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"La crítica
se ha convertido en una especie de gacetilla que no le interesa
a nadie"
Erik Oña
El español
Arturo Tamayo es uno de los directores actuales más sólida
y consecuentemente dedicados a la música de su tiempo,
ya sea orquestal, de cámara u operística. Ha estrenado
Tantz-Schul de Mauricio Kagel en la Opera de Viena y
dos operas de Wolfgang Rihm (Tutuguri y Jakob
Lenz) en la Opera de Berlín, donde también
dirigió La Flauta mágica y Bodas de
Fígaro en sucesivas temporadas. "Cuando se ha
hecho repertorio contemporáneo se oye la música
tradicional de otra manera." En 1988, Tamayo dirigió
una recordada versión completa de Lulú
en el Teatro Lírico La Zarzuela de Madrid. Seguramente
también se recordarán por mucha tiempo sus actuaciones
en Buenos Aires al frente del conjunto alemán Ensemble
Modern, el pasado mes de julio, con formidables ejecuciones de
Ligeti, Stockhausen, Xenakis, Nono, Webern y Juan Carlos Paz.
En esa oportunidad, Tamayo concedió a LULÚ
la entrevista que se publica a continuación.
-¿Cuál
es su formación y qué profesores lo marcaron más
profundamente?
-En España
hice la carrera de Composición, pues en la época en
que yo estudié no había cátedra de Dirección
Orquestal. En el año 1969, un tiempo antes de concluir estos
estudios, hice en Basilea un curso dictado por Boulez, que fue muy
importante para mí pues me abrió los ojos en muchos
terrenos y al mismo tiempo me hizo tomar conciencia de que no tenía
el nivel técnico suficiente para realizar todo lo que había
aprendido en ese momento, por lo cual decidí realizar unos
estudios serios. Gracia a una beca Humboldt pude, en 1971, radicarme
en Freiburg para estudiar dirección con Francis Travis -que
fue discípulo de Scherchen- y composición, primero
con Wolfgang Fortner y luego con Klaus Huber, de quien fui asistente
en el Instituto para la Nueva Música. Es allí donde
prácticamente comienza mi trabajo como director en Alemania.
-¿Cómo
se relacionan en usted la composición y la dirección,
es decir, usted actualmente compone o los estudios de composición
sirvieron más bien para enriquecer su formación como
director?
-Yo compuse
hasta el año `74 o'75. Esto lo hable mucho con Klaus Huber,
con quien aparte de la relación de profesor y alumno tuve
una amistad muy grande y de hecho la sigo teniendo; me dijo simplemente:
no lo preocupes porque en tí la balanza se haya movido hacia
otro sitio, es muy probable que dentro de mucho tiempo, a lo mejor
vuelva al lugar de origen. Ocurre una cosa que en algún momento
es inevitable: una vez que uno comienza a dirigir cada vez tiene
mas compromisos, cada vez tiene menos tiempo libre y la composición
es un trabajo que necesita de una concentración máxima.
Esto me lo comentaba hace poco Stockhausen -aunque no quiero hacer
un paralelo-: el reserva de una manera exclusiva tiempos para componer;
pueden ofrecerle lo que sea que no lo acepta, él tiene ese
tiempo y necesita una concentración muy grande. Ocurre que
una persona compone durante una serie de horas un día y luego,
al día siguiente, cuando comienza de nuevo, prácticamente
tiene que rehacer el trabajo previo en la cabeza; es decir no es
"aquí estoy y allí parto” sino que hay
que volver al punto de comienzo y para eso se precisa una concentración
total. Ahora bien, yo creo que para un director de orquesta es muy
importante la formación como compositor. Esto es muy curioso
porque en general en estos últimos años -hablo en
realidad del siglo XX o más precisamente luego de la guerra-
la mayor parte de los directores no son compositores, mientras que
antes era al revés. AI decir compositor vamos a tomar el
caso de un Furtwängler; no es que fuera un compositor genial,
ni de lejos, pero era un compositor de oficio.
