"Hay que
ampliar la perspectiva estética de relación del
Colón con la sociedad"
Carlos Cerana
Actor,
director de teatro y cine, regisseur, Sergio Renán ejerce
la dirección general del Teatro Colón sin permanecer
indiferente a la producción artística contemporánea.
"Tengo muy clara la responsabilidad del Colon como factor de
estímulo en la generación de artistas". La creación
en 1990 del Centro de Experimentación en Ópera y Ballet,
a cargo de Gerardo Gandini, es parte de un plan que, según
el director, debe ser llevado adelante con dosis iguales de fuerza,
potencia y astucia. "Pretender establecer una política
cultural con total prescindencia de la respuesta exterior es candoroso
y es suicida".
-¿Qué
balance puede hacer de su gestión al frente del Colón,
hasta este momento?
-Para
analizar esta gestión, es inevitable tomar como referencia
el estado en que se encontraba el Teatro, que supuso tocar fondo
en un montón de aspectos... Esto no es ni mínimamente
una crítica a las autoridades anteriores, que yo entiendo
que fueron seriamente perjudicadas por el momento histórico
que les toco vivir. El reintegro a la vida democrática supuso
un cuestionamiento a todo aquel que encarnase el rol de la autoridad.
Y pocos espacios son tan aptos para que ese cuestionamiento tome
un carácter estruendoso, como lo es un teatro de ópera.
Se llegó a una degradación progresiva -que yo viví
como regisseur-, que tuvo su culminación con el Otello
que dirigí escénicamente en el `87, interrumpido en
un intervalo por una asamblea de la que participaban quienes, estaban
haciendo la función.
-¿Cómo
pudo revertirse esta situación?
-Una
especie de temor acerca del futuro del Teatro invadió colectivamente,
y provoco una reacción de toda la gente que tiene un vínculo
amoroso con él. La restitución de un espíritu
orgulloso y al mismo tiempo responsable era lo primero que esta
gestión necesitaba. Paralelamente, había otro hecho
prioritario: la finalización de las obras del escenario.
-Que
fue una herencia muy pesada...
-Para
la cual no bastaban ni mis energías ni mi imaginación.
Hacía falta un respaldo económico, que básicamente
tenía que ser de la Municipalidad, y que afortunadamente
existió. Después me establecí una especie de
organigrama, donde iba fijando objetivos importantes. La reformulación
suponía hacer el mejor Teatro Colón, en cuanto a hacer
muy bien Ias óperas de repertorio: eso es parte de nuestra
obligación. Por otro lado, hacer un teatro con una proyección
social activa y dinámica, que tratase de incorporar al espectador
que habitualmente no concurre, para lo cual era necesario desacralizar
algunos aspectos del vínculo establecido entre el Colón
y la sociedad. El objetivo final es estimular la relación
de la gente con la música. E inclusive, también con
el Colón. Quiero decir que si hay sectores que sienten al
Colón como perteneciente a un universo no solamente ajeno
sino hostil, pero que de todas maneras reciben al Colón en
un espacio diferente, que no los intimida, que no les provoca rechazo,
quizá más allá del vínculo que establezcan
con la música algún día tengan ganas de venir
al teatro, que yo creo que es muy hermoso...
-Es que
en ciertos estratos siempre se lo consideró como una expresión
de "cultura elitista"...
-Eso
contiene algunos aspectos ciertos pero que no son éticamente
cuestionables. La música culta tiene menos consumidores que
la música popular: eso yo no pretendo modificarlo. Sé
que hay más lectores de diarios que de libros, y es inevitable...
Nuestra responsabilidad es que para todos aquellos que potencialmente
están relacionados con un hecho artístico -en este
caso el de la música desaparezcan los factores que entorpecen
ese vínculo, y descubran -a veces con gran sorpresa pero
sin duda con una gran alegría un aspecto regocijante de su
posibilidad como personas.
-¿De
que manera se resolvió el aspecto económico de la
operación del Teatro?
