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Una canción diferente

C. E. Feiling

¿Cuál es la forma general de un problema filosófico? Vale decir ¿hay alguna característica, independiente de los contenidos particulares, que separa a los problemas filosóficos de las meras dudas botánicas a las teorías físicas?
Buscando un criterio que permitiese decidir si una conducta era moral o no, Kant llegó a la conclusión de que dicho criterio jamás podría ser el comportamiento del agente. Que X e Y se comporten del mismo modo -ayudan a una viejita a cruzar la calle- no significa que ambos se estén comportando moralmente. De hecho, ni siquiera significa que alguno de los dos lo esté haciendo: X ayuda a la viejita para ganar un medalla de boy-scout. Y porque teme que le disparen y pretende usarla como escudo. ¿Existe un criterio? ¿Cuál es?
Enfrentado a la cuestión de si las máquinas eran o no capaces de pensamiento, el matemático Alan Turing concluyó que ello no podría nunca ser establecido sobre la base del output (lo que para las traducciones casticistas se llama "educto"). Si el output de una máquina llegara a ser indiscernible del de un ser humano, hipótesis no excesivamente hipotética, ¿dónde residiría la diferencia? ¿Habría una diferencia?
En un famoso relato de Borges, se plantea la posibilidad de que un auto de principios del siglo XX escriba un libro letra por letra idéntico a otro publicado en el siglo XVII. Una pregunta subyace al relato borgeano: ¿son distintos ambos textos? ¿En qué difieren?
Abocados a la tarea de establecer si hay sinonimia o no entre los términos que designan clases naturales ("gladiolo", "plata", "hipopótamo", etc.) y las descripciones que supuestamente definen dichas clases, e.g. "metal blanco, brillante, sonoro, dúctil y maleable, más pesado que el cobre y menos que el plomo", el epistemólogo Hilary Putnam y el lógico Saul Kripke trataron de hallar una diferencia imaginando casos del tipo: "si en el futuro se descubriese que todos los hipopótamos era robot-espías controlados desde Alpha Centauro ¿cambiaría el significado del término hipopótamo"?"
Nuestros cuatro ejemplos tienen características comunes. Se busca establecer si dos "cosas" (conductas, entes, textos, términos, etc.) aparentemente idénticas lo son de hecho, y para ello se idean situaciones que permitan descubrir si existe una diferencia. "Les enseñaré diferencias", decía Wittgenstein... Y por algo Leibniz creía que no hay identidad, solo numero: si dos cosas tienen exactamente las mismas propiedades, no son dos cosas.
Apariencia y realidad. La filosofía, que surge una sola vez en la historia, en Grecia, tiene como punto de partida una preocupación clara: evitar que la apariencia pase por realidad. Se podría argüir -quizá incorrectamente, pero es lícito proteger el lugar de trabajo- que el surgimiento de la filosofía se debió al desarrollo previo de un arte ilusionista. A Platón le sacaba canas verdes que una acción dramática, una escultura o un cuadro pudiesen pasar por lo real.
Independientemente del proselitismo, en todo caso, nuestro ejemplo borgeano prueba que las artes siguen produciendo problemas filosóficos -siguen produciendo estética-- varios siglos después de que Platón echara a los poetas de su República. Vale la pena recordar cómo solucionó Borges el problema planteado en Pierre Menard, autor del Quijote. (O mejor dicho: la solución que esbozó Borges del problema etc., puesto que el rencoroso lector no olvidará que el Quijote de Menard difiere potencialmente del de Cervantes en que carece de un prólogo autobiográfico a la segunda parte.) La propuesta inferible de Borges es sencilla, y constituye una patada en los dientes de todos aquellos que consideran que lo único que cuenta para interpretar una obra artística es la obra misma. Los dos Quijotes difleren porque es diferente la historia de producción de cada uno; cuando Menard escribe la palabra ";verdad", la Contrarreforma es un hecho del pasado, y el pragmatismo de William James resuen en ese vocablo.
Pensemos un poco. La solución del "Pierre Menard..." despretigia la idea de que apreciar un obra de arte es un todo autónomo; también la idea de que apreciar una obra de ante es abandonarse a una con contemplacion "pura, sin preconcepto"'. El descrédito de la segunda idea no prercupa ya a nadie (dicho sea de paso que nunca fue muy acertada: ¿quién es lo suficientemente imbécil como para creer que contempla un poema?) Resulta más difícil, sin embargo, habituarse a vivir sin la primera idea. Supongamos que un composltor ruso, que lo ignora casi
todo acerca de la música de América Latina, está sentado al piano, distraido e improvisando acaba de retornar del conservatorio, donde ha dictado una clase íntegramente dedicada a criticar a Shostakovich). Sin saberlo, comienza a tocar algo que suena exactamente igual a La flor de la canela en la versión de Bola de Nieve. Un cubano que vive en el piso de abajo reconoce la melodía y se emociona, agradece in pectore ese paliativo musical de los fríos moscovitas. ¿Que se sigue, para nuestra situación imaginaria, de la propuesta inferible del Pierre Menard...?
La pereza mueve montañas, es cierto. Pero sería un signo de flagrante deshonestidad intelectual el que alguien aceptase la propuesta borgeana y no sus consecuencias. Que son harto obvias: el compositor ruso no está tocando La flor de la canela y su vecino caribeño no está escuchando realmente dicha canción. Un caso paralelo, que violenta las mismas intuiciones, sería el siguiente. Nuestro compositor, que desconoce por completo el castellano, ha ingerido una inmoderada cantidad de vodka y se desploma, borracho, frente a la puerta de su vecino. En su delirio, musita una secuencia de sonidos: Jazminesenel-peloi-ro-sasen-la-ca-ra. ¿Puede decirse que el ruso ha proferido (y el cubano, despierto por el estrépito escuchado) los dos versos: "Jazmines en el pelo, y rosas en la cara"?
Problemas filosóficos. Por algo la filosofía de este siglo se ha abocado a la tarea de acabar con la filosofía.

(LULÚ número 4 Noviembre de 1992)