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En torno al
progreso
Federico Monjeau
Renée Leibowitz
fue uno de los primeros teóricos modernos que intentaron
definir con cierta precisión los términos de un
progreso en música. Su libro La evolución de
la música de Bach a Schoenberg completado
en 1951 y editado en español por Nueva Visión en
1957, intenta demostrar cómo la música comprendida
en ese período transita de lo simple a lo complejo en un
sentido claramente acumulativo. A la discutible premisa de Leibowitz
debemos sin embargo agradecerle que haya despejado el común
malentendido según cual la música de Bach es más
compleja que la de sus sucesores Mozart y Haydn, debido a la complejidad
de su polifonía. Leibowitz señala la estrechez de
un criterio muy popular entre la crítica, que consiste
en medir distintos grados de complejidad de acuerdo con la dimensión
exclusiva de la polifonía lineal, aunque no deja de incurrir
inmediatamente en un error muy parecido al que denuncia: suponer
una mayor complejidad de Mozart sobre Bach a través del
criterio, también exclusivo, del plan tonal desarrollado
en uno y otro caso. Leibowitz se detiene en la cuestión
armónica, no en términos de agregaciones verticales
(que ya en Bach, y esto no escapa a Leibowitz, suelen ser tan
audaces y desarrolladas como en Mozart), sino en términos
diacrónicos, de un recorrido tonal, como también
en un nuevo tipo de elaboración temática. El autor
mide la particular complejidad del estilo de Bach con una escala
que es propia de otro estilo, el clásico: esto no quiere
decir que en las obras del alto barroco alemán no encontremos
un plan tonal ni una elaboración temática, pero
ocurre que la idea de modulación y desarrollo tal como
se plantea en la sonata bitemática simplemente no tiene
lugar en la estructura monotemática y variativa de la música
de Bach. En fin, Leibowitz pretende una versión acumulativa
de la historia de la música: el criterio empleado para
medir el progreso -de esa historia es el de un grado complejidad
creciente. No es tan fácil como hoy podría pensarse
rebatir esa idea. De hecho, y es en buena medida esto lo que nos
permite plantear la cuestión del progreso en un ámbito
específico -un poco mas acá de lo que solemos agrupar
en la esfera de lo estético-, la música presenta
una idea de historia particularmente fuerte. Sin duda así
lo ha dictado su naturaleza no referencial: el objeto de la música
siempre ha permanecido dentro de sí misma. O al menos podríamos
afirmar que ese aspecto no referencial que finalmente debe ser
posible descubrir en cualquier obra de arte se manifiesta abiertamente
en el caso de la música. La idea de Wölfflin, según
la cual todos los cuadros deben más a otros cuadros que
a la observación directa de la realidad, no encontraría
ninguna resistencia si se la traslada campo de la música.
Por otro lado, el sentido de tradición e intercomunicación
que supone esa idea puede aproximarse bastante a una hipótesis
de progreso en arte. Pero la acumulación no aparece como
una propiedad tan clara para la historia de la música como
para la de la pintura. En Arte e ilusión (Oxford,
Phaidon, 1989), de Ernst Gombrich, podemos aprender que la pintura
fue considerada durante algunos siglos el arte acumulativo por
excelencia; historiadores como Plinio y Vasari registraron prolijamente
la serie de inventos que posibilitaron representaciones cada vez
más perfectas y refinadas de lo real lo cual no significa
un progresivo naturalismo, sino una naturaleza ella misma perfeccionada,
según lo describe Panofsky en un libro de 1924, Idea
(Madrid, Cátedra, 1985). De cualquier manera, la posibilidad
de una acumulación aparece más claramente en tanto
es posible hablar de un elemento, en este caso el objeto representado,
que el arte comparte con el mundo extraartístico, elemento
que en algún sentido cobra la forma de una finalidad. Entonces
no había una separación entre arte y artesanía,
probablemente tampoco entre arte y ciencia; el progreso podía
darse por supuesto. Deja de ser así desde mucho antes de
la irrupción de las vanguardias y la pintura abstracta,
ya a partir del concepto de autonomía tal como se plantea
en la época romántica; la autonomía respecto
de los otros asuntos humanos desvincula el arte de la producción
artesanal y lo desfuncionaliza. Una idea de progreso tal como
ha sido históricamente formulada (véase al respecto:
R. Collingwood, La idea de la historia), en un sentido
inclusivo y acumulativo, difícilmente puede sobrevivir
sin arreglo a algún tipo de funcionalidad.
La música
nunca se planteó el tema de la representación, a no
ser de manera episódica, equívocamente o en forma
de broma, o bien en el sentido demasiado abstracto de Rameau, que
fundamenta la armonía en una representación de las
divinas proporciones del mundo natural. Sin embargo, su grado de
intercomunicación y retroalimentación es tan elevado
que su historia se parece a un proceso acumulativo (es interesante
observar cómo los términos de reacción y progreso,
aun cuando no lo suficientemente problematizados, circulan con un
peso decisivo entre la crítica y el debate musicales; no
estamos seguros de que ocurra lo mismo en otros ámbitos,
según ha observado C. E. Felilng). El término que
maneja Leibowitz, complejidad, conserva cierto grado de especificidad;
el problema es cómo hacerlo extensivo, cómo hacerlo
atravesar distintos estilos y periodizaciones sin que pierda especificidad.