-Se trató
de generar una economía razonable. Los abonos pasaron a tener
precios notoriamente más altos: eso tiene que ver con la
necesidad de equilibrar la relación de ingresos con los costos,
que en el caso de la ópera son elevadísimos. Pero
al mismo tiempo hacemos algunas funciones muy baratas: a los abonos
que ya existían para estudiantes secundarios y universitarios,
hemos agregado abonos para la tercera edad, en los que la localidad
más cara es más barata que el precio del cine, además
de muchos espectáculos de nivel de precio intermedio.
-Usted
mencionó la proyección de los espectáculos
más allá de la sala del Teatro. El Colón tiene
una larga tradición en ese sentido...
-Muchos
hemos ido al Parque Centenario a ver ópera y ballet, hemos
seguido los conciertos que el Colón ha hecho en otros ámbitos...
Pero a mí me importa agregar algunos espacios no transitados.
Hay un programa llamado El Colón va a las escuelas, con espectáculos
hechos por el Instituto de Estudios Superiores para los chicos de
los colegios primarios, que ya nos está dando resultados
notables... Tenemos unos cursos de aproximación a la música,
para estudiantes secundarios. Se hacen todos los lunes a la mañana,
con la presencia de centenares de chicos, acá en el Teatro.
Se va mucho a las provincial, todo lo que se puede. El año
que viene, la Filarmónica de Buenos Aires ha preparado una
serie de conciertos en barrios. Paralelamente, hay otras labores
que nunca entendí como el Teatro no hacía, por ejemplo
la edición de discos. Están por salir una serie de
conciertos, y una serie de óperas, con obras nuevas y con
obras de repertorio del archivo.
-¿El
sello es Teatro Colón?
-Hay
un arreglo con Polygram para algunos discos de orquesta, pero para
grabaciones de archivo va a ser Teatro Colón. Son discos
compactos, que van a tener una distribución internacional.
Esto me parece elemental: es incomprensible que no se hiciese. De
la misma manera le doy mucha importancia a desarrollar la sección
de grabación en video de los espectáculos. Cuando
salga este numero de la revista ya van a estar a la venta dos videos:
Violante, y La rondine. Luego van a ir saliendo
otros, y distribuyéndose internacionalmente. También
esa sección produce un programa que se emite por Cablevisión
y Videocable, cuatro veces por semana, que es otro hecho tendiente
a ampliar el vínculo con gente que no es del Colón.
Vamos a aumentar la presencia en radio, vamos a iniciar campanas
muy particularizadas también en televisión...
-Desde
el punto de vista de un compositor contemporáneo, el Colón
tiene algo de museo: es un ámbito cultural destinado a la
preservación de un repertorio del pasado. ¿Qué
espacio tiene la producción actual, la. experimentación
musical, en una sala de las características del Colon?
-Bueno,
si incluimos dentro de esas características un sector de
público que mayoritariamente rechaza todo lo que no sea repertorio
tradicional, está claro que es un proceso que lleva su tiempo,
que tiene sus costos, pero que estoy dispuesto a emprender. El primer
paso, sin duda, fue la creación del Centro Experimental de
Opera y Ballet, que es del Teatro Colon: quiero decir, no es una
abstracción, un hecho aislado como algunos lo viven. Es consecuencia
de nuestra decisión de que el compositor argentino, particularmente
el joven, el regisseur, el coreógrafo, el bailarín,
el cantante y el músico, tengan una posibilidad que las salas
tradicionales -por su índole- no pueden proveer. A mí
juicio es un espacio imprescindible. Y ya parte de los resultados
se han incorpora do al "espacio tradicional": alguna de
la gente que hace su experiencia ahí ha sido convocada para
dirigir o hacer la regie de espectáculos en la sala grande.
-¿Y
con respecto a la composición musical, específicamente?