-¿Es
posible entonces que, siendo uno compositor, la capacidad de interpretar
este fundada sobre bases mucho más sólidas?
-Mucho
más sólidas, mas analíticas. Boulez analizaba
el caso de Furtwängler como una persona que había volcado
en la interpretación todo lo que le faltaba en la composición
propia y que posiblemente por eso fuera tan interesante. Lo que
suele ocurrir con muchos directores es que vienen de un terreno
puramente instrumental, que también es interesante, que les
permite hacer ciertas cosas muy bien, pero hay otras que jamás
Megan a entender. Está muy claro que si una persona no ha
puesto los dedos sobre un instrumento tampoco va a saber cómo
interpretar, conviene tocar una serie de obras, porque así
se aprenden más concretamente ciertas nociones de fraseo
y tal, pero hay muy poca gente que no haya tocado un instrumento,
mejor o peor. Desde luego, no se necesita ser un virtuoso del piano
para dirigir una sinfonía de Brahms. Yo creo que lo más
importante de la composición como estudio es que permite,
en muchos momentos, cuando se tienen problemas sobre cierta obra,
pensar: ¿qué habría hecho yo, que es lo que
habría deseado yo si hubiera compuesto esta obra? Entonces
las soluciones llegan rápidamente.
-¿Y
no es esto más crucial en la música contemporánea,
donde uno no tiene el auxilio de lo que se suele llamar el estilo
o la tradición?
-Lo que
pasa es que hay una tradición rota. A causa de la ruptura
cultural que se produjo en Europa del `33 al `45, no exlste una
tradición viva de cierto repertorio. Yo a esto lo he hablado
con bastantes musicólogos en Alemania; por ejemplo, una obra
como Erwartung no tiene prácticamente tradición
de interpretes, sólo hay un disco de Scherchen donde no se
ve muy claramente lo que quiere hacer. Mientras que en el repertorio
tradicional se siguió una tradición interpretativa,
en el otro hubo una ruptura muy grande, puesto que la gente que
tendría que haberlo hecho, que lo estaba haciendo, se separó,
se desmigajó por todas partes. Ahora volviendo a su pregunta,
las obras tradicionales se conocen, independientemente de si hay
discos o no (hay gente, poca pero la hay, que estudia con discos,
lo que es un absurdo; ninguno de nosotros puede decir que no haya
escuchado el Daphnes en un concierto, la Cuarta
de Brahms la hemos escuchado todos. Es decir, en el repertorio tradicional
se trabaja sobre un recuerdo concreto, mientras que una obra contemporánea
en general se trabaja de cero, no solamente cuando es un estreno
absoluto sino en muchos casos pues no hay grabaciones, no hay documentos
sonoros. Por otro lado, hay también algo curioso: cuando
se ha hecho repertorio contemporáneo se oye la música
tradicional de otra manera; se hace por ejemplo esta experiencia
del timbre, de la Klangfarben que no se hace con la obra
tradicional.
-Sé
que usted ha dirigido también repertorio clásico,
Mozart, Bellini, Donizetti...
-Sí,
yo he dirigido mucho últimamente esas obras. De Donizetti
por ejemplo, habría que decir primeramente que tiene mochas
obras; casi el noventa por ciento de ellas son bastante endebles,
por la manera que él tenia de hacerlas, por la prisa. Sin
embargo Bellini no, Bellini es mucho mar puro desde el punto de
vista del estilo, hay una búsqueda mayor de la dramaturgia
musical. Voy a contar una cosa que tal vez no se conozca: en sus
últimos años Nono estudio muy a fondo Bellini; Wolfgang
Rihm me ha contado que Nono hablaba de la pureza de la línea,
del ascetismo en la escritura. Son compositores que se han devaluado
un poco por causa del ambiente donde hoy se escuchan. Pero bueno,
esto no es para justificar una cosa que yo haya hecho, sino para
decir que en todo tipo de obras hay siempre una serie de valores
que se pueden buscar. Tal vez resulte extraño ver directores
que están colocados sobre todo en un terreno clasificado
como contemporáneo dedicares a otro tipo de repertorio. Yo
pienso sin embargo que el director debe tener un repertorio muy
amplio, que las experiencias de un terreno pueden ir a otro, que
puede haber un intercambio; por eso lo hago, aparte de que me pueda
agradar ere tipo de música.