El término complejidad es probablemente uno de los pocos
que la música puede tomar en favor de una hipótesis
de progreso, al tiempo que resulta altamente problemático.
Volviendo sobre los ejemplos de Leibowitz, debería ser evidente
que la mayor complejidad de la sonata clásica sobre las formas
del alto barroco alemán en los aspectos específicos
del plan tonal y la elaboración temática -la modulación
y el desarrollo, dos principios que resisten ser distinguidos- sobrevino
a través de una radical simplificación de la textura.
Seguramente esta simplificación, cuya primera ola Rosen,
en Forma de sonata (Barcelona, Paidós) sitúa
entre 1730 y 1765, tuvo también origen en cierto grado de
emancipación del compositor del patrocinio de la Iglesia
y de las cortes a través de una nueva fuente de ingresos,
la venta de música impresa y el concierto público,
con lo cual comenzó a producirse una literatura relativamente
fácil para el músico aficionado. De cualquier forma,
el contrapunto en la forma sonata, aun en las formas altamente desarrolladas
de Haydn y Mozart, significa un momento de diversificación
dentro de una textura básicamente homofónica; la función
constructiva de la polifonía no es la misma en uno y otro
caso, al punto que podría sostenerse que no se trata de la
misma polifonía. Es innegable que la polifonía orquestal
de la sinfonía estándar del clasicismo tributa mucho
más un principio de complementariedad que de tensión;
su textura no difiere en esencia de la textura de la sonata para
piano.
Aun cuando
no nos animemos a afirmar que la polifonía clásica
no supone parcialmente la polifonía barroca, sí podemos
pensar que el estilo clásico, como conjunto de normas, no
mantiene con el barroco una relación de inclusión.
Por supuesto, que un estilo no incluya verdaderamente al anterior
no debe llevarnos a creer que uno sea posible sin el otro. Pensamos
que esa diferencia o esa brecha, que tiene más que ver con
una ruptura que con una asimilación, no debe ser olvidada
para una hipótesis de progreso histórico en música.
En esta historia puede verificarse que los profundos desarrollos
de ciertos planos se apoyan invariablemente en una radical simplificación
de otros, cuando no en el abandono o el rechazo de ciertas prácticas:
así se constituye la racionalización del lenguaje
de la música occidental. Para decirlo con una fórmula
adorniana, el precio del progreso es inmanente al progreso mismo:
"El conocimiento más cercano de esas músicas
exóticas que en otro tiempo fueron despachadas como primitivas
ha robustecido la afirmación de que la polifonía y
la racionalización de la música occidental -cualidades
inseparables- que le dieron toda su riqueza y profundidad, embotaron
el poder diferencial, tan mínimo en las mínimas irregularidades
rítmicas y melódicas de la monodia; y que inmovilidad
y monotonía de las músicas exóticas, si se
las juzga con oídos europeos, fue la condición de
esa diferenciación" (Adorno, Teoría estética,
Hyspamérica, p. 278). La música de Scelsi, por citar
uno de los casos más significativos de la escena contemporánea,
parece inspirada en una reivindicación de aquellas mínimas
irregularidades reprimidas.
Debemos
preguntarnos hasta qué punto es posible extender el concepto
de complejidad, la idea de una progresiva diferenciación,
más allá de campos estilístico definidos. Sin
duda la idea de diferenciación hace justicia a la idea de
progreso, tanto desde la perspectiva de la producción como
de la apreciación estética. "Es innegable -piensa
Adorno- que una capacidad diferencial más afinada, de la
manera que sea, forma parte del dominio estético de los materiales
y se halla unida a su espiritualización" (Adorno, cit.).
Es posible reconocer una diferenciación progresiva dentro
de ciertos marcos estilísticos o bien dentro de ciertos aspectos
específicos de la organización musical. El desarrollo
de la armonía desde la aparición de la polifonía
hasta el Cuarteto en fa sostenido menor de Schoenberg muestra
una evolución muy clara en un sentido de expansión
de sus posibilidades, de un desarrollo de tensiones que culmina
en la suspensión de las funciones tonales. Pero esto no supone
que todos los aportes al desarrollo de esa historia, la historia
de la armonía -no es conveniente hablar de una historia de
la armonía a secas, pero tampoco lo es reducir la historia
de la música tonal al desarrollo de la armonía-, hayan
apuntado siempre a una misma dirección o más precisamente
que hayan apuntado siempre en dirección al cromatismo. La
suspensión de las funciones tonales no es fruto exclusivo
de una progresiva disonancia; también fue experimentada por
la música diatónica de Debussy. Que las últimas
obras de Beethoven suenen arcaizantes, como suele decirse, por su
retorno a los modos antiguos que habían quedado sepultados
con la uniformización mayor/menor -con todas las consecuencias
en el plano armónico- y por la adopción de un caracterísitico
estilo polífónico lineal; que las obras tardías
de Mozart estén plagadas de alusiones a la música
de Bach, son hechos que no hacen más que atestiguar sobre
la imposibilidad de continuidades históricas precisas. La
propia historia de la sonata, forma cuyo sentido direccional podría
ser una metáfora de una continuidad más general, no
nos sorprende menos por su discontinuidad. En el imprescindible
estudio Formas de sonata, Rosen observa cómo las
utilizaciones más significativas de esa forma después
de Beethoven -Brahms y Bartok, entre otros no parten del trabajo
de la generación anterior ni edifican sobre lo que había
hecho ella, sino que de alguna manera vuelven a Haydn, Mozart, Beethoven
y Schubert.
