso hacer de su vida una prueba de la existencia
de Dios, o, en su defecto, de que una armonía fue posible
en medio del siglo torturado. Messiaen fue despedido como el artista
capaz de operar, como hombre y como creador, la síntesis
de las grandes polaridades de la cultura del siglo XX. Messiaen
fue enterrado como el "buen contemporáneo".
El primero en participar de esta sacralización fue Pierre
Boulez, heredero y regente del trono de Primer Compositor de Francia,
quien aplaudió desde el propio Figaro el "ecumenismo"
de su "Maestro", saludando su "pasión universal
de la música". Algo parecido expresó el editorial
de Le Monde de la Musique, al lamentar la desaparición
del "último gigante de la música", el único
capaz de "reconciliar las capillas a integrar los diversos
lenguajes", en un mundo de creadores "más preocupado
por excomunicar que por comunicar". Incluso el diario Libération,
el único medianamente crítico, no pudo resistir la
tentación de titular su nota “Ultima misa para Messiaen".
La proliferación de metáforas religiosas puede parecer
natural, al hablar de un músico que siempre instaló
un catolicismo militante en el centro de su imagen pública.
La figura del patriarca ecuménico, que reconcilia capillas
mientras se comunica con Dios mediante el lenguaje de la Naturaleza,
parece posarse suavemente sobre un país habitado por el desencanto
posmoderno y el titilar ecologista. Faltaría saber si la
religiosidad de Messiaen era mística o litúrgica,
como se preguntaba astutamente Le Morale, y si los franceses
enterraron a un Papa o a un Profeta. Lo que no deja dudas es que
lo enterraron con gran pompa, esgrimiendo un imaginario religioso
que, más allá del hecho político que significa
la bendición del arzobispo de París al único
compositor contemporáneo capaz de llegar "al corazón
y al oído de multitudes de creyentes", lleva implícito
una teleología poco afín al protagonismo del metadiscurso
y al retroceso de las estéticas finalistas que caracterizaron
la música del siglo XX.
La
santa vanguardia
"Fue
grande porque hallándose en la punta de las investigaciones
de la música de nuestro tiempo, siempre supo que toda evolución,
sobre todo revolucionaria, no tiene objeto sino cuando las raíces
de la tradición permanecen vivas", dijo Marcel Landowski,
secretario perpetuo de la Academia de Bellas Artes. Sobre distintos
registros, muchos comparten el elogio de esta "buena"
actitud de Messiaen ante la vanguardia. Como actitud ética,
parece estar simbolizada por el hecho de que a pesar de ser un músico
de vanguardia, siguió tocando el órgano todos los
domingos en la iglesia de la Sainte-Trinité. Como actitud
estética, lo que surge como principal hazaña es su
actitud ante el serialismo integral.
En efecto, el tema del serialismo es el único punto en el
que, bajo el coro de lamentos satisfechos, se percibe un aroma de
conflicto, a incluso de ajuste de cuentas. No es casual que la pieza
Modes de valeurs et intensités sea mencionada en estas necrológicas
con la misma frecuencia que sus obras mayores, comoo el Quator pour
la fin des temps, los Vingt Regards sur l´Enfant Jesus,
la Turangalîla Symphonie o la ópera Saint-François
d´Assise; menos casual aun es el hecho de que, con la
única excepción de las declaraciones de lannis Xenakis,
lo sea siempre de manera negativa.
Es sabido que en esta brevísima obra para piano de 1949,
Messiaen propone la serialización de duraciones e intensidades,
junto a la de alturas va practicadas por la Escuela de Viena, y
que de ese modo lanza las bases del serialismo integral que poco
después iban a desarrollar algunos de sus propios alumnos,
Boulez y Stockhausen entre otros. Es un poco menos sabido que su
"abandono" de esta dirección, en beneficio de las
inmensidades paroxísticas de la Turangalîla
le costó algunos reproches de sus antiguos discípulos.
Pero la virulencia con que tal actitud de Messiaen es defendida
a la hora de su muerte indica que hay algo de la utopía serial
(y sin entrar a discutir aquí sus virtudes, defectos o sinsentidos)
que resulta aun indigerible, para una cultura sin embargo omnívora:
"juegos demasiado intelectualizados", opinan al unísono
Le Monde y Libération; "especulaciones
herméticas", "música abrupta y helada",
agrega Le Monde de la Musique.
Y Boulez, blanco tácito pero evidente de estos ataques, opta,
en su elogio fúnebre de Messiaen, por evitar toda alusión
al tema, alegrándose en cambio de que “las anécdotas
y los zig-zags se hayan esfumado definitivamente". Si todo
indica que este fino y poderoso político sabe cómo
jugar sus cartas, ¿hay que ver en ello el abandono de una
causa perdida? Claro que en la querella resulta un poco difícil
distinguir si se impugna el serialismo porque se detesta a Boulez,
o si Boulez genera odio porque el serialismo, a algunas de cuyas
líneas mayores este nunca renunció, resulta insoportable
como estética y, sobre todo, como ideología y practica
de la creación.
