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Platón y los bárbaros

C. E. Feiling

Resulta asombroso que Walter Pater se haya hecho eco de aquella insostenible superchería de Schopenhauer, "todas las artes aspiran a la condición de la música". Resulta asombroso porque, pensndolo bien, no se trata solo de un rasgo de época -como el de Wölfflin, que escribe Die Klassische Kunst sin siquiera mencionar a Piero della Francesca. Hay algo perverso en el hecho de que un apasionado connaiseur de la pintura acepte ese ordenamiento jerárquico de las artes.
Cuando uno intenta explicar por qué alguien tiene ciertas opiniones filosóficas -y la frase de Schopenhauer, repetida por Pater, es lo suficientemente ridícula como para merecer el nombre de filosofía-, queda bien remontarse a
Platón. El autor del Fedro tocó casi todos los temas, y forzando la letra se le pueden atribuir los pocos que le faltaron. En este caso, sin embargo, no hará falta un esfuerzo hermenéutico tan notorio. Basta con recordar el libro décimo de la República.
Platón, el primer filósofo, también fue el primer teórico de la censura: la filosofía emerge al mismo tiempo que en su Egipto quo emerge contra el arte ilusionista. Para expulsar a Homero, quien ya dormitaba en el siglo V a. J.C., de la fantástica polis, se empieza por prohibir a los pintores y escultores. Los argumentos por los que Platón concluye que la mímesis es anatema -abriendo así el camino para erigir a la música, supuestamente no mimética, en modelo de las otras artes-, contienen varios errores. Entre los más notables se halla el de suponer que todo cuadro, como un espejo, imita o representa cosas preexistentes. Sin embargo, mientras que de

x es la imagen de y sobre un espejo,

se sigue que y existe, no se puede inferir lo mismo de

x es una representación de y

"Imitar", "representar", `imitación de" y "representación de" constituyen lo que los lógicos llaman contextos intensionales. Que x sea la representación de un unicornio no me permite inferir la existencia de semejantes bichos, como tampoco puedo inferir de

Menem cree que hay un complot izquierdista en su contra

que haya tal complot -nótese que ello ocurre a causa del verbo creer, y no por el sujeto de la creencia.
Las artes plásticas, entonces, no están condenadas a reproducir lo que ya existe, y quienes acepten las premisas de Platón deberán limitarse a criticar ciertos tipos de pintura o escultura. El único arte que puede ser desacreditado como "copia de copias" es la fotografía. Para que Diane Arbus nos estremezca, hacen falta en el mundo mogólicos y colonias nudistas, amén de sus inmutables arquetipos en el cielo, junto al perfecto perro y la perfecta galletita sin sal.
Bromas y refutaciones a un lado, ¿qué más revela el hecho de que Pater cite a Schopenhauer y Platón allane el camino para hacer de la música el modelo de las otras artes?
En el núcleo mismo de la estética, anida una profunda intranquilidad respecto del término "belleza"; si bien nadie se atrevería a afirmar que con la forma "...es bello/a" pueden construirse enunciados verdaderos o falsos, y pocas personas se creen capaces de explicar exhaustivamente cómo dichos enunciados adquieren sentido, persiste la sospecha de que "belleza" designa un concepto crucial.
El problema, como con tantos otros términos y conceptos cruciales, proviene de que "...es belleza" resulta aplicable a un sinnúmero de cosas: una mujer, un concierto para piano de Mozart, el Glaciar Perito Moreno, el vuelo del halcón peregrino, etcétera.
En su libro The Transfiguration of the Commonplace. A Philosophy of Art (La transfiguración del lugar común. Una filosofía del arte), Cambridge, Harvard University Press, 1981, Arthur C. Danto -a quien, de contenerlas sin deformaciones, pertenecen las ideas interesantes de este artículo- propone un Gedankenexperiment que adaptaremos para poner en evidencia otro error de la cita de Pater, la frase de Schopenhauer y esa jerarquía de las artes que se remonta a la República.
Supongamos por mor del argumento, que "bello/a" es un término del que la estética no puede prescindir -ello dista de ser tan aceptado como el caso análogo de ''bueno/a" para la ética, pero para los fines presentes no importa. Luego imaginemos que existe un pueblo "bárbaro" que se caracteriza por carecer del concepto de arte. Esta carencia no les impediría a los bárbaros disfrutar de una puesta de sol, del brillo de las esmeraldas, de ciertos paisajes nevados o combinación de colores en un vestido: "The Russians love their children too", según cantaba hasta hace poco un inglés ecologista. Si dicho pueblo se lanzase a la conquista del mundo, devastando todo a su paso, ¿cuál sería el botín de sus generales y soldados? Indudablemente sedas, mujeres y muchachos jóvenes, piedras preciosas, anillos de oro, porcelanas... aquellas cosas ante las que nuestros bárbaros -como ante el vuelo del halcón peregrino-- no hesitarían en emplear el término "bello/a". Con seguridad, el botín también incluiría obras de arte. La cuestión es preguntarse qué tipo de obras, pues los bárbaros solo retendrán lo que les produzca emociones placenteras.
Si Ia música, por no mimética y abstracta, fuese el arte superior, y al predicar "bello/a" de una composición estuviésemos usando el término de una manera diferente a cuando lo predicamos de una puesta de sol, sería lógico que muy poca música figurase en el botín de los bárbaros. Sin embargo, parece plausible suponer que estos retendrían mucho de Mozart y Liszt, aunque nada de Schoenberg. Y si alguien deseara aducir que la no inclusión de Schoenberg continua probando la superioridad de la música, también deberá aceptar que la no inclusión da los Sex Pistols lo hace. De hecho, mimético vs. abstracto no sirve para separar lo que figuraría de lo que no figuraría en el botín de los bárbaros. Los cuadros de Frank Stella, formas geométricas de calores vivos, tienen mayores posibilidades de ser incluidos que un paisaje de Constable. Quizás todas las artes aspiran la condición de la literatura, pues uno no se imagina a los bárbaros leyendo novelas...
Resulta dudoso que haya una jerarquía entre las artes. Postularla o negarla, de todas formas, es uno de los pasatiempos favoritos de la estética. En The Classical Foundations of Modern Historiography (Los fundamentos clásicos de la historiografía moderna), Arnaldo Momigliano dictamina: "Timaeus era un pedante, se inclinaba a criticar violentamente a sus predecesores, tenía prejuicios políticos y escribía libros a partir de otros libros. Para decirlo brevemente, era uno de nosotros".

(LULÚ número 2, Noviembre de 1991)