-¿Hay
algún encasillamiento en Europa acerca del tipo de repertorio
de un director? Si usted pace música contemporánea
-esto le dificulta el acceso a otros circuitos?
-Sí,
y esto es una cosa que conviene destacar: hay un encasillamiento.
Lo hay en estos momentos por ejemplo con Peter Eötvos, como
lo ha habido conmigo y en parte lo sigue habiendo. Esto viene un
poco del pluralismo en un sentido negativo, es decir, antes de la
guerra no existía esta separación, los directores
de orquesta hacían prácticamente todo, una persona
como Klemperer se interesaba por la música de su siglo y
hacía tanto Brahms y Bruckner como Krenek y Schoenberg. Hoy
en día, por la comercialización sobre todo, esto se
ha separado en dos líneas, por lo cual, de cierta manera,
el intérprete o el director de música contemporánea
está considerado en muchos momentos como un subproducto.
Yo esto lo sé por experiencia propia: cuando se llega por
primera vez con un programa de música contemporánea,
los músicos de orquesta esperan en general una especie de
nuIidad. También hay que reconocer que ha habido directores
bastante miles, directores de cuarto o quinto orden que para ganarse
la vida de alguna manera se pan metido en un repertorio que ni les
convencía ni conocían. La sorpresa de los músicos
es grande cuando llega un director que empieza a trabajar el repertorio
contemporáneo de una manera seria, consciente, clara. Entonces
el cambio se produce inmediatamente, todos están muy contentos,
vienen v comienzan a contar las experiencias negativas que han tenido
con algunos directores, etc. Esto es así, hay que vivir con
ello v es inevitable Pero, bueno, no es una cosa demasiado grave.
Ahora, hay directores que en un momento determinado comienzan a
abrir el repertorio hacia otros terrenos y generalmente cuando hacen
el repertorio tradicional son mucho más interesantes que
muchos de los rutinarios habituales que todos conocemos pero que
por tener, algunos de ellos, una firma discográfica a sus
espaldas, se les abren todos los caminos.
-¿Para
usted fue difícil pasar de un circuito al otro? ¿Fue
una iniciativa suya o le propusieron de repente hacer, por ejemplo,
Mozart?
-Fue
después de varios años de trabajar con repertorio
contemporáneo, y no fue sencillo. Pero depende, hay lugares
donde mi primer concierto fue de música clásica y
ono queda allí como director de repertorio. En otros sitios
ha sido al revés, entonces cuesta muchísimo pasar
al repertorio tradicional. De cualquier manera, yo creo que lo importante
en el director de orquesta es el trabajo bien hecho, independientemente
de sí. es Mozart, Bellini, Stockhausen o Xenakis.
-Usted
dirigió una producción de Lulú, de
Berg, que fue muy esperada...
- Esto
tuvo lugar en el `88 en la Opera de Madrid. Hicimos la versión
en tres actos completada por Cerha. Ocurre que la habían
hecho en Barcelona el año anterior y había salido
bastante mal. Dirigió el mismo Cerha; yo creo que es una
cosa que lo supera. Come director de música de cámara
tal vez, pero con una orquesta así, complicadísima...
creo que fue un desastre impresionante. La que se hizo en Madrid
funcionó muy bien en todos los aspectos; claro, tuvo casi
treinta ensayos de orquesta.
-¿Esas
condiciones de trabajo son habituales en España?
- No.
