"Cante
un buen vino no una cerveza"
Diana Baroni
En
mayo de 1967, luego de dirigir el Edipo de Stravinski en
Toronto, Robert Craft apuntaba en su diario: "Desde el punto
de vista vocal, la ejecución de esta noche es la más
satisfactoria que he oído; desde el coro hasta el Edipo
de Ernst Haefliger, langsam y sehr ausdrucksvoll...".
Ernst Haefliger, entonces con 48 años, ya era célebre
como el Evangelista de las Pasiones de Bach y como tenor
mozartiano en la Opera de Berlín; aunque también como
cantante de cámara, genero que ha desarrollado con un estilo
cultivado hasta el extremo de la depuración. El tenor suizo
visita regularmente la Argentina desde 1982, invitado por las Becas
Leonor Hirsch de von Buch para dictar un curso de perfeccionamiento
destinado a jóvenes cantantes locales, que consiste en clases
magistrales de técnica vocal y repertorio de cámara.
A continuación se publica la entrevista concedida por Haefliger
a LULÚ en mayo de este año.
-De sus
versiones del Winterreise (Viaje de invierno) de Franz
Scaubert, la segunda, más reciente, tiene un trabajo muy
distinto en la interpretación. ¿Qué ocurrió?
¿Ese cambio obedece a un nuevo modo de pensar la obra?
-El cambio
se produjo probablemente al ver una partitura que tenía desde
joven. Y también, al trabajar con un instrumento de la época
de Schubert, el hammerflugel (pianoforte). Un
buen pianoforte, que no era en todo caso como aquellos del tiempo
de Mozart; estos eran más percusivos. Este hammerflugel
tiene ya otro sonido; en e1 se pueden hacer las líneas de
Schubert. Es un Brothmann de 1820, que para ese entonces era el
modelo más avanzado, con sonoridad, con más graves;
es un instrumento con ciertas cualidades tímbricas y no es
demasiado rústico.
-¿Y
en cuanto al texto?
-Bueno,
sabemos que Muller no era un gran escritor, aunque Schubert encontró
en él la posibilidad de sublimar una escritura. Un día
Schubert dijo a sus amigos: "He escrito, ya oirán, una
obra que los va a emocionar". Cuando comenzamos a trabajar
con la partitura, notamos que allí todo estaba escrito; pianos,
pianisimos, a veces algunos acentos, muy bien elegidos. Vimos esto
con Jörg Dähler, el pianista, un formidable músico,
y comenzamos a estudiar esta obra de acuerdo con la partitura original.
En ella, algunos lieder están escritos en dos tonalidades;
elegimos la versión que para mí era más cómoda,
puesto que me permitía más posibilidades de color
y ataques. Yo creo que los barítonos, por ejemplo, al hacer
el Winterreise, toman la clave de las canciones en la tesitura que
pueden cantar, y entonces esto siempre da como resultado un registro
medio de la voz. A veces, puede resultar un poco bajo para un tenor,
pero nos encontramos con que en todos esos pasajes Schubert había
escrito "pianisimo". De ese modo eran posibles, también
con un trabajo de color. La otra cosa que se debe tener en cuenta
es la armonía, que también puede inducirse a través
de la voz. Así comenzamos a trabajar. Encontró ya
en el primer lied a un Schubert completamente distinto al de La
bella molinera, donde todo está delante del; en el Winterreise,
todo está detrás. La decepción, la gran decepción
no solo del amor, sino, en fin, de la vida. "He llegado como
un desconocido; parto como un desconocido": este es el texto
en la primera línea. Así comienza este ciclo.
-En otra
oportunidad, usted hizo algunas objeciones acerca de las versiones
que suelen pacer los barítonos.
-Sí,
creo que ellos fuerzan demasiado en el registro medio de la voz.
Tanta fuerza es exagerada. Es Schubert quien ya ha escrito la música,
quien ya ha dado su opinión acerca del poema; todo está
allí, sublimado por el mismo Schubert. Entonces, ¿por
qué sobrecargar todavía el texto con la opinión
personal? Schubert escribió todo; todo lo que imaginó
está dentro de la obra; los sforzatti, las intensidades...