-La posibilidad
de componer ópera, de componer ballet, obviamente es más
compleja. Hay una experiencia de la que yo participé antes
de ingresar a este rol, que fue proponer el encargo de dos óperas
argentinas: de ahí surgieron El sueño de los héroes
y Marathón. A partir de mi insistencia en una
metodología en la que creo, que es la de vincular los distintos
aspectos de una obra, desde la propia génesis, con la presencia
del libretista, junto con la del regisseur, como cosa integrada
desde el principio. En el caso de Marathón se produjo un
buen resultado, que se vio el año pasado. En El sueño
de los héroes lamentablemente hubo problemas con la
composición musical: en este momento esperamos la evolución
de la salud del maestro Tauriello... Pero la inclusión de
compositores argentinos en el repertorio sinfónico es notoriamente
más sencilla.
-¿Cómo
se decide la inclusión de una obra argentina?
-En el
caso de la Filarmónica, hasta ahora la decisión final
siempre la manejo el director de la orquesta junto con el director
artístico. Se está generando una estructura más
colegiada, con la presencia de un manager, y una delegación
de la propia orquesta. Todavía no está terminada esa
estructura, pero se está modificando...
-Se dice
que los compositores argentinos no escriben mucho para formaciones
grandes. Pero además de la problemática económica,
los costos del material de orquesta, etc., hay una cuestión
de base: es que si alguien compone para orquesta sinfónica,
probablemente jamás pueda escuchar su obra... ¿en
qué medida hay una política que permita que esto se
reformule?
-El tema
es complejísimo, porque por un lado se hace necesaria la
recuperación de un porcentaje de espectadores de conciertos,
que se han perdido. Un fenómeno lamentable es la perceptible
merma de espectadores de conciertos: esto es universal, pero en
este caso hablamos de la Argentina. Es un fenómeno preocupante,
y frente al cual no hay muchas explicaciones. Porque el tema económico
es una, pero a veces nosotros hacemos conciertos excelentes con
precios realmente baratos, y no siempre la gente viene...
-Tal
vez por la, existencia del disco, la calidad de las grabaciones...
-El placer
de concurrir a un concierto es único. Lo sé yo, como
director de cine: hay gente que cree que alquilar un video es lo
mismo que ir al cine... Ver o escuchar algo en casa puede ser placentero,
pero sin duda es menos importante, como experiencia estética...
Entonces, obviamente no podemos ignorar el tema repertorio en un
esquema de recuperación del público: ciertos títulos,
ciertas obras convocantes pasaron a ser inevitables. Y eso dificulta
la inserción, lo que genera, no sé si el rechazo,
pero no corriente de público.
-Pero
eso pasa también con algunos autores del repertorio tradicional...
-El enorme
rechazo de muchos espectadores por la ópera moderna acentúa
el que ya tienen por Richard Strauss. Más allá de
que más o menos uno lo sabe o se lo imagina, hay, estadísticas:
uno hace Mozart y viene menos gente que a Verdi. Claramente menos
gente, salvo que haya algún evento particular. Pero lo habitual
es que el Mozart que fuere Don Giovanni, Figaro,
hablo de los títulos más populares venda muchas entradas
menos que Verdi, o que el Puccini de Bohème, de
Turandot, de Tosca y de Butterfly. Salvo
en los países germanos -donde es exactamente a la inversa
el porcentaje de títulos- ocurre lo mismo en muchos lados.
Wagner tiene una determinada clientela. El bel canto se
incluye dentro del grado de atracción del Verdi intermedio,
que a su vez tiene mucho más público que el Verdi
de la última etapa. No hay ni punto de relación entre
lo que interesa El Trovador y lo que interesa Falstaff.
Así que es un tema grande, porque plantearse que uno puede
establecer una política cultural con total prescindencia
de la respuesta exterior es candoroso y es suicida. La apertura
debe ser consecuencia de un plan que tenga en cuenta los datos de
la realidad. Y tratar de llevarlo a cabo en las etapas en que sea
necesario, con fuerza, con potencia, y con astucia... La potencia
hasta llegó a ser necesaria en el Colón, en el caso
del Centro Experimental. A mucha gente dentro del Teatro le produjo
mucha resistencia.
-¿Por
qué motivo?
-Por
una sensación de que se incorporaba un cuerpo advenedizo
no deseado a innecesario. En ese sentido la batalla está
ganada, y afortunadamente el Centro está vivo y con programación
para el `92 y el `93.