La
voz natural de Francia
Messiaen
acaso no se hubiera proclamado "compositor francés",
como Debussy. Ello no impide que sus biógrafos digan que
descubrió su vocación a los nueve años de edad,
cuando le regalaron la partitura del Pelléas de
Monsieur Croche, y que según el Figaro en el Conservatorio
de París es "iniciado a los misterios de la armonía
francesa". En los años ´30 integra el grupo “Jeune
France”, junto a Jolivet v otros compositores, poco antes
de que la guerra haga de su Cuarteto para el fin de los tiempos,
estrenado en un campo de prisioneros, el símbolo de una Resistencia
redentorista. Años más tarde, la ejecución
de Et exspecto ressurectionem mortuorum, en memoria de
los muertos en la guerra, en la Catedral de Chartres y ante el general
De Gaulle, completa su trayectoria en beneficio de un siempre vivo
nacionalismo católico francés.
Pero no es esta faceta la que despierta las simpatías fúnebres.
Al contrario, Le Monde llega a criticar su rol de "gran
músico oficial, fijado en una majestad un poco aplastante",
y desde Libération se intenta rescatar la obra de
un artista escondido "detrás de un bosque de decoraciones
adquiridas en venganza por las épocas de desprecio".
No, el elogio unánime va a su "insaciable curiosidad
por las culturas extra-europeas", según palabras del
ministro de Cultura Jack Lang, y a su talento para incorporar elementos
exóticos al viejo tronco de la tradición. El hecho
de que su fascinación por lo exótico se originara
en una Exposición colonial no sabría esgrimirse como
reproche hacia Messiaen: todo el universalismo francés, de
ilustre memoria filosófica y política, lleva la marca
de su vocación expansionista. A la hora de su muerte, y cuando
la inmigración del antiguo imperio extra-europeo es el gran
fantasma de la escena política, la pasión mesiánica
por los talas hindúes adquiere toda su dimensión ejernplar,
todo su peso como enseñanza de pasión y estoicismo.
Y en un registro de parecida carga moral se inscriben los elogios
a su afición ornitológica, a su celebración
de la Naturaleza. Si su último estreno, Le sourire,
fue un homenaje a Mozart, resulta natural hacer de esta sonrisa
la de Papageno, y enunciar, como Le Monde, la muerte del
"pajarero místico". La imagen de un hombrecito
sonriente, que captura con un grabador y un cuaderno los cantos
de los pájaros de todo el mundo, resulta en una humanización
potente de la figura del compositor contemporáneo, cambiando
la inmóvil torre de marfil por una viva errancia aérea;
y sus vastos Catálogos de pájaros reactualizan la
utopía prerromántica de un arte grávido de
naturaleza, sin que se interpongan ni la subjetividad ni la cultura.
La pregnancia de esta utopía puede medirse por el hecho de
que el mismo Boulez no duda en animar que "su amor de la naturaleza
fue tan exigente que trasponía minuciosamente no lo que los
pájaros, las rocas, los colores, los paisajes, las montañas
le inspiran, sino lo que le dictan".
Dentro de la música contemporánea, este pensamiento
puede derivar hacia el sostén de la corriente de la música
espectral, encabezada por Tristan Murail, que se precia de practicar
la "verdadera armonía" inscripta en la materialidad
física del sonido. Puede también ser invocada como
la respuesta personal de Messiaen a la impasse serial, o para decir,
como lo hace el compositor inglés George Benjamin, que "el
canto de los pájaros fue para él un refugio y un medio
para encontrar su estilo melódico ante una época decididamente
anti-lírica". Más allá de estas inscripciones
parciales, surge el perfil de un hombre que, conociendo las complejidades
de la cultura, supo escuchar la voz de la naturaleza, y se convirtió
así en el gran equilibrista de este siglo de desgracias,
situado a la justa distancia entre el Planeta, los Hombres y Dios.
Intensidades
Es probable
que todo esto no hubiera disgustado a Olivier Messiaen. Desde ya,
no las alusiones religiosas, siendo un hombre que creía que
la única manera de asociar la ética y la política
es “que los dirigentes crean en Dios y sigan los preceptos
de Cristo", o que decía admirar "a todos los Santos
porque soy creyente, a todos los grandes músicos porque soy
compositor"; tampoco, la moraleja del relativismo cultural,
en quien fue un pedagogo apasionado de las obras de los otros; menos
aún, la metáfora ornitológica, en un ser ávido
de gozar de la bienaventuranza de los niños. Messiaen tuvo
quizás el entierro que deseaba, discreta ceremonia en el
cementerio, solemne exégesis discursiva.