No es necesario sobrecargar esa escritura; podría caerse
en el mal gusto y esto lo encuentro terrible. Probablemente, esta
es la razón por la que uno debe respetar la composición,
como el compositor hizo conocer esos poemas.
-¿Siempre
es así, no solo con Schubert?
-También
con Schumann y Mahler. Una vez, Bruno Walter me dijo durante un
ensayo, antes de empezar a trabajar: "Cante un buen vino, no
una cerveza". Fue muy claro. Walter tenía un sentido
de la energía, de la interpretación; siempre atendía
a la obra de un modo muy agudo, con mucha precisión.
-Creo
que en el Winterreise usted trabaja con una idea de narración;
la obra parece pensada como una totalidad y, a la vez, hay un trabajo
con los detalles que jamas había oído.
.-No
solo están pensados de acuerdo al poema sino también
pensados en relación con la armonía. Tomó el
texto en su sentido más delgado, más fino; el texto
que inspiró a Schubert.
-Es casi
una versión objetiva. Un modo de estar mucho más entregado
a la obra que, en fin, cantar sobre ella.
-Es que
eso sería demasiado. Expresarse sobre ella, por encima de
esa escritura, es excesivo. No quisiera equivocarme, pero en mi
opinión Cocteau escribió para Oedipus Rex de
Stravinski en ese sentido, en un sentido de objetividad.
-¿Usted
cantó esta obra?
-Sí,
muchas veces. Stravinski siempre me llamó para hacerla. Podía
hacer un papel dramático, aunque con cierta distancia. Siempre
se dijo de Stravinski que debía cantarse su ritmo, su sentido
del ritmo. No es así, o, al menos, no sólo de eso
se trata. En cuanto se piensa en una línea, en una frase,
allí aparece.
-¿Esta
idea acerca de la interpretación, no sobrecargada, significa
riesgo?
-Sin
duda, es un riesgo frente al público y frente al comercio.
Seguramente, se puede estar convencido aunque con esto no es suficiente.
Es necesario un gran esfuerzo, una entrega constante. Es un riesgo,
sí, pero todo en la vida significa un riesgo.
-Esta
relación que usted tenia con Bruno Walter, ¿también
se daba con Richter haciendo Bach?
-Con
Richter sucedió algo extraño. Cuando Harnoncourt comenzó
a hacer sus versiones, Richter estaba turbado, incomodo. Y esto
porque de repente aparecieron ciertas cosas que se impusieron y
que debían hacerse de un modo determinado. Richter, que estaba
confundido, comenzó a buscar novedades y algunas veces perdía
su centro.
-¿Richter?
-Sí,
de vez en cuando...
-Pero,
¿por la aparición de Harnoncourt?
-Sí;
porque en definitiva estaba desorientado. En ese entonces, se comenzó
a hacer la música antigua con sus instrumentos originales.
Y en verdad, nadie, ninguna de esas personas conocía tan
bien el contrapunto y el bajo continuo como Richter. Estaba molesto.
Lo fastidiaba que esa gran fuerza que había encontrado en
Bach se redujera a problemas técnicos.
-¿Piensa
que Richter cambió en ese momento su concepción de
Bach?
-No,
en el fondo no podía hacerlo. Aunque hizo ciertos cambios
dentro de sus versiones y, en fin, se dejó llevar.
-Nos
gustaría que nos hablara un poco más de Harnoncourt.
-Una
vez, cuando era profesor en Munich, invité a Harnoncourt
para una clase; era interesante para los estudiantes tomar contacto
con él. Sin embargo, no era distinto a lo que hacíamos
con Leo Blech en Berlín. Era similar a aquellas versiones
de Idomeneo, que canté en la opera de Berlín en el
año '53 o '54. No era otra cosa, en verdad. Y después
de todo, ¿quién sabe como se cantaba en ese entonces?