En el
capítulo XXII del Doktor Faustus, Mann y Adorno
ponen en boca del compositor Leverkühn-Schoenberg una de las
mayores utopías de la historia musical, que consiste en la
organización racional integral de la obra: la música
es un matorral -argumenta aproximadamente Leverkühn-. [Varios
pasajes del Doktor Faustus están escritos verdaderamente
a cuatro manos. La argumentación de Leverkühn en pp.
283-284 (Buenos Aires, Sudamericana, 1958) cita casi textualmente
pp. 47-48 de Filosofía de la nueva música (Buenos
Aires, Sur, 1966). A su vez, la conferencia de Kretzschmanr sobre
la Sonata Op. 111 de Beethoven reproduce trechos enteros
del ensayo de Adorno sobre "El estilo de madurez en Beethoven"
(Reacción y progreso).] Melodía, armonía,
contrapunto, forma e instrumentación se han desarrollado
históricamente sin plan y con entera independencia unos de
otros. Cuando uno de estos elementos ha progresado históricamente,
los otros suelen quedar en un lugar residual. Así, por ejemplo,
el contrapunto no es en la música romántica otra cosa
que un añadido a la composición homofónica.
Los compositores de ese período se limitan a combinar de
forma exterior los temas pensados homofónicamente o a adornar
el coral armónico con partes polifónicas. Pero el
verdadero contrapunto exige la simultaneidad de voces independientes.
Cuanto más se desarrollan ciertos elementos, como ocurre
en los románticos con la sonoridad instrumental y la armonía,
más atractiva e imperiosa es la organización racional
en su conjunto, una organización que acabe con los desequilibrios
anacrónicos y evite que un elemento se convierta en mera
función de otro. Lo que se persigue es la unidad total de
las dimensiones musicales. Y, en último término, la
supresión del conflicto entre el estilo fugado polifónico
y la esencia homofónica de la sonata. La utopía de
Leverkühn-Schoenberg pretende una racionalización integral
de la música a través de la adopción de la
técnica de los doce sonidos. Como se sabe, el dodecafonismo
no consiguió resolver el problema de las desproporciones;
más bien podría decirse que acabó construyéndose
sobre ellas. La gran ilusión de causalidad que supone la
presencia de una serie de la cual derivan todos los fenómenos
melódicos-armónicos no llega a ocultar el elemento
profundamente irracional de la armonía dodecafónica;
la agudísima crítica desarrollada por Adorno, en Filosofía
de la nueva música, sobre el melos, la armonía, el
ritmo y el contrapunto dodecafónicos describe con notable
anticipación la nueva ilusión integracionista del
multiserialismo de los años '50, construido sobre la pretensión
de desarrollar los distintos elementos del sonido -altura, duración,
intensidad, timbre y/o modo de ataque- en pie de igualdad, aun cuando
todo derivara de una matriz a su vez derivada de una organización
de las alturas, y que de alguna manera reduce los desarrollos a
relaciones numéricas. [Véase la penetrante critica
desarrollada por Gyórgy Ligeti, "Pierre Boulez: Decision
and Automatism in Structure 1a", en: Die Reihe
Nro. 4, Pennsylvania, Theodore Presser, 1960.] La convergencia se
pagó al precio de una violenta separación de los elementos.
El gran
ejercicio de abstracción realizado por el serialismo integral
ilustra un caso extremo de una desfuncionalización que, de
algún modo, puede verificarse a través de la historia.