Lulú se preparó con tres años de anticipación,
que para España es demasiado porque no se prepara más
que de año en año. Yo mandé la lista de los
ensayos necesarios y se cumplieron. Tenía un asistente de
dirección de orquesta, Omar Costa; se ensayó muy bien,
todos los ensayos tenían una razón de ser, entonces
aquello fue ganando en calidad y según dicen, yo no lo puedo
juzgar, fue una de las veces que mejor se ha escuchado a la orquesta.
Lo recuerdan todos como una versión histórica. Siempre
me dicen: "¿por qué no se repite?". Pero
yo creo que estas cosas son muy peligrosas, la expectación
del público era cero, llegaron y se encontraron con algo
muy bien hecho; ahora es doscientos cincuenta, y si nosotros llegáramos
a lo mejor a trescientos dirían: "bueno, pero no era
tanto”. Entonces pienso que es mejor dejarlo allí:
fue una gran versión y punto. Es mejor hacer otras cosas,
algo nuevo antes que insistir.
-¿En
general los programas que dirige son propuestos por usted o por
quien lo convoca?
-Esto
es muy variado. Comúnmente cuando uno va por primera vez
a una orquesta, hay un programa propuesto, sobre todo si se trata
de repertorio contemporáneo. Más adelante, cuando
uno vuelve, ya se hacen proposiciones. Por ejemplo, con estos conciertos
del Ensemble Modern, me dijeron que querían que viniera con
ellos y que había tales programas. Yo acepté pero
propuse hacer también otro programa diferente, que es el
que hacemos hoy (primer programa).
-¿Hasta
que punto influyen sus preferencias estéticas en su trabajo
como director?
-Bueno,
siempre hay afinidades, o sea hay ciertos compositores que como
intérprete, como compositor o come oyente, para otro son
mucho más cercanos. En mi caso, me gusta muchísimo,
por ejemplo, la música de Boulez, de Xenakis, algunas composiciones
de Stockhausen. Depende: Berio en ciertos períodos me interesa
muchísimo, en otros, sin discutirle la calidad, tiene menos
interés para mí; también Nono: hace poco hice
el Prometeo, una obra con la que no había tenido
ningún contacto; fue muy interesante para conectarme con
esa música. De todas maneras, creo que lo importante para
un director es que haya un factor cualquiera en la música
que sin o para despertar el entusiasmo, porque si no se convierte
en una labor desgraciadamente burocrática. Es decir, en todas
las obras hay una gran cantidad de niveles, por lo tanto siempre
puede haber ciertas cosas, incluso en una obra de un compositor
menor, que puedan tener un interés, que se puedan hacer resaltar
en una interpretación. Interesante podría ser, aunque
a lo mejor la calidad de la obra o sus presupuestos estéticos
no estén de acuerdo conmigo, por ejemplo, el virtuosismo
orquestal desarrollado. El problema, y esto pasa desgraciadamente
bastante seguido, es cuando uno se encuentra con un programa de
obras sin ningún interés ni para la orquesta ni para
el director. Entonces el enfoque del trabajo es de profesional,
poner en evidencia ciertos niveles, aunque se manifiesten de manera
rudimentaria. Esto me paso hace poco en Holanda, donde de un programa
completamente anodino conseguí al menos hacer un programa
de interés para los músicos, trabajando ciertos elementos
que si bien estaban de manera incipiente allí, al menos estaban.
-¿El
director debe ejercer una función critica con respecto a
los programas que dirige, o debe ser una especie de difusor lo más
democrático posible de las obras que tiene a su alcance?
-Bueno,
en mi caso siempre que es posible procuro influenciar los programas
porque, como decía, considero necesario un cierto nivel de
entusiasmo para poder trabajar. Pero no siempre es posible: a veces
a uno lo llaman para hacer un programa que ya esta determinado por
alguna razón, por ejemplo para dirigir las obras premiadas
de un concurso. En un caso así yo no creo que la labor de
un director sea obrar con un sentido critico frente a las obras,
sino darlas a conocer de la mejor manera posible. Pero hay excepciones:
en ese concierto en Holanda hubo que eliminar una obra; yo les había
avisado que era prácticamente irrealizable -y no era por
falta de capacidad profesional mía o de los músicos-.