¿Quién sabe eso? El mismo Bach dijo: "Si tuviera
cien en el coro, llevaría cien a la iglesia". Esto fue
así. Richter no era un romántico, como siempre se
afirmó; no exactamente. Siempre tuvo este gesto, esta fuerza;
todo se entiende en sus versiones, los instrumentos guiando las
líneas, las ideas, todo se percibe de inmediato, una esencia
de Bach.
-¿Su
trabajo con Richter lo influyó especialmente?
-Bueno,
yo ya había cantado mucho antes de la aparición de
Richter. En Amsterdam, las grandes Pasiones, con el Concertgebow;
después comencé a trabajar con Richter y fue como
probar un buen vino. Porque Bach se hacía con un mal sentido
de religiosidad, y con Richter no había dificultad. Harnoncourt
no estaba al nivel de Richter.
-¿En
un sentido técnico?
-No,
en genialidad. Harnoncourt tenía una gran inteligencia. Pero
yo, personalmente, pienso que no era muy talentoso. Tuvo una idea
y, sin duda, creó algo con ella. Ahora también hace
Mozart y hasta Beethoven con ese criterio. Siempre ha sido muy voluntarioso,
también eso. Lo que hizo Harnoncourt con los recitativos,
ya lo hacíamos tiempo atrás. Por ejemplo, Idomeneo
naturalmente admite libertades en sus recitativos, en el sentido
en que se pueden hacer "rubatos", pero siempre dentro
de un tiempo, de una métrica. Esto se hacía ya cuando
comencé a cantar óperas de Mozart. Es el recurso que
uno tiene en escena para expresarse musicalmente; es imprescindible,
también desde el punto de vista dramático. Harnoncourt
lo descubrió y lo usó de una manera insistente, aunque
hacía tiempo que lo utilizábamos. Tal vet, en ese
momento, este encontró un verdadero sentido.
-Pensaba
que tal vez este estilo objetivo en su Winterreise, ese
modo de contar ur viaje, ¿no está acaso en relación
con ese gran papel de narrador que es el Evangelista de la Pasión
según San Mateo?
-Sí.
pero la objetividad no por sí misma.
-Objetividad
en el sentido en que se produce una disolución del intérprete.
Quizá se puede sentir esto mismo cuando Brendel toca a Mozart.
-El otro
día escuché la versión en video de Richter,
haciendo la Pasión según San Mateo, con Peter
Schreier como Evangelista. Schreier ha exagerado la objetividad
sin emoción. Es curioso, Pero esta emoción ha sido
pasada por alto. Yo no creo que el Evangelista solo relate una historia;
lo que sucede en la versión de Schreier es que sobrepasa
el relato con vanidad. Y eso es terrible.
-Hay
una gran familiaridad entre el Bach de Richter y el Bach de Pablo
Casals.
-Ah,
sí. Pablo Casals era un músico formidable. Hicimos
San Mateo, por esos años, en Puerto Rico; me sentía
realmente cómodo a su lado. Fue una versión muy traslúcida.
Apenas dirigía, con unos pocos movimientos; casi no hacía
nada. Era evidente su amor a la música, como cellista y como
director.
-¿Qué
piensa de intérpretes no demasiado literales, como Glenn
Gould haciendo Mozart o Bach?
-Solo
oí Bach por él; quedé perplejo. Es un loco.
Cambia demasiadas cosas, aunque los cambios en la partitura también
Busoni los hizo, claro que él en un sentido más romántico.
Gould tiene un estilo mucho más rítmico. Sin duda
es un pianista genial.
-Dentro
de la tradición del lied, ¿qué opina de Fischer-Dieskau?
-Siendo
joven era muy bueno El también hizo el Evangelista tal vez
con cierta distancia. Cantaba siempre con un estilo un tanto forzado.
Esto está bien para la grandes salas, de otro modo no es
posible cantar, por ejemplo, en el Carnegie Hall. Creo que cuando
Fischer-Dieskau se dio cuenta de que su voz podía llegar
hasta la última fila de la platea, hizo un cambio de estilo;
esto se produjo no solo por esa razón sino también
por los nuevos compromisos qué esto le significaba.