La idea según la cual el dodecafonismo supone una pantonalidad
que resuelve en un virtual acorde de doce sonidos no puede ser tomada
en serio; solo por medio de una generalización completamente
ajena a la particularidad de la obra puede pensarse que el dodecafonismo
incluye simultáneamente todas las tonalidades en un acorde
de doce sonidos. El dodecafonismo no incluye todas las tonalidades,
mucho menos una de ellas, por la simple razón de que no incluye
la función diferencial del sistema tonal, ni en el sentido
inmediato de cierto tipo de acordes ni en el mediato de una forma
asociada a un plan tonal. Esto no quiere decir que no haya habido
un progresivo refinamiento de la cuestión armónica
en el interior de la técnica dodecafónica. La pretensión
de totalidad del dodecafonismo no inhibió la posibilidad
de la crítica, entre otros motivos porque el dodecafonismo
fue producto de la crítica en el mejor sentido: un análisis
de la primera de las dos piezas del Op. 33 revela rápidamente
una sensibilidad armónica muy específica dentro de
los principios de una armonía complementaria, en el sentido
que esta noción tiene para Adorno. Basta relacionar obras
de Schoenberg como el Quinteto Op. 26 con las Op. 33
o el Trío Op. 45 para comprobar un progreso en el
interior del modelo dodecafónico. Este progreso en el interior
de la técnica coincide con la crítica de la técnica
y quiere decir: una exposición menos visible, menos afirmativa
del modelo -que comúnmente coincide con una exposición
menos visible de la serie-. Un uso menos esquemático de los
derivados seriales (inversiones, retrogrados, transposiciones),
en función de sustituir la capacidad de diferenciación
de planos de la armonía tonal; una mayor autonomía
o especificidad del aspecto armónico, obtenida sin renunciar
a lo atonal; quizá también una integración
más plástica del aspecto rítmico. [Adorno había
notado que en el dodecafonismo la conexión melódica
suele quedar relegada a un medio extramelódico, el del ritmo
hecho independiente, de modo que la especificidad melódica
se reduce a figuras rítmicas constantes y características.
Ver F.N.M., pp. 62-63.]
Si aceptamos
que el dodecafonismo no mantiene con la armonía tonal una
relación inclusiva, podríamos preguntarnos si en efecto
mantiene una relación de esas características con
el atonalismo libre (es necesario volver sobre algo dicho más
arriba: que el dodecafonismo no incluya estrictamente al atonalismo
libre no significa que uno hubiera sido posible sin la experiencia
previa del otro). El dodecafonismo confirma lo atonal por medio
de la no repetición y el uso rotativo de la serie; el universo
tonal queda intacto en tanto abstracción. Pero la música
atonal no excluía la repetición por el simple hecho
de no identificar repetición con nota tónica; muchas
de las composiciones del atonalismo libre se construyeron sobre
la reiteración -uno de los ejemplos más significativos
lo encontramos en la tercera de las Cinco piezas Op. 16
de Schoenberg- y desarrollaron estrategias formales de una originalidad
que difícilmente volvería a ser alcanzada con la técnica
dodecafónica. La relación del dodecafonismo con el
atonalismo libre plantea un auténtico problema de interpretación:
el atonalismo libre no conduce necesariamente al dodecafonismo,
aunque la implacable lógica del dodecafonismo nos sugiera
que las cosas solo podrían haber tomado esa dirección.
El problema podría comenzar a despejarse si tomamos en cuenta
dos cuestiones: por un lado, que los principales protagonistas del
atonalismo y del dodecafonismo constituyeron una escuela muy unida
y concentraron sus esfuerzos en una misma dirección, más
allá de las evidentes diferencias estilísticas; por
el otro, que el carácter históricamente necesario
del dodecafonismo, lejos de lo que podríamos llamar lo históricamente
inevitable, significa una respuesta particular a una situación
objetiva planteada por el atonalismo libre. Ese carácter
no puede ser puesto en discusión, aun cuando hoy, de acuerdo
con un sistemático y ultraorganizado gusto por la contingencia,
quiera considerárselo como un capricho vienés. Los
tanteos que Joseph M. Hauer -otro vienés, es cierto- desarrollaba
paralelamente a Schoenberg, confirman al dodecafonismo como un ejemplo
de lo que Adorno, intentando definir la esencia de lo nuevo, llamó
arbitrariedad en lo no arbitrario.
Una
vez que la idea de progreso encuentra resonancia inmediata en el
campo de la ciencia, puede traerse hasta aquí un concepto
que proviene de la epistemología: la noción de paradigma
tal como la expone Thomas Kuhn en La estructura de las revoluciones
científicas. La tesis del libro de Kuhn es conocida: negar
la historia de la ciencia en tanto proceso progresivo-acumulativo,
una vez que la auténtica acumulación solo puede verificarse
en el interior de cada modelo o paradigma. Kuhn propuso -en 1962-
que los paradigmas son inconmensurables entre sí; la idea
suscitó la inquietud de muchas personas, entre ellas del
propio Kuhn, que unos años más tarde revisa la radicalidad
de su planteo y propone hablar de una "inconmensurabilidad
local". Con todo, Kuhn continuó defendiendo su posición
sobre lo problemático de llevar una idea de acumulación
más allá de los límites de un determinado campo.
Sin duda Adorno, al recurrir a la expresión "métodos
ya dados", entiende la cuestión de progreso en arte
de un modo parecido: "No se puede negar el progreso en el interior
de los métodos ya dados", observa en un pasaje de la
Teoría estética (p. 277). El pasaje no es
tan insignificante como parece y quisiéramos proponer una
analogía entre el concepto de paradigma de Kuhn y la citada
expresión de Adorno; la analogía podría extenderse
al funcionamiento de la idea de revolución en Kuhn -como
cambio de paradigma, momento de exclusión y negatividad-
y de puntos cruciales en Adorno, tal como aparece en otro breve
pasaje de la Teoría estética: "la continuidad
solo puede establecerse a base de distancias muy grandes. En la
historia del arte existen más bien puntos cruciales"
(p. 276).