No solo era prácticamente irrealizable, sino que además
el material era muy malo. No se puede salir a tocar una obra que,
por una serie de razones, no hay manera de ponerla en su sitio.
Pero si no se trata de esos tacos excepcionales, creo que lo importante
es dar a escuchar la obra tal como el compositor la ha realizado,
tal como está sobre la partitura. Esto, pues claro, tiene
sus ventajas y sus inconvenientes para el compositor, porque hay
ciertas obras en las que muy pronto todo esta allí, porque
el material musical es muy endeble, entonces no hay manera de trabajar
nada. Hace algunos años dirigí una obra de un compositor
italiano, en la cual me limitaba a marcar un 4/4 y los músicos
debían moverse libremente dentro del compás. -¿Hasta
que punto hay una posibilidad de corregir o de mejorar las cocas
en un caso así? No había mas que una cosa por hacer:
nivelar la dinámica. Entonces o bien yo hacía tocar
a cada grupo alto determinado por mí, indicando exactamente
lo que yo que quería -y que no coincidía con la pretensión
del compositor- o me limitaba a trabajar solo el elemento dinámico
procurando hacerlo con el mayor rigor posible. Claro, a través
de esto la obra ganó un cierto perfil, pero es lo único.
Realmente esta obra, de no haberse hecho esto, después de
la primera lectura estaba acabada, porque no había posibilidad
de corrección; no solo de corrección sino de interpretación,
de superar o mejorar el nivel de ejecución.
-Claro,
pero siempre hay un margen en la escritura que queda librado a la
realización, por más precisa que ella sea.
-Es verdad,
pero la imprecisión continua produce lo contrario: hay un
momento en que así o así es igual. El compositor dice:
yo me limito a dar un tiempo y ellos se mueven dentro, entonces
Hasta que punto se puede equilibrar o se puede hacer de otra manera?
Puedo decide a un clarinete "eso no es así, él
me responde "yo lo siento así”, y entonces estamos
perdidos.
-¿Cómo
ve usted la trascendencia que a veces tienen ciertas corrientes
un poco reactivas, cierta música de no muy buena calidad
que se vende como contemporánea?
-Bueno,
la música de baja calidad ha existido siempre. Algunos dicen:
"es que en aquella época, hace cien años...".
Si, había una serie de músicos de primer orden, Schumann,
Mendelssohn, Brahms, Wagner, pero hoy los hay también, cuatro
o cinco, y hay muchísimos flojos como también los
había antes. Leamos las criticas de aquella época,
libros, etc., y se verá que había un número
enorme de compositores. Basta con ver todos los que menciona Schumann
en sus escritos; eran compositores de segundo orden, sin ninguna
importancia, que hoy han desaparecido. Es una cosa normal, o cuántos
quedan en cada siglo? Haydn y Mozart que eran las grandes lumbreras
del siglo XVIII?, y luego había una infinidad de compositores
menores como Salieri, etcétera. Sin embargo, algunos de ellos
eran mucho más conocidos que Haydn y Mozart en aquel momento.
0 sea que no tiene nada que ver lo uno con lo otro. Lo que ocurre
en relación con el público es que la oferta estaba
más limitada a una clase social, dace que tenía una
cierta formación y que se interesaba por lo que en aquel
momento existía. Luego con la con la democratización
del arte en cierta manera, el público es mucho más
amplio, la demanda es mayor, pero los estamentos del público
son muy diferentes. Lo que pasa actualmente es que una persona que
comienza a interesarse por la música contemporánea
porque ha oído algo y quiere informarse en ese terreno, o
porque a lo mejor tiene una formación cultural importante
y desea conocer nuevas corrientes, si tiene suerte y cae en un ambiente
donde la música que se toca es de una cierta calidad, esto
le ayudará pues a seguir adelante. Pero supongo que si cae
en uno de esos conciertos espantosos, sufre una especie de rechazo
inevitable -y no volverá a acercarse. Esto no tiene solución.