-Usted
mencionaba que no se puede hacer una política cultural sin
tomar en cuenta la realidad. Pero hay un rol de mecenazgo que el
Colón podría cumplir, como lo hizo al encargar las
óperas... ¿O se trató de un hecho aislado?
-No,
no. Es una política, cuyo objetivo final es ampliar la perspectiva
estética de la relación del Colói con la sociedad.
En ningún caso eliminar lo que tiene: agregar lo que no tiene.
Pero tampoco podemos perder de vista la existencia de un repertorio
argentino tradicional, que tiene que aparecer. Y hay un porcentaje
que es muy difícil de superar sin que se note de manera grave
en la recaudación.
-¿Qué
pueden esperar entonces los compositores jóvenes?
-Yo tengo
clara mi responsabilidad frente al Teatro, en el sentido de que
resulte razonable la relación de una orquesta de cien músicos
en el escenario con la cantidad de publico, tanto por lo que connota
económicamente, como por la importancia que tiene para el
artistas sentir que hay gente. Pero al mismo tiempo, tengo muy clara
la responsabilidad del Colón, como factor de estímulo
en la generación de artistas. Y es un tema que, más
allá del Centro Experimental, me preocupa muy puntualmente.
Uno de mis proyecto paralelos es el de la terminación de
la obra del museo, y de todo el sector Toscanini. A lo ya previsto,
yo agregué una pequeña sala de cerca de trescientas
localidades, para que sea una alternativa de conciertos, sobre todo
para la música joven argentina, en el Teatro Colón.
Porque la desdicha que tiene este tamaño es que con quinientas
personas, que es una cantidad muy respetable, el teatro esta vacío...
El Colón de todas maneras necesitaba una sala alternativa
-la verdad es que me hubiera gustado que fuese algo más grande-.
Revisé los planos del museo, y me encontré con un
proyecto de confitería, en fin, un lugar que podía
servir. Entonces pedí a los arquitectos del Teatro que proyectaran
un espacio, básicamente de concierto, y también para
pequeñas óperas o ballets. La próxima obra
del Colón va a ser ésa. Yo espero que en un año,
un año y algo, se termine todo eso...
-¿Qué
repertorio está previsto para esa sala?
-La labor
del Centro Experimental, y una actividad destinada a la música
actual. Vamos a ver si sigo hasta el momento en que se termine,
pero mi proyecto es ése...
-Sería
importante, para que las expresiones contemporáneas dejaran
de ser una actividad marginal...
-Es que
dentro de los espacios de programación, no resulta fácil
la inserción, por eso se hacen cosas en el Centro de la Recoleta
y en otros lados... Lo que por otra parte tampoco está mal.
Porque en el caso concreto del Centro Cultural Recoleta, tiene una
cantidad de habitúes de una índole que a mí
me interesa. Mas allá de aquel que concurre a espectáculos
específicos del Centro, me interesa también el espectador
accidental, el que va por ahí para ver qué hay. Y
de pronto se encuentra con una ópera, con un ballet o con
un concierto, que genera un vínculo que muchas veces es para
siempre. Bueno, eso mismo se va a producir con un matiz diferente
y mejor, dentro del teatro Colón. Van a venir al Pequeño
Colón, al Petit Colón moderno...
-¿Qué
significa la dirección del Colón en la carrera de
Renán?
-Es otra
manera de vincularme con un espacio esencial para mi vida. Este
es un lugar que pobló de imágenes y de fantasías
mi infancia. También aquí mi relación con la
música -interrumpida profesionalmente a partir del momento
en que deje el violín- se reanudó con la regie de
ópera en el `84. Y finalmente esta última relación,
absolutamente inesperada, y tampoco fantaseada por mí...
Es la posibilidad de serle útil a un espacio tan importante
para nuestra sociedad. Con todo lo que supone de responsabilidades,
con la posibilidad de broncas, que son infinitas... Pero también
con resultados, que cuando son positivos me hacen sentir muy bien.
(LULÚ
número 3, Abril de 1992)
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