"Cuando
ví la carta que Lulú le dicta al DR. Schon sentí
escalofríos"
Federico Monjeau
Director, pianista, maestro preparador en la Opera de Chicago, Antonio
Tauriello (Buenos Aires, 1931) es a la vez uno de los compositores
más originales de la escena actual. En esta entrevista, el
músico cuenta sus experiencias con Lulú,
ópera que preparó para la 48va. edición del
Maggio Musicale Fiorentino. "Berg era el más grande
snob que haya existido..." Habla también sobre composición.
Le interesa más "el Berio que inventa que el Berio que
retoma", y admira en Ligeti la capacidad de "escribir
las cosas más complejas con los métodos más
sencillos".
Entre
los papeles que cubren su mesa de trabajo asoma la portada de un
cuarteto de cuerdas. No Ileva nombre ni número; se trata
de su partitura más reciente y de su primera incursión
en el genero. Tauriello reconoce la dificultad de escribir para
cuarteto.
-El cuarteto
es quizá lo más difícil para un compositor,
precisamente por su homogeneidad. Plantea serios problemas instrumentales.
Debo confesar que en busca de algunas referencias me pase varios
días escuchando distintas versiones de los cuartetos de Schoenberg,
Berg, Webern, Bartok. Pero no hay influencias, mas allá de
una sonoridad de tipo weberniana: sordina, tasto, extremadamente
su ponticello, armónicos naturales y artificiales. En verdad,
este cuarteto tiene un origen reactivo; es una reacción a
una pieza que estaba escribiendo para oboe y piano. Había
demasiada dulzura, demasiada melodía...
-¿Cómo
fue eso?
-La pieza
estaba basada en una canción de Berlioz, La muerte de
Ofelia, una canción que ronda en mi cabeza desde no
sé cuando. Aunque puedo decir que en 1969 empezamos a escribir
con Gerardo Gandini una ópera que se llamaba La muerte
de Ofelia; estábamos en Washington y llegamos a completar
el primer cuadro. Para esta nueva pieza compuse una introducción
en piano en base a algunos procedimientos ligetianos. Salió
bien, pero esos quince compases iniciales terminaron invalidando
toda la continuación. El primer resultado interesante rítmica
y melódicamente; había optado por fraccionar las doce
semicorcheas del compás de Berlioz en figuras desiguales:
11, 6, 5, etc., formando distintas melodías y ritmos. Pero
cuando quise integrar la canción de Berlioz se me vino el
mundo abajo; esa melodía era maravillosa en Berlioz era tonta
en Tauriello. La reacción fue inmediata. Tenía dos
caminos: tomar el material y componer otra cosa, lo cual no es lo
definitivamente descartado, o hacer algo completamente distinto.
Decidí escribir un cuarteto.
-Usted
se refirió a unos procedimientos que forman parte de la producción
más reciente de Ligeti. ¿Le interesan particularmente
esas últimas obras?
-Admiro
mucho a Ligeti. Y algunos aspectos de su última producción
me interesan muchísimo. Pienso sobre todo en los Estudios
para piano; me interesa mucho su trabajo sobre la hemiola brahmsiana
y chopiniana, más quizá por los sistemas que por la
misma música. Dicho más claramente, por cómo
se pueden escribir las cosas más complejas con los métodos
más sencillos. Eso es lo que ha logrado Ligeti. Tomar, por
ejemplo, semicorcheas en un compás de cuatro por cuatro y
empezar a articular una melodía cada cinco notas, cada siete
cada doce, cada diecinueve. Lo sigo más cerca a Ligeti porque
es un compositor que me ha dicho algo diferente. A partir de él,
uno puede tomar cualquier camino.
- ¿Cuáles
son las características del Cuarteto, aparte de
las reactivas?
-Es una
obra muy severa; severa en su densidad polifónica, en sus
relaciones melódicas y armónicas. Podría decirse
que es también muy melódico, Pero en un sentido más
complejo. Está escrito en un solo movimiento y son variaciones
sobre dos temas de El prisionero de Dallappicola. No hay
citas literales; son ecos, de ecos, de ecos... Es evanescente, inmaterial.
- ¿Por
qué aparece Dallappicola?
-Es un
homenaje a uno de los dos músicos que han influido más
decisivamente sobre mí. El otro es el que le da el nombre
a esta revista, Berg. Y ambos por la misma razón: porque
la complejidad no excluye la poesía. Dallappicola fue para
mí un descubrimiento. La escuela de Viena, especialmente
con Schoenberg, me producía incluso cierto malestar. Cuando
Ginastera me hacía tocar las Piezas del op. 11 no
sentía ningún placer; me parecía que las notas
estaban puestas en forma arbitraria, lo cual, por supuesto, era
totalmente injusto de mi parte...