-Considerando
los últimos quince o veinte años, ¿cuál
es la relación actual del público europeo con la música
contemporánea? ¿Hay una cierta aceptación,
es poca, es mayor que antes?
-No,
yo creo que hay una especie de constante. No es que haya un gran
público, pero hay un público estable que sigue una
serie de conciertos. De todas maneras, ha cambiado un poco por la
misma situación del continente. Hablando una vez con Xenakis,
con quien tengo una amistad bastante grande, él me contaba
sus comienzos y decía: "Por muy brutal que pueda ser
lo que digo, después de los grandes cataclismos, de las grandes
guerras, hay una apertura tal de la gente, quieren conocer tantas
cocas para olvidar aquello... Esa fue nuestra chance en los años
'50, la gente quería conocer algo nuevo para olvidar lo que
había pasado. Lo que pasa es que ese impulso, como todo impulso,
a partir de un momento comienza a frenarse, entonces hay como olas.
En los años '50 y 'ó0, los conciertos de "música
viva" eran publicitados y escuchados de una manera increíble.
La carrera de un Pierre Boulez no se hubiera hecho en los años
'70, de ninguna manera, es un producto típico de los años
'50 y '60. Siendo un director excelente si él hubiera comenzado
en los años '70, no hubiera llegado tan lejos. Él
fue una de esas personas que apareció en el momento justo;
fue impulsado por este interés que había y luego siguió
adelante. Hubo otros directores que comenzaron allí pero
como eran flojos no continuaron de la misma forma. Ahora estamos
afortunadamente lejos de grandes cataclismos, entonces el interés
se va sedimentado un poco, pero siempre existe, pues cuando una
corriente se pone en movimiento no se para nunca. También
hay que decir, como aspecto negativo, que en esto ha hecho mucho
daño la industria discográfica, porque ha creado un
público con una visión muy parcial de la música.
Lo mismo que la televisión, que ha fallado en todos los países
en su aspecto educativo de una manera radical. También la
crítica; no sé aquí en Latinoamérica,
no la conozco, pero en Europa ha fallado en su aspecto educativo,
es decir, se ha convertido en una especie de gacetilla que no interesa
a nadie. A nadie le interesa que digan que el señor Muti
dirige muy bien; es un absurdo. La verdadera crítica fue
por ejemplo la de Schumann, que en esos años era quien a
través de una selección personal indicaba ciertas
corrientes que sería conveniente seguir, etcétera.
Hoy en día la critica verdaderamente es tristísima:
decir que el señor Pavarotti cantó muy bien o decir
que cantó muy mal, realmente no tiene ninguna importancia.
-Además,
se ha creado una especie de mercado de las interpretaciones donde
no se juzgan las obras sino tal o cual versión.
-Claro,
y hay gente que utiliza esto para hacer la carrera personal. Es
decir, lo que quiere alguna gente son críticas buenas, no
importa lo que haya hecho. Por ejemplo, un director de orquesta
a mi modo de ver muy mediocre como James Levine, debe toda su carrera
a una crítica que salió en una revista alemana, que
fue un error de Stückenschmidt, diciendo que era un director
de los más sensacionales que había visto. De repente
tuvimos a James Levine hasta en la sopa. Hay ciertas cosas que yo
no entiendo: he escuchado una grabación suya de una obra
clásica de repertorio: La Creación, de Haydn,
de lo más chapucero y con una orquesta como la Filarmónica
de Berlín. En cambio escuchando la de Jochum con una orquesta
también muy buena como la de Munich, es otro mundo. 0 sea,
este es un señor hecho a través de la discografía
y no hay prácticamente ningún disco suyo que sea válido,
porque todo es bastante flojo. Y la producción es continua,
continua y cada vez es más indiferenciada. Hay una especie
de interpretación global, general, que es terrible para la
mósica, una especie de nivelación de todos los elementos
y eso es todo. Es un resultado tal vez agradable pero de una falta
de estructuración musical enorme. Y yo no sé si es
que no lo sabe hacer; tendría que saberlo hacer. Una persona
que ha estado al frente del Metropolitan muchos años tendría
que haber tenido un crecimiento, una persona que ha estado con una
orquesta como la Filarmónica de Viena tendría que
tener un crecimiento. Pero de esto realmente es culpable esta industria
discográfica que ha condicionado una serie de cosas de una
manera muy importante y lo que más ha dañado es el
repertorio actual porque ni se preocupan con él, no quieren
saber nada y si hacen algnón disco es como una especie de
coartada para poder decir que ellos también han grabado algo,
cuando en realidad no producen casi nada de la música de
nuestro tiempo.