En principio,
mientras las revoluciones científicas solo pueden adjudicarse
para sí el beneficio de un descubrimiento, esto es, de develar
un aspecto desconocido del mundo natural, las revoluciones artísticas
solo pueden aspirar al beneficio de la invención, de instaurar
una nueva realidad. Ahora bien: el sentimiento de avance no es,
en algún sentido, menor en uno que en otro caso; probablemente
las condiciones de posibilidad del descubrimiento y de la invención
no sean tan distintas como parecen. "... La ciencia normal
-escribe Kuhn- conduce solo, en último análisis, al
reconocimiento de anomalías y a crisis. Y éstas terminan
(se resuelven), no mediante deliberación o interpretación,
sino por un suceso repentino y no estructurado, como cambio de forma
(Gestalt)". Kuhn propone pensar la posibilidad de un progreso
acumulativo en el interior de cada paradigma; o bien, en un sentido
histórico más amplio, la posibilidad de un progreso
que no se desarrolla por acumulación lineal sino por medio
de revoluciones, esto es, de rupturas en la cadena de acontecimientos
que forman el desarrollo normal de un campo. No quisiéramos
descuidar aquí la idea de progreso que describe Shoenberg
en un pasaje del Tratado de armonía: "Los alquimistas,
por ejemplo, a pesar de los instrumentos imperfectos de que disponían,
han conocido la posibilidad de transmutar entre sí los elementos;
el que se haya superado tal concepto no lo debemos a observaciones
más profundas, o conocimientos más perfectos, o a
mejores deducciones, sino un descubrimiento casual. El progreso,
pues, no es algo que haya de producirse necesariamente, no es algo
que puede predecirse en razón de un trabajo sistemático,
sino algo que sobreviene durante todo gran esfuerzo inesperadamente,
inmotivadamente y quizás incluso sin quererlo" (Madrid,
Real Musical, 1979, p. 15).
No conviene
demorar la pregunta: ¿qué resta de la noción
tradicional de progreso en el tipo de progresión no lineal
-por medio de revoluciones y sustituciones- que propone Kuhn? La
música conoce muy bien el fundamento de una noción
tradicional de progreso, ya que ese fundamento ha sido también
el suyo: la legalización de los hechos históricos
por medio de la naturaleza, única fuente de leyes universales.
Tal como ha sido formulada históricamente, la idea de progreso
no oculta una pretensión de una sujeción a leyes naturales.
De acuerdo con Collingwood, que ha analizado admirablemente la cuestión,
una ley de progreso fundada en una ley natural puede estar basada
en dos hipótesis. En primer lugar, el hombre contiene un
valor absoluto -que Kant identificó con la buena voluntad,
única forma de virtud que no depende de los propósitos
humanos y que constituye un fin en sí mismo-, de modo que
el progreso de la naturaleza se muestra verdaderamente progresivo
pues condujo, a través de una determi-nada sucesión
de formas, a la existencia del hombre, único ser capaz de
ese tipo de valor. En una segunda hipótesis, el hombre como
hijo de la naturaleza está sujeto a leyes naturales; las
leyes del proceso histórico son idénti-cas a las de
la evolución, siendo el progreso histórico de la misma
especie que el progreso natural. Consecuentemente, la historia humana
está sujeta a una ley ne-cesaria de progreso: las nuevas
formas de organización que ella genera perfeccionan las formas
anteriores.
Como
sostiene Collingwood, la noción tradicional de progreso no
significa la sustitución de lo malo por lo bueno sino de
lo bueno por lo mejor. Es evidente que, de acuerdo con este sentido
estricto, el arte jamás podría aspirar a la condición
del progreso. Pero el arte se resiste a desprenderse por completo
de esa condición, una vez que la crítica sobre la
ca-lidad de las obras no es tan distinta a la crítica sobre
su originalidad, sobre lo nuevo que hay en ellas. "Aunque en
el mundo no hay aún progreso alguno, sí lo hay en
el arte; il faut continuer" (Teoría Estética,
p. 274). La paradójica formulación de Adorno no es
apenas un manierismo y quisiéramos solidarizarnos con ella,
al menos en lo que atañe al arte. Finalmente, el arte quizá
constituye el único campo donde lo nuevo conserva algo similar
a un valor en sí; en cualquier caso, lo nuevo no es garantía
de progreso pero sí su condición. La crítica
no puede prescindir de la categoría de lo nuevo, al tiempo
que la legitimidad de lo nuevo no puede detenerse en su sola existencia.