-A pesar
de todo, también homenajeó a Schoenberg en alguna
de sus obras.
-Sí.
Es por una admiración muy profunda que siento por Schoenberg,
Pero siempre fue para mí demasiado duro. Exceptuemos desde
luego obras como el Pierrot, que es una obra maestra; o
las Cinco piezas para orquesta, que entran directamente...
o la Serenata, que es genial desde todo punto de vista.
Me refiero a la totalidad de su obra. Berg, en cambio, acepto los
planteos de la escuela Pero lo que suena no tiene demasiado que
ver con lo que preconiza. Es una especie de magia. Hay algo mágico
en LuIú. Berg deriva por una formula numérica
los temas de los personajes. Es increíble que por la fórmula
de contar una nota de cada siete de la serie dodecafónica
saque el tema de Alwa; o como hace que esa misma serie pueda contener
el tema de la Condesa, que es una escala pentatónica y que
Berg la escribió pensando en los griegos, ya que suponía
que los griegos tenían Mitos sexuales similares a los de
la Condesa. Y el tema da perfecto. El tema de Alwa es una maravilla
musical y esta hecho de esa manera. Yo me pregunto: cómo
este hombre ha podido calcular todo eso.
- ¿Cuáles
son sus experiencias con Lulú?
-Pasé
o, mejor dicho, entregué dos meses de mi vida preparándola
para el Festival del Maggio Fiorentino. Fue duro. Hay cosas muy
complicadas en Lulú... dicho francamente, y dicho
por el propio Berg: el era el más grande snob que haya existido.
Anotaba todo. Cuando vi la carta que Lulú le dicta al Dr.
Schon sentí escalofríos. Tiene que dictarla con el
ritmo indicado... y Berg pretende que el Dr. Schon imagine las notas
mientras escribe... Y hay otro pasaje: cuando entra el camarero
en medio de una cascada de notas, y Berg pone una flecha que dice:
Aquí entra el camarero. Pero el más célebre
es el de la famosa polémica con Boulez, el de la muerte de
Schon y los cinco tiros. A Boulez lo criticaron porque no lo mató
con el ritmo justo...
-¿Y
cómo lo mataron en Florencia?
-Fue
totalmente al azar, y nadie dijo nada. Pero hay otro aspecto todavía
más problemático: el film. El film dura exactamente
tres minutos, para una acción que podría dar toda
una película. Esto creó problemas gravísimos.
El film se hizo en el estreno do Zurich, en 1937, pero a partir
de los años ' 60 se incluye en el programa la descripción
del interludio con todo lo que sucede: Lulú en la cárcel,
Lulú enferma, Lulú se fuga... todo. Tengo entendido
que últimamente solo el Covent Garden intentó hacerla
con el film. Creo que Boulez hizo encender las luces de la sala
durante el interludio, y la gente tenía la hojita con la
narración de los hechos.
-Me parece
que lo mejor es imaginarse todo durante esos tres minutos. Boulez
tiene razón cuando dice que si todo se hace como Berg quiere,
parece una película de Chaplin. Pero sin duda el problema
más serio, y yo lo viví muy intensamente, es el del
tercer acto. El tercer acto tiene problemas porque incluye demasiados
personajes. Es confuso, por momentos no se entiende nada. Yo pienso,
y por esto debería haber comenzado, que la versión
definitiva de Lulú todavía no está, y quizá
no vaya a estar jamás. Por ejemplo, Berg escribía
diálogos hablados, algunos de los cuales duran cinco minutos.
Cinco minutos en ópera es la eternidad. Yo creo que si Berg,
un hombre de teatro genial, hubiese llegado a ver la ópera,
habría cancelado o modificado todo este tipo de cosas.
-De todas
maneras, pienso que todavía se pueden mejorar muchas cosas
del comienzo del tercer acto. No creo que Cerha haya acertado en
todo y he notado algunos cambios entre su orquestación y
la versión de Boulez.
-Por
ejemplo, algunos pasajes muy difíciles de cuerda los transformo
para vientos. Lo que era muy difícil para un violín
lo hace un clarinete, y lo que es dificil se convierte en fácil.
De cualquier forma, el 80 o 90 por ciento de la opera esta escrita
por Berg, de modo que la ópera vale como tal. Ya no se puede
seguir pensando en dos actos solamente, porque además debemos
considerar la simetría berguiana: no dar el tercer acto es
destruir esa simetría. Y hay allí otro aspecto genial
de Berg, muy remarcable, que consiste en que los hombres que mueren
causa de Lulú vuelven al final en el papel de vengadores:
el medico, el negro y Jack el Destripador. Eso es también
genial desde el punto de vista de la economía.