-¿Existe
para usted actualmente alguna crisis en la composición?
-Debo
decir que vengo trabajando dentro del terreno de la composición
y después en el de la dirección de orquesta desde
hace unos veinte años y con mayor o menor frecuencia siempre
he escuchado: "estamos en un momento de crisis, estamos en
un momento de crisis. Pero luego, unos años después,
resulta que no ha habido tal crisis, y que ciertas cosas han quedado.
Yo creo que es una reacción normal porque el lugar en que
se está parado en estos momentos es difícil de ver;
es mucho más sencillo verlo años después. Hacia
finales de los años '60, comienzos de los '70, estábamos
en una crisis enorme, sí, pero en esos años se produjeron
obras importantes como Momente, obras importantes de Xenakis,
obras importantes de Berio, de Nono, que en ese momento no se veían.
Creo que es un juicio que generalmente se hace del momento en que
se esta, por la dificultad de ver las posibilidades reales de ese
momento.
-¿Cómo
es su relación con los compositores de Norte y Sudamérica,
los conoce, le interesan?
-De Latinoamérica
conocía a Mariano Etkin, Antonio Tauriello, Gerardo Gandini,
Hilda Dianda, pero luego, al marcharme a España en el ´71
perdí completamente el contacto. En estos momentos no hay
relaciones culturales fuertes entre Europa y Latinoamérica,
desgraciadamente, y espero que esta ocasión que tengo de
venir sirva para rehacer otra vez los contactos de manera más
estable. Yo siempre he dicho que en Latinoamérica hay compositores
de nivel bastante alto; pero es muy problemático, esta lejanía
complica las cosas. Es muy difícil: convencer a un organizador
de conciertos para tocar una serie de obras latinoamericanas; además
las editoriales no funcionan muchas veces a nivel intercontinental
y esto dificulta también que ciertos compositores se acepten.
No quiero ser pesimista pero creo quo es una situación que
no tiene fácil arreglo. Bueno, esto también es un
problema político. Es cierto quo el norteamericano tiene
mucho mas contacto con Europa, está mucho más apoyado;
entonces los norteamericanos se conocen: Feldman, Cage, Earle Brown;
los norteamericanos siempre están más difundidos.
Dejemos de lado a John Cage que es una figura universal, pero incluso
un compositor norteamericano mediocre tiene muchas más posibilidades
que un buen compositor latinoamericano. Este es evidente.
-¿Y
que música de esa que usted nombró le interesa?
-Lo quo
yo había oído de ellos me pareció muy bueno.
Por ejemplo, a Hilda Dianda, cuando estuvo en España -yo
trabajaba en las juventudes musicales- le dimos el premio a la mejor
composición, un cuarteto de cuerdas excelente. Mariano Etkin
impactó mucho con la serie Soles que estaba haciendo
en aquella época. De Gerardo Gandini hicimos El Adieux,
aquello también golpeó muy fuerte; pero es curioso,
en España quedó algo pero no sé por quo luego
no trascendió mucho. Bueno, si sé por qué,
porque España estaba completamente aislada. De un modo general,
hay muchos problemas de tipo editorial, hay editoriales muy fuertes
quo prácticamente imponen a sus compositores. En realidad
no es quo impongan, pero la presión es tan grande quo pueden
hacer quo una serie de autores se difundan aunque su música
no sea la mejor. Es una cuestión también de las personas
responsables de los conciertos, es un riesgo a correr por cada programador
o cada director. Es decir, muchas veces hago un encargo a ua compositor
quo ha hecho una obra muy buena y lo que realizes puede no estar
muy bien y no olvidemos de nombrar a alguien con quien tengo bastante
contacto, que un poquito es argentino, Mauricio Kagel. Mauricio
ha estado tanto tiempo en Alemania quo uno se olvida de que es argentino.