Adorno utiliza la expresión nouveauté para identificar
aquello que le da al arte su aspecto de mercancía, de renovado
bien de consumo. Lo nuevo no estaría, por decirlo así,
libre de culpa. Pero no es necesario insistir en un círculo
vicioso: el arte podría reproducir la lógica del consumo
si no fuese porque la experiencia de lo nuevo no ha quedado menos
asociada a una ganancia que a una pérdida. No se trata de
una observación filosófica, sino perfectamente histórica:
la experiencia de lo nuevo no hizo más que divorciar la música
del sigo XX del consumo.
El problema
es cómo se legitima lo nuevo una vez que se ha dejado de
creer en un sentido de la historia. Cómo definirlo no es
menos problemático, a no ser de modo tautológico.
Pero puede pensarse que lo nuevo encuentra su legitimidad en algo
así como una profundidad de campo: no se agota en la obra
aislada; ni probablemente tampoco, como lo pretendía Adorno
en un ensayo de 1930, publicado en Reacción y Progreso,
en el empleo de un material en el estadio más avanzado de
su dialéctica histórica, idea que debe ser historizada
y revisada a la luz de esa gran ruptura producida por la segunda
escuela de Viena, cuando lo atonal pudo identificarse como la culminación
de un claro proceso hacia la emancipación de la disonancia.
Quizás aquí lo más justo resulta también
más impreciso: lo nuevo tiene que ver con la percepción
distinta de un material que ya no necesariamente contiene la tendencia
interna que le adjudicó Adorno en sus escritos tempranos;
lo nuevo no siempre propone un nuevo material sino un nuevo campo
perceptivo donde las cosas pueden transcurrir de diversas maneras.
Cuando lo nuevo alcanza ese rango de objetividad cobra la apariencia
de un descubrimiento. Algo simétrico ocurre con la ciencia:
también en ella hay un resto de invención. Podríamos
hacer converger ambos desvíos -descubrimiento en arte, invención
en ciencia- en un mundo de relativa autonomía, similar al
mundo 3 concebido por Karl Popper en su teoría del conocimiento
objetivo. Popper, en lo que él mismo aceptó llamar
"un programa metafísico del conocimiento", sostiene
la existencia no solo de un mundo objetivo de cosas materiales (mundo
1) y de un mundo subjetivo de los estados y procesos mentales (mundo
2), como también de un tercer mundo, habitado por las entidades
mentales objetivas: ideas, teorías, obras de arte, problemas,
que son el producto, no siempre intencional, de la acción
del pensamiento. Las obras del mundo 3, aun siendo creadas por el
hombre, adquieren una vez surgidas una existencia independiente:
"Estoy de acuerdo con Brouwer cuando afirma que la secuencia
de los números naturales es una creación humana. Pero,
aunque creemos tal secuencia, ésta crea, a su vez, sus propios
problemas autónomos (...) los números primos son,
sin duda, hechos autónomos y objetivos, asimismo no pretendidos"
(Karl Popper, Conhecimento objetivo, San Pablo, Editoria
da Universidade de So Paulo/Itataia, 1975, pp. 119-120).
Quizá ésta sea la manera más pertinente de
hablar de problemas en la creación artística. Pero
lo más interesante es cómo según Popper se
mueven o evolucionan las entidades del mundo 3: no de manera determinada
sino de acuerdo con la teoría evolucionista de Darwin y el
método del ensayo y el error. La teoría de Popper
tiene el mérito de explicar de qué manera un proceso
evolutivo puede adquirir un fundamento lógico sin que sea
preciso apelar a un plan histórico general o a un espíritu
que produzca el movimiento de las cosas desde su interior. No nos
parece descabellado proponer una aproximación entre lo que
Popper define como autonomía del mundo 3, en relación
con la intencionalidad del sujeto, y lo que sin duda constituye
uno de los sustratos principales de la teoría estética
de Adorno: la diferenciación entre intención y contenido,
y el momento de cosificación de la obra de arte. Karl Popper,
Conhecimento objetivo, San Pablo, Editoria da Universidade
de So Paulo/Itataia, 1975, pp. 119-120.
No se nos escapa que seguramente ni Popper ni Adorno estarían
de acuerdo con esta aproximación; pero, sin querer abusar
de su elasticidad, podemos invocar nuevamente al mundo 3 como un
lugar donde puedan confluir teorías que parten de intenciones
filosóficas diferentes.
Es evidente
que la teoría de Popper, trasladada a una historia del arte,
se dirige contra un historicismo que reduce el arte a una manifestación
del espíritu de una época, que homologa la historia
del arte con una historia general de las concepciones del mundo.
Para Popper, como también para su deudor Gombrich, que el
arte tiene una historia quiere decir que las obras no son expresiones
sin relaciones entre sí, sino anillos de una tradición.