-¿Podría
nombrarnos algún liederista que le interese en particular?
-Hermann
Prey tiene una bella voz. También Elizabeth Schwarzkopf,
aunque por momentos encuentro su estilo un poco exagerado.
-En cuanto
a la ópera, ¿usted cantó especialmente Mozart?
-Sí
Mozart y los italianos ligeros: Rossini, El Barbero de Sevilla;
también Donizetti, Don Pascual. Mucho después hice
Palestrina. Durante la guerra, yo tenía 21 años y
cantaba Monteverdi en un coro. Por ese entonces, estrené
la versión de Tristán e Isolda que escribió
Frank Martin. En ese momento, esto era muy moderno.
-Además
de este último, ¿qué otros compositores de
este siglo interpretó?
-También
hice Schoenberg; fue como cantar Schumann. Y Dallappicola. Para
la voz, Dallappicola es el que mejor escribe; uno no se da cuenta
de que escribe en 12 tonos. Tiene una unidad perfecta. Canté
sus Cuatro canciones sobre Machado en una versión
para tenor. Con los comienzos de Stockhausen, confieso que me aburría;
después hizo cosas que realmente me gustaron. Grabé
obras de Othmar Schoek, que es un compositor suizo con reminiscencias
de la escuela de Viena; y de Leos Janácek, el Diario
de un desaparecido, con Rafael Kubelick en piano.
-Usted
nombró anteriormente al director alemán Leo Blech...
-Sí,
él era un gran director. Estuvo en la opera de Berlín,
antes de la guerra. Era fantástico. También dirigía
en Estocolmo, durante los mismos anos que Otto Klemperer. Con él,
hice en muchas oportunidades la Missa Solemnis. Era formidable trabajar
con Otto; era muy gracioso. Tuvo un tumor, y durante el tiempo que
duró su enfermedad, perdió todos los sentidos, su
capacidad. Por momentos, se veía desconcertado. Dirigió
muchas veces la orquesta del Concertgebow de Amsterdam. Por ese
entonces, Klemperer iba a menudo al "barrio rojo"; siempre
se lo encontraba por ahí. Una vez -él mismo me contó
esta historia- se encontraron con el teatro lleno de estas mujeres
del barrio rojo; Klemperer las había invitado y debió
echarlas. Se trataba de una función de gala, uno de los tantos
conciertos del Concertgebow. A veces, Otto estaba realmente atormentado,
fuera de sí. Otra vez, viajaba Klemperer con Poulenc y Pierre
Bernac, un cantante francés que siempre estrenaba las obras
de Poulenc. Estaban de gira. Otto, una noche, los esperaba en el
hall del hotel donde se hospedaban y, como se retrasaban, obligó
al conserje a que fuera a buscarlos con este mensaje: "Si los
dos señores no bajan de inmediato, ya no tendremos más
éxito". Era histriónico, un verdadero personaje.
En una oportunidad, canté en el Festival de Lucerna La canción
de la tierra y luego me contrataron. Hicimos un ensayo con Klemperer;
apenas nos conocíamos. Después de algunos compases
me dijo: "Jamas había oído esta obra tan bien
cantada y, sin embargo, me habían dicho que usted había
perdido la voz". Por ese entonces, mi contrato era el resultado
de un pacto entre Grammophon y Columbia y habían sucedido
cosas increíbles. Columbia era del marido de la Schwarzkopf;
ellos querían un tenor de su grabadora y, en fin, por eso
habían dicho esto a Klemperer. Tanto se emocionó con
mi versión de Mahler, que me pidió que cantara unas
canciones que el mismo había escrito. Desde ese momento nos
vimos asiduamente. Era un gran hombre, un autentico músico.
-Podría
hablarnos de su trabajo en la Argentina? ¿Cómo está
organizado el curso?
-Bien,
los alumnos asisten durante un mes a mis clases, colectiva e individualmente.
