Cámara:
libres en secreto
Carla Fonseca
Solemos
imaginar que es en el ámbito de una cámara donde ocurren
hechos especiales. Se revelan negativos, ideas magníficas,
se entra en combustión, en suma se juega y se crea. También
se deciden y realizan las peores atrocidades, sacrificios y exorcismos.
Otra función de una cámara puede ser Ia de preservar
materiales, pero no es con esta acepción un lento "frigorífica"
con la que nos sentimos más identificados, sino con la de
un lugar donde se pone en marcha un proyecto, una idea. Una cámara
donde la gente se reúne pare potencializarse, donde ideales
y búsquedas llevan a los individuos a actuar de puentes hacia
algo más grande que ellos mismos. Una cámara con mística.
En el
terreno de la música, la interpretación en un conjunto
de cámara puede recrear todo eso y aun más. Es alquimia
pura.
Trabajar
las obras de este repertorio genera complicidad; la ausencia de
director supone una inevitable democratización. Se establecen
códigos distintos: no son los intérpretes el espejo
de una norma exterior, no son miembros de una estructura que desconoce
al otro -por distinto y distante-. La cámara exige involucrarse
con el otro y con el material.
Allí se crean y se convienen los principios, se articulan
y procesan las ideas, los sonidos. Fuentes distintas se fusionan
en una unidad equilibrada; casi un nuevo instrumento. Egos que luchan
y se licuan buscando la belleza. Arcos asesinos y digitaciones macabras
en pugna por la posesión de lo que no les pertenece. Orden,
poder y seducción. Pero la estética camarística
no admite estrellas ni exabruptos. Impone a los intérpretes
sobriedad y austeridad, límites que los hacen más
libres e íntegros. La exposición es implacable.
Ante otras alternativas, algunos eligen reunirse entre "cofrades"
a descifrar, traducir y transmitir. Servir a la música, generar
el encuentro. Es un acto de amor donde se respira, se espera, se
escucha uno al otro creando una única energía. El
aire se torna un ámbar espeso, plasma que los fagocita y
expulsa. Atraídos por un espejo fragmentado, los músicos
buscan un mismo timbre, una sonoridad cuidada y propia, un mismo
maquillaje para salir a escena a crear "presencias". Un
código de vida, quizás una utopía.
En este fin de siglo pensamos otra vez desde la cámara, agotados,
nosotros y los milagros en masa. La fastuosidad del sinfonismo romántico
pareció relegar a la música de cámara al Iugar
de "lo clásico"; Pero ese lugar no existe. En verdad,
la música de cámara supone un espacio experimental,
casi de gabinete; sobrevive en el pequeño vacío de
uno o de dos, que exploran e investigan. En todo caso, se trata
de una exageración de lo íntimo.
No es fácil mostrarse auténticamente, incluso en estas
sociedades nudistas donde escotes y demás están al
alcance de la mano y a la orden del día. Es necesario dar
un paso atrás pare que tanta publicidad, imágenes
fugaces y goces aparentemente instantáneos no nos conviertan
en una suma de reflejos condicionados. Aunque no dejaría
de resultar interesante un strip-tease donde los músicos
expusieran sus intenciones y sus ideas.
En la frontera entre el creador y los oyentes, los intérpretes
buscarían expresar lo fugitivo y lo sagrado, guiados por
la intuición y el respeto.
El espacio que limita a los camaristas no es, desde ya, el que contiene
a grandes multitudes. No encontrarán fuegos artificiales,
ni sonidos avanzando en masa, tampoco cabelleras meneándose
ni gestos grandilocuentes. En la cámara es donde se establecen
comunicaciones sutiles, transiciones mínimas, pequeñas
escenas. Mensajes íntimos acaso intraducibles.
(LULÚ
número 1, Septiembre de 1991)
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