De él he estrenado su ballet Tantz-Schul en la Opera
de Viena. Fue uno de los primeros estrenos que ha habido en la Staat
Oper de Viena en Ios últimos treinta años; en Viena
no son muy arriesgados.
-¿Le
interesa la docencia, usted enseña o ha enseñado?
-Sí,
he trabajado y de hecho sigo haciéndolo.
-¿En
la dirección de orquesta?
-Hay
que hacer un poco de historia. El Instituto para la Nueva Música
es un pequeño instituto quo tenemos en Alemania, que tiene
una biblioteca, una discoteca y un pequeño tondo de dinero
para hacer conciertos. Esto empezó en el '64, pronto cumplirá
treinta años. Se hacían una serie de conciertos llamados
Música viva, donde invitaron a Stockhausen, Berio,
etcétera. Fueron conciertos muy buenos, muy visitados por
la gente. Luego cayeron en una especie de somnolencia, pues se tornaron
conciertos casi de intercambio: aquí viene un grupo y nosotros
vamos allá, etc. En el año `73/`74, Huber me nombró
como su asistente en el instituto, entonces yo le dije: mira, esto
no me interesa, hay quo hacer algo que dé fruto, se puede
invitar a un conjunto, se puede invitar a un intérprete,
pero es conveniente, y es que aquí estamos en un conservatorio
-la escuela superior de música de Freiburg-, que aquello
deje algo. Como el nivel de los alumnos era bastante alto armamos
un grupo de gente con el que íbamos trabajando el repertorio;
este grupo se fue ampliando poco a poco durante los años
de mi trabajo. Entonces esto fue entre el `74 y `82; yo tenía
macho tiempo pares trabajar en ello pues estaba terminando mis estudios.
Hacíamos quince conciertos al año con programas diferentes
y esto dió algunos resultados; por ejemplo, muchos de los
fundadores del Ensemble Modern venían de Freiburg, gente
que había trabajado conmigo el repertorio de todos los niveles,
desde Schoenberg hasta lo más actual. Esto para mí
fue muy importante: dar a los alumnos una formación seria
antes de que se fueran a las orquestas o se dedicaran a la enseñanza.
Esto lo sigo haciendo pero ahora con muy poco tiempo; no puedo hacer
más que uno o dos conciertos al año en Freiburg, como
máximo, pero me han dicho: quédate el tiempo que puedas,
mejor quo sean dos a que no sea ninguno.
-¿Cuáles
son sus próximos proyectos?
-En septiembre
tengo un estreno absoluto de John Cage en Colonia. La obra se llama
Ciento tres. Son ciento tres músicos de la orquesta,
cada uno tiene su parte real -toda la cuerda tiene lo mismo pero
tocan independientemente. Luego, en París, tengo un concierto
en diciembre para celebrar el setenta aniversario de Xenakis. Después
un concierto en conexión con la Bienal de Venecia, en el
que haré Carré, de Stockhausen. Cosas importantes
de este tipo, aquí y allá tengo bastantes.
-¿Usted
vive de los conciertos?
-Claro,
sí, es el trabajo que yo realizo y es mi manera de ganarme
la vida.
-¿Si
tuviera un sueño que realizar?
-Eso
me lo han preguntado muchas veces, entonces yo he dicho: "Ha
habido cosas que ni siquiera soñé que vendrían.
Otras veces: "La sorpresa es lo mejor".
(LULÚ
número 4, Noviembre de 1992) |