-Entre
las dificultades de Lulú también podrían
mencionarse las seis formas distintas entre el canto y el habla
que especifica Berg.
-Bueno,
ni hablar. Esos seis sistemas diferentes constituyen una gran utopía.
Hay momentos en que Berg, y esto lo dice Adorno, y también
lo dice Boulez, es como un gran diletante... Es que el que arriesga
tanto...
-No actúa,
por decirlo así, como un profesional.
-Todo
lo que ellos escribían estaba en su imaginación. Pensemos
en el Moisés y Aaron de Schoenberg... cuantas cosas
imposibles hay en esa obra. Y Schoenberg sabía que eran imposibles,
pero no se limitó por eso. En cambio un hombre como Stravinski
sabe, cuando escribe una nota, que es lo que suena y que resultado
va a dar. Eso no se puede decir de Berg. Por eso todas las críticas
que le hicieron a Boulez son injustas. Hubo gente que lo siguió
con la partitura y vio que se desviaba completamente de los tiempos
y de una serie de indicaciones. Y creo que Chéreau también
hizo lo que quiso. El propio Boulez lo justificó, diciendo
que una ópcra no es algo estable, cerrado, definitivo, sino
que esta abierta a todas las opciones. Yo concuerdo con Boulez.
-¿Se
pensó alguna vez en la posibilidad de hacer Lulú completa
en la Argentina?
-Sí.
La íbamos a hacer con Jorge Lavelli. Tuvimos algunas conversaciones
a mi vuelta de Florencia, después de El caso Macropulos.
Lamentablemente, no se concretó.
-Algo
parecido pasó con el Wozzeck que usted iba a hacer
con Jaime Kogan.
-Otra
gran frustración. Yo trabajé cinco o seis veces en
la preparación del Wozzeck, aquí y en Chicago.
La he estudiado de maneras muy diferentes, tratando de ir más
allá de las notas mismas. Lo que pasa es que el Wozzeck
tiene varias lecturas simultáneas: cuatro, cinco, seis o
más. El tiempo, los colores, los episodios de escena, de
música, las formas cerradas.
-Es un
panorama tan vasto, que estoy seguro de que ya el año que
viene cambiaría de nuevo el enfoque. Y por eso es La obra
genial. Puedo contar algo muy gracioso: la primera vez que toque
el Wozzeck, el director de estudios del CoIón era
Kinsky. El me avisó un mes antes y yo pensé: un mes...
ufff, tengo tiempo de sobra.
-Estaba
acostumbrado a la ópera italiana, que en una semana se estrenaba.
Cuando me encontré con el Wozzeck fue como si se
me cayera una catedral encima. Así que lo que le debo haber
tocado a Leitner esa primera vez debió haber sido una vergüenza.
No dijo nada porque debe haber comprendido la dificultad del asunto.
Pero él es un hombre muy exigente y muy buen pianista, así
que no se le escapó nada.
-Gracias
a eso conseguí ir a la Opera de Chicago. Bruno Bartoletti
tenía que ir a hacer Wozzeck en el '64. No encontraba un
pianista por ningún lado; me pregunto: Antonio, ¿vos
tocaste Wozzeck? Sí. ¿Querés venir
a Chicago? Sí. Aquella vez me dediqué seis meses al
estudio de la obra, aunque borré muchas partes. Es que la
partitura para piano es casi una transcripción de la partitura
orquestal, ya que Berg, para que los teatros se interesaran por
su opera, no hacía una reducción al piano, sino que
ponía todo. A los pianistas les resulta algo así como
una muralla de notas. Cuando la hice de nuevo con Leitner tiré
la partitura que había arreglado y conseguí tocar
el 90 porciento de lo que era la obra. Y la última vez que
la preparé en Chicago pude tocarla directamente.
- Volviendo
a la composición, ¿qué cosas le interesan actualmente?
-Está
relacionado con lo que hablábamos a propósito de Ligeti.
Con una búsqueda, con una forma que me permite encontrar
nuevas vías de composición. Lo que fue nuevo para
Ligeti tan bien fue nuevo para mí. Sin descarta otros compositores...
-¿Cuáles?
-En ciertos
aspectos, Stockhausen, tan despreciado ahora... Algunas cosas de
Lutoslawski; y alguien por quien siento mucha admiración,
que es Mauricio Kagel. Justamente antes de mi último viaje
a Chicago, Kagel me envió las partituras que me parecieron
formidables. Con Kagel entramos juntos al Colón como pianistas.