Esto supone una crítica a una historia del arte en "clave
expresionista" (el término es de Popper y Gombrich),
que se puede compartir, sin que sea necesario compartir algunas
de las conclusiones que esa crítica asume específicamente
en Popper; nos referimos a ciertos planteos de su Autobiografía
intelectual, que más que una crítica a una interpretación
en clave expresionista resultan una crítica al expresionismo
como estilo. Aquí Popper manifiesta una curiosa adhesión
a prejuicios que siempre ha combatido. De cualquier manera, si agotamos
la existencia del progreso a los términos de respuestas a
problemas planteados por las entidades objetivas del mundo 3; si
la agotamos, es decir, si la reducimos a eso, no es fácil
explicarnos los profundos cambios y rupturas a no ser de un modo
tautológico. La fuerza de la teoría estética
de Adorno consiste, en buena medida, en haber conseguido trasladar
lo indeterminado al corazón de la expresión, a través
de un agudísimo despliegue del concepto de mimesis teorizado
por Benjamin. [ " `Leer lo que nunca ha sido escrito'. Tal
lectura es la más antigua: anterior a toda lengua -la lectura
de las vísceras, de las estrellas o de las danzas. Más
tarde se constituyeron anillos intermedios de una nueva lectura,
ruinas y jeroglíficos. Es lógico suponer que fueron
éstas las fases a través de las cuales aquella facultad
mimética que había sido el fundamento de la praxis
oculta hizo su ingreso en la escritura y en la lengua. De tal suerte
la lengua sería el estadio supremo del comportamiento mimético
y el más perfecto archivo de semejanzas inmateriales: un
medio al cual emigraron sin residuos las más antiguas fuerzas
de producción y recepción mimética, hasta acabar
con las de la magia". Walter Benjamin, "Sobre la facultad
mimética", en: Angelus Novus, Barcelona, Edhasa,
1971, p. 170.]
Lo nuevo no surge menos de una respuesta a problemas objetivos que
de un punto ciego; es tan inconveniente asimilarlo a la intención
del sujeto como excluirlo de la dimensión de lo expresivo.
"El
concepto de lo nuevo no es falso -afirma Bürger en Teoría
de la vanguardia-, pero sí general e inespecífico
para la ruptura de la tradición a la que debe referirse".
Lo nuevo no puede ser previsto; lo mismo ocurre con el progreso.
Adorno extrae precisamente de esa indeterminación toda la
fuerza del concepto de lo nuevo: allí se dirige su teorización
sobre el carácter enigmático de la obra de arte; de
la obra como una configuración compleja donde la naturaleza,
lo no reprimido, tiene su sitio. "Un dominio de los materiales
que signifique progreso se paga a veces al recio de una pérdida
en ese dominio" (Adorno, Teoría Estética,
p. 278). Por ello un auténtico dominio de los materiales
no se traduce en la concreción de "obras maestras",
ese género que los críticos pedantes solo consiguen
detectar en las obras que ingenuamente aspiran a la condición
de obras maestras.
La escena
actual manifiesta una gran disponibilidad de formas, materiales,
tradiciones, disponibilidad que también se ha transformado
en un estilo y que hace muy complicada no solo la perspectiva de
un progreso sino también, como sugiere Bürger, la posibilidad
de una teoría estética. Dentro de este cuadro, la
relación música/progreso parece experimentar una regresión
teórica: ha quedado circunscrita al ámbito donde la
relación música y tecnología aparece de manera
más evidente, que es el de la música electrónica
y por computadoras. Pareciera ser en este campo donde una noción
más o menos tradicional de progreso sigue teniendo vigencia
en la conciencia de las personas, una vez que la relación
entre música y medios de producción ha adquirido una
entidad muy particular y ya no se sabe con certeza qué cosa
gobierna la otra. Se experimenta en este campo la sensación
de una auténtica acumulación: las máquinas
y los programas son perfectibles y es justo suponer que siga habiendo
máquinas que superen a otras máquinas. Esta idea de
perfectibilidad, por medio de la cual la música experimenta
su propia corrida armamentista, suele transferirse al hecho artístico
y es inevitable: el desarrollo de materiales y procedimientos está
muy ligado al desarrollo de una tecnología no específicamente
musical. El imaginario del compositor se confunde de hecho con el
del técnico y suele ocurrir que quien hasta ayer era el técnico
de sonido hoy ensaya el rol de compositor. Es como si la música
hubiera perdido especificidad: en los últimos festivales
de Bourges se han escuchado incluso obras electrónicas de
artista plásticos (así nos lo ha informado Francisco
Kröpfl).
Esa pérdida
de especificidad probablemente tiene que ver con la pérdida
de un tipo específico de escritura. La obra se compone mientras
suena. Morton Feldman observó en una oportunidad que la lección
más importante que había recibido de Cage fue el consejo
de tomarse todo el tiempo necesario para escribir prolijamente sus
partituras. No se trata de una observación superficial y
seguramente tiene que ver con la utopía feldmaniana de querer
liberar a la escritura de su aspecto doblemente instrumental. [En
su ensayo "Crippled Symmetry", Feldman apunta que su interés
por la notación "ha comenzado a alejarse de cualquier
preocupación sobre cómo la música funciona
en la ejecución". Morton Feldmann, Essays,
Colonia, Beginner Press, 1985, p. 132.] Finalmente, si la escritura
es parte de la experiencia musical, ¿para qué ahorrar
tiempo?