Cada uno de ellos queda ya admitido Para lo, dos anos siguientes;
la beca comprende tres en total. De este modo. durante el resto
del ano se ven comprometidos a. preparar u n programa de obras que
yo mismo determino con el alumno. Esta es la mayor dificultad; no
les resulta sencillo, en general, encontrar una disciplina que les
permita trabajar solos. Y entonces, es imprescindible dar programas
a todos.
-¿Cómo
acceden los alumnos a las becas? ¿Hacen una prueba?
-Sí,
los estudiantes muestran un repertorio que incluye obras de distintos
estilos. El trabajo durante tres años, con esa continuidad,
es mucho más productivo. He tenido realmente muy buenos resultados;
es de este modo que se producen verdaderos cambios. Durante ese
mes, día a día, veo el efecto del trabajo; es muy
intensivo. También el escuchar a los otros alumnos ayuda
a entender los problenmas que cada uno tiene con su propia voz.
-¿Es
necesario para la formación profesional de un cantante estudiar
y trabajar en Europa?
-No,
tal vez para perfeccionarse, Pero solo si uno ha trabajado en su
propio país y después de haber madurado. Se debe estar
muy bien preparado cuando se quiere entrar en una escuela o en una
ópera. Porque la concurrencia de los americanos y de otros
extranjeros es tan grande, que aun con una bella voz, bien educada,
resulta difícil. En las escuelas alemanas, por ejemplo, no
hay aranceles; pero para vivir, para poder permanecer en el país,
es necesario contar con un sponsor. El DAAD, por ejemplo, es un
estipendio del gobierno alemán para aquellos estudiantes
que son realmente dotados y que hacen verdaderos progresos. De ese
modo, si uno tuvo la suerte de obtener una beca o algo similar,
resulta productivo para el estudio. Si se tienen condiciones, es
necesario buscar alguna cosa de este tipo.
-¿Encuentra
diferentes cualidades en las voces que provienen de distintos países?
-La calidad
aquí es una gran fortuna. Porque hay elementos magníficos:
franceses, italianos, españoles, árabes, y de esto
resulta siempre una bella voz, de buen timbre, de buen color, como
en América del Norte. Hay diferentes razas que se mezclan
y, de este modo, dan buenas cualidades.
-Usted
ha dado cursos en el Japón. ¿Cuál fue su experiencia
allí ?
-En el
Japón naturalmente es mucho más complejo. Ellos tomaron
una técnica de la Alemania de fin de siglo; la adoptaron
y la siguieron sistemáticamente. Creyeron que en ella todo
estaba bien. En la mentalidad japonesa subyace también ester
fuerza de hacer, este sentido de la voluntad; todo se traduce en
la fuerza. Este pensamiento en cierta medida los bloquea para el
trabajo expresivo, musical Ya no se puede creer en la fuerza, al
menos en el sentido en qua ellos la tomaron. Ahora, sin embargo,
se están produciendo cambios.
-¿Cómo
cree usted que debe iniciarse profesionalmente un cantante?
-Para
el trabajo, para empezar, lo primero es el ejercicio en los pequeños
teatros. Esto es fundamental. No es justo tomar a un joven cantante
y ponerlo en una gran escena si aun no ha madurado; esto es terrible.
Con la experiencia en los teatros de cámara, las voces comienzan
a entrenarse de un modo progresivo. Si no se está preparado,
es un riesgo cantar directamente en la opera; en todo caso, este
es mi criterio. Cuando se es un joven estudiante, uno cree que puede
hacer las cosas de un único modo. Se madura con los años.
Con 19 años, yo ya canté la Pasión según
San Mateo; era fácil, ligero. Con el tiempo, los problemas
son cada vez mayores.
-¿Siempre
trabajó como maestro?
-Sí,
desde muy joven. Antes de dedicarme profesionalmente a la música,
trabajaba como maestro de escuela. También di clases a niños
discapacitados. Fue una experiencia muy buena. Nunca tuve un método.
Desde el principio me consideré un intuitivo.
(LULÚ
número 2, Noviembre de 1991) |