AI tiempo él se fue con la mujer, que era escultora, a Alemania.
En cuatro o cinco años empezó a sentirse el nombre
de Kagel.
-Recuerdo
un artículo de Boulez donde decía que la única
persona que sabía escribir para arpa era Kagel. Y cuando
en el '74 fuimos con mi mujer a Dinamarca porque iban a hacer una
obra mía, nos encontramos con conciertos totalmente dedicados
a Kagel, con Kagel como músico invitado. Él dirigía,
tocaba; era tan fantástico el nivel de todo lo que hacía.
-Es cierto
que muchas de sus obras son instrucciones; eso es lo que me molesta.
Una vez estaba en la casa Universal, en Londres, y le dije a una
señorita muy amable: me gustaría ver obras de Kagel.
Fue al sótano y me trajo la obra completa. La miré:
casi todas decían: haga tal cosa, toque tal otra, mueva tal
otra. Pero hay obras suyas totalmente escritas que revelan una técnica
y una invención extraordinarias; pienso ahora en una obra
para doble coro, sobre un coral de Bach... eso solamente lo puede
hacer un gran músico. A mí me gustaría que
todas sus obras fuesen así, en vez de: haga tal cosa. Hay
otra obra fantástica, el Mare Nostrum, que es el
descubrimiento de Europa por los indios del Amazonas... Sigo admirando
también a Berio, y tuve oportunidad de leer los libretos
de sus últimas óperas, La vera storia y Un
re in ascolto. Son libretos de Italo Calvino. La primera parte
de La vera storia es una imitación del Trovatore
de Verdi, pero no en la acción dramática sino en los
hechos: grandes coros, barítonos, voces... y en la segunda
parte, lo que es dramático se vuelve lírico. Es fantástico.
Un re in ascolto es el ensayo de La tempestad de
Shakespeare, con un regisseur dirigiendo cantantes y acompañado
por guitarra, mandolina, piano, etc. El personaje principal tiene
un problema cardíaco en la escena; creo que muere en el segundo
acto, y la realidad se confunde con la obra. Un libreto genial.
-¿Qué
opina de la siguiente frase de George Rochberg?: "Si bien parece
que una gran parte de la música de siglo XX ha sido una música
del olvido, la música de fin de siglo tiende cada vez más
a convertirse en una música de la memoria."
-Si lo
hubiera dicho Ligeti tendría algún sentido, pero en
Rochberg es totalmente reaccionario. Un hombre que escribe un cuarteto
como Beethoven.:. que pretende que uno mezcle cuando escucha la
obra: el primer movimiento es Mahler, el segundo es Beethoven, el
tercero es Schubert, en el cuarto Webern... Rochberg era un dodecafónico
de la escuela de Columbia. Después de la muerte del hijo
cambió totalmente la forma de componer. El Concierto
para violín suena corno si fuera Mendelssohn. Por eso esas
palabras no tienen mucho valor. Podría también comprender
que las hubiera dicho Berio. Pero no creo en los retornos. Creo
que tiene que haber invención, si no no hay música.
No me gusta demasiado el Berio de la Sinfonía, donde
aparte de las citas reconocibles debe haber más de cien que
yo no reconozco. Me gusta más el Berio que inventa que el
Berio que retoma.
-¿Cree
usted que puede hablarse de progreso en música?
-No.
Pero sí de originalidad. Creo en la originalidad, creo en
la idea. Hay que ir más allá de la toma de la cites.
-En sus
obras suele haber citas.
.-Sí,
pero en el Cuarteto, por ejemplo, son irreconocibles. En
general trato de enmascarar lo más posible el origen. Escribí
el Cuarteto porque justamente la obra que estaba componiendo
en ese momento me sonaba demasiado reconocible. Era como si esa
obra ya es estuviera hecha.
-Sin
embargo, la cita está.
- En
realidad, siento que podría evitarla. Como dice Boulez, es
preferible que la cita no esté. Uno tendría que inventar
sin subirse a caballo de otro compositor. Escribir un madrigal no
en base a uno de Monteverdi, aunque pueda hacer recordar remotamente
a ciertos procedimientos. Los procedimientos sí me interesan;
los procedimientos antiguos abstraídos. No las notas. Mi
Impromptu sobre Berg, por ejemplo, está completamente
vaciado de citas.
Quité
todas las notas de Berg y quedó solamente la estructura rítmica.
Eso es un ejemplo de lo que yo puedo crear a partir de algo dado.
(LULÚ
número 1, Septiembre de 1991) |