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Alrededor del
Tiempo
Mariano Etkin
Cuando
tenía unos 5 o 6 años solía veranear en las
Sierras de Córdoba, en Argentina. Era un lugar bastante solitario,
alejado de las grandes ciudades, con montañas no demasiado
altas. Ahí vivía un tío abuelo a quien le gustaba
Ilevarme a recorrer los alrededores boscosos; me subía a
un cabaIlo y partíamos con rumbo -para mí- desconocido.
La pregunta que yo hacía, invariablemente, era "¿Adónde
vamos?"; la respuesta, en los primeros tiempos, era el silencio
y una mirada adusta. Hasta que un día me contestó
muy irritado: "i¿Adónde vamos, adónde
vamos?!" ¿Por qué siempre preguntás lo
mismo? ¿Para qué querés saber adónde
vamos?"
Esta historia de la infancia se me aparece como algo fundante en
cuanto a mi percepción del mundo exterior. Sobre todo, de
esa parte del mismo que tiene que ver con lo geográfico,
el espacio, el silencio, lo aparentemente vacío, la ausencia
de respuestas verbales. También, encarnando esa incertidumbre
fascinante que representa para mí cualquier viaje.
Componer se parece a hacer un viaje o un recorrido. No se sabe si
los materiales se acercan a uno, o al revés, si es uno el
que decide ir hacia ellos. Además, puede ocurrir que el mismo
paisaje parezca repetirse, sobre todo en zonas desérticas.
En éstas coexisten de manera asombrosamente transparente
las escalas perceptivas mas disímiles: por un lado, el guijarro
minúsculo y la araña; por el otro, el volcán
y el inmenso altiplano. En el medio, casi nada. La escala intermedia,
o, mejor, el nexo entre las escalas extremas es uno mismo.
Los paisajes desmesurados provocan, como ninguna otra cosa, la sensación
de lo continuo, o de lo que, necesariamente, trasciende la discontinuidad
esencial del hombre. Por otra parte, es evidente que un sonido y
una montaña tienen algo en común: duran. Duran en
sí mismos y perduran en nuestra memoria. Pero como dice Cage:
los hombres son hombres, las montañas son montañas,
y los sonidos son sonidos. Solo que los tres -cada uno en su escala-
duran.
Cada vez me atrae más la idea de la obra como fragmento que
reúne, a su vez, fragmentos provenientes de inabarcables
continuos. Una polifonía conceptual y virtual como esa podría
muy bien, sin embargo, materializarse en una música -técnicamente
hablando- no polifónica, generándose así una
nueva categoría de lo polifónico: aquella que comprende
la diversidad de los fragmentos y su relativa autonomía por
un lado, y la uniformidad, por ejemplo, de una textura e instrumentación,
por el otro.
La tensión producida por esa coexistencia de escalas y categorías
diferentes entre sí quizás sea uno de los aspectos
importantes en cuanto a la definición de la identidad de
la obra, haciendo imposible el comentario unívoco y positivista
al estilo de los manuales de análisis musical. Aquí
conviene recordar al físico Werner Heisenberg, quien en 1927
logró demostrar que no es posible medir o aprender algo sin
modificar -en mínima medida pero modificando al fin- lo medido
o aprendido. Esta imposibilidad es conocida como el "principio
de incertidumbre".
Luego de vadear el caudaloso río Villavil, la subida se hace
más pronunciada. La huella va angostándose y entramos
en una cuesta empinada, no muy extensa. Al dejarla atrás,
el camino se convierte en un río por las Iluvias de los días
anteriores. El auto se detiene y hay que empujarlo unos 400 metros,
con gran esfuerzo. Después de vadear otros tres ríos
-el último de los cuales estuvo a punto de interrumpir definitivamente
el viaje- llegamos a la Cuesta de Randolfo bajo una lluvia torrencial.
Ya en la cima deja de llover y el frío se hace intenso. De
golpe, al final de una curva, a más de 4.000 metros de altura,
aparecen los fantasmales salares de la puna catamarqueña
y los volcanes de la precordillera de los Andes. Aquí el
silencio es distinto a otros silencios; tiene una cierta espesura
o profundidad. Más adelante, la cercanía de Antofagasta
de la Sierra parece anunciada por extrañas formaciones basálticas;
las texturas y formas de Los Negros tienen algo de orgánico
e inquietante. Al día siguiente, atravesando el Salar del
Hombre Muerto, tendríamos otra visión del silencio,
esta vez desde adentro.
Me he vuelto escéptico respecto de los intentos de querer
asociar explícitamente la música que se compone, con
naciones, culturas o continentes. La pertenencia sobreviene rara
vez como consecuencia de una decisión del compositor, más
bien ello ocurre por las características de la música
misma, las cuales, a su vez, son el resultado de múltiples
influencias, voluntarias e involuntarias, de las cuales el compositor
puede no ser en absoluto consciente en el momento en que las recibe.
La presncia de esas influencias será, posiblemente, develada
por el peso del tiempo.
Dormirse es emprender un viaje cuya primera etapa es una transición
entre la vigilia y el sueño. Ese espacio de incertidumbre
gozosa era ocupado en mi infancia por la música de Chopin,
que mi madre tocaba al piano. Una música a menudo incierta,
que tiende a confundir el adentro y el afuera. El comienzo impreciso
y abierto del Preludio n° 2, opus 28, en la menor,
es un buen ejemplo de ello.
Una de las maneras más perversas por las cuales la sociedad
ha logrado reducir los espacios pare el ocio, lo improductivo, lo
inútil, es aquella por la cual el compositor -productor de
ese algo tan opuesto a una mercancía que es la música-
siente que debe otorgar a su obra una explicación, no en
forma verbal, sino componiendo su obra de modo pedagógico,
es decir, haciendo que la obra se constituya, ante todo, en una
especie de guía para escucharse a sí misma, postergando
la aventura de la escucha solitaria. Así, la manera en que
debe escucharse la obra y, eventualmente, la manera en que ésta
ha sido construida, se impone sobre la obra misma. Y sobre el oyente.
El trabajo -en suma, lo útil-, aun despojado de su carácter
mercantil, tiende a mostrarse a sí mismo bajo la forma de
una pedagogía que es, en realidad, auto-referencial. La música
que se presenta cual explícita clase de composición
convierte el acto de la audición en acto de aprendizaje.
Si es cierto, como decía Morton Feldman, que la enseñanza
de la composición es un invento de los compositores para
ganarse la vida, mientras siga habiendo interesados en componer,
seguirán existiendo los profesores de composición.
En los países latinoamericanos esta situación -a partir
del creciente deterioro económico- presenta características
peculiares: para el docente, la enseñanza de lo innecesario
deviene, para poder sobrevivir, en algo absolutamente necesario.
Al mismo tiempo, la profundización de la crisis requiere
dedicar cada vez más horas a la enseñanza y menos
a la composición. Todo ello contribuye a subrayar la pertinencia
de aquellas obras que -de una manera o de otra- se relacionan con
lo vacío, en todas sus acepciones. Reconquistar el vacío
podría ser una recurrente utopía del componer.
(Texto
leído en el Simposio de Música Latinoamericana Contemporánea,
realizado durante el XX Festival de Invierno de Campos de Jordao,
Brasil, julio de 1989.)
(LULÚ
número 2, Noviembre de 1991) |