Pero acaso uno pueda echar de menos, en esta gran fragua de neutralidades,
la pérdida de la condición perturbadora de Olivier
Messiaen, uno de cuyos rasgos más singulares era, precisamente,
su catolicismo desafiante en medio de una vanguardia laica; la condición
movilizadora de una obra que fue rica en aportes rítmicos
y cromáticos, no porque se hubiera inspirado en otras cultural,
sino porque las elaboró en ésta; la condición
polémica, no porque renunciara al serialismo, sino porque
primero lo planteó desde su sensibilidad y su inteligencia;
la condición atronadora, no porque "pintara" una
montaña de los Estados Unidos, sino porque dejó flotando,
en algunas desmesuras formales, en algunos dobleces armónicos,
en algunas excentricidades temporales, las estrías de este
siglo. Uno puede echar de menos estas cosas, no canto porque construirían
un Messiaen más verdadero, sino porque harían de su
anunciado estreno póstumo, Eclair de l'au delá,
un rayo en un cielo menos abrumado por la calma.
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La ingenuidad necesaria
Mariano
Etkin
Es demasiado
tentador dejarse llevar por la fuerte presencia de lo católico-teológico
cuando se reflexiona sobre Olivier Messiaen y su música.
Sin embargo, sin pretender soslayar lo religioso, es evidente que
el papel jugado por Messiaen en la música del siglo XX va
más allá de la conjunción entre catolicismo
y música que el compositor insistentemente se preocupó
por enfatizar.
El sentimiento que se nos impone al pensar en Messiaen y su música
es la ingenuidad; no solo en el sentido de acrítica credulidad
en la doctrine religiosa, sino más especialmente en la receptividad
de ciertos datos y fenómenos de una exterioridad que, cuando
se incorpora a la obra, permanece reconocible. Ese "agregado"
que no se disuelve son los símbolos del dogma católico,
los pájaros, los talas, los pies rítmicos griegos.
Pero también es el concepto de la nota agregada en la armonía
y el del famoso valor agregado en el ritmo. La expresión
más clara de la ingenuidad de Messiaen aparece en esos textos
que acompañan a sus partituras más importantes, delimitando
didácticamente los elementos tomados de un afuera que el
compositor vive como tal. Hay un adentro y un afuera que no se mezclan.
Justamente, al no mezclarse, al no establecer una interacción
dialéctica, Messiaen permite -quizás sin proponérselo-
que la obra lo haga por si misma. Es decir, que tambien lo haga
el oyente.
Messiaen delimita: antigua y necesaria ilusión que faculta
pensar en lo Otro como distinto a lo propio. Así el compositor
se inserta en la práctica de la forma seccional o por bloques
yuxtapuestos, propia de Satie, Debussy y Stravinsky, coherente con
el principio del agregado aplicado de diferentes maneras en múltiples
niveles de la técnica o de la idea.
Delimitar es ser consciente de la finitud de las cosas. Y Messiaen
encuentra atractiva la imposibilidad de transformar los materiales
por la sola decisión del compositor. Los ritmos no retrogradables
y los modos de transposición limitada provocaron -como es
sabido- su comentario sobre “el encanto de las imposibilidades”.
Los materiales imponen sus propias leyes, sus propios límites.
La finitud de las cosas es así. “El mundo es así",
le dirá un chamán aymara de Bolivia al filósofo
Rodolfo Kusch cuando éste lo interroga sobre las razones
últimas.
La ingenuidad de Messiaen es la que le permitió continuar
aquella tradición musical francesa de carácter aditivo
que se apoya en una concepción diferente de la organicidad
de origen germánico. Esa ingenuidad, cuando se la entiende
como la captación de lo exterior en sus aspectos fenoménicos
despojados de una contextualización histórica o estilística,
es la promotora de nuevos "agregados", de impensadas conjunciones.
De esta manera, la ingenuidad de Messiaen se revela como inseparable
de una apertura hacia lo arcaico o lo exterior a la cultura propia,
es decir, de una posibilidad de lo nuevo, ya se trate de una rítmica
aditiva o de una prefiguración de la música espectral.
Creemos que la ingenuidad necesaria de Messiaen ha sido la actitud
más estimulante legada por el compositor en cuanto a la importancia
de una escucha curiosa y, en lo posible, desprejuiciada. También,
en un plano técnico, pensamos que -en forma análoga
al otro gran compositor de su generación, Giacinto Scelsi-
el manejo instrumental y la tímbrica de Messiaen contienen
propuestas que, si bien dieron lugar a desarrollos parciales, merecerían
ulteriores exploraciones.
(LULÚ
número 4, Noviembre de 1992) |