El surgimiento
de la música electrónica, en buena medida ori-ginada
como una respuesta a ciertos problemas planteados por la música
serial, configura una de las experiencias progresistas por excelencia
del siglo XX. Los primeros escritos del grupo de Colonia (varios
de ellos publicados en el primer cuaderno de la revista Die Reihe,
editada por Herbert Eimert y Karheinz Stockhausen, y traducida al
castellano por Francisco Kröpfl y Guillermo Lücke con
el título ¿Qué es la música electrónica?,
Buenos Aires, Nueva Visión, 1959) tienen algo de doctrinas
sobre el sentido de la historia: en la naturaleza más íntima
de lo serial siempre estuvo el hecho de violentar la tradición
y al mismo tiempo obedecer fielmente su mandato de una pro-gresiva
racionalización del lenguaje de la música. No todos
es-tuvieron dispuestos a ejercer la crítica en medio del
festejo, aunque Boulez consiguió realizarla admirablemente
en un escrito de 1958, "En las fronteras de la tierra fértil"
(incluido en Qué es la música electrónica).
Básicamente, Boulez señalaba la pérdida de
la figura del intérprete frente a las su-puestas ventajas
de la exactitud de la reproducción; la pérdida de
la dimensión del tempo en el sen-tido específico de
la música instrumental; la imposibilidad de reproducir la
riqueza de los ins-trumentos acústicos por medio de la síntesis.
No es necesario agregar que de esa crítica y -en el caso
particular de un empirista radical como Boulez- del método
del ensayo y el error, surgiría una de las perspectivas más
interesantes de la música electroacústica. La agudeza
de Boulez consistió también en advertir que la música
instrumental no era un progreso hacia la electrónica sino
que se trataba de un desplazamiento de campos. Una vez reconocido
su grado de inconmensurabilidad, ambos campos pudieron confluir
en un sentido verdaderamente interactivo.
Frente
a la inevitable ilusión progresista de la música electrónica
y por computadoras destaca una estética no menos hegemóni-ca,
que hace del problema de la originalidad en el plano de los materiales
su programa estético: la música de citas, la música
que ha exacerbado los principios del collage y del montaje; no nos
estamos refiriendo a la cita de materiales, de fragmentos o, más
o menos ocultamente, de formas enteras -en el sentido, por ejemplo,
en que la forma de la Misa de Machaut sobrevive en la
Misa de Stravinski-, algo que desde siem-pre se ha manifestado
en la música con los significados más varia-dos, sino
a la cita de estilo como solución al problema de la originalidad;
se trata de una solución no artística al problema
del arte. La actitud del eclecticismo musical no está tan
lejos del minimalismo repetitivo como suele pensarse: comparten
el hecho de armar su programa estético a partir de una constatación
sumamente obvia, que es precisamente la crisis de las nociones de
originalidad y de progreso. Habría sin embargo un fuerte
punto de crítica en la música repetitiva, que consiste
en poner un dique a la premisa de transformación constante
que está en la base de toda la música occidental.
Pero esta crítica solo ha conseguido realizarse por medio
de una didáctica tremendamente elocuente: la ortodoxia minimalista
vive empeñada en demostrar que no hay cambio, transformación
o crecimiento de ningún tipo; es música demostrativa,
y entre sus demostraciones no es la menos importante su completa
falta de vínculo con la historia. Ha logrado lo que pretende,
que es ser una música profundamente actual, integrada a los
circuitos de consumo más banales, preferentemente aeropuertos
y galerías comerciales. Vuelve a tocarse nuevamente con la
música que trae permanente-mente a circulación trozos
de historia en el efecto de una banalización radical.
La crítica
al ideal de organicidad parece seguir siendo un atri-buto de las
obras orgánicas. Hoy habría que revisar profundamen-te
en qué consiste la crítica a la organicidad desarrollada
por el arte moderno y los movimientos de vanguardia, particularmente
por la modernidad musical. Schoenberg, pero también Debussy
y Varése, son claros ejemplos de una crítica a la
organicidad que proviene de una organicidad más justa, si
puede decirse así. No es que la crítica a la organicidad
deba interpretarse como un progresivo ascenso a la verdad, sino
como la ruptura de las convenciones que la organicidad ha automatizado
en su afirmación.
La progresiva
eliminación de la sección de introducción que
Brahms experimenta a lo largo de sus cuatro sinfonías tiene
pro-bablemente que ver con esto. Una ley de economía no puede
ser abandonada, entre otras cosas por ser ella la que actúa
más corrosivamente sobre las convenciones, la que más
las somete a revisión.
Revisar
las convenciones significa también comprender lo que alguna
vez fue necesario. Si se pretende autónomo, si es posible
resistir con igual fuerza a la falsa seriedad de la obra maestra
y la banalización de la experiencia estética, no se
nos ocurre que el arte pueda abandonar la idea de organicidad al
monopolio de lo clásico, como tampoco la idea de progreso
a la fatalidad historicista.
(LULÚ
número 3, Abril